¿Para qué sirve este botón?
Edison y el momento bombilla
Edison y el momento
bombilla
La aviación y la música ya habían empezado a fusionarse en una especie de agrupamiento desestructurado, principalmente porque me gustaba hacer ambas cosas, pero también porque una —la música— daba sentido a la otra. La primera encarnación del Ed Force One de Iron Maiden, por ejemplo, tuvo lugar en la breve gira de «Skunkworks» por varios clubes de Estados Unidos.
Alquilamos un Piper Navajo de ocho plazas. Era un viejo y agotado cacharro que, aunque no tuviera agujeros en el suelo, quizás debería haberlos tenido. Aun así, alquilamos el avión y nos embarcamos junto con algunas piezas del equipo en la parte posterior. Todo lo demás que necesitábamos lo contrataríamos en el destino. Era exactamente el modelo de gira de Iron Maiden que estaba por venir.
No sé cuál sería la tarifa de aterrizaje para un 747 en el aeropuerto JFK en 2017, pero para un humilde Navajo en aquel entonces era de dieciséis dólares. La pequeña terminal de aviación general desplegó una alfombra roja, que enrolló de nuevo en cuanto nos vieron.
—¿Tienen una limusina? —me preguntó un tipo.
Negué con la cabeza.
—¿Tienen carritos para equipaje? —le pregunté.
Negó con la cabeza.
Encontramos algunos carros de supermercado amontonados cerca. Apilamos nuestro equipo y lo empujamos hasta la terminal de British Airways, que estaba cerrada y desierta a las cuatro y media de la mañana.
Antes del 11 de septiembre no había policías, ni anuncios pregrabados, ni paranoia sobre bombas, terroristas o cosas por el estilo. Volábamos, por supuesto, en los asientos baratos, pero eso no importaba. Estaba sentado en el bordillo junto a mi carrito de supermercado cuando salió el sol. El Concorde estaba aparcado, silencioso y reluciente, y el rocío titilaba en sus blancas alas delta.
Me abrí una cerveza ESB de Fuller’s y saboreé el momento. Ahí estaba el Concorde; aquí estaba yo. Era piloto y músico con una botella de mi cerveza favorita procedente de un país lejano. En ese momento, pensé que no había nada mejor.
Por desgracia, «Skunkworks» desapareció como proyecto a medida que se hizo evidente el abismo entre la expectativa y la realidad. Una grieta artística había comenzado a abrirse según íbamos disponiendo de material nuevo. Al Dickson, el guitarrista, no dejaba de producir de manera prodigiosa; era, y sigue siendo, uno de los músicos con más talento con los que he tocado, sin excepción. No obstante, estaba francamente harto de rebotar de un género a otro y visitar subgéneros. Para hacer una analogía con un restaurante: en algún momento debe tener un estilo o un plato de autor. Hasta entonces había manejado muchos entrantes, de estilos variados, pero esa no era la forma de hacer que la gente volviera a por más. La banda llevaba su propio camino, y yo no iría con ellos. Decidí terminar el proyecto. De hecho, casi decidí tirar la toalla y trabajar de reponedor en un supermercado, convertirme en piloto, probar a actuar un poco; cualquier cosa excepto la música, que era como un grano en el culo.
Compadecerme a mí mismo no es mi estado natural, y una noche me quedé en casa mirando las paredes, reflexionando sobre la vida de un conductor de metro. La línea Metropolitana parecía bastante interesante: viajes largos, bonitas vistas, campo abierto. El teléfono sonó. Eran las once y media de la noche. Era Roy Z.
—Hola, amigo. ¿En qué andas? ¿Cómo te va?
—Ahora mismo, nada del otro mundo. He mandado al garete todo el asunto «Skunkworks».
Es un cliché penoso, pero realmente existe la gente que toca música al teléfono y pide una opinión.
—Eh, amigo, escucha esto —dijo Roy, y luego hizo exactamente eso.
Tocó el riff inicial de lo que se convertiría en Accident of Birth, la canción principal de mi cuarto álbum en solitario, y fue una epifanía. Después de aproximadamente un minuto, escribí algunas palabras.
Viaje de regreso al lado oscuro, de vuelta al útero, de vuelta a donde los espíritus se mueven como el vapor de la tumba…
—Roy, toca de nuevo.
Bienvenido a casa, ha pasado demasiado tiempo, te hemos extrañado. Bienvenido a casa, hemos abierto las puertas. Bienvenido a casa, accidente de nacimiento.
Solté un largo suspiro de alivio. Roy estaba ocupado tocando otro tema igual de bueno.
—Roy, no te muevas de ahí. Te veré mañana.
Pasé una semana en Los Ángeles, en el diminuto estudio que Roy tenía montado en la cocina de su casa, allá en el valle. Volví con más de la mitad de un álbum casi completo, mezclas aproximadas, voces y guitarras sobre una caja de ritmos, genérica, pero que Roy había programado con mucha habilidad.
La compañía discográfica estaba extasiada y pensaron que el producto estaba terminado. Les expliqué con paciencia que el álbum real tendría percusión real, no una de Legoland.
—¿Qué? ¿No es percusión de verdad?
—No, y el resto solo se ha improvisado. Tengo que irme y terminarlo.
Así fue como terminamos lo que empezamos en un pequeño estudio de Burbank (California), que no parecía más que una tienda vacía mirando su fachada. Era un poco como la sastrería de Del Floria, que era la entrada secreta a la sede de U.N.C.L.E., o como la cabina telefónica de Maxwell Smart.
En la parte de atrás, que daba a un callejón, había una pequeña oficina con montones de libros sobre extraterrestres y Nikola Tesla, y un acuario. La puerta de atrás del estudio siempre estaba entreabierta, y la gente pasaba provista de cerveza o comida mexicana; todos se quedaban para escuchar lo que se tramaba. Era una casa abierta a todo el mundo en Burbank.
Además, estaba el regreso de Adrian Smith. Lo llamé por teléfono y le pregunté si quería participar en el álbum. Podía hacer lo que quisiera: solos, escribir algo, cualquier cosa con lo que se sintiera cómodo.
En muchos aspectos, «Accident of Birth» fue el álbum que Iron Maiden nunca hizo. La primera canción que compusimos, llamada Wicker Man, se grabó como cara B antes de que surgiera en Iron Maiden como una canción totalmente distinta, aunque con el mismo nombre.
Maiden, mientras tanto, había reclutado a Blaze Bayley, un tipo totalmente decente con una carrera hasta entonces construida en torno a su éxito en una banda llamada Wolfsbane.
Mientras yo vivía en comuna en la parte posterior de una tienda convertida, todo el peso de la maquinaria de comunicación de EMI y Maiden puso en marcha el bombardeo por saturación en los medios de comunicación de todo el mundo. Blaze concedió una entrevista un tanto irónica, y sentí una gran simpatía por él cuando dijo que se sentía como Dorothy en El mago de Oz, tratando de encontrar el camino a casa.
Yo había tenido ese mismo sentimiento. De vuelta en Londres, pinté de amarillo dos ladrillos, los envolví en papel de regalo y se los envié a él, deseándole buena suerte. No estoy seguro de que alguien haya entendido la conexión.
Me empeñé en no escuchar los discos de Maiden con Blaze. Por un lado, ya no era mi banda, y por otro, solo surgía la pregunta: «¿Qué piensas de Blaze?», lo que resultaba ser un ejercicio inútil.
El álbum «Accident of Birth» marchaba bien. La cantidad de fans del heavy metal que cruzaban las puertas del estudio nos indicaba que íbamos por el buen camino.
Con Adrian a bordo, decidí jugarme el todo por el todo y ver si estaba disponible Derek Riggs, el primer artista que hizo las cubiertas de Maiden. Siempre tuve una buena relación con Derek, a pesar de que su personalidad era algo voluble y había causado la pelea con Rod.
Con el recuerdo de haber sido ensartado en un palo y asado a la parrilla cuando salí de Iron Maiden, decidí divertirme un poco y crear mi propio personaje. Había conocido a algunos de los titiriteros del programa de televisión Spitting Image, por lo que mi plan era crear un personaje, conseguir que Derek hiciera el material gráfico y, luego, los del equipo de Spitting Image podrían construirme una marioneta que podría usar en el escenario o en los vídeos. Así nació el engendro de Mr. Punch: Edison.
En línea con el título del álbum, Edison está a punto de aparecer, al estilo Alien, reventando el estómago de un caballero que parece no impresionarse. Mr. Punch se había actualizado para el siglo nu-metal. Dientes de metal, ojos inyectados en sangre y bombillas rotas en lugar de cascabeles en el gorro, porque, en fin, ¿quién si no inventó las bombillas? Su tradicional bastoncillo parecía ahora un bate de béisbol con pinchos incrustados.
Siempre fantaseé con la idea de hacer un espectáculo de heavy metal con Punch y Judy; como si me sobrara el tiempo.
El álbum fue bien recibido. A los críticos les encantó y quedaron impresionados con la integridad, si no necesariamente con el contenido de «Skunkworks». Era como si hubiera hecho mi penitencia en el desierto, y mi estrella se elevase otra vez.
Rod Smallwood estaba furioso.
—Es el maldito hijo de Eddie —dijo echando chispas—. Me tomas el pelo.
—¡No, no lo es! —protesté—. Edison, el inventor de la bombilla. Es una idea brillante.
Me llevé la brillante idea de gira, esta vez con Tribe of Gypsies como banda, más Adrian Smith a la guitarra, menos la sección de percusión latina.
Recorrimos Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. Este último lugar seguía siendo igual de frenético, y grabamos un álbum en directo, a pesar de algunos gallos espectaculares. Nuestro ingeniero, el maravillosamente mordaz Stan Katayama, había presentado cuidadosamente por adelantado todos los requisitos de equipamiento y, siendo como era un devoto de los detalles, estaba satisfecho.
Cuando llegamos a Brasil, descubrimos que no era todo como debería ser.
—Esta mesa es distinta —señaló.
—Sí. Es mejor. La nueva Yamaha Digital —dijo un sonriente brasileño.
—Pero yo quería la mesa analógica.
—Sí, pero la hemos cambiado. ¡Esta es nueva!
—Ah…
El manual para programar la mesa era extenso, y Stan tuvo cuatro horas para descubrir cómo funcionaba. Lo consiguió. Realizamos pruebas de sonido y dimos el concierto. Fue un gran espectáculo. Stan vino detrás del escenario, parecía abatido.
—Ha habido un problema… —comenzó.
—¡No!
—Con las entradas de micrófono…
—¡No! ¿Cuál?
—Todas.
—¿Todas?
—Excepto el bombo. Tenemos bombo para las primeras cinco canciones.
—¿Ya está?
Stan asintió con gravedad. Tuve la clara impresión de que podría hacerse el harakiri con un soporte de micrófono.
—Todo funcionaba bien antes de la cena. Entonces, sucedió. Sin sonido. No puedo explicarlo.
—¿Qué hiciste?
—Estaba muy enojado. Pero sabía que no debía gritarles a los brasileños. Me han dicho que si lo haces, se marchan. Así que pregunté amablemente.
«Admirable autocontrol», pensé. Afortunadamente, nos quedaba otra noche para salvar nuestra grabación en directo.
En Estados Unidos me fui a Addison (Texas) y alquilé un pequeño Piper Seminole para no perder mis habilidades como piloto. Volé hasta Mineápolis, luego bajé por Ohio y terminé en Raleigh, en Carolina del Norte, dando conciertos por el camino. La mayor parte fue solo de vuelo instrumental y, en la aproximación nocturna a Raleigh-Durham, fue la primera vez que me encontré solo ante unas condiciones meteorológicas que eran una verdadera niebla espesa de las que dejan a los aviones en pista.
Había despegado al acabar el espectáculo anterior. Me sequé con una toalla, tomé una gran taza de café y envolví en papel de aluminio las costillas que habían sobrado para comer algo cuando llegase a Raleigh, a tres horas de distancia.
Era una hermosa noche tranquila. Al otro lado de los auriculares podía escuchar el zumbido de las hélices gemelas, y el avión, que no tenía piloto automático, era estable, lo que me permitió mirar las estrellas y la luna creciente. El pronóstico del tiempo era de cielo despejado, pero en los valles, según me acercaba a la costa este, observé las manchas blancas de la niebla y la neblina en tierra. Cuando se vuela, la anticipación lo es casi todo. Pedí una actualización en el aeropuerto. Cada minuto que pasaba, la cosa empeoraba: la visibilidad disminuía y la nube iba bajando. Saqué el mapa y una linterna, hice unos pocos cálculos aritméticos para calcular a dónde iría si no lograba aterrizar en Raleigh y, luego, más comprobaciones para ver si el tiempo acompañaba a cualquiera de mis alternativas. La niebla no estaba pronosticada, y los lugareños dirán que es común en ciertas épocas del año.
De hecho, Raleigh parecía tener su propio sistema meteorológico plantado justo encima del aeropuerto. A su alrededor, todo estaba despejado, y observé dos pequeños aeropuertos que serían una opción si no podía ver la pista a doscientos pies sobre el suelo.
Descendí hacia la sopa lechosa. El aire era cálido y húmedo, las hélices sonaban amortiguadas, las luces rojas anticolisión de la cola se difractaban y latían en la niebla, bombeando su brillo encarnado hacia la cabina en un seductor espectáculo de luces. Me sentí como si estuviera nuevamente en el útero, e incluso la palpitante armonía de las hélices gemelas sonaba como los latidos del corazón.
Pensé que así era como morían las personas.
Las distracciones eran irresistibles, y tenía que centrar toda mi atención en los seis instrumentos del panel que había frente a mí. Ellos me mostraban la realidad y eran lo único que me mantenía con vida mientras seguía el sistema instrumental de aterrizaje, manejando yo mismo el avión, y la exploración aumentaba en velocidad e intensidad a medida que el suelo se acercaba de forma invisible. Altitud, velocidad aerodinámica, velocidad vertical, conexión izquierda o derecha, altitud…, velocidad aerodinámica, altitud…, potencia…, lista de control…
De repente, me di cuenta de lo cansado que estaba. Seguí adelante a través de esa barrera; no podía permitirme el lujo de estar cansado. Miré por el parabrisas y de nuevo a los instrumentos: aproximándome a doscientos pies… y, de pronto, un tenue resplandor blanco y, luego, la cegadora brutalidad de los faros estroboscópicos de aproximación. La pista de color gris pizarra, caucho mojado… y estaba abajo.
Después de salir de la pista, me quedé sentado unos instantes tratando de averiguar dónde estaba el aeropuerto. A las dos y media de la madrugada, mientras rodaba hasta la pequeña plataforma de estacionamiento, el aeropuerto todavía permanecía silencioso. El empleado me pidió un taxi amarillo, mientras yo recogía las costillas para llevármelas a un motel. Cuando estaba cerrando el avión, escuché el ruido de un gran reactor aproximándose. Todavía estaba cerca de la pista, así que esperé. El estruendo se convirtió en un rugido, y oí que la bestia giraba y desaparecía en la niebla. Pensé que, en realidad, podría convertirme en piloto de verdad.