¡Pantaletas!
Capítulo 37
—Guau, guau, guau… Maciosare, te habla tu sobrino…
El Alfredito iba vestido de mujercito. Ya en esos días se comenzaba a descarar:
—Tío, vine a pedirle un favorcito…
Eso sí, salí como los machos, aparenté que no me importaba que mi sobrino fuera gay. Es más, a todos los mirones muy discreto, con la mano, les hice la señal de los caracolitos y de manera ostentosa me agarre los güevos, como diciéndoles: «¿Qué ven güeyes?».
Pero ya veía venir el cotorreo con los cuates de la estación del Metro. Le advertí en voz baja al Matemático:
—El que se ríe se lleva… Botellita de jerez todo lo que me digas vas y chingas a tu madre al derecho y al revés, ¿quieres que te lo diga otra vez?
—¡Déjalo ser, Let it be, mi buen! —reía el ex-maestro. Salí de mi escondite sacudiéndome mis ropas…
—Qué p’só, sobrino, qué milagro, qué quieres… en qué te puedo ayudar… —lo hipócrita me salía rechingón. No le daba chance de respingar al Alfredito, fue cuando llegó mi mamá, abrazó al Alfredito; y los tres fuimos al hospital.
Baras, baras, pantaletitas bonitas, para que no sudes ni se acongoje con el jocoque, baras, baras.
37
Cuando hay amor, las consecuencias no se hacen esperar. El problema es buscarle el nombre. Y más cuando los suegros son metiches. Y uno anda con agujeros en los bolsillos. Y el yerno tiene que verles la cara.
Llegué al hospital en taxi. Ya estaban ahí el suegro y la suegra. El suegro me miró con cara de taquero sin tortillas:
—Qué p’só, cabrón. ¿Dónde andas? Trajeron en una motocicleta a mi hija. Ya ni chingas, todo por andar vendiendo pantaletas; en lugar de ponerte a trabajar en tu profesión.
No lo pelé, saludé a mi suegra. Pero el suegro siguió:
—¡Tantos estudios para puras vergüenzas! Si no tenías dinero, un telefonazo, suegro, vamos a tener un chilpayate; pero no, andas pendejo. ¡Pinche hospital mugriento!
Pinche viejo gacho, el hospital me parecía bonito, había muchos doctores chilenos trabajando; y eran especialistas en perinatología. Le iba a decir eso al suegro, pero el güey, recitando su mamonería, me dijo:
—Si no es por la Chancla ni nos enteramos. Qué mala cara has visto para que no quieras que conozcamos a nuestro nieto. Somos taqueros, pero trabajadores, qué, te crees mucho por tu pinche título.
Ni chance me daban de decir: «¡Ah!».
Todo era un puro descontón verbal. Habíamos quedado la Chancla y yo de no decirles a sus papás cuándo iba a dar a luz; no queríamos que fueran a verla al hospital. Así era ella, siempre desdecía su palabra comprometida, no había chance de ofrecerle confianza porque lo que decía no quería decir nada. De nuevo me había embarcado con sus jefes.
Apechugué los reproches porque sabía que iban a pagar la cuna, los kleen bebés y los gerbers.
Conforme el taquero me iba regañando, yo me iba haciendo hacia el pasillo, donde se encontraba la caja del hospital, pensé: otro pellizquito por ojeis; yo nada más miraba hacia el suelo y me esculcaba las bolsas de mi pantalón.
El suegro se puso nervioso:
—Hazme caso. ¿Qué tanto te buscas en las bolsas? Se me hace que ni a pelotas llegas —miré a la caja, mi suegrito del alma, vio también hacia la caja; y sí para qué digo que no si sí, solito se embarcó.
—Qué cabrón, no tienes para pagar, ¿eso te preocupa? Ni que fuera un pinche hospital pomadoso… De una vez, vente, vamos a pagar…
Y como éstas, el suegro pagó con una donación de sangre la cuenta del hospital. Ahí hubo otra enredada. El güey quería escoger al padrino.
—Me lleva la chingada —murmuré.
—¿Qué dices, güey…? —me dijo mi suegro, y como se estaba quedando sordina, hice como que gruñí.
—Nada, pensaba a lo pendejo.
—Ah, vente, vamos a ver al niño.
—No nos van a dejar verlo —le contesté.
—Ah chingá, pues si para eso pusiste tu parte, güey. ¡Exígeles! No se haga de menos, dígale a la enfermera: «Yo soy su padre».
Tuve razón. No nos dieron chance de verlo, sólo de lejos, desde una ventana del cuarto de incubadoras.
El suegro se esponjó, hinchó su pecho, aclaró su garganta, y exclamó:
—Quiquiriquí. Ahí está mi nieto —yo le di chance de que hiciera el gallinazo. Nada más para constatar su parecido con el locutor, Paco Stanley.
Pensé: «Pinche viejo payaso». Me sentía triste. Fue cuando me acordé de las palabras de mi madrecita santa.
Fui a hablar con el doctor para saber cuándo saldría la Chancla.
—Mañana, a las doce del día se la entregamos con el niño.
Cuando se fue el doctor se acercaron el suegro y la suegra y me preguntaron a qué hora salía la Chanclita y el nieto. Y yo les dije:
—Hasta pasado mañana a las cinco de la tarde.
—¿Por qué? —preguntó con cara de espanto el suegro.
—Porque van a dejar al niño otro día en la incubadora para que agarre potencia.
Los güeyes como me vieron tan seriecito se la creyeron toda; pero desde ahí perdí credibilidad a sus ojos. Fue cuando comenzaron a alejarse. Perdí y gané a la vez.
Baras, las pantaletas, baratitas para Reina, a su pura medida, no sufra, baras, baras.