¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 5 de 48

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Advenedizo angelical

 

Antes de llegar al internado, con todo lo que eso implica, me gustaría decir algo sobre la religión. Algo que con cuatro años, una edad demasiado temprana, experimenté de forma activa y pasiva. El resultado, no obstante, fue totalmente inesperado, y si Dios actuó alguna vez de manera misteriosa, esta fue una prueba de ello.

No recuerdo mi bautismo, aunque al parecer ingerí una cantidad considerable de agua sagrada. Pude haberme ahogado en la pila. No estoy seguro de que tragar salsa especial divina hubiera provocado la aparición de algún tipo de aura, pero podría haber influido en mi interés temprano por las alas de ángel.

El colegio celebraba el habitual festival de la cosecha y se cantaban algunos monótonos villancicos, pero solo al llegar a Birkdale tuve contacto con la religión evangélica, la Biblia de color negro y la lucha contra Satanás en todos los frentes.

Había una camarilla de fervientes maestros y, por casualidad o a propósito, eran los mismos profesores que dirigían las excursiones escolares, entre ellas, una a Fort William, en Escocia. Este viaje consistió en diez días de campamento, en el que se jugaba a enérgicos juegos semimilitares, se escalaban montañas, se cruzaban ríos, se saltaba de un árbol a otro (¿alguien conoce la canción The Lumberjack Song?) y se llevaba a cabo un lavado de cerebro religioso. Piensa en Bear Grylls, el protagonista de El último superviviente, pero sin posibilidades de escapar.

Rezábamos, asistíamos a charlas y por las noches se celebraba una asamblea en la que se animaba a los niños de diez años a ponerse en pie e identificar pecados, locura que era recompensada con clamorosas alabanzas, abrazos y aplausos. Me puse en pie y señalé una mosca en la pared, que claramente era un siervo de Satanás, pues me había distraído de las paparruchadas que soltaban los mesías a tiempo parcial y profesores a tiempo completo.

Con diez años y sin ningún sentido de la ironía, fui acogido en el redil y me dijeron que ya estaba evangelizado. Mi objetivo en la vida era ir y convertir a la gente al cristianismo.

Pues bien, como era un tipo dispuesto siempre a cumplir una misión, me marché a la ciudad y me propuse convertir a un par de chicas de las Tierras Altas entregándoles un folleto e invitándolas al campamento para asistir a una divertida noche evangélica de entusiastas himnos cantados al ritmo de palmas y mal acompañados por una guitarra y jerséis de punto.

—¡Vete a la mierda, gilipollas! —Fue la contundente respuesta.

Al llegar a casa, en Sheffield, me inscribí en la Christian Union, donde llevaba una pequeña insignia y me animaban a leer Cartas del diablo a su sobrino y muchos otros tratados menos ingeniosos, algunos de los cuales trataban temas como la masturbación y el matrimonio. Confundido, pensé: «¿Tienen algo que ver?».

Mis padres estaban algo desconcertados, pues rara vez había estado cerca de una iglesia desde que casi me tragué una cuando tenía nueve meses. Sin embargo, lo toleraron pensando que parecía algo inofensivo y me mantenía entretenido los domingos por la mañana.

Poco tiempo después de esto, las hormonas entraron en escena, y empecé a mirar a las chicas de manera distinta. Ya no solo quería convertirlas; había algo más con lo que se podía juguetear. Solo que no podía poner mi dedo ahí.

Mi amigo del colegio Tim hablaba sobre dónde poner exactamente los dedos. Aunque parezca increíble, era la única vez en la que alguien me había hablado de sexo hasta entonces, salvo para decir que, en general, era pecado, excepto para hacer bebés. Otras exhaustivas indagaciones sobre lo que hacía este chico tan sexualmente avanzado revelaron que en su tiempo libre hacía algo que tenía que ver con un calcetín y el pijama.

—¿Qué pasa luego? —pregunté intentando imaginarme la escena.

Entonces, me lo contó.

—¿En serio?

Se abrió un mundo nuevo ante mí y, como dicen que Dios odia a los cobardes, mi existencia monástica se transformó en onanista. En cuanto a la escuela dominical, al tener que escoger entre hacerse tontamente una paja y la Christian Union, hubo un claro ganador. La masturbación y las bibliotecas salvaron mi alma del proselitismo intolerante y de una opresiva ideología evangélica, y doy gracias a Dios por eso.

Sin embargo, no he terminado de contar la parte buena de los misteriosos caminos de Dios.

El custodio oficial de nuestra salud espiritual en Birkdale era el reverendo B. S. Sharp, que en aquel momento era vicario de Gleadless, una espléndida y oscura iglesia victoriana de arenisca silícea. A diferencia de los tipos evangélicos a tiempo parcial, Batty, como sugería su apodo (que significa «chiflado»), era algo más que un poco excéntrico y estaba sordo como una tapia. Para ser reverendo, era bastante inofensivo.

Batty dirigía los ensayos de los himnos, y todo el colegio se metía en la iglesia y empezaba a cantar, mientras él recorría el pasillo arriba y abajo agitando los brazos, aparentemente ajeno a los chicos (nada de chicas, claro) sonrientes, desafinados y desacompasados. En una ocasión, yo estaba de pie al final de un banco cantando, o más bien murmurando, y al pasar junto a mí, se paró; ladeó la cabeza, como un loro, y me miró detenidamente. Sospecho que estaba colocando su oído bueno.

—Canta más alto, muchacho —dijo.

Me puse a cantar un poco más fuerte. Acercó toda su cara a mi boca. Me di cuenta de que le faltaban muchos dientes y me esforcé mucho por no reírme.

—Canta más alto, muchacho.

Me van los retos, así que grité a pleno pulmón y, una vez que empecé, ya no podía parar. Perdí la vergüenza y seguí hasta terminar la estrofa del himno que estuviéramos cantando. Confieso que me pareció maravilloso; algo que no admitiría en aquel momento.

Se puso en pie y agitó un poco más los brazos; luego, se inclinó hacia mí.

—Tienes muy buena voz, chico —dijo. Después, se alejó por el pasillo y nunca más lo volví a ver.

Como yo digo, nada de lo que sucede en la infancia es en vano y, si Dios existe, él o ella no dejan de hacer travesuras.

Por desgracia, el director del coro de Oundle no compartía el entusiasmo de Batty por mi dulce voz. Quedó claro que cantar, como se canta en la iglesia, no era muy deseable, aunque describir la capilla del colegio como iglesia no le habría hecho justicia.

La capilla de Oundle, como mínimo, se parecía más a una catedral. Tenía un coro y los rumores habituales, y posiblemente verificables, sobre los chicos del coro y sus maestros. Los estudiantes que cantaban en el coro se vestían con hábito y malgastaban su tiempo libre en inútiles alabanzas al Inefable hasta que se quebraban sus voces.

Había una prueba de canto obligatoria. Me siento muy orgulloso al decir que yo fallé de manera estrepitosa. Todas las notas blancas del teclado, yo las cantaba como negras. Me dieron una nota —un trozo de papel— que debía entregar al profesor encargado de mi residencia, en el que estaba escrito: «Dickinson - Sidney House, NO CANTA».