¡Pantaletas!
Capítulo 42
Hay madres que son poca madre y hay madres que valen pura madre. Jorgito nunca descubrió que tenía madre hasta cuando comenzó a tentalear el mundo. Por ésta.
Mi mamá fue la primera que se dio cuenta de que Jorgito iba a ser de armas tomar y para lo que ustedes gusten mandar.
La noche que regresé de Tianguistengo, mi jefecita le estaba dando de cenar a don Beto; el peluquero tenía en sus rodillas a Jorgito, dormía como un angelito, con mocos resecos en la punta de su nariz.
—Buenas noches —dije en voz baja todo ciscado al descubrir la escena familiar.
—¡Qué bueno que llegaste, hijito! Jorgito ya está dormido. Tienes que tener mucho cuidado con él, si te descuidas te va a sacar canas verdes. Se ve que tiene al diablo por dentro.
—Mamacita, no hable así, es su nieto.
—No me meto, Macs, en lo que no me importa; pero tu hijo trae mucha vitamina —dijo don Lamberto, el peluquero.
—Qué crees, hijo, le tiró a Beto sus zapatos a la coladera. Y todo porque lo vio en mi cama dormido.
No entendía bien lo que me quería decir mi jefecita. Sentía que se escandalizaba con las actitudes del niño, pero, a la vez, se le veía, yo diría, orgullosa por esas acciones. No sabía cómo tomar esto. Callé. Cargué a mi hijito y me despedí de mi jefecita. Además, verla vivir con otro camote que no era el de mi jefe, me confundía, no se me ocurría qué decirle, me sentía apenado y admirado porque mi jefecita era feliz con su nuevo picador.
—Gracias, buenas noches.
Don Beto, bebiendo café de un pocillo, me contestó:
—Buenas noches, hijo…
Ya mejor me salí sin decir ni pío.
La noche era fría y la casa de mi jefecita se sentía tibia como una canción de Agustín Lara. Se veía bonita la unidad habitacional.
Cuando le pregunté a Jorgito que por qué había tirado a la coladera los zapatos de su nuevo abuelito, me contestó con su media lengua atiborrada de precocidad:
—Olían a queso añejo, tío, digo papá…
No presté atención a este lapsus.
Por este tipo de travesuras se comenzó a tejer en el barrio la leyenda de Jorgito, el hijo del Maciosare y la Chancla: un espíritu rebelde.
Así pasaba la vida y los años…
Que quién era la madre de ese monstruo, preguntaba la directora de la escuela primaria, College Jesse Helms. Porque ha de saber que lo inscribí en una escuela privada:
—¡La Chancla! —contestaba la comunidad escolar de riquillos de la zona pobretona.
—Lo tiene que llevar con el psiquiatra. Hay que controlar su hiperactividad — me recomendó la trabajadora social de la escuela; lo que yo no tuve se lo quería dar al escuincle.
—Ya no le dé vitaminas americanas, ¡anda que no se aguanta! —me aconsejaba la presidenta de la Sociedad de Padres de Familia; era la esposa de un comandante de la Policía de Caminos.
—¿Cómo es posible que sea su hijo? —reflexionaban los maestros. De usted don Maciosare si es tan tranquilo.
—Sí, sí es mi hijo —ponía mi pecho henchido por escudo.
—Nada más porque sabemos que canta muy bien el himno nacional, y Jorgito, lo que sea de cada quien, también lo canta muy bien, por eso creemos que es su hijo; y porque usted lo dice.
Era increíble, el quince de septiembre, en la fiesta de la noche mexicana, canté el himno y todos pidieron que repitiera a dúo con mi beibi. Y al escuchar cantar al Jorgito, decían convencidos:
—Es herencia de don Maciosare. Sí, sí es su chilpayate.
Por eso la memoria colectiva lo aceptaba, a pesar del espíritu bronco del sobrino del Arqueólogo.
En ese tiempo tomé conciencia de los años. Y la Chancla no daba color para tomar la palabra; ella andaba como Camelia la Tejana, en Sacramento, California. Acá, nosotros, desde Chilelandia ni sus luces se adivinaban. Jorgito había cumplido ocho años de edad.
Una vez, el Matemático interpeló a mi jefecita:
—Señito, cómo es posible que Jorgito sea su nieto.
—¡Pero cómo no, cabrón, si es el hijo de mi hijo! Y tú, en vez de andar de preguntón, cuida a tus perros, no sea que vayan a tener rabia.
Desde que vivía con el peluquero mi mamacita había afilado sus tijeras como si fuera familiar de la Borolas, la esposa de don Reginito Burrón, tío lejano de mi padrastro.
Pero bien dicen, cría fama y échate una roncada. La señorita directora, cuando Jorgito iba en sexto año, toda encabronada, volvió a preguntar:
—¿Quién educa a ese pinche niño? —no esperó respuesta. Lo expulsó dizque porque la había mandado a chingar a su madre. Por curiosidad quiso cerciorarse de si yo seguía siendo el padre de ese escuincle:
—¡Sí señorita directora, sigue siendo hijo de don Maciosare y de la Chancla! —contestaban presurosas las madres de la Asociación de Padres de Familia, que también andaban encabronadas porque Jorgito les ponía en su madre a sus condiscípulos, y agregaban con saña: