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Powerslave (esclavo del poder)
Powerslave (esclavo del
poder)
La gira de «Piece of Mind» fue más corta que la anterior porque tardamos más en escribir y grabar el álbum. Apostamos por Estados Unidos y fuimos a saco, como cabezas de cartel del Madison Square Garden de Nueva York. Valió la pena.
Con «Piece of Mind» retamos a América. A pesar de que en la radio se emitía Flight of Icarus, estaba claro que nuestro idilio con los medios estadounidenses no duraría mucho tiempo porque simplemente éramos antiestadounidenses. No nos gustaban las limusinas y era más probable encontrarnos jugando a los dardos que fumando crack.
Despreciábamos la moda, odiábamos el culto a la celebridad y pensábamos que el concepto de «todo lo que puedas comer» era tan repugnante como sus obesos participantes. En contraste, Canadá parecía un país mucho más sensato, y el hockey sobre hielo parecía tener mucho más sentido que el fútbol americano, al menos en ese momento.
A pesar de todo, seguimos nuestra ruta por Estados Unidos, luego por el Reino Unido y Europa, más Europa y, finalmente terminamos en un festival de la televisión alemana en el estadio de Westfalenhallen, en Dortmund. Era el final de dos años dando tumbos. Había tenido hernias discales, parálisis de las extremidades, laringitis, bronquitis bacteriana y un curso intensivo de asimilación cultural.
El programa de Westfalenhallen recogía a todas las estrellas metal de los ochenta: Ozzy, Scorpions, Whitesnake…, todos estaban allí. Había dos escenarios en cada extremo del enorme estadio y el andamiaje de una torre de mezclas en el centro.
Recuerdo que estaba muy cansado, pero la adrenalina me activó y el espectáculo fue bueno, aunque de ese modo insatisfactorio en el que los programas de televisión son «buenos». En realidad, en muy raras ocasiones son maravillosos. La televisión mata la música en vivo. Las cámaras son el enemigo, pero las personas son tus verdaderos amigos.
Después del espectáculo, me emborraché y me puse grosero. Me porté terriblemente mal. Blandiendo una botella de champán en la mano, me encaramé por la torre del andamio hasta la mesa de mezclas.
Un periodista muy serio me preguntó qué pensaba del sonido, y yo le respondí orinando en la mesa de mezclas. Me pidieron que me marchara.
Sin vigilancia y con el pito colgando, interrumpí una sesión de fotos de Quiet Riot y le metí la polla al cantante en el oído, convirtiéndome así en un nuevo miembro.
Me escoltaron fuera del edificio, me metieron en un coche y le dieron instrucciones al conductor para que me llevara a dormir. Para su desgracia, me sentaron en el asiento del copiloto, desde donde metía la marcha atrás mientras estaba parado en los semáforos. Después de intentar abrir la puerta cuando íbamos a toda velocidad, me metió en la parte de atrás del coche, donde había bloqueo de puertas para niños.
¿Quién dijo que habíamos olvidado cómo comportarnos como un bebé?
«Piece of Mind» había renovado nuestra confianza y despertado el deseo de romper con la imagen de «enojado metal punk de East End» que los medios nos habían colgado y que nunca fue con nosotros. Feroz, sí. Punk, nunca. ¿De East End? Bueno, eso era casi cierto.
Había estado ocupado con la esgrima, recibiendo clases del entrenador nacional británico, Brian Pitman. Su hijo Justin, que era amigo mío, obtuvo el cuarto puesto en el campeonato mundial de menores de veinte años, junto a los futuros campeones del mundo. Nos convertimos en compañeros de combate, y también echamos unos cuantos tragos juntos.
La esgrima es un deporte paradójico. Tiene la apariencia de un pasado aristocrático, en el que solo participa una élite rica. Es una forma de pensar muy cómoda y perezosa, pero ¿desde cuándo un periodista holgazán ha dejado que el rigor arruine un buen cliché?
En la esgrima, la paradoja surge del conflicto entre disponibilidad y oportunidad. Debería enseñarse y practicarse en las escuelas más duras de los barrios céntricos pobres, y no desperdiciarse en aquellos que simplemente pueden pagarlo. Esto no significa que no deba ser integradora; simplemente, que la red debería extenderse mucho más de lo que está en este momento. En muchos aspectos se parece al tenis, en cuanto a que requiere dedicación y entrenamiento individual.
Por supuesto, se trata de un deporte de combate. En el pasado, el objetivo era matar al oponente, por lo que tenía muy poco que ver con el deporte. Tengo una colección de libros viejos sobre esgrima y sobre duelos. No hay forma más letal de deshacerse de un ser humano, salvo con un arma de fuego, que atravesarlo con una espada.
Me llevé mi equipo de esgrima a la gira y, en cada ciudad en la que tocábamos, trataba de entrenar y combatir en el club local. Me sirvió para salirme del gueto rocanrolero del autobús de la gira. Me presentaba en el club, combatía y, al salir, nos íbamos a tomar unas cervezas y a hablar de esgrima y muy poco de música porque a nadie le preocupaba lo más mínimo.
Si la gira me lo permitía, me inscribía en competiciones. Aún tengo algunas de las curiosas medallas que gané en Estados Unidos. En una ocasión terminé esgrimiendo una espada al aire libre en una feria renacentista de California, en medio de una multitud de mozas con sombrero puntiagudo y robustos caballeros que vestían trajes isabelinos bajo un calor sofocante y hablaban inglés arcaico con acento californiano. Después de limpiar el estiércol de vaca de mi kit, me obsequiaron con una escarapela que decía: «Al valor».
¡Chúpate esa, Errol Flynn! En realidad me dio clases el maestro de esgrima que enseñó a Errol Flynn, y que le dobló en varias películas. Ralph Faulkner también enseñó a Basil Rathbone y a Stewart Granger, creo; bueno, prácticamente a casi todos en Hollywood. Tenía su propio estudio, Faulkner Studios, al este de Hollywood, en lo que ahora es un distrito empobrecido. Debía de tener ya más de ochenta años y seguía enseñando.
La percusión y la esgrima tienen mucho en común. Ambas requieren tempo, pero el elemento de combate también exige ritmo, algo bastante distinto, aunque dependa del tempo. El ritmo es la capacidad de sorprender, ya que el secreto de un buen chiste es… espera… el RITMO.
En el espacio comprendido entre las intenciones de las personas, o entre las acciones sucesivas, hay tiempo para atacar. Es como ver a un gran boxeador encaminarse sin esfuerzo hacia la victoria con golpes directos, adivinando aparentemente las intenciones de su oponente y anticipándose a él.
Ralph no tenía una gran movilidad, pero la velocidad y precisión de su mano eran extraordinarias; la mano se movía como si estuviera guiada por un surco predestinado en el aire, mientras yo luchaba por lograr la precisión necesaria para manejar la punta de mi florete rodeado por la gastada guarda de aluminio hacia el objetivo, es decir, su peto de cuero marrón curtido por la intemperie.
Por debajo de la máscara, vociferaba órdenes. Su voz era ronca, y resultaba bastante difícil entenderle. Entonces, se levantaba la máscara y miraba a través de las gruesas lentes de sus gafas de montura metálica.
—He dicho bloqueo a las cuatro.
—¡Ah, vale! —respondía yo.
Hubo otro club en Los Ángeles dirigido por el esgrimista olímpico japonés Heizaburo Okawa, quien también era campeón de kendo y al que tampoco se le daba mal el golf. Aunque allí no se trabajaba demasiado la coordinación ojo-mano.
Me sentía cómodo entre los esgrimistas porque, casi siempre, eran excéntricos, inteligentes y les gustaba la cerveza. Mi mayor problema al tratar de mejorar fue una falta de coherencia entre la formación y el entrenamiento. Es imposible avanzar sin la sólida contribución del entrenador adecuado. En breve, todos regresaríamos a Jersey para escribir el siguiente álbum; sin embargo, el número de entrenadores en la isla era limitado, así que planeé importar a mi amigo Justin para entrenar con él.
El Reloj del Apocalipsis, mantenido por científicos nucleares, marcaba que estábamos a dos minutos de la medianoche. Esto sonaba a título de canción. Ronald Reagan hablaba largo y tendido sobre el «imperio del mal» de la Unión Soviética y, solo por diversión, Steve compuso una canción épica basada en el poema La balada del viejo marinero.
Con un toque irónico, escribí la canción Powerslave a modo de alegoría parcial de la vida como faraón y estrella de rock que lleva con él a todos sus acólitos allí donde va. Al final no hay más que una tumba vacía, ¿qué sentido tenía todo aquello? En el fondo de mi corazón empecé a sentir una magnificencia sombría; al final de la gira sentí, como dice la letra de la canción, que era un esclavo del poder de la muerte.
La canción empezó siendo un pequeño riff con sonoridad egipcia en una guitarra y la imagen que siempre me había gustado conjurada en el término «amplificador esclavo». Un poco de ensoñación y de mirar por la ventana durante un día lluvioso hizo el resto. Esta canción, además, dio título a nuestro álbum.
Sin embargo, el verdadero regalo que nos hizo «Powerslave» fue darnos al faraón Eddie y la magnificencia del escenario creado para este álbum. De repente, una momia de Eddie caminaba sobre el escenario, mientras que otra momia gigante salía de la parte posterior en un impresionante final; una teatralidad sensacional. Para Rime of the Ancient Mariner convertimos el mismo escenario en un galeón antiguo mediante telones de fondo pintados a la antigua usanza, efectos de trampantojo y atrezo. Era teatro propiamente dicho y nada de trucos insustanciales; era teatro de la mente.
Cuando íbamos a grabar un vídeo para 2 Minutes to Midnight, el director tenía muchas ganas de mostrarnos lo cinematográfico de su guion gráfico, así que quedamos para que nos enseñara fotos de ubicaciones.
El túnel peatonal de Greenwich era una de ellas. Me trajo recuerdos de la universidad y de los trayectos a pie bajo el río para tomar el autobús hasta el pub Green Man de Plumstead. Luego sacó una serie de dibujos que describían la guarida de los mercenarios.
—Encontramos esta fantástica ubicación. Es repugnante, llena de ratas y orina; horrible —dijo.
Le dio la vuelta a la foto.
—Yo vivía allí —murmuré. Era el número 22 de Roffey House. ¡Las vueltas que da la vida!