¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 1 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

Prólogo

 

Llevaba dos horas volando en círculos sobre Múrmansk, pero los rusos no nos dejaban aterrizar.

—Permiso para aterrizar denegado —dijo con el mejor acento de Pavel Chekov, el personaje de Star Trek.

No sabía si este controlador era un fan de Iron Maiden, aunque de todos modos jamás me habría creído: una estrella del rock pluriempleada como piloto aéreo: increíble. En cualquier caso no llevaba a Eddie a bordo, por lo que esto no era el Ed Force One. Era una expedición de pesca. Un Boeing 757 de Astraeus Airlines con doscientos asientos vacíos y yo como primer oficial. Llevaba solo veinte pasajeros desde Gatwick a Múrmansk: un puñado de hombres llamados John Smith, un servicio de guardaespaldas, armados todos hasta los dientes. No es que el tal lord Heseltine los necesitase. Se las apañaba bastante bien balanceando la maza cuando tenía que hacerlo. Luego estaba Max Hastings, antiguo editor del Daily Telegraph, que también iba a bordo. Me preguntaba si el controlador soviético habría leído alguno de sus editoriales. Suponía que no.

—¿Qué tipo de peces hay en Múrmansk? —pregunté a uno de los John Smith.

—Peces especiales —contestó de manera inexpresiva.

—¿Peces grandes? —sugerí.

—Muy grandes —concluyó mientras salía de la cabina.

En Múrmansk tenía su sede la flota soviética del Norte. Lord Heseltine era un antiguo secretario de Estado de Defensa, y lo que Max Hastings desconocía de las fuerzas armadas mundiales no merecía un renglón en un periódico.

El mundo bajo nuestros pies estaba oculto y oscuro, sumergido bajo un algodonoso lecho de nubes bajas. Para negociar contaba con una radio y un viejo teléfono móvil de Nokia. Increíblemente, captaba una señal a la mitad de cada patrón de espera, y pude escribir a nuestra compañía aérea para que hablasen con Moscú a través de la embajada británica. Sin teléfono por satélite ni GPS ni iPad ni wifi.

Como le dice James Bond a Q al principio de Skyfall: «Una pistola y una radio. No es exactamente Navidad».

Después de dos horas dando vueltas en círculos, físicos y metafóricos, las reglas del juego cambiaron.

—Si no se van, los derribaremos.

Algún día, pensé mientras dábamos media vuelta y nos dirigíamos a Ivalo, en Finlandia, debería escribir un libro sobre esto.