¿Para qué sirve este botón?

Bruce Dickinson · Capítulo 16 de 48

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¿Para qué sirve este botón?

Subidos al carro

 

Seguíamos adelante. La voz se corrió en Estados Unidos y, a la mitad de nuestra gira con Scorpions, volvimos brevemente al Reino Unido para encabezar el Festival de Reading.

¿Me puedo pellizcar? Debo de estar soñando. Un año antes estaba endeudado, en una banda que no funcionaba, y me ofrecían una audición al pie de un poste de luz en el mismo festival en el que estábamos a punto de encabezar el cartel. Parecíamos una banda muy distinta a la lozana imagen juvenil de la contraportada del sencillo Run to the Hills. Había un aire de confiada locura sobre nosotros. El pacto fáustico que habíamos firmado seguía siendo unilateral, todo a nuestro favor, ¡oh, sí!, y mi cuello estaba mucho mejor, muchas gracias, justo a tiempo para subirnos a un jumbo y reanudar las actuaciones en Estados Unidos. A estas alturas, ya estábamos realmente mordiéndoles los talones a Scorpions.

El autocar rodó de nuevo, y fuimos de la costa oeste a Saint Louis. Era hora de comenzar con Rob Halford y Judas Priest, y la combinación fue una de las giras más populares del país. Priest era increíblemente digna de confianza, y su ingeniero de sonido era un fenómeno. La última vez que lo había visto estaba en una bañera de hidromasaje en Michigan. La vida realmente parecía moverse en círculos cada vez más grandes.

Teníamos el aura de seres de otro mundo, al menos en nuestro universo. Sin darnos cuenta, las circunstancias hicieron que el resto de la humanidad creyese que éramos estrellas del rock. En el fondo, cuando tenía dieciséis años, pensé que sería una experiencia increíble ser una estrella del rock y hacer todas esas cosas que se leen en los periódicos semanales. El estrellato del rock fue vivido indirectamente por periodistas tan envidiosos como pretenciosos en muchos casos. Era un pozo seductor y fácil en el que caer, y era más fácil si tu voluntad se confundía con cantidades industriales de coca y hachís.

Lo que salvó a Maiden de este destino deprimente fue nuestra organización gradual en un triunvirato no planificado formado por mí, Steve Harris y Rod Smallwood. Cada uno de nosotros ofrecía diferentes ingredientes al pastel y, a medida que adquiríamos conocimiento de las contribuciones de los demás, comenzamos a juguetear con las competencias de los demás. No era exactamente una democracia, pero sí al menos una especie de autocracia guiada.

Las bandas se muestran reacias a admitir que no son democráticas. El único miembro de un grupo que se siente feliz de decir «por supuesto que somos una democracia» es el dictador local, porque sabe que nadie le contradecirá nunca.

Los seres inferiores, por mucho talento que tengan, se ven obligados a aguantar la generosidad del hombre principal, y así son las cosas. No tiene que ser desagradable. La razón por la cual los llamados «supergrupos» a menudo no cumplen con las expectativas es el hecho de que los egos monumentales, cuando se los saca de contexto y se los coloca muy cerca, no actúan como factor multiplicador de fuerzas. Imagina colocar juntos a Napoleón, Hitler y Stalin en una habitación, dejando de lado cualquier diferencia política, y observa si se puede tomar alguna decisión sensata para avanzar en una causa común.

La química interpersonal necesaria para mantener un grupo de rock mundial durante muchas décadas es un milagro. Demasiados jefes y pocos subalternos; todos subalternos y ningún jefe; un jefe y subalternos rebeldes; jefe estúpido y subalternos inteligentes: todos están condenados al fracaso. Se debe lograr la mezcla correcta.

Terminó la gira estadounidense. Todo marchaba bien en el mundo. Rod estaba en su elemento, rebosante de estadísticas, recuentos, dólares de promoción comercial por cabeza y otras incontables formas de medir nuestro éxito en alza, esas que abren la caja fuerte del mercado musical más grande del mundo.

Cuando el clima se volvió otoñal, doblegamos a la naturaleza a nuestra voluntad y volamos hacia el sur para pasar el invierno en la tierra de Oz, que, tras la locura gratuita de la gira estadounidense, fue mucho más anglosajona, aunque igualmente dolorosa.

El vuelo, por supuesto, fue largo. Como el 99 por ciento del resto del mundo, volamos con las rodillas pegadas al pecho en clase económica, y aguantamos en fila con cara de sueño mientras nos registraban en busca de mantequilla de cacahuetes y cualquier otro producto alimenticio que se pudiera colar discretamente en el ecosistema australiano durante la noche. Además de una tira cómica dedicada a su existencia, no pude entender qué interés hay en que sigan existiendo las arañas de Sídney. Hay arañas inglesas perfectamente inofensivas que podrían hacer el trabajo, pero no matarte mientras cagas en el retrete.

El distrito Kings Cross de Sídney tenía un club llamado Manzil Room que resultaba perfecto para zambullirse en el rock and roll. Me tomé mi bebida sazonada con anfetas y permanecí despierto durante cuarenta y ocho horas, fuera de mis casillas. Llamé a un médico porque tenía que actuar esa noche y no podía hablar después de haber permanecido despierto y parloteando incontrolablemente como doce. Bebí mucha agua, dormí todo el día, me levanté media hora antes del espectáculo y reinicié los giroscopios que mantenían firme mi voz.

Gracias a Dios que funcionó. Veintitrés es una edad increíble para el sistema inmune.

La chica de recepción del hotel era muy amable, así que nos encontramos en un bote en el puerto de Sídney con todo el equipo: cervezas frías, oscuridad y el puente de la bahía iluminado y centelleando sobre el agua negra moteada. Sacamos del puerto una pequeña lancha inflable de color amarillo y mucha cerveza. La aleta de un tiburón apareció a unos metros de distancia, luego otra. Mi experiencia remando me vino de perlas.

Nada de lo que sucede en la infancia es en vano.

Las cosas habían cambiado desde los días del suspensorio dorado; de hecho se habían vuelto más transparentes. Steve llevaba ahora unos pantalones de plástico negro, básicamente unas mallas que parecían haber sido pintadas con aerosol. La envidia por el pantalón se apoderó de mí, y encontré el mismo tipo en París, pero en rojo. Al cantante de UFO, Phil Mogg, le preguntaron una vez por sus pantalones, y comentó: «Sí, los calzoncillos son horteras».

Creo que todos fuimos al mismo sastre. Para no ser menos, Clive usaba un mono de licra plateado y ceñido. Las fotos alineadas, vistas a nivel de la entrepierna, parecen una tienda de verduras bien provista de pimientos rojos, berenjenas y cebolletas plateadas.

Al final, los pantalones se fueron desgastando sobre el escenario. En mi caso, el soporte del micro hizo que se desgastara la película de PVC del pantalón debido a la fricción, dejando un acabado de ampollas propio de los efectos especiales de una película de terror. Un día, mientras paseaba por Sídney, vi en el escaparate de una tienda dos pares de mallas de ballet de arlequín para tíos.

Hasta la fecha había estado usando un par de botas blancas de boxeo de Lonsdale. El ayudante personal de Steve, Vic Vella, las había dejado frente a una chimenea eléctrica para que se secaran después de empaparse de sudor en uno de nuestros teatrales espectáculos. Una bota sobrevivió, pero la otra se separó de la suela ligeramente arrugada. Momentos antes de salir al escenario, hice el fatídico descubrimiento. Recurrí a la panacea universal de la cinta americana mate, adhiriendo la cinta por la punta del pie. La solución funcionó bien y, cuando la cinta se desgastaba por la suela, pegaba otro trozo. Recibí varios correos de admiradores acerca de mis botas. Una chica quería saber dónde podía encontrar la bota con la franja negra. En fin, la respuesta era en la basura.

Recién equipado y con botas de baloncesto, me dirigí a mi siguiente cita en el mostrador de facturación para el vuelo a Tokio. Me encaminaba hacia la tierra del samurái y el sumo, los trenes bala, los templos y el monte Fuji, los artilugios electrónicos y el nirvana de los videojuegos.

Maiden ya era muy conocido en Japón. La banda tenía un EP en directo, «Maiden Japan», que era un claro juego de palabras con uno de los mejores álbumes en vivo de todos los tiempos, el «Made in Japan» de Deep Purple. Cuando descendí del avión y fui a inmigración en el aeropuerto de Tokio Narita, enseguida me llamó la atención un par de cosas. En primer lugar, todo estaba increíblemente limpio. Hay hospitales en el Reino Unido que tan solo pueden aspirar a tener el régimen antibacteriano que prevalece claramente en los centros de transporte japoneses. En segundo lugar, era el primer país que visitaba en el que no solo el idioma, sino también el propio alfabeto era extraño.

Este último problema se resolvía mediante una combinación de formas bilingües y semáforos. Mientras esperabas a que llegasen las maletas a la cinta de equipaje perfectamente esterilizada, con solo apretar un botón una luz verde o roja te dirigía hacia un severo guardia aduanero.

Muy cortésmente, revisaban el equipaje con guantes blancos, y muy cortésmente te indicaban que siguieras tu camino.

Las palabras «Live at Budokan» señalaban a una banda como fenómeno mundial, y ser grandes en Japón era algo tan codiciado que una banda estadounidense llamada Riot tituló uno de sus álbumes «Narita», como el aeropuerto internacional. Por supuesto, «Gatwick» o «Heathrow Terminal 5» no suenan igual de bien.

La organización del concierto funcionaba como un reloj de precisión. Viajábamos en trenes bala hacia los espectáculos, y aquellos funcionaban con una fiabilidad y una puntualidad tales que debieron de haber comenzado con el tictac del primer reloj atómico.

A pesar de su legendario estatus, las salas de conciertos reales eran teatros muy modestos. Todavía no estábamos al nivel de Budokan, aunque Budokan tampoco resulta tan exótico cuando te percatas de que no es más que un gimnasio de tamaño mediano utilizado como centro de artes marciales.

La fase «grande en Japón» también es muy engañosa. Los japoneses tienen dos sistemas de listas de éxitos completamente independientes, el internacional y el nacional. Vender cincuenta mil discos te catapultaba fácilmente a la cima de la lista internacional de éxitos; cincuenta mil discos en la lista nacional apenas quedaban registrados. Era raro que un artista internacional avanzara en la lista nacional de éxitos, como sí lo hizo, por ejemplo, Sheena Easton.

Maiden era joven y estaba creciendo. Eran las cinco de la tarde, hora de Tokio, y habíamos terminado la prueba de sonido. El espectáculo debía terminar hacia las ocho. Comenzaban muy temprano para asegurarse de que la escuela o la jornada laboral del día siguiente sufrirían una mínima alteración, o al menos eso supuse.

Hubo un silencio sobrecogedor antes de continuar; solo alguna tos ocasional o alguien arrastrando los pies. No teníamos teloneros; no era la norma.

Los teatros tenían de mil doscientos a dos mil quinientos asientos en total, y la madera y las alfombras amortiguaban el sonido, aunque recuerdo que el Osaka Festival Hall era la construcción perfecta para combinar el sonido ambiental y ningún índice de reflexión.

Los ujieres uniformados de azul patrullaban los pasillos para que no se desviara un pie o la emoción no venciera a la obediencia. No había ninguna barrera delante del público. Había, en cambio, un campo de fuerza japonés invisible; un trozo de cuerda entre nosotros y la multitud.

Por supuesto, nos colocamos en la parte delantera del escenario, Steve ametrallando con su bajo y mirándolos con ojos de chiflado. De vez en cuando, alguien entre la multitud se desmoronaba, sacudido por el frenesí en el mismo sitio. La emoción se apoderaba de ellos y se salían de la línea, retrocediendo después, como si lucharan contra un rayo tractor moral que los arrastraba hacia las masas obedientes.

Como un rayo, un hombrecillo vestido de azul le propinaba un golpe seco con un periódico enrollado al pobre muchacho, que se volvía bruscamente a su asiento, con la cabeza gacha y los brazos a los lados, como si fuera un robot recién apagado.

Años más tarde descubrí la expresión japonesa que se suele utilizar en las escuelas para describir a un individuo que era demasiado individualista: «Un clavo que se levanta siempre se mete a martillazos».

Nos aproximábamos al final de 187 actuaciones, además de escribir y grabar un álbum, todo en menos de un año. Debíamos pasar un brevísimo descanso en el Reino Unido en Navidad, para después escribir y grabar otro álbum y comenzar otra gira enorme. Había atravesado el globo, de este a oeste y de norte a sur. Se habían cumplido todas mis fantasías más salvajes: álbum número 1, grande en Japón, giras por Estados Unidos y encabezar el Festival de Reading.

La habitación de mi hotel estaba repleta de cachivaches acumulados por una estrella de rock intercontinental. Las maletas nunca eran lo bastante grandes para meter las camisetas adquiridas. Me llevaba a casa espadas falsas de samurái, artilugios, carteles, libros y un sistema estéreo, que ponía a todo volumen en mi habitación para disgusto de cualquier persona que durmiera al lado, en general Rod Smallwood.

Después del último espectáculo, nos emborrachamos mucho. Mezclé sake caliente con cerveza fría. De vuelta en el hotel, tenía hambre. El servicio de habitaciones se interrumpía durante la noche. Me arrastré gateando por el pasillo del hotel hasta que encontré una bandeja del servicio de habitaciones en la que quedaban dos panecillos viejos y un trozo de mantequilla. Me vi reflejado en el espejo junto al ascensor.

Hay una pintura de William Blake, Nabucodonosor, que está en la portada del álbum de Atomic Rooster «Death Walks Behind You». El rostro del rey refleja el horror que siente al darse cuenta de que se está transformando lentamente en una bestia.

Esa pintura era mi reflejo.

«¿Qué te ha pasado en el último año?», me pregunté a mí mismo.

«¿Qué puedes hacer para detener esta locura?».

Comprobé si mi pie se había transformando en el de una bestia. Todavía no, menos mal; aún estaba a tiempo y tenía dos panecillos en la mano.