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Elixir de los dioses
El futuro parecía casi de color de rosa. Nuestro álbum había alcanzado el puesto 34 en la lista de éxitos y estábamos en la mira de Zomba Music, una nueva editorial muy progresista dirigida por Clive Calder y Ralph Simon. Representaban a los compositores y también a los productores discográficos, puesto que se habían dado cuenta de que los productores eran quienes controlaban con frecuencia las grabaciones, y a través de ellos podían controlar eficazmente la producción de la industria musical. Eran astutos, pero en un negocio plagado de charlatanes y soñadores, eran las personas más sinceras que te podías encontrar.
Representaban a Mutt Lange, que acababa de producir el álbum de AC/DC «Back in Black». El ingeniero del álbum era Tony Platt, y estaban ansiosos por desarrollar su carrera. Era quien sabía cómo funcionaban la mayoría de los botones del estudio, y tuvo un profundo efecto en mí en particular: remodeló mi voz hasta convertirla en la actual.
Samson fue a Battery Studios, en Willesden, al noroeste de Londres, para grabar un tercer álbum, «Shock Tactics». Por casualidad, había otro productor de Zomba que trabajaba al lado; se llamaba Martin Birch. Había producido algunos de los mejores, si no los mayores álbumes de rock de la historia, con bandas como Deep Purple y Rainbow. Era una leyenda.
Estaba haciendo un álbum para una banda llamada Iron Maiden, titulado «Killers». Había visto por primera vez a Maiden en Music Machine, en Camden. Samson era el titular, pero la tribu de Maiden apareció y arrasó. Inflexibles, intensos y con una ejecución salvaje, lideraban el nuevo movimiento metálico. Cuando con quince años y detrás de una puerta escuché «Deep Purple in Rock» y Speed King, sentí un subidón de adrenalina y escalofríos que recorrieron mi espina dorsal hasta los dedos. Cuando Maiden lanzó el sencillo Prowler, también logró ponerme la carne de gallina. Eran una versión moderna de Purple, pero con un lado teatral. Lamento decir que, desde el momento en que subieron al escenario de Camden, supe que me convertiría en su cantante. Esto se iba a convertir en un teatro de la mente, y yo podría hacerlo con ellos. Darth Vader no estaba por allí siseando y diciendo: «Es tu destino». Aunque, claro, no tenía que hacerlo; ellos tenían a Eddie.
El primer álbum de Iron Maiden había ido directamente al número 4, y ahora eran una banda de reconocimiento mundial. Su líder absoluto era un bajista, Steve Harris, y su sensato representante se llamaba Rod Smallwood. Tenían fama de despedir a muchos músicos. No tenía problema con eso; nadie viaja gratis. Dave Murray, el guitarrista, era la mano derecha de Steve; su mano izquierda era el amigo de la infancia de Dave, Adrian Smith, quien se había unido a la banda justo antes de «Killers». El dúo perfecto para uno de los ataques de guitarra más formidables del Reino Unido. Clive Burr era el batería.
Clive también había tocado un año antes en Samson y encontró nuestra yuxtaposición muy entretenida. Era una persona muy abierta, cálida y amigable que hablaba sobre tambores, mujeres y gafas de sol de diseño. Todos los miembros de Maiden vestían un uniforme de estilo banda infantil; aunque en el caso de Steve Harris, daba igual, porque siempre usaba vaqueros ajustados, zapatillas blancas y una chaqueta de cuero. Creo que el señor Smallwood quería asegurarse de que no hubiera rebeldes a los que les diese por las camisas doradas hawaianas o, en mi caso, por los sombreros rojos.
Samson lo calificaba de «kit de pendejo». Como en: «Buenos días, Clive. Veo que llevas puesto tu kit de pendejo».
La verdad es que detrás de la terminología ligeramente amarga había una veta de celos. Los Maiden eran mejores músicos, estaban mucho mejor representados y financiados adecuadamente por una compañía discográfica, EMI, que realmente se preocupaba por ellos. Se los tomaban en serio. En agudo contraste, Samson se dedicó a holgazanear, haciendo comentarios de sabelotodo, hasta que se acabó la droga. Las grietas ya estaban empezando a aparecer, y pude ver nuestro final como grupo. Aun así, por el momento, habíamos escrito, en mi opinión, nuestro mejor material.
Tony Platt procedía de la escuela de producción de Mutt Lange, y tenía una firme opinión sobre cómo debían hacerse las cosas. El principal problema era que Thunderstick no sabía tocar la batería muy bien. Barry imaginaba su estilo a caballo entre Kiss y Police, lo que implicaba golpear todo lo que estaba a la vista y patear distintos elementos de percusión, ignorando constantemente el simple requisito de llevar el ritmo. En una grabación de veinticuatro pistas en cinta de dos pulgadas, había que sacrificar la batería con cierta apariencia de precisión. Nuestra cinta auxiliar parecía un estiramiento facial de Frankenstein, lleno de empalmes, cortes y retoques —cientos de ellos—, todos diseñados para mantener a Barry dentro del ritmo.
El sonido de guitarra de Paul obtenía menos eco y más presencia, algo que él odiaba. En general, examinamos la grabación de manera muy minuciosa, algo que requirió cierto grado de sobriedad. Me pareció un gran alivio. Estaba harto de hacer tonterías. Ya era hora de grabar un disco con un buen sonido.
Por fin llegó mi turno. Tony había desenterrado una canción de Russ Ballard, Riding with the Angels, y decretó que debía ser el primer sencillo. Parecía bastante fácil. Hice dos o tres tomas.
—No. Súbelo todo un par de tonos —dijo Tony.
Empecé a cantar, mi voz se expandió, y me dolía la cabeza. El chillido de falsete se volvió casi irrelevante cuando mi voz natural se extendió hasta el fondo de mis ojos. Mi sala de máquinas producía tal potencia en esas notas agudas que el falsete simplemente no tenía a dónde ir. Sonaba débil, y yo estaba conmocionado. Para mí, escuchar «Shock Tactics» supuso una fuerte impresión. Lo más sorprendente fue que a todos los demás les encantó la nueva voz, una copia de otra persona. Este era mi yo real, pero lo odiaba.
Cuando empezamos a ensayar para algunos espectáculos, acababa ronco al cabo de media hora. Tocamos en el Marquee Club y no pude hablar durante los dos días siguientes. Estaba desesperado. Había cantado en un álbum que estaba recibiendo una gran acogida, pero me sentía como un fraude. Mi voz no podía hacerlo. Anduve deprimido durante un par de días, desahogando mis penas en cerveza, antes de que mi subconsciente llamara mi atención sobre la sabia guía que había recibido de mi exnovia dentista. Como exalumna del muy prestigioso colegio para señoritas Cheltenham, había recibido clases de canto bastante amplias y tenía un cuaderno.
—Creo que tienes una voz muy bonita, pero necesita un poco más de control —dijo, enseñándome con su tono dulzón.
Esto me puso de mal humor, pero me interesó.
—¿Por ejemplo?
—Bueno, ¿puedes hacer esto con la lengua?
Observé su garganta. Cualquiera que estuviera mirando podría haber pensado que trataba de recuperar un pez dorado, pero de hecho estaba examinando su capacidad para aplanar la lengua como un sapo aplastado.
«Hmm». Tomé prestado su libro de ejercicios y empecé a ir a la biblioteca a investigar sobre la voz y su funcionamiento.
«¿Recuerdas el pequeño cuaderno para cantar y las horas de investigación sobre la respiración y la resonancia en la biblioteca?», dijo mi subconsciente. «¿Recuerdas los estúpidos ejercicios con velas, sosteniendo sillas frente a ti, aplastando la espalda contra las paredes y muchas otras cosas extrañas para fortalecer el diafragma y desarrollar la resonancia de la voz de pecho y la voz de cabeza?», continuaba diciendo mi subconsciente. Empecé a prestarle atención.
«La técnica no tiene sentido si no la aplicas. Tienes una técnica que aplicar a tu nueva voz. Deja de sentir lástima por ti mismo y sé inteligente. Aprende cómo ser tú. Enséñate a ti mismo».
Empecé a disfrutar de mis cuerdas vocales recién descubiertas. Comencé a ver que se había abierto un paisaje completamente nuevo. Si hubiera sido pintor, habría sido como recibir un lienzo enorme y toda una paleta de colores nuevos.
El teatro de la mente se estaba volviendo muy emocionante, pero no estaba seguro de si sería con Samson. Los de A&M Records estaban ahora interesados en nosotros. Más específicamente, estaban interesados en mí, lo que quedó patente en una sesión de fotos en la que yo estaba en primer plano y la banda consignada a una distancia media.
El Festival de Reading de ese año fue mucho más sencillo, pero con un batería distinto. Barry se había ido; Paul quería que se fuera. Me gustaba Barry, pero tuve que admitir que tenía ciertas deficiencias como batería. Mel Gaynor entró en acción. Estaba en cuatro bandas al mismo tiempo y tenía una vida social muy activa. Era un batería increíble. Nuestro canto de cisne en Reading fue bastante bueno. Desplegué mi nueva voz, todos vitorearon y nadie pareció echar de menos la máscara de cuero.
El festival se inundó esa noche de chismes y rumores. No había barro —el suelo estaba firme y seco—, y el alcohol y las sustancias químicas hicieron un gran trabajo creando inestabilidad e incapacidad mentales. En medio de un claro, rodeado de cabañas de recepción y tiendas de cerveza, había un gran poste aislado, con brillantes luces blancas en la parte superior. Estaba en una esquina de una tienda de cerveza cuando Rod Smallwood se me acercó y me dijo: «Vayamos a un lugar tranquilo donde podamos hablar». Caminamos hasta pararnos al pie del poste en medio del área detrás del escenario. Estaba seguro de que tramaba algo.
—¿Quieres que volvamos a mi habitación para charlar? —dijo. Estaba seguro de que no tenía segundas y perversas intenciones. El hotel Holiday Inn de Reading se convertía en una madriguera de libertinaje durante la semana que duraba el festival; si es que conseguías una madriguera, por supuesto.
Ya en la habitación, y lejos de miradas indiscretas, Rod mostró sus cartas.
—Te ofrezco la oportunidad de que hagas una audición para Iron Maiden —dijo—. ¿Estarías interesado?
Como ya se habían dado suficientes rodeos en torno a este tema, decidí decirle lo que pensaba.
—Antes que nada, ya sabes que conseguiré el trabajo, de lo contrario no me lo preguntarías. En segundo lugar, ¿qué le sucederá a Paul, el cantante actual? ¿Sabe que se irá? Tercero, cuando consiga el trabajo, que lo haré, ¿estás preparado para un estilo y opiniones totalmente diferentes y para alguien que no va a cambiar? Puede que sea un grano en el culo, pero todo por buenas razones. Si no estás de acuerdo, dímelo ahora y me iré.
El discurso fue una combinación de me la trae floja, injusticia, dormir en el suelo, bravuconería y genuina invención. Si Iron Maiden quería tocar con el martillo de los dioses, tráelo. Si no, lárgate y busca a alguien más aburrido en su lugar. Como dice el refrán, todos debemos tener cuidado con lo que deseamos porque puede ocurrir que lo logremos.