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Nuevo batería
La Navidad fue algo extraña, después de haber pasado tanto tiempo en la carretera. Me había comprado una casa; un pequeño adosado de nueva construcción en el oeste de Londres: el botín de guerra y de un álbum número 1. Rod Smallwood vino a cenar. Su regalo de Navidad fue una caja ornamentada para guardar la baraja de cartas, porque le gustaba el juego, pero solo en las circunstancias adecuadas.
Sacamos las cartas. Después de ganar sin problemas, Rod se embolsó el dinero de todos los asistentes a la cena y luego se fue. Supongo que era su instinto de gestión. Si invitas a un tigre dientes de sable a tomar una taza de té, no te sorprendas si te come. No hay que tomárselo como algo personal; es lo que hacen los tigres de dientes de sable.
Los siguientes tres álbumes y giras ocuparon los siguientes cinco años de mi vida. Sin embargo, todo se haría sin Clive Burr, que se marchó al finalizar la gira de «The Number of the Beast».
No fue por el equipaje, ni por las juergas o por las chicas, porque todos éramos culpables en algún momento u otro. Decir que fueron las «diferencias artísticas» sería exagerar su contribución creativa. Lo más cercano a la realidad sería «desacuerdos irrecuperables autocumplidos». La ruptura de la relación entre un batería y un bajista es bastante fundamental, sobre todo si el bajista también es el principal compositor y líder de la banda.
Clive siempre consideró la puesta en escena de Maiden de manera negativa, aun cuando los admiradores lo tuvieran a él en gran estima. Me encantaba su talento a la batería, básicamente porque su fuerte era de la variedad de swing de una gran banda comparable a las de chicos como Ian Paice, de Deep Purple.
Los intrincados y, a menudo, excéntricos solos y compases de batería que Steve había imaginado eran el punto de desacuerdo. Sus personalidades se enfrentaban cada vez más. Steve era tímido fuera del escenario, pero agresivo y preciso sobre él. Clive era don Extrovertido fuera del escenario, pero, a menudo, cuando se trataba de precisión en el escenario, solo se aproximaba a ella. Todo este potaje se hizo más y más desastroso en Norteamérica. Al final, Steve me llevó a un lado y me dijo: «Tiene que irse. No puedo soportarlo más».
Por un lado, Steve y yo habíamos recorrido un largo camino desde que casi nos pegamos a puñetazos en el City Hall de Newcastle. Por otro lado, me daba pena que se marchara Clive, pero la situación claramente había estado latente durante mucho tiempo.
Nos adentramos en un mundo absolutamente nuevo dando un salto de fe y con un nuevo batería. Nicko McBrain era músico profesional y eso es casi todo lo que sabía de su vida laboral. Técnicamente estaba totalmente sobrecualificado para nosotros. Las partes de batería por entonces eran complicadas, pero para Nick no supusieron el menor problema.
Ya había estado de gira con la banda francesa Trust y, cuando actuaron como teloneros de Maiden, lo vi tocar desde un lado del escenario. Steve y el resto de la banda admiraban a Trust, con quienes ya habían realizado una gira anteriormente.
Me encanta ver tocar a los baterías; soy un percusionista frustrado. El estilo de movimiento personal que desarrollan a lo largo de los años me parece fascinante. Algunos se sientan, con el cuerpo erguido, agitando los brazos como una araña sincopada, mientras las baquetas giran alrededor de su cabeza. Algunos golpean los tambores como en trance, mientras que otros actúan más como locos tratando de salir de una celda, y hay otros que parecen contables hasta que cierras los ojos y escuchas en lugar de mirar. Nicko era la viva imagen de Animal, el de Los Teleñecos. Su cara se iluminaba cuando comenzaba a tocar, y cada tambor recibía su propio estímulo vocal, muy similar, de hecho, a las murmuraciones nocturnas de Steve en The Number of the Beast.
Cuando tocaba los platillos, y a Nick siempre le había gustado zurrarle a una buena pieza de metal, lo hacía siempre con un trato especial: «A la mierda… A la MIERDA… Mieeedo… Mieeedo… A la mierda… ¡A la mierda!».
A lo largo de los años pensamos en amordazarlo en el estudio, pero no ocultaríamos el síndrome que impulsaba al cerebro de McBrain a cantar de manera irrefrenable, como si fuera el síndrome de Tourette. Su volatilidad se extendió a sus perseverantes técnicos de batería. Unos meses después de incorporarse Nick, me despertó un alboroto fuera de la ventana de mi hotel de San Sebastián, en España, donde Maiden estaba realizando los ensayos de preproducción. El técnico de batería de Nicko estaba sentado en una fuente, con un ladrillo en la mano, gritando: «Mátenme. Mátenme ahora».
El consejo de Nicko tenía un gran valor terapéutico: «Vete a la mierda y no seas gilipollas».
Por lo demás, fue una tarde de domingo muy agradable en la plaza del pueblo.
Reclutamos los servicios de Steve Gadd para cuidar a Nicko. Steve también fue batería y tuvo una carrera bastante notable con la banda Charlie. Entendía la manía que habita en el cerebro del batería, aunque en su caso se manifestaba en una visión del universo suavemente irónica y muy relajada. Era como si tuviera un pato invisible sobre la cabeza, y toda el agua arrojada sobre él rodara simplemente por su espalda. Al final, Steve obtuvo tiempo libre por buen comportamiento y se convirtió en el director de gira adjunto de mayor confianza para nosotros.
En el Año Nuevo de 1983, la banda se trasladó a la isla de Jersey, junto con Martin Birch, donde ocupamos todo el hotel Le Chalet. Lamentablemente, ya no existe. Ha sido borrado de la ladera sobre la que se encaramaba; o eso o se cayó. Fue el lugar en el que escribimos los dos siguientes álbumes. Tenía un bar abierto las veinticuatro horas, así que sírvete, y un pequeño salón de baile, que convertimos en una sala de ensayos para escribir, comer, dormir y respirar música. Internet no existía y tampoco el ordenador portátil ni el teléfono móvil; había un televisor y una mesa de billar.
Los vendavales del Atlántico soplaban contra las ventanas que daban a la playa azotada por las tormentas, a unos ocho kilómetros de distancia. Por la noche, el faro de Corbière brillaba misteriosamente, y durante el día (si la marea bajaba) podías subir por el arrecife cubierto de madera flotante y algas marinas. No pude evitar pensar en la obra maestra de Van der Graaf Generator: A Plague of Lighthouse Keepers.
Con la imagen del Nabucodonosor de Blake y mis dos panecillos firmemente en mente, decidí llevar mi kit de esgrima conmigo. Mi salvación mental del letargo del rock and roll sería desempolvar mis floretes y lanzarme a entrenar. Por increíble que parezca, había dos clubes de esgrima en Jersey. Preparé un plan de entrenamiento para todos.
A Martin le interesaba la esgrima. Una tarde nos contó su lucha con el negocio de la música. Era un ingeniero prodigioso marcado por la grandeza, lograda de manera tal que fue arrastrado de gira con Deep Purple como ingeniero de sonido en directo.
Era cinturón negro de kárate shotokan y de gira con Purple llevaba su equipo a todas partes para entrenar, como antídoto contra la locura. Hablaba del poder de «un solo golpe». En cierto momento estuvo muy cerca de dejar la música para estudiar kárate a tiempo completo en Japón.
Yo estaba ocupado escribiendo. Mi pequeño grabador de casetes de cuatro pistas contenía algunas ideas. Adrian y yo habíamos empezado a escribir juntos una gran cantidad de material que le serviría a Maiden como posibles sencillos o temas para la radio.
Me había picado el gusanillo de Japón. Compré un ejemplar del filosófico libro de Miyamoto Musashi El libro de los cinco anillos. Considerado como texto de referencia para los guerreros empresariales, es un tratado sobre el combate, la vida y el arte escrito por uno de los ronin, o samuráis libres, más legendarios de Japón.
La vida de Musashi ha servido de inspiración para series y hasta una novela épica, y como personaje ha influido en gran parte de la cultura cinematográfica occidental, desde Los siete magníficos hasta El fuera de la ley, interpretada por Clint Eastwood.
El ultranacionalista japonés Yukio Mishima se obsesionó con él y causó el caos cuando, como uno de los poetas más reverenciados de Japón, se hizo el harakiri y fue decapitado por un asistente fiel durante un golpe de estado fallido.
La inspiración para nuestra canción Sun and Steel vino de una de las novelas más conocidas de Mishima. Aunque las letras no son sobre Mishima, sino sobre Musashi. La canción es corta y bastante sencilla. Mantuve un riff de guitarra simple porque no soy muy bueno con la guitarra. Adrian lo toca mucho mejor de lo que podría haber imaginado.
Ross Halfin apareció y nos fuimos a las rocas junto al faro, barridos por el viento e intentando no parecer que estábamos muertos de frío. Como dice la canción Flash Bang Wallop: «What a picture! What a photograph!». (¡Qué imagen! ¡Qué fotografía!).
Steve compuso The Trooper después de silbar una feliz melodía en un walkman Sony, y yo birlé un verso de The English Hymnal (el himnario inglés) para las primeras líneas de Revelations.
De la secuencia inicial de batería para Where Eagles Dare solo soy responsable en parte. Me basé en la introducción de Cozy Powell para Stargazer, de Rainbow, aunque es el efecto y no las notas lo que yo buscaba. Jugábamos con cosas distintas, y mencioné que había un tremendo solo de batería que recordaba haber oído en un éxito poco conocido de un guitarrista llamado Gordon Giltrap.
—¡Oh, sí! Heartsong. Ese era yo.
Por supuesto que era él: un clásico de la batería de McBrain. Tomamos ese solo y lo llenamos de tresillos antes de introducirlo en el riff principal. La parte del bombo era extrema. Fue como si al pájaro loco le hubiera dado un ataque epiléptico.
—No puedes tocar eso en un solo bombo. Hace falta un pedal doble — declaró Nicko.
Me inclinaba a mostrarme de acuerdo con él, pero no era ese el objetivo.
—Apuesto a que Ian Paice podría hacerlo.
La dosis necesaria de trabajo para tocar el patrón con un solo pie era extraordinaria. Sin embargo, trabajó en ello durante días y lo logró; un mérito que se le recordará siempre.
—¡Joder! Me alegro de que esto haya terminado. Jamás vamos a poder hacerlo en directo, joder.
Ni hablar; al final, todas las noches empezábamos las actuaciones con este tema.
Rod Smallwood apareció por allí y todos bebimos mucho. Aparte de escribir y ensayar, no había mucho más que hacer. Steve organizó un torneo de billar premiado con un trofeo enorme. En un desolado pub junto a la playa se celebraba una noche de rock una vez por semana. Cuando aparecimos por allí, duplicamos al instante el número de asistentes.
En el bar se discutía y se respondían preguntas filosóficas. El sentido de la vida, según Rod, era simple: «Orgullo y ego. Orgullo de hacer lo mejor y ego para mejorarlo todavía más».
Pensé que podría haber algo más que eso.
Martin también intervino y Marvin hizo su aparición, subiéndose sobre los muebles y murmurando «Muerte, de un golpe» y haciendo poses de kárate sobre una sola pierna.
Pensamos que sería un buen combate ver quién ganaba entre kárate y esgrima. Saqué mi florete y alejamos los muebles de la barra. Rod había pasado de la filosofía a la física: «Yo era tan inmensamente fuerte que podía levantar cinco peones en el extremo de una pala».
Por un momento, los preparativos del combate cesaron, mientras Martin y yo mirábamos con recelo.
—¿Cómo puede ser eso? Eso es una chorrada —dijimos.
—No, no lo es. No es más que física, eso es lo que es —dijo Rod.
Yo suspendí la física básica, y Rod estudió arquitectura en Cambridge, aunque desde luego nunca fue albañil.
En fin, Martin y yo nos enfrentamos. Él hizo una reverencia y yo, un saludo de esgrima. Después de idas y venidas un poco inestables, Martin lanzó una patada giratoria que hizo que los taburetes de la barra salieran volando. Yo dejé de avanzar y tiré una maceta, pues en algún momento en medio de todo aquel caos provocado por dos elefantes en una cacharrería, la punta de mi florete de aluminio se había acomodado en el centro de su pecho.
—¡Ahhh!… Ippon —dijo Martin, inclinándose profundamente. Sus únicas lesiones las habían provocado los golpes contra el mobiliario. Creo que decidimos, en definitiva, que los ganadores fueran finalmente los muebles.
Llegaron más temporales del Atlántico; las habitaciones estaban húmedas y con corrientes de aire. Las canciones Still Life, Quest for Fire y, por supuesto, Dune le fueron inspiradas a Steve por las musas.
En realidad, Dune no llegó a ser Dune. Al autor Frank Herbert no le gustaba el heavy metal y nos causó numerosos problemas, por lo que hubo que cambiar el nombre por To Tame a Land.
Flight of Icarus vio la luz en un baño. A Adrian le gustaba tocar la guitarra en el baño —le gustaba el ambiente de los azulejos— y, mientras tocaba un solo complicado e irritante, escuché una secuencia de acordes y empecé a cantar. En ese momento, el estribillo de Flight of Icarus emprendió el vuelo como un águila.
En seguida me di cuenta de que podíamos tener una canción de menos de cuatro minutos que nos permitía hacer lo inimaginable para Maiden: conseguir que la emitieran en la radio estadounidense. Para la letra, le di la vuelta a la historia de Ícaro e hice que el padre fuese el villano. Impulsado por la ambición y el ego, obliga a su hijo a volar, con terribles consecuencias, ya que su hijo, con el entusiasmo excesivo de la juventud, vuela demasiado alto y sus alas se derriten. En resumidas cuentas, una revisión del padre prepotente.
Una de mis canciones favoritas del álbum es Still Life. Evocadora y oscura, trata temas que son familiares en muchas de las canciones de Steve: miedo, impotencia, traición y profecías ineludibles. A menos que esté muy equivocado, Iron Maiden no hace canciones de amor. Lo más que nos acercamos al tema es por melancolía o enojo ante el amor perdido o el amor traicionado. ¡Chupaos esa, psicólogos de pacotilla!
En fin, teníamos algunas canciones geniales, pero ¿cómo íbamos a llamar al álbum? El título se lo tenemos que agradecer a Eddie.
Eddie es la mascota de Iron Maiden; monstruo, alter ego, llámalo como quieras. En parte sobrenatural, en parte primario, en parte adolescente agresivo, Eddie es un superantihéroe sin historia de fondo. Eso a Eddie le importa una mierda: simplemente es él.
Eddie también nos saca del apuro como individuos. Eddie es mucho más grande y más escandaloso que cualquier superestrella con mal comportamiento. Eddie hace que las estrellas de rock parezcan anticuadas.
Esto resulta útil cuando llegas a los cincuenta años y te apetece pasar una noche tranquila después de tocar para veinticinco mil entusiastas chillones de heavy metal. Eddie puede encargarse de la fiesta posterior, probablemente destripándolos y comiéndose sus cerebros, lo que a menudo es más de lo que merecen. Se había convertido en una superestrella en el escenario con The Number of the Beast, en parte gracias a un poco de pensamiento lateral de Dave Lights, naturalmente, nuestro ingeniero de iluminación.
Había visto unos gigantes, sobre zancos, en una ópera, y preguntó si podía encargar la construcción de un Eddie gigante que caminara.
Recuerdo la presentación en el teatro Rainbow. Se alzó el telón y se escuchó un grito ahogado al contemplar al gigante. Nos dimos cuenta en ese momento de que esta pieza de teatro iba a ser transformadora. Podríamos eclipsar a casi cualquier persona del planeta haciendo que nuestro demoníaco y sangriento necrófago caminase sin prisa por el escenario durante treinta segundos moviendo la cabeza.
Hasta entonces, Eddie había sido una máscara de goma que llevaba puesta una persona vestida con vaqueros y una chaqueta de cuero. El señor Smallwood era bastante eficaz con el vestuario y negaba todo conocimiento, aunque, en realidad, era muy bueno atemorizando a los niños pequeños.
El gigantesco Eddie abrió enormes posibilidades escénicas, y una de ellas fue sacarle el cerebro a Eddie sobre el escenario. No parecía correcto quitarle el corazón pero, al quitarle el cerebro, podíamos ponerle una camisa de fuerza. La bestia había sido encadenada, lobotomizada y encerrada en una celda acolchada. Todo parecía ser una portada de álbum prometedora.
La parte superior del cráneo se sujetaba con velcro, y la carcasa del cráneo se llenaba con medias de mujer rellenas de trozos de espuma y manchadas de marrón rojizo. Arrancarle el cerebro, en realidad, parecía más como sacar varios centímetros de salchichas de cerdo, pero ahí quedaba la idea. La foto del desplegable central del álbum muestra a la banda sentada alrededor de una mesa de banquetes, mirando un cerebro grande que estamos, claramente, a punto de comer.
El título de trabajo para el álbum era «Food for Thought» (alimento para el pensamiento). Era un juego de palabras, aunque no muy bueno y, como suele suceder, la respuesta llegó un domingo por la tarde en un pub llamado Mermaid, justo al lado del aeropuerto de Jersey.
—¿Por qué no lo llamamos «Peace of Mind»?
—Oh, no. Mejor «Piece of Mind», no «Peace[*]».
La obra artística quedó sensacional; y a nadie le importó que no tuviera nada que ver con ninguna de las canciones del álbum. Aunque deslizamos una referencia a «Piece of Mind» en el tema Still Life, y el giro final llegó una tarde mientras veíamos La maldición de Damien en la sala de televisión, con toda la banda y el equipo. A medida que avanzan los créditos, aparece un verso del Libro del Apocalipsis con la frase «ni habrá más dolor, porque las primeras cosas pasaron».
Esperaba que alterar un poco la Biblia provocara aún más controversia. «The Number of the Beast» había desatado la palabrería entre la clase media y los fanáticos religiosos, por lo que deseábamos un poco más.
Lamento decir que no funcionó. A nadie pareció preocuparle la frase: «No habrá más cerebro, porque las primeras cosas pasaron». Nuestra adulteración del Libro del Apocalipsis quedó impune, pero nos hizo reír un poco.
La gran montaña rusa se precipitó y nos depositó en el clima mucho más soleado de las Bahamas para grabar el álbum. Grabar discos en un paraíso fiscal comenzaba a sonar un poco a Rolling Stones, pero pronto le pusimos fin.
A principios de los años ochenta, el tráfico de drogas asolaba la isla, y mientras los estudios de Compass Point parecían convenientemente relajados y acogedores en la playa, había lugares en la capital, Nassau, que eran potencialmente hostiles.
Los cruceros atracaban y descargaban a intervalos regulares en la ciudad una multitud de jubilados o de estudiantes universitarios borrachos y enloquecidos. La antigua colonia británica, que aún conservaba un desvaído aire de esplendor colonial, competía casi por igual con la nueva colonia económica estadounidense por conquistar los corazones y las mentes de lo que quedaba de la cultura de la isla.
Todavía se parecía a la isla en la que Sean Connery protagonizó Agente 007 contra el Dr. No, incluso aunque la mina de bauxita que se utilizara para muchas localizaciones en esa y en otras películas posteriores de Bond hubiera perdido su importancia económica ante la llegada de bolsas de cocaína y hachís.
En la carretera de los estudios Compass Point, a lo largo de la playa, estaba el Traveller’s Rest, que bien podría haber salido directamente de una novela de Hemingway. Las mesas de hormigón, las alubias con arroz, las caracolas fritas y el mero frito; todo estaba en el menú. La fresca y húmeda brisa de la tarde fluía a través de las ventanas abiertas, y la única entrada era un par de puertas oscilantes al estilo de un bar del salvaje Oeste. El brebaje más mortífero que se ofrece es un daiquiri de plátano de tal calidad que te vuelve potente e impotente al mismo tiempo.
La banda vivía y dormía en casas pequeñas, pero limpias junto a la playa. A tan solo unos metros, al otro lado de la carretera, estaba el estudio. Cada casa adosada tenía tres dormitorios y el equipo técnico ocupaba las habitaciones sobrantes. Por la noche, las olas rompían suavemente en la playa con un silbido pacífico.
Mi pequeña casa tenía una terraza en la planta baja que daba al mar. El arrecife se encontraba a varios cientos de metros y el agua estaba clara. Al estar cerca del ecuador, el sol salía y se ponía casi siempre a las mismas horas durante todo el año. Si dudaba de qué hora era, solo tenía que esperar a que la raya pasara aleteando perezosamente por delante de mi balcón todos los días a las cuatro de la tarde.
Por la noche, unas pequeñas garrapatas nos mordisqueaban. Los lugareños las llamaban no-see-ums, porque no había forma de verlas. Las serpientes marinas retozan en las aguas poco profundas, y los perros pueden tener la rabia, por lo que es mejor evitarlos, salvo que conozcas al dueño. La única excepción era un chucho pequeño y encantador llamado Biscuit, que pertenecía a nuestro vecino, Robert Palmer. Sabrás más de él a medida que se desarrolle la historia.
Por el momento, vamos a hablar un poco de trabajo. El estudio era espacioso y cómodo, pero con algunas excentricidades. La energía eléctrica de la isla era a veces impredecible, por lo que había un generador de emergencia. Todo perfecto, salvo cuando el pico de potencia producido al activarse el generador enviaba una subida de tensión a la grabadora de veinticuatro pistas, borrando o dañando lo que se había grabado hasta ese momento.
Un corte de energía era, por lo tanto, un momento crítico. La sala se quedaba a oscuras de repente, y los operadores de cinta se abalanzaban sobre la grabadora para extraer la cinta. Tenían unos diez segundos antes de que se borrase toda una capa de la cinta.
Excepto cuando se trataba del suministro de energía, nos tomábamos nuestro tiempo. Rod había decidido ir a por todas en Estados Unidos, y confiaba en que pudiéramos tener éxito como cabeza de cartel en un gran auditorio. No existían las redes sociales. Era la radio la que manejaba todo el cotarro y, si lográbamos que se emitiera un tema nuestro, respiraríamos tranquilos: el trabajo duro y las giras harían el resto. Le propuse Flight of Icarus.
Discutí con Steve sobre el tempo al grabar la canción. Él quería tocarlo todo mucho más rápido, casi como un ritmo shuffle lento. Me enfrenté a él y, aunque a regañadientes, cedió y me dejó marcar el ritmo.
—Esto no tiene nada que ver con la radio, ¿verdad? —preguntó.
—¡Oh, no! ¡Dios me libre! Por supuesto que no —mentí.
Pues bien, lo hicimos, y desde el primer momento se convirtió en uno de los diez mayores éxitos radiofónicos. Aunque, a pesar de todo, creo que el ritmo era el adecuado, estoy seguro de que Steve no estaba conforme, puesto que no hemos tocado esta canción en directo en treinta años.
The Trooper era bestial; la galopante línea del bajo y la icónica carátula eran como carne roja para los hambrientos lobos de Europa. Revelations ocupó el espacio que normalmente ocuparía una canción como Children of the Damned y, por razones de inseguridad musical, utilicé una guitarra para tocar los pasajes iniciales más ligeros.
Delante de varios miles de personas no me sentía tan confiado, y estoy bastante seguro de que todo lo que toqué nunca se transmitió realmente al público con el argumento de que podría haber sido una mierda.
El ritmo relajado de la vida en la isla pronto se terminó; teníamos por delante una nueva gira mundial y su dura rutina. Arrasamos el Reino Unido desde Hull hasta Southampton con nuestros espectáculos, al igual que Europa, pero el gran acontecimiento era la gira por Estados Unidos y Canadá como cabezas de cartel.