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Bruce Dickinson · Capítulo 4 de 48

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¿Quieres colegio? Pues toma colegio

¿Quieres colegio? Pues

toma colegio

 

Entretanto, fui reubicado en un ambiente propicio para mi desarrollo. Como por arte de magia, me habían alejado de la influencia maligna del puré de patata, el salivazo y las peleas con los niños vecinos.

Iba de camino a una escuela privada: la escuela primaria Birkdale, alma mater de, entre otros, la fama de Michael Palin, de Monty Python. Era uno de los centros educativos más extraños y excéntricos que jamás he conocido pero, en realidad, al final me gustó bastante. Digo al final porque el acoso fue bastante intenso al principio. Utilizo el término «bastante intenso» solo en comparación con lo que vino después, en el internado.

El acoso sucede porque las personas débiles necesitan apuntalar su ego golpeando o humillando a otros. Por supuesto, si eres un recién llegado, o simplemente diferente, te conviertes en un objetivo prioritario. Yo tenía todas las papeletas. El tiempo de descanso era el peor, acorralado contra los cubos de basura con doce niños pegándome, vigilados por una maestra que supongo debía de ejercer algún tipo de abuso de poder al no pararlos. En recuerdo de mis dos abuelos, siempre me negué a rendirme. No me iba a ir.

Al cabo de un año más o menos, las cosas se calmaron, y un año después era como si no hubiera pasado nada; mi propio ser fue asimilado en el inconsciente colectivo, o eso pensaron al menos.

Me refugié en los libros, la biblioteca, la escritura y el teatro. Las alas angelicales de antaño volvieron a perseguirme, y mi nombre apareció por primera vez en una crítica de una obra escolar en el Sheffield Star, nada menos.

«Topo con la cara manchada, interpretado por Paul Dickinson». (Bruce, por supuesto, es mi segundo nombre, pero seguro que eso ya lo sabíais).

Me decepcionó un poco que no mencionara que el público se reía mucho conmigo. Entre las primeras lecciones sobre el ritmo cómico durante nuestra producción escolar de El viento en los sauces también se incluía el dejar caer mi espada de madera en medio de un silencio dramático, que provocó la hilaridad en el patio de butacas, y pronunciar la frase correcta: «De verdad, Ratty, el pollo está delicioso», mientras se veía claramente que estaba comiendo tarta de limón.

Hubo más producciones después, y estaba entusiasmado con el teatro, aunque, sinceramente, los actores parecían tomárselo muy en serio.

Las clases avanzaban con normalidad. En otras palabras, no recuerdo nada, excepto que la oveja merina tiene un pelaje espectacular y la bastante espléndida visión de Tolkien que nos ofrecía nuestro profesor de historia, el señor Quiney: «Un banquete sangriento detrás de otro, una caminata larga y aburrida, una batalla y algunas canciones estúpidas». Leí El hobbit y El señor de los anillos cuando tenía doce años. Entretenidas, aunque tenía razón.

Los que querían aprender francés tenían al señor White. Aunque al señor White solo le interesaba jugar con su enorme maqueta de trenes, que ocupaba la mitad del último piso. Las clases de francés consistían en observar un tren Flying Scotsman a escala HO dando vueltas durante veinte minutos.

Los alumnos se dividían en grupos A, B, C o D, desde los más brillantes hasta los que se enfrentaban a verdaderos retos o simplemente se aburrían. Yo iba saltando de un grupo a otro. Era de los que siempre estaban aburridos, pero me sobornaron para hacerlo bien con la promesa de una bici con manillar de carreras si ascendía en la jerarquía.

Al final de mi etapa en Birkdale, me encontré en una clase con solo ocho alumnos, en la que no dábamos clases como tal. Nos sentábamos, hablábamos, debatíamos, discutíamos, escribíamos cosas que queríamos y gastábamos bromas que pretendían ser interesantes en lugar de crueles. Los profesores llegaban y hablábamos como iguales. Era extraordinario. Era como si en mi cabeza las ideas saltaran como las palomitas en una sartén. Genial.

Había un motivo, naturalmente. El objetivo de todo este proceso era realizar una serie bastante dura de exámenes, que duraron una semana entera, para acceder al sistema altamente competitivo de internado desde los doce o trece años hasta los dieciocho.

Cosas de niños mayores.

Sin embargo, la escuela no era el único lugar en el que educarse. Aprendí a montar en bici y me recorría el barrio como un rayo. Tuve un juego de química, que se negaba tercamente a hacer algo que fuera divertido, y mi padre me enseñó a jugar al ajedrez. Jugábamos con frecuencia, hasta el día en el que le gané, y ya no volvimos a jugar.

Durante las vacaciones en Great Yarmouth, me pasaba el día rodeado de cubos de cinc llenos de monedas. La expresión «cubos llenos de dinero» se refería simplemente a las obras que se estaban realizando en un salón recreativo frente al mar. Era propiedad de los padres de mi primo Russell.

Todos los viajes a Great Yarmouth acababan en el piso que había encima del salón recreativo. Estaba amueblado con mesas de café de dudoso gusto, sostenidas por esculturas de esclavos nubios, y una alfombra que se asemejaba más a un peludo mar blanco de zarcillos sintéticos que parecía que te iba a comer los pies si no le gustaban tus zapatos. Primero charlábamos un ratito y, luego, me enseñaban la ropa que desechaban mis primos: espantosos cárdigan con la parte delantera de ante y otras monstruosidades diseñadas para que un niño de diez años pareciera tener cincuenta.

La flotabilidad era un rasgo familiar. Para que aprendiera a nadar, a mi padre simplemente lo lanzaron a los lagos de Norfolk Broads. Yo aprendí a nadar bajo su supervisión, aunque no de manera tan abusiva. En algún lugar, acechando en el fondo de una maleta mohosa, está mi certificado de Heeley Baths, en Sheffield, donde se dice que ese día nadé diez metros en un estilo autorizado. Después de ingerir suficiente cloro como para cegar a un batallón de la Primera Guerra Mundial, entrecerré los enrojecidos ojos, molestos por la luz del sol. Me sentía aliviado de que hubiera terminado el suplicio. Mi padre nadaba como un pez y, siendo niño, podía nadar casi cinco kilómetros en el océano. Por el contrario, yo siempre he considerado la natación algo totalmente peligroso; una mera forma de ahogamiento preventivo. Yo soy de plomo por naturaleza. «Relájate», gritan los que flotan, pero lamentablemente mis pies siguen la senda de la gravedad y el resto de mi cuerpo va detrás.

Antes de aventurarnos en los sagrados portales de la escuela pública inglesa, aún quedan algunas piezas del rompecabezas que hay que poner sobre la mesa.

Era bastante solitario. No me interesaba el deporte. Pasaba las largas tardes del fin de semana en la biblioteca pública, hojeando libros y soñando despierto. Había descubierto el juego de la guerra y, al final de la tarde, me dedicaba a investigar la precisión del mosquete Brown Bess y las tácticas del escuadrón de infantería, así como a pintar mis soldados escoceses de las Tierras Altas, hechos de metal blanco, para lanzarlos poco después sobre un confiado Napoleón.

Mi tío Stewart, profesor, había sido campeón local de tenis de mesa, por lo que, en Navidad, apareció una mesa de ping-pong bastante buena. Mi padre y sus hermanos le dieron a la pala, discutieron sobre quién había ganado y, luego, se fueron al pub. De inmediato organicé la batalla de Waterloo para recrearla al día siguiente. La mesa era verde y plana: perfecta. Fue una de las muchas pequeñas ocurrencias que hacían que mi padre me mirara de manera un tanto extraña, como si subvertir una mesa de ping-pong fuera algo poco viril.

A medida que se acercaba el día de mi marcha hacia el internado de Oundle, en Northamptonshire, en el que permanecería durante cuatro años, empecé a lucir un bonito surtido de espinillas. No era agradable pero, puesto que no iba a haber chicas a mi alrededor, no era para tanto. Lo que las hizo estallar en úlceras supurantes fue el contacto con aceite de motor, goma quemada y uñas mugrientas. Justo antes de tener que ir al internado, me introduje en el mundo del automovilismo.

Tim, un amigo del colegio, y su hermano mayor, Nick, tenían un padre muy entusiasta. Conducía un Cadillac enorme y tenía un remolque inmenso en el que había un equipo de carreras en miniatura para sus hijos. Por lo que pude deducir, poseía un club nocturno y bebía una gran cantidad de vino de cebada.

Los karts de 100 cc con válvula rotativa eran muy rápidos. Nunca antes había tocado un volante pero, en cuanto me senté, arranqué el motor y me lancé volando hacia la primera curva al final de la larga recta Lindholme, antigua base de la RAF.

Giré el volante, viré 360 grados y ahogué el motor. Hice esto mismo en cada curva del circuito antes de volver al remolque, seguido por dos hermanos muy sudorosos que jadeaban después de haberme perseguido por todo el circuito para volver a arrancarme el motor media docena de veces.

En la charla que tuvimos después, quedó claro que aún tenía que aprender muchas cosas.

Al final del día, creía estar volando: con el pie apoyado en el suelo, bajando por la recta, frenando tan fuerte y tan tarde como me atrevía, la adrenalina se disparaba por mis manos y mi corazón. Lo cierto es que, probablemente, acabé la vuelta casi sin salirme de la pista. ¡Qué carajo!, además de conductor de locomotora, piloto de combate y astronauta, tenía que añadir piloto de carreras a la lista.