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Vida en Marte
Nunca he fumado tabaco, salvo algún que otro porro cuando tenía entre diecinueve y veintiún años, de lo cual hablaremos un poco más adelante. Digo esto porque, en realidad, es probable que me fumase un paquete diario solo por el mero hecho de estar cerca de mis padres. Dios mío, podrían haber fumado en otro lado. A mis dieciséis años intentaron introducirme en el asqueroso mundo de la hierba, pero eludir sus garras manchadas de amarillo fue mi mayor acto de rebelión.
La bebida era algo frecuente, y frecuentemente imprudente. Mi padre era un acérrimo detractor del cinturón de seguridad con el argumento de que podía estrangularte, y perdí la cuenta de las innumerables ocasiones en las que me llevó a casa conduciendo totalmente borracho.
Nada de lo que sucede en la infancia es en vano, salvo a veces los padres.
Por eso ahora nunca recomiendo beber ninguna bebida alcohólica si se va a conducir ni siquiera una copa. Por supuesto, la juventud y la indestructibilidad significan que soy culpable de hipocresía en primer grado, aunque por fortuna crecí un poco antes de matarme o, más importante aún, de matar a alguien inocente.
Pero hemos adelantado demasiado en nuestra máquina del tiempo. Ni siquiera existía el botón de grabar casetes cuando entré en mi colegio nuevo, en una zona supuestamente peligrosa de Sheffield: Manor Top.
En realidad, pensaba que estaba bien. Aprendí a expulsar puré de patatas, pescado y guisantes (era viernes, después de todo) a través de los labios fruncidos, formando una cortina ondulada con la que uno competía contra los compañeros de mesa para ver quién aguantaba más antes de que cayera de la boca.
Creo que Gary Larson debió de asistir también a esta escuela, porque las espeluznantes gafas con montura de carey del personal femenino les daban ese aspecto de guardia de campo de concentración propio de las películas del llamado cine de explotación sexual de la década de 1970. Aún mejores fueron los tipos Hannibal Lecter, que administraban los castigos físicos. Un mal uso del puré de patatas y guisantes era una ofensa punible, y la palma extendida de la mano recibía la descarga de una vara. Para ser sincero, ni siquiera recuerdo si eso dolía mucho. Tan solo parecía algo extraño, que quedaba atestiguado y solemnemente anotado en el libro de castigos. Me sentía como si fuera uno de los prisioneros de la isla del Diablo con su pijama de rayas.
No estuve mucho tiempo en la escuela porque nos mudamos. Mudarse de casa se convirtió en una constante durante toda mi vida, aunque mi familia se especializó en mudarse especialmente para ganar dinero. Mi nueva morada era un sótano que compartía con mi nueva hermana, Helena, que por aquel entonces era un ser sensible capaz de articular palabras.
Había una ventana del tamaño de un iPad, que se abría hacia un canalón lleno de hojas muertas. También, una nevera con una divertida avería eléctrica: la agarraba con un paño mojado y veía cuánta electricidad podía aguantar antes de que mis dientes empezasen a rechinar. El resto de la humanidad se encontraba escaleras arriba. Y ¡menuda humanidad! Vivía en un hotel. Una casa de huéspedes que llevaban mis padres. La compró mi padre. Vendía coches de segunda mano enfrente de ella.
De manera inesperada, se vendió la casa de al lado. De repente, el imperio contraatacó y construyó una extensión que unía las dos propiedades. Papá desplegó los planos que él mismo había dibujado y diseñado. Yo encontré un trozo de papel pintado e intenté diseñar una nave espacial con sistemas de soporte vital para viajar a Marte.
Aparecieron albañiles que parecían estar trabajando también para él. En cuanto a mí, obtuve un empleo útil, aunque mal pagado. No levanté edificios, pero me lo pasé de miedo derribándolos. Mi especialidad era demoler baños. Cuando más tarde ingresé en la universidad, jamás pude tomarme en serio el llamamiento a «acabar con el sistema»; sabía mucho más sobre desmantelar sistemas sanitarios de lo que ellos jamás sabrían. Era algo digno de admiración.
Poco después, el Lindrick —como se llamaba el hotel— contó con un bar construido según el propio diseño de papá. Hasta donde puedo contar, el Lindrick nunca cerraba realmente durante los fines de semana, sobre todo con papá detrás del mostrador. Al lunes siguiente escuchaba las historias de Lily:
—¡Oh, ese tal fulano le dio un cabezazo al señor Rigby…! Y luego, ese otro tipo se puso a bailar sobre la mesa y se cayó. Partió la mesa en dos. ¿Te lo puedes creer? La mesa era de teca. Creo que la rompió con la cabeza.
A los que se hospedaban en viaje de negocios les iba lo de ir de cama en cama, y algunos de los huéspedes eran simplemente raros. Un tipo repulsivo se quedó durante dos semanas. Un día me dio una tarjeta de visita y me dijo susurrando que practicaba karma yoga. Salía del hotel a las siete de la tarde y deambulaba por las calles hasta el amanecer. Y no, no tenía ningún perro al que pasear.
Otras personas llegaban y no se marchaban nunca. Algunos murieron en la cama. Si se trataba de una muerte horrible, la abuela Lily se encargaba de informar a todo el mundo: «Murió abrasada en su coche…».
Una noche, dos caballeros se sorprendieron mutuamente en la oscuridad, dando por hecho los dos que habían estado manoseando a una mujer. A la mañana siguiente hubo algo más que aclarar. Era como vivir en un estado permanente de farsa.
El hotel no dejaba de ampliarse, y más miembros de la familia se mudaron a Sheffield. Mis abuelos paternos, Ethel y Morris, vendieron su casa junto al mar y se mudaron calle abajo. El abuelo Dickinson era idéntico al pícaro actor Wilfrid Hyde-White, solo que con un marcado acento de Norfolk. Con un cigarrillo detrás de una oreja, un lápiz detrás de la otra y el papel de las carreras en la mano, se dedicaba a lo que ahora llamaríamos «reacondicionar» edificios. En la práctica, lo que hacía era derribarlos y utilizar los sillares para ponerlos en otro sitio.
La abuela Dickinson era una mujer formidable. Medía más de metro ochenta, su pelo rizado era de un intenso color negro y poseía una mirada que habría talado un árbol a veinte pasos. Había trabajado como sirvienta y había sido comprada en el vagón de tren donde vivía con otras dieciocho chicas en el campo. Sus pies eran ligeros y podría haber seguido una carrera como atleta, si no fuera porque no podía permitirse unos zapatos: en doscientos metros descalzos no pudo competir contra sus adversarios con zapatillas de clavos. Una humillación que recordó hasta el día de su muerte.
Mientras Ethel horneaba pasteles, Morris salía del baño con un cigarrillo a medio fumar y un montón de casillas marcadas para las apuestas de caballos.
—Aquí estás, hijito; no digas nada —decía, y me deslizaba media corona de su mano ajada por años de poner ladrillos y manejar paletas.
Durante una reunión familiar en la que nos pasamos toda la tarde bebiendo en el bar del hotel, mi tío Rod me hizo varios favores, uno de los cuales fue convencerme de no hacerme nunca un tatuaje. El tío Rod (que era mi tío de verdad, hermano de mi padre) era carismático, por no decir otra cosa, y francamente, se parecía un poco a esos gánsteres granujas que podrían estar rodeados de mujeres de fácil virtud. En aquel momento, a mis diez años, me sentaba en sus rodillas mientras me explicaba el sistema británico de clasificación por edad de las películas.
—Veamos, hay películas que reciben una X y, básicamente, hay X para el sexo y X para el terror…
Lo que sea que dijera después ya no me enteré, pues no dejaba de mirar fascinado las cicatrices que tenía en el dorso de ambas manos. Cuando era joven, el tío Rod tenía la costumbre de extraviar las motos de otras personas. A pesar de los muchos esfuerzos de la familia, era tan prolífico que fue enviado a una horrible institución para delincuentes juveniles, es decir, a un reformatorio. Tatuarse uno mismo con polvo de ladrillo y tinta es lo que estaba de moda en los reformatorios, y eso te marcaba para siempre como producto de esa institución. El tío Rod había gastado una suma considerable de dinero en su época para quitárselo. Lo hizo con antigua cirugía de injerto de piel, algo que hoy en día se calificaría como efecto especial de una película de terror de bajo presupuesto. Tan solo pensé: «Creo que me quedo con lo que tengo. En realidad, no parece muy divertido».
Luego, el tío Rod volvió a hablar de películas. Muchas de ellas ya las había visto yo con el abuelo Austin: Escuadrón 633, Misión de valientes, La batalla de Inglaterra, La última carga.
—Y ¿qué me dices de Estación polar Cebra? —le lancé.
—Esa no la he visto —masculló, y se volvió a su pinta.
Estación polar Cebra me proporcionó mi primer contacto con una banda de rock and roll. Sí, con camión, guitarras eléctricas y conciertos. La banda se llamaba The Casuals. Con su canción Jesamine habían tenido un éxito y ahora tocaban en clubes contratados durante una semana más o menos cada vez. Se alojaban en el hotel y durante el día —que para ellos, criaturas de la noche, no comenzaba hasta mediodía— salían de sus habitaciones con los ojos legañosos y el pelo largo, botas de tacón y pantalones blancos, para tomar un desayuno tardío de té y tostada que les servía Lily, quien no paraba de parlotear.
Estoy seguro de que debí parecer precoz con mis preguntas sobre misiles y submarinos, y fue probablemente una forma de competir en igualdad de condiciones con el guitarrista cuando este bajó la guitarra eléctrica. La sostuve. Era sorprendentemente pesada. Explicó minuciosamente cómo funcionaba, mientras yo miraba fascinado los discos redondos de acero bajo las cuerdas e intentaba imaginar cómo se producía realmente el sonido, generado por esos diminutos fragmentos con las vibrantes cuerdas de sonido metálico.
Al igual que la mayoría de las bandas, se aburrían miserablemente durante el día, por lo que decidieron ir al cine. En el cine Gaumont de Sheffield echaban Estación polar Cebra. Con palomitas en la mano, diez años, sentado en un cine con una banda de rock viendo una película de guerra sobre submarinos nucleares y misiles, pensé: «Esto es vida».
Papá expandió su imperio y compró una gasolinera en bancarrota. Era una propiedad enorme, un antiguo garaje de tranvía con cuatro viejas bombas de gasolina, sin cubierta y unos talleres llenos de ladrillos cubiertos por aceite endurecido y una capa de mugre de cincuenta años de antigüedad. El comercio del motor empezaba a dominar nuestras vidas. Cuando no andaba cayéndome por los andamios (reacondicionando edificios), bombeaba gasolina, pulía coches y refregaba llantas con lana de acero hasta que mis dedos se volvían azules en invierno. Lavaba parabrisas, comprobaba neumáticos y observaba el creciente número de coches que iban y venían a medida que las ventas aumentaban.
Papá era una enciclopedia de componentes de automóvil. Era ingeniero por naturaleza e iba directo al meollo del problema. Rara vez se equivocaba en su diagnóstico. Podía contar de dónde venía el sistema de escape de cualquier Fiat y por qué era superior al chisme del Ford, aunque de todos modos ambos hubieran sido diseñados por un desconocido genio húngaro. Ese tipo de cosas. Si le dabas pie, podía hablar durante horas.
Vendimos el hotel cuando adquirió el concesionario de Lancia. El negocio fue bastante bien hasta que la marca fabricó uno que se oxidaba más rápido de lo que se conducía. Imagino que debió de sacar mucho dinero de la venta de viviendas porque hubo un auge inmobiliario, y una familia de la clase obrera aún podía permitirse comprar una casa en ese momento. En una ocasión cometimos el error de vender antes de tener un sitio en el que vivir. Debió de ser un trato redondo.
Al final, nos mudamos a una casa adosada a tan solo cien metros del hotel que habíamos dejado más o menos un año antes. Algunas personas son adictas al crack. Nosotros somos adictos a mudarnos de casa.