¡Pantaletas!
Capítulo 31
En el amor, cuando es amor, ay cómo la riega uno. Le dan, le dan a uno y ahí está uno como si le dieran toloache. Amensa corazones.
Mi jefecita siempre con esa sonrisa benévola era mi inspiración en las duras pruebas de la vida.
El día de mi examen profesional, mi mamacita, como una flor en el pantano, dominaba el auditorio; la veía solidaria solitaria, mi mente se estrujaba esbozando mi saber. Ella muy quietecita rezaba y rezaba con un discreto rosario de madera. Yo de repente, me atoraba pero lograba hilar mis argumentaciones; cuando de plano me quedaba mudo ella me impulsaba a puro golpe de pecho con el crucifijo. Los sinodales pensaban que era un acto conceptual acerca de la guadalupanización de la sociología del perdedor como un método catártico para alcanzar el triunfo.
De repente, un maestro chaparrito, morenito, de escaso pelo, lacio y negro, que le caía sobre las orejas como aguaceros de mayo, como un Juan Diego docto, dio por terminado el examen proponiendo mención honorífica a mi tesis:
LA INTERTESTICULARIDAD DEL DISCURSO DEL MÉTODO
Como herramienta intelectual para penetrar a profundidad en el conocimiento del sujeto cultural de Santiago el Chico.
Mi madre en ese instante revelador alzó sus brazos en cruz y dio gracias al creador.
Con todo esto quiero decir que en mi Alma Mater reconocieron la ley del camote del oriundo de las estepas del reino de Chilelandia.
Y más, cómo argumenté en favor de la identidad cultural del albur citando a Augusto Comte:
El método no es susceptible de ser estudiado separadamente de las investigaciones en que se emplea porque
se embarca el sujeto social, o por lo menos sexualmente de rozón está muerto cadáver, incapaz de fecundar el
espíritu con que se lo ejecutan.
Así, todo lo que pueda decirse es susceptible de ensartarse en la suerte verbal, y más cuando se encara
abstractamente, pues se reduce peligrosamente a generalidades tan vagas como peligrosas el albur, teniendo
en sí una fuerte penetración en el régimen intelectual.
El maestro Bourdieu se fue de nalgas y sólo acertó a exponer:
—Nada habría que agregar a este texto, cuya profundidad, que al negarse a disociar el método abierto de la práctica de la investigación de campo, ha dado entrada para rechazar la penetración de todo discurso del método; ¡ojo!; dando un punzante discurso acerca del no método ante la ausencia de una opción alburera válida. Ergo cogito.
O lo que es lo mismo, se les hacía chiquito a los catedráticos el camino del curriculum.
Cuando le entregué el título a mi jefecita, exclamó iluminada:
—Por fin, hijito. Por fin… da gracias a santa Epistemología. Ay no, no, hijo, nosotros firmes con la Virgencita de Guadalupe… ¡Gracias madre de Dios!
Ya comenzaba a elevarse de nuevo mi jefecita cuando la jalé de la bastilla de su vestido y la aterricé:
—¡No vamos a ir de rodillas…! —cuando escuchó mi retobo sus ojos, como dos cántaros, se vaciaban.
Y ni pedo…
Ahí estábamos, ante la morenita del Tepeyac, ella, la Virgencita con sus manos juntitas, parecía decirme:
—Vientos huracanados, Maciosare, cumpliste como los buenos —casi casi me sentía Juan Diego.
—Sí Virgencita. No le fallé a mi jefecita, por eso te vengo a dar las gracias… — con fervor atávico recogí mi barbilla sobre mi pecho y sentí el aroma de las rosas del Tepeyac, era como si me las estuviera ofreciendo mi Lupita, la Guadalupana.
Cuando salimos a la plaza de Juan Pablo, bajo la sombra de la estatuota del papa, mi madre persignándose me dijo de corridito:
—Y ahora, a trabajar, mi muchacho. Con la bendición de la Guadalupana vas a ver cómo te va a ir mejor. Ahora sí, ya no vas a sufrir por la lluvia, los rayos del sol, el frío, el aire o los granaderos. La calle va a quedar atrás, ya no venderás tacos, ni pantaletas; ese negocio déjaselo al señor Salomón.
Ahora tienes que buscar un buen trabajo donde ganes harto dinero y andes de traje y corbata y tengas tu oficina y tu secretaria y una buena mujer por esposa. Porque ahora sí ya debes de ir pensando en casarte y tener tus hijos, ya eres un hombre de bien —había acabado su discurso de bienvenida a un profesionista.
Parece que la Guadalupana no le cumplió su deseo a mi jefecita porque ¿qué cree? Nunca supe cómo nos cayó el chahuistle de nuez; mi karma oaxaqueño ahí estaba.
En medio de la enorme plaza de la Basílica, rodeados por las palomitas que volaban y aterrizaban a su alrededor, confundiéndose con los danzantes, estaba la santísima Trinidad de mi destino:
¡Dios suegro, Dios suegra y la Chanclita! Ella iba esplendorosa, en sus brazos cargaba un enorme ramos de rosas rojas.
—¡Felicidades, hijo! ¿Cómo eres, por qué no nos avisaste que te ibas a recibir? ¿Qué te hemos hecho?
Con el modo ranchero más amable de que era capaz mi suegro, me abrazó, me besó; abrazó a mi madre, la besó; me dio un santo manazo en mi espalda quesque de cuates. Todavía en la noche me ardía la piel.
—¡Perfecto, Macs! La hiciste, te recibiste y ahora nos vamos a comer una barbacoa. Mi papá nos la va a disparar.
Era la vocecita de una Chanclita toda ternura, hasta la sentí enamorada; me besó, me abrazó, se rio conmigo, me agarró mis manos, era un mar de amor asaltando las profundidades de mi ser.
Algo así como que nada más me decía «corazón» y me derretía como manteca de cerdo.
Para qué negarlo, la abracé, la besé, tuve su cuerpo en mí cuerpo. Mi mamá no le hizo el feo. La Chancla, muy lista, la abrazó y la encaminó al amplio auto del suegro. Mi mamacita lloraba, parecía que de felicidad:
—Vamos, hijo, hay que celebrar —me dijo mi madrecita santa y susurrando a mi oído agregó—: Pero no la vayas a regar.
La verdad, si usted ha gozado el amor, contenga su condenada crítica y compréndame.
¡La cagué! Lo acepto. Yo solito la cagué y no me limpié.
Yo como los caballos de carreras, iba con la vista fija en la meta. El pensamiento obsesivo era mi carrera profesional y perdí de vista el bisnes.
Y ahí tiene que me le paro enfrente a Salomón, y le digo con harta decisión que el trato de las pantaletas «Sirenón» valía gorro. ¡Ni chance le di de respirar, lo dejé pendejo ante semejante babosada!
Se me quedó viendo horrorizado. Lo peor de todo es que lo decía con un inmenso orgullo:
—Me voy a trabajar de sociólogo. Ya llegó el tiempo de sacarle provecho al título —el güey me miraba con la boca abierta y la baba que como cuerda de yo-yo le subía y le bajaba.
(Yo no sabía ese día sino hasta ahora que Salomón había estudiado diseño en la Universidad Anáhuac. Trabajó un tiempo en una compañía, pero no ganaba lo que gana vendiendo ropa en sus tiendas y sus bisnes en los tianguis. Eso sí, su educación lo ayudaba para saber aprovechar la creatividad de los otros.)
Y seguí con mi nata escurriendo de mi bocota.
—Te dejo el negocio de las pantaletas. Yo ya me decidí: ¡Voy a casarme!
Al más puro estilo chilango, Salomón me dijo:
—No mames, güey. ¿De cuál fumaste?
Impactado mi compadrito ante tanta fuerza de decisión, todavía, en buen plan, quiso hacerme recapacitar, sacó una banderita mexicana de papel y, con el saludo militar, comenzó a cantar: Mexicanos al grito de guerra… el acero al prestar el bridón y retiemble en su centro la tierra, al sonoro rugir el cañón… Más-s-osare un extraño enemigo profanar con su planta tu cielo, un soldado en cada hijo. Y ni así recapacité, me fui con el sonoro rugir del cañón.
—Sí… Salo, es derecha la flecha…
—Y con quién…
—Con la Chancla, ya regresó.