¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 3 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 3

—Ay, condenado escuincle, ya te estás mojando —eran las dulces palabras de una joven madre.

Yo creo por eso adquirí de chiquillo la costumbre de orinarme en la cama. Ya más grandecito se me quitó.

Bara, bara, marchantita, pantaletitas a su medida.

 

3

El cromo tricolor del licenciado don Benito Juárez colgado en una pared del hogar era nuestro icono del éxito: el J. P. Morgan de los jodidos, él, un indio zapoteco —que hasta la adolescencia aprendió a hablar español— estudia Derecho y llega a ser presidente de nuestra amada República del cuerno retorcido.

 

¡Los jodidos hijos de la raza de bronce tenían en aquel indio jodidón el ejemplo para mentalizarse en la ruta del éxito! Aquí maíz. Acá Coca cola.

«¡Sííí se puede, sííí se puede…!»

Era nuestra lección particular de cómo peinándose de a rayita se adquiere el look cool de Wall Street.

Mi madrecita hincada como una santa Teresa cualquiera en su morada, posesionada por la mística del Carruaje histórico, invocaba: ¡El Estudio!

—Ilumínalo san Benito, no lo dejes caer en desidias ni güevonerías, encamínalo por la ruta del hombre de bien, de la calidad y el éxito. ¡Ojalá y se haga rico para que nos saque de la jodidez! ¡Hazle el milagro a mi Chiquillo! Si no es presidente de Mexiquito me conformo con que sea presidente de la Coca Cola.

Eran sueños compartidos por un joven matrimonio rompiéndose el lomo para labrarles un futuro a sus dos chilpayates. Yo y mi carnal, éste era una ladilla doctorada con Honoris Causa por la Universidad de la calle.

Fuimos dos hijos nada más porque mis jefecitos se creyeron la filosofía social del gobierno aconsejado por el FMI y el Banco Mundial:

Mi jefecita se dejó amarrar las trompas de falopio en una clínica del INSTITUTO MEXICANO DEL SEGURO SOCIAL. ¡Puro complot internacional apelando al neto amor patrio de mi jefecita!

Como si hubiera sido ayer veo a mi mamacita escuchando las notas de la inmortal obra de don Pablo Moncayo: Huapango. Ella deja de hacer su quehacer, se seca las manos, se recarga en su escoba y mira con beneplácito en la pantalla de nuestra tele Philco la llegada al aeropuerto del presidente de la República Mexicana de algún viaje por el extranjero para abrir mercados.

Mi mamacita con su rostro cansado reposa mientras su muñequito juega en el suelo a las carreritas con carritos de plástico, con su manita alborota discretamente mi peinado a la Benito Juárez (hecho a base de puro jugo de limón) y me dice en un susurro histórico:

—¡Estudia, hijo, Estudia! —y volvía su atención al discurso del señor presidente:

—Un logro de la H. Revolución mexicana, la primera H. Revolución social del siglo XX, la que logró plasmar en su Constitución conquistas sociales jamás consignadas en ningún contrato social en el mundo.

El orador chorrillea un verbo ampuloso, a sus espaldas una enorme manta con la imagen del Benemérito de las Américas. En medio del pantano de matracas y viseras para el sol con el logotipo del Partido Oficial la masa sudada se cansa de tanta amartajada. La voz oficial ni los mueve ni los conmueve; los duerme.

—La Revolución francesa junto con Rousseau y Voltaire nos la viene guanga… —mi madre con el más puro orgullo de la chinaca nacional aplaudía azotando la escoba contra el suelo.

Las imágenes de la televisión encadenan a toda una nación, muestran a los dirigentes del país del cuerno de la abundancia, con traje, corbata y lentes oscuros; aplauden de pie: Plas plas… ¡Plas!

—¿Y la Rusa y Lenin? —se pregunta el de la guayabera.

Sigue:

—¡Chipotle! ¡Cuaresmeño! ¡Se sientan los rusos! ¡Nosotros fuimos primero!

Se escucha por parte del respetable un Chiquiti bum a la bim bom bam Mé-xi-co, ra, ra, ráaa. Tanto entusiasmo me cansaba.

—¡Y la China también nos hace los mandados! ¿Lincoln y Thomas Payne? Al lado de don Venustiano Carranza y Lázaro Cárdenas son como pulgas que no brincan en nuestro petate.

En ese clamoroso recuento histórico la multitud atragantándose de sandwiches propagandísticos aplaude a rabiar, grita gruñendo cualquier sonido, el chiste es que se oiga, los listos se esfuerzan por que el señor presidente sienta que sí aplaudieron. Repica la campana de Dolores y se escucha la histórica «Marcha de Zacatecas» machacada por la banda de cadetes del heroico Colegio Militar.

Era el inevitable tiempo en donde todo niño mexicano es contagiado por la leyenda y el espíritu de los Niños Héroes. Ellos, nuestros héroes, esculpidos en piedra; cara a cara, mofletudos querubines aztecas cuidaban el altar de la patria; ellos nunca se abrieron a los gringos, por eso:

—¡Que la patria os lo desmadre!

Mi madre al oír esta frase llegada desde el patio de la vecindad salió con su escoba para gritar a los cuatro vientos:

—Groseros, ustedes no respetan a los héroes que nos dieron Patria.

Y nosotros, sus querubines caseros, acá, en el seno de Chilelandia, donde la familia mexicana vive mejor frente al televisor en blanco y negro; la piel se nos hacía chinita, mi hermanito, solidario, me acompaña mientras la voz maternal nos conmina a estar al pie del cañón:

—Párense, qué no ven que están tocando el Himno Nacional —los dos en posición de firmes, con el brazo derecho doblado y el codo levantado a la altura del corazón, sintiendo el tun tún de las palpitaciones en nuestra mano extendida. La neta, los dos chiquillos hacíamos muy bien el saludo a la bandera; rugíamos: mexicaaanos al griiito de gueeeerra. Enanitos se nos hacían los extranjeros.

Y si los marcianos hubieran aterrizado en las tierras de la tuna y el nopal; a punta de nopalazos los aplastaríamos y a tunazos los pintaríamos con tinta sangre del corazón de Copilli.

Mi hermanito sonríe al ver la televisión. Eso siempre me intrigó del susodicho, desde chiquito la política lo mataba de la risa. Cuando se descuidó mi mamá me dio un mazapanazo, me sacó la lengua y me acusó:

—Mamá, mi hermanito no se sabe el himno nacional, nada más movía los labios.

Y para toda reacción, ¡rájale!, me cayó un flamígero y maternal manazo en la espalda por antipatriótica memoria.

—Chiquillo majadero, a qué estás yendo a la escuela, qué, ni eso te enseñan.

Yo la miré como si el mundo viniera rodando sobre mí, quise pedir la ayuda de Charles Atlas, pero como Niño Héroe del Castillo de Chapultepec, acepté mi mea culpa. Aguanté el pedo.

Ahora que mi gran pedo patrio radicaba en que no entendía ni madre la letra del himno nacional. ¿Qué era eso de: Maciosare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo…? No sabía el significado de la palabra Maciosare, mi angustia amenazaba el sano desarrollo de mi libido; me sentía culpable al masturbarme; esquizofrénico busqué el significado de tan patriótica palabra.

Al no encontrarlo, tremendo sentimiento de pecado invadió mi estructura existencial porque a lo que me sonaba la inmortal palabra era a: Tierra de maíz palomero germinado en el suelo patrio. Y después la siguiente frase: un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo. Ni que fueran perritos para miarse en las tierras del maguey. No me checaba.

Las preguntas me perseguían como espinas nopaleras dentro de lo más íntimo de mi ser patrio: ¿Qué habrá plantas de maíz carnívoro que andan caminando por ahí? Mi derrota existencial me hundía en las profundidades del inconsciente.

Cómo, me recriminaba mi conciencia: ¿Qué no eres mexicalpan de las tunas?

Todos los maestros, año tras año, en la escuela primaria Mártires de Chicago, hoy Mártires del Fobaproa, me obligaron a aprenderme de memoria la letra del Himno Nacional, pero nadie me explicó su significado; y cuando me atreví a preguntarles a mis condiscípulos, ¡me bautizaron!

Fue un lunes, cuando son los honores a la Bandera y yo pregunté; que qué quería decir MACIOSARE, el más grande de la clase me dijo: