Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 10 de 44

Páginas del PDF

Poker de Papas

Capítulo 10

EL JINETE llegó de Italia. El príncipe de Milán envió hacia el Norte las noticias de Pisa. En el cónclave, los cardenales habían elegido como papa

—claro que por necesidad— a Baldassare Cossa, capitán de mercenarios de Bolonia. Cossa, sorprendiendo a todos, no aceptó el cargo y propuso en su lugar a un purpurado anciano: Alejandro V, quien terminó su vida a los pocos días. Según la información de origen italiano, habían envenenado su comida…

—Es un aviso del Señor —dijo Cossa bajando su cabeza con humildad.

Y cuando tuvo que elegir nombre, ya decidido a ser papa, eligió el de Juan.

Así Baldassare Cossa, cuya reputación estaba lejos de ser intachable, que tampoco procedía de familia aristocrática, pero al que en cambio llamaban todos «capitán de bandoleros», adoptó el nombre de Juan XXIII. Ahora la

«Ecclesia», tenía ya tres papas en vez de dos: el romano, el español y el de Pisa.

El otro mensajero trajo una triste noticia del Imperio: Roberto, el

«antirey» de los germanos, había ido a reunirse con sus antepasados del Palatinado. De esta manera, quedaba por ahora retrasada la guerra civil alemana. En nombre de Wenceslao, Segismundo la había proyectado para intervenir en los asuntos imperiales, como vicario del Imperio. El mensajero llegado de Frankfurt dijo tan sólo que el arzobispo de Maguncia había convocado en Frankfurt, para principios de septiembre, el consejo que debía de elegir al nuevo rey. El arzobispo de Colonia, el otro príncipe elector, se unió en su propio nombre a la sugerencia. La carta que le acompañó, fue escrita por el magistrado de Frankfurt, un consejero de Segismundo que estaba a sueldo del rey. El magistrado elevó su queja: la ciudad imperial teme los tumultos que puedan estallar cuando los electores

se reunieran. Llegaría hasta quién sabe dónde la fiebre de las elecciones, podrían producirse serias desavenencias entre la gente armada de los distintos partidos. El consejo municipal tomó pues la decisión de que cada príncipe elector, fuera civil o eclesiástico, podría traer consigo hasta doscientos jinetes. El resto deberían quedar fuera de las murallas de la ciudad.

Había que escribir con la mayor urgencia a Wenceslao. ¿Cabía la posibilidad de que aún no hubiera llegado a Praga la noticia de la muerte de Roberto? Según Segismundo, el rey de Bohemia y elector en persona, no debía de mover ni un dedo. Ahora él era el único, el legalmente elegido rey

«romano». La muerte de Roberto contribuyó a aclarar más aún ese «statu quo»: si no quería reinar (como si un rey germano pudiera reinar sobre los doscientos príncipes y las ciudades) podría abdicar en favor de su hermano menor, por ejemplo… En este caso Segismundo, que ya poseía el título de virrey, podría suceder a su hermano y las tropas húngaras ya se preocuparían de que esta decisión se cumpliera.

En la cancillería quedarían hoy encendidas las velas hasta medianoche, mientras se traducía al lenguaje de la corte todo lo dictado por Segismundo.

Fue justamente en el día de su boda, en el día de la coronación de la pequeña reina: era una suerte que se hubieran reunido los consejeros del Estado. En el intervalo del almuerzo, pudieron entrar en la cancillería, a cuya entrada pusieron un centinela y así estaría rápidamente terminado el documento para Wenceslao y también la carta para el príncipe de Milán.

«¡No bebáis más hasta la cena, señores!»

La Orden del Dragón adornaba el pecho de todos, lo que hacía más fácil el negociar, pues se trataba ahora de un «concilliabulum» de la fraternidad, de una negociación confidencial. Realmente no se trataba sólo de los problemas del país, se cruzaban además cuestiones que sobrepasaban al Imperio. Hermann conocía a fondo los intrincados problemas de la Italia del Norte, pero Filippo añadió asimismo a todas las noticias los informes recibidos de Pisa en torno al avispero de los cardenales. Se trataba de que Hungría pudiera anular la obediencia al papa Gregorio y aceptara al papa de Pisa, Juan XXIII, quien excomulgaría inmediatamente a los otros dos santos padres, si al cabo de algunas semanas no declaraban su abdicación.

El santo padre Gregorio era un anciano piadoso, humilde, pero el papa español —el Papa Luna— era en cambio un viejo obstinado, intransigente.

Cuando se reuniera en septiembre el Consejo imperial, tendría que votar a uno de los tres papas: ¿Al lado de quién se pondría el Imperio? Pipo se inclinaba al de Pisa, ya que Benedicto XIII no tenía partidarios en Fehérvár.

Segismundo esperó el fin de la improvisada reunión y después resumió los

«succus» —el fondo— de los discursos. Todos se expresaban en un lenguaje sencillo, sin artificios, ahora no hacían falta las frases brillantes. El rey tomaría la decisión de que el país decidiera «por ahora» la obediencia al papa Gregorio, sin darse por enterados de la elección de Baldassare Cossa.

Hasta que no se disiparan las nubes sobre la nueva resolución de la

«Ecclesia», hasta que no se aseguraran de que la elección del papa Juan había sido inspirada verdaderamente por el Espíritu a los «capelos purpurados de Pisa». «¡Llamad al arzobispo Juan!» No era caballero del Dragón, pero él debía de enterarse también de lo que así habían dispuesto, y sin copas de vino, los hermanos de la Orden que gobiernan la nación.

¿Adónde se había ido Segismundo, por qué había desaparecido asimismo el padre de la novia? Las noticias trascendieron hasta la mesa nupcial. La sala era lo suficientemente grande para poder albergar a toda la gente de la corte, además de la escasa familia que estaba presente.

Segismundo no tenía casi parientes con los que mantener relaciones. ¿Quién podía esperar que Wenceslao mandara una delegación y le colmara de regalos de boda?

Entre los príncipes imperiales era Federico el más idóneo según el punto de vista de Segismundo. El conde de Nuremberg suspiraba no obstante por Brandeburgo; pero Federico Hohenzollern, sólo podía recibir esa comarca

—que le daría derecho al título de príncipe elector— si Segismundo fuera elegido como rey germano, y así renunciara a esta comarca, que sería su herencia. Todo estaba ajustado como dos ruedas dentadas…

De ese modo llegó la noche. Los señores sabían que Segismundo estaba en pie desde el alba; sólo la brillante fachada de la coronación era capaz de disimular las emociones de la cancillería. Todos admiraban a su señor que entre los sonidos maravillosos de los «epithalamius» cruzó corredores, hizo un ademán a los escribientes para que siguieran con su trabajo, buscó a

Nicolás Garai que estaba hojeando los documentos en la sala del virrey, junto a Pipo.

—Pipo —dijo en voz baja, hablando en italiano con el de Ozorai—,

¿habrá una guerra italiana?

Al príncipe lombardo le hubiera encantado hacer una incursión para castigar a los de Pisa. ¿Había alguna posibilidad de que Milán se colocara del lado de Baldassare Cossa?

Música, música, el conde Hermann había traído a sus músicos estirios.

Seguramente pensaban que el palacio de Fehérvár debía de estar construido en mármol y no podía derrumbarse con tantos acordes de trompetas. Su estruendo penetró en la sala del virrey por entre las bóvedas. Basta, basta, reía el rey secándose el sudor de la cara; y mandó transcribir un pasaje de la carta para Wenceslao, escribió una colorida frase en la parte inferior del pliego de papel, en letras caligráficas. Luego se puso de pie. Ahora alzó por primera vez su copa y como no había allí ningún camarero, Stibor escanció el vino. Sólo los cuatro sabían por qué-brindaban. Y aún quedaba por delante toda esa noche singular…

A la «principessina» no sólo le habían enseñado el latín y la sumisión religiosa, sino también que debía cumplir obedientemente los deseos de su marido para con todos los que se acercaban a ella. Así lo exigían el orden, la moral, la tradición. Junto a los «espejos de reyes» que representaban la piedad para edificación de los príncipes, existía también un espejo más pequeño y más secreto: el que refleja a las jóvenes cuando llegaban ya a la edad de la copulación, cuando llegaban a ser núbiles y casaderas. Mujeres experimentadas, viejas consejeras, a veces únicamente las antiguas nodrizas, eran las que explicaban el catecismo de esta secreta transformación en mujer.

Él era un hombre guapo, así como estaba con su dalmática, ya que ni siquiera había tenido tiempo de ponerse un traje cómodo para la ceremonia de la coronación y el almuerzo. Ya le reclamaban de nuevo en la cancillería; tuvo que volver dos veces y la tercera se tomó tanto tiempo, como para firmar un «purum» y hacer que partieran lo más pronto posible los correos a caballo, los mensajeros urgentes ahora, realmente, hacia los cuatro vientos.

Contempló la frágil y extraña flor: Bárbara se había quitado ya su tocado, sacado la aguja de diamantes, ahora se quitaba la redecilla de perlas.

De repente cayó su espeso cabello rubio rojizo como el oro a la luz de las velas. Era maravillosa en esa noche llena de cantos nupciales, surgiendo de sus formas pueriles, transformada en una mujer esbelta que ya resplandecía en toda su belleza y haciendo gala de ello ante su marido, un poco en son de mofa pero con curiosidad. No tenía miedo, no se notaba la menor expresión de alarma en su rostro, no era como si se encontrara con algo monstruoso, contra lo que hasta entonces la habían puesto en guardia en cada sermón; y ahora de pronto resultaba que la provocación del Malo se había convertido en un juego agradable, que no sólo podía sino que debía practicar hasta que… hasta que se fecundara su matriz, según las leyes de la naturaleza y diera a luz preferentemente un heredero varón, para dicha de su esposo y de sus dominios. Así… así… Bárbara estaba de pie, envuelta en su bata de seda, que había comprado para esta ocasión a comerciantes persas, hacía años, cuando viajaba por el Oriente, Hermann, su padre… El padre cuyo único deseo era colocar sobre los hombros de su hija un manto de príncipes…

Quizá había algo burlón en esta niña que se mueve, se vuelve, se quita la ropa de otra manera, con más coquetería que aquellas mujeres a quienes

«la sangre del rey no ensucia» y que al tercer día, cuando se despiden del monarca que continúa su viaje, llevan ya su sortija de oro en los dedos.

No se apagaron las velas, no se cubrió el candil que estaba debajo del baldaquín del lecho. Contempló ella con curiosidad al hombre que podía ser su padre, muy poco más joven que el verdadero. ¡Qué grandes eran sus manos! Se quitó las sortijas, le habían untado los cabellos con perfume de nardos después de quitarse el gorro. Aquí ya nadie la oía, podía hablar con palabras estirias, alemanas, mientras ese hombretón la estaba abrazando; siguió sus movimientos obedientemente como cuando —casi de niña— la sentaba en su regazo. Los antiguos recuerdos retornaban a Segismundo, figuras centelleantes de su juventud apasionada, minutos, noches. Jamás se había vuelto hacia él un rostro de jovencita, tan bonito, tan… tan extraño.

Jamás había abrazado un cuerpo tan esbelto, tan terso, tan singular. No se rehusaba, más bien se oprimía contra él, no era la entrega de una sola vez.

Ya son iguales en esta hora nupcial, cuando Bárbara rompiendo en risas jugaba como si continuara la ceremonia; baja, hace una reverencia, se acerca, se rinde y otra vez escapa. «Todavía no»…

Mientras la abrazaba, mientras la convertía en su reina, oye cabalgar a los jinetes que corren hacia los cuatro vientos en la noche de Székesfehérvár. Con cartas hacia todo el mundo.

OceanofPDF.com