¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 14 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 14

El hombre es hombre y la mujer es mujer. El pecado es deseo. Y al deseo le urgen respuestas. Y las respuestas llegan tentaleando la vida. Y uno se embarca. Y luego la bronca está en que uno se queda ciscado. Y como diría el estimado Mundo Freud: «Guamazo que no ataranta, fortalece el carácter».

 

Después de ver las broncas de mi hermano, le prometí a la Guadalupana no embarcarme antes de tiempo, es decir, antes de que obtuviera mi título profesional. A ese Título lo veía como a una tilma llena de rosas.

Lo que no me imaginaba era que las rosas tienen espinas.

La Chancla, para que es más que la pura verdad, andaba ganosa, urgida de conocer al hombre; su enjundia me espantaba.

—Vamos al hotel… —proponía ardiendo en calentura. Ya me cansé de estar besándotelo y tú nada de acción; siempre dices que aquí no se puede.

La verdad, era muy incómodo en un coche tratar de besarle su pasión.

No me da pena decirlo, ella fue la que me enseñó a viborear.

Yo callado, evitaba contestarle de frente, paralizado, miraba sus pechos prodigiosos.

Reaccionaba a lo idiota cuando paraba su frondoso cucu, porque su cucu era la parte de su cuerpo que más me volvía loco. Calculándole, yo creo que de jovencita ha de haber sido talla treinta y ocho rozando los cuarenta, era como decían los cuates:

—Para ser de señorita ya está muy grande y redondeado.

Esa gracia que adornaba a la Chancla era un suplicio para mí al salir con ella a la calle —y no estoy diciendo que iba vestida con minifalda, era un simple y proleta pantalón de mezclilla. Sus nalgotas eran como si una corneta ordenara a la tropa:

—¡Firmes!

Los choferes de los microbuses me traían frito, a puro grito de:

—¡Cuuuñado, ahí me las cuidas! —o los más perspicaces laceraban mi autoestima—: ¡Ése, pásala, es mucha carne para ti! ¡Te vas ’ogar de tanto rogar…!

Pero mi «yo» le daba ánimos a mi super ello: «Tengo una vieja bien güena». La Chancla era un motorcito fórmula uno. Cualquiera quería meterle la palanca de las velocidades.

Confieso, de cabrón a cabrón me traía de puras nalgas. En ese encuentro de deseos me enfrentaba al dilema de mi destino: o cedía a mi calentura y me abrochaba a la Chancla, o pasaba de frente y llegaba a mi destino: ¡Ser licenciado en Sociología!

Pero, ay, la cruel realidad telenovelera, me enfrentaba una y otra vez con la misma canción proletaria; mis manos nadaban en el vacío de mis bolsillos, me sentía un mísero personaje de Dickens: