¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 25 de 48

Páginas del PDF

¿Para qué sirve este botón?

Una ciudad con doble cara

Una ciudad con doble

 

cara

 

El paso por las Bahamas fue relativamente breve. El resto del álbum se terminaría y mezclaría en la ciudad holandesa de Hilversum, en los estudios Wisseloord.

Marvin se las seguía arreglando para aparecer, de manera bastante memorable. Yo estaba profundamente dormido, aunque el sol ya había salido. Hubo un fuerte golpe procedente de la planta baja. Cada casita tenía tres dormitorios en el piso de arriba, y había un patio en la parte de atrás con una puerta externa que daba a la calle, al otro lado de los estudios. El golpe inicial era Marvin tratando de entrar. Me desperté, los golpes cesaron, y seguí dormitando.

Segundos después, el sonido del marco de la ventana al astillarse, gritos apagados, la voz de una mujer, una puerta abierta a patadas, y el inconfundible sonido de Martin en transformación. Llamó a mi puerta.

—Ajá, ¿estás dentro…?

—¿Qué ocurre?

—Tienes que bajar.

—Son las 7.30 de la mañana.

—Ahora. Tienes que bajar ahora mismo.

—¿Por qué tengo que bajar ahora?

Ya había comenzado a ponerme los pantalones, o esto solo acabaría en lágrimas, lo que probablemente sucedería de todos modos, pero bueno.

—Es la persona más importante… que conocerás… en todo el mundo.

Me puse las zapatillas, preguntándome quién podría ser.

—Tan solo baja aquí, tío.

Oí un ruido sordo cuando Marvin chocó con las escaleras.

Abajo, Marvin estaba de pie sobre los muebles otra vez, a la pata coja, pero esta vez estaba cubierto de tierra y su antebrazo sangraba profusamente.

—¿Estás bien?

—¡AJÁ! ¿Y bien? Mira… —Señaló su ojo—. Este… El ojo del tigre.

—Martin, estás sangrando.

—¡JA! Esto…, la sangre del samurái.

—Déjame verlo. ¿Quieres un antiséptico?

—Muerte… Un golpe… Shotokan —dijo saltando de una pierna a la otra —. Porque yo… soy el bufón de la corte.

—Prepararé un té —dije con un suspiro.

Martin había empezado con buenas intenciones varias horas antes, pero su propio señor Hyde interior le había engañado y, finalmente, se había quedado sin gente con la que beber. Después de golpear mi puerta a las siete de la mañana, había escalado la pared de más de dos metros para caer después sobre un rosal, de ahí la tierra y la sangre.

Sin inmutarse, Marvin había escalado el enrejado y pateado la mosquitera, había trepado a la habitación de un técnico de gira y luego, imaginando que mi habitación estaba más allá, había abierto la puerta de una patada, pillando in fraganti a una dama desnuda con otro técnico.

—Sigue, querido muchacho —fue su respuesta.

Sonó el timbre y descubrí la última pieza del rompecabezas de la noche. Abrí la puerta del patio y allí, inmaculadamente vestido con bata y zapatillas, estaba Robert Palmer, con una botella de ron y dos vasos.

Martin y Robert se conocían desde que Martin trabajaba con una banda llamada Vinegar Joe, en la que Robert era el cantante.

Después de quedarse sin compañeros de bebidas, y de no haber visto a Robert durante más de treinta años, Marvin había llamado a su puerta a las cuatro de la madrugada. Sin inmutarse, Robert lo saludó con un «¡Cuánto tiempo!» y lo invitó a entrar.

Noté que ya se habían bebido una botella de ron, y la segunda estaba ya medio vacía.

—Prepararé otra taza de té…

—Este es el hombre más importante que conocerás jamás —murmuró Marvin, que salió luego al balcón y se puso a mirar el mar de pie sobre una pierna; aunque, por fortuna, siempre volvía a caer en tierra firme.

Me senté frente a Robert.

—Estoy teniendo tantos problemas con el álbum… —comenzó—. Es como una montaña y no sé por dónde empezar.

Tomé un sorbo de mi té.

—Prueba los escalones —sugerí.

—¿Los escalones?

—Sí, los escalones del lado de la montaña. Para eso están.

—Los escalones —susurró—. Los escalones. Sí, probaré los escalones. Genial. Por supuesto, los escalones. Usa los escalones…

Robert se fue mascullando lo de los escalones. Terminé mi té y dejé a Marvin con sus ejercicios de kárate.

Un par de horas más tarde, salí por la puerta principal y me encontré a Marvin de pie en medio del camino, descalzo, todavía sangrando y con una sonrisa maníaca en el rostro. Sus manos se aferraban a los bolsillos de sus pantalones cortos, que colgaban hacia fuera.

—Las llaves, querido muchacho —dijo—, no encuentro las llaves de la casa.

Al final conseguimos meter a Marvin en la cama, y poco después nos largamos a un lugar de mayor tentación, los antros de perdición de Ámsterdam.

El estudio de Hilversum era infernalmente aburrido. Estaba situado en un complejo utilizado principalmente para televisión y radio, así que tuvimos que aguantar a los Pitufos del estudio de al lado y comer los sándwiches de queso más aburridos del mundo en la cantina. Hilversum en sí es una zona residencial conservadora y silenciosa; Steve se quedó allí.

Yo me alojé en Ámsterdam, en un apartamento tipo loft con una escalera circular y grandes vigas triangulares de madera. En la planta baja había un club nocturno abierto hasta el amanecer, un cine gay y tres chicas que encendían su luz roja en la ventana. La estación central estaba a diez minutos a pie, y en seguida compré por veinticinco florines una bicicleta robada. Tenía una pila de libros para leer, me compré un candelabro y comería en el restaurante italiano de al lado, jarra de vino, candelabros y el club del libro del mes. Aburrido no era y, cuando llegué a conocer a los lugareños, la vida se hizo aún más esclarecedora.

Le pregunté a Steve por qué no se alojaba en el centro de Ámsterdam.

—Demasiada mierda de perro —murmuró.

No era del todo incorrecto, tengo que decirlo, y el tamaño de algunos de los excrementos era exagerado. No es culpa de los perros, el tamaño de los indeseados troncos depositados en las aceras se correspondía con el de algunos canes. Uno de esos perros era un enorme gran danés que frecuentaba junto a su dueño, un motero de los Ángeles del Infierno igual de grande, el vecino Café Midnight.

El Café Midnight ya no existe, y la pareja gay que lo dirigía puede que siga en la cárcel o puede que no, pero la red que se extendía desde el establecimiento era típica de la parte más vulnerable de una ciudad aparentemente despreocupada y de espíritu libre.

Henrik, lo llamaremos así, era el capo dei capi de los Ángeles del Infierno en la ciudad. Increíblemente alto y de maneras apacibles, su novia llevaba la barra del café y era problemática, pero con solo ver cómo la miraba, era fácil deducir por qué los hombres (y las mujeres) se enamoran de cualquiera.

Ella ya había sido responsable de la caída de un ministro de Gabinete holandés, y ahora se ocupaba de atender las necesidades de mi emprendedor amigo motero.

—Estoy pasando por un infierno con la novia —me dijo.

—Lamento escuchar eso.

—Vamos a echar un trago.

Así comenzó una larga tarde de cervezas que terminó en un club nocturno desierto, mientras el sol salía por los canales.

Me explicó su imperio empresarial y su naturaleza filantrópica.

—Dirigimos la sección como una especie de club de seguridad social.

—Está bien eso.

—Ja —afirmó en alemán—. Por ejemplo, uno de mis muchachos se estaba muriendo de cáncer. Así que nos reunimos todos y le regalamos algo. Ya sabes, para hacer que se sintiera mejor.

—¿Qué le comprasteis?

—Una lavadora.

—¿Una lavadora?

—Ja, exactamente. Se echó a llorar. Dijo que nadie le había comprado una lavadora antes. Ese es el tipo de cosas que hacemos. Bien, ¿eh? Pero, joder, tengo un gran envío que espero este mes.

—¿Lavadoras? —me aventuré.

—No, drogas.

—¡Vaya! ¿Es grande el envío?

Me imaginaba un par de bolsas de plástico o, como mucho, un saco.

—Un contenedor lleno —dijo, como si fuera la cosa más normal del mundo. Eché un vistazo al club vacío; todas las ventanas eran ojos de buey; me di cuenta de que era una ciudad portuaria.

—Eso suena muy estresante, sin mencionar lo de la novia —le dije.

—Ja. —El emprendedor hastiado de la vida suspiró—. Si te equivocas, terminas en el fondo del río… —dijo, bebiendo un sorbo de su Heineken—. Sabes, la última vez que estuve aquí, un tipo intentó dispararme con una Luger. Siete tiros.

—Hmm. Tú eres un tipo grande. Debió de ser un pésimo tirador.

—Ja, ja. Eso es lo que le dije cuando lo atrapé.

No seguí indagando.

—Me ha encantado charlar —dijo—, ahora me siento mucho mejor.

Noches surrealistas como estas te permitían vislumbrar el lado menos amable de Ámsterdam. A menudo acababa en el club nocturno que había enfrente de mi apartamento, donde una puta muy feliz iba después de trabajar. Era australiana y siempre estaba encantada de verme.

—Caramba, colega, no estás nada mal. ¿Te apetece un regalito?

Decliné amablemente.

—Venga, tío, en serio, de verdad. Te iba a levantar la moral.

Imaginé que probablemente no sería lo único que se me levantase, pero me sorprendí a mí mismo quedándome pegado a la cerveza y la conversación. Llevaba el brazo vendado.

—¿Qué te ha pasado? —le pregunté.

—¡Jesús, colega! Un cabronazo salió de la cárcel y se presentó en el trabajo; empezó a morderme y me hizo sangre.

Era una de las chicas de las ventanas, por lo que era normal entrar sin cita previa. Era agradable y bastante guapa. Me intrigaba la razón de que hiciera aquello.

—Aun así, los policías son geniales; lo golpearon de inmediato. Ellos ven con malos ojos que golpeen a las chicas.

Tras la algodonosa propaganda de «ciudad abierta» se ocultaba un lugar duro. Ninguna de las personas que conocí era lo que parecía: el sinvergüenza de Liverpool que huía de la policía británica y que echó raíces felizmente con una impresionante holandesa y sus hijos; el tipo de Manchester que vendía ollas de barro vacías y jarrones de Tailandia en una barcaza. Por supuesto, nadie sabía lo que podrían haber contenido durante su viaje.

También estaba la feliz pareja que pintó el Rolls-Royce de John Lennon y diseñó el vestuario escénico para Led Zeppelin, y que intentó venderme un piano e introducirme en el nuevo éxtasis de la droga.

Mis momentos de éxtasis no giraban en torno a las drogas. En un sótano encontré el club de esgrima más extraño. El entrenador era un chiflado maravilloso que daba clases afuera, junto al canal, sobre los adoquines. El sótano era tan pequeño que solo se podía luchar atravesando la sala en diagonal, e incluso entonces te quedabas sin espacio después de tres o cuatro pasos.

Mi chica australiana de la ventana vivía al final de la calle, y una noche me invitó a su apartamento, diciendo que quería presentarme a alguien. Francamente, no quería ir, pero ella insistió.

—Vale, muy bien —dije—, pero solo cinco minutos.

Subí por la lúgubre escalera, uno, dos o tres pisos más arriba, dando vueltas en el viejo edificio con marcos de madera.

—¿Quién es esa persona? —dije—. ¿Es un fan o qué?

—¡Shhh!

De repente parecía preocupada. Pensé que la rápida mirada que había echado por encima de su hombro era un poco melodramática.

—Es el hombre más buscado de Holanda —dijo.

—¿Cómo?

—Sí, colega. Está huyendo y se va a quedar conmigo unos días.

Entré en el pequeño apartamento, donde dos hombres se sentaban alrededor de la mesa de la cocina. No fueron exactamente locuaces.

—Aquí está mi colega, Bruce —dijo.

Sonreí, aunque no de verdad.

—Gracias. Encantado de conoceros. Bueno, realmente debo irme…

Salí muy rápido. No sé si obsequiaba con sus servicios a los fugitivos como una especie de servicio público, pero me alegré de no haberlo consentido nunca.

Ámsterdam era así, impredecible y, a veces, trágica. Como nuestro sinvergüenza de Liverpool, el de la hermosa novia holandesa. Ella terminó en una cárcel francesa después de que él la persuadiera para conducir hasta Francia con sus hijos, llevando drogas en cajas de chocolate. A él lo atacaron con un cuchillo y le rajaron el estómago de lado a lado. Gente agradable, los traficantes de drogas. No puedes persuadirme de que Robin Hood está por ahí vendiendo drogas, ya no.

En cuanto a la chica del Café Midnight, perdió su trabajo cuando los propietarios incendiaron el edificio. Por desgracia para ellos, no hicieron un buen trabajo y regresaron con más gasolina un par de horas más tarde. Los vecinos de al lado ya habían alertado a la policía por el olor a gasolina.

Aun así, se fugaron estando bajo fianza, pero los sinvergüenzas fueron tan tontos que volvieron a entrar en Holanda, y terminaron quedándose más tiempo de lo que esperaban. Diez años, para ser exactos.

Ámsterdam también es la única ciudad de Europa en la que me han disparado con un arma por protestar contra un automóvil que casi me atropella a las puertas del hotel American.

En las calles de Ámsterdam no hay solo mierda de perro.

Entonces, con un poco más de educación de la que obtuve en el bachillerato, pasé a ser lanzado por el cañonazo de salida que fue la gira mundial de «Somewhere in Time».