¡Pantaletas!
Capítulo 13
Francamente mi mamacita santa exageró, cierto, andaba en otra velocidad, pero contento. Me fui a dormir, alcancé a escuchar la risa de mi padre que me gritaba:
—Eres chingón, mi Rey —le murmuró a mi madre—: No le vuelvas a decir menso a mi hijo, mujer, ¿cuándo sabrás educar a los niños? Qué no ves lo que dicen los psicólogos: a los niños no se les menosprecia, se les motiva. ¡Hay que mentalizarlo!
—¿Qué quieres que le diga?
—Que es un chingón. Que se mentalice. Que tenga actitud positiva.
—De acuerdo, pero en la escuela, nada de mujeres; mira al pobrecita güey, tiene sus ojitos como de cocona desharrapada. A mí, como madre, no me gusta verlo así.
¡La escuela era el objetivo para triunfar en la vida! Mi madre lo creía como un dogma. Oh, la escuela, ellos no sabían que la escuela serta mi perdición.
13
El amor tiene pies. Al otro día fui el primero en llegar al salón de clases. La busqué. El salón estaba tan solitario como mi espíritu.
No lo podía creer, cómo alguien puede encontrar al amor de su vida en el salón de clases ¡y no llegar temprano a la primera clase! ¡No estaba la Chancla!
Me senté en la silla del profesor y comencé a hacer cuentas, muy seriamente rumbo al futuro: Tres del Ce, Ce, Ache y cinco de la carrera más dieciséis de edad daban un total de 24 años. Me espanté; cuando recibiera mi título tendría 25 años, ya sería muy viejo.
Me sentí derrotado. La disyuntiva era: ¿Aguantaremos tantos años de novios con las manitas sudadas? o de plano ¿le pondremos Jorge al niño?
No me contesté esa pregunta capital en ese instante (pregunta que me rondaría durante tantos años en el estómago) porque en ese segundo entró triunfante la Chancla, entró echando pestes de las manoseadas del Metro. ¡Ya desde ahí agarrábamos confianza!
Me va a perdonar, pero le suplico me exima de la dolorosa responsabilidad de contarle los días felices del alborotado amor; de cómo nos hacíamos las tareas mientras nos veíamos cara a cara sin estornudar; de cómo nos convidábamos de nuestros refrescos y no nos daba asco chupar del mismo popote o de las muchas veces que faltamos a clases para irnos a cachondear en cuanto encontrábamos un lugar solitario, y de las regañadas que nos dio todo mundo por andar de calenturientos, regaños que llegaron hasta los oídos de mis Jefa. Y las consabidas refrescadas de las desgracias de mi hermanito el Arqueólogo. Y nuestros papás diciéndonos como si la cosa fuera pura fuerza de voluntad:
—¡Aguántense a que terminen su carrera!
Y los familiares de la novia:
—Cálmate, güey, tú que te la comes y nosotros que te reventamos el buche.
Los maestros:
—Los voy a reprobar si siguen copiándose y cogiéndose de las manos. ¡Suéltale la mano! ¡No te la van a robar!
Los tíos buena onda:
—No la rieguen, véanse en este espejo. Cójanse cariño pero sigan estudiando —y muy discretos me dejaron una tira de condones.
Y como si fueran porristas de futbol, las amigas nos animaban.
—Sí-se-pue-de. Sí-se-pue-de.
Y los abuelos de la susodicha:
—Si es niño le ponen mi nombre, Evodio, y si es niña el de tu abuelita, Pancracia.
Todo mundo se creía con derecho a meterse en estas cosas del amor, parecía que traíamos un letrero que decía: «Se solicita Doctora Corazón. Un par de almas gemelas desesperadas ¡andan que no se aguantan!».
Había cada pendejo disfrazado de buena gente que hasta nos regaló el libro de Cuauhtémoc Juárez Una flor con el Caguamo o cómo llegar con vestido blanco al altar.
Bueno, hasta los pinches policías quisieron negociar con nuestro amor.
¡Pero con la Chancla se les peló!
Una noche de luna llena, en un cálido verano chilango, el amor nos poseía. Cucurrucú Paloma.
El papá de mi novia tenía una cadena de taquerías y una camioneta de reparto. Era una pick up compacta, de ésas de «échalas paca».
No fuimos al cine como dijo la Chancla a sus familiares, más bien aprovechamos el vehículo para detenernos en un jardincito a la sombra de un jacaranda tupida.
Apenas si estábamos en el preámbulo romanticón cuando unos güeyes nos metieron un sustote.
Nos estábamos tentaleando nuestra intimidad y ella se animó a llenarse la boca de mí. Un mono bigotón con tremendo lamparón nos iluminó a todo lo que daba su ostentación. Hasta el pinche ardor se me desinfló.
El policía ese y su pareja se portaron gandallas y no sólo por corruptos y prepotentes, sino por ser insensibles al amor cachondo de dos jovencitos que estaban en sus primeros fajes.
Los polis esos ya estaban grandecitos, eran dos sujetos torvos, ocultaban su nombre y número de la placa con masking tape, eso sí, gritaban en grande para atemorizarnos. Uno se parecía a Charles Bronson y el otro al Chavo del Ocho.
La Chancla, muy tierna, levantó su carita, todavía con sus labios entreabiertos, sus ojos azorados no se avergonzaron, como que ya se sabía la tradicional obsesión de los policía por acusar a los enamorados de faltas a la moral en lo oscurito.
Los tecolotes, como si fueran forajidos en lugar de policías, atemorizaban.
—No, joven, con el debido respeto que usted me merece, la señorita está ejerciendo la prostitución en plena vía pública, ¡la riegan! ¿A ver dígame para qué están los hoteles? ¿Qué, no tiene dinero? pues, pida prestado. Qué es eso de andarlo haciendo en los coches, créame, es hasta incómodo.
Miré al policía que se parecía a Charles Bronson con mi actitud más decente:
—Señor policía le voy a pedir un favor, si quiere llevarnos a la Delegación de policía llévenos —y yo muy aventado, como los charros de Jalisco—, pero no ofenda a la señorita.
—No la estoy ofendiendo, es de lo que le vamos a levantar cargos con el Ministerio Público.
—Qué pasó oficial —quise bajarle a mi estado de ánimo porque luego luego le vi los colmillos babeando como lobo feroz. La señorita es mi novia, no está haciendo negocio.
La Chancla pelaba unos ojotes a punto de vomitar mentadas de madre pero se aguantaba.
—Cómo ves pareja, aquí el joven quiere defender a la muchacha. ¿Le damos chance o los remitimos a la Delegación?
—Que lo diga el joven, cómo nos lo va a agradecer. Si la señorita es señorita no vamos a querer dañar su reputación.
—Yaaa, si la verdad, no estábamos haciendo nada, sólo unos besitos —dije como para entrar en confianza.
El que se parecía al Chavo del Ocho se quitó la gorra, se rascó la nuca y quiso mostrarse caballeroso.
—Sí joven, correcto. ¿Pero dónde se los estaban dando? Dígame, nomás dígame, ¿qué besos son ésos? Con el respeto que me merece la señorita, la muchacha le estaba besando el pizarrín, y usted parecía becerro en crianza. Óigame. ¿Cómo que nada?, no me mienta porque sin más los remitimos a la Delegación. Yo me estoy portando buena onda con usted, porque sé lo que es andar ganoso, pero si le quiere vender chiles verdes al cuaresmeño pues se va tener que sentar con don Clemente Jacques, mejor conocido entre la raza como el Jalapeño, su servidor. Usted dice de a cuánto es su agradecimiento, o ya no alegamos y nos vamos con el Ministerio Público.
Bien gandallas, no crea que estaban ofendidos o que eran del PAN o representantes del Nuncio Apostólico, no, eran muy celosos de su deberes y responsabilidades hogareñas, a como diera lugar tenían que sacar para mantener a su familia y no había otra que la calle; así se pasaban las noches, chingando a los amorosos.
—Ya les di su chance para que se pusieran agradecidos. Pareja, no más explicaciones; vamos a remitirlos. Ándele señorita, acompáñenos a la Delegación por andar ejerciendo la prostitución con un menor de edad —dijo el clon del Chavo del Ocho.
—No, espere, señor policía —yo sí, para qué es más que la pura verdad, ahí me aflojé todito, los dos éramos menores de edad pero nos trataban como delincuentes, pensé que de menos a la Chancla le tocaba muerte a garrotazo limpio. Pobrecita, la vi muy pálida, de por sí que tiene un tono moreno verdoso. Me dije: ni modo, tengo que ser valiente.
—No tengo dinero —es lo más gacho de ser jodido. Todo le cuesta a uno el doble, hasta salir de las broncas, pensé, de seguro que con cien pesos se van contentos los pinches policías.
—Un ciego, mis polis, y ya nos vamos de lo oscurito —se rieron.
—Ya pareja, éste nos está vacilando; cómo cien pesos. A ver, qué traes de valor, un relojito. No pareja, éste está prángana. ¿Y la chavita, aflojará? —el Charles Bronson se veía libidinoso.
La Chancla comenzó a temblar, pero no crean que es de las mujeres que se doblan, no qué va, es cuando le sale lo Pedroza. Y como vas prieta, que se surte a los polis con su verbo taquero.
—¿Cómo que puta, desgraciado? —le dice al Charles Bronson—. ¿Quién te crees tú, hijo de la chingada? —se fue como la Chilindrina contra el Chavo del Ocho, a puro verbo del diccionario de la Chinaca nacional.
—¿Ya te diste cuenta de qué me estás acusando, enano, o lo estás haciendo para que te demos tu mordida? ¿De qué quieres tus quesadillas, de queso o de papas? Porque hueso para el perro no va haber.
El policía chaparrito se quedó pendejo. Me miraba como queriendo preguntar: «Cabrón ¿de dónde la sacaste? ¿Es hermana de Lady Di?». El policía iba a hablar, pero se quedó como si se fuera a cagar en los calzones. La Chancla nada más era cosa de que agarrara velocidad porque entonces hasta la tierra temblaba.
—Qué, porque me ven mujer creen que no me puedo defender. Están jodidos. Así como andan de misteriosos deberían de cuidar a los pinches políticos rateros y meterlos a la cárcel. Qué chingones, todo sobre el jodido, sobres y zas y patrás con la mujer, a que no van así por las colonias residenciales. ¿Verdad que no? Porque allí se los enchilan sus jefes —a estas alturas la Chancla había agarrado el tonito de hablar de los antiguos líderes del movimiento estudiantil de 1968. Típica chava del Ce Ce Ache. Los policías seguían igual de pendejos ante tanta verborrea politizada.
—No señorita, pero es que mire, que tal si la viola este cabrón, nosotros nos acercamos porque pensamos que este joven tenía cara de violador, ya ve cómo anda de moda el estrangulador de Boston; capaz de que así como la tenía el joven le arranca las orejas o a lo mejor la quiere ’ogar —dijo el Chavo del Ocho con voz de Tin Tan.
La Chancla, así enana como es, miraba de abajo a arriba al policía que me acusaba de violador.
—¿Yo, cuándo la quería ahorcar? Le estaba acariciando el cabello —dije ante el ejemplo de la Chancla.
—Bueno, yo creía señorita —el poli no me peló, estaba temblando, estrujaba su cachiporra con nerviosismo. La Chancla lo captó.
—¿Y ahora qué?, ¿qué me está insinuando?, deje en paz esa cosa… —el policía escondía detrás de sí la cachiporra. Pero la Chancla no cedió ni un centímetro, se abalanzó con determinación, defendiendo sus derechos de género:
—Usted cree que la gente al ver a la policía se siente culpable para darle su mordida, pero yo, mujer, voy a ser quien lo va a acusar con el Ministerio Público de pervertido, corrupto y pendejo. ¿Qué esconde?, ¿por qué tapa su placa con masking tape?
Los polis recularon, sus rostros brillaban cada vez más, la piel morena se perlaba como piel de charol, la chaparrita era chiquita y gordita como un chile manzano.
—Ya basta de que al jodido lo sobajen. No porque nos vean chiquitos piensen que no estudiamos. Y no porque me vean mujer piensen que no voy a pegar de gritos. Nosotros somos estudiantes.
¿Estudiantes? ¿Estudiamos? ¡Estudiamos!, ésa era la palabra clave. Como decía mi mamacita, había que estudiar para vivir mejor. Me cay que el miedo se me fue, a los polis los vi como huitlacoches en quesadillas, negros y apachurrados.
—¿Faltas a la moral? ¡Usted son los que ofenden a la sociedad!
Así como me ve, me estiré para estar a la altura de las circunstancias. Uno de los polis al verme tan girito, rezongó.
—Ya muchachón, dame lo que me ibas a dar; a’i un cualquier, para la sed.
Cuando dijo lo de la sed, la Chancla se encabritó.
—Desvergonzados, todavía después del susto quieren que les quitemos la sed.
Faltaba más que les diéramos para tomarse una coca cola, pues en qué país cocacolero vivimos donde los policías le piden a los ciudadanos para el refresco, qué los tienen tan sedientos en el gobierno que por eso andan disfrazados de forajidos, y tanto sustote para chantajear por una coca cola: ¿Qué tan jodida está la patria? De seguro a ustedes los mandan para robarnos en lugar de cuidarnos. Está cabrón mi país. Se imaginan tener a policías tan pendejos y tan rateros. Qué tal si nos invaden los gringos. ¿Saben cuándo vamos a ganarles una guerra, con ustedes? ¡Nunca jamás! Monigotes del Mono Durazo.
Los policías no se acababan el diluvio de frases encabritadas. Semejantes a la noche, los uniformados se escurrieron pegados a las paredes del barrio.
Me sentí mal al ver a los polis escurridos en la ignominia; la Chancla no les tenía compasión, les siguió gritando.
—Huyen como las ratas cuando les avientan cubetadas de agua, con el rabo todo mojado —me miró, medio sonrió y pensé a ésta ya le pegó lo del año del 68. Me abrazó y con profundidad lanzó esta frase:
—Hay que estudiar para saberse defender. ¡Ya basta de que el jodido sea el burro en las clases de historia!
¡Ah, chingá! Como que instintivamente quise rebuznar pero aguante el reflejo y me le quedé viendo, tratando de descubrir rasgos de mi mamacita santa en mi noviecita santa; pero más bien veía unas barbas a la Carlos Marx.
Tal parecía que las llaves para entrar al Edén estaba en los estudios. Ora sí, a licenciarse de la pobreza.
Lo único que me incomodaba, como un barro en las nalgas, era un cinco de calificación en matemáticas y un cuatro en historia; pero no me amilané, sabía que el amor derribaba barreras, además, el presidente había dicho en la televisión que un futuro luminoso le esperaba al país, pues pronto tendríamos que saber administrar la abundancia.
Y para eso yo estudiaba, para estar preparado a la hora de las grandes oportunidades. ¡Yo no quería que me dieran, sino estar donde hubiera!