¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 32 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

…para caer en las brasas

…para caer en las

 

brasas

 

El teléfono sonó en casa.

—¿Te gustaría hacer un concierto en Sarajevo?

—¿No se están pegando tiros allí en una guerra?

—Sí, pero la ONU está poniendo orden. Estarás completamente protegido. Todo está planeado.

No estábamos protegidos, no había ningún plan y las balas eran reales, pero ¡qué diablos!, fuimos de todos modos.

Metallica y Motörhead, al parecer, lo rechazaron. No me sorprende. Si yo hubiera sido su representante, habría hecho lo mismo. Aunque no le dije lo mismo a mi representante. Lo que sucedió no se pareció en nada a lo que se suponía que sucedería. Lo que ocurrió se convirtió en uno de esos eventos que cambiaron mi forma de ver la vida, la muerte, a otros seres humanos… y los semáforos.

Reuní a una banda y cargamos más de doscientos kilos de equipo en un 737, embarcándonos en un vuelo chárter militar a la ciudad croata de Split. El avión estaba medio lleno de soldados que nos miraban con un ligero desdén. Les pagaban por ponerse en peligro; nosotros no cobrábamos nada, cero. Era invierno en las montañas de los Balcanes. Compré una mochila. Al fin y al cabo, llevaba puestas mis botas del ejército en el escenario, además del viejo abrigo del ejército suizo que había usado para el vídeo del tema Tears of a Dragon. Debajo llevaba puesto mi viejo guardapolvo de mis días en el Ejército Territorial. Un montón de bolsillos, agradable y cálido, además de un sombrero de lana. Metí una botella de whisky Jameson por si acaso. Pensé que a nuestro organizador podría gustarle una botella. Era el comandante Martin y tenía su propio espectáculo de rock en Radio Z1D, que era una estación local que seguía transmitiendo en Sarajevo.

El plan era llegar a Split, ponerse chaquetas antibalas y cascos azules de la ONU, subirse a un helicóptero Sea King, volar a Sarajevo, dar el concierto y regresar. Trabajo hecho.

Llegamos a Split. Vi los cascos y las chaquetas apiladas en una esquina de la sala de llegadas. Un tal coronel Green se encontró con nosotros, y no, este no era un juego de Cluedo.

—¿Sois los tíos de la banda de rock británica? —preguntó.

Era una de las preguntas más obvias que jamás me habían hecho. Asentí.

—Pues lo siento, pero tenéis que regresar a casa. Aquí están las tarjetas de embarque.

Blandió los documentos del viaje de vuelta. Regresaríamos en el mismo avión que nos había traído.

—¿Qué pasa si no nos vamos? —le pregunté.

—El siguiente vuelo sale dentro de una semana —respondió el coronel—. En cualquier caso no hay helicópteros de reserva y hace mal tiempo. Además, la ONU se ha enterado y Akashi no quiere molestar a los serbios.

Akashi era el enviado de la ONU y tenía reputación de apaciguador.

El coronel Green se alejó, obviamente ocupado con cosas más importantes que un montón de melenudos locos en busca del martirio.

Afuera había una hilera tras otra de camiones de la ONU pintados de blanco y carros blindados. Era una base militar importante, así como un aeropuerto civil. Estaba seguro de que muy pronto estorbaríamos a alguien.

Un camarógrafo de un equipo de noticias de Reuters se acercó. Habían estado esperando en un rincón de la pequeña área de llegadas.

—Soy bosnio. Esto es una mierda. Podemos llevaros a la ciudad —dijo.

A riesgo de invalidar el poco o ningún seguro de vida que teníamos, le invité a que nos diera más información.

—¿Cómo?

—Hay un túnel. Una entrada secreta. Podemos meteros por ahí. Así es como reabastecemos la ciudad.

—Está bien —dije, procesando lentamente todo aquello en mi mente—. ¿Cómo lo hacemos?

—Soy amigo del presidente Izetbegovic. Lo llamo y obtengo el permiso —declaró con orgullo.

Empezó a juntar dinero suelto y se apretujó dentro de una pequeña cabina telefónica, charló intensamente durante un par de minutos y, finalmente, colgó el receptor.

—¿Y bien? ¿Qué ha dicho? —pregunté.

—No está en este momento. Está ocupado.

Miré nuestra pequeña pila de equipamiento, al variopinto grupo de rostros y a un aterrorizado Roland Hyams, un publicista que había pensado que esto sería como el Festival de Glastonbury, pero sin vino frío de Chablis ni tiendas de campaña.

—Podemos entrar en Sarajevo, tal vez —dije—. Hay un túnel. Si regresamos, nunca llegaremos allí. Si nos quedamos, podríamos llegar allí. En el peor de los casos, nos quedamos y bebemos cerveza barata durante una semana y buscamos un local para actuar.

En realidad, el peor de los casos era volar en mil pedazos por un proyectil antiaéreo serbio o una mina terrestre o ser alcanzado por la bala de un francotirador. Lo sometí a votación, con la promesa de que, si alguien quería retirarse, ninguno de nosotros iría, y nadie le menospreciaría por ello. Lo dije en serio.

Todos estuvieron dispuestos a hacerlo, incluso los que estaban un poco aterrorizados. Admitieron tener miedo y votaron ir de todos modos. Tomé las tarjetas de embarque y se las devolví al coronel Green.

—Lo siento, nos quedamos. Intentaremos atravesar el túnel.

Recogió las tarjetas y se paró a pensar un momento.

—Quedaos aquí —ordenó, y se escabulló con un aspecto más ocupado que de costumbre. Pasaron veinte minutos antes de que regresara.

—Bien —comenzó a decir. Había un tono en su voz que indicaba que estaba a cargo de algo en vez de intentar evitarlo—. Ya no tenéis nada que ver con la ONU. Por lo tanto, sois invitados del ejército británico. Como tales, guardaremos vuestro equipo en la armería por ahora, y sugiero que os llevemos al comedor de oficiales para tomar una taza de té.

El kit de batería y los amplificadores de guitarra apilados contra morteros, armas pequeñas y revistas habría sido una gran imagen, pero olvidamos sacar la foto.

Hacia la medianoche llevábamos despiertos todo el día, habíamos tomado té y recibido charlas sobre la guerra. Un oficial de inteligencia de la RAF se detuvo frente al gran tablero de mapas y nos explicó exactamente lo que estaba sucediendo. La situación no era buena. Todavía guardo el conjunto de mapas tácticos que me dieron como recuerdo.

Estábamos con nuestra primera lata de cerveza cuando la puerta se abrió de golpe.

—Al camión, muchachos. Os vais.

En Split se podía ir en manga corta durante el día, pero refrescaba por la noche, y estaban por debajo de cero donde nos íbamos. Ahora que lo pienso, ¿a dónde íbamos? ¿En qué? ¿Y conducido por quién?

La Serious Road Trip era una ONG que trabajaba con convoyes de socorro en áreas que la ONU juzgaba demasiado peligrosas para considerarlas. La organización conducía un autobús rojo londinense hacia tierra de nadie durante el conflicto de los Balcanes y dirigía una escuela de payasos para los niños de ambos bandos.

La Serious Road Trip nos iba a llevar a la zona de guerra, y conduciríamos durante toda la noche atravesando Mostar en dirección a las montañas para, finalmente, subir al imponente monte Igman. En la cima, el ejército tomaría el control. Los vehículos blindados para el transporte de tropas se reunirían con nosotros en el puesto de control del ejército bosnio Bravo One, y desde allí nos llevarían a Sarajevo. ¡Vaya con el plan!

Nuestro vehículo era un camión con la parte trasera abierta, un cuatro por cuatro con una capota de lona. Cargamos el equipo en la parte posterior y observamos la pila de sacos de dormir sobre el suelo de tablas de madera con armazón de metal. Ahí iríamos nosotros durante las siguientes diez horas, sumidos casi en la oscuridad total. Un joven voluntario sudafricano metió dos cajas de cerveza por si acaso. Iba con nosotros, como lo había hecho antes. El conductor era un joven estudiante de Arquitectura de Edimburgo. No teníamos escolta, protección, cascos ni chalecos antibalas, pero teníamos un arma secreta. ¿Quién querría disparar a un vehículo pintado como el nuestro?

El camión era de color amarillo brillante con versiones bastante aceptables de Astérix, el gato Félix y el Correcaminos pintadas de manera llamativa en los laterales y en los portones traseros. Era el camuflaje de los idiotas, y ¿quién querría dispararle a un idiota?

Trepamos a la parte posterior y nos pusimos cómodos. La comodidad, por supuesto, es relativa, y es más un estado mental que una realidad objetiva. Apreté mi trasero contra una de las cajas del camión, pensando que entre los ejes sería probablemente menos doloroso para la espalda que directamente sobre ellos. Recordé la botella de Jameson de mi mochila. La saqué. La había estado guardando para el comandante Martin. Ya no aguanto más, pensé, y la abrí, justo cuando Roland Hyams comenzaba a liar su primer porro con una pequeña pieza de resina de hachís.

—¿De dónde diablos sacaste eso?

—Lo llevo en la comisura de la boca desde Inglaterra.

Tuve varios pensamientos poco caritativos, pero tan solo dejé escapar un gran suspiro. Él podría acabar muerto, así que, después de haber llegado tan lejos, bien podía fumárselo, porque todo habría desaparecido por la mañana. Mis días de canutos habían terminado hacía mucho tiempo, así que fui pasando el whisky.

La noche pasó lentamente, dormimos a trompicones, y el frío se nos coló hasta los huesos. El mundo desaparecía detrás de nosotros a través de una capota de lona impregnada del tenue brillo rojo de las luces traseras, que pintaban sombras en la espesa niebla que nos envolvía. Redujimos la velocidad a paso de tortuga y, luego, nos detuvimos. Asomé la cabeza por la parte trasera: estación de servicio. ¿La gente realmente se detenía a por gasolina en una guerra? Supongo que lo hacían. Decidí sentarme en la cabina. Pronto nos acercaríamos a la base del monte Igman, la enorme montaña que marcaba la primera línea en Sarajevo.

Ahora conducíamos hacia la negrura total; antes se veían ocasionalmente tenues rayos de luz blanca al borde de la carretera. A lo lejos pude distinguir la gigantesca roca de Igman. Resultaba más fácil de ver porque había una guerra en su cima.

Las estrellas y las bengalas de los paracaídas colgaban en el cielo, una exhibición de fuegos artificiales que presagiaba la muerte y la destrucción de esas desafortunadas almas en lo alto de la montaña, que era, por supuesto, hacia donde nos dirigíamos. Mientras meditaba sobre esto, nos detuvimos de golpe, como hace uno cuando un hombre te sale al paso en la carretera y te apunta con un AK-47. Hay maneras más amistosas de hacer autostop, pero supongo que en una zona de guerra los pulgares han sido reemplazados por balas y cañones de armas.

Nuestro viajero resultó ser un soldado bosnio que estaba harto de caminar y necesitaba que lo llevaran hasta el pie de la montaña. Estuvo charlando en bosnio y casi acabamos hablando por señas cuando le dijimos adiós. Se esfumó en la oscuridad y, alrededor de las cinco y media de la mañana, iniciamos el largo ascenso por la empinada pista hasta la cumbre.

—¿Has hecho esto antes? —le pregunté a nuestro conductor.

—No. Primera vez.

No quería distraerlo. La pista de tierra y grava se retorcía con malicia, y los faros escudriñaban la oscuridad más allá del borde. Era casi un escarpado precipicio.

—Algunos de los muchachos hacen esto sin luces —dijo con total naturalidad.

No dije nada. Él apagó los faros.

—Oye —le dije—, ¿qué te parece si los volvemos a encender?

Menuda historia contaban esos faros. En la penumbra previa al amanecer, conducíamos a través de los remanentes del ejército bosnio que volvían a casa. Los faros seguían las hileras de pinos, y recuerdo haber pensado lo hermoso que habría sido aquel lugar, y tal vez volvería a serlo, si alguna vez había paz. Cada pocos cientos de metros encontrábamos un drama bélico: dos ambulancias blancas con cruces rojas, ventanas cerradas, agujeros de bala en las puertas, sangre corriendo por los costados; un camión de basura lleno de combatientes, que llevaban bolsas de plástico y vestían el uniforme a medias, y que regresaban desalentados a lo que quedaba de su ciudad.

Llegamos a la cima de la montaña. El tiroteo había cesado y, como todo en esta loca guerra, ¿alguien sabía qué había sucedido y quién había ganado? Respuesta a ambas preguntas: nadie.

Nos detuvimos, al fin, en el bosque cubierto de nieve. La pista giraba hacia la izquierda y bajaba una empinada pendiente hacia Sarajevo y la línea del frente. Delante había una pequeña caravana sobre pilotes de madera, y el humo provenía de una estufa de leña. Una sola hebra de cable telefónico colgaba a través de la carretera y conectaba el cobertizo con algún lugar. Llegamos al puesto de control del ejército bosnio Bravo One.

Delante de la caravana había un tendedero. Las prendas de lana y las sábanas estaban congeladas. Bajé del camión. No pude ver ningún vehículo blindado para el transporte de tropas. Por supuesto, se suponía que estarían allí.

Llamé a la puerta de la caravana. Dos soldados, un hombre y una mujer, se calentaban junto a la estufa. Les pasé una foto publicitaria de la banda e intenté explicarles nuestra situación. Un trago de whisky ayudó —todos sonreíamos más tarde—, pero seguía sin enterarme de cuál sería nuestro próximo plan.

Abajo, en el valle, Sarajevo estaba totalmente oculto bajo una nube gruesa y blanca. Como un mar interior, rodaba entre los lados del valle. Los serbios controlaban toda la vista, excepto el lugar en el que me encontraba. Los cañones antiaéreos modificados para disparar horizontalmente rodeaban la cuenca, por lo que podrían disparar a la ciudad o, si se daba el caso, a la cumbre donde me encontraba.

No tenían ninguna intención de secar la ropa que colgaba en la cuerda. Era una pantalla de francotirador. Sarajevo estaba lleno de ropa sucia agitándose con la brisa para ocultar las actividades cotidianas por temor a que un francotirador serbio les tomase antipatía a sus hijos.

El sonido de un motor acelerando rompió el silencio. A la vuelta de la esquina, un machacado VW Golf irrumpió con gran estruendo. Se detuvo, y los ocupantes salieron, chocaron los cinco entre ellos y, luego, se marcharon.

Poco después, la camioneta de la panadería llegó de manera similar, entregando un pan a los de la caravana. El conductor hablaba un poco de alemán, y junto con un poco del lenguaje de señas que ya nos había servido, mostró con orgullo el agujero de bala del parabrisas delantero, exactamente donde debería haber estado su cabeza.

—¡Intentó joderme! Nicht tod! —exclamó el panadero. En ese momento, los cálidos rayos del sol iluminaron a nuestro francotirador local, entrando y saliendo de entre los árboles con un petate adosado a la espalda y lo que parecía un rifle de caza con mira telescópica.

Era la única arma que había visto desde el AK-47 de la base de la montaña. Resulta que no había suficientes armas para todos, por lo que la gente esperaba hasta que alguien moría o resultaba herido, y entonces se las iban pasando. En realidad, eso no era estrictamente cierto: nuestro equipo de la caravana tenía un hacha, utilizada para cortar madera, y el hombre llevaba una granada de mano muy pulida en el cinturón.

El sol salió a las ocho y media. La niebla se había convertido en neblina, y Sarajevo comenzó a hacerse visible, como una larga loncha de tocino, en el valle de abajo. Estuvimos allí dos horas. También íbamos a estar a la vista de cualquiera que apuntara con sus armas a la pista que descendía hasta la ciudad.

Esas eran las buenas noticias. La mala noticia era que nuestros vehículos blindados habían sido detenidos en la base de la colina. El comandante bosnio local había encontrado un equipo de cámaras de la NBC en uno de ellos y les había tirado sus juguetes. Tendríamos que bajar la colina nosotros mismos, a la vista de las armas serbias. Seguramente nadie mataría a un idiota, ¿no? Este idiota sentía tener que disentir.

Comenzamos girando en la curva y por el camino de una sola vía. Cuando miré hacia abajo a la derecha, pude ver los restos retorcidos de otros vehículos que habían sido arrancados de la carretera. Empecé a sentir un cosquilleo en la nuca.

Una circunstancia muy extraña nos detuvo. Subiendo por la pista, en dirección contraria, venía un camión de reparto de Coca-Cola.

Hay una caricatura de Gary Larson de dos ciervos conversando en un bosque. Uno tiene un objetivo en su pecho. El pie de foto dice: «¡Qué fastidio de marca de nacimiento, Hal!». Me sentí exactamente como el bicho de la caricatura, a campo abierto, mientras nuestro camión retrocedía para dejar pasar al otro vehículo.

El camión de Coca-Cola pasó y seguimos nuestro camino hacia el pie de la colina, donde los vehículos blindados pintados de blanco esperaban para recibirnos por fin. Conocí al muy entusiasta comandante Martin y nos despedimos de nuestro cuatro por cuatro amarillo de dibujos animados. El concierto era esa misma noche, por lo que dormir, comer, una conferencia de prensa y una prueba de sonido eran el orden del día. Sin embargo, primero había que llegar a la ciudad destrozada.

La carretera perimetral del aeropuerto era la primera línea. Ambos lados estaban atrincherados, separados por varios metros, mientras los vehículos de la ONU pasaban entre ellos en la niebla gris. Me dieron un casco azul de la ONU y me dijeron que mantuviera la cabeza bajada.

Después de unos minutos, asomé la cabeza lo suficiente como para ver la devastación. Pasamos ante filas de casas semidemolidas, y niños escabulléndose entre ellas como ratas. La guerra había reducido a las familias a una existencia feroz; el suministro de alimentos y combustible abastecía a la ciudad, incluidos los militares, cada tres días, lo que suponía un nivel mínimo de consumo.

La ciudad, que fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984, había quedado tan destrozada que era irreconocible. Los frentes de los edificios eran una simple fachada, ya que la parte trasera se había desvanecido, o simplemente toda la estructura estaba acribillada de agujeros y tachonada con balas y proyectiles de cañón.

En las calles sembradas de escombros, los coches parecían coladores: cientos de agujeros de bala los ventilaban. Era incapaz de imaginar qué podía haber provocado que un humilde Renault recibiera unos doscientos impactos de bala. Era algo tan extraordinario que lo fotografié.

A medida que avanza por el valle, un río divide la parte alta y baja de Sarajevo. Los serbios controlaban el terreno elevado, y los francotiradores disparaban contra los civiles cuando se dirigían a sus trabajos.

La carretera que discurría desde el aeropuerto en línea recta hacia la ciudad recibía el nombre de «avenida de los francotiradores». Cada vez que conducías arriba y abajo por esta carretera, tirabas los dados. Nosotros la recorrimos varias veces, los lugareños lo hacían dos veces al día o más.

Llegamos a la sede de la ONU, la antigua Villa Olímpica. El equipo técnico de gira fue alojado en la parte que tenía cubiertas las ventanas con sacos de arena. La banda consiguió la suite del ático, por supuesto, amueblada con literas de hierro con colchones viejos y la omnipresente cinta adhesiva de camuflaje cubriendo las ventanas. El desayuno consistió en un rollo de queso y una cerveza; además, doné lo que quedaba del whisky al comandante Martin. Lo metió en el cajón de su escritorio antes de señalar con orgullo una cavidad del tamaño de un plato de comida en la pared situada detrás de su escritorio, justo a la altura de su cabeza.

—Proyectil del calibre cincuenta. —Sonrió—. Aún no me han atrapado esos bastardos.

«No esperes demasiado a beberte ese whisky», pensé.

El espíritu del Blitz, o de resistencia, seguía vivo en Sarajevo. La noche ya estaba cayendo cuando nos despertamos, con el frío empezando a roer nuestros huesos. Nos dirigimos a la conferencia de prensa. Los británicos habían logrado reunir algo parecido a canapés (las galletas Ritz con kétchup), y me senté con las bandas locales que harían de teloneros. No había electricidad, y los generadores que alimentarían el concierto solo se conectarían momentos antes para ahorrar combustible.

El guitarrista que estaba a mi lado hablaba algo de inglés.

—¿Cómo ensayas sin electricidad? —le pregunté.

Me dirigió una mirada como diciendo: «¿Qué tipo de pregunta tan ridícula es esa?».

—Ensayamos —comenzó con orgullo— con nuestro espíritu.

Asentí con humildad.

—Te creo —murmuré.

El Centro Cultural de Bosnia probablemente haya sido remodelado cuando leáis esto, pero cuando lo visité en 2015, era idéntico al lugar en el que tocamos en 1994. En aquella época, la esquina del edificio se había evaporado de forma bastante impresionante debido a un cohete antiaéreo, aunque la mayor parte estaba bajo tierra.

Se había corrido la voz sobre el concierto, y puesto que los serbios tenían la costumbre de bombardear con morteros las reuniones públicas, las escuelas habían sido cerradas, y los niños volvían a casa furtivamente para no convertirse en objetivos. Hacer cola alrededor de un edificio en Sarajevo no solo era tedioso, era mortal.

Se rumoreaba que los «nacionalistas» ricos pagaban dinero para ir a la zona de guerra a pasar sus vacaciones asesinando gente. El jefe del servicio de bomberos de la ONU afirmaba que había un sicario serbio que había ido a por él en Connecticut. Como la mayoría de las cosas en esta zona de locura, era mejor tomarlo con cautela. Nuestro alegre bombero era el representante local de la CIA.

La perversión de la conducta normal y la corrupción de la inocencia me fueron reveladas cuando visitamos un orfanato, cosa que, por desgracia, era un trabajo sin descanso, ya que los padres eran asesinados de manera continua.

Al principio vimos a niños envueltos en pañales como pequeñas momias en una habitación increíblemente calurosa. Un enfermero con bata de laboratorio estaba metafóricamente haciendo malabares, tratando de mantenerlos callados; sus expresiones eran como máscaras, carentes de emoción, sin contacto humano. Cometí el error fatal de tomar a uno en brazos para sentir el cálido latido de la humanidad. Primero sus ojos oscuros se fijaron en mi rostro, luego las manos comenzaron a abrirse: un gorjeo, una sonrisa y un dedo agarrado con la fuerza que solo un recién nacido puede reunir. Las lágrimas que fluyeron fueron de confusión, alegría, ira y tristeza. ¿Qué clase de mundo iba a heredar este inocente? El caos se produjo rápidamente. Un bebé gorjeante hizo que los demás se despertaran de sus constantes vitales mínimas, como una sala de relojes que marcara la medianoche en diferentes momentos.

Aterrado por el pánico, nuestro carcelero malabarista con bata de laboratorio se apresuró a ir de una cuna a otra, tratando desesperadamente de que sus contenidos volvieran a la zona muerta. Toda la sala era ahora una anarquía: bebés que se ponían de pie, soltaban risitas, carcajadas y, literalmente, tiraban cosas de su cuna. Nunca antes había pensado en mí como un bebé anarquista, pero mi cara lucía una gran sonrisa cuando salimos de la habitación. Como dijo Doc McCoy en Star Trek: «Es la vida, Jim…».

Los niños más grandes jugaban afuera, en los sótanos expuestos y las escaleras rotas. La ausencia de adultos significaba que los «mayores» cuidaban de la tribu, en lo que inquietantemente parecía como si hubiera sido una escena de El señor de las moscas, de William Golding.

Teníamos un par de baquetas, una guitarra acústica y un servidor, así que empezamos a cantar con Alex Elena, nuestro batería italiano, que golpeteaba la pared ennegrecida por el hollín. Fue un momento un poco incómodo, ya que nos dimos cuenta de que muchos de aquellos niños nunca habían visto una guitarra, y mucho menos habían tocado una. Estaban hechizados.

—Hola —gritó Alex—, vamos todos a dar palmas.

Y comenzó a aplaudir con entusiasmo.

En un momento que tengo grabado a fuego en mi cerebro, uno de los niños mayores se levantó de un salto y dio palmadas —«ra-ta-tá»— hacia el grupo más cercano de niños. Cayeron muertos. El aplauso era el sonido de la muerte, de ametralladoras y francotiradores. Entonces el siguiente grupo también cayó, hasta que todos los niños pequeños yacían con sus miembros agarrotados, congelados al borde de la muerte. Dejamos de tocar, estupefactos. Los niños se levantaron y se echaron a reír. Pude comprobar cómo la sombría realidad de una zona de guerra era capaz de tergiversar y subvertir una tontería como la de aplaudir.

En la actuación me sorprendió ver que se había instalado un sistema de megafonía moderno. Nuestro ingeniero irlandés de sonido, Jed, se rascaba maravillado la cabeza.

—No sé de dónde diablos han sacado esto, pero es un buen kit. Todo funciona.

No tardé en descubrirlo. La sala estaba abarrotada, y el calor de los cuerpos cocinaba el aire. Esta no era una zona de guerra: esto era libertad; esto era rock and roll; era hora de recordar la alegría. La prueba de sonido fue bien y, a falta de diez minutos para subir al escenario, fui convocado por el comandante Martin.

—Tenemos un problema —afirmó.

Encontré el problema en el piso de arriba. Era el grupo de bandidos que había robado/provisto/secuestrado el sistema de megafonía. Querían dinero o se lo llevarían. Eran seis, todos bosnios, un intérprete y el comandante Martin, cuya mano comenzaba a contraerse en la culata de su arma.

—Te he pagado quinientos dólares —dijo el comandante.

Los bandidos dijeron algo entre dientes.

—Quieren otros quinientos —dijo el intérprete—. Dicen que son profesionales.

—Les pagaré con camisetas —ofreció el comandante Martin exasperado.

Otra ronda de murmullos de bandidos. No hay trato.

—Tomemos otro café —sugerí, y les sonreí—. ¿Por qué no quieren ayudar a su propia gente? A mí no me pagan por hacer esto.

El intérprete se lo transmitió y se produjeron más murmullos y un poco de discusión. Los cafés llegaron, densos, como barro negro.

—Dicen que son profesionales.

—Vale. Diles que yo también soy un profesional y prometo que se les pagará.

Esto fue bien recibido. El cabecilla me dio un abrazo de oso y pensé que habíamos resuelto el problema. No exactamente. Entró un jersey azul con un hombre dentro llamado Trevor.

Trevor, como más tarde descubrí, había sido asignado a nuestra seguridad personal. No estaba muy contento de que el comandante Martin nos llevara de gira sin protección por la zona de guerra en un Land Rover, y definitivamente tampoco parecía muy contento ahora. Trevor afirmaba ser un bombero retirado de Glasgow. Si quieres ver a Trevor en la realidad, hay una imagen espantosa e icónica del asesinato de una joven madre y su hijo de cinco años capturado por un fotógrafo de noticias. El niño yace en la calle en un charco de sangre, y Trevor es uno de los dos soldados que saltan de un vehículo de la ONU para tratar de salvar la vida del niño y proteger a los demás inocentes que aparecen en la escena.

Trevor tenía corazón y alma, dos metralletas Heckler & Koch y una pistola, y se había parado a mi lado, señalando con enojo al cabecilla de los bandidos.

—Tú —espetó—, me ocuparé personalmente de cualquier daño que sufra cualquiera de estas bandas.

Puede que Trevor fuera un pésimo bombero, pero sospecho que era muy buen tirador.

Los bandidos estallaron en un aluvión de gestos de «pobrecito yo» y fuertes gemidos. El intérprete estaba a punto de traducir.

—¡NO traduzca lo que ha dicho! —dije—. Dígales… Dígales que a Trevor le preocupa que el edificio sufra daños si no subimos al escenario pronto, y que alguien podría salir herido.

El cuidado y mantenimiento del mobiliario en una zona de guerra era como tirarse un farol irónico, pero ganábamos tiempo.

—¿Qué carajo está pasando? —siseé.

—Estos cabrones amenazaron con romperles las piernas a los de las bandas de teloneros si no se les paga dinero de protección por usar el sistema de megafonía —dijo Trevor.

—Trev, una vez que hayamos hecho este concierto, no me importa lo que les pase a estos imbéciles.

El concierto fue inmenso, intenso y probablemente el espectáculo más grande del mundo en aquel momento tanto para el público como para nosotros. En realidad, no importaba que el mundo no se enterase de nada.

De vuelta en los cuarteles protegidos contra francotiradores, bebimos unas cervezas con el pequeño contingente de la ONU, formado principalmente por británicos, aunque también había unos pocos noruegos que hablaban con acento escocés. Imagínate.

Le pregunté a un joven oficial del regimiento de paracaidistas qué suponía estar bajo asedio.

—Un coñazo —dijo—. Francamente, me gustaría subir la colina y matar a esos cabrones. Son unos cobardes.

El expresidente de Estados Unidos Jimmy Carter llegó a la ciudad en cuestión de semanas para negociar el acuerdo de paz, por lo que nuestro amigo nunca logró su deseo.

Nosotros, por supuesto, todavía teníamos que salir de allí. Había dos helicópteros Sea King disponibles en la frontera de Croacia, pero uno había sido derribado el día anterior. Se dijo que el general sir Michael Rose iba a bordo y que se habían disparado cinco descargas de cartuchos de 7,62 mm contra los tanques de combustible y las palas del rotor principal, por lo que el incidente se describió como «probablemente un traficante de drogas al que le entró el pánico».

La historia real fue algo más seria. Veinte años más tarde, mientras hacía una sesión de simulación en un 747 por razones benéficas para Help for Heroes, conocí al ingeniero que había arreglado el helicóptero derribado.

—¡No! —Se rio—. ¡Qué va! Los serbios lo atacaron con fuego antiaéreo del calibre 50 para intentar matarlo y extorsionar las conversaciones de paz.

El único helicóptero restante volaba hacia nosotros, al estilo de Apocalypse Now, con ametralladoras alimentadas por correa apuntando hacia los lados. Viajamos en Land Rover a través de tierra de nadie por el camino perimetral del aeropuerto. Tendríamos que pasar un puesto de control serbio dirigido por una devota de la escuela de protocolo de Rosa Klebb que era conocida localmente como «la perra del infierno».

En el camino, tumbado en una zanja, había un carro de combate soviético quemado. En uno de mis actos de bravuconería más estúpidos, detuve el Land Rover, salí en medio de tierra de nadie y tomé lo que ahora se llamaría un selfie.

—Juego limpio —comentó el conductor del ejército—. El último tipo que hizo eso recibió un disparo.

Llevábamos instrucciones de no mirar demasiado de cerca a la perra del infierno. De lejos parecía bastante atractiva, pero, de cerca, un denso maquillaje ocultaba cicatrices de las que te quedan cuando besas granadas de mano.

Según Trevor, ella ya no está en este mundo después de haber quedado hecha pedazos tras un ataque aéreo aliado. Estuvo implicada en el asesinato y la tortura de numerosas familias. Nos detuvimos a su lado en el puesto de control.

Pensé que no debía mirar la cara de la Gorgona; y, de inmediato, miré de cerca el daño.

Ella pareció desconcertada.

—¿De dónde vienen? —preguntó.

—Sarajevo.

—¿Por qué estaban allí?

—Dimos un concierto. Somos una banda de rock.

—Sarajevo es un lugar peligroso. No volváis nunca.

Nos devolvió los pasaportes y condujimos la corta distancia que nos separaba de la base, donde subimos a bordo del helicóptero. Al otro le estaban cambiando las palas del rotor en el campo contiguo.

Me sentaron delante y me dieron unos auriculares.

—Vuelas, ¿verdad? —preguntó uno de los pilotos.

Era el instructor y jefe de escuadrilla saliente, volando con el instructor y jefe de escuadrilla entrante. Dos instructores volando juntos. Esto podría ser interesante.

Nos elevamos y después de unos dos minutos dijo:

—¿Te gustaría ver qué pasa cuando estamos operativos?

Estaba seguro de que lo que a mí me gustara no iba a alterar nada.

—Hmm. Muy interesante —dije.

Un instructor recurrió al otro instructor.

—No hay cobardes en la armada.

El otro respondió:

—NO hay cobardes en la armada, señor, sí, señor. Bajando.

Durante los siguientes quince minutos permanecí muy callado mientras el Sea King era arrojado por valles y montañas, líneas eléctricas y árboles. La sombra de los rotores parecía cortar la hierba de las laderas de las montañas.

Por fin, el aeropuerto de Split apareció a la vista, con una hermosa puesta de sol. Hubo una fiesta con la armada esa noche, para celebrar el increíble vuelo de los pilotos derribados que habían salvado la vida del general y, probablemente, también el proceso de paz.

Al día siguiente, con casi la peor resaca del mundo, subimos a bordo de un Hercules C-130 de la RAF para el regreso de cuatro horas y media a Lyneham.

El tren de regreso a Londres fue surrealista. Lo que se podía llamar normal parecía un sueño, un barniz de certeza sobre un pozo infernal que burbujeaba a kilómetros de distancia de todos nosotros, como si lo supiéramos. Se acercaba la Navidad, y era un recordatorio conmovedor de que algunas personas pasarían la temporada festiva sin los excesos que las vallas publicitarias consideraban esenciales.

Cuando salí al andén de Paddington, a altas horas de la noche, decidí dar un paseo por el frío aire londinense. Traté de recopilar mis pensamientos de los cinco días anteriores. No pude. La primera imagen que me llamó la atención fue la absurda cantidad de semáforos. Me senté en un banco y los vi cambiar: rojo, verde, ámbar, y durante todo el tiempo, la gente medía su obediencia, negándose a cruzar con la luz roja o a conducir en ámbar. Los peatones esperaban la luz verde, a pesar de que el vehículo más cercano estuviera a metros de distancia. Me senté durante aproximadamente quince minutos viendo un espectáculo que ahora me parecía muy ridículo, luego recogí mi mochila y tomé el metro hacia el oeste de Londres. Encontré en una esquina un pub lleno de humo, saqué un boli y papel, y con mi pinta comencé a escribir algunas palabras.

Inertia era la canción sobre Bosnia del próximo álbum que haría; un álbum muy diferente, con una actitud muy diferente y un corte de pelo muy diferente.