¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 15 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

La montaña rusa

 

 

Pertenecer a una banda de fama mundial con un álbum número 1 era como estar en una montaña rusa. En nuestro caso, la montaña rusa no se detuvo, ni siquiera se ralentizó, durante los siguientes cinco años. Nos habíamos abierto camino por el tosco ferrocarril y ahora estábamos a punto de caer. Cuando caímos, lo hicimos en caída libre, fuimos directos, gritando, con los pelos de punta, bombeando adrenalina. Cinco años consecutivos de este modo pueden hacer tambalear seriamente cualquier giroscopio interno en el que se pueda confiar. Sin embargo, simplemente disfrutábamos del ajetreo por el momento.

Tan pronto como se terminó de mezclar el álbum, se publicó el sencillo, Run to the Hills, del que se vendieron casi doscientas cincuenta mil copias en el Reino Unido. Antes de que el álbum fuera lanzado oficialmente, estábamos inmersos en una gira por el Reino Unido, y tuvimos la primera de las varias disputas que surgirían a lo largo de los años.

La planificación era totalmente ridícula: ocho espectáculos, día libre, siete espectáculos, día libre, etc. Eran actuaciones de dos horas, y las canciones no eran las más fáciles del mundo. La configuración en el escenario provocó fricciones de inmediato. Yo era bastante tradicional en cuanto a la escenografía básica: si yo canto, me coloco al frente; si tú tocas el solo, te colocas al frente. Esa clase de cosas.

Steve Harris tenía ideas distintas. Quería colocarse delante de todos y correr por todo el escenario. Yo me negaba a cantarle a la nuca del bajista. Los monitores de cuña que utilizábamos estaban igualmente espaciados en la parte delantera del escenario, lo que significaba que no había ningún punto focal mientras cantaba.

Hacíamos primero la prueba de sonido y, luego, la actuación. Lo primero que hacía era mover mis monitores de cuña al frente y al centro del escenario. Steve refunfuñaba, y los técnicos los volvían a mover hacia atrás. Así que yo los cambiaba de nuevo al centro.

Cuando cantaba, la mitad del bajo se metía en mi nariz porque claramente yo había traspasado una zona de demarcación. Contraataqué colocando unas patas ridículamente largas en el soporte de mi micro. Ahora, la base se parecía a una antena de televisión y, cuando veía con el rabillo del ojo a Steve corriendo hacia mí, la colocaba como una especie de trampa para bajistas. Tengo bastantes dientes mellados debido a que él seguía corriendo hacia mí a toda velocidad.

Todo alcanzó su punto crítico cuando tocamos en la ciudad de Newcastle.

Habíamos bajado de Edimburgo a una hora ridícula de la mañana, porque a Rod le pareció una buena idea grabar allí el vídeo de The Number of the Beast durante todo el día, justo antes del espectáculo. Trajimos bailarines de salón como extras, con el número 666 fijado en la espalda. Creo que se me ocurrió a mí la idea.

En cualquier caso, tuvimos que mantener las puertas cerradas porque seguíamos filmando media hora más o menos antes de que el público tuviera que entrar. Por supuesto, estábamos todos exhaustos. Subimos al escenario, un escenario bastante pequeño, por lo que Steve y yo nos pasamos de mal humor toda la actuación, como dos ciervos en celo inmovilizándose con la cornamenta.

Rod tenía que separarnos detrás del escenario. Los dos estábamos ocupados arremangándonos para salir y pegarnos. Steve le gritaba a Rod mientras nos separaba: «¡Tiene que largarse!».

Bueno, no me fui. No puedo decir que no os lo advertí, chicos, será algo distinto. Acostumbraos.

Llegamos a un acuerdo sobre la ubicación de micrófonos y monitores, y establecimos que, cuando uno se colocase delante del otro, los buenos modales triunfarían sobre el entusiasmo ilimitado. Fue un pequeño avance, pero nos encaminó hacia un nuevo nivel de teatralidad y presentación.

Recibimos la noticia de que el álbum era el número 1 cuando salíamos de un hotel barato de la ciudad suiza de Winterthur. La celebración se vio un tanto atemperada ante la necesidad de empujar un autocar cuesta abajo para poder ponerlo en marcha. El conductor explicó con un detalle bastante innecesario que los frenos de emergencia habían agotado la batería, y que este chisme consumió ese otro chisme…

Podría haber confesado que simplemente se había dejado las luces encendidas.

Tocamos en todos aquellos países de los que había oído hablar y en los que nunca había estado. Tuve la oportunidad de practicar mi dudoso francés, que tuvo mucho más éxito que mi inexistente español. En el espectáculo de Madrid intenté elaborar una frase que se traducía como «sois los mejores cantantes del mundo».

Bueno, pensé, El Mundo era un periódico, y era bastante obvio lo que eso significaba. «Cantante» era algo relacionado con el canto. Oye, no podía ser tan difícil.

Fuera lo que fuera lo que dije, lo dije con valentía, y aplaudieron.

Así que lo repetí, y aplaudieron un poco menos.

Pensando que no me habían escuchado bien la primera vez, lo dije despacio y, eso pensé, con mucha valentía y claridad.

Se produjo un silencio casi total.

Después del espectáculo, le pregunté a la compañía discográfica qué había pasado.

—Ajá. Dices que eres el mejor cantante del mundo.

Hmm. En voz alta, seguro y equivocado.

Salimos de Europa, donde habíamos arrasado allí donde hubiera un gobierno digno de mención. Íbamos a Estados Unidos, un lugar tan increíblemente exótico que no pude conciliar el sueño durante una semana pensando en ello.

Aterrizamos en Detroit (Michigan) en verano. La siguiente parada, Flint, y otros lugares de los que nunca había oído hablar. Nos encontrábamos en el corazón automovilístico de Estados Unidos, antes de que los escándalos del agua y las crisis inmobiliarias le arrancaran el corazón. Para iniciar nuestro abordaje a Estados Unidos, ocupábamos el tercer puesto de un programa en el que había un peculiar dúo: Rainbow y 38 Special.

La última vez que hice una gira con Rainbow fue cuando Graham Bonnet estaba en la banda. Era conocido por tener una voz de tenor rota monstruosamente potente y un gusto muy florido en el vestuario junto con un corte de pelo más apropiado para James Dean que para el compinche del «Hombre de negro», Ritchie Blackmore.

Yo era, y sigo siendo, un gran admirador de Blackmore. Entiendo su inclinación por llevar sombreros puntiagudos de bruja y disfrazar a una banda como trovadores ambulantes. Esta gira, sin embargo, no fue nada de eso. El cantante era en ese momento Joe Lynn Turner, un estadounidense con lo que Ritchie esperaba que fuera una voz de estrella radiofónica para dar a Rainbow el impulso que necesitaban en Estados Unidos. Es irónico que, si Rainbow se hubiera quedado con Ronnie Dio, el mundo podría haber acabado moviéndose en su dirección, pero esto no es más que mera visión en perspectiva y especulación.

En cualquier caso, este era Ritchie, con sus ahora legendarias extensiones capilares y abundantes mechones, además de Joe, con mechones igualmente abundantes y un procedimiento tricológico menos sofisticado en forma de gran peluca.

Por otro lado, 38 Special contaba con cinco cantantes, uno de los cuales era básicamente una mascota. El guitarrista era el principal compositor y la principal voz masculina, pero en la banda tocaba uno de los Van Zant (la realeza del rock sureño), ataviado con un sombrero de rock sureño. Había dos, tal vez tres, cantantes de respaldo, que vestían unas prodigiosas crinolinas más adecuadas para un barco del río Mississippi de la década de 1900.

Luego estábamos nosotros. Cinco terriers ingleses intentando morderles los talones a todos y haciendo muecas a los asustados estadounidenses que pensaban que habían venido a ver un tipo de rock para adultos y, en cambio, tenían veinte minutos de implacable martilleo sobre sus colocados cerebros como si fuéramos una barra de hierro.

En realidad, nos llevábamos bastante bien con todos, aunque no todo era paz y amor entre la fraternidad del rock sureño y la oscura prole del fantasma de Paganini. Hubo constantes discusiones sobre quién debería ser titular, lo que giraba en torno a cuál de los representantes había vendido mayor cantidad de entradas, y el sistema de alternancia de titulares comenzó a deteriorarse. Al final, Iron Maiden encabezó un programa, porque nadie se ponía de acuerdo en quién debería ir el último.

Rod Smallwood había decidido que un autocar era una pérdida de dinero, así es que nos desplazábamos en dos grandes Ford LTD, uno conducido por Rod y el otro por nuestro director de gira, Tony Wiggens. Siempre había mucho espacio en el coche de Rod.

Siempre son tonterías las que inician un proceso corrosivo en un grupo. En nuestro caso era el equipaje de Clive Burr, que excedía el espacio asignado y significaba que nos retrasábamos a menudo al dejar los hoteles. Se escuchaban murmullos sombríos. Por supuesto, si hubiéramos tenido un autocar, a nadie le habría importado.

América era un país desconocido, con procedimientos extraños y dispositivos inusuales con los que un muchacho de Worksop no había tenido contacto. Nos quedábamos en los hoteles del equipo técnico y, en la primera noche en el Ramada de Flint, el ingeniero de sonido de Rainbow se presentó y dijo: «Los muchachos van a una fiesta en el jacuzzi, por si os apetece».

Me vino una curiosa imagen a la mente. ¿Qué era un «jacuzzi»?, y ¿en qué consistiría una fiesta así? Pensé en el juego de morder las manzanas, pero no lograba entender por qué el agua tenía que estar caliente. Tal vez eran manzanas de caramelo, pensé. De lo contrario, ¿por qué la gente hace una fiesta en torno a un baño caliente?

Me picó la curiosidad. El taxi se detuvo frente a una casa de una sola planta en una zona residencial, y vislumbré por primera vez el espíritu adolescente estadounidense.

La cocina estaba llena de chicas bebiendo vino. El salón estaba lleno de novios, que no hablaban a sus chicas porque habían perdido la capacidad de hablar. Elmley Castle había llegado a Michigan, pero en lugar de sidra alucinógena, grandes nubes de droga se elevaban hacia el techo, mientras se concentraban en jugar a Pong, un primitivo videojuego.

Mis días de Falstaff habían terminado hacía mucho; tan solo bebí cerveza. Me fui a la parte posterior, donde descubrí el burbujeante jacuzzi lleno de técnicos y de mujeres que no lo eran. Me quedó claro que no jugaban al juego de las manzanas flotantes. La otra invención estadounidense, la cama de agua, estaba disponible para relajarse en las habitaciones.

Volví a la cocina y entablé conversación sobre la industria automovilística y la economía local con una chica que parecía más interesante que las demás. Al cabo de un momento, se cansó del tema.

—¿Vamos al jacuzzi? —preguntó.

No pude evitar notar su brazo roto, firmemente sujeto en ángulo recto en un molde muy robusto.

—¿No te preocupa que se moje la escayola? —le dije.

—Oh, no, lo apoyaré en un lado.

Mi primer jacuzzi fue una experiencia interesante. El ingeniero de sonido de Rainbow nos sirvió bebidas mientras hacíamos burbujear nuestra carne, pero la conversación fue un tanto forzada con los otros ocupantes de la bañera. Es difícil conversar sobre los telones de fondo con tu director de escena cuando está a punto de eyacular.

Las burbujas cesaron temporalmente, y me incliné hacia el botón plateado. «Sé exactamente para qué sirve», pensé.

Recorrimos Estados Unidos en nuestros Ford LTD. Nos quedamos en moteles extraños y comimos hamburguesas en Luisiana servidas por hombres con la cara llena de verrugas. Fuimos detenidos varias veces por exceso de velocidad, al estilo de Los caraduras, y finalmente terminamos la gira en Norman (Oklahoma).

Volamos a Canadá para una breve gira como titulares antes de regresar a EE. UU. para cubrir una vacante especial como invitados de Scorpions. Siempre me ha gustado Canadá, que ha sido fiel seguidora de Maiden durante años. Apoyó a la banda mucho antes que EE. UU., renunciando a los caprichos de la popularidad de la moda y de la radio para apoyarnos, lo que continúa haciendo hasta el día de hoy.

Los canadienses comparten un sentido del humor muy similar y una refrescante falta de histeria. Tal vez, debido a su estrecho vínculo con la Commonwealth y a la cultura francesa, poseen un profundo sentido de la historia, lo que proporciona un reconfortante sentido de permanencia a lugares como Toronto.

A pesar de que el inicio de esto sonaba como una excursión escolar dominical, yo sufrí una lesión bastante desagradable, y uno de nuestros técnicos casi pierde la cabeza en el auditorio Massey Hall de Toronto, donde grabábamos una retransmisión en vivo. Un petardo M-80 (equivalente, dicen, a la cuarta parte de un cartucho de dinamita) fue lanzado al escenario durante el cambio de banda, cuando nuestro técnico de guitarra estaba mirando una pedalera acuclillada en el suelo. El petardo aterrizó en la parte superior del tablero y explotó. Bill quedó conmocionado y cegado por la detonación. Agarré el micrófono y lancé una diatriba sobre la estupidez de la persona involucrada; estuvimos a punto de cancelar el espectáculo. Afortunadamente, el técnico vivió para contar la historia y recuperó la vista.

No estoy seguro del todo de lo que mueve a alguien a arrojar algo al escenario. ¿Es un acto de homenaje o un intento de asesinato? Lo mismo ocurre con los hinchas violentos y racistas que arrojan proyectiles a los jugadores de fútbol en el campo.

A veces, los objetos son realmente intrigantes. En el escenario de Donington, un año, descubrí en la parte delantera del escenario un postre de natillas del revés, sin cuenco, pero con toda su forma. ¿Habría alguna catapulta de natillas astutamente escondida en la carpa donde se servía la cerveza? Y, de ser así, ¿por qué solo había una ligera grieta en la natilla, como si fuera un valle del Rift en miniatura?

Por el contrario, un año en Portugal observé jeringas llenas de sangre que sobresalían del suelo de linóleo del escenario con sus agujas hipodérmicas, bastante desagradables y realmente bastante peligrosas. En nuestras actuaciones ha llovido munición real, rodamientos de bolas, monedas, carteras, gafas de sol, sujetadores, bragas, camisetas, banderas, hamburguesas, latas de cerveza, botellas de orina y cientos y cientos de zapatos.

En Argentina fueron a parar tantos zapatos sobre el escenario que propuse construir un cañón para devolverles a cañonazos sus malolientes zapatos, en lo que un artillero napoleónico podría haber denominado «un tufillo de metralla».

El misterio de los zapatos me dejó perplejo durante años, hasta que finalmente se reveló el mecanismo. ¿Por qué alguien se quitaría un zapato (nunca llegaba un par, solo el izquierdo o el derecho) cuando lo necesitarían para volver a casa? Otra opción era que, tal vez, traían las mochilas llenas de zapatos con la intención de lanzarlos. La pregunta seguía sin respuesta. ¿Por qué? La verdad es que hay granujas oportunistas que les roban los zapatos a aquellos que se lanzan a surfear sobre la multitud y los lanzan al escenario. Se acabó el misterio. Caso cerrado.

Bueno, me alegro de haberlo averiguado, porque me preocupó durante mucho tiempo cada vez que un zapato aterrizaba en el escenario. En Canadá, sin embargo, tenía otras cosas de las que preocuparme. Casi pierdo la movilidad de mi brazo izquierdo.

Mi problema había comenzado en la etapa europea de la gira, un par de meses antes. Todas las noches, en el escenario, agitaba la cabeza arriba y abajo; al hacerlo, la espesa mata de pelo que ya tenía por aquel entonces adquiría bastante impulso y me retorcía el cuello de un lado a otro. Sacudir la cabeza era una forma bastante efectiva de perder toda noción del tiempo y del espacio, y hacer que el cerebro se tambalease con la música.

Mi cuello se agarrotó y no podía moverlo sin sufrir mucho dolor. Me enviaron a un médico alemán, que me puso un par de inyecciones y me acostó bajo dos enormes almohadillas de calor durante media hora. Luego me despachó, un poco rígido, aunque todo parecía estar bien.

Sin embargo, el daño que las sacudidas de cabeza habían causado a los discos intervertebrales del cuello no había desaparecido; solo se habían aliviado los síntomas temporalmente; cuando reaparecieron, fue mucho peor. En Canadá apenas podía mover el brazo izquierdo, y sufría calambres y espasmos que se extendían hacia el lado izquierdo del cuello. El dolor era intenso e implacable, y perdí todo el control de motricidad fina del pulgar izquierdo y de los dos primeros dedos.

Probé con bolsas de hielo, pero no funcionó. El masaje lo empeoró. El calor lo empeoró. No podía dormir. Me enviaron a un médico local de Ottawa.

—Tiene espasmos musculares —dijo.

«Dime algo que no sepa», pensé.

—¿Por qué tengo espasmos musculares?

Estaba ocupado escribiendo la receta.

—Tome esto.

La receta fue un cóctel de ansiolítico, relajante muscular y antiinflamatorio. Después de un día de medicación, me di cuenta de que había perdido la capacidad de hablar y no podía sentir las encías cuando me cepillaba los dientes.

Las actuaciones continuaron y llegamos a Montreal. Fui al hospital. Me hicieron radiografías y me clavaron alfileres en el pulgar.

—¿Puede sentir eso?

Asentí.

—Hmm. Neurológicamente normal. —Escribió en la libreta. Giró su silla para fijar las radiografías.

—¡Ajá! —dijo.

—¿Qué ocurre?

—¿Ve eso? —Señaló con el bolígrafo las áreas nubladas que rodeaban mi omóplato—. Son espasmos musculares —pronunció con orgullo.

—No me fastidies, Sherlock —dije.

No me contó nada que no supiera, excepto por las pastillas que me habían recetado.

—Dios mío, ¿quién le dio esto? —dijo.

—Un doctor canadiense.

—¿Y le hizo una prueba de función hepática?

No negué con la cabeza, eso dolía; lo hice con los ojos.

Tiré todas las pastillas a la papelera. La siguiente parada era Nueva York. Tenía que haber alguien allí que supiera de lo que hablaba. Pagué diez dólares por cinco minutos con un médico deportivo. Había tratado a Muhammad Ali, bailarines de ballet y jugadores de fútbol americano. Presionó con los dedos.

—¿Aquí?

—¡Ay!

Luego meció mi cabeza y la levantó suavemente hacia arriba, quitando presión de la columna vertebral.

—¿Qué tal? —Sacó una radiografía. La cosa no pintaba bien.

—Tiene una hernia de disco en la parte superior del cuello, C4 y C5. Puedo prepararle para operarle el lunes.

—Alto ahí, doctor. ¿Qué operación?

—Bueno, saco el cartílago y pongo una pieza de plástico en su lugar.

—Tengo un concierto en Chicago antes del lunes.

—Vale. En ese caso, sería tracción.

—¿Cuánto tiempo lleva eso?

—Ocho semanas.

—Pues eso tampoco me vale. ¿Qué más?

Suspiró. Presentí que había un campo de golf esperándole y que yo lo estaba retrasando.

—Bien, unidad de tracción a domicilio y collarín. Es lo mejor que puedo hacer.

Una unidad de tracción a domicilio era una horca mal diseñada que se ajustaba a la parte superior de la puerta de un armario. Una botella de agua colgaba de un lado y mi cabeza se elevaba por el otro. Parecía una estupidez.

Finalmente, Tony Wiggens, nuestro director de gira, vino al rescate. Su novia estadounidense me recomendó un quiropráctico.

—¿Un quiropráctico? Es como un adivino que utiliza muertos.

—No, eso es un nigromante.

El quiropráctico, en realidad, le contó muy bien a este cadáver lo que sucedía exactamente. Me dio buenos consejos, el mejor de los cuales era dejar de mover la cabeza como si tratara de alcanzar la velocidad de escape de mi torso. También me aconsejó usar el collarín y arrojar el resto del aparato a la basura. Me asesoró en cómo debía modificar la forma de moverme, comer y beber para permitir que mi cuello se curase lo mejor posible dado el calendario de castigo.

Un autocar plateado de American Eagle nos iba a trasladar en una larga serie de viajes nocturnos cruzando Estados Unidos en pos de Scorpions. Éramos los invitados especiales en un espectáculo en tres actos, con tiempo suficiente para conectar con un público listo para la conversión.

Los autocares europeos tardaron un tiempo en equipararse con sus homólogos estadounidenses, y en 1982 no había ni punto de comparación. American Eagle era como una casa de putas sobre ruedas.

La vida del autobús pronto estableció su rutina. La sala delantera, en la que el malhumorado Rod maquinaba y jugaba a las cartas, y Steve pasaba horas viendo vídeos, era triste. En la sala trasera, Clive, Davey y Adrian despachaban una gran cantidad de vodka. Yo pasaba de un lado al otro un poco frustrado.

Durante la gira de «The Number of the Beast», hicimos por primera vez la mayoría de las cosas en el camino. Con el paso del tiempo, se hizo evidente para mí que la novedad desaparecería pronto. La alegría de hacerse trizas de manera descerebrada todas las noches para pasar las siguientes dieciocho horas sin sentido pronto se tornó en un entumecimiento empedernido hasta que el siguiente espectáculo traía luz y vida a nuestro mundo.

El factor más importante que cambia «la noche del sábado con los muchachos en una banda» a «pasar todos los sábados en rehabilitación o terapia» es el dinero y las drogas. Acceder a cualquiera de ellos puede dañar seriamente la salud mental. En realidad no teníamos mucho dinero (no creo que ninguno de nosotros tuviera una tarjeta de crédito), pero todos querían darnos drogas, en cantidad y gratis.

Me resisto a creer que las drogas fuesen la principal causa del distanciamiento, cada vez mayor, entre Clive y Steve. Sin embargo, las quejas y las peleas se fueron colando poco a poco entre bastidores.

Si Steve se quejaba del equipaje de Clive, pues Clive aumentaba su equipaje. Si Steve saltaba sobre el podio de la batería para decirle a Clive que tocara más rápido, Clive tocaba más despacio. La parte delantera del autocar se convirtió en la primera línea, y la parte posterior se convirtió en un búnker para los chicos malos.

Tuvieron una terrible pelea sobre el escenario del auditorio Kiel de Saint Louis, donde Clive entró en cámara lenta en señal de protesta. Yo no ayudé en nada al sacar una almohada y dos mantas y fingir que me iba a dormir en medio del escenario en señal de protesta.

—Pensé que estaba un poco fuera de lugar —dijo Steve.

—Vale —respondí.

En cuanto la podredumbre se cuela en una banda, es como un perro con un hueso: siempre ahí, dispuesto a roerlo. Estábamos demasiado ocupados para hablar de eso, demasiado cerca de ella para escapar y demasiado cansados un minuto y llenos de adrenalina al siguiente como para ser racionales al respecto.

El gigantesco camión seguía rodando, pero una rueda se tambaleaba.