¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 10 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

La isla de los Perros

 

Si mi historial parece extrañamente desprovisto de muchos estudios históricos es porque, a medida que avanzaba hacia mi segundo año, ni siquiera asistía a la mayoría de las clases. Muy de vez en cuando me tomaba dos o tres cervezas a la hora del almuerzo y me metía en mi seminario de historia medieval. La profesora era una viejecita muy amable, y creo que en realidad podría haber experimentado la mayor parte de la historia medieval que narra el manual de Cambridge que tanto adoraba. No recuerdo nada de Carlomagno o Federico II, pero sí recuerdo que la luz del sol era muy brillante e interfería en mis ensoñaciones, mientras fluía a través de la nebulosa ventana que enmarcaba la silueta de la profesora.

Por aquel entonces me había convertido en el delegado de espectáculos a tiempo completo. Tenía una oficina, iba a las reuniones del comité y contaba con un presupuesto. Lo más importante es que tenía un teléfono con una línea externa y una línea directa con cada agente de la ciudad. De repente tuve que organizar una semana de orientación universitaria: reservar bandas, discotecas y demás cosas buenas.

Creo que terminé con Fairport Convention como actuación principal, y toda la semana fue extremadamente rentable. Gasté cerca de un 20 por ciento del total de mis gastos asignados. Fui llevado ante el comité y se dijo que yo era una vergüenza.

—Esto no es más que explotación del alumnado —me informaron.

—¿Entonces quieren que pierda dinero como principio moral general? — pregunté.

Después del interrogatorio, pensé un poco en el problema. Nunca había visto a Ian Gillan, uno de mis héroes vocales, así que llamé a su agente y lo reservé. El dinero no es problema, dije. A cambio, sugerí, ¿habría alguna actuación en pubs que pudiera apuntar más o menos hacia mi rumbo? «Speed» era divertido pero limitado. Tomando prestado el título de una de mis futuras canciones, tuve una «intensa ambición».

El teléfono, por supuesto, me permitió responder a los anuncios de Melody Maker. Uno en particular parecía prometedor: «Se requiere vocalista para completar un proyecto de grabación». Llamé, pero había un problema: «¿Tienes una cinta?». Por supuesto que no. El chico con el que hablé era ingeniero de grabación y también bajista. Tenía la oportunidad de grabar mi demo gratis y jamás en mi vida había estado en un estudio. Las influencias, sin embargo, eran mis favoritas: Purple, Sabbath e, increíblemente, Arthur Brown. Él, Ian Gillan y Ronnie James Dio son probablemente los tres cantantes a los que podrías remitirte y decir: «¡Ajá! Ya veo de dónde sacó eso Dickinson».

Debo contar mi historia con Arthur Brown, uno de los artistas más extravagantes de Inglaterra, y una de las voces de la música rock con un talento enorme. La primera vez que lo vi fue en Oundle, cuando yo tenía dieciséis años. Kingdom Come era la banda, y el álbum se llamaba «Journey». El concierto fue para mí un ritual chamánico alucinante. Nunca había probado ácido, ni hongos, ni ningún otro alucinógeno, pero esa noche con Arthur no tuve necesidad de hacerlo. Profundas, profundas ondas sinusoidales de sintetizador analógico te hacían poner los ojos en blanco y llevarlos en estéreo hacia donde deberían estar las orejas. La única pantalla de burbujas, luces y estrellas comprimió el tiempo en algo excepcional.

Entonces, Arthur subió al escenario ataviado con pintura facial y un tocado gigantesco, de pie como un rey azteca ante un trípode gigante; alzó sus manos en sacrificio y entonó, en una oscura y amplia voz de barítono, una orden para desoxidar el alma: «Las ondas alfa computan antes de comenzar la eternidad…».

¿A quién le importa si suena a «gilipolleces hippies»? Puedo decir que pensé que había visto a Dios esa noche.

En 1976, Arthur tenía una banda sin batería. Encima de ese trípode no había un altar, sino una caja de ritmos Bentley Rhythm Ace. Arthur ni nos sacrificaba ni nos bendecía, sino que jugueteaba con los bucles de cinta analógica de cada tambor, que corrían a diferentes velocidades, y probablemente maldecía con frecuencia debido a la frustración. Nadie, sino un loco, lo habría intentado. Había un guitarrista principal, un bajista y dos teclistas con todo tipo de sintetizadores analógicos, VCS3, Theremin y Mellotron.

En algún lugar en medio de esta experiencia de caída en un agujero negro musical, dos tíos subieron al escenario disfrazados de cerebros para ser golpeados con un palo, mientras otros hombres bailaban disfrazados de semáforos. Un espectáculo inspirado y deliciosamente chiflado.

Fire es el tema más conocido de Arthur (suficiente para asegurarle un lugar en el panteón del rock), pero vale la pena explorar todos sus álbumes con Kingdom Come y con The Crazy World of Arthur Brown. Pete Townshend fue el productor asociado de «The Crazy World of Arthur Brown» (de ahí surgió la idea del tema Tommy de The Who), y es un álbum conceptual, uno de los primeros, sobre el descenso de un hombre al infierno. Cuando abre esa puerta, en fin, se adivina: «Yo soy el dios del fuego infernal y te traigo fuego…».

Había una voz negra atrapada en el cuerpo de Arthur porque podía desprender la pintura de las paredes cuando cantaba temas clásicos del blues como I Put a Spell on You. Esa noche, cuando lo vi, Arthur plantó la semilla para lo que describo como el «teatro de la mente», con la música como el arco del proscenio y tu cerebro como el escenario.

De todos modos, volviendo a mi problema inmediato, carecía de cinta de demostración. Tendría que improvisar. En mi segundo año en Londres me había mudado de South Woodford —un bloque residencial universitario insulso y sin personalidad que daba a la autopista— a un lugar un poco más desafiante, pero mucho más interesante.

La isla de los Perros es una porción de tierra que se adentra en el Támesis formando un meandro y que ocupa un lugar destacado en los créditos de EastEnders. A finales de la década de 1970 era un lugar desolado, ventoso y decadente. Los bloques de pisos se levantaban junto a las casas y apartamentos municipales de los años treinta, todos construidos para los miles de trabajadores que una vez poblaron los muelles de Londres. En tiempos de los Tudor era un pantano y un refugio para delincuentes que huían de las cárceles cercanas. Debido al flujo de las mareas, se construyó un muro que gradualmente dio forma a lo que todos conocemos y amamos hoy. Los molinos de agua se construyeron en el muro, de ahí el nombre de Millwall, que se extendía por el lado oeste de la isla. Antes de que las dársenas se vaciaran de barro para formar los muelles, Enrique VIII liberó perros salvajes en las marismas. Estaba harto de gastar dinero en perseguir a los delincuentes, por lo que se aseguró de que los perros se hartaran en un sentido bastante desagradable.

Tate & Lyle todavía tiene allí una refinería de azúcar, y escondido en Tiller Road estaba el piso de planta baja que sería mi nueva morada y el lugar de mi primera grabación de muestra. Tenía un compañero de piso, pero no lo veía mucho, ya que desaparecía en su guarida y solo salía a extrañas horas de la noche. Tenía el pelo largo, un abrigo afgano, barba de chivo y gafas al estilo John Lennon, y soltaba una risita para sí mismo sin razón alguna que yo pudiera comprender.

En un dormitorio había un piano vertical abandonado —uno de esos objetos que no te puedes llevar en la parte trasera del coche al terminar los estudios universitarios—, cuyo teclado aún funcionaba medianamente bien, aunque sonaba como un montón de gongs de cena golpeados con una disonancia martirizante. Yo tenía un grabador de casetes y una sola cinta. En una de las caras había una serie de canciones terriblemente fáciles de escuchar, y en la otra había grabado un poco de Monty Python. Los devotos de las cintas recordarán los curiosos rituales necesarios para grabar encima de cintas comerciales pregrabadas. Le pegué un trozo de cinta adhesiva, luego trasteé con las tripas de la grabadora y, finalmente, coloqué la grabadora preparada y pausada encima del piano.

No me molesté en tocar el piano, porque no sabía. Me alejé un poco del pequeño micrófono de condensador incorporado y me puse a gritar mucho, gimiendo a través de las escalas y soltando un chillido nasal con un par de vibratos distintos mientras se desvanecía.

Eché la cinta al correo, al apartado postal que figuraba en el anuncio. Con una nota en boli rojo: «Aquí está la demo. Si le parece basura, hay algo de Python en la otra cara para reírse un rato».

Con eso reanudé las operaciones normales. Ir a la universidad. Abrir el correo. Eludir las clases. Organizar un ensayo. Soñar mucho despierto. Beber tres pintas a la hora del almuerzo. Ir al seminario. No recordar nada. Llamar a algunos agentes. Esperar una hora para el bus 277. Comer algo. Ver a la novia. Pub. Cama.

—Tienes un mensaje —me dijeron un par de días después, cuando aparecí en la oficina de espectáculos—. Este tipo llamó por teléfono sobre una cinta o algo así.

Leí el mensaje: «Llama a Phil a este número…».

Marqué «este número», y una amable y entusiasta voz de Birmingham respondió.

—Sí, me gustó mucho la cinta. Ejecutabas algunas ideas melódicas locas. Un poco como Arthur Brown.

Eran las tres de la tarde; a las seis y media había llegado al estudio. Era un estudio casero dentro de un garaje. Forrado con cajas de huevos y espuma, en lo que a mí respecta era Abbey Road. Para ser un pequeño estudio semiprofesional estaba bastante bien equipado. Para llegar a la cabina de grabación había que sortear una pequeña batería, muchos cables, pedales y atriles. No tenía idea de grabar. Entendía lo que hacía una grabadora, y entendía un poco lo que hacía una mezcladora (mezclar, ¿no?), pero no sabía nada de grabación multipistas.

La idea de los auriculares era totalmente nueva; un monitor de mezclas era un mundo desconocido.

Phil tocó la pista de acompañamiento. «La guitarra también estuvo genial», pensé: un poco Peter Green, principios de Fleetwood Mac, The Green Manalishi. La canción se llamaba Dracula, y tenía algunas letras algo sensibleras, pero tocadas con una seriedad absolutamente inexpresiva. Una muestra para que os hagáis una idea: «Mi único sentido del humor está en la vena yugular» y «Tu cuello está en el menú de esta noche». Empecé a cantar, después de haberme aprendido la canción en la sala de control. Phil se inclinó hacia delante y presionó el botón del intercomunicador.

—Ejem… ¿Cuánto tiempo te puedes quedar?

—Toda la noche si quieres —respondí.

Pude ver que se inclinaba hacia atrás y marcaba un número de teléfono.

Phil tocaba el bajo y llamó a su hermano mayor, Doug, que tocaba la batería. A los tres nos dieron las cuatro de la mañana. Nunca había grabado una doble pista, ni había armonizado hasta esa noche: coro de tres voces ascendentes, gran coro doble. Si la propietaria del pareado de tres dormitorios hubiera sabido lo que comenzó aquella noche en su garaje…

—Creo que deberíamos formar la banda —dijo Doug.

Me impresionó mucho más el hecho de que tuvieran una maltrecha furgoneta azul. De día se utilizaba para entregar paquetes y, por la noche, se convertía en una exótica alfombra mágica de cuatro ruedas que transportaba nuestras alegres almas al paraíso hasta el amanecer, momento en el que todos regresábamos al huerto de calabazas junto con el resto de la humanidad. Pero antes de que pudiéramos rociar polvo de hadas en ese tanque de gasolina, teníamos que encontrar un guitarrista.

Entonces pusimos un anuncio en Melody Maker: «Se busca guitarrista para banda profesional dedicada a la grabación. Buenas perspectivas».

Dios mío, me puse nervioso. Pellízcate, Dickinson, llegó tu gran momento.