¡Pantaletas!
Capítulo 38
Yo creo, la Chancla, nada más le estaba midiendo el agua a los camotes. Se largó y me dejó a Jorgito. En el amor, mi buen, es más cabrón el que ama que al que aman, ¿o no?
Yo, por más que trato de recordar a la Chancla platicando conmigo, contestando mis preguntas o los dos solos en silencio, en el cuarto de la calle de Sol. Me quedo ido y ahí me puedo quedar porque no hay esos recuerdos.
El año que vivimos juntos nada más fue puro coger y coger, hasta bajé de peso, me puse ojeroso y nervioso.
Ya lo dicen: «La confianza mata al güey». Yo estaba muy creído que a la Chanclita sí le daba batería. Tan sólo me daba bola: Yo soy aquel, su Juan Camaney. Se puede decir que me pasé de confiado. Creía: ni modo que con lo que le doy todas la noches ande de metiche en otras camas.
Por eso la dejé buscar su vocación, que se realizara como mujer, que no se sintiera sepultada en vida. Si quería ser periodista como Lolita Ayala, pues órale, acá está su Azcárraga Jean, su Salinas Pliego, y si Dios quiere su Ted Turner; pero me fallaron los cálculos.
Se fue, así nomás.
Cuando faltó la primera noche ni me cayó de peso.
Usted dirá, pues qué maje, pero no es eso. Si uno sí está enamorado, lo presiente, se sabe sin certeza que ya bailó uno con la más gacha.
Dieron las doce, cargué a Jorgito para que no llorara y le preparé el biberón…
La una de la mañana y mi mujer no llegaba, mi buen, me distraje dándole su mamila a mi beibi; le di palmaditas en la espalda para que sacara las flemas, lo arrullé cantándole el Himno Nacional: Mexicanos al grito de guerra, el acero aprestar el bridón… y retiemble en sus antros la tierra… Maciosare un extraño enemigo… Con la última estrofa me entró una duda; pero me distrajeron las campanas de la Catedral, daban la hora; eran las dos de la madruga, y la Chancla no llegaba.
Me llegó la inspiración, seguí arrullando a mi niño y cantándole el himno nacional: Ma-ci-osare un extraño enemigo… Fue en ese momento de lucidez que caí en la cuenta: Maciosare no era una sola palabra; eran una conjunción adversativa: «mas», un adverbio, «si», y un verbo conjugado: «osare»… Me reí, le canté a Jorgito: Mas si osare… Mas si osare… Mas si osare… ¿quién? ¡Un extraño enemigo! profanar con su planta tu suelo, y me cai, me comenzó a salir un vozarrón tipo Plácido Domingo, que espanté a Jorgito: Piensa oh patria que… un soldado en cada hijo te dio… Jorgito lloraba a moco tendido ante mi patriotismo arrullador.
Le bajé de güevos al vozarrón y para callar los llantos de mi hijo, canté: Allá en la fuente había un chorrito se hacía grandote se hacía chiquito… Jorgito como un angelito roncando se agarraba su pirinola; le venía de herencia. Eran las cuatro de la madrugada, arropé al niño y subí a la azotea para mirar el cielo; la noche era tibia y callada, quería enjuagar con mis manitas las estrellitas, como una vez la Chancla y yo lo hicimos en el mar de Acapulco. La verdad, ni para qué pegar de gritos; yo bien sabía pero no lo enfrentaba: a la Chancla le encantaba de corazón la pistola, su vocación era no ser mujer de un solo hombre.