¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 11 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

Una revelación

 

Speed había pasado a la historia. Nos habíamos mudado todos, dispersándonos por el este de Londres. Nuestros distintos trabajos y la geografía acabaron con nosotros; en cualquier caso, nuestro batería no podía dejar su trabajo en Catford. Plumstead se convirtió en Glumstead mientras dábamos nuestro último concierto, pero no antes de que un público desconcertado me viera destripar a Snoopy en el escenario del People’s Palace. Sabía que estaban desconcertados porque podía ver con claridad el espanto en las seis caras de aquel cavernoso local. Tal vez pensaron que se habían topado con una extraña instalación artística, o sencillamente se horrorizaron tanto que se quedaron paralizados.

En realidad no éramos tan malos, simplemente no tan buenos.

Doug y Phil vivían en un edificio señorial bastante elegante de Battersea, al sudoeste de Londres. En las décadas de 1970 y 1980, los alquileres en Londres eran asequibles, y las casas eran baratas. En realidad, un muchacho emprendedor de un curso de ciencias sociales compró un piso mientras estaba en la universidad, usando su beca como depósito. Un chico listo.

En mi caso, el dinero de la beca lo empleé en algo bien distinto. Gasté la mayor parte en un sistema de megafonía para la nueva banda. Consistía en dos grandes cajas con dos altavoces de quince pulgadas integrados. Encima había un par de altavoces integrados de doce pulgadas con un tweeter en la parte superior, alimentados por cuatro amplificadores de válvulas de doscientos vatios, diseñados como esclavos, de hecho, esclavos de poder. Aposté fuerte por el micrófono y me hice con un AKG dorado, con un conector XLR en un extremo y un jack en el otro. Me encontraba, al menos, a mitad de camino al paraíso.

Todo esto dejó mi cuenta bancaria casi a cero. Los amables empleados de Barclays me habían dado un talonario de cheques, una tarjeta bancaria y lo que parecía ser una cobertura gratuita de descubierto, que era como me alimentaba a mí mismo. También era responsable de no pagar el alquiler; algo que lograba no estando presente entre las nueve y las cinco, de lunes a viernes, o escondiéndome detrás de la cocina si estaba en casa.

Al cabo de un par de trimestres empezaron a llegar cartas. Bastantes cartas, la verdad. «No importa —pensé—. Un día todo esto aparecerá en un libro».

Mientras tanto, atendía el teléfono en el elegante edificio señorial de Battersea esperando a que llamaran los posibles guitarristas. Al tercer día me quería morir. Después de hacer las audiciones con los guitarristas, no me extrañaba que Jesús hubiera ascendido al cielo si había tenido que hacer lo mismo para buscar discípulos. Al principio yo escuchaba, y ellos hablaban y hablaban…

Puede que tuviera un centenar de nombres, y los citamos a lo largo de tres días en un estudio de ensayo que había encima del pub Rose and Crown, en Wandsworth. Anoté sus historias, influencias y estilos.

—Bueno, creo que soy tan bueno como Jimmy Page, pero tal vez no tan listo.

—Me gusta pensar que soy un cruce entre Ritchie Blackmore y Mozart.

—Creo que la guitarra es, para mí, una extensión de toda mi personalidad.

Cuando Phil y Doug improvisaban en un par de acordes, veíamos cómo los indefensos, los desesperados, los desventurados, los ingenuos y los absolutos lunáticos fallaban al intentar seguir con cualquier material melódico o rítmico, ni siquiera seguían su propio pulso. Al cabo de tres días, y después de querer arrojarme frustrado al Támesis desde el puente Albert, aparecieron dos brillantes tesoros. Ambos tenían más de treinta años, una edad que nos parecía increíblemente lejana. Uno de ellos era un irlandés que había tocado en una típica orquesta de baile irlandesa, un absoluto profesional. Para él, la música era como darle al interruptor de la luz. Sin embargo, Tony Lee entró a continuación. Tony era un australiano tranquilo y con buena presencia. Cuando tocaba, lo cual hacía sin esfuerzo, gesticulaba de manera muy agradable. Iba treinta años por delante en lo que respecta al vello facial. En resumen, tenía un aspecto genial y, tío, sin duda, sabía tocar la guitarra.

Nos hicimos llamar Shots, aunque podríamos habernos llamado Anal Catastrophe y haber tenido solo que cambiar una letra. Al fin y al cabo, corría la era del punk. También pensé que era una birria de nombre, pero no se me ocurría ninguno mejor.

Empezamos a ensayar material y a crear una imagen. Al no tener experiencia anterior, me iba de allí con la lección aprendida. Después de los ensayos o de largos debates sobre el té en Battersea, regresaba a la isla de los Perros después de un interminable trayecto en tren, metro y el autobús 277.

Una noche al azar, sin sospecharlo, caí bajo el hechizo malvado, no de campana, libro y vela, sino de vidrio, resina y fósforos. La marihuana había llegado, y en la más pura tradición de la arqueología de retretes, la mierda estaba a punto de producirse. Estaba aporreando las teclas del maltrecho piano cuando alguien llamó a la puerta.

Escudriñando el pomo de la puerta estaba mi sonriente compañero de piso con cara de duende, el del abrigo afgano y las gafas a lo John Lennon.

—¿Te apetece una copa? —dijo.

No sabía de qué estaba hablando pero, al más puro espíritu de ¿Para qué sirve este botón?, fingí despreocupación.

—¿Por qué no?

Lo seguí con vacilación hasta su guarida. Estaba repleta de cintas hippies para la cabeza, el paraíso de las varillas de incienso: alfombras en las paredes y el techo, incluso en el suelo. Era un tocador masculino, y un templo para una fragancia que no podía identificar del todo. Él soltó una risita y siguió riéndose mientras se quitaba una insignia de la solapa (los estudiantes siempre llevaban al menos diez o quince insignias) y la colocaba dejando el afilado extremo del alfiler en posición vertical. Un comportamiento intrigante.

Luego desmenuzó un trozo de una sustancia marrón fangosa de su hermano mayor y lo convirtió en un bulto grasiento. Lo empaló con gran cuidado en la insignia, como un cirujano trataría un hígado frágil antes del trasplante.

De repente encendió el bulto, colocó un vaso encima de aquello y, levantando el borde del vaso invertido, inhaló el humo que salía antes de ponerse colorado. Yo estaba desconcertado. Al final, exhaló. El vaso seguía lleno de jubilosa combustión.

Me señaló el vaso con la cabeza.

Inhalé todo lo que pude. Mis pulmones se sentían chamuscados, la epiglotis, como si la hubiera frotado con un estropajo; sin embargo, por alguna razón rodé sobre mi espalda, levanté las manos y los pies, y de repente me encontré en el techo mirándome tumbado en el suelo. Di algunas caladas más y entonces entendí lo que era una forma resinosa de marihuana. Empecé a encontrar graciosas cosas que antes no lo eran, y me pasé varias horas agujereando la estructura del universo en busca del chiste. Aunque soy reacio a admitirlo, esa pequeña calada de droga abrió lo que el grupo They Might Be Giants podría haber llamado el pequeño Birdhouse in Your Soul. Eso y el deseo de comer donuts.

Nunca tuve la oportunidad de darle las gracias a mi compañero de piso, porque la policía llegó unos días después y se lo llevó. Era un alma generosa, y había enviado por correo postal un gran trozo de hachís dentro de un sobre. Ya fuera porque el humo le hubiera afectado, o simplemente porque se hubiera alterado su juicio, dirigió el sobre a la casa equivocada. El destinatario lo abrió, llamó a la policía y tuvo la gentileza de darles el nombre y la dirección del remitente, quien amablemente lo había anotado detrás.

Creo que tuvo que pagar una multa de cuatrocientas libras y nunca más lo volví a ver. No así lo que había en aquella dosis de droga, fuera lo que fuera. Anhelaba transferir el teatro que giraba en el cosmos de mi cerebro al alma del público. No obstante, estaba el problema de la imagen. Yo tenía claro que no tenía el aspecto adecuado. Tampoco tuve el valor de caer en el fango del falso músico americano de rock and roll. La imagen en el mundo del espectáculo puede serlo todo y nada al mismo tiempo.

Tenía que ser importante. No tenía elección, porque a juzgar por la imagen, yo era un desastre. Si piensas que este juicio es demasiado severo, hay una gran cantidad de pruebas fotográficas. Puesto que la grabación de Dracula parecía ir en la vena correcta, creamos una banda que era una especie de pastiche barato del cantante Screaming Lord Sutch. Nuestro larguirucho australiano llevaba una capa y mucha sombra de ojos. El bajista se ponía una máscara de goma de un hombre de ochenta años, mientras que yo vestía unos calzones largos verdes del ejército, botas de boxeo y una camisa retro. Mi plato fuerte era un suspensorio de lamé dorado. Si piensas que esto no fue más que un terrible accidente mientras jugábamos a la gallinita ciega en una tienda de caridad, te diré que yo mandé coser el suspensorio dorado.

En Hackney, al este de Londres, había una zona ocupada de forma legal, básicamente una comuna de tres calles que formaban un triángulo. En el medio había todo tipo de cafés veganos y coaliciones arcoíris. Allí vivía una costurera lesbiana que me tomó medidas, algo impresionada, y cosió mi brillante taparrabos.

Tenía en mente a Ian Anderson, vestido con un andrajoso abrigo de vagabundo y una bragueta sobre los pantalones para el álbum «Aqualung» de Jethro Tull. Aunque vocalmente no sonaba como Ian Anderson, era un auténtico fan de Jethro Tull, y por supuesto Glenn Cornick, el fundador de Wild Turkey, había sido uno de sus primeros miembros.

Empecé a usar mis limitadas habilidades dramáticas. Durante los ensayos giraba haciendo cabriolas en el reducido espacio y rotaba objetos inanimados mientras me sostenía sobre una pierna.

No tardó en llegar nuestra primera actuación. El dueño del Rose and Crown se apiadó de nosotros, tal vez por la cantidad de dinero que gastábamos en su sala de ensayos. No había más que una persona entre el público, y no hay nada tan solitario como ver a un solo hombre en una discoteca. Se sentó a una mesa en el medio de la pista de baile, las luces azules parpadeantes se reflejaban en las paredes de espejos. No importa cuántos espejos hubiera, seguía sin parecer una multitud.

Hubo más conciertos después, y nuestra fama se extendió hasta Croydon. Allí, de repente, llamamos la atención de un agente que quería contratarnos; mucho ruido, pero pocas nueces.

Era pelirrojo y llevaba peluca. Era agente de bandas de rockabilly, actuaciones para volver a la década de 1950, grupos de la subcultura Teddy Boy y cualquier otra novedad que entretuviera a gente horrible.

—Genial, chicos —dijo—. Me encanta. Heavy metal con humor. Divertidísimo. Me encantan las bromas. Venid a la oficina y firmad el contrato.

Luego, se marchó.

La oficina estaba en un primer piso con olor a humedad, sobre un restaurante asiático de Finsbury Park, a la vuelta de la esquina del metro y no demasiado lejos del teatro Rainbow, un lugar legendario del rock (convertido ahora, lamentablemente, en una iglesia evangelista). En el teatro era, por supuesto, donde realmente queríamos estar, pero esto parecía mejor que nada. Firmamos el contrato, que decía que prometíamos hacerlo todo, mientras que él prometía intentar hacer algo pero sin garantías.

—Brillante, chicos. Fantástico, genial, heavy metal con humor… Vais a causar sensación.

Nos marchamos sintiéndonos extrañamente tristes e insatisfechos.

Después de algunas semanas sin tener noticias de este caballero, nos ofreció un concierto en una base militar de Arbroath (Escocia). La investigación y un mapa revelaron la verdad sobre la economía defendida por Dickens: «Cuando la factura de la gasolina para conducir desde un extremo del país excede el total de los honorarios disponibles, el resultado es la miseria».

Al ser Arbroath famosa por su pescado ahumado, me fui a la pescadería y compré unos arenques hervidos en bolsa para hacernos una idea de lo que podría haber sido. Nuestro agente protestó diciendo que se sentía tremendamente decepcionado de que hubiéramos desaprovechado una oportunidad tan magnífica.

Relegamos a nuestro agente con peluquín a lo Donald Trump a la sección de gangas de la historia y nos dirigimos hacia el sudeste, más allá incluso de la poderosa metrópolis de Plumstead.

Gravesend es uno de esos nombres de ciudad, como Leatherhead o Maidenhead, que hace que los estadounidenses se rasquen la cabeza y se pregunten: «¿Por qué?». En este caso, la razón era probablemente náutica y podría hacer alusión al final de la línea de los navíos de línea. Aunque el príncipe de Gales no vivió allí, sin duda, dio nombre a algunos pubs en su época, como el Prince of Wales en el que Shots apareció una aburrida tarde, instalándose frente a la barra, con la entrada del baño de los hombres justo a un lado del inexistente escenario.

Con las máscaras puestas, el suspensorio firmemente atado y la pandereta plateada girando, logramos parar la cháchara del bar, lo que siempre es un buen comienzo.

El gran desafío llegó cuando los clientes intentaron usar las instalaciones del baño, y decidí entrevistarlos de manera improvisada cuando entraban en nuestro territorio. Cuanto más humillante, mejor; el propietario nos volvió a contratar.

Se corrió la voz sobre el cantante saltarín, el vejestorio del bajo y el cada vez más incómodo Tony Lee con la Gibson negra, el rímel negro, el pintalabios negro y sin permiso de trabajo. Cuando regresamos a la escena del crimen semanas más tarde, el lugar estaba lleno, y la vez siguiente, más lleno todavía. El propietario estaba encantado.

—Me encantan las bromas —decía—, me encantan.

Y compraba mucha cerveza para mí.

El verano de 1978 fue, para mí, deslumbrante. Era libre de vagar por las calles de Londres guiado únicamente por mis sueños, e incluso entonces, la libertad de olvidar a voluntad. Había dimitido como delegado de espectáculos, así que me dediqué a pasear por el East End y ponerme moreno como un albañil.

Debido al punk y su actitud de hacerlo todo ellos mismos con respecto a los discos y las compañías discográficas, ahora todos estaban en el ajo. Los sencillos autoproducidos en vinilo también eran algo habitual en las bandas de rock, pero como Shots estábamos en desventaja; no teníamos efectivo para hacerlo. Tony, nuestro vampiro de las antípodas, mostraba signos febriles de darnos un ultimátum. Era mayor, en realidad había ganado dinero con la música y razonablemente tenía mucha prisa por volver a hacerlo.

Durante mi tercer y último año en la universidad, reanudamos nuestros conciertos en pequeños pubs y clubes de Londres. Podríamos haber empapelado una pequeña jaula de hámster con notas de rechazo para Dracula. El Prince of Wales estaba empezando a aburrirse de nosotros, y creo que el sentimiento era mutuo. Existe un número limitado de veces en las que se pueden hacer las mismas tonterías y cantar las mismas canciones antes de que las personas comiencen a dispersarse. Una noche, sin embargo, estábamos cargando la camioneta y yo estaba de pie sin hacer nada en ese momento cuando se me acercaron tres individuos de aspecto raro.

Paul Samson llevaba puesto un bombín, una chaqueta de cuero y un bigote, además del cabello rizado y largo hasta los hombros. Se parecía mucho a un perro king charles spaniel. Chris Aylmer era alto, llevaba el pelo corto por arriba y largo en la nuca, y parecía bastante maduro. Barry Purkis se había teñido el pelo de rojo y llevaba tirabuzones, una chaqueta de la SA nazi, pendientes fluorescentes y pantalones de color rojo brillante.

—Hola —comenzó Paul—. Somos Samson. Tenemos un contrato, un álbum y representante; buscamos un cantante. ¿Interesado?

—Gary Holton, Heavy Metal Kids; ese es el tipo de cosas que buscamos —intervino Barry.

—Puedo ver la influencia de Ian Gillan —dijo Chris reflexivamente.

—Y Kiss, y The Residents. Una mierda loca —agregó Barry.

—Loco —murmuró Chris.

—Sí, loco. —Se rio Paul entre dientes.

—Bueno, me siento muy halagado —respondí—. Pero tengo que terminar mis exámenes finales en tres semanas, así que no puedo hacer nada hasta que termine con eso. ¿Os parece bien?

—Está bien, de acuerdo. Estaremos en contacto —dijo Paul, y anotó su número de teléfono.

Me preocupaban cada vez más los exámenes, y durante los seis meses anteriores a mi final había decidido remediar los dos años y medio de insuficiencia académica.

Sin esforzarme mucho ni en vano, me licencié con una media de notable bajo.

Al final de los exámenes, comencé a imaginarme que casi le había pillado el tranquillo al asunto académico. Mi cerebro chirriaba en todos los lugares correctos, y comencé a preguntarme si toda esta actividad podría haber creado algún daño permanente.

Terminé mi último examen antes del almuerzo. Respiré profundamente mientras daba la espalda al gran edificio principal de fachada blanca de Mile End Road. Tomé el bus 277 hasta el túnel peatonal de Greenwich y caminé bajo el río Támesis hasta los viejos muelles que había al sur del río. Wood Wharf Studios era una sala de ensayo con una vista panorámica del río, pero en aquel momento me dirigía al pequeño cobertizo portátil situado en la parte posterior.

Con la cabeza zumbando todavía con los documentos del gabinete sobre Múnich, el apaciguamiento y la caída de Francia ante los nazis, abrí la puerta del estudio. Era 1979. Tenía veinte años y estaba a punto de comenzar a cantar a tiempo completo con Samson.