¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 46 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

El puto cáncer

 

Seis semanas antes ya había llegado yo a la misma conclusión vía autodiagnóstico a través de Internet. Sabía que algo iba mal en mi cuerpo. Sudaba ligeramente por las noches, tal vez eran las sábanas del hotel.

Había manchas ocasionales de sangre cuando me lavaba los dientes; tal vez me los cepillaba demasiado.

Sentía como si estuviera a punto de resfriarme, pero no me resfriaba, estábamos en noviembre y me rondaban muchos problemas.

Últimamente, una de las glándulas de mi cuello estaba hinchada (véase la excusa anterior), con la particularidad de un extraño olor que venía de la parte posterior de la garganta, como a queso podrido. Era bastante desagradable.

Metí los síntomas en los buscadores de Internet y, de acuerdo a mi edad, me salió un diagnóstico de carcinoma de células escamosas, probablemente relacionado con la infección por VPH: lo ignoré. Tenía un álbum que hacer, cantaba bien y me lo estaba pasando muy bien. Lo último que se necesitaba era un hipocondríaco de Google.

Sin embargo, el nódulo de mi cuello se hacía cada vez más grande y mis episodios de sudor ahora también se producían a veces durante el día. En cuanto tuvimos terminadas las mezclas del álbum, le pedí a alguien del estudio que llamara a un médico.

El médico francés fue preciso, e incluso con su limitado inglés, su dictamen fue claro:

—Tiene que hacerse un TAC de cabeza y cuello; tiene que hacerse una radiografía de tórax; y aquí tiene unos antibióticos para el improbable caso de que se trate de una infección.

Decidí hacerlo todo en Inglaterra.

Mi doctora de Inglaterra palpó el nódulo.

—¿Está perdiendo peso? —preguntó ella.

—¡Ja, ja! Eso quisiera.

—Todos dicen eso —respondió sobriamente, y me envió abajo para una ecografía tras extraerme sangre para un análisis.

El tipo de la ecografía hizo el examen; su asistente era un poco fan de Maiden.

—¿Cómo lleva lo de las agujas? —preguntó—. Quiero extraer algunas células del nódulo.

Esto fue el lunes 8 de diciembre. El miércoles llegaron los resultados del análisis de sangre, todo bien, pero intuía, sabía, que había algo más.

El viernes tenía tres llamadas perdidas de la doctora.

—Hay células escamosas en la biopsia que son cancerosas.

Esa misma tarde estaba frente al especialista de cabeza y cuello, y el otorrino. Un año y medio antes había pasado un chequeo completo. Me encontraba perfectamente.

Era una sala gigantesca en Harley Street, con una enorme mesa de despacho y una eminente doctora. Ella abrió su carpeta.

—Tengo aquí un informe que dice que tiene cáncer de cabeza y cuello — afirmó sin rodeos.

Me quedé momentáneamente sorprendido por la crudeza del enfoque. Decidí corresponder.

—Bueno. ¿Qué es? ¿Dónde está? ¿Por qué está? y ¿cómo nos deshacemos de él? —le respondí.

Creo que le gustó el enfoque.

—Bien, lo está tomando bastante bien.

—Podría darle vueltas y morder la alfombra si le parece mejor, pero sigamos con ello.

—¿Tiene algún plan para los próximos días?

—A partir de ahora, mi único plan es librarme de esto, y mi único objetivo es lograrlo. Si eso no funciona, tendré que pensar en un nuevo plan.

El lunes me hicieron una resonancia magnética de cabeza y cuello con contraste que hacía que el cáncer fuera visible y también hacía que quisiera orinar. Lo siguiente fue una radiografía de tórax y, después de eso, un día en el hospital bajo anestesia para hacer una biopsia de la lengua y otras partes.

Estaba empezando a sentirme bastante importante, pero entre la valentía se asomaba la tentación de perder la esperanza. Durante tres días más o menos, todo lo que percibía eran hospitales, iglesias y cementerios. Por Dios, Londres estaba infestado de cosas cruentas.

De camino al pub, pensaba cómo me sentía con lo de mi cáncer. Nadie podría responder la pregunta de ¿por qué yo? Probablemente no era más que puñetera mala suerte. Nadie intentó buscarme y mi cáncer era una aberración. Pensé en odiarlo, pero no soy bueno odiando a largo plazo. Cuando me cabreo, soy de los que hacen saltar chispas en el momento y enseguida se calman. Yo diría que la vida es demasiado corta para odiar el cáncer. Trataría a mi cáncer con cortesía, como una visita a la que no has invitado, pero lo despediría con firmeza de mi casa.

La persona que iba a actuar como guardián de mi cáncer era el jefe de oncología del hospital de San Bartolomé de Londres. Me hice un escáner el lunes y otro el viernes 19 de diciembre. Estaba frente al doctor Amen Sibtain. Tenía dos tumores: uno, de 3,5 centímetros de ancho, el tamaño de una pelota de golf, era el primario y estaba localizado en la base de mi lengua; y el otro, de 2,5 centímetros de ancho, era un tumor secundario situado en el nódulo linfático, adyacente al primario.

El olor a podrido que procedía de mi garganta se debía a las células cancerosas necróticas provenientes del nódulo linfático. Precioso.

Los cánceres se clasifican de acuerdo a su tamaño y extensión. La etapa 1 significa que el cáncer es pequeño y está contenido; en la etapa 2 es levemente más grande, pero no se ha extendido; en la etapa 3 se ha extendido un poco; y la etapa 4 significa que el cáncer se ha diseminado en mayor medida a través del cuerpo.

Aparte de eso, cada tumor tiene características únicas, y las células se clasifican ampliamente en: bien diferenciadas, moderadamente diferenciadas y poco diferenciadas. Traducido: bien juntas, más fáciles de matar; moderadamente diferenciadas, más fluctuantes; poco unidas, rebeldes agresivos cuya misión es causar estragos.

El 80 por ciento de este tipo de cáncer es de la categoría moderadamente diferenciado, y el mío no era una excepción. Desde el momento en que Amen me habló de una forma suave y delicada supe que me curaría.

En un principio sentí pena de Amen. Qué terrible tarea dar a la gente esas malas noticias y, a veces, ver cómo mueren. A medida que avanzábamos en el tratamiento, me di cuenta de que disfrutaba con su trabajo, y comencé a especular un poco más sobre lo que motiva a los oncólogos.

—Eres un poco como una mezcla entre un francotirador y Sherlock Holmes —le indiqué.

Me sonrió. Él también era un fanático del rock. Hasta que no me curó, no me confesó que era la banda Rush y no Iron Maiden la que le gustaba.

—¿Fumas? —me preguntó.

—No. ¿Por qué? ¿Qué diferencia hay?

—Tengo un 20 por ciento más de probabilidades de deshacerme de él, y es un 20 por ciento menos probable que reaparezca.

Mi tratamiento comenzaría el 5 de enero. Antes de eso tenía que hacer una visita al dentista, ya que existía cierta posibilidad de tener que extraerme los dientes. La radiación y la mandíbula inferior no son buenos compañeros de cama. El hueso se ve afectado de forma permanente, mientras que el tejido blando puede curarse con el tiempo.

El resultado fue que si alguno de mis dientes precisaba algún arreglo o cabía la posibilidad de que hubiera que extraerlo, el procedimiento se llevaría a cabo de inmediato.

No podía comenzar el tratamiento de radiación mientras no se produjera la cicatrización. Mis glándulas salivales también podrían quedar fuera de combate por la radiación, aunque gracias a las nuevas tecnologías era posible que recuperara la mayor parte de la funcionalidad. La saliva también es, por supuesto, extremadamente protectora para los dientes.

Hacía poco tiempo que había perdido una muela en plena gira. Se había agrietado un conducto radicular, y pasé dos semanas con dolor porque los antibióticos no hacían efecto. La extracción era la única opción.

Erguido en la parte posterior había un molar solitario que parecía la roca de Masada.

—¿Estaba considerando ponerse un implante? —preguntó mi dentista.

—Bueno, lo había considerado. ¿Por qué?

—Bueno, tendríamos que hacerlo y esperar hasta que haya cicatrizado antes…

—¿Quiere decir retrasar el tratamiento?

—Sí.

—Si no me pongo un implante, ¿los dientes de cada lado se verán como la torre inclinada de Pisa?

—No, eso no va así. —Se rio.

—En ese caso, sigamos con esto y démosle caña al cáncer.

En la siguiente visita a Amen le hice algunas preguntas más. En realidad, muchas preguntas. Por ejemplo, ¿era un cáncer por VPH?

—Bueno, esperemos todos los resultados.

Dado que el dentista de oncología me dio luz verde, me hice otro escáner. Esta vez estaba sujeto a una camilla y me hicieron un molde termoplástico de cabeza y cuello que sería mi hogar en cada tratamiento de radiación.

El único tatuaje que tengo parece una pequeña mancha de bolígrafo en mi esternón. Las enfermeras lo hicieron para poder alinear mi cuerpo en fracciones de un milímetro en la máquina de radiación.

Como si fuera un videojuego, Amen jugaba con mi cabeza en 3D, disparando impulsos de radiación en diferentes ángulos e intensidades para matar los tumores, y también para irradiar cualquier otro sitio en que pudiera haber sido tenuemente infiltrado.

Me advirtió que iba a perder mucho peso y que me encontraría muy cansado al final del tratamiento; mi sistema inmunitario estaría frito.

—Podría poner una sonda de alimentación antes de Navidad.

—¿Te refieres a hacerme un agujero?

—Sí. Es muy sencillo. La mayoría de las personas no pueden alimentarse en las últimas etapas, y es muy importante mantenerse bien nutrido.

—No vas a hacerme un agujero. Me alimentaré yo mismo. Si no puedo, te lo haré saber y me podrás meter un tubo por la nariz.

No iba a convertirme en un residente del hospital.

—¿Cuánto tiempo tardaré en recuperarme?

Amen lo pensó bastante antes de contestar.

—Tuve un piloto de combate de la Fuerza Aérea sentado donde estás tú ahora, exactamente con el mismo tumor. Pasaron doce meses antes de que estuviera en forma, gordo y saludable nuevamente.

¿Doce meses? Eso era demasiado tiempo. Me aburriría para entonces.

—Mejoraré ese plazo —declaré.

Apenas había planteado la cuestión de si volvería a cantar, cosa que me sorprendió. Me di cuenta de que amaba la vida por encima de todo, y si no poder cantar era el precio, que así fuera. Amen era muy consciente de mi situación.

—He vuelto a planificar el tratamiento dos veces. Hay un plano anatómico natural, lo que significa que pasaré por alto la laringe con la radiación.

Dame tu mejor golpe, como dice la canción.

Por supuesto, toda mi existencia se centraba ahora en averiguar todo fragmento de información sobre la radioterapia, los porcentajes de supervivencia y cualquier asistencia alternativa que pudiera ayudar. El problema dental me había alucinado. Leí acerca de la terapia de oxígeno hiperbárico, que posiblemente era una forma de mitigar el daño al hueso.

—Estás preocupado por ese diente de la parte posterior, ¿verdad?

Él sonrió. Yo asentí.

—Bueno, no te preocupes. He curvado el haz de radiación a su alrededor para evitar daños.

Doctor Amen Sibtain, el mago.

La Navidad se acercaba. Estaba decidido a comer y beber como un cerdo y engordar todo lo que pudiera antes del 5 de enero, cuando comenzaría de forma simultánea la quimioterapia y la radiación, que durarían nueve semanas.

Tenía que poner orden en mis asuntos porque quería seguir luchando. Mis reconocimientos médicos de aviación en el Reino Unido y en Estados Unidos se suspenderían tan pronto como iniciase el tratamiento, y recuperarlos sería difícil. Sin embargo, mientras aún tenía un reconocimiento médico, renové mis licencias 737 y 757 en el simulador los días 3 y 4 de enero.

Había que aplazar la gira de Iron Maiden, y Rod quería anunciar al mundo que yo tenía cáncer después de Año Nuevo.

—No querrás que esto se sepa sin control. Seguro que alguien te reconocerá yendo al tratamiento. Es mejor anunciarlo y controlarlo. Además, tenemos que decirles algo a los promotores.

Afortunadamente, la gira estaba organizada en gran medida, pero aún no se había anunciado.

—Diles que las razones son demasiado tumorales como para mencionarlas —murmuré misteriosamente—. ¿No podemos al menos esperar hasta que haya terminado el tratamiento?

A regañadientes, estuvo de acuerdo.

Luchar contra el cáncer es un asunto solitario. No lo digo con un sentido sensiblero, pero es una afección tan intensamente personal que es difícil para los demás aproximarse. Las únicas personas que pueden combatir el tumor sois tú y los médicos y enfermeras que te apoyan.

Cuanto más investigaba, más me convencía de que cualquier ventaja que pudiera obtener valía la pena para ganar la batalla. Exploré alternativas antitumorales: tanto el extracto de semilla de uva como un extracto del hongo shiitake, llamado AHCC, se mostraban prometedores en ensayos clínicos. El AHCC también había eliminado las infecciones por VPH en seis de doce mujeres en un estudio de la Universidad de Texas.

El medicamento de quimioterapia que me administraron era el cisplatino, uno de los primeros que hubo. Reducía los tumores, pero era altamente tóxico para el resto del cuerpo. Me descargué el informe de toxicología del gobierno.

Contenía la siguiente frase maravillosamente oscura: «El método por el cual se demuestra esto aún no ha sido completamente dilucidado».

En otras palabras, nadie sabe aún por qué funciona este medicamento, pero funciona. La parte de «platino» del nombre del medicamento se refiere al platino que estaba amontonando en mis células. Tenía ya muchos discos de platino y ahora me estaba convirtiendo en uno de ellos.

Estuve sentado en el hospital durante seis horas con una vía que introdujo varios litros de una solución salina especial en mi interior, luego tomé una bolsa de medicamentos para evitar que vomitara y luego el cisplatino. Me sentía como una cometa.

—Enfermera, ¿qué hay en esa bolsa?

—Medicamentos contra la enfermedad.

—¿Algún esteroide?

—Sí, claro. Muchos esteroides.

Los esteroides estaban ahí para impedir que mis riñones se colapsaran cuando llegaran los álbumes de platino, y no me fui a casa hasta que terminé meando platino como un burro.

La primera semana de tratamiento fue como el período de guerra ilusoria durante la Segunda Guerra Mundial. No pasó gran cosa, excepto que perdí el sentido del gusto, un efecto secundario del que ya me habían advertido. La pérdida del cabello era otra posibilidad similar y, como protesta por padecer cáncer, me dejé crecer una barba tupida y desagradable.

El cisplatino puede resultar tóxico al oído y también para la función mental, lo que se conoce como «quimiocerebro». Descubrí un estudio de la Universidad de Toronto en el que se experimentó con aspirina para aliviar los efectos secundarios. En el Reino Unido, la Universidad de Southampton continuaba con los ensayos. Descubrí las dosis y me automediqué. Me enteré de que mis posibilidades de supervivencia en el momento del diagnóstico eran del 60 por ciento.

No estaba muy contento con eso, pero era un 10 por ciento mejor que un 50/50. Sin embargo, si mi tumor estaba relacionado con el virus del papiloma humano (VPH), mis posibilidades de supervivencia aumentaban al 70 por ciento, o puede que hasta un 90 por ciento, por mi condición de no fumador.

Mi regalo de Navidad fue una llamada telefónica del doctor Sibtain en Nochebuena. Estaba en el supermercado.

—Buenas noticias dentro de las malas noticias. Es un tumor p16, lo que te sitúa en un porcentaje totalmente distinto para la recuperación.

Fue el mejor regalo de Navidad, salvo que me dijeran que era un terrible error.

Deshacerse del cáncer se convirtió en un trabajo como cualquier otro. De lunes a viernes, a las once de la mañana, me presentaba en el hospital, y media hora más tarde estaba en la calle con una dosis de radiación de dos gray que fulminaban mis tripas.

La rutina era la misma: subir, saludar, ponerme una bata, tumbarme en la camilla, sujetarme con fuerza y sin poder apenas respirar. La máquina gigante parecía un torno que rodeaba mi cabeza. Tumbado, inmóvil, sin poder moverme, una visión interna de dónde estaba el día anterior en comparación con el lugar donde estaba hoy. Las puertas de hormigón de un metro de espesor se cerraban. Los ruidos emitidos por la máquina se hicieron familiares. Cuando se encendía el haz, había tres pulsos y contaba los segundos, 45, 45 y luego 30.

La energía de los rayos X creada mediante la aceleración de fotones a la velocidad adecuada me bombardeaba. No había sustancias radiactivas en la máquina. El rayo era capaz de modular la intensidad de la radiación sobre los diferentes tejidos alrededor de mi cabeza variando la potencia de los fotones.

No solo eso, sino que el rayo podía cambiar su forma debido a un dispositivo llamado colimador. Imagina dos juegos de persianas venecianas a noventa grados entre sí, que pueden abrirse y cerrarse de forma independiente. Las pequeñas tablillas tenían un grosor menor que el de una mina de lápiz.

De este modo, era posible administrar grandes dosis a los tumores mientras se protegía el tejido circundante, y dosis más pequeñas a otros ganglios linfáticos, todos dentro del mismo patrón de 360 grados.

Estaba recibiendo radioterapia de intensidad modulada, que era un tema de vanguardia. La enfermera que me tenía a su cargo, Mandy, me dijo que comprara una afeitadora eléctrica y me dio un bote de crema para el cuello. A medida que el tratamiento avanzaba, las cremas eran diferentes y el enrojecimiento y las quemaduras de la radiación eran más evidentes.

Al principio no necesité analgésicos, pero gradualmente la radiación eliminó la mucosa de mi lengua y mi sistema inmunológico se vino abajo. Apareció un afta oral, una infección común, y los analgésicos cada vez eran más fuertes, hasta que finalmente recibí morfina oral durante los últimos diez días más o menos.

Dormir, comer, beber y hablar se volvió muy difícil. El dolor de todos los nervios expuestos de mi lengua era intenso. Mi garganta estaba hinchada. Ideé un sistema para dormir un par de horas. Asaltaba todas las farmacias locales en busca de sus anestésicos tópicos orales, empapaba con ellos el papel de cocina y envolvía mis dientes posteriores con el papel. Mi lengua se quedaba entumecida durante el tiempo suficiente para poder dormir: la felicidad absoluta.

Tras las dos primeras semanas, seguía aparentando que no había nada malo en mí; e iba al pub, a pesar de que todo me sabía a agua. Un día, el pecho comenzó a picarme. Miré hacia abajo.

Es el maldito gato, pensé. Pero no, los pelos eran muy cortos. Era yo. Mi barba se estaba cayendo. No hay un protocolo para cuando se te demuda el rostro delante de tus compañeros de bebida.

Fui al baño y me tiré de la parte inferior de la barbilla. El cabello simplemente se cayó. Llegué a parecerme a James Mason interpretando al capitán Nemo en 20 000 leguas de viaje submarino; luego, regresé al bar.

Al día siguiente fui a recibir mi dosis de radiación. Comer todavía era posible, así que fui a un café y pedí el desayuno. Huevos revueltos y salmón ahumado. Podía olerlo, pero bien podría haber estado comiendo ranas porque no me sabían a nada.

Distraídamente, me rasqué la cara. La mesa opuesta me miró con horror. Miré hacia abajo a mis huevos revueltos; no era pimienta negra, sino barba que me caía de la cara.

De vuelta a casa, me adapté aún más. De acuerdo, ya no hay James Mason: me quedó un buen estilo d’Artagnan.

Al día siguiente, lo que quedaba de barba también se cayó. Me quedé con un bigote bastante áspero y algunas patillas deshonestas. En protesta, mantuve el bigote. Todos los que conocía lo odiaban, lo que me impulsó aún más a dejármelo. Tenía cáncer, ¿cuál es tu excusa?

Poco a poco, los efectos secundarios se fueron sucediendo: primero una úlcera en la boca, erupciones en la piel y pérdida de peso. Cuando se hizo difícil alimentarme, me alegré de ser cantante, pues una de las primeras cosas que tienes que tener bajo control es la lengua y, por lo tanto, podía ponerla plana, abrir la garganta y echar un gran trago de lo que fuera antes de que el dolor se presentara.

En las últimas tres semanas de tratamiento, tomaba solo líquidos y no podía hablar, simplemente porque mover la lengua suponía una agonía.

Las natillas me salvaron la vida. Mezclaba medio litro de natillas de la nevera con un batido medicinal y conseguía dar cuenta de ello en tres o cuatro grandes tragos. El proceso completo duraba casi cuarenta minutos, con extraños sonidos animales en vez de poder gritar «¡Joder, cómo duele!».

Al comienzo del tratamiento hacía cincuenta flexiones diarias, además de largas caminatas alrededor de Regent’s Park después de las radiaciones. Me llevaba libros para leer, y me sentaba en los escalones de la iglesia de Marylebone, donde había un quiosco de café al aire libre. Podía olerlo, aunque no saborearlo.

A lo largo de los años, mi falta de gusto en cuestiones como la ropa, en particular los pantalones, nunca me ha molestado. La ausencia de gusto con la comida me molestó más de lo que esperaba. Las galletas sabían a arena, el chocolate a plastilina. Tan solo los alimentos aromáticos daban un toque de sabor, y eso solo por el olor.

Poco a poco caían mis niveles de energía. Un día fui al supermercado, a solo unos cientos de metros. Me arrastré y llegué a medio camino de mi casa antes de darme cuenta de que no podía ir más allá. Estaba más que agotado. Era como si cada célula de la médula de mis huesos dijera: acuéstate ahora mismo, ríndete.

Me senté en una pared baja de ladrillo durante unos minutos para recuperarme. Esto era fatiga. Pensé que alguna vez en mi vida habría estado cansado, pero en realidad nunca había sentido algo parecido.

Al principio del tratamiento planifiqué mi programación de televisión: la vería mucho. La tele diurna estaba llena de alegres anuncios para organizaciones benéficas contra el cáncer, con sufridas víctimas pidiendo contribuciones. Si eso no me animaba, había una ristra de anuncios de seguros de vida, además de varios que ofrecen ayuda con los costes del funeral.

Ajusté mi tratamiento y recuperación a la repetición de la clásica serie televisiva Los vengadores. A las 8 de la tarde, todos los días, después de la reposición de la serie MASH, ponían todos los episodios de la actriz Diana Rigg, de lunes a viernes.

Mi trigésimo tercera y última sesión de radiación fue el 18 de febrero. Mi último ciclo de quimioterapia de tres semanas comenzó el 16 de febrero. La radiación, en realidad, alcanzaría su pico máximo en mi organismo diez días después de la última administración de la misma y, luego, continuaría actuando durante al menos los siguientes dos o tres meses, si bien a un ritmo decreciente.

Por lo tanto, mi punto máximo de efecto de radiación y quimioterapia sería el 28 de febrero. Calculé que este sería el episodio en que Diana Rigg le pasaba el testigo a Linda Thorson. Ese día dejaría de ver Los vengadores y reiniciaría el proceso hacia la normalidad, incluso aunque tuviera que fingir.

La morfina oral supuso una gran decepción. Esperaba, por lo menos, elefantes rosas o cierta inspiración literaria, incluso el deseo de cortarme una oreja y pintar tenebrosos cuadros de narcisos. Nada de eso. Te producía somnolencia, no parecía quitar tanto el dolor y, lo peor de todo, te anulaba la capacidad de hacer caca.

La dieta líquida de natillas y batidos no ayudaba, aunque echaba sobrecitos de avena en la leche en un intento de mantener al menos algo normal. Los medicamentos contra la enfermedad más la morfina ponen fin a toda esperanza de normalidad.

Ahora debía añadir a mis medicamentos una sustancia deliciosa llamada Movicol. Lo miré con reparos. Tomaba varias pastillas para no vomitar, esteroides ocasionales, morfina oral y una sustancia muy impresionante que creaba una segunda piel tipo lagarto alrededor de mi cuello para evitar que la piel real se agrietara terriblemente. Además, tenía una bolsa llena de antibióticos y debía medir mi temperatura constantemente, para el caso de que sufriera una combustión espontánea.

Perdí más de nueve kilos de peso y sentía que mi cabeza ardía. Lo que no era nada sorprendente teniendo en cuenta que había recibido el equivalente a once dosis letales de radiación repartidas en 45 días, todo ello en la zona de la cabeza y el cuello.

Mi cuerpo se estaba devorando a sí mismo. El daño infligido a las células ponía en aceleración a los equipos de reparación y a mi metabolismo. El ataque al tumor era, con suerte, permanente.

Nada de esto ayudó a mis problemas estomacales. En La vida de Brian, de Monty Python, aparece una chica llamada Incontinencia Suma: el parecido habría tenido gracia.

Mi insomnio seguía en marcha. Dos horas de sueño, más el dolor de la lengua, y ya estaba en pie. Los horribles ronquidos que producía el tratamiento hacían que quedarme despierto toda la noche le supusiera un favor al resto del mundo.

En la televisión retransmitían el mundial de cricket. No le iba bien a Inglaterra. Pensé que aquel era el momento emblemático para hacer caca, en concierto con nuestros bateadores. Leí las instrucciones, mezclé un par de sobres en agua del temido Movicol, bebí y esperé. Nada se movió; ni siquiera los jugadores del equipo de Inglaterra podrían sacarme ningún movimiento. Seguí leyendo el prospecto. Habían pasado diez días desde que había hecho cagarrutas de conejo: «Si esto no funciona, puede deberse a la impactación fecal».

En fin, no me gustó cómo sonaba eso. Parecía una película de Hollywood sobre un asteroide: Impacto fecal… La idea de un asteroide saliendo de mi culo me llenó de inquietud.

Llegué a Wikipedia. Escribí «impactación fecal». Allí, con toda su horrorosa gloria, estaba la horrible verdad. Mi mierda se había convertido en hormigón, y con letras que deberían haber sido brillantemente destacadas en rojo, se expresaba la preocupante advertencia de que «en algunos casos podría ser necesario manipular manualmente las heces».

Me di cuenta de que no estábamos hablando de algo anormal. Había tomado una sobredosis de Movicol y la película aún no había sucedido. Cubrí el suelo del retrete con papel de periódico y me puse a intentar meter los dedos en el culo para mover el bolardo que llevaba encajado en mi interior. Si hubiera sido un chimpancé, la vida hubiera sido más fácil. Fui a la cocina en busca de artilugios que pudieran funcionar mejor: un sacacorchos, por ejemplo, pero pensé que era mejor no hacerlo.

Finalmente, después de hurgar con cualquier cosa mientras estaba en cuclillas, con el cricket de fondo, finalmente sucumbí, me senté en el baño e hice algunos ruidos horribles. No me puedo imaginar el dolor de parto pero, con todo respeto a las mujeres, mi pelota de cricket interna finalmente salió y temí que buena parte de mi ano se fuera con ella.

El cuerpo está hecho de material más duro, sin embargo, y durante los siguientes diez minutos, básicamente expulsé lo que parecía una bolsa de limones. Eran realmente limones, parafraseando a Star Trek: «Limones, Jim, pero no como los que conocemos».

Tres días después llevé el coche al taller para la revisión. Cogí el tren de vuelta a casa: de Watford Junction a Euston. En mi diario está anotado: cruasán y café con leche. Pedí el cruasán en la estación y lo mojé en mi café con leche para que estuviera empapado. La victoria comienza con un pequeño paso.

Tres días después de eso, comí fideos y una ensalada. Tardé tres horas en comer, pero lo hice. Cuando terminé, Mick Jagger pasó por delante de la ventana del café de King’s Road. Soy casi tan delgado como tú, me sonreí a mí mismo.

Al día siguiente comí bistec y verduras. El 15 de marzo me tomé una comida completa y pude saborear algo de ella.

Por otra parte, parecía un miembro medio muerto de hambre de los Village People. Adiós bigote. Mi sistema inmunológico seguía tirado en el suelo: mis células T habían abandonado el edificio. El resto de mi sangre estaba notablemente bien.

Maiden tocó el álbum para el sello discográfico (Warner) el 2 de abril, y yo estaba allí, para demostrar que estaba vivito y coleando. Me fui a descansar a Lanzarote durante diez días. El 10 de abril no pude soportarlo más y traté de cantar en la ducha. Fue horrible. No tenía control vocal, sonaba como una vaca mugiendo. Traté de no entrar en pánico. Solo llevaba un mes sin tratamiento. Jan, mi otorrino, me había dicho que ni se me ocurriera cantar hasta noviembre. Quizás no en noviembre, pensé, pero al menos para finales de septiembre.

Hay una epidemia de cáncer de cabeza y cuello causado por el VPH. El riesgo de cáncer cervical es bien conocido y la prueba de Papanicolaou es altamente efectiva, pero no existe una prueba equivalente para el cáncer oral.

Los casos de cáncer oral de VPH aumentarán entre un 80 y un 100 por cien, y superarán a los de cáncer de cuello uterino en un futuro cercano. Es una epidemia ante la cual la prensa, en gran parte, cierra los ojos y prefiere poner en la picota a sus víctimas, avergonzándolas con sus insinuaciones, de un modo que la gente consideraría escandaloso si se aplicara a las mujeres, víctimas, a su vez, del mismo cáncer.

Cualquier persona, desde taxistas y músicos hasta pilotos, diplomáticos, médicos e ingenieros (básicamente, cualquier hombre que no haya vivido dentro de una burbuja de plástico), puede sufrir esta enfermedad. Existe una necesidad de investigación, educación y detección temprana. Este es un cáncer altamente curable.

La semana siguiente fui a dar una charla en una cena con abogados de Airbus. Me senté al lado de un canadiense encantador, padre de tres niños, cuarentón. Su primera pregunta fue:

—¿Cómo está tu saliva?

Su mirada parecía querer decir: «¿Tú también?».

Había visitado al doctor Sibtain cada dos semanas después del tratamiento, y él estaba encantado de mi recuperación. Cuando fui diagnosticado la primera vez, había subido corriendo cuatro tramos de escaleras en vez de tomar el ascensor. Fue un enorme placer volver a hacerlo nuevamente un mes después del tratamiento. Merecía la pena ver la sonrisa en su rostro.

Me advirtió que el escáner para ver el resultado no podría hacerse durante unos tres meses.

—La radiación seguirá activa —dijo—, así que yo podría terminar con un montón de manchas rojas.

El 13 de mayo me hicieron el escáner. Dos días después, pasé el día más nervioso de mi vida.

Estaba limpio. «Respuesta clínica total». Me mareé por la conmoción. Seguiría viviendo, deduje del informe. Había algo al final que no entendí del todo:

—¿Qué es esto de una anomalía anatómica?

Amen comenzó a reírse.

—Significa… que antes eras un pez.

Poco a poco, el mundo volvía a la vida en todo su esplendor, o no. Recuperé mi certificado médico para la línea aérea tras un riguroso examen. El médico principal comentó:

—No encuentro nada malo en él.

(Salvo las branquias y la cola, claro).

Volví a dar los pasos para volver a sentarme en el asiento izquierdo: mercancías peligrosas, seguridad, entrenamiento técnico de repaso, entrenamiento en caso de incendio y humo, primeros auxilios y, finalmente, vuelta al simulador para un control semestral.

Había estado volando con el Fokker por pura alegría. El 10 de julio regresé volando en avión desde Cardiff hasta el aeropuerto de Milán-Malpensa. Fue un «vuelo de prueba» para las autoridades maltesas. Había regresado al negocio.

El vuelo de exhibición con triplano estaba lamentablemente fuera de discusión. Tenía que renovar mi licencia de exhibición y practicar con el equipo, y ya estábamos a mitad de la temporada de exhibición.

La Administración Federal de Aviación de EE. UU. me mandó una carta muy amable en la que me pedían la devolución de mi certificado médico. A diferencia del Reino Unido, que simplemente lo suspendió, la Administración Federal de Aviación me lo quitó tan pronto como les notifiqué el tratamiento de cáncer.

La maquinaria de relaciones públicas de Maiden estaba en pleno apogeo. Volé a las junglas de México para hacer una sesión de fotos. La radiación había convertido mis abdominales en una espléndida tableta de chocolate, aunque no lo recomiendo como programa de pérdida de peso. Retomé al «gamberro en taparrabos con un palo» de la sesión de Ross Halfin en las Bahamas años antes, y algunas de las fotos se veían increíbles.

Fui contratado por el sello para un especial de «Bruce Air», con el fin de llevar a un grupo de admiradores y medios de comunicación a París. Volamos a los estudios Guillaume Tell y comentamos el álbum. Fue genial estar detrás de la rueda de control en el cielo, pero también poner los pies en el suelo, pisar las tablas y hablar de música.

El proyecto 747 estaba de nuevo en marcha. La línea aérea Air Atlanta Icelandic estaba ahora negociando con la dirección de Iron Maiden, y teníamos cita con otro par de operadores para la gira. Acudí a un viaje de prensa a Estados Unidos y Canadá. El álbum tuvo muy buena acogida y, por supuesto, todos querían saber sobre los pormenores de mi cáncer. Algunos periodistas procuraron entenderlo de manera responsable; otros simplemente decidieron darle un enfoque vulgar y rastrero.

 

Volaba de nuevo, pero todavía no podía cantar. De vuelta en mi cocina, miré con cierta aprensión el cajón de los cubiertos y el chirrido que hizo. La casa estaba desierta y yo deambulaba de un lado a otro. Ya había pasado septiembre y tal vez, solo tal vez, mi voz podría emitir algún sonido que no se pareciera al del cajón de los cubiertos.

Probé con If Eternity Should Fail. Originalmente estaba escrita para un futuro álbum en solitario, pero se decantó hacia Iron Maiden. Fue una de las últimas cosas que canté antes de enfermar; de hecho, puede que incluso el tumor hubiera estado creciendo mientras cantaba la demo.

No podía creer el resultado. Las notas agudas estaban allí. En realidad parecían ser más puras que antes. La tesitura media-alta de mi voz era variable, y había ciertos sonidos vocálicos, la «i», por ejemplo, cuyo tono no podía controlar bien. Tampoco tenía el control total del falsete, aunque el aullante lamento del alma seguía presente.

Durante las siguientes semanas y meses intenté dar sentido a todo. Me puse a realizar rehabilitación vocal y teoricé sobre por qué las cosas habían cambiado. Debíamos iniciar la gira en febrero, y faltaban tres meses para empezar los ensayos. Rod había compensado un año perdido concertando una gira mundial de 72 citas.

—Me encanta tu confianza en mí, pero ¿y si canto como un sapo?

No hay una respuesta concreta a eso, por supuesto. Traté de analizar lo que tenía y lo que había perdido, al menos de forma temporal. Mi teoría era que una vez desaparecido el tumor, la superficie restante de la lengua había cambiado de forma. Piensa en la espuma de una jarra de Guinness. Si la dejas reposar, las burbujas de debajo de la superficie van rompiendo lentamente, haciendo que la espuma se hunda. Mis burbujas eran un tumor del tamaño de una pelota de golf.

La lengua contribuye a la formación de sonidos vocálicos complejos; pasamos nuestra infancia aprendiendo a hablar y a entrenarla. Cantar añade un plus adicional de complejidad. El doctor Sibtain tenía razón al decir que mi laringe no parecía haberse visto afectada. El generador de notas estaba intacto, pero el tono muscular y los espacios de las cavidades del pecho, la cabeza y el cuello influyen mucho en la calidad del producto final. Diseñé un plan para los ensayos: cantaría un poco y luego dejaría unos días de descanso para que practicara la banda.

Desde que me dieron el visto bueno hasta que empecé a cantar cinco días a la semana, transcurrieron solo ocho meses. Me refiero a hacerlo correctamente.

Me dispuse también a hacer lo que podía en el otro gran proyecto: aprender a volar el 747. Solo había un problema importante: ya no teníamos uno. Dos meses antes de que estuviéramos a punto de salir de gira, Air Atlanta Icelandic perdió el permiso para usar el avión que nos había asignado y amablemente nos devolvió la fianza. La oficina de Maiden caía en picado. Subí a un avión y me fui a Islandia. Cara a cara era la única forma de descubrir lo que estaba ocurriendo.

Me reuní con el presidente y el responsable comercial. Estuvo muy bien y nos explicaron su difícil situación. Los únicos 747 que podrían garantizar tendrían que volar a Estados Unidos para ser dados de baja dos días después del espectáculo de Donington.

Air Atlanta Icelandic estaba en proceso de comprar dos aparatos mucho más jóvenes procedentes de Air France, pero el acuerdo aún no estaba cerrado. En lugar de romper una promesa, prefirieron cancelar el trato. Sugerí que usásemos el cacharro solo hasta Donington. Pagaríamos para llevarlo a su tumba, donde se guardarían los motores, ya que estaban en muy buena forma. Me fui, tuve una comida muy alcohólica con el responsable comercial, y volví al día siguiente.

Cuando aterricé, me llegó un mensaje de texto: «Hay trato».

Tres días después recibí otro: «Acuerdo con Air France realizado, todo vuelve a la normalidad».

Di un gran suspiro de alivio y regresé al resto del planeta.

Volé con algunos veteranos discapacitados en simuladores para la asociación Help for Heroes y volví a Sarajevo, donde los bosnios estaban dando los últimos toques a un documental muy emotivo que habían estado rodando sobre el viaje que yo había hecho más de veinte años atrás. Me había perdido el vigésimo aniversario debido a mi tratamiento contra el cáncer, pero quería ayudarlos con algunas secuencias complementarias y una entrevista.

A veces resultaba difícil reconocer un sitio y, de repente, una pieza encajaba en su lugar y el puzle de recuerdos se recomponía.

Para volar el 747 tuve que conseguir un trabajo con Air Atlanta Icelandic como capitán, así que me senté en casa con mi ordenador portátil y el manual del 747. Finalicé el curso de entrenamiento básico y me presenté a los exámenes finales: todo bien. La siguiente fase era el simulador.

Era invierno de 2015. Tuve un contratiempo. Pillé un resfriado. En realidad estaba encantado. Mi sistema inmune funcionó como debía. Lo único extraño era que mis membranas mucosas aún no estaban en pleno funcionamiento. Tener un resfriado sin sonarse la nariz es una experiencia bastante extraña.

Qué diferente fue esa Navidad a la del año anterior. Tenía la suerte de estar aquí y, mejor que eso, me sentía realmente vivo.

Lo esencial era ganar un poco de peso, pero no lo haría comiendo todos mis púdines favoritos. Aunque la mayoría de mis papilas gustativas se mostraban colaborativas, las que detectaban lo dulce habían resultado severamente dañadas por la radiación. Como alguien que se comía el Toblerone del minibar y que adoraba ponerse morado de jarabe de caramelo y barras de Crunchie, esto fue, al principio, un duro golpe para la moral.

Pasados unos meses, el recuerdo aún permanecía, pero el deseo de comer azúcar prácticamente había desaparecido. Una consecuencia involuntaria fue tomar conciencia clara de la cantidad de alimentos (o mejor dicho, productos) horribles que había devorado en los últimos años.

La constatación de que, con frecuencia, el sabor no era más que azúcar agregado fue una gran revelación. Me consolaba el hecho de que las verduras, la carne y los lácteos supieran absolutamente al cien por cien.

La cerveza era una preocupación. Yo había diseñado Trooper con las papilas gustativas completamente operativas. ¿Cómo sabría ahora? ¿Cómo diseñaría las cervezas del futuro con una percepción alterada del sabor dulce?

Me inspiré en el chef sin olfato. Hay muchos otros sabores y aromas complejos para experimentar con la cerveza, no solo el del azúcar. La primera prueba de esto fue el diseño de nuestra nueva marca, Red ’N’ Black, una cerveza del tipo imperial stout o porter. Martyn Weeks, el maestro cervecero, y yo nos sentamos y dibujamos su sabor con una paleta de cervezas existentes. Estaba nervioso, lo confieso. Me di cuenta de que podía detectar el sabor dulce, pero no podía paladearlo. Sin embargo, Martyn y yo estuvimos de acuerdo en todos los aspectos de la bebida. De hecho, me sentía impulsado a darle un nuevo aspecto al diseño de la cerveza y plantear un enfoque más aromático. Las sutilezas de textura, amargura y un final persistente en la nota adquirieron una importancia cada vez mayor. Por suerte, mi vieja cerveza favorita, la Fullers ESB, nunca fallaba.

Beber cerveza es algo que, por supuesto, debe hacerse lejos de los simuladores de aviones o automóviles.

Tan pronto como pasó el Año Nuevo, me encontré de camino al recién formado centro de entrenamiento de British Airways; en un frío y ventoso 2 de enero.

El año anterior había sido una montaña rusa. Mirando hacia atrás, mi vida era una montaña rusa. Desde los altibajos de la escuela y la universidad hasta la caída más larga y más rápida jamás vista en un parque de atracciones: estar en Iron Maiden.

A menudo me han preguntado si cambiaría algo. La respuesta es un simple no. Una pregunta diferente y más acertada sería si había cometido algún error. La respuesta a esa pregunta es igualmente fácil: montones de errores.

Aprender a cantar y actuar es una cuestión de prueba y error. El entrenamiento para volar se puede hacer en un simulador. Aprender a ser un aviador solo puede darlo la experiencia, y los errores son intrínsecos a la experiencia.

Durante este tiempo conocí a uno de mis tutores de 747. Me llevó a un lado en una esquina de la sala de café antes de que llegara mi compañero del simulador.

—¿Cómo está tu saliva después del tratamiento? —me preguntó.

No podía creerlo, otro momento «tú también». Pasamos veinte minutos discutiendo sobre dientes, mandíbulas, saliva y su amor por el whisky escocés y los automóviles veloces. Su tratamiento había sido algo más brutal que el mío porque la tecnología no era tan avanzada quince años antes como para poder evitar que sus glándulas parótidas se extinguieran.

Aquí estábamos, sin embargo, y pronto pasamos a cosas más importantes, como una máquina voladora de cuatrocientas toneladas, con una capacidad de combustible de 170 000 kilos, que pronto estaría bajo el control de un servidor.

¡Qué sueño más imposible para un niño de la localidad de Worksop que no aprobó el nivel básico de física y al que llevó tres intentos obtener el de matemáticas!

En algún lugar, mi abuelo Austin estará bebiendo una cerveza con mi padrino, el sargento de vuelo John Booker, y probablemente estén contando la cantidad de dinero que gastaron en aviones de plástico para mí. Nada de lo que sucede en la infancia es en vano.

La misma emoción infantil se apoderó de mí cuando me senté en el simulador 747 por primera vez. Una vez finalizadas todas las comprobaciones e informado el primer oficial, me volví hacia el instructor con una sonrisa.

—¿Para qué sirve este botón?