¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 20 de 48

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Cortinas de hierro

 

Volver a las Bahamas para grabar «Powerslave» parecía casi como regresar a casa. Aunque todos teníamos casa propia, ninguno de nosotros las había disfrutado mucho tiempo durante más de dos años. Ninguno de nosotros podía comprender realmente que aún pasarían otros dos años antes de que cualquier atisbo de existencia normal comenzara a afectarnos, e incluso entonces, solo brevemente.

Mezclamos el álbum en la ciudad que nunca duerme, tan buena que la nombraban dos veces: New York, New York.

Adoro Nueva York, y con los años la ciudad me ha devuelto el favor. Es una ensoñación de proporciones cinematográficas que se revela en los detalles más nimios. El parloteo de los policías, el ajetreo, el bullicio y la vulgaridad temeraria que en cualquier otra ciudad sería asquerosa, pero que en Nueva York casi llega a ser inspiradora. Una mañana temprano, día de invierno, con una taza de café humeante en un vaso de papel, mientras los camiones de la basura golpean los baches con sus ejes, estás en The French Connection (Contra el imperio de la droga) y Popeye Doyle va a salir de ese edificio de oficinas justo… ahora. Puede que no.

Encontré una sala de armas (vaya, un club de esgrima) dirigido por un desertor ucraniano de talla mundial. Stan era un héroe de la Unión Soviética en el ámbito deportivo y el entrenador nacional de Ucrania. Se las había arreglado para salir de su país sin ser detectado y llegar a Nueva York. Era un individuo excéntrico y trabajador; además de dirigir una escuela de esgrima, tenía un negocio de fabricación e importación de ropa de esgrima por todo el mundo.

Pasé horas entrenando todas las semanas. Alrededor de las once de la mañana, con mi mochila a cuestas, cogía el metro hasta la calle 23, calentaba y luego tenía una clase individual de cuarenta y cinco minutos. Al terminar, hecho una piltrafa sudorosa, me iba a una tienda del barrio a por mi almuerzo y regresaba para ver cómo daba clases al siguiente grupo de mosqueteros modernos. Un par de horas de combate, y terminaba agotado.

Los estudios en los que se grababa el disco, Electric Ladyland, estaban escondidos en un sótano de Greenwich Village, que estaba a tan solo un par de paradas calle abajo, o un agradable paseo. Escuchaba, daba mi opinión y los dejaba seguir adelante. A Steve le encantaba el proceso de mezcla; yo prefería dejarlos y aparecer para una segunda opinión. Es muy fácil acercarse demasiado a una mezcla, por lo que resulta muy difícil emitir un juicio objetivo.

Más tarde, cuando estuve en plena carrera en solitario, tuve que involucrarme más en el proceso de mezcla. Sin embargo, daba unas pautas y siempre dejaba deliberadamente al equipo solo para que decidieran ellos la mezcla que consideraran conveniente. No se puede pintar un cuadro si lo único que ves es lo que está en el extremo del pincel. También es muy fácil quedarse atascado en minucias técnicas, el equivalente creativo de las arenas movedizas.

Con la mezcla terminada, ensayamos para la siguiente gira en un club nocturno maravillosamente destartalado de Fort Lauderdale, y nos alojamos en un motel infestado de cucarachas frente al mar.

Las vacaciones habían terminado muy pronto. Era hora de emigrar hacia el imperio del mal, al otro lado del telón de acero, tal y como era en 1984, más concretamente a Polonia, para iniciar la gira de «Powerslave».

El Tupolev Tu-134 es un pequeño avión bimotor de pasajeros y el vehículo elegido para transportarnos a Polonia. La aerolínea LOT usaba maquinaria de toda Rusia, y este en concreto era la variante que tenía una cúpula de bombardero en el morro, lo cual era bastante emocionante.

Íbamos metidos en el estrecho fuselaje, equipado con redes en lugar de compartimentos superiores, mientras que la tripulación de cabina, cuya moral podría describirse mejor como homicida, servía productos de carne no identificables y dulces hervidos.

Varsovia era un fruto prohibido. Nuestro recibimiento se pareció al de los Beatles cuando aterrizaron en el Reino Unido después de tocar en el Shea Stadium. Bajamos del avión, sin darnos cuenta al principio de los cientos de polacos que asediaban el aeropuerto con pancartas, carteles y álbumes.

El comité de bienvenida fue cordial, relajado, y no se parecía en nada a cualquier idea preconcebida que pudiéramos haber tenido de algún burócrata estalinista o títere al estilo de la Stasi que organizara nuestro viaje.

Bajamos los escalones de la aeronave y estrechamos la mano del representante del promotor. Todo el mundo sonreía; nosotros sonreíamos, él sonreía, el sol brillaba y el calor inflamaba el aire en la plataforma de hormigón.

El representante preguntó dónde estaba Rod. Rod Smallwood había elegido este momento para hacer una declaración audaz. Se había comprado un traje blanco (aunque él sigue insistiendo a día de hoy en que era de color beige) y gafas de sol oscuras. Cuando se abrió la puerta del avión, inspeccionó al comité de recepción, que lo ignoró. Bajamos tranquilamente y charlamos con todos, pero Rod se quedó solo, con traje y gafas de sol.

Ya habíamos expresado nuestras dudas sobre su elección de vestuario al embarcar.

Su respuesta fue que tenía que mostrarles quién era el jefe. Me parece recordar que ninguno de nosotros estaba muy seguro de que un traje blanco fuera algo que causara sensación en Varsovia.

Cuando salimos de la aduana e inmigración, quedó patente que los seguidores de Iron Maiden se habían infiltrado en todo el aparato del Estado. Todo aquel que llevara un arma quería un autógrafo y, al tratar de subir al autocar fuera de la terminal, necesité todas mis habilidades básicas de rugby para abrirme camino.

En el autobús se abordó el tema del traje blanco. Rod se sentía un poco incómodo al no ser el centro de atención por razones equivocadas. Lo hice, lo confieso, intenté tomarle el pelo.

Rod tenía la desagradable costumbre de golpear con los nudillos a la gente en la parte superior de la cabeza si no aprobaba la conversación. Los ejecutivos de las compañías discográficas vivían con miedo, pero era algo que se toleraba en aquella época de machismo, de la misma manera que a las mujeres se las devoraba con los ojos y se las manoseaba, y ellas lo aceptaban apretando los dientes y pegándole mentalmente una patada en los huevos al delincuente.

—¡Cállate! —dijo Rod, y extendió su puño para golpearme en la parte superior de la cabeza.

Agarré su muñeca; nos cogimos de los brazos. Esto se ponía interesante. Acabamos luchando sobre el suelo del autocar, mientras Rod maldecía entre dientes que yo era bastante fuerte para ser tan pequeño.

Después de nuestra indecorosa pelea, el traje blanco quedó sucio y desaliñado, y nunca más se lo volvió a poner.

Los polacos fueron sensacionales. La banda nunca había tocado en aquel país, por lo que todo era nuevo para todos nosotros.

Los espectáculos terminaron, como era de esperar, sin apenas un problema. El entusiasmo de los admiradores y la palpable sensación de liberación en el aire eran tales que podíamos haber salido al escenario con ropa interior y ondeando banderas blancas y la reacción habría sido la misma.

Viajar por Polonia fue como revivir los últimos cuarenta años de historia, desde los horrores de Auschwitz hasta el crudo y obvio fracaso del comunismo y la lenta pero creciente sensación de un nuevo futuro que surgía a tientas en la distancia.

Habían puesto a nuestro servicio a un joven muchacho muy activo, Josef, que iba a ser nuestro guardia de seguridad durante la gira. Josef hablaba muy poco inglés y el ejército soviético lo había entrenado para matar gente de maneras imaginativas e inesperadas. Era miembro de las fuerzas especiales rusas. Por suerte para nosotros, Josef no estaba dispuesto a ejecutarnos o asesinarnos, lo que por supuesto podría haber cambiado si, de repente, entrábamos en guerra.

Josef estaba de permiso permanente después de que su paracaídas no se abriera correctamente al saltar de un avión a más de noventa metros. La lesión de espalda resultante le había obligado a jubilarse para dedicarse a custodiar decadentes estrellas de rock occidentales.

Al cabo de un par de días lo convertimos, y desertó a nuestra visión del mundo. Al principio, cada vez que llegábamos a un hotel, el glorioso desorden que se formaba provocaba que Josef quisiera matarlos a todos. Llevaba una pistola, y no es que la necesitara, porque, como demostró una noche al apagar la luz, a sus pies jamás se les acababan las balas. En lugar de usar las manos, lanzó una patada hacia delante y hacia atrás a la altura de la cabeza, y finalmente, con asombrosa destreza, apagó el interruptor de la luz con el pie.

Le explicamos a Josef que el público, en realidad, era nuestro amigo, y que realmente no deberíamos intentar matarlos, porque solo trataban de ser amables. Pareció asumirlo, y en los días siguientes su inglés mejoró notablemente, aunque su tema de conversación fuera más esclarecedor de lo que habíamos esperado.

Unos miembros del equipo habían encontrado algo de droga, y convencimos a Josef para que probara un poco. Los resultados fueron inmediatos y me temo que duraderos. Josef se puso de pie sobre la cama, de muy buen humor, e hizo una señal de silencio.

—Esta es una buena mujer —dijo, acuclillado sobre un pene virtual con dos colitas virtuales en ambas manos, y en el orificio restante se metió la lengua en el costado de la boca y se puso a cantar El Danubio Azul, mientras se movía hacia arriba y hacia abajo y de un lado a otro con un ritmo admirablemente constante.

Muy bien, Josef. Estaba claro que aún quedaba algo de trabajo por hacer, pero estábamos progresando.

Mientras conducíamos por el paisaje polaco hacia los lugares de las actuaciones, él señalaba los puntos de referencia.

—Hay una base militar secreta.

—¿MiG? —le pregunté.

—¡Sí! MiG 21.

Me gustó Josef. En realidad, me gustaron todos los polacos que conocimos.

Las ciudades eran, en general, bastante deprimentes. Nos alojábamos en un lujoso hotel de Varsovia, pero una tarde de borrachera me desperté en un apartamento de Varsovia, no sé dónde, con personas que no sabía que no hablaban inglés. La culpa fue mía por beber con Howard Johnson, un periodista que cubría el espectáculo. Acabamos montados en un automóvil que luego detuvo la policía, y nuestros acompañantes dijeron a la policía que éramos polacos, y así terminamos durmiendo la mona y escuchando sus cintas de casete grabadas con la radio.

La brillante luz del sol hacía daño. Llevábamos encima algunos eslotis, la moneda del país, y al salir nos encontramos en medio de una urbanización de edificios enormes, grises y en mal estado. Había filas de gente esperando el tranvía o el autobús y algunos vendedores con un caballo y un carro que vendían verduras.

Casi al cabo de una hora, encontramos un taxi que, gracias a nuestra evidente pinta de extranjeros, y a pesar de no tener dinero y de ser unos melenudos, accedió a llevarnos al lujoso hotel El Posh; también porque le contamos que a la banda le faltaba el cantante principal para el espectáculo de esa noche.

El resto de las ciudades que visitamos eran parecidas. Nos llevaron de compras a unos grandes almacenes. Había muy poco que comprar. El edificio poco había cambiado desde su ocupación anterior como sede de la Gestapo. Algunos de los lugares donde actuábamos eran pabellones deportivos y, en una fabulosa locura, el Spodek se construyó para parecerse a un gigantesco platillo volante.

La actuación en el Centennial Hall, en Breslavia, fue una experiencia escalofriante.

En la enorme sala, una cortina de terciopelo rojo colgaba para cubrir el centro de la cúpula. La razón era evidente: una gigantesca cruz de hierro en piedra formaba un remate central que impedía que el techo se derrumbase.

Entre bastidores se habían construido mirillas en las paredes para que la Gestapo pudiera observar al público y supongo que para medir el entusiasmo individual por el espectáculo nazi. Se rumoreaba que los túneles que pasaban debajo del edificio se extendían hacia abajo casi diecisiete pisos.

Las reliquias de la Europa nazi parecían perseguirnos. Habíamos estado en Jersey, que estuvo ocupada y fortificada. Gran parte del hormigón seguía allí, y se decía que los trabajadores que murieron, algunos de ellos polacos, habían sido enterrados en las paredes donde caían.

La manifestación más aleccionadora y deprimente de los fantasmas del pasado de Europa fue, con diferencia, nuestra visita a Auschwitz, donde se planificó de manera ordenada y brutal la muerte, fríamente inevitable.

El genocidio ha perdido su poder de conmoción en nuestro mundo visualmente sobrecargado. Los Jemeres Rojos, las purgas de Stalin, todos parecen una misma cosa. En algún lugar del mundo se está produciendo ahora mismo un genocidio, aunque es el sufrimiento inocente de un niño a punto de morir lo que se te clava en el alma, a menos que, por supuesto, hayas renunciado a esa idea y la hayas cambiado por la de «solo cumplo órdenes».

Ningún pájaro sobrevuela Auschwitz. Es como si el propio suelo contaminara el aire con el hedor de la muerte y la maldad de aquellos que caminaron sobre él y planearon el horror. La verdadera medida del terror es la banalidad de la planificación de las ejecuciones a escala industrial en contraste con los gritos de las cámaras de gas. Creo que ese terror es el miedo secreto a que todos, en el fondo, podamos ser monstruos. Solo con pensarlo, me estremezco.

Lloré mucho después de la visita. Estaba enojado y mudo. Diez años después, cuando llegué a Sarajevo durante el asedio, volví a sentir aquel mismo dolor intenso.