Poker de Papas
Capítulo 1
László Passuth
Póker de Papas
ePub r1.0
Titivillus 03.02.2022
OceanofPDF.com
Título original: Tórt Királytükor
László Passuth, 1974
Traducción: Elisabeth Szel
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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1
SE HALLABAN sentadas en torno a la gran mesa, en el castillo de Nagyszombat, juntas las tres, como si se tratara de una reunión de señoras distinguidas: las tres Isabeles. La mayor —la viuda de Carlos Roberto—
decrépita anciana venida de la lejana Polonia para asistir a los esponsales ha tiempo anunciados, escondía su mano mutilada (recuerdo de la acción de Feliciano Zách), bajo un mantón de encajes.
La mayor categoría la ostentaba la viuda de Carlos IV, el emperador romano. La Isabel «de Pomerania» se hallaba todavía en la flor de sus años.
La naturaleza la había dotado de elevada estatura y de extraordinaria fuerza física: era una mujer rubia y alegre que se jactaba de poder doblar herraduras o pulseras, si así lo quería. Y mientras vivió su marido, el gran político envejecido, el emperador amante de los libros, ella sólo fue su pálido reflejo; pero ahora la joven viuda se sentía capaz de escalar los inciertos peldaños del poder. Porque desde la muerte de Carlos de Luxemburgo, el imperio romano-germánico sólo tuvo reyes empeñados en atacarse entre ellos, pero nadie que como él llegara a ceñir la corona imperial.
La Isabel madre y la Isabel viuda de Luis el Grande no se estimaron desde el comienzo, y eso fue durante mucho tiempo la comidilla de las cortes. La mayor era la más sabia, la más política; la menor, la más joven —
acababa de perder a su marido— empezaba a saborear ahora el vicio del poder. Con todo su ardor de eslava del Sur, aspiraba a dirigir caprichosamente los destinos del imperio de su marido —aspiración femenina— y a echar por tierra de un plumazo el testamento que había dejado Luis el Grande.
Cada una envuelta en su pompa, sonriéndose unas a otras, se hallaban sentadas en sus grandes sillones ornados con coronas, ante toda la corte húngara; nobles y embajadores; eslavos del Norte que se encontraban con eslavos del Sur. Y cuando agotaron las pocas frases en latín preparadas para las presentaciones, conversaron en sus idiomas hermanos, de sabor diario.
Y aunque las dos Isabeles magiares emplearon entre sí la lengua húngara, en Cracovia, donde vivía Isabel «la vieja», no utilizaban ese idioma tan singular. Porque su marido, Carlos Roberto, apenas si podía acudir a él cuando le faltaban frases en latín.
La idea de esos esponsales había brotado ya en la mente de Luis: juntar en una sola cama a la Casa de Luxemburgo y a los Anjou húngaros. María, hija de Luis el Grande y de Isabel, y Segismundo, hijo de Carlos de Luxemburgo y de Isabel de Pomerania, recibirían Hungría, con la atrayente guirnalda compuesta por los países que dependían de ella. Y la otra hija, Eduvigis, reinaría en Polonia.
Podía suponerse que esas reinas que se sonreían cortésmente, sólo eran títeres manejados por manos interesadas, insignificantes figuras. Pero no: en ese otoño de 1382, ya no las respaldaba varón alguno que pudiera orientarlas en el orden de las cosas. La Isabel mayor había salido de la corte polaca de su hermano para bañarse de nuevo en el resplandor de sus recuerdos. Salió a Visegrád, contempló el Danubio y luego embarcó, igual que cuando lo hizo para ir a Nápoles a asegurar el trono de su hijo menor, Andrés. Fue un viaje penoso, inútil. ¿Por qué no se lo trajo entonces a casa?
Así pudo haber evitado que en el monasterio de Aversa, enroscaran el cordón de seda negro en torno al cuello de su hijo. Y la mujer pecadora, Juana, reinó todavía treinta años, aunque este año —¿o fue el año pasado?
— también la alcanzó su destino. Pero era ya una vieja, la que los mozos de Nápoles estrangularon en el lejano castillo sobre las rocas.
La anciana Isabel no pudo entonces asistir a los funerales de su hijo en Fehérvár, pero ahora le rendiría los honores antes de regresar a Polonia.
Casi no conocía a nadie entre los más viejos cortesanos. Por su parte, la nuera, la Isabel joven —apenas unas semanas después de la muerte de su marido— tomó en sus manos las riendas del país. Nombró nuevos nobles para ocupar altos cargos, devolvió las tierras a sus antiguos propietarios; la
jerarquía eclesiástica, jueces y magistrados frecuentaban los palacios de Visegrád o de Buda, mendigando nuevas posesiones, acechando presas nuevas, más y más títulos.
Nagyszombat se hallaba más cerca de Cracovia y también de Praga que las demás residencias reales, por lo que convocaron a todos para los esponsales en el mencionado palacio de Nagyszombat. Era el compromiso matrimonial de un par de niños: Segismundo apenas había cumplido los trece años. La última voluntad de su padre le hizo dueño y señor del gran ducado de Brandeburgo, mientras que el hermanastro mayor, Wenceslao, heredaba la corona de Bohemia. A los primos Jost y Jodock, sólo les dejaron escasas comarcas.
Wenceslao le llevaba muchos años a Segismundo, por lo que Carlos IV
le encomendó también a su primogénito el papel de padre. Y el matrimonio decidido por los dos poderosos príncipes, serviría también para enterrar antiguas discordias, viejos recelos. Tanto Luis como Carlos pensaban unir así en una sólida guirnalda, los países que se extienden desde la frontera de los Balcanes al Imperio bizantino, llegando hasta Francia. Abrazarían en el norte al país polaco y acaso las regiones lituanas serían anexionadas, como las posesiones de los caballeros alemanes en el Báltico. A Wenceslao le llegaría así el reino alemán, al que corresponde la corona del sacro Imperio romano germánico. Con la mano de María, Segismundo recibiría la nación húngara y los territorios conquistados al sur. En la mano de la otra hija, Eduvigis, quedaría Polonia en cuanto ésta cumpliese el deseo de su padre de convertirse en esposa del príncipe austríaco.
El problema más inquietante era el Sur, cuyas comarcas se hallaban continuamente en peligro desde que el poder turco puso pie firme en los Balcanes. El milenario Imperio bizantino se iba desmoronando a medida que los emperadores de la familia, los Paleólogos, perdían cada vez más la esperada ayuda de los países cristianos de Europa.
En el Occidente dominaba el derecho del más fuerte en sus luchas cada vez más encarnizadas, durante las guerras anglo-francesas; donde caballeros ataviados con vistosos trajes combatían a mandobles. Un arma nueva apareció en los campos de batalla, el cañón, lo cual modificó profundamente la estrategia utilizada. En Hispania, de las luchas entre
dominios cristianos, emergieron Castilla y Aragón. A veces se declaraban la guerra, otras se aliaban para luchar contra los moros, quienes se mantendrían aún durante un siglo en el reino árabe de Granada.
La dilatada ruptura interna de la Iglesia, fue considerada por los cronistas como la mayor desgracia del mundo: el pontífice francés de Avignon, sembró la duda sobre el poder del santo Padre de Roma. Durante dos generaciones intentaron en vano una salida a la gran crisis del pueblo de Cristo, planeando Concilios en busca de la unidad. Durante largos años —
especialmente cuando también pusieron en la cabeza del tercer papa la triple tiara— reinó en los países cristianos un obsesionante temor por el fin del mundo. Los pueblos y sus gobernantes se revolvían asustados entre lúgubres profecías.
Después de años de escasez y de grandes epidemias —como la peste de 1348— estallaron en todas partes discordias y querellas, y en muchas comarcas se originaron guerras de campesinos. Éstas fueron aplastadas una a una por el ataque de los poderosos, que en esa ocasión se apresuraron a aliarse, pero tuvo que pasar muchísimo tiempo hasta que las heridas pudieran cicatrizar.
En el tiempo de los interregnos adquirieron gran prestigio las universidades, que comenzaron a multiplicarse. Al principio fueron Bolonia y París las favoritas. Pero luego, la universidad de Praga, fundada por la imperial voluntad de Carlos IV, así como el «Studium Generate» de la ciudad de Pécs, que Luis el Grande tuvo el valor de crear, difundieron el espíritu y hasta la forma de las dos grandes academias anteriores.
Italia aún era de los italianos, y en el tablero de ajedrez de la península no luchaban todavía las potencias extranjeras para conquistarla. Italia del Norte era compartida por dos poderes: el principado de los Visconti, en Lombardía; y en Venecia, la república de San Marcos, la «Serenissima». A causa de aquella ruptura de la Iglesia se había debilitado el brazo secular de los papas; y pequeños tiranos locales dominaban en la mayoría de las ciudades. Nápoles y Sicilia vivían bajo el reinado de la Casa de Anjou; en Toscana florecían las repúblicas de las cuates se destacó Florencia, entre cuyos gobernantes figuraban ya los Médicis.
En la Europa occidental, el reino francés pudo haber sido el poder dirigente, como lo fue durante siglos, pero su estructura feudal lo había vuelto tan frágil, su poder tan inestable que, en la guerra contra los ingleses, su mayor vasallo —el príncipe de Borgoña— se pasó al enemigo. Los países escandinavos no querían participar todavía en el juego de dominio de Europa; aquí era el reino danés el poder dominante, y su rey disfrutaría en Buda, aún por largo tiempo, de la hospitalidad a que tenía derecho por su parentesco.
No era por tanto alegre la imagen del imperio germano después de la muerte de Carlos IV. Margraves, príncipes y gobernantes, y las cada vez más fuertes ciudades imperiales libres, repartíanse entre ellos el poder —
rara vez pacíficamente— con frecuencia en guerras civiles. Las interminables luchas fueron empobreciendo a los campesinos y multitud de gentes sin casa ni hogar vagaban en busca de comarcas más seguras. Y
cuando con motivo de los esponsales de Nagyszombat se reunieron obispos y cancilleres, pudieron contemplar ante sí una Europa plena de vicisitudes, mientras en los castillos la fiesta continuaba día y noche.
El joven novio era sorprendentemente alto, un muchacho que ya auguraba al futuro galán. Sus cabellos eran de un rubio oscuro, la mirada azul, vivaz. Había perdido a su padre a los nueve años y desde entonces sufrió toda clase de adversidades por tierras bohemias, polacas, húngaras y a veces también en su propia región de Brandeburgo. En Nagyszombat sorprendió a todos desde el principio, ya que, a pesar de carecer el joven novio de lengua materna, conversó con soltura en toda clase de lenguas y dialectos. Había pasado largos años en la corte húngara, lo mismo que en Polonia, a donde le llevó la voluntad de Luis el Grande. En Bohemia, vivió al lado de su hermanastro Wenceslao, en el Hradschin. Habiendo llevado una existencia tan errante, sorprendía que hubiera podido asimilar la dura pedagogía obligatoria en la educación de un príncipe. Segismundo se destacó rápidamente entre sus compañeros defendiéndose en latín cuando hablaba con los embajadores; con los venecianos empleaba el italiano y consiguió su mayor éxito con el brindis en húngaro. También dominaba el francés y en esa lengua se dirigió al canónigo de Dijon cuando éste llegó a las fiestas. La impresión de los invitados debió de ser la de que el novio —a
quien su futura suegra Isabel, no podía precisamente querer— había ganado su primera batalla en la corte.
Esta Isabel, apenas descendido el rey Luis a la cripta de Fehérvár, empezó a tejer y a urdir los hilos en favor de un matrimonio franco-húngaro. Su intención era esperar la disolución del noviazgo entre María y Segismundo, y cambiar así los proyectos de su difunto marido; había tiempo para ello, ya que el príncipe francés elegido era mucho más joven que Segismundo, y de esa manera podría gozar Isabel de un largo y sereno período de regencia, dispuesta a reinar durante muchos años en nombre de su hija María. Segismundo, en cambio, pronto sería lo bastante mayor para tenerlo bajo su tutela; o dominado, si fuera necesario. El pequeño margrave se estaba moviendo con demasiada habilidad en Nagyszombat para que alguien pudiera asegurar a Isabel una administración femenina muy prolongada.
María, la novia, rondaba los diez años. Los embajadores la describían en sus informes como una niña esbelta y de cara bonita. En cambio el enviado de la Serenísima, no mencionó ni su apariencia, ni la fecha en que se planeaba la boda, pendiente de la madurez de María. Los embajadores de Venecia tenían que informar hechos auténticos, con amenaza de castigos graves si no respondían a la verdad.
La abuela manca sonreía con la seguridad de ser más sabia que las demás; ella se acordaba lúcidamente de todos, y de todo lo que había ocurrido en esta parte del mundo. Llamó, pues, ante sí a María, la nieta, y al novio, a quien ya conocía desde Cracovia. De pronto pensó en su hijo, Andrés, hundido en el mundo de las sombras desde hacía un cuarto de siglo…
La abuela alzó su varita de hueso e hizo un ademán, como le correspondía por ser la más anciana. El baile podía comenzar.
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