¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 20 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 20

A veces, de repente, se aparecía el Arqueólogo como siempre, muy echador, que ya soy aquel, que fue y que vino y puro gua gua gua y nada de efectivo. Se veía que le iba bien. Pum, pas, papas porque llegaba muy alhajado, muy perfumado, muy vestido para apantallar, en autos apantalladores. Se comía unos veinte tacos y bebía tres coca colas. Y el ojeis no pagaba. Mi mamá le daba la bendición, él se arrodillaba y le besaba la mano, ella se quedaba contenta, exclamando:

—Ay este condenado no va a cambiar nunca. Lo bueno que es policía.

El padre hacía cuentas:

—Pues por esa visita no entraron a la caja cien pesos.

A las diez de la noche cerrábamos el changarro, barríamos la calle y nos íbamos a la casa, para ponerme a estudiar.

Fue por esos días cuando se apareció, como un ciclón en el golfo de México, bañada por la luz de la boca de la estación del Metro, ¡la Chancla!, vestida de negro, a la punk, mascando semejante chiclote; mitad Sex Pistols, mitad Cindi Lauper. Toda ella era una mascada… de chicle.

 

20

Los destellos del amor, esta vez, ni cosquillas me hicieron. Al correr la vida uno se va haciendo duro como un bolillo de tres días. Mi corazón era una roca. Y mi vida un libro abierto, que se estaba escribiendo.

 

Al ver salir del Metro a la Chancla, mi mamacita pálida como una tortilla nixtamalera se persignó como si hubiera visto al quinto jinete de la Apocalipsis:

—En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo… ¡Pero muchacha qué andas haciendo así a esta hora…! ¿Quién te espantó?

Y no era para menos, con unos pelos así de parados, crestas de pájaro loco, tijereteadas, mantecosas, de color zanahoria; iba vestida con ropa de piel negra, entallada; estoperoles en las costuras. Su figura chaparrita y nalgona se imponía a la noche como una sensual escultura zapoteca punk.

No cabía duda, la Chancla mantenía su personalidad; estaba bien buena, como un mango petacón en el mes de julio.

Se le veía a lo lejos, sin ser psicólogo, que estaba pacheca, drogada, japiberditudey, engargolada; no estaba muda, ni le habían comido la legua los ratones, ¡andaba ida!, sus labios carnosos eran lechosos como un queso añejo y sus piernas las tenía engarrotadas como astronauta en la luna. Dijo desde su inmediatez:

—¿No me dan un chubi…? —era una plegaria llegada desde las playas de Cipolite Oaxaca.

—¿Tienes sed, hija? —le preguntó mi jefecita y volteó a verme como si yo supiera qué era un chubi—: ¿Qué refresco es ése, hijo?

—No, no creo que sea un refresco —contestó mi padre con mucha seriedad y ojo clínico, revisando las actitudes de la Chancla. Determinó: «Está pacheca». Por amor a su hijo aguantó la neta con caballerosidad.

—Ha de ser otra cosa… Vieja, dame una coca cola y las aspirinas que están en mi chamarra —el jefe cargó a la Chancla para ayudarla a bajar los escalones de la entrada del Metro.

—Siéntante… —mi padre me miró y movió la cabeza, como diciéndome con los ojos: «¡Aguas, cabrón, no te vayas a embarcar!».

Mi mamá le dio la coca y las aspirinas. Mi jefe tomó dos. Destapó con los dientes la coca. Puso dos pastillitas en la lengua de la Chancla y agarrándole el hocico le empinó la coca cola.

—Métete esto, niña, no tenemos un chubi. Pero con esto te vas a sentir mejor.

El padre me interrogó desconfiado:

—¿Cuándo llegó a su casa?

—Nooo, no ha llegado desde que se fue con el maestro Vacunin.

—¿Desde hace tres años?

—Sí… apenas se apareció.

Yo la miraba y no lo creía, mi corazón ya no latía como chiva loca por la Chancla. Esta chava no era la que conocí al entrar al Ce Ce Ache, ahora me parecía una bota punk. Y era una bota muy andada, con tacón desgastado.

A la Chancla, la lengua simplemente no le obedecía y la boca se le torcía. Se tragó las aspirinas y se sopló la coca. Se quedó en los brazos de mi mamita como un angelito barroco puscuanmoderno meciéndose en el árbol de la vida, de ésos de Metepec.

Mi papá le hizo la parada a un taxi y le dijo a mi mamá:

—Vamos a entregar a esta niña con su papá, no se vayan a agarrar al Maciosare solito, y para qué te cuento… ahí mismo nos lo capan, perdón, hijito, te casan.

Mi mamá, se volvió a persignar. Su rebozo de lana de Chiconcoac la cubría hasta la boca.

—Ave María sin pecado concebida —de prisa ayudó a la Chancla para subir al taxi. Tienes razón, viejo, vamos todos juntos, no lo vayan a embarcar.

La Chancla como no queriendo, se abrazó con su humilde servidor, quiero decir que reculó hacia mi corazón. Pero yo pensaba: «Ni cenizas quedan del incendio de Roma».

Unos días después se vino la bronca.

Más sabe el viejo por vivido que por atrabancado. Tenía razón mi jefecito. El suegro, don Taco, llegó como desesperado al otro día al puesto, estacionó su Gran Marquís cuan largo y ancho era enfrente de mi vista, bajó haciendo sonar sus cadenas de oro, y como si fuera un Mexican curios, me dijo:

—Qué pasóóó, jovenazo, ¿cómo va el negocio? ¿Verdad que deja sus buenos pesos? Usted hágame caso y lo voy a hacer rico.

Yo lo miraba y lo miraba para ver por dónde traía escondida a la Chancla, pero el suegro muy hábil, me hizo ver lo buena gente que había sido conmigo; cómo había ayudado a mi familia; cómo esperaba que yo terminara mis estudios para ser mejor hombre, y como no queriendo la cosa me deslizó sus anhelos.

—Cómo ve, joven Macs, ya llegó la Chanda. Llegó desmejoradita, pero se va a reponer… Necesita un hombre que la cuide… y la familia, o sea yo y su mamá, le vamos a echar la mano a ese hombre —y a cada afirmación alzaba su mano y movía su muñeca para que sonaran sus cadenas de oro frente a mis ojos. Ya ve, usted nada más fue su novio; y yo le presté uno de mis puestos. Y que conste que no le cobro renta. Y no se lo estoy cantando, ahora se imagina con mi yerno cómo me luciría ayudándolo.

El suegro trataba de ser discreto y no ofender, quería portarse decente con su candidato a gobernador.

—Pero cambiemos de tema mejor, mi Macs. Vengo contento, acabo de realizar una transa. Le compré a un maestro del SENTE un departamento de los que da el gobierno. Lo agarré bien ahorcado. Es un condominio como para recién casado, se lo pagué al chas, chas, peso sobre peso y chacachaca para la Chancla… Está en Culhuacán, es de los del FOVISSTTE. Está en una zona pues más o menos… ¡Eso sí, menos pinche que el Centro Histórico de la ciudad!

Mis piernas temblaban, dentro de mí me decía: «Chin, tan a toda madre que estábamos con el changarro. Y mi jefe bailando sin chamba».

Me faltaban dos años para salir de la Universidad y el güey de mi suegro me tenía bien apergollado del gañote.

Ahí, al verlo ese día, sentí que debería de maliciar, pensé, si le digo que no, va a querer que le regrese el changarrito de tacos. Entonces no le dije ni sí ni no. Pero él, viejo lobo de las finanzas existenciales, siguió empujando con toda conciencia:

—Mire, Maciosare, usted dedíquese sólo a estudiar para que termine rápido su carrera. Yo, mientras, mando a un empleado a que atiendan el puesto. Se lo voy a decir derecho. Mire, Macs, yo sé porque todo mundo lo dice que siempre ha estado enamorado de la Chancla. Eso para mí como padre pues tiene un gran valor, porque se ve que es un joven con futuro, y la niña no es mala, la ha regado, eso sí, pero afortunadamente no se ha embarcado, ni embarazos ni legrados. Ayúdeme y yo lo ayudo. ¡Cásense!

Tan tan tan taaaan. Así, a la sin susto, me quería dar la mano de la Chancla. Yo era su esperanza. Su peor es, a quien había estado cultivando para ensartarme en una boda. Y yo miraba el embarcadero como un corazón de las tinieblas.

Uno de joven, a veces es muy pendejo, pero muchas veces, o la mayoría, Dios nos ayuda. Y creo que eso me sucedió porque pendejo, pendejo, pero no me apendejé.

—Sí señor, yo lo sé, y usted sabe que yo por la Chancla me la siento de todo corazón. Pero para que le hago al cuento. ¡Ella no me quiere!

—Cómo no, joven, sí lo quiere, ¡por la señal de la santa cruz!, nada más que de repente no sabe lo que quiere. Pero si usted se pone cabrón con ella, la va a tener aquí, pegadita a usted. Usted con todo respeto la ha regado. Yo no sé si se da cuenta, pero la Chancla lo agarra de barco por quererla. Muérdase un güevo y póngale un hasta aquí. Cásese y la familia lo ayuda para hacer de la Chancla una buena ama de casa.

—Puede que tenga razón, señor, pero yo no soy de los que creen que hay que madrear para querer —me salió desde adentrito de mi corazón el charme ceceachero.

—No, ni lo mande Dios, no lo tome tan a pecho, hijo, yo no quiero decir eso. Sólo le estoy aconsejando cómo mantener el control con la Chancla, es berrinchuda pero con unas nalgadas se está quieta. No digo que me la madree. Nada más dígale qui’hubole, mi Reina, aquí manda el hombre. ¡Y zas!

—Eso es precisamente lo que no quiero, don, yo siempre pensé en que ella debería de quererme porque yo la amo. Y si no es, pues para qué le hago al tío Lolo.

—Ahí está tu cagada, güey. Ya te estás haciendo fuera de la bacinica. ¿Cómo?, mi buen Macs, vea al maestro Vacunín, ¿cómo le lavó el cerebro a mi chavita? Muy fácil, le hizo creer que era ella la que decidía y ya ensartada él tomó las riendas. Así son las mujeres, les gusta creerse amadas pero mandadas. No sea romanticón.

Ahí fue donde me dio en mi mero mole porque aunque no me gustaban los tríos sí que me encantaba la música de Pablo Milanés: «Chancla, te amo, te amo, Chaaancla…». Puro amor revolucionario. Puros poemas de Mario Benedetti. Por eso no quería ser un macho más.

Como dijo mi maestro de literatura: «El Romanticismo, emergió con la modernidad y junto con la modernidad se estaba acabando». La cosa yo la veía de la rechingada; qué pasaba con los millones de cabrones que crecieron educados en el nacionalismo, amando el folklore, a lo héroes, los sueños de amor, como mis padres. Ahí encontrarán las explicaciones a la respuesta que le di a mi suegro:

—Sí, pero yo no. Yo la verdad, don, le saco a la Chancla. Y si quiere ahorita le entrego el changarro que me dio. Lo que es al César al César y al Taquero lo de sus tacos.

El suegro se encabronó. Me miró. Pero más que una mirada era una mentada de madre.

—No seas más pendejo de lo que eres. Tú aguanta la risa. Y te va a ir bien, cabrón, yo te ayudo. Cásate, tienes la papita, doradita y a crujir que el mundo es de los cabrones.

¡Ah qué cosas son éstas las del amor!

En el fondo, la neta, yo seguía queriendo a la Chancla. Es eso de que uno no sabe muy bien por qué; pero ahí está uno diciéndose: no, no la quiero, ya mi corazoncito no siente. Pero el pájaro sigue trinando nada más de verla.