¿Para qué sirve este botón?
La cruzada del heavy metal
La cruzada del heavy
metal
No fue exactamente lo que esperaba. Había más equipo de lo que jamás había visto en una sala de ensayo: amplificadores Marshall, cuatro altavoces Marshall de doce pulgadas, la Gibson SG de Paul, el bajo Fender Precision de Chris y, por supuesto, la mayor cantidad de tambores que había visto en mi vida.
Si bien el equipo ciertamente no faltaba, la voluntad de hacer cualquier cosa sí que estaba curiosamente ausente. Tenía muchas ganas de empezar, pero en seguida nos largamos al pub. Así fortificados, comenzamos. Más o menos.
—¿Empezamos? —pregunté.
—¡Bah! Pillemos primero una buena cogorza.
Y así comenzó. Iban a ser dos años de locura, y aun así conseguimos algo de música decente, además de algunos conciertos variables, aunque en secreto nos gustaba mucho de esa manera.
Lo primero de todo era emborracharse, así que regresé al pub y tomé una tercera pinta. Cuando volví, los demás ya habían comenzado. Aunque había estado en una banda llamada Speed, no tuve ni idea de que había una droga con ese mismo nombre hasta un par de años después. Había una costra blanca en la punta de la nariz de Chris. Estaba inusualmente activo, teniendo en cuenta que era bastante lánguido en situación de control.
Paul, por otro lado, enrollaba con cuidado uno de los muchos porros usando resina triturada junto con tabaco extraído de un cigarrillo Marlboro. Esto, unido a una nueva máquina de eco, contribuía a crear agradables intervalos de comentarios superpuestos que duraron varios minutos.
Barry, o Thunderstick, como se hacía llamar a sí mismo, vestía un mono azul y no parecía ser la habitual persona dinámica que impulsaba la banda a golpe de batería. Descubrí que esto se debía a que se había tragado un puñado de tranquilizantes con la cerveza. Después de media hora más o menos, nos lanzamos a por un número: un guitarrista colocado, un bajo acelerado y un batería con el bajón de los tranquilizantes que perdía la conciencia periódicamente y amenazaba con caerse del taburete hacia atrás. Por suerte, había una pared detrás que impedía su caída y que lo despertaba de golpe, haciendo que golpease su equipo mucho más rápido, como para recuperar el tiempo perdido.
Canté un poco. «Tres pintas —pensé— no es suficiente».
En medio de esta rutina rápida, rápida, lenta y colocada, se abrió la puerta y entró un hombre que podría ser un vendedor ambulante o un conductor de minibús. Se quedó de pie mirando. Nunca me ha gustado que me observen durante los ensayos; ni siquiera personas que conozca, a decir verdad. Los ensayos son para poder desparramar y sentirte seguro para experimentar.
Entonces empezó a golpear el suelo con el pie y a asentir con la cabeza, frunciendo los labios como hacen las personas que saben absolutamente cero sobre música. Pensaría que era importante, pero era irritante.
Nos detuvimos, aunque no todos al mismo tiempo. A Thunderstick le llevó tiempo darse cuenta y poco a poco fue ahogando sus tambores, profundamente dormido.
—Hola, ¿puedo ayudar? —le dije.
—Ah, sí. Soy Glyn. Alistair me envió a escuchar. Ya sabes, para ver cómo va todo.
Tenía un fuerte acento sudafricano, y yo estaba en lo cierto: era conductor de minibús. El Alistair al que se refería era Alistair Primrose de Ramkup Management, el representante de Samson.
—Estamos acabando —anunció Paul.
Corto pero dulce, el primer ensayo terminó en el pub. Glyn llevaba pasta y pensamos que también podíamos convertir el dinero en comida y cerveza. Después de una hora más o menos volvimos a buscar a Thunderstick, y lo encontramos en el tejado, mirando al sol con los ojos cerrados. No estaba en condiciones de caminar, así que todos nos sentamos en el tejado mientras Chris y Paul fumaban más porros. Esperábamos a que nuestros respectivos estados químicos se estabilizaran para poder marcharnos a casa.
Sentí que la comunicación, como yo la entendía normalmente, resultaba muy ardua con personas que han perdido el juicio momentáneamente. Resulta bastante difícil cuando no tomas drogas. Decidí adaptarme. Para eso existe la evolución, razoné. Si la montaña no viene a mí, tendría entonces que averiguar de qué iba toda aquella diversión y subirme a bordo.
El segundo día de ensayo se avecinaba, y estaba seguro de que al final tocaríamos algo afinado que comenzara o terminara a tiempo. Y, querido lector, eso es exactamente lo que sucedió. Samson tenía un contrato discográfico y había producido un álbum de tres temas con Paul en la voz principal. El álbum estaba listo para ser lanzado pero, al añadir un cuarto miembro, a quien no se le podía asignar ninguna función útil en el disco, surgió un pequeño problema técnico.
El sello discográfico era independiente, Laser Records, y el álbum se llamaba «Survivors», cuya portada mal pintada como un dibujo infantil presentaba al grupo de pie sobre un montículo de estrellas de rock muertas. En los créditos había instrucciones para «tocar fuerte con borrachera», y ciertamente fue un consejo que seguimos durante el siguiente par de años.
Es seguro decir que casi todos los percances, catástrofes y desastres legales que podrían ocurrirle a una banda nos sucedieron en los siguientes dos años. Fuimos demandados, procesados, arrestados, fugados por diversos delitos y completamente incomprendidos por todos, menos por nuestras propias madres.
La directiva estaba formada por contables o secretarios de empresa, y todas sus habilidades se limitaban a contratar contables y personal financiero. Tenían oficinas en el último piso de un edificio de Blackfriars, vestían trajes y se pasaban borrachos la mitad del día como parte de su trabajo. Habían obtenido dinero de un patrocinador misterioso, y así financiaron su incursión en la música. El otro grupo que gestionaban era UK Subs, una banda punk hardcore liderada por el incombustible Charlie Harper.
Recibí un cheque de treinta libras por semana; de hecho era un adelanto, no era realmente más que un préstamo. Debieron pensar que sería divertido extender mi primer cheque a nombre de «Bruce Bruce», ya que una noche de borrachera se había liado tratando de recordar la escena de los Bruces de los Monty Python.
A mí no me hizo mucha gracia porque no pude cobrar el cheque, y tenía que comer.
«Bruce Bruce» se convirtió así en mi nombre artístico, algo con lo que no estaba del todo contento. Pensaba que era bastante estúpido, la verdad. Aunque no era tan tonto como el nombre del movimiento en el que repentinamente había sido aceptado como miembro, y del que ignoraba su existencia.
La nueva ola del heavy metal británico surgió como movimiento musical durante un almuerzo en el que se bebió mucho y al que asistieron periodistas de la revista Sounds. Hartos de que los consideraran el hermano idiota del New Musical Express, decidieron contraatacar con una nueva ola propia. Era un título absurdo, acortado de manera igualmente incomprensible con las siglas en inglés, claro, NWOBHM. Las bandas implicadas se encontraron, de repente, que aparecían en una revista musical nacional, para su gran sorpresa en algunos casos.
La NWOBHM no era nada de eso. Era una «vieja ola» que los medios de comunicación habían ignorado a favor del punk, que, con sus vínculos de moda con Vivienne Westwood y la retórica de la falsa guerra de clases, era más aceptable para los periodistas que aspiraban a algo más allá de la mera música.
Las bandas que inspiraron esta nueva ola contaban con una sólida tradición y, en general, seguían siendo fuertes. Al leer críticas musicales contemporáneas, podría perdonarse el hecho de pensar que la música rock había dejado de existir en 1979. Nada más alejado de la realidad. Judas Priest, Motörhead, Scorpions y varios vástagos de Deep Purple llenaban teatros y estadios, pese a la atención que los medios prestaban a otros lugares.
De repente me convertí en miembro de la NWOBHM gracias a Samson. Alistair Primrose afirmaba haber inventado la gira que festejaba el movimiento.
—Querido muchacho —decía con su voz aguda de pastor rural—, vamos hacia una cruzada del heavy metal.
Dos de mis primeros espectáculos con Samson fueron cruzadas del heavy metal, y fueron reveladoras. En una universidad de Surrey medio vacía, me senté y vi tocar a Saxon. No los había visto o escuchado antes. Venían de Barnsley, no muy lejos de Worksop, y tenían un sonido tipo marcha motera, con connotaciones épicas de vikingos, cruzadas y, para terminar, un Boeing 747 cayendo en picado.
Biff Byford, el cantante, sacó un gran cuchillo en el escenario y lo blandió triunfante durante una canción. Observé con gran interés cómo trataba de arrojarlo al escenario de madera, donde debía incrustarse amenazante; aunque no lo conseguía. Rebotaba y traqueteaba por todo el suelo. Lo de inclinarse a cogerlo para intentarlo de nuevo no mejoraba la situación, y aunque finalmente terminó incrustado en la madera, el drama se había desvanecido.
Nota para uno mismo: cuando algo sale mal en el escenario, o bien lo ignoras y sigues adelante, o bien le sacas partido y creas tu propia narración dentro del espectáculo.
Samson casi siempre encabezó la cruzada del heavy metal, sobre todo porque nuestra agencia pagaba los espectáculos. Fue así como el mundo descubrió al alter ego de Barry, Thunderstick. La clave de la personalidad de Thunderstick no era solo la adoración que sentía Barry por Kiss, sino también por bandas como Residents y Devo, extraña pareja en lo que respecta a la imagen. Recorrer la casa de Barry era como estar en un grupo de encuentro surrealista de Kiss en los suburbios. La primera constatación fue que los módulos de contrachapado que servían de asiento contenían antiguos altavoces de guitarra de doce pulgadas, y todos estaban conectados a amplificadores de tamaño industrial que, a su vez, estaban conectados al tocadiscos (en el que, por supuesto, figuraba Kiss). Mientras los cojines levantaban tu trasero, su perro alsaciano entraba corriendo en la habitación y daba vueltas como un loco mordiéndose el rabo. Cuando las paredes de la casa adosada comenzaban a derrumbarse bajo el intenso ataque, la esposa de Barry traía té y galletas, aparentemente ajena a la guerra de trincheras que se desarrollaba debajo de los muebles. Visitar a Barry en su casa era un evento sísmico.
La intención de Samson era parecida y, para lograrlo, intentamos hacer explotar cosas e incendiarlo todo. Thunderstick trató de aplicar en los clubes el mismo efecto que ejercía su impactante salón de inspiración Kiss. El carácter de Thunderstick era completamente distinto al de la banda, y de ahí surgió el problema. El cantante de The Tubes, Fee Waybill, formó parte de un grupo de arte dramático que tocaba música rock. A Barry le habría encantado hacer lo mismo con Samson, pero era al único que le interesaba.
Paul, en particular, nunca se involucró en esto de ninguna manera, y creo que el público lo vio más como un truco publicitario que como un empeño artístico. El destripador de Yorkshire tampoco ayudó mucho; por aquel entonces, las máscaras sado de cuero negro no gustaban mucho.
Otro concierto de la cruzada del heavy metal se celebró en el Music Machine de Camden. Samson tenía un poco de suerte en el sudoeste de Londres pero, lejos de casa, a pesar de que un Thunderstick enmascarado adornaba varias portadas de revistas, el público era, por no decir más, un poco escaso.
Aun así, nos dispusimos a provocar un incendio en el lugar, algo que estuvimos a punto de hacer literalmente. En Music Machine me presentaron a nuestro pirómano jefe, Scotty. Como sugiere su nombre, no era inglés, y se encargaba del transporte y montaje del equipo, además de hacer estallar cosas. Puso cargas de mortero, prendió cañones de confeti y pegó bombas incendiarias a pedazos de mampostería, que por suerte eran incombustibles.
Al principio, nuestros conciertos fueron pocos y distanciados. En 1979, después de algunas actuaciones de la gira de la cruzada del heavy metal, solo un concierto nos separaba de la dominación mundial. El álbum «Survivors» se lanzó a la venta en otoño, pero no hubo gira. Teníamos un agente, al que llamé para decirle que era un inútil. Volví a ser delegado de espectáculos, con un teléfono y una lista de promotores, aunque al menos tenía un single, Mr. Rock ’n’ Roll, y una partida de camisetas baratas para enviar como artículos promocionales. Me dediqué a llamar y a vender la moto.
—Oh, sí, y un GRAN espectáculo de luces, y pirotecnia. Portada de…
Bla, bla, bla.
Me llevó tres semanas de duro trabajo, pero conseguí una gira de veinte días por el Reino Unido. Llamé a nuestro agente y le dije que era un vago de mierda. Él mismo se despidió.
La vida da muchas vueltas. La siguiente ficha de dominó en caer fue una actuación lamentablemente corta, tan solo veinte minutos, como teloneros de Ian Gillan, con el clon psicodélico de Jimi Hendrix, Randy California, como invitado especial. Gillan había vuelto a sus raíces metal después de unos años de rock jazz, y el efecto fue transformador. El bajista de Ian, el gigantesco John McCoy, también había tocado y producido el álbum «Survivors».
Esta fue la primera vez que pisé un gran escenario, con una verdadera multitud que realmente quería que estuviéramos allí. Además, pude ver a mi héroe de la infancia tocando todas las noches.
No fue exactamente lo que esperaba; aunque he de decir que tampoco sabía qué esperar. Ian tenía problemas vocales; algo evidente para mí y para muchos otros. Su registro superior había sufrido algún cambio, y se había reducido el grito con un vibrato de la profundidad del Gran Cañón. Un tono áspero y ronco había reemplazado a la pureza de la voz, y algunas noches apenas podía soportar mirarlo. Lo que encontré increíble, sin embargo, fue su confianza en sí mismo, que se resumía mejor en «míralos a los ojos y lo sabrás».
Al final del espectáculo, seguía con la guitarra para tocar una versión de Lucille. La rasgueaba y, a decir verdad, parecía muy incómodo. Los vocalistas principales rara vez se sienten cómodos con una guitarra, sobre todo cuando la levantan hasta el nivel del pezón. De repente, Lucille dejaba de sonar, e Ian soltaba un extraño encantamiento de blues a capela, maravillosamente a tiempo y afinado, pero incomprensible.
Todas las noches me quedaba en la mesa de sonido tratando de distinguir lo que cantaba.
—No puedo escuchar la guitarra —decía.
—No está encendida.
«Vaya», pensé por un momento.
—¿Qué dice al final?
—Ni puta idea. Está enojado y no dice más que chorradas al azar.
No solo estaba de pie allí prácticamente sin voz mientras rasgueaba al azar una guitarra eléctrica colgada a la altura del sobaco, sino que se enfrentaba a tres mil personas con cada sílaba aferrada a una variedad de borrachos de Glasgow: «Who far gits on the soul. Phara wooorgh… gits inda backa macar… yeah!».
Ian me impresionaba no solo porque tuviera una de las mejores voces de rock de todos los tiempos, sino porque tenía coraje. Era el que lideraba el espectáculo y un miembro más de la troupe. No brincaba de un lado a otro; hablaba entre canciones con un humor tranquilo, o una advertencia, si era necesario; esto se resume mejor en una de sus letras: «He’s got style. Got a reputation, no one dares to question». (Tiene estilo. Una reputación, y nadie se atreve a preguntar).
Excepto yo. Lo abordé en la puerta después de un espectáculo, mientras se cargaba el equipo. Llevaba una botella de whisky Bell en una mano y un cigarrillo Rothmans en la otra.
—Hola —comencé—. ¿Cómo se te queda la voz después de estos conciertos largos? ¿Estás bien?
Me miró, luego a la botella y a su cigarrillo, y otra vez a mí.
—Úlceras. Tengo algunas úlceras —dijo, echando un vistazo al whisky Bell—. Esto lo soluciona.
Dio media vuelta y se alejó. Me sentí emocionado de que incluso se hubiera molestado en responder, pero estaba verdaderamente preocupado por él. La voz es un instrumento precioso, un instrumento emocional. No hay nada entre el cantante y el público. No hay una guitarra tras la que esconderse, ni una pila gigante de teclados, ni un montón de tambores. No hay nada ni nadie a quien culpar excepto a uno mismo, y el público te asesinará y bailará sobre tu tumba en un abrir y cerrar de ojos si les dejas.
«Survivors» se publicó y, aunque no era brillante, no estaba mal. En cambio, la gira y la prensa fueron fantásticas. Salimos en las portadas de revistas musicales nacionales, aunque, por supuesto, todo gracias a Thunderstick. Aparecí en los créditos del álbum como coros y guitarra. Un verdadero disparate. Yo no tenía nada que ver con eso y las canciones no estaban escritas para mi tesitura. Mi voz apenas se calentaba cantándolas.
Nos dispusimos a grabar un nuevo álbum con la perspectiva de un sello nuevo, Gem Records, distribuido por RCA y con algo de financiación real. Aunque parezca mentira, no había estado en un estudio de grabación desde Dracula.
Nos instalamos en los estudios de Greenwich para escribir, pero esta vez podíamos mirar el río a través de la ventana panorámica sin un conductor de minibús que nos molestara. Al final, el tiempo que pasé en la biblioteca de la escuela King Edward VII arrancando páginas de leyendas nórdicas de los libros sirvió para algo, y así nació Hammerhead. «If I Had a Hammer» ya se había utilizado antes como título, y no era precisamente afrocaribeño. En el álbum hubo tal profusión de influencias variopintas que es increíble que hubiéramos escrito algo coherente; sin embargo, funciona en realidad como una especie de pieza de época.
Sin orden ni concierto, mezclamos Rainbow, Journey, Devo, Kiss, Deep Purple y la época de Peter Green en Fleetwood Mac más ZZ Top en una licuadora. «Añade entrañas de tigre a los ingredientes de nuestro caldero». Fuera lo que fuera lo que Shakespeare se fumó, nosotros fumamos muchísimos más durante ese álbum.
Grité y chillé, armonicé y canturreé. Thunderstick rompió botellas de leche y lo grabamos. Paul grabó una pista, la dobló y la repitió por todas las canciones. John McCoy, nuestro productor, observaba, luciendo una coleta y fumando un porro del tamaño de un cohete.
—Sí, hombre —decía—. Es una locura de cojones.
De hecho, lo era. Las paredes del estudio de Ian Gillan, Kingsway Studios, en Holborn, donde grabamos el álbum, estaban cubiertas con discos de oro, plata y platino. Nunca había visto uno de esos y miraba los surcos con los ojos muy abiertos, esperando que me revelaran sus secretos e historias. Deep Purple estaba allí, por supuesto, pero también estaba el disco para la banda sonora original de Jesucristo Superstar. Era para dejar boquiabierto a un joven de veintiún años. Rápidamente desvié la mirada, no fuera que mis compañeros de banda pensaran que era poco guay por mostrar demasiado interés y entusiasmo.
Terminamos el álbum y lo reprodujimos varias veces, convencidos de nuestro propio genio. Se llamó «Head On», un nombre ideado por el sello discográfico. La portada mostraba a un verdugo enmascarado blandiendo un hacha, que formaba un juego de palabras visual bastante flojo con el título.
Todos habíamos estado bebiendo en el Newman Arms, el pub que había sobre el estudio, antes de regresar, varias cervezas más tarde, para autofelicitarnos una última vez. Nos recostamos en los sofás desgastados y alineados en la parte posterior de la sala de control. El ingeniero de grabación estaba celebrando la mezcla rociando un brebaje bastante aromático en nuestros habituales canutos híbridos de tabaco Marlboro Man. En ese momento, Ian Gillan, con el pelo hasta la cintura, entraba en el aparcamiento subterráneo en su Rolls-Royce antiguo; el dios del rock en todo el sentido de la palabra.
El ingeniero le ofreció un canuto. Ian lo rechazó con un gesto de la mano mientras se sentaba y apoyaba la barbilla en la mesa de mezclas.
—No, amigo. Me quedo con mi pitillo. —Miró alrededor de la estancia.
—Bueno, escuchemos —dijo.
Me escuché a mí mismo, con veintiún años, calcar la mayor parte de la fraseología de Ian con la vana esperanza de hacerle la pelota a su voz. Me pasaron un porro y le di unas cuantas caladas. Estaba nervioso, viendo a mi héroe escuchar mi versión de sí mismo. Agitó su mano y McCoy pausó la reproducción.
—¿Quién es el cantante? —preguntó Gillan.
Obviamente no recordaba al advenedizo que había tenido la temeridad de cuestionar su destreza vocal en el Carlisle Market Hall unos meses antes. Levanté la mano débilmente.
—Esto… yo —le dije.
—Una voz genial. Buenos gritos —dijo sin darle más importancia.
Me di cuenta en ese momento de que me habían entrado unas ganas imperiosas de vomitar. No fue por algo que dijo; era lo que había fumado junto con las cuatro pintas del Newman Arms. Todavía no estoy seguro de qué tipo de hierba era, pero puedo decir que no me sentaba bien. Abrí la boca para responder y me las arreglé para poder decir que me tenía que ir. Casi salí corriendo de la sala de control directo al baño. Incliné la cabeza sobre la taza del retrete y, con la banda sonora del nuevo álbum de Samson resonando en el pasillo, me pasé un buen rato vomitando.
Tenía ganas de vomitar, estaba mareado y débil, arrodillado sobre el frío suelo de linóleo, gimiendo y jadeando sobre el retrete. Escuché voces que avanzaban hacia mí desde el estudio.
—Está aquí dentro, ¿no?
La puerta se abrió de un puntapié y un par de manos fuertes me arrastraron hacia atrás. Ian Gillan me limpió la boca de vómito, me metió en un taxi y me mandó a casa. Esa no fue mi mejor hora, como me recordaba cada vez que nos encontrábamos durante los siguientes veinte años: «Hola, amigo. No vas a vomitar sobre mí otra vez hoy, ¿verdad?». Cómo no conocer a tu creador.
En aquel momento había trasladado mi residencia al otro lado de la isla de los Perros, donde pagaba la principesca suma de diez libras por semana para quedarme en lo que, básicamente, era una pensión de mala muerte para estudiantes graduados. No tenía ningún sitio formal para dormir, como una cama, pero después de fumarme la última cachimba, me envolvía en sábanas y dormía en el suelo junto a la estufa de gas sin protección. Las ventanas estaban selladas con láminas de polietileno, y el único baño tenía espectaculares crecimientos de moho suspendidos del techo, que al menos te ofrecían algo que mirar mientras te dabas un baño. La dirección era Roffey House y era la única propiedad del edificio que no estaba tapiada, aunque el balcón del cuarto piso todavía apestaba a orina y mierda de perro.
Fue un alivio salir de gira, sin que importara el lugar, la verdad. Íbamos en ascenso, y la gira contratada por nosotros mismos, más Ian Gillan, finalmente habían atraído a un agente medio decente.