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Alquimia
La película Chemical Wedding (La boda química) hizo su aparición de nuevo. Me reuní con los comerciales. Se desacreditaron por completo cuando llegó la hora de representar el argumento de la película.
Intentaban aprovechar todo lo relacionado con Iron Maiden, idea que no cuajó, por supuesto. Aunque más que eso, lo que realmente hizo que se me llevaran los demonios, guiados por la cabra de Mendes, fue cómo trataron a Lucy Cudden, nuestra protagonista. Lucy es una actriz con talento que trabajó extremadamente duro en la película. Los comerciales de Hollywood me mostraron orgullosos el cartel que utilizaban para el lanzamiento de la película. Mostraba una imagen retocada con Photoshop de una guerrera pechugona al estilo Juego de tronos, con una gran melena rizada.
—¿Quién es esa? No aparece en la película.
—Eh…, no.
—Entonces ¿por qué aparece en este cartel en lugar de la actriz principal?
—Bueno, o sea, las tetas, los senos… son mucho más prominentes. Y, bueno, eso es lo que vende.
Mientras me esforzaba por evitar golpear a ese idiota, la película estaba ya en proceso de montaje. Bushey, en el norte de Londres, era el lugar, y el equipo se lo tomó muy en serio. La película se estrenó coincidiendo con el aniversario de la muerte de Aleister Crowley, y el difunto Sr. Crowley fue interpretado con admirable compromiso por John Shrapnel, un actor de teatro con una voz grave.
Todo se redujo al máximo. Las tomas exteriores eran costosas y se plantearon las mínimas posibles. La mayor parte del rodaje se realizó en una escuela masónica abandonada, que servía a la vez para varias localizaciones de distintas series de televisión. La reconocí porque habíamos filmado un vídeo para el tema Abduction, de «Tyranny of Souls», aprovechando la sala de autopsias una noche.
Yo tuve dos o tres minutos en la película. De hecho, la mayoría del equipo acabó apareciendo en ella en un momento u otro. Interpreté al sospechoso propietario del piso del señor Crowley. Lo descubría muerto, por una sobredosis de heroína. Mis dos únicas palabras en la película eran: «Está muerto».
Toma cinco, entra en la habitación, arrodíllate junto al cuerpo, toma el pulso, busca la respiración…; en ese momento, el cadáver experimentó una notable recuperación y dijo:
—Diablos, termina de una vez o acabaré realmente muerto.
Aparte de mi intervención, el rodaje fue rápido. Simon Callow estuvo extraordinario. Su preparación fue perfecta, y cada toma era válida. Cuando pienso en la profesionalidad de los actores, Simon es una referencia.
Una vez acabado, tuvimos que montarlo y comercializarlo.
—¿Por qué no la presentamos al Festival de Cine de Cannes?
Se objetaron todos los motivos posibles, como la falta de habitaciones de hotel, vuelos terriblemente caros y, por supuesto, el hecho de que no estábamos invitados. Todo cierto. Por ahora, todo bien… ¿Y qué?
—Alquilemos un cine en Cannes, volemos en el avión de Iron Maiden con un grupo de periodistas y cámaras, y finjamos haber sido invitados.
¿Qué ocurrió exactamente? Un viaje de un día a Cannes, ver una película, ruedas de prensa, entrevistas en la alfombra como estrellas de cine y, luego, otro vuelo para dormir en casa. Sin hoteles, sin permiso, y todo resultó más barato que un vuelo comercial.
En vuelo comercial es como volví entre las giras del Ed Force One, intercaladas con programas de radio. Volé de Lourdes a Dublín, programé vuelos a Tel Aviv desde Heathrow y, para ser imparcial, fui a vivir a Yeda, en Arabia Saudita, para dar servicio al hach anual: la peregrinación a La Meca.
Para echarle más salsa, Astraeus también se convirtió en el operador nacional de Ghana, así que piloté el 757 en su viaje diario a la capital: Accra.
Ghana es un lugar fabuloso: amable, buena comida, pero al igual que muchos países africanos, siempre conlleva la obligación de tomar pequeñas precauciones. El gobierno no era precisamente propenso a pagar en plazo. Como respuesta, se envió el avión de Iron Maiden a Accra. Nadie se embarcaría. Eddie, en la cola, aterrorizó a los lugareños, que pensaron que el avión tenía mal fario. Para empeorar las cosas, los pasajeros también se negaron a embarcar en el avión de Virgin que había al lado, con el argumento de que el mal fario podría ser contagioso. El dinero apareció con mayor rapidez, y acordamos proporcionar en el futuro un avión decorado de una forma más modesta.
No teníamos exactamente el mismo problema en la base aérea militar de Brize Norton, donde teníamos un 757 destinado permanentemente a transportar tropas. Hice varios viajes a Acrotiri, Al Minhad y Thumrait. Uno en particular fue memorable. Volamos para recoger a las fuerzas aéreas del regimiento de Chipre. Habían estado «descomprimiéndose» durante algunos días después de un angustioso despliegue en Afganistán, donde habían perdido a varios miembros del personal en el cumplimiento del deber. El capellán insistió en visitar la cabina y darnos a todos un ejemplar de la Biblia de la Real Fuerza Aérea británica. Lo hojeé. Era exactamente el mismo pequeño volumen que llevó mi padrino en la Segunda Guerra Mundial.
Los pasajeros, como siempre ocurre con los militares, fueron excepcionales: silenciosos y humildes, pero siempre listos para el cachondeo en cualquier momento. Los llevaba de regreso a un mundo que posiblemente no comprendería por lo que habían pasado.
Nuestro destino no era el normal. No era la base de Brize Norton, sino la pequeña pista de la Real Fuerza Aérea situada en Wittering, cerca de Peterborough. En medio de un campo de hierba junto a la pista, habían construido una rampa para la Marina Real británica. Un cartel al lado de la estructura de madera decía: «La casa del Harrier».
Alineados junto a la pista estaban todos los niños, esposas y parejas del personal de a bordo, y probablemente también los seres queridos de los que no habíamos traído. Los niños sostenían pancartas caseras que decían: «Papi, tú serás siempre mi héroe». Apenas podía hacer rodar el avión por la pista. Julie, mi copiloto, miraba para otro lado, por la ventana lateral. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y también los míos. Ella trataba de ocultarlo, pero yo tenía que evitar chocar con cualquier cosa, y apenas podía ver a través de las lágrimas que inundaban mis ojos y que corrían por las mejillas. Frené, me recompuse y sequé mis lágrimas.
—Despejado a la izquierda, ¿despejado a la derecha? —pregunté.
Julie me miró y asintió. No dijimos nada, pero ambos sabíamos cómo nos sentíamos.