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El primer vuelo del Bruce Goose
El primer vuelo del Bruce
Goose
Al unirme de nuevo a Iron Maiden, cualquier oportunidad de trabajar en una línea aérea se desvaneció rápidamente. Sin embargo, el regreso me traería una inesperada ganancia financiera; así que decidí comprarme un avión. ¿Qué sentido tenía poseer una cartera llena de licencias de piloto profesional en dos continentes si me quedaba clavado en el suelo?
Junto a la escuela de vuelo de Justice Aviation, en Santa Mónica, había un tipo llamado Ken Krueger que vendía aviones. Yo tenía en mente algo con dos motores y seis asientos, muy similar al avión con el que había volado en Europa durante mi instrucción de vuelo.
Sobre la plataforma de estacionamiento había una selección de los aviones que vendía Ken. Uno de ellos me llamó la atención. Era bastante grande y tenía un aspecto impresionante: un Cessna 421 Golden Eagle. Había oído que sus motores eran difíciles de manejar y su confiabilidad, cuestionable. Duke Morton, un antiguo piloto de Air America, que había pilotado el avión y que andaba por allí cerca, escuchó mis dudas.
—No le pasa nada a ese avión. He volado con él durante años y nunca se ha estrellado. Es una buena nave.
—¿Qué pasa con los motores?
—Los rumores no son más que tonterías. Solo hay que manejarlos correctamente.
El avión había pertenecido al abogado de Arnold Schwarzenegger. Lo vendía porque había comprado un turbopropulsor King Air. Fui a echar un vistazo. La aeronave tenía sistema de presurización y subía a treinta mil pies si tenías coraje y no te importaba sufrir una hemorragia nasal. Tenía asientos tipo club y un inodoro (bueno, un cubo) y podía llevar a seis personas en la parte posterior y dos delante.
Como con todo lo que respecta a la aviación, fue un proceso de aprendizaje. Averiguar cómo manejar el 421 y sus sistemas relativamente complejos fue la primera fase. Afortunadamente, tomé prestado a Joe Justice, el jefe de la escuela de vuelo, para que me tutelara durante mis primeros vuelos; luego me lancé por Estados Unidos hacia la gira de Iron Maiden.
Desde el punto de vista musical, y sin la menor intención de parecer displicente, el hecho de unirme de nuevo a Maiden fue como calzarme mi par favorito de botas de montaña. El hueco seguía allí, desgastado por el paso de los años. Lo que era diferente, sin embargo, era la chispa y la energía renovadas. La confianza adquirida como resultado de mi trabajo en solitario y el crecimiento de mi voz en el rango emocional acabaron por añadir más potencia de fuego.
Arranqué el avión, apodado Bruce Goose. El plan era volar directamente de California a Bangor (Maine) para recoger trajes de supervivencia y balsas salvavidas; a continuación, subir a Goose Bay, en Canadá; reabastecerme de combustible en Narsarsuaq (Groenlandia) y de allí a Islandia, para echar una cabezadita. El tipo de seguridad de Iron Maiden, Jim Silvia, iba a ser mi compañero de vuelo. Jim era todo un personaje, había sido detective en Nueva York y había trabajado para la DEA y el FBI. También era piloto privado y bastante aventurero.
Después de Islandia, volaríamos a la punta de Escocia en Wick, de ahí a Luton, y después a París-Le Bourget, a tiempo para el té y las medallas, y a seguir con la gira de Iron Maiden. El mantenimiento, como cabía esperar, se demoró y se extendió una semana.
—Necesita una prueba de vuelo —dijo el ingeniero.
—Bueno, volaré a Bangor, y si tengo que regresar, será que ha fallado.
El ingeniero se encogió de hombros.
—Por cierto, el piloto automático no funciona.
—¿Qué?
—Sí, lo siento. Las nuevas radios no son compatibles con él, y parece que ahora la unidad completa no funciona en absoluto.
—Bueno, vale, me lo llevo como está y lo arreglaré en Europa.
Bangor tenía seiscientos metros de visibilidad con niebla. El tiempo no invitaba a volar. Realicé la maniobra de aproximación, aterricé manualmente, recogí las balsas salvavidas y despegamos hacia Goose.
—Bueno, supongo que el nuevo kit de navegación funciona bien — comenté mientras superábamos la capa de nubes en un glorioso amanecer en el norte de Canadá.
Aproximadamente a las diez y media de la mañana, aterrizamos, repostamos el avión, rematamos la parada con un café y despegamos hacia Groenlandia.
Pilotar manualmente el avión a través del Atlántico parecía desalentador, pero en realidad la aeronave era muy estable y no resultaba pesado manejarla sin piloto automático durante los tramos largos.
Narsarsuaq es un campo de aviación muy conocido e histórico. En un extremo hay un glaciar rodeado de abruptas montañas. Durante la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría fue una base estadounidense muy importante, conocida como Bluie West 1, y muchos pilotos perdieron la vida en el terreno o se quedaron sin combustible buscando la pista bajo las nubes bajas o la niebla.
Tuve suerte, porque el cielo estaba azul y despejado. Subí a veintiún mil pies para el cruce, compensé el avión para que volara casi con las manos libres y me maravilló el milagro del GPS. Tenía a mi alcance una posición precisa, un mapa en movimiento, una velocidad exacta de avance y la hora estimada de llegada.
Los aviones de la Segunda Guerra Mundial iban despresurizados y con un frío helador. Dentro, un navegante encorvado sobre sus cartas de navegación daba su mejor estimación sobre dónde podrían estar y, por lo tanto, dónde podrían terminar horas más tarde.
El arte de la navegación inspiró la canción de Maiden Ghost of the Navigator del álbum «Brave New World».
Estábamos a medio camino de Groenlandia cuando Jim regresó a la cabina.
—¿Qué es esa luz roja? —preguntó.
La mayoría de los aviones tienen a la vista una luz de fuego, así como una fuerte campana de aviso para llamar la atención si no notas las ardientes brasas rojas asaltando tus globos oculares. Debido a que el Cessna fue diseñado con un estándar menos riguroso, la luz de fuego del motor no tenía una advertencia sonora, y el dueño anterior la había movido debajo del panel de instrumentos, junto al pie derecho del piloto.
—¡Mierda! ¿Cuánto tiempo lleva así? —me pregunté en voz alta.
Miré el motor izquierdo a través de la ventana. No había señales de fuego, pero eso no significaba que no lo hubiera debajo del carenado. El Cessna 421 tenía un historial de incendios de escape del turbocompresor y, en ciertas circunstancias, era posible que un incendio no controlado derritiera los tubos de alimentación de combustible situados detrás del cortafuegos del motor. Esto provocaría que el combustible ardiente se canalizara hacia el larguero, que mantenía las alas, y la visión de un ala cayendo de un avión en llamas no era una película agradable que se me pasara por la cabeza.
Revisé los indicadores, el flujo de combustible y la temperatura de los gases de escape, todo normal.
—Jim, ve a la parte posterior y observa lo que sale de la parte trasera del motor.
—Sale una gran cantidad de mierda negra —dijo Jim mirando por una de las ventanillas de pasajeros.
Apagué el motor.
La luz de encendido del motor se mantuvo de color rojo cereza cuando la hélice dejó de girar. La hélice estaba en posición de bandolera para reducir la resistencia de la corriente de aire. En el fondo de mi mente seguía pesando la posibilidad de que se tratara de una falsa alarma, sobre todo después de que el avión hubiera salido recientemente de las manos de los mecánicos.
Pero la luz seguía encendida, y solo tenía un extintor de incendios.
—No hay mejor momento que este para accionar la botella, Jim.
Reduje la velocidad de la aeronave para aumentar la efectividad del extintor y presioné el botón para librarnos del incendio.
La luz de fuego se apagó.
Ahora estaba realmente desconcertado. ¿Era posible que realmente se hubiera producido un incendio? Esperé a que se me cayera el ala. No fue así.
Con un solo motor, perdimos altura lentamente durante las siguientes dos horas, antes de estabilizarnos a siete mil pies. Lancé una llamada de socorro que fue recogida por un amable piloto de Aer Lingus que volaba por encima de nosotros y que transmitió a las autoridades. Nunca pude darle las gracias en persona, por lo que aprovecho esta pequeña dedicatoria para hacerlo.
La vasta extensión de océano se hizo de pronto realmente vasta. Jim señaló una flota de naves en la distancia.
—Barcos —observó Jim—. Siempre podríamos hacer un amaraje forzoso junto a un barco.
Media hora después, nos dimos cuenta de que los barcos eran, en realidad, icebergs.
El GPS nos guio hacia la pista y, con poco combustible, aterrizamos en Groenlandia. Justo cuando estaba a punto de aterrizar, noté que la luz de fuego del motor parpadeaba momentáneamente. Como medio sospechaba, probablemente se trataba de una falsa alarma.
Apagué motores en el tranquilo y soleado frío de Groenlandia a primera hora de la tarde y luego desconecté el motor izquierdo. Claramente, no había habido ningún incendio.
Por la mañana, las heladas y brillantes montañas teñidas de azul púrpura me saludaron mientras daba un paseo. La belleza estaba marcada por la tristeza del lugar. En las estribaciones quedaban los restos de un hospital psiquiátrico militar de Estados Unidos, tan solo los cimientos de las cabañas que formaron un complejo importante durante la guerra fría. Era un refugio para los soldados que habían sucumbido bajo el estrés del combate. Los mantenían ocultos a la vista de los demás, de un modo que ahora consideraríamos vergonzoso. Se los consideraba una amenaza para la moral nacional, por lo que estaban escondidos en Groenlandia. Escondida también se encontraba una enorme instalación para almacenar munición excavada en la montaña que discurría a lo largo de la pista de aterrizaje. El pequeño museo privado que había allí fue, desafortunadamente, cerrado.
Un sonriente ingeniero de Greenlandair resolvió, en parte, mis propios problemas.
—Jo, jo, jo… FUEGO. Jo, jo, jo… FUEGO.
Estuvo enredando bajo el carenado del motor, y la luz de fuego se encendió.
—Muy gracioso —me quejé—. ¿Qué ha sido?
—Un cable flojo. —Sonrió—. Ya no está suelto.
Mientras despegaba y dirigía el avión hacia París, pensé que aquella era la historia de mi vida. Todo este transporte, por supuesto, era para apoyar mi gira de regreso, una forma rápida de reintroducir a un servidor en una encantada legión de admiradores. El principal acontecimiento que estaba por llegar era el nuevo álbum; sugerí que podría llamarse «Brave New World», por la novela de Aldous Huxley. Steve tenía una casa en Faro (Portugal), y todos nos fuimos a villas y apartamentos vacacionales en una colonia turística para vivir juntos y escribir.
Faro es encantador en verano, pero en invierno es húmedo y triste. Janick y yo temblábamos por las noches bajo montones de abrigos.
El golf estaba en la agenda, principalmente porque era casi gratis, y también porque, aparte de beber en el desierto pub local, la vida fuera de la composición de canciones era desesperadamente aburrida.
Nicko es muy bueno jugando al golf. Nick Faldo recibió de él lecciones de batería con la esperanza de ganar la Ryder Cup (que perdió). Yo lo intenté en el cercano campo de práctica de tiros y en el green. Zurdo, diestro, este hierro, ese hierro: el golf no hace que se me acelere el pulso. Estoy con Mark Twain en este caso, es un buen paseo echado a perder. Lo intenté, sin embargo, y acepto que es un deporte muy desafiante y que requiere habilidad. Solía hacer de cadi para mi padre cuando jugaba en Sheffield. Las laderas casi verticales y los vientos con fuerza de vendaval, sin olvidar que no había nada de esas cursilerías eléctricas de ineficaz cochecito, convertían la tarea de cadi, al menos, en auténtico dolor y sufrimiento. Solo lo hice porque tenía poluciones nocturnas a cuenta de la dentuda camarera del club, hasta que un día me acerqué y me di cuenta de que realmente debería pasarse un cortacésped por los antebrazos.
Nicko era lo suficientemente bueno como para jugar en un terreno exaltado con gente exaltada. Martin Birch, por ejemplo, es, creo, un buen golfista. Ellos dos fueron protagonistas de un espeluznante suceso que quedó enterrado en el campo de golf de Wentworth. Nicko solía tener algún problema con el pantalón en algunos campos: el comité correspondiente siempre desaprobaba su decorativa elección para cubrirse las piernas. Por regla general, se podía tomar prestados unos pantalones para estas crisis. No estoy seguro de si, en esta ocasión, Nicko llevaba sus propios pantalones o los de otra persona, pero sus calzoncillos eran definitivamente los suyos.
Martin estaba preparando el golpe, lo que no quiere decir que fuera a atracar un banco. Preparar el golpe en golf es una forma indirecta de decir: «Estoy mirando esa dichosa bola y me pregunto cómo voy a golpear esa maldita cosa sin hacer el ridículo».
Martin levantó el palo para golpear la bola, momento en el que Nicko se ventoseó con tanta violencia que agitó los pantalones y provocó que el señor Birch enviara la pelota a la dirección equivocada.
En medio del verde sagrado de Wentworth, Nicko McBrain se había hecho caca encima.
—No me jodas, Mart. Creo que he acompañado el golpe.
—Entiérralo —sugirió Martin.
—Deja que te dé una lección, Goldfinger —le contestó como podría haberlo hecho Sean Connery—. Ya veo por qué llaman a su criado Oddjob.