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Líneas de falla
América pasó página y volví a entrar en el mundo de Iron Maiden, sin saber que había escrito lo que resultaría ser nuestro único sencillo que alcanzaría el número 1. La razón por la que el tema Bring Your Daughter to the Slaughter no está en el álbum «Tattooed Millionaire» es que Steve la requisó para el nuevo disco, «No Prayer for the Dying». Por supuesto, hubo que grabarla de nuevo.
Se propuso la idea de volver a nuestras raíces de alguna manera. Grabaríamos todo en casa de Steve y usaríamos el estudio móvil de los Rolling Stones; todo sonaba bastante fabuloso. Hay una frase en Smoke on the Water en la que quedaron inmortalizadas las antiguas ruinas que se elevaban en el exterior de la casa solariega de Steve.
Sinceramente, creo que todos hemos caído bajo el hechizo de la infalibilidad papal. ¿Por qué el Papa siempre tiene razón? Porque es el Papa, y nunca puede equivocarse. Bueno, ¿qué pasa si realmente se equivoca?
Tan solo se trata de una diferencia de opinión, y la única opinión que importa es, en fin, la del Papa.
Bandas, líderes empresariales, papas y países enteros son víctimas de sus propias creencias circulares. De hecho se convierten en las principales víctimas de su propio éxito. Desesperados por evitar la incertidumbre y rodeados de personas que siempre están de acuerdo, cruzan la línea de la integridad artística hacia el estancamiento artístico.
Maiden tenía un problema doble, ya que cada vez era más difícil escapar de un público acérrimo sin cambiar radicalmente el sonido de la banda. Esto último ni se nos ocurriría. El sonido de la banda era su identidad, a diferencia de otros grupos que van y vienen de acuerdo con la moda. El éxito de Maiden se basaba en reinventar el volante que conducía el autobús del heavy metal. El dilema era cómo reinventar el volante con cada nuevo álbum y gira. Maiden había superado el momento decisivo del tercer álbum. La gran pregunta era: ¿cómo mantendría la banda su trayectoria hasta convertirse en leyenda y no iniciar una lenta parábola hacia la papelera de la historia?
Nuestro problema, en mi opinión, fue que nadie admitía esa gran pregunta.
Francamente, las cosas eran demasiado buenas para ser verdad.
Por segunda vez en mi carrera con Iron Maiden, se produjo un cisma importante.
Adrian Smith nos abandonó.
Nadie lo vio venir, y tampoco creo que Adrian lo hiciera, del mismo modo que nadie se adentra a propósito en arenas movedizas o juega a la rayuela en un campo de minas. Se dice que un soldado romano debía caer sobre su espada para evitar el deshonor, pero no estoy seguro de que Adrian supiera que había una espada al acecho mientras expresaba sus preocupaciones sobre el próximo álbum aquella fatídica tarde. Era evidente que no estaba contento con el estado actual de las cosas, pero no creo que quisiera marcharse; solo quería mejorarlo. La conversación derivó en acusación y, al final, fue nuestra propia arrogancia, alimentada por nuestro éxito aparentemente intocable, lo que selló su destino. No fue despedido; tan solo caminó hacia el hueco de un ascensor en el que no había ascensor.
La agencia de representación, por supuesto, se ocupó de las repercusiones mediáticas de lo que fue una historia bastante sorprendente. La agencia de Maiden siempre se había dedicado con lealtad a la banda a toda costa, que es exactamente lo que se le suele pedir. Pocas bandas en la historia han tenido un representante tan entregado como Rod Smallwood. Una vez tuve que entregarle un premio como «Representante del Año» en una cena de galardones. Se suponía que todo era un secreto, y ya resultaba bastante difícil hacer que se presentara allí. La sala estaba llena de sus compañeros junto con la flor y nata de la industria musical, así como lo malo y lo peor de la misma.
—Odio estas cosas —gruñó—. Por cierto, ¿qué diablos haces aquí?
Debajo de la chaqueta llevaba un bloc en el que escribía notas para mi discurso.
—¿Qué estás escribiendo? Ni te imaginas cómo odio esto.
En ese momento, un entusiasta ejecutivo de la música estadounidense dejó relucir su perfecta dentadura de mil dólares mirando a Rod y dijo:
—Señor Smallwood, es un honor. Siempre he admirado su trabajo.
En cualquier momento iba a sacar la tarjeta de visita.
—Usted cree que yo estoy en el negocio de la música, ¿no? —dijo Rod.
—Sí, ¿por qué?…
—Yo no estoy en el negocio de la música. Estoy en el puñetero negocio de Iron Maiden.
Con esa réplica, el joven león se retiró, burlado de verdad por el viejo contendiente de Huddersfield.
El secreto de su éxito fue centrarse por completo en la banda, desatendiendo el bienestar de cualquier otra criatura de la tierra, salvo su familia. Su éxito a la hora de guiar nuestra carrera fue posible gracias a su socio y nuestro director comercial de toda la vida, Andy Taylor. Licenciado por Cambridge (donde él y Rod se conocieron en 1969), Andy ha guiado y negociado la supervivencia financiera de Maiden y nos ha permitido la libertad creativa de tocar música sin tener que estar vigilantes. Sin embargo, ni Rod ni Andy han hecho un aporte significativo a nuestro esfuerzo musical. De hecho, durante muchos años hubo una zona de exclusión total en el estudio de grabación que prohibía la entrada a representantes, agentes, abogados y compañías discográficas, para evitar que nos soltasen sus opiniones. Creo que esto es un acierto la mayoría de las veces. Sin embargo, a veces todo el mundo necesita un poco de orientación, a menos que, por supuesto, usted sea el Papa, porque entonces siempre puede preguntar a Dios, y él nunca se equivoca, ¿verdad?
Rod debe de haber tenido una guía divina, ya que Bring Your Daughter to the Slaughter alcanzó el número 1 en el Reino Unido después de Navidad, para disgusto de la BBC y los autoproclamados gurús de la música pop. Como un servicio a la nación, derribó al omnipresente sir Cliff Richard de la sagrada cima y nos impulsó a acabar las vacaciones navideñas con una sonrisa en la cara.
De hecho, terminamos en el número 1 durante dos semanas y, debido a un extraño requisito legal, la BBC se vio obligada, aunque a regañadientes, a reproducir fragmentos cortos de la canción. Es una vergüenza que no prestaran más atención a Jimmy Savile, en lugar de retorcerse en el anzuelo de una irónica banda sonora para una peli de terror.
La sorprendente marcha de Adrian dejó algunas heridas de salida que no podían suturarse simplemente con una publicidad inteligente y una cuidadosa manipulación del sistema de las listas de éxitos del Reino Unido. Faltaba una pieza esencial del rompecabezas de Iron Maiden, y la nueva pieza, personificada en Janick Gers, no llenaba el vacío.
No había ninguna razón por la que Janick tuviera que sonar igual que Adrian. Su estilo era claramente distinto, pero nos vimos privados del duelo melódico con el estilo más florido de Dave Murray. Dave solía fusionar torrentes de notas en cascada sobre las secciones de solo, mientras que Adrian siempre sonaba como si sus solos estuvieran al borde de un precipicio, verdaderos acantilados, de modo que pendías de cada nota.
El estilo y el sonido de la guitarra de Jan eran más punzantes y menos procesados; sin embargo, aunque yo esperaba que su llegada fuera a aportar un poco más del Janick que tocó en Tattooed Millionaire, comenzó a contagiarse del sonido de Iron Maiden. Contagiado del entusiasmo ante un primer álbum, era demasiado esperar de él, pero nuestro siguiente disco, «Fear of the Dark», fue una oportunidad para avanzar en un mundo que cambiaba rápidamente.
La película de Aleister Crowley estaba cobrando, por fin, algo de impulso. El catalizador fue una canción que yo había escrito, titulada Man of Sorrows. El bestial guion que terminó convirtiéndose en Chemical Wedding se basó en una nueva versión de la novela de Somerset Maugham, El mago. Maugham había conocido a Crowley y, desde el primer momento, lo había odiado; se inspiró en él para crear el personaje de Oliver Haddo, el malvado hechicero que intenta crear un homúnculo o un niño de la luna en su guarida de Escocia.
El propio Crowley escribió una novela similar titulada La hija de la Luna, aunque sin tanta trama de terror gótico al estilo de los estudios Hammer como la que empleó Maugham. Las letras de Maiden están llenas de referencias a Crowley, desde Revelations hasta Moonchild, pasando por Powerslave.
Julian Doyle y yo nos reuníamos con frecuencia para escribir el guion. Jimmy Sangster, quien escribió muchas de las películas originales de Hammer, lo reescribió. En realidad, a mí me gustó, pero a Julian le pareció horrible y demasiado tradicional.
Seguimos adelante, centrándonos en el período transcurrido hasta 1947, cuando Crowley murió de un ataque al corazón. Por aquel entonces, Crowley tomaba suficiente heroína todos los días como para matar a una docena de mortales corrientes.
Yo había escrito unos dramáticos primeros cinco minutos que tenían lugar en la cima del K2, donde Crowley encabezó una desafortunada expedición. Era un escalador de talla mundial, a pesar de su asma y su adicción a las drogas. Esa escena, más la canción de presentación Man of Sorrows, hicieron que Velvel, la recién creada compañía de producción de Walter Yetnikoff, comprara los derechos de la película. Walter había sido productor ejecutivo de Por favor, maten a mi mujer y le había dado ahora por el cine, después de que CBS Records se vendiera a Sony Music por bastante más de lo que valía.
Walter tenía planeado hacer tres películas, y la mía era una de ellas. El dinero, en realidad, cambió de manos, y volé a Los Ángeles para discutir el guion. Ellos pagaban las facturas, así que no tuve inconveniente en que se nos uniera un guionista experto para agilizar las cosas. De hecho, me interesaba ver el proceso porque, en lo que respecta a la escritura de guiones, me iba inventando las cosas a medida que avanzaba, salvo por la guía de algunos manuales de autoaprendizaje. Julian despreciaba la estructura en un sentido tradicional. Yo no estaba tan seguro, y de todos modos, esta era toda una aventura.
Durante los siguientes dos años, el guion estuvo cruzando el Atlántico en los dos sentidos y esperé los resultados del cirujano especialista; me pareció una eternidad.
Por el contrario, el último álbum de Iron Maiden se terminó en un abrir y cerrar de ojos.
El espacio de ensayo del establo se había trasladado ahora a un estudio de segunda mano instalado en los estrechos confines situados bajo el tejado. Pensé que el proyecto era loable pero de ejecución defectuosa.
Terminamos de añadir las voces, y seguí con la escritura de guiones y ganando competiciones de esgrima. También estaba atareado preparando un tercer libro para la serie de lord Iffy, tratando de llevar a nuestro excéntrico terrateniente de vuelta a sus días de escuela.
La posibilidad de grabar una continuación de «Tattooed Millionaire» se cernía amenazadoramente. Janick se encontraba en ese momento totalmente absorto en Maiden, y hubo varias sugerencias sobre quiénes deberían acompañarme en su elaboración. Me di cuenta de que ya no conocía a ningún músico. De hecho, no sabía mucho acerca de nada que no fuera Iron Maiden, tan completa había sido la inmersión durante los últimos diez años.