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Los chicos del Brasil
Se avecinaba un acontecimiento dramático y exótico: un continente desconocido. El mundo de Iron Maiden estaba a punto de volverse loco por Brasil. Nos dirigíamos al sur, a Río de Janeiro. Nunca había oído hablar de las aerolíneas Varig ni tenía un billete de banco brasileño. No tenía ni idea de dónde estaba la playa de Copacabana o el cerro de Corcovado o el Pan de Azúcar. Nunca había conocido a la chica de Ipanema y nunca había probado una caipiriña. Brahma era un monje de la India, no una cerveza, y no tenía ni idea de que menear el trasero podría ser un deporte nacional. Tampoco sabía quién era el abogado de Frank Sinatra.
Rock in Rio, el primero de todos, obtuvo un 10, en cualquier escala del 1 al 10. Supongo que podría ponerme quisquilloso con la banda o mi actuación, pero en realidad no era esa la cuestión. Fue un espectáculo con el que Iron Maiden irrumpió en todo un continente durante aquella noche.
Al principio lo rechazamos. En pleno proceso de agotar un día tras otro las entradas de las actuaciones estadounidenses, un parón de dos semanas en Brasil parecía una locura. Sin embargo, la oferta de Rock in Rio parecía demasiado buena para ser verdad. Sus abogados decían que sí en todo momento.
—Os queremos para dos actuaciones durante dos semanas.
—Solo hacemos una.
—Sí.
Y así sucedió. Viajes en primera clase, unos honorarios cuantiosos, promoción comercial equivalente a una semana de espectáculos vendidos en Estados Unidos, dinero para gastos personales, hoteles de lujo, porte aéreo garantizado para treinta toneladas de equipo: la respuesta fue siempre: «Sí. ¿Algo más?».
Al llegar a Río, casi nos arrancan la ropa nuestros enloquecidos fans, muchos de ellos, mujeres extraordinariamente guapas. Fuimos perseguidos hasta nuestro hotel de la playa de Copacabana, que estaba rodeado las veinticuatro horas del día por cientos de admiradores.
Durante la semana siguiente estuvimos prisioneros en el hotel, junto con otros artistas, hasta el momento en que nos liberaban para ir al festival, que era, en su conjunto, una iniciativa increíble.
Se habían creado tres escenarios completos que se rotaban mediante una vía férrea para que pudieran situarse delante de unas instalaciones especialmente diseñadas y construidas para el festival, con una capacidad de trescientas mil personas.
Las estrellas más grandes del panorama musical internacional, además de los talentos nacionales más importantes, estuvieron tocando en una continua orgía de entretenimiento durante dos semanas. Tan solo los derechos de televisión valían una fortuna. Los cínicos dirían que toda la operación fue una gran operación de blanqueo de dinero. Una cosa era cierta: sin duda, se lavaba mucho dinero.
El desplazamiento hasta el festival fue una auténtica gozada. La última vez que subí a un helicóptero fue cuando me lanzaron desde el lateral de un Westland Wessex sobre un bosque infestado de garrapatas en Thetford. En esta ocasión nos subimos a bordo para un viaje de diez minutos hasta el lugar del festival, todo un lujo.
No éramos todavía cabezas de cartel; ese honor le pertenecía a Queen, que subiría al escenario detrás de nosotros. Aun así, estaba claro que Maiden había creado una gran expectación.
El sitio del festival era una caótica confusión. Los ánimos y la tensión iban en aumento detrás del escenario. Había una sensación apenas visible de orden y una sensación de que el desorden podría estallar en cualquier momento.
Dos empresas de seguridad rivales se atacaban mutuamente. Ambas tenían perros y estaban armadas. Se vieron implicadas en un enfrentamiento fuera de nuestro camerino. Las bestias, que enseñaban los colmillos, se mantenían a raya en los extremos opuestos del pasillo, con la correa atada a los collares de pinchos.
Ajenos a la conmoción, esperábamos en nuestro camerino la señal de que el escenario estaba listo. Fuera, en el pasillo, se sacaron las armas, se intercambiaron muchos insultos y, al parecer, se lanzaron calumnias en brasileño sobre miembros de las respectivas familias. Cuando los ánimos se calmaron, y las pistolas se enfundaron, nos dieron luz verde para salir.
Jamás había actuado, y probablemente nunca más lo haga, ante una multitud tan grande como la de Río. Parecía desaparecer más allá del horizonte, más allá del colorido fondo vagamente iluminado que se perdía en la negrura.
El subidón de adrenalina al salir fue inmenso, como una docena de salidas olímpicas de 100 metros en una sola. Toda esa gente, toda esa emoción, y… el sonido fue horrible. Habíamos llevado nuestros propios monitores, pero parte del equipo era local, y no conocíamos al ingeniero de monitores. Agité los brazos, atrapado entre la espada y la pared. No puedes colocarte enfrente de trescientas mil personas y hacer una prueba de sonido.
Cuando llegamos a Revelations, me había colgado mi elegante guitarra Ibáñez azul eléctrico. Hacía juego con la también elegante Ovation acústica azul eléctrico que todavía tengo. Mi enfado aumentó cuando traté de comunicarme con el ingeniero que estaba a un lado del escenario. Acalorado y nervioso, me saqué de un tirón la guitarra por encima de la cabeza y me abrí la frente con el borde de madera.
Mi cabeza sangraba abundantemente cuando me acerqué a la mesa del monitor.
El ingeniero vio la sangre y pareció horrorizado.
—¡Maldita sea, arregla el sonido! ¡No te quedes ahí pasmado! —grité.
Supongo que debía parecer un lunático delirante, que es lo que era en aquel momento. Para demostrar algo, aplasté mi guitarra sobre la mesa de mezclas y partí el mástil por la mitad.
—¡ARRÉGLALO! —grité.
El sonido no mejoró, así que tiré todos los monitores de cuña del frente del escenario. A las masas les gusta este tipo de cosas; piensan que es parte del espectáculo. A veces puede serlo, pero otras veces no lo es. Todo este espectáculo se estaba retransmitiendo en directo por televisión a millones de hogares latinoamericanos.
Canté un poco más y, luego, me fui detrás de los amplificadores para calmarme un poco. Un miembro del equipo técnico me dio una toalla para limpiarme la sangre de los ojos, y luego apareció otro muy nervioso. Miró atentamente la herida.
—Rod dice que si puedes apretarla para que sangre un poco más —dijo—. Queda genial en la tele.
Al día siguiente, la foto apareció en primera plana en los periódicos: sudoroso, ensangrentado y con trescientos mil nuevos seguidores de Iron Maiden.
Lo pasamos en grande, y el bajón del espectáculo duró toda la noche. En cualquier caso, era un espectáculo tardío, así que eran las cuatro o cinco de la mañana cuando llegamos al hotel. Nuestros oídos seguían atronados y el alcohol parecía no tener efecto soporífero; la adrenalina aplastaba los esfuerzos del cuerpo por dormir.
Entré en el vestíbulo del hotel a eso de las seis de la mañana. No había admiradores. El camino estaba desierto hasta la playa, y un agradable sol calentaba de arriba abajo, justo antes de volverse abrasadoramente insoportable.
Era una sensación extraña estar libre después de seis días bajo asedio. Me di el gusto de escaparme sin escolta y crucé lentamente la carretera, me quité los zapatos y me senté en la playa. Al poco rato estábamos de vuelta en un avión. «Qué vida tan jodidamente extraña es esta», pensé. Miré a mi izquierda; ahí estaba Brian May, con los ojos cerrados, la cara hacia el sol, pensando tal vez algo similar. Lo dejé con sus pensamientos. Un mundo curioso, la verdad.