¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 8 de 48

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Encerrad a vuestras hijas en casa

Encerrad a vuestras

hijas en casa

 

El invierno, que dio paso a la primavera y al verano en el que celebré mi decimoctavo cumpleaños, fue un período de limpieza y, fundamentalmente, de reincorporarme a la raza humana. Me dieron plaza en el colegio King Edward VII de Sheffield. Había sido una escuela secundaria selectiva y se había transformado en un instituto de enseñanza secundaria general, aunque con una buena reputación académica. Era mixto, niñas y niños, pero entre conmocionado y horrorizado, descubrí que era amistoso. Esperaba que se mantuviese patente la jerarquía, las palizas de castigo, pero nada de eso sucedió. Me pregunté qué habría pasado si no me hubieran enviado a un internado.

No tenía mucho sentido asistir a la escuela, excepto por imposición legal, porque en unos pocos meses tendría que presentarme a los exámenes, y por desgracia el examen de Sheffield era radicalmente diferente al de Oundle. Pasé mucho tiempo en la biblioteca, empollando mitología nórdica en lugar de estudiar.

Me uní al Ejército Territorial británico como soldado raso. Mi número era 2440525, y el sargento dijo que yo era demasiado listo para ser un simple soldado y me preguntó por qué no esperaba a convertirme en oficial en la universidad. Le contesté que solo quería seguir adelante, así que me dio el kit y eso fue todo.

Nuestra unidad —D Company, Yorkshire Volunteers— estaba, en teoría, en guardia de veinticuatro horas en caso de una guerra. Seríamos enviados directamente al frente, con morteros y armas antitanques propulsadas por cohetes, uno de los cuales recibió el nombre sorprendentemente chulo de wombat. Nuestra esperanza de vida en combate, según me informaron, era de un minuto y cuarenta y cinco segundos.

Me emborraché con muchos trabajadores siderúrgicos, cavé agujeros en lugares inhóspitos del nordeste de Inglaterra y llegué a llevar una gran ametralladora de uso general con cinturón, que usaba muchas balas, todas de fogueo.

Por otro lado, en la granja limpiaba con pala la mierda, de la que había mucha, y manejaba tractores y camiones de volteo, vertía hormigón y construía vallas. Convertí mi ira en esfuerzo físico, y se aplacó la cólera que me consumía continuamente en el internado.

Un día, durante el almuerzo tras una clase de lengua, lo que es el destino, escuché a alguien desde atrás que decía que no tenían cantante para los ensayos de aquella noche.

Me volví y, de repente, reconocí a mi compañero de batería Paul Bray. Lo flanqueaban dos tipos geniales que ya tenían pinta de ser profesionales veteranos de rock.

—Esto, hola… —comencé a decir un poco nervioso—. Yo canto un poco.

Me miraron de arriba abajo. Estaba un poco rechoncho, con un horrible corte de pelo corto y pantalones feísimos.

—Genial. Nos vemos a las seis en punto.

Quedaban nueve meses hasta que comenzara la universidad. Era hora de escuchar Radio Caroline bajo las sábanas, soñar despierto con los escenarios y ensayar en el garaje de mi compañero los martes por la noche. El limbo no es un mal lugar.

Nuestra banda tenía una batería de verdad y dos guitarras, y el bajista tenía su propio equipo, un amplificador independiente y un altavoz. El resto compartíamos un Vox AC30, al que se conectaban las dos guitarras y el nuevo vocalista: yo.

Mi micrófono había sido cortado del lateral de una grabadora de casetes portátil y empalmado con cinta adhesiva a un cable más largo enchufado en el combo Vox. Sonaba realmente mal, pero la banda estaba a años luz de todo lo que yo había experimentado hasta entonces. Se habían aprendido la mitad del álbum «Argus» de Wishbone Ash, más el tema All Right Now de Free y el inevitable Smoke on the Water.

Después de una canción y de arrancarme un par de veces con mi agudo al estilo Ian Gillan, todos asintieron sabiamente: «Eres el nuevo cantante».

Pregunté si tenían un nombre; la respuesta: «Paradox». Me pareció una birria de nombre.

Consideraba mi hogar de Sheffield como una especie de compás de espera. Sentía que no pertenecía a él, aunque tampoco era una existencia desagradable. Era como si estuviera caminando sobre cáscaras de huevo, a menos que estuviera cavando agujeros o paleando mierda de caballo.

El pub local estaba a veinte minutos a pie, un trayecto arduo en la espesa nieve, y en el camino estaba el antiguo campo de prisioneros de guerra alemanes, con sus barracones medio demolidos. Más allá, a los pies de una empinada colina, estaba la parada del autobús y, por encima, iluminado por una luz de luna propia de Bram Stoker, el hospital de infecciosos de Fulwood.

En dos ocasiones, regresando a pie desde la parada del autobús en medio de la oscuridad y el viento, me encontré con gente que vagaba por el camino, aturdida. Tuve que esperar hasta poder hacer que se parase algún coche de los que pasaban ocasionalmente para ponerlos a salvo. Sospecho ahora que podrían haber sufrido alzhéimer. Casi seguro que abandonados a sus propios recursos, habrían muerto de frío. En la década de los setenta, esas personas simplemente eran «chiflados» y ahí quedaba todo.

Después de haber hecho mi buena obra del día, el destino me devolvió el favor: nos ofrecieron un concierto. Debutamos en el club juvenil local, con cuatro personas al menos delante del escenario y el resto apoyados contra la pared, presas del terror, mientras nos abríamos paso con Smoke on the Water. Creo que esperaban escuchar más bien a los Four Tops.

Me había gastado quince libras en un micrófono medio decente, un Shure Unidyne B, cuyo ridículo soporte podía perder las patas y la integridad vertical de manera repentina y sin ninguna razón evidente. Tenía una pandereta y había ahorrado para un par de columnas de altavoces Vox muy antiguas, de cuatro por diez pulgadas. Al registrarme como parado en el verano, me llegó por correo el cheque del subsidio, con lo que tuve dinero suficiente para comprarme un amplificador de guitarra Carlsbro de sesenta vatios en una tienda de segunda mano. Ya estábamos todos equipados, aunque sin conciertos.

Me convertí en representante. Iba de puerta en puerta por los bares que daban conciertos. Revisaba los anuncios para bandas en el periódico local y luego buscaba en la guía telefónica el número del bar en el que se tocaba. Habría mentido por Inglaterra, pero no había forma de eludir la horrible verdad que surgía con la pregunta: «¿Tienes una cinta de demo?».

Por supuesto que no teníamos. Olvido que grabamos una al final, aunque era horrible. Creo que acabamos poniendo una grabadora de casete en un extremo del garaje y metimos bulla.

De algún modo conseguimos que nos contrataran una noche en un pub llamado Broadfield, y puede que incluso hubiésemos logrado una segunda actuación. Nos pagaron tres libras, así como una hamburguesa manoseada y una botella de Newcastle Brown para cada uno, y tuvimos que firmar un recibo.

Lo siguiente fue una tarde en el parque, patrocinada por el ayuntamiento, en Weston Park, junto a la universidad y justo calle arriba del hospital Royal Hallamshire. Apareció un DJ local de Radio Sheffield, pero se había pasado la tarde en el pub y estaba bastante colocado de ácido.

La banda titular se llamaba Greensleeper, y tenían ese aburrido aire de despreocupación nacido de ser los mejores del distrito postal y de actuar todos los fines de semana. Sus seguidores aparecieron justo antes de que tocaran y se marcharon inmediatamente después.

Nos dejaron instalarnos en el pequeño escenario a plena luz del día. Había algunas sillas plegables verdes y algunos niños comiendo helado que nos miraban de reojo. Empezamos a tocar. La batería se movía, y el escenario no se mantenía unido, por lo que también comenzó a separarse. En ese momento, un caballero cascarrabias saltó al escenario gritando:

—¡Callaos, estoy intentando dormir!

De un empujón, tiró el amplificador de guitarra por la parte posterior del escenario, que de todas formas estaba a solo medio metro del suelo.

Agarré una de las sillas plegables y lo golpeé con ella. Se tambaleó hacia atrás y luego bajó caminando la colina, directamente a través de las líneas vacías de sillas que normalmente usan las ancianas para sentarse junto al quiosco de música.

«Joder —pensé—, esto es como The Who». Pero no lo era en realidad, y el DJ colocado de ácido lo contó así en su programa de radio esa noche.

Sin embargo, con nuestra notoriedad recién encontrada presioné mucho para tocar nuestro propio material y cambiar de nombre. «Paradox» era demasiado soso; necesitábamos algo legendario.

—¿Qué hay de Styx? —sugerí.

—¿No hay ya un grupo que se llama así?

—Oh, no se darán cuenta —dije con confianza.

Nuestra segunda aparición en Broadfield fue también nuestro canto de cisne, pero el primero como Styx. Incluso teníamos folletos mal fotocopiados con letras que no formaban una línea recta perfecta, pues habíamos ido pegando letra por letra al papel. La pandereta ahora era de aluminio pulido y, al agitarla, había que tener cuidado para no cortarse en la base de los dedos.

Yo trataba de parecer guay. Imagínate: camisa de leñador (porque Rory Gallagher llevaba una), chaleco con muchas insignias y zapatos Hush Puppies. Encierra a tus hijas en casa, South Yorkshire.

Teníamos una canción escrita por mí llamada Samurai. La letra no era mía, sino de un compañero poeta del instituto que se las ingenió para combinar los samuráis con los buitres y para rimar carne con guardería en la misma línea.

—Genial —dije—. Pero… ¿por qué una guardería?

Decidimos separarnos en la cumbre de nuestra carrera, alegando presiones comerciales más el hecho de que los dos guitarristas tenían trabajos de verano en los que llevaban puestos zuecos de madera y limpiaban hornos de acero, y que pagaban bastante mejor que las tres libras que habíamos recibido en nuestra última aparición.

A todo esto, no me había costado olvidar que se suponía que debía hacer los exámenes finales. Había estudiado poco; en realidad, no había estudiado nada. Tenía una caja de apuntes de historia; en cuanto a economía, pensaba que era un montón de basura elaborada por académicos con el fin de crear trabajos para ellos mismos; y con respecto a lengua y literatura, resultaba divertido crear; pero, Dios mío, la cubierta de cualquier libro de Jane Austen hacía que prefiriese comerme mi propia pierna antes que leerlo.

En cualquier caso, me presenté a los exámenes de grado sin haber leído ni un solo libro para los exámenes de lengua y literatura ni haber abierto ningún otro de texto para economía. En cuanto a historia, pensé que podría sacarla con la gorra, puesto que me interesaba de verdad, lo que probablemente fuera algo bueno porque me pasaría tres años en la universidad estudiándola aparentemente. No puedo acordarme de lo que escribí pero, aunque parezca mentira, aprobé los tres exámenes, eso sí, por los pelos. Y lo que era aún más increíble, conseguí plaza en una universidad de Londres para la que solo hacía falta sacar un aprobado raspado en dos de las tres asignaturas.

De este modo, sin esforzarme inútilmente, accedí al mundo académico: el Queen Mary College de la Universidad de Londres.