¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 28 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

Masacrando hijas

 

El álbum y la gira de «Seventh Son» nos llevaron de lleno a encabezar conciertos en grandes estadios y festivales. Para cuando terminó la gira, había adquirido un guardarropa de pantalones extraordinariamente extravagantes, camisas horripilantes y varias máscaras, entre ellas, un modelo bastante llamativo de la cabra de Mendes, con astas de sesenta centímetros de largo.

Para mantenernos cuerdos durante la gira, yo tenía la esgrima, Adrian tenía la pesca y Steve contaba con su propio equipo de fútbol, al que se traía con frecuencia para jugar partidos. La mayoría de nosotros participábamos en ellos, y algunos de los partidos fueron realmente memorables, especialmente para alguien como yo, que era zurdo; y, por si acaso, Dios me había dotado con otro pie izquierdo de repuesto. Adrian era un jugador bastante hábil y con algo de estilo; era engañosamente complicado. En muchos aspectos, su ritmo se parecía mucho a su forma de tocar la guitarra. Steve, por supuesto, era el delantero principal, no por derecho, sino porque todos conveníamos en que era el más capacitado.

Yo me divertía en el mediocampo. Me gustaba marcar de cerca y ver la frustración que sentían los oponentes cuando se desbarataban sus pases o sus delanteros se quedaban sin balón. Era un estilo táctico y, en realidad, era como jugar de ala al rugby, mi posición más eficaz cuando jugaba entre los once y los dieciséis años. Después de eso, o yo me fui haciendo más pequeño, o los demás crecieron mucho más.

El Iron Maiden FC se estrenó con un partido internacional entre Canadá y Grecia, y tuve que marcar al cantante de una banda llamada Glass Tiger que se defendía bastante bien. Por desgracia para él, el terreno de juego estaba en mal estado, y después de perseguirlo durante cuarenta y cinco minutos, se torció el tobillo y se lo llevaron en camilla. Nunca lo toqué, árbitro; de verdad.

Como equipo de fútbol jugamos en el Estadio Olímpico de Montreal, lo cual fue alucinante; al final jugamos contra el equipo estonio Flora Tallinn, en 2000, y hasta el periódico The Times habló de nosotros cuando Mart Poom, el portero estonio del Derby County que jugaba como invitado, tuvo que ser hospitalizado.

La cita del periódico solo decía que había sido retirado en camilla con lesiones desconocidas en los testículos; eso era todo lo que se necesitaba saber sobre el partido.

Trabajábamos duro y jugábamos duro. Yo me escabullía para entrenar con el equipo canadiense de esgrima, o incluso con el equipo japonés, me daba igual. Durante una gira, los pequeños mundos ocultos son los que te mantienen en la buena senda. Había visto demasiadas bajas en el camino, y me di cuenta de que, como pensé en el pasillo de aquel hotel durante la gira de «The Number of the Beast», el negocio de la música puede volverte loco si tú lo permites.

Volver a casa después de una gira es como regresar a la sociedad después de pasar una temporada en prisión, o de ser un misionero, o de vivir como un ermitaño, y que la cantidad de adrenalina te altere la mente todos los días. Es algo extraño.

Me volví a mudar al oeste de Londres desde Buckinghamshire y, en seguida, me compré una réplica teledirigida de un submarino alemán de un metro de largo. Todavía lo tengo, y por poco me acabo comprando un submarino real.

La razón por la que una organización benéfica para niños querría comprar un submarino diésel-eléctrico de la Armada Real era algo que no podía entender. Sin embargo, lo compraron y, de acuerdo con el Daily Mail, ahora querían deshacerse de él.

Se me ocurrió un plan para emprender un negocio de cruceros submarinos por el Atlántico para entusiastas. Cuando me pusieron la camisa de fuerza y me metieron en una celda acolchada, finalmente cedí y acepté que tal vez no hubiera un gran mercado para una experiencia tan práctica.

Después de calmarme, me senté junto al río Támesis y me bebí unas cervezas viendo pasar a los patos y los cisnes. Aquí es donde Janick Gers y yo comenzamos a meternos en dobles problemas.

Conocí a Janick cuando él estaba en una banda llamada White Spirit, contemporáneos de Samson. Ambos éramos fanáticos de Ian Gillan, y era evidente que el señor Blackmore había influido mucho en el estilo de Janick, en particular en las espectaculares sentadillas que sacudían sus rodillas y que interrumpían su payasa danza. Imagina a un derviche giratorio con una guitarra que, de repente, se detiene sobre una placa al rojo vivo; podrás hacerte una idea de cómo toca Geordie la guitarra.

Por supuesto, mantuvimos el contacto, y nos topamos de vez en cuando a medida que aumentaba el éxito de Iron Maiden y Janick iba pasando por una serie de bandas. Mientras nos sentábamos a tomar una cerveza, él parecía resignado, y algo deprimido, sobre el estado de la industria musical, que, según él, se interesaba más por el corte de pelo de cada uno que por la capacidad para tocar la guitarra.

Janick estaba vendiendo su equipo: sus viejas Stratocaster, las cajas Marshall y los amplificadores antiguos. Estaba haciendo un curso de sociología y pensando en enseñar o, bueno, cualquier otra cosa que no fuera la música. Admiré su sinceridad, pero era demasiado bueno como para desperdiciarlo dejando que enseñara sociología.

Tracé un plan en mi pequeño cerebro. Tenía una oferta extraña que podría solucionar su problema.

Ralph Simon, de Zomba Music, como recordaréis, era nuestro barbudo y afable editor musical sudafricano. En una ocasión en la que se encontraba temporalmente sin hogar, estuvo durmiendo en un colchón en una sala vacía de Battery Studios. Una noche, Ralph saltó a la acción tratando de agarrar a quien se suponía que era un ladrón.

—¡AJÁ! ¡Te atrapé! —gritó mientras entraba en la sala.

—Hola, Ralph —respondí.

—¿Quién es? —me preguntó mi novia, bastante más explícitamente, cubriéndose varias zonas que yo ya no estaba cubriendo.

Ralph pensó que todo aquello era muy rockero, y empezó a llamarme «Señor Libido» en las conversaciones educadas, lo que podría sonar bastante espeluznante proviniendo de un abogado de mediana edad con acento afrikáans.

Ralph también era una especie de sabio cuando se trataba de música. Después del éxito de Run to the Hills, me llevó aparte y me dijo:

—¿Sabes? Tú tienes esa octava aguda que hace que los estadounidenses se vuelvan locos de remate.

—¿En serio? —repliqué.

—Sí, Absolutamente. Mutt Lange también la tiene.

Esta nueva percepción me mantuvo confuso durante los siguientes años, hasta que un día Ralph llegó a la oficina de administración. Esta vez, yo llevaba puesta la ropa.

—¿Te gustaría hacer la banda sonora de una película? —preguntó.

Después de haber terminado la gira de «Seventh Son», tenía tiempo para hacer una banda sonora. Excepto que, en realidad, no se trataba de la banda sonora de una película, sino de una canción para Pesadilla en Elm Street, la número cinco, creo, de la franquicia.

—Solo contamos con un presupuesto pequeño.

—¿Cómo de pequeño? —le pregunté.

«Pequeño» era lo suficientemente grande. Llamé a Janick.

—No vendas el equipo. Tienes que escribir una canción conmigo, y si aún quieres venderlo, yo te lo compraré y podrás usarlo cuando quieras.

Nunca había visto una película de Freddy Krueger, así que le pregunté a alguien en el bar de qué iba Pesadilla en Elm Street.

—Chicas adolescentes que se van a dormir, y un tipo viejo y aterrador las ataca, aunque solo las atrapa mientras duermen.

En fin, una historia de amor.

Querían que la canción estuviera lista casi para ayer, así que tenía que encontrar con rapidez una melodía. Si surgen dudas, solo hay que pedir prestada una guitarra y tocar lo primero que suene bien. Yo tengo una teoría, totalmente no probada, de que cada guitarra tiene una melodía, y esta, en particular, nos ofreció Bring Your Daughter to the Slaughter (Trae a tu hija al matadero).

Solo era el estribillo, el resto de la canción era una especie de imitación de AC/DC, al estilo de Bon Scott, con una sección irónica de monjes locos cantando por encima del tañido de campanas.

Produjimos la canción en Battery Studios en un par de días. Nos dio la risa tonta y bebimos cerveza para celebrarlo; en líneas generales pudimos hacer música de forma relajada, lejos de la atmósfera más intensa que impregnaba el campamento de Maiden.

Llegamos demasiado tarde para incluir la canción en la película, pero no demasiado tarde para los de CBS Records, que, al escucharla, dieron palmas con las orejas. Querían hacer un trato solo conmigo.

Ralph me llamó por teléfono.

—¿Hay más material como ese?

—¡Oh, sí! Cantidad —mentí.

Dos semanas después, decía la verdad.

La casa de Janick en Hounslow estaba justo debajo de la ruta de vuelo del aeropuerto de Heathrow. No me refiero a un poco por debajo, sino a que las ruedas casi rozaban su tejado, mientras chillaban por encima de la cabeza. Eso significaba que los vecinos de al lado no se quejaban del extraño grito que emanaba de las ventanas del salón mientras escribíamos el álbum.

Teníamos que ponernos manos a la obra, así que hice una lista de canciones básicas de rock. Ya teníamos una del tipo AC/DC, necesitábamos una balada, un himno, un ritmo al estilo Rolling Stones, algo de bailoteo… y quizás también una cubierta.

Por suerte, poco tiempo antes había actuado en un espectáculo para la entidad benéfica The Prince’s Trust en Wembley. Me asignaron la canción de Bowie All the Young Dudes, que fue por supuesto un tema fundamental para Mott the Hoople. Más que a nadie me sorprendió el que a mi voz le pareciera una opción natural, aunque, para ser justos, no creo que mejoráramos el original.

En otra ocasión, mientras tomaba una cerveza una noche, me fui a orinar, y allí en la pared estaban aquellas líneas de pensamiento tan elevado: «No muff too tuff, we dive at five» (no hay chocho demasiado feo, no veo el momento de zambullirme). Un par de cervezas más, junto con más estupideces sobre la legendaria serie infantil de televisión Captain Pugwash, y nació Dive! Dive! Dive! o, mejor dicho, se sumergió. Al menos tenía un submarino de un metro de largo que podía sacar en el vídeo.

El single Tattooed Millionaire surgió de manera inesperada después de hablar sobre Graham Bonnet, el antiguo cantante de Rainbow que tenía una extraordinaria voz aguda y áspera. Entonces, Janick tocó la que para mí es la mejor canción del disco.

La televisión estaba encendida de fondo, con el sonido apagado, y Jan tocó los acordes iniciales de lo que se convirtió en Born in’ 58. Pregunté qué era.

—Algo a lo que andaba dando vueltas.

La parte instrumental estaba prácticamente terminada; yo tan solo añadí la voz por encima.

EMI Records nos había concedido a cada uno de los miembros de Maiden una opción única para grabar un álbum en solitario. Había llegado el momento de ejercer esa opción.

¿Quién sino alguien de la fama de Storm Thorgerson, del grupo creativo Hipgnosis, y creador de las cubiertas de Pink Floyd, podría encargarse del vídeo Tattooed Millionaire? Me puse en contacto con Storm a través de un nuevo representante de Sanctuary, la agencia de representación de Maiden.

La premisa básica del vídeo no era precisamente un submarino amarillo, sino más bien un submarino subterráneo que subía el periscopio hacia los escabrosos estilos de vida de los ricos e infames. Me quedé enamorado de la sala de control del submarino y quise instalarlo en mi ático, con periscopio y todo, pero los hombres con batas blancas me explicaron que todo pertenecía a una casa de utilería. ¡Qué decepción!

Observé a Storm directamente, y me dio por pensar maliciosamente que se estaba divirtiendo de lo lindo grabando todos estos vídeos.

—Te lo estás inventando, ¿verdad? —le susurré un día.

—No te vayas de la lengua, chico —me susurró.