¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 4 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 4

—¡Un extraño enemigo! ¡Menso!

Yo repliqué con otra inquietante pregunta:

—Ah, ¿Maciosare son los gringos?

—Nooo ¡taras!

—Entonces, ¿los alemanes?

A coro me respondieron carcajadas infantiles, que casi hacen que desista de la siguiente pregunta:

—¿Un extraño enemigo son los rusos? ¿Los comunistas? ¿Los judíos?

El más grande con seriedad marmoliana aplacó mis ansias:

—No, mas si osare un extraño enemigo es cualquier amenaza a la patria.

—¿Los hijos de la chingada?

—École cua.

—Ah, ya entendí: Maciosare son las amenazas a la patria tangibles e intangibles.

Ante tanta iluminación dejé a mis condiscípulos hechos unos reverendos pendejos. Salieron del letargo inspirados por un sentimiento colectivo de simpatía hacia mi persona y comenzaron a decirme:

—Maciosare… Maciosare… —miándose de la risa.

Sí, ahora ya lo sé yo era un extraño enemigo a la patria.

—Bara, bara, señito, pantaletitas para las gorditas, marchantita, que me voy.

 

4

Eran los tiempos del milagro económico mexicano, el desarrollo estabilizador y la Alianza para el Progreso. Sólo que mis jefecitos, jóvenes y fuertes, no veían llegar a sus vidas el mentado milagro. Eramos puro lado moridor: Mexicanos al grito de guerra… y retiemble en sus centros la tierra…

 

A mediados de los años sesenta se escuchaba en nuestro radio Majestic: Si me dicen el loco, la verdad si estoy loco, pero loco por ti…, en la voz de Javier Solís, gran cantante de boleros rancheros. A la vez, en la vivienda de la joven vecina, en su radio, la chinaca popular se las daba a las de acá, yes sir, what’s magueyes, con: Come on baby light my fire…

Arrastrándome de rodillas para jugar a las canicas le ponía en su mother a los pantalones del tercer año de primaria.

Ésos fueron los días, donde como si se hubiera descubierto el hielo caliente, en los barrios populares se vieron pavimentar calles lodosas, aparecer banquetas bien alineadas; iluminadas, con postes de luz mercurial, y a la menor provocación vehicular se instalaban semáforos en las esquinas.

Se construyeron mercados públicos muy modernos, diseñados por arquitectos renombrados. Esos mercados eran para los comerciantes callejeros. También aparecieron de la noche a la mañana centros deportivos, sociales y culturales con canchas de futbol o de basquetbol.

Y para alimentar el espíritu indomable de la población femenina, en esos centros sociales se aprendía «El jarabe tapatío». Todo esto a nombre de la Revolución Institucional.

Y para el lado sufridor, el gobierno fomentaba la paternidad responsable; campañas para un amarradero de trompas de falopio. Para qué negarlo, mi jefecita fue de las primeras que se apuntó en la lista, con la conformidad de mi jefecito.

Acuérdome, una noche, los dos amantes muy serios sentados alrededor de la mesita de madera, tomando una taza de café con leche de la Conasupo, después Liconsa, decidían.

—Cómo ves. ¿Le entras? Dicen que es una operación sencilla; un amarrón de las trompas y pin pon papas.

Como respuesta a la propuesta de mi jefecito, mi mamacita con plena conciencia de su futuro murmuró una tonadita:

—¡Papas fritas!, la familia pequeña vive mejor —mi mamá con tanta angustias por nuestras penurias parecía hablar a base de tonaditas publicitarias—: ¡Viejo, si la leche es poca al niño le toca!

Mi jefecito gustaba de la cerveza fría y también de los vasos de leche fría. Dejó su taza sobre la mesa.

—Niño Maciosare a beber su leche para que tenga huesos y dientes sanos.

Yo arrugando la nariz, torciendo la boca y enrollando mi lengua, como un churrito, miré con bizcos el vaso de leche de Liconsa.

—¡Guácalaaa!

Pero ni siquiera terminé de expeler la última «a» cuando me pescó de las orejas mi mamacita linda y querida y ¡zúmbate tu leche campeón! Me tomó por la punta de la lengua y la llevó al vaso de leche.

—Escuincle majadero. Aquí hay de dos leches: o la tomas o la bebes.

¡Ah qué tiempos aquellos!

La Revolución mexicana, después de medio siglo de existencia, «le comenzaba a hacer justicia al jodido», pensaba mi padre. Por eso a la hora de las elecciones votaban por el PRI y rogaban por que resucitara John efe Kennedy.

Pero, la verdad, sincerándome, lo que yo deseaba de todo corazón esos días era un pan Bimbo con mi chocolate Pancho Pantera batido con leche de vaca como lo recomendaba la televisión. O sea que muy a güevo me acostumbré a beber leche Conasupo para crecer grandote y fuer tote hasta alcanzar la descomunal altura de un metro cincuenta y ocho centímetros, ¡forzadones!

Eso sí, cuando me daban el «desayuno gratuito» en la escuela, agarraba el envase tetra pak de la leche vacío, lo ponía en el suelo y con todas mis ganas cerraba mis ojitos; con mis manos me tapaba los oídos y dejaba caer sobre el envase mi bota minera con suela de llanta y ¡para qué les cuento! Aquello tronaba como bomba terrorista. Pero el peso de la represión caía sobre mi cabecita; el manazo de la maestra era meco y seco como un ¡pas pastas, güey! Y la voz de la autoridad con saña dictaba sentencia: