¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 9 de 48

Páginas del PDF

¿Para qué sirve este botón?

Casi al descubierto

 

Estaba en Londres, con una agenda, un objetivo y ningún plan. Además, tenía dinero en el bolsillo procedente de una beca del gobierno. Mi primer problema fue sobrevivir el día de mi llegada. En seguida me citaron con el jefe del departamento de Historia, el profesor Leslie. En las manos sostenía un trozo de papel con las notas de mis exámenes de grado.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

—Ah, vale. Tuve un problemilla.

—¿Qué clase de problemilla?

—Pues, verá, me echaron del colegio y tuve que estudiar en casa.

—¿Por qué? ¿Por qué lo expulsaron?

—Pues… la bebida —sugerí.

Me apuntó con el dedo, y sus ojos eran como platos detrás de las enormes gafas que llevaba puestas. Tenía también un parecido alarmante con el señor Toad.

—Te he echado el ojo —dijo—. Mis espías te estarán observando. Un estudiante solo necesita una cama, una silla, un escritorio y luz adecuada.

—Muchas gracias —repliqué y, suspirando aliviado, me dirigí directamente al bar del sindicato de estudiantes, donde me aguardaba una fantástica pinta de Bass, mucho más barata que en un pub. Días felices.

Tenía un plan que ocultaba astutamente a mis padres, en realidad incluso a mí mismo. Estaban desconcertados con mi elección de estudiar Historia.

—¿Para qué sirve? —preguntaron.

—Es útil en el ejército —respondí. Aunque estaba pensando algo totalmente distinto.

Había urdido un plan para salir a toda costa de Sheffield y, si iba a ser cantante de rock, debía hacerlo en Londres; aunque todavía podía unirme al ejército si todo se venía abajo. Y aquí estaba, casi fuera nada más llegar. Bebí a sorbos mi pinta. «Prioridades» —pensé—. «Número uno, virginidad. Debes perderla y rápido».

Terminé con mis ambiciones militares de una vez por todas uniéndome al Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Universidad de Londres. No me extenderé en el tema. Descubrí la instrucción nocturna, que era aburrida en comparación con correr por el desolado paisaje de Otterburn, en el noreste de Inglaterra, con ametralladoras y trabajadores siderúrgicos. Era más bien una reunión de niñatos pijos apocados, preocupados por vestirse con uniformes mal ajustados y botas que nunca habían visto el barro.

Pronto me encontré con un montón de borrachos, una multitud muy variopinta, y descubrí que se hacían llamar estudiantes de medicina. Esto, pensé, era el comienzo del fin de la virginidad. Fue así como empecé una carrera lavando tazas de café a altas horas de la noche después de cerrar los bares, en la creencia errónea de que hacer cosas útiles podría hacer que una estudiante de odontología de diecinueve años se desmayara. Al final, ella se desmayó, pero no antes de que descubriera que ella también era virgen y, lo que es peor, que podía recitar palabra por palabra la farmacología del control de la natalidad. Esto eliminó el escalofrío de la lujuria pura, pero lo reemplazó con una fiabilidad reconfortante basada en una práctica clínica sólida. Y practicar, practicamos.

Resuelto uno de mis objetivos, emprendí la búsqueda del rock y el secreto del universo. Y solo era viernes por la tarde.

No hay que ser Sherlock Holmes para encontrar músicos, especialmente músicos de rock. Ya fuera soñando despiertos sin rumbo fijo o impulsados por una ambición ardiente, los delataban los estuches de guitarra, las baquetas o un ejemplar de Melody Maker abierto por los anuncios clasificados en la última página. Aunque ahora suene curioso y ligeramente ridículo, Melody Maker era la única revista seria que anunciaba trabajos para músicos, equipos en venta, estudios disponibles, furgonetas de alquiler y todo lo relacionado con el rock y el mundo de la música.

Era un periódico de gran formato, básicamente en blanco y negro. Los intrusos como la revista Sounds contenían encartes en color con calidad de periódico: grandes hojas de papel higiénico para tratar de robarle tiradas a Melody Maker.

Así fue como vi una Gibson SG que un tipo delgado y de pelo rizado llevaba fuera de la funda.

—Hola. Bonita guitarra. ¿En qué tipo de cosas estás metido? —le pregunté.

—Priest, Sabbath, Purple.

En cuestión de treinta segundos teníamos una banda. Se llamaba Martin Freshwater y conocía a un bajista llamado Adam. Después, nos topamos con el Jon Lord de Southend: Noddy White.

Noddy se parecía un poco al cantante de Slade Noddy Holder, de ahí el nombre, aunque nunca supe si había nacido con otro. Noddy enseñaba guitarra, tenía una guitarra de doble mástil con bajo y un órgano con un sonido menos impresionante de lo que aparentaba. Solo nos faltaba un batería.

Steve fue el único que no era estudiante, pero he olvidado por completo cómo lo encontramos. Vivía en Catford y tenía más baterías de las que había visto en mi vida.

Encontramos una habitación grande en las cocinas en desuso de la residencia, montamos un poco el tinglado e hicimos ruido. Las paredes revestidas de azulejos y los fregaderos de acero inoxidable creaban una reverberación metálica natural, por lo que teníamos la sensación de estar tocando dentro de una lata de galletas.

Le pedí a Noddy que me enseñara a tocar la guitarra y poco a poco fui retorciendo y agarrotando mis rechonchos dedos para colocarlos en las posiciones requeridas. Inmediatamente comencé a escribir, pero la primera emoción de la creación pronto se convirtió en frustración al carecer de la capacidad de crear forma y estructura.

Nunca olvidé la alegría inicial, la emoción de ese momento de inicio, de significado. Aunque solo significara algo para mí, y aunque finalmente se considerase una basura. Había pureza en el arte de la creación. Para entonces habíamos conseguido un pequeño repertorio, y todo el material era nuestro. En el fondo, estábamos preparados, o al menos eso pensábamos, para conseguir algunas actuaciones.

No obstante, necesitábamos un nombre.

Lo de los nombres es algo vejatorio. Sin que uno se dé cuenta, pueden definir y condenar a un grupo a la perdición o, lo que es peor, que las débiles alabanzas lo maldigan.

El nombre es como la cuerda floja sobre la que caminan las bandas. La música rock es un eterno funámbulo: demasiado pomposa, demasiado punk, demasiado seria, demasiado irrisoria, demasiado desafinada, demasiado técnica; nada de eso importa mientras estés en la cuerda floja. De hecho, es emocionante ver cómo te tambaleas.

Aunque es un infierno si te caes.

En 1977, el punk estaba en pleno desarrollo, y el Queen Mary College, así como los distritos de Mile End y East End, estaba justo en el medio. Los conciertos secretos de los Pistols, The Jam, Bethnal, una banda de punk con un violinista. ¿Qué importa el nombre?

Tocábamos demasiado rápido y, cuanto más nos emocionábamos, más rápido tocábamos.

—¿Speed? —sugirió Noddy.

—¿Speed? —le pregunté.

—Sí. Porque tocamos demasiado rápido.

Ninguno de nosotros, y me refiero a NINGUNO de nosotros, tenía ni idea de que ese término, speed, no solo significaba «velocidad», sino que era el nombre de una droga muy popular entre la gente que no había descubierto la cocaína, algo que, de todos modos, no podía permitirse. La cerveza era la única droga en la ciudad. En el bar de estudiantes, después de las cinco de la tarde, una pandilla de fanáticos de la música se agolpaba de pie junto a la máquina de discos y discutía ferozmente sobre las mismas cosas cada día. Se gritaban los unos a los otros y quedaban al final como amigos. Futuros líderes mundiales y fanáticos del fútbol, tomad nota.

El bar reunía todas las tonalidades de rojo, desde el rosa claro con tacones altos hasta el escarlata comunista, con hachas manchadas de sangre para enterrar en las cabezas de los asquerosos opresores capitalistas. Como inconformista declarado, me alcé y me opuse a algunas de las propuestas más tontas en los debates públicos. Valió la pena, aunque solo fuera para provocar a estos árbitros severos y engreídos de la opinión política estudiantil.

El representante del Partido Socialista de los Trabajadores siempre era cortés pero intenso: un guerrero de clase vestido con ropa de paño grueso de lana. Sosteníamos entretenidas discusiones antes de que se marchara para planear el siguiente apocalipsis, dejándome con la idea de que estaba en la lista.

—El Titanic —le recordé— también tenía una lista, y mira lo que sucedió allí.

Hubo, sin embargo, departamentos en el sindicato de estudiantes que realmente hicieron cosas, en lugar de quedarse en meras palabras. El de espectáculos parecía ser el lugar perfecto al que dirigirse. El delegado de espectáculos era elegido por los estudiantes, junto con su adjunto, y esencialmente se convirtió en un promotor de conciertos financiado por estudiantes y sindicatos.

Queen Mary tenía, y todavía tiene, una instalación extraordinaria: el Gran Salón. Construido en la década de 1930 como el People’s Palace (el palacio del pueblo), tenía uno de los escenarios de proscenio más grandes de Londres. Ahora se ha modificado como un espacio más polivalente, pero en 1977 todavía era un teatro con una galería abalconada con asientos y una platea grande, que se vaciaba de sillas para los conciertos.

Comencé como voluntario empujando cajas de un sitio a otro y cargando bártulos para varias bandas. Yo trabajé para Hawkwind en el montaje de su gira Atomhenge y, en la actualidad, alterno con su batería en mi pub local, que ahora es una de las principales autoridades del Reino Unido en reciclaje de residuos. En el mismo show estaban los reformados Pirates, menos el mismísimo Johnny Kidd, por supuesto, que había muerto en un accidente automovilístico algunos años antes. El guitarrista, tristemente ahora fallecido, se llamaba Mick Green, y cualquier guitarrista que se precie debería escucharlo.

Indistintamente, Manfred Mann’s Earth Band, Ian Dury and the Blockheads, Lone Star, Racing Cars y Supertramp se lucieron en el escenario del People’s Palace. La BBC aprovechó para grabar una serie de transmisiones de Sight and Sound in Concert, y todos los espectáculos estuvieron abiertos al público. Hice un poco de todo, desde ocuparme del acceso hasta trabajar entre bastidores, encargarme de la seguridad y cargar una gran cantidad de camiones.

Entre la agotada psicodelia de Hawkwind y el olor de las viejas cocinas sucias y las mohosas alfombras había una diferencia abismal, pero en nuestra pequeña lata de ensayo, Speed desarrolló un repertorio que era una mezcla interesante, aunque muy extraña. Si fuéramos un jardín de sonidos, habríamos sido un paisaje devastado de hojas muertas y ramitas a causa de un tornado, con un narciso ocasionalmente visible entre los pardos restos dejados por los vientos huracanados.

Mis dos riffs de guitarra, escritos por mí y muy primitivos, se llamaban FBI y Snoopy. Yo tenía un gran peluche del personaje de dibujos animados creado por Charles Schulz. En el espectáculo se abusaba tanto de Snoopy que era una característica destacada. Ojalá pudiera decir por qué.

Nuestro primer concierto fue en Green Man, en Plumstead, donde tocamos ante poca gente. Snoopy fue destripado y tocamos excesivamente rápido y muy desafinados.

La actuación causó sensación y el promotor nos contrató para actuar una vez al mes.

Para ir y venir de los conciertos, robábamos —bueno, tomábamos prestado— el minibús de la universidad. Tenía asientos y ventanas, por lo que teníamos que quitar los asientos y cargar el autobús a escondidas. Luego cruzábamos rápidamente las verjas con él, antes de que alguien se diera cuenta de que las ventanas estaban llenas de Fender, Marshall y un gran perro blanco con una nariz negra.

Cuando todo el equipo estaba dentro, no quedaba espacio para la gente, así que teníamos que viajar en tren. Después de la actuación, regresábamos a hurtadillas y reemplazábamos los asientos antes del amanecer.

Mi primer año en la universidad no fue tan malo. Vi muchas bandas y toqué en una. Aprendí a tocar mal la guitarra, escribí mis primeras canciones y di conciertos. Era hora de cambiar, ascender, introducirse; o, tal vez, debería decir descender y retirarse.