¿Para qué sirve este botón?
No puedes hablar en serio
No puedes hablar en
serio
El marqués de Sade escribió unas célebres y groseras fantasías, aunque nunca tuvo la oportunidad de realizar algunas de ellas. Estuvo encerrado durante la mayor parte de su carrera de escritor en un lugar en el que el único material disponible para componer sus himnos escatológicos era el papel higiénico.
Por razones muy distintas, durante la gira Somewhere in Time me encontré encadenado en habitaciones de hoteles de todo el mundo, y con el espíritu de ¿Para qué sirve este botón?, decidí escribir una novela cómica descarada porque, bueno, podía… y disponía de un montón de papel del hotel para hacerlo.
El resultado final fue The Adventures of Lord Iffy Boatrace, un híbrido entre la serie Wilt de Tom Sharpe y una insinuación al estilo de la comedia británica Carry On Camping.
La culpa de esta incipiente carrera como escritor la tiene solo el hecho de haber quedado finalista en el premio de inglés de la escuela de primaria Birkdale. El segundo lugar siempre iba a ser la picana de la vida, y el tratamiento de choque lo administró el escritor de terror y fan de Iron Maiden, Shaun Hutson.
He leído la mayoría de las populares novelas de terror de Shaun. Tampoco tuve otra opción, porque él mismo nos las dio a mí y al resto de la banda.
Pude descubrir la fórmula contenida en lo que hacía, pero también la mano del artesano en la forma en la que narraba la historia. Lo que más me gustó fue la forma en la que los libros producían realmente una reacción física. No había un desarrollo interminable de los personajes ni descripciones detalladas de puestas de sol o de lugares. Eran libros que enganchaban con una muerte atroz cada pocas páginas. ¡Chúpate esa, Jane Austen! (and leave the bleeding mess pumping helplessly as the coppery smell of blood filled the room. The walls sprayed as his fist pumped and crushed the organ wrenched from the smashed ribs, which stood upended like broken teeth). (y deja el sangriento caos bombeando impotentemente, mientras el olor a cobre de la sangre llena la habitación. Las paredes salpicadas cuando su puño golpeó y aplastó el órgano arrancado de las costillas rotas, que se quedaron levantadas como dientes rotos). Lo siento, no he podido resistirme a rendirle un homenaje a Shaun Hutson…
Personalmente recomiendo el pasaje de Slugs en el que una voraz babosa sale arrastrándose de un inodoro y se introduce en el pasaje anal, que no literario, de un parapléjico que está allí sentado cagando y lo devora desde dentro hacia fuera.
—¿Cómo demonios escribes un libro? —le pregunté.
—Bueno, simplemente empiezo por la mañana, tomo una taza de té sobre las once, luego escribo hasta las cinco con un descanso para almorzar — respondió Shaun.
—¿Quieres decir que es solo trabajo duro?
—Sí, principalmente.
—Bueno, ¿cuánto tiempo te lleva escribir un libro? —le pregunté.
—Unas tres semanas.
A nosotros nos llevaba tres meses hacer un álbum. Pensé que esas tres semanas debían de ser increíblemente intensas.
—¿Qué haces para relajarte? —le pregunté.
—Maratones de veinticuatro horas de películas de terror —respondió. Gracias a Dios, Shaun Hutson era autor y no asesino en serie. Me temo que hubiera sido muy eficaz.
Empecé a escribir, todos los días. Desaparecía de la vista de todos. Dejé de ir al bar. Era el hombre invisible de la gira. Un día, en Finlandia, llamaron a la puerta. Al abrirla, me encontré a un miembro del equipo. Pude ver que estiraba el cuello para mirar el papel extendido por la habitación, las cortinas corridas y todas las luces encendidas.
—Los chicos se preguntan dónde… tú… Esto… ¿Qué haces?
—Estoy escribiendo una historia.
—¿Qué tipo de historia?
La barra se trasladó a mi habitación, y durante el resto de la gira tuve que leer cada capítulo de The Adventures of Lord Iffy Boatrace al equipo de la gira según los iba escribiendo.
Si no escribía un capítulo con suficiente rapidez como para entretenerlos durante un día libre, se quejaban. Tenía que cumplir con una serie de miniplazos, por lo que al final de la gira me había hecho con una gran cantidad de papeles, todos pertenecientes a varios hoteles de cuatro y cinco estrellas, colocados convenientemente en la habitación para la correspondencia.
Era mi versión del papel higiénico del marqués de Sade.
Para mi sorpresa, Sidgwick & Jackson finalmente publicó el libro y enseguida me encargó la secuela. Pan Macmillan hizo lo mismo al editar ambos libros en rústica y llegamos a un acuerdo para editar tres libros de bolsillo.
The Adventures of Lord Iffy Boatrace tardó un tiempo en publicarse pero, por increíble que parezca, se vendieron treinta mil ejemplares, y, de repente, me di cuenta de que tenía una secuela que escribir con una fecha límite. Invertí mi dinero en ese armatoste portátil sumamente ridículo que es el Mac Portable original, donde puse a dura prueba mis habilidades mecanográficas con dos dedos.
Con su maleta del tamaño de una maleta, su peso perfecto para moldear bíceps y su batería de plomo-ácido de seis voltios con corriente suficiente como para arrancar un Fiat Uno, el Mac Portable se quedaba sin energía al cabo de unas dos horas. Se podía prolongar su vida apagando la luz de fondo, pero entonces, por supuesto, no se podía ver nada si no era a la luz del sol.
Era bueno para las personas con daltonismo, puesto que solo estaba disponible con pantallas en blanco y negro. Si viajabas a cualquier sitio, tenías que elegir: ordenador o ropa, pero no ambas cosas.
Al igual que con todo Mac, allá por los años ochenta todo tenía que ver con el estilo y nada con la utilidad. Incluso mientras subía tambaleante los tramos de escaleras con mi dispositivo capaz de paralizar la columna vertebral, había personas que me detenían llenas de asombro y admiración.
—¿Es eso un Mac portátil? —preguntaban, como si estuvieran a punto de tocar una reliquia sagrada.
—Sí, lo es —respondía—. ¿Te gustaría llevarlo por mí?
Escribí grandes fragmentos de la secuela, The Missionary Position (La postura del misionero), mientras viajaba en tren y estaba de gira, y el resto mientras tomaba litros de té en casa. Encontré muy útiles los coches cama. Nadie te molestaba, y no dormías mucho, por lo que aporrear las teclas no parecía descabellado en los pequeños compartimentos que traqueteaban durante la noche.
Tan indignado estaba por la retirada del tren nocturno de Manchester a Londres que lo incluí en los créditos de la carátula. No creo que nadie más lo utilizara. Los trenes nocturnos siempre han aparecido en las giras, siempre que ha sido posible. Antes de Google, siempre llevaba conmigo el horario de trenes europeos de Thomas Cook. Una noche en Lausana, después de un espectáculo, la charla en el bar se estaba volviendo muy tediosa, así que eché un rápido vistazo al horario de trenes europeos y descubrí que había un tren nocturno a Venecia; me pareció un buen lugar para despertarse. Viajar ligero, tan solo con una mochila, me venía bien. Creo que pongo nerviosos a los directores de gira; y aún más a los representantes.
La razón principal por la que me gustaban los trenes era que el viaje me ofrecía un momento para pensar en un entorno de paz y tranquilidad. Los trenes modernos, por desgracia, están perdiendo esa capacidad, aunque todavía queda algo de teatral en lo de subirse a bordo de un tren. Su tamaño y velocidad son trascendentales, incluso si su interior es, hoy en día, una mezcla insulsa de plástico con cojines manchados de café, papeleras llenas de basura y servicios en los que un líquido insondable te llega a los tobillos.
Una vez, en Nueva York, decidí ir en tren a New Haven, justo en la costa. Los trenes locales eran cercanías, por lo tanto, para nada interesantes, así que opté por tomar un tren de Amtrak, en la estación Pensilvania, con una locomotora adecuada y un muffin de huevo y queso.
Salimos del andén a las dos de la tarde y, poco después, nos detuvimos y nos quedamos parados durante dos, casi tres horas. Por suerte, llevaba conmigo mi guía de bolsillo de vuelos de OAG (nunca salgo de casa sin ella) y descubrí un vuelo a New Haven desde La Guardia.
Le pregunté al revisor qué estaba pasando.
—Se han caído las líneas —dijo—. Estamos esperando a que un tren diésel nos lleve de vuelta a la estación de Pensilvania.
Iba a perderme el espectáculo si no subía a bordo de ese avión.
—Tengo que bajarme del tren. Tengo que llegar a New Haven.
El guardia se encogió de hombros.
—Aún nos quedan unas cuantas horas.
Un chaval joven había escuchado la conversación.
—¿Estás en Iron Maiden? —preguntó.
—Sí.
—Yo puedo sacarte de este tren.
Me detuve en seco, al igual que el vagón en el que estaba.
—Si puedes sacarme del tren, vendrás conmigo al espectáculo, detrás del escenario, el lote completo.
Fuimos a la puerta, tiró de un par de palancas y se deslizó a un lado lentamente, como si supiera que no debía abrirse de aquella manera.
Saltamos a las vías, corrimos por el terraplén, escalamos una cerca de alambre hacia un depósito del Servicio Postal de Estados Unidos y terminamos corriendo hacia una calle de las afueras.
Paré al primer conductor que vi y le pregunté si estaba lejos La Guardia.
—Está justo allí, tío.
—Cien dólares si nos llevas a mi amigo y a mí.
Conseguimos los dos últimos asientos en el pequeño avión, y llegué al concierto diez minutos antes de salir a actuar.
La gira Somewhere in Time llegó a su fin en algún lugar y, por fin, volvimos a languidecer en Inglaterra.
Vivía en el campo, o su versión suburbana de Buckinghamshire, a las afueras de Londres. Tenía una piscina, dado que no me gusta nadar; una cancha de tenis, dado que no jugaba al tenis; un jardín, dado que no me gustaba la jardinería; y una caminata muy larga al pub más cercano porque todo lo que necesitaba era tomarme tranquilamente una pinta sin tener que conducir hasta allí y violar la ley en el camino de regreso.
Tenga cuidado con lo que desea, como dice el refrán.
Había un gran garaje para el BMW rojo brillante que no conducía, y una sala de billar, larga y con suelo de madera, dado que no jugaba al billar. Sin embargo, era lo suficientemente larga como para practicar esgrima, así que saqué la mesa de billar y la convertí en una sala de entrenamiento.
Por aquel entonces, un húngaro muy pintoresco entró en mi vida y se quedó en ella durante los siguientes veinticinco años, e hizo que pasara de no distinguir mi izquierda de mi derecha a ganar el campeonato juvenil británico de florete. Entre los dos ganamos el campeonato británico por equipos y representamos a Gran Bretaña en los campeonatos europeos. Bajo los insólitos auspicios del club de esgrima de Hemel Hempstead.
Tan solo una docena de personas nos reuníamos dos o tres veces a la semana en lúgubres gimnasios escolares o centros comunitarios. El irascible, excéntrico y completamente brillante entrenador de toda aquella empresa era mi mentor húngaro, Zsolt Vadaszffy.
Zsolt tenía el cabello blanco, hablaba como el conde Drácula, y las chicas se desmayaban en los pasillos cuando pasaba, aunque les doblaba la edad. Había sido uno de los prodigios del florete más jóvenes de Hungría, pero su carrera deportiva se había visto limitada por la llegada de un tanque ruso bajo su ventana durante la represión soviética del levantamiento de Budapest.
A la edad de dieciséis años, Zsolt tomó su pasaporte y se dirigió a Austria. Enseñó esgrima en toda Europa y también terminó como actor en Ipcress (en el papel de malvado médico búlgaro) y como piloto de carreras, antes de dirigir un negocio de importación y exportación de electrodomésticos.
Su único amor era la esgrima. Cuando lo enterramos, colocamos su guante de esgrima encima del ataúd y la espada a su lado.
Zsolt era casi un segundo padre para mi amigo de esgrima Justin, tanto en lo social como en lo deportivo. Zsolt vivía al otro lado del valle con respecto a mi sala de billar adaptada. Pasaba por mi casa y comenzábamos a entrenar. Después de un tiempo, me di cuenta de que nunca había tenido un entrenador que se hubiera tomado el tiempo de enseñarme a pensar. Me imagino que a esto es a lo que se refieren los que practican artes marciales cuando hablan de que alguien es un «maestro». De hecho, un maestro de esgrima es algo más que un entrenador; imparte una filosofía de pensamiento, estrategia y movimiento. Es una relación muy personal, y es difícil describir el nivel de compromiso que implica una clase individual de esgrima impartida a toda velocidad.
A medida que la relación entre el maestro y el alumno evoluciona, en algún momento se produce la iluminación; y me refiero a algo literal. Es como si una cadena se rompiera, y el cuerpo y la mente se liberaran de la intención, quedaran libres de la tiranía del «¿y si?», junto con su consecuente miedo al fracaso.
Esto me sucedió en algunas ocasiones, cuando, durante unos veinte minutos de nuestra lección de cuarenta y cinco minutos, jugábamos solo con la distancia, el movimiento y la sensación del enganche y desenganche de las espadas. La conciencia se transfería a la punta de una pieza de acero flexible, que empujaba y conversaba con el compañero de enfrente; que ya no era un oponente, sino simplemente un colaborador en el baile.
No se intercambian palabras. Las acciones comienzan y se detienen, y solo se reanudan de acuerdo con el lenguaje de la hoja. Después, es difícil explicar a las personas dónde has estado, así que es mejor no intentarlo.
Al principio, por supuesto, no es así. Al principio es un trabajo incómodo de piernas, una coordinación inestable, una repetición paciente, una corrección constante y una frustración continua hasta que los movimientos comienzan a automatizarse, y la mente puede controlar la intención sin tener que preocuparse por el acto.
Tuve suerte de que mi primer maestro de la escuela, John Worsley, me hubiera enseñado bien. No tanto a nivel técnico como intelectual. Él me enseñó como maestro, no solo como entrenador. Cada acción era analizada; cada acción tenía una motivación, incluso si solo era «quiero rendirme e irme a casa».
Cuando Bruce Lee escribió su clásico El Tao del Jeet Kune Do, basó su análisis de acciones ofensivas, defensivas y contraofensivas en el sistema desarrollado por la esgrima occidental. Es una herramienta analítica muy efectiva y clara para dejar a un lado el combate; que incluso se puede aplicar a los partidos de tenis, ya que cualquier deporte individual es, de hecho, un combate por poderes.