¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 27 de 48

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Moonchild (hijo de la luna)

Moonchild (hijo de la

 

luna)

 

Toda esta actividad extracurricular al final se vio sometida al impacto de Iron Maiden, y así comenzó el proceso de escritura de nuestro siguiente álbum, «Seventh Son of a Seventh Son». Sería uno de los mejores.

Steve estaba sentando las bases del álbum en su casa de Essex, Sheering Hall, que tenía una réplica de un pub, un campo de fútbol real con vestuarios para ambos equipos y, por último, una sala de ensayos y un estudio de grabación.

Steve y yo reavivamos nuestra asociación compositiva. Mencionó las palabras «álbum conceptual», lo que hizo que yo aguzara el oído y que mi corazón latiera más rápido. Una historia, teatro: «Seventh Son of a Seventh Son» lo tenía todo.

Aunque no del todo. En algún lugar de mi polvorienta colección de garabatos mohosos tengo el cuento que narra la leyenda del séptimo hijo, de los problemas de su familia y el amor no correspondido que lo impulsaron a vengarse de manera terrible y trágica. En realidad nunca consumamos la relación de la historia: mis letras aludían a la historia, mientras que las de Steve no lo hacían. Nada de esto importa demasiado en el panorama general porque el espectáculo, la portada del álbum y la canción principal fueron más que suficientes para satisfacer a los fieles. Me hubiera gustado haberle aportado un poco más, incluso hasta el punto de una novela gráfica.

Alemania fue nuestro destino para grabar, en la insólita ubicación del enorme edificio del hotel Arabella, en Múnich. Los estudios Musicland se encontraban en las entrañas del edificio, entre las pesadas tuberías de calefacción y de desagües, los cestos de la lavandería y el equipo de cocina.

Me recordó en muchos aspectos a los estudios Kingsway de Ian Gillan, que estaban situados en el aparcamiento subterráneo del edificio de la Autoridad Civil de Aviación de Holborn, Londres. Martin Birch había grabado «In Rock» de Deep Purple allí abajo y, por supuesto, Ian Gillan me había sacado a rastras de los lavabos, cubierto de vómito.

El estudio de Musicland era pequeño, y la sala de control estaba abarrotada, pero allí se habían producido algunos álbumes geniales, desde todo lo de Queen hasta «Rising», de Rainbow. Para descansar había un club nocturno de mala reputación llamado Sugar Shack, y las bajas eran frecuentes y dolorosas.

Descubrí el club de esgrima local, MTV München, y comencé a entrenar y mejorar mi baile de mesa. A los alemanes les encantaba beber y bailar después del entrenamiento. Yo podía hacer una danza cosaca medio decente si ingería suficiente cerveza, y el restaurante griego parecía disfrutar con el espectáculo.

La cerveza de trigo fue una experiencia nueva, con sus variedades oscuras, rubias y Hefe, esta última llena de pedacitos de levadura que recuerdan más a la sopa de marmita. Todas producían dolor de cabeza al día siguiente.

Todos nos volvimos un poco locos en Múnich. Dave Murray había decidido intentar hacer un poco de magia en su tiempo libre, del que tenía demasiado. Una noche famosa, en el decimosexto piso, Marvin apareció cuando Dave intentaba hacer desaparecer algo.

—Mira esa silla —gruñó Marvin—. Puedo hacer que desaparezca.

Así que la tiró por el balcón. Esta locura estaba empezando a ponerse bastante seria.

Yo tenía planeado salvar mi cordura y, cuando surgió la oportunidad de escapar de los terribles apartamentos de color marrón y verde, me largué a Bonn, la entonces capital de aquel lado de una Alemania dividida.

Alquilé un pequeño apartamento, compré una tele de segunda mano y puse un colchón en el suelo. Me pasaba todo el tiempo practicando esgrima en el elitista Club Olímpico de Esgrima de Bonn, un Bundesleistungszentrum, es decir, un trabalenguas que significa centro federal de rendimiento.

Yo era uno de los más viejos allí y todavía no había cumplido los treinta años. Se dedicaban por completo a producir campeones, y todos pensaron que estaba un poco loco, sobre todo porque aún estaba aprendiendo a usar mi mano izquierda. Me olvidé por completo de los álbumes, la música y todo lo demás. Desayunaba, salía a caminar, iba a entrenar, luego tomaba una cerveza, veía la tele y, luego, me acostaba.

Una joven periodista y un fotógrafo del Daily Mirror aparecieron un día. Los invité a tomar una taza de café para hablar sobre el artículo que iban a escribir, obviamente relacionado todo con Iron Maiden. Cuando bajé a la entrada del edificio con el fotógrafo, me preguntó dónde estaba la periodista.

—La dejé arriba —respondí inocentemente. Él me miró horrorizado.

—Yo no haría eso.

—¿En serio? —respondí—. Seguramente ella no registraría nada personal, ¿verdad?

La rescatamos de entre mi ropa sucia y latas de judías cocidas. Se la veía verdaderamente horrorizada por el lugar en el que vivía.

—¿Por qué vive así? —preguntó.

—¿Qué pasa? —le contesté indignado; como si tener una vida simple fuera una afrenta para los dioses del cotilleo, lo que seguramente era así, supongo.

Aprendí algunas cosas sobre los alemanes, y una de ellas es que les encanta hablar sobre las emanaciones corporales, especialmente la caca.

Pillé un fuerte resfriado y me sentía fatal. Me habían invitado a almorzar el domingo con Thomas, otro esgrimista. Nos sentamos una docena de personas a la mesa, entre ellas, yo tiritando de frío.

—Estás enfermo —anunció Thomas, y se fue a la trastienda. Después de rebuscar, regresó con un trozo largo de tubo flexible marrón y lo que parecía una bomba de mano.

—Aquí tienes, toma esto —me ofreció con orgullo.

—¿Qué es? —le pregunté con cautela, aunque me hacía ya una muy buena idea.

—Bueno —sonrió ampliamente—, te colocas este tubo en el culo y con esto lo llenas de agua; en unos momentos, cagarás como un trueno.

Hubo murmullos de aprobación alrededor de la mesa.

—Thomas, esto es un enema —le dije.

—Ja, exactamente.

—Thomas, ¿qué te hace pensar que un enema me haría sentir mejor?

—¡Oh, ja, seguro! Yo lo uso todo el tiempo.

El resto de los invitados elevaron sus voces de aprobación.

—Mi madre me lo dio cuando era niño.

—¿Tu madre?

La hermana de Thomas metió baza.

—No solo Thomas. Todos lo usábamos, toda la familia.

A veces la mierda te salpica, como dice el refrán. La familia que usa unida un enema, permanece unida.

Al final, la banda se unió a mí y ensayamos en la cercana Colonia, en un club nocturno que también era un gimnasio. Creo que, al final, el gobierno alemán le ofreció su hospitalidad durante varios años porque los polvos que vendía no eran precisamente antigripales.

Estuve trabajando con Derek Riggs en la portada del álbum, que tenía un toque de Salvador Dalí con su procesión ligeramente surrealista de velas y un Eddie parcialmente incorpóreo y esquelético. Esta, junto a la de «Powerslave», es mi carátula favorita de Derek Riggs.

La escenografía era enorme, y se basaba en ser elemental, como en el hielo. La gira tuvo gran éxito, como esperábamos, particularmente en Europa, donde arrasábamos en los grandes festivales, como el célebre de Donington, en el Reino Unido.

Por desgracia, ese día estuvo marcado por la tragedia, por la muerte y las lesiones de varias personas, causadas por el terrible barrizal en el que se había convertido el suelo debido a la lluvia torrencial. Hasta que no hubo terminado el espectáculo, nadie nos contó los detalles del horrible suceso. Cualquier atisbo de triunfo desapareció. Nada merece el coste de una vida humana, sobre todo en un espectáculo de entretenimiento.

Hemos tenido que gestionar muchas más situaciones posteriores. Una más alegre fue cuando todo el suministro eléctrico de Earls Court decidió soldarse en mitad del escenario y perdimos toda la potencia, junto con el sonido y las luces, durante cuarenta minutos completos.

El equipo hizo un trabajo increíble al unir cables de alta tensión y restaurar la potencia, mientras nosotros hacíamos malabares, muecas, jugábamos al fútbol con el público y, por lo general, manteníamos en vilo a los asistentes. Son momentos de los que puedes sentirte orgulloso de verdad.

En Río, en la Arena Olímpica, una sección entera de la valla protectora se derrumbó, convirtiéndose en un montón de aluminio irregular. La valla era una copia barata de un diseño eficaz pero, en lugar de construirla con metal de alta calidad, se había hecho con materiales de una calidad inferior.

Durante media hora, y con la ayuda de un intérprete, estuve intentando convencer a la multitud de que se fuera y volviera al día siguiente. El hecho de que se marcharan sin destrozar el lugar es un testimonio de la simple interacción entre los seres humanos.

En 1988, la gira de «Seventh Son» fue absorbente, pero para mí también fue interesante reunirme con el director de vídeo, editor y autor Julian Doyle, a quien se llamó en un principio para dirigir Can I Play with Madness. Julian y yo seguimos dirigiendo y haciendo el guion gráfico de varias ideas más y, por supuesto, el largometraje Chemical Wedding (La boda química), protagonizado por Simon Callow en el papel del reencarnado Aleister Crowley.

Antes de Aleister Crowley, sin embargo, vino Monty Python. Julian era el gurú de las películas de Python. Volvió a montar la película Brazil desde el suelo de la sala de montaje, y él mismo terminó grandes fragmentos porque Terry Gilliam estaba enfermo. Como editor, sus créditos se extendieron a prácticamente todas las películas de Python, enseñó en escuelas de cine y fue su propio director de iluminación y camarógrafo.

Después de dirigir a Donald Sutherland y Kate Bush en Cloudbusting, le pidieron a Julian que presentara ideas para Can I Play with Madness. Logró involucrar a Graham Chapman para actuar en el vídeo.

Graham, por desgracia, estaba enfermo de cáncer de garganta durante el rodaje. Él, Chris Aylmer, de mi antigua banda Samson, y Steve Gadd, nuestro asistente del director de gira y amigo de toda la vida, todos perecerían de la misma horrible enfermedad.

Aún tendrían que pasar veintiséis años antes de que me fuera diagnosticado el mismo cáncer.

Me encantó el vídeo y estaba ansioso por conversar con Julian, porque me encantaba escribir y porque todas mis letras eran pictóricas, al menos en mi cabeza. Mientras cantaba, la historia se iba desarrollando como en una película. Lo único que hacía mi voz era contar la historia del teatro de mi mente.

Julian me obsequió con historias de Los héroes del tiempo, Harvey Weinstein y los errantes Beatles.

—¿Por qué no haces una película de Eddie? —sugirió.

Lo pensé y escribí varios enfoques, pero era evidente que no era ni el momento ni el lugar para hacer una película de Eddie, incluso aunque la hubiera pasado de contrabando por el guardián de Maiden, Rod Smallwood. Simplemente, no era posible.

—¿Qué te parece una película sobre Aleister Crowley? —pregunté—. Nadie la ha hecho.

Mantén esa idea.