Poker de Papas
Capítulo 41
¿CUÁNTAS veces más? ¿Podían encantarle aún las entradas solemnes, el lujo de las comitivas reales? Cuando estaba solo, se contemplaba en el espejo: entre el gris de su rostro rodeado de barba, giraban los ojos, antaño tan seguros como los de un halcón, y que ahora le obligaban a sostener el pergamino a distancia, para poder leerlo. Pero entrar en Praga —después de los desengaños, las humillaciones de quince años— era distinto a todas las exaltaciones de antes. Si su hermano Wenceslao no hubiera muerto sin descendencia, su linaje hubiera heredado el trono bohemio. Pero el orden tradicional de herencia se consumió mientras Europa asistía horrorizada a la llegada de los carreteros husitas. Era un Anticristo, el quemador de Hus, rey perjuro y, principalmente, húngaro. Su ropa, su modo de hablar, su pompa, su residencia en Buda, todo probaba que allí era donde se sentía en su casa.
Tanto en el Imperio como en Bohemia era, en realidad, un forastero, a pesar de que hablaba la lengua nativa como acostumbraba en su niñez, en el Hradschin.
¿Cuántas veces había montado solemnemente su querido caballo, en el que viajó desde Italia hasta Suiza en ocho días? Ahora cabalgaban juntos, como deidades, Segismundo y Bárbara: no sin inquietud, pues Praga no parecía una ciudad tranquila, a pesar de que habían quitado las barricadas de las plazas y grandes calles, echado las ruinas en los fosos, derrumbado las desnudas paredes. Los checos eran famosos tiradores: podían apuntarle fácilmente desde una buhardilla del Barrio Antiguo. Segismundo vistió una malla bajo su traje real, pero su cabeza iba al descubierto —siendo rey no podía cabalgar con yelmo. A su lado, en el brillo de su belleza crepuscular, con la cara bien retocada cabalgaba «la loba», como la llamaban en Praga.
En la catedral no hubo coronación. Sólo un solemne Te Deum por haber recuperado la corona y los otros símbolos reales. Segismundo cumplía jurídicamente los dieciséis años de reinado en Bohemia, pero a pesar de ello, únicamente visitó en ese tiempo las regiones habitadas por alemanes, o acampó al borde de los bosques que rodeaban Bohemia.
Segismundo pensó apoyarse en Praga, principalmente en los católicos que siguieron fieles a su fe, a pesar de que nadie sabía su número. ¿Dónde estaban escondidos?, ¿de dónde salieron esos pálidos testigos de la tremenda época, anhelando en su mayoría la venganza? ¿Cuántos quedaron de ellos, prelados, frailes que no quisieron desviarse de los dogmas de la Iglesia, de sus costumbres? Todavía brillaba el día solemne de la entrada pero los fieles, los intransigentes se amontonaban ya alrededor de la residencia, esperando el premio a su lealtad.
En los compactata, se decidió el destino de las Iglesias, tratando en un acuerdo separado, la repatriación de las órdenes religiosas. No sé podían repoblar los claustros antiguos como si no hubiese acaecido el gran movimiento nacional. El acuerdo dependía de la aprobación de los diocesanos; dónde debían afincarse los frailes y qué servicios deberían prestar para poder recobrar sus antiguos monasterios.
Segismundo sabía también que quedaban pocos checos leales a él, que tuvieron que ocultarse, y después de largos años de tormento, casi no conocían a nadie. Principalmente eran los calixtinos —caballeros y burgueses— a cuya lealtad apelaba hoy el rey, quienes en la época más tardía de la sublevación, hubieran deseado que Bohemia se acercara a Europa. Veían claramente que el país militarizado, con su penuria cada vez mayor, no era capaz de enfrentarse al mundo. La tenacidad de Prokop Hóly, y su enorme aptitud eran necesarias para hacer creer a los checos en la imagen de una república como un paraíso, semejante al pacífico mundo que habían creado los cantones suizos.
En el Hradschin mantuvieron aparte los asuntos checos durante un tiempo. Como si estuvieran en una fiesta familiar. Federico Cillei recibió de rodillas ante su cuñado, el diploma de príncipe mantenido durante tanto tiempo «in pectore» —en secreto. Hermann ya no vivía, pero Bárbara recibía como emperatriz el besamanos de su hermano mayor; y el
primogénito de los Cillei tomó por fin asiento en los bancos de los príncipes imperiales.
En Praga, los habitantes de la capital esperaban del nuevo rey pan para su hambre. El Hradschin volvió a ser una digna residencia real: jinetes de la caballería ligera húngara formaron una cadena de guardia invadiendo con los arqueros cumanos el monte del castillo, las colinas desde donde se hubiera podido atacar el palacio. Llegó una tropa de mercenarios suizos, y para manejar los cañones el rey tomó a su servicio a mercenarios de Lombardia; eran todos forasteros los que cuidaban de la seguridad de la nueva majestad. Aquellas bocas militares hambrientas —que no eran muchas, pero que a la ciudad, agobiada, debieron de parecer una multitud—
cambiaron el aspecto de Praga. Cuando salían a patrullar llevando los cañones por las calles, el pueblo se encerraba en sus casas esperando el inicio de nuevas persecuciones. Todos sabían que los taboritas habían desaparecido pero podían surgir en cualquier momento; sus raíces no estaban arrancadas. Parte de la gente se inclinaba aún hacia ellos; los que no tenían nada que perder, los que recordaban la igualdad sin señores, las fantásticas patrullas seguidas de carros llenos de botín.
Los señores que desde hacía veinte años no se atrevían a acercarse siquiera a sus feudo, volvieron a ellos; resultó que había administradores precavidos que sacaron a escondidas algo para sus señores de antaño, mensajeros de confianza les llevaban los dinares recaudados bajo mano.
Ahora, dichos empleados se habían convertido en señores, libres de toda limitación. A pesar de que los compactata incluían en el acuerdo también a los vasallos —al menos sobre el papel— todos sabían que era sólo letra muerta: el señor y sus capataces mantenían sangrientos tribunales, aspirando a recuperar de una sola vez el gratuito trabajo atrasado de los últimos veinte años, corriendo el albur de que se declarara una rebelión, en cuyo caso no se podía esperar ayuda alguna. Ya no atacaban con palos los taboritas de antes: en toda Bohemia había miles de armas de fuego escondidas o enterradas, y molinos de pólvora que trabajar ban en secreto.
Se podía palpar la inquietud en las ciudades, principalmente en Praga; pero nadie quería llevar al patíbulo a ningún acusado, a los que se quedaron en la ciudad al girarse los dados, y así llegó un mundo diferente. Segismundo
quería reinar pacíficamente sobre su recuperado país; no traía la intención de amargar a los checos con nuevos cadalsos. Así, que una parte de su tarea fue la de tranquilizar a los aprensivos. Tuvo también en esto el apoyo de Bárbara. La emperatriz no simpatizaba con los checos, ni olvidaba el saqueo de sus posesiones húngaras; por otra parte, seguía con interés las aspiraciones eclesiásticas, y como ella misma no se preocupaba mucho por los dogmas (varias veces había declarado que no creía en el purgatorio ni en el más allá), debió sentirse más cercana a los reformistas checos que negaban buena parte de los dogmas y aceptaban solamente tres sacramentos.
Eugenio dio un nuevo paso adelante: después de cuatro siglos, partió una delegación de Roma hacia Bizancio para redactar las condiciones de la unión greco-latina. En las relaciones entre el papa y el Concilio ambas partes querían eludir la abierta ruptura redactando las cartas en tono cordial, pero tanto en Basilea como en Florencia, donde residía la Curia exiliada de Roma, sabían cuál era el nudo: al Concilio le interesaba la unión, pero no era lo fundamental, ahora desbrozaban el camino a la Reforma, y la palabra Reforma era una capa piadosa bajo la cual se ocultaban las limitaciones al poder papal. Cesarini, quien acaso veía más lejos que sus compañeros, equilibraba la corriente antipapal con su autoridad personal. Pero los prelados que vivían en las regiones occidentales y del norte de Europa, no se preocupaban mucho por los checos, ni por los turcos, ni por esa unión. Si la iglesia fuera de nuevo intocable, si no dependiera de las luchas urbanas de Roma, sólo entonces se podía pensar en la proclamación de la cruzada.
Hungría era bastante poderosa; podía armar gran cantidad de hombres. Sus habitantes no habían sufrido daños ni la devastaban tártaros con incendios o asaltos. Segismundo debía encargarse de defender su dominio contra las olas musulmanas. Tenía además sus estrategas: entre los más jóvenes se citaba con frecuencia a Juan Hunyadi, principalmente en los informes llegados de las comarcas de los Balcanes, donde aún no había anidado el turco.
Si diese resultado el paso de Eugenio y el emperador Paleólogo resultara ser más fuerte que el clero bizantino, que en su testarudez no veía
más allá de las torres de su ciudad, se podría crear la unión con la presente situación de amenaza. Después tendría que votar el Concilio también por la cruzada. Así se convertiría el papa en aliado natural de Segismundo; tras la reconciliación checa, a Segismundo sólo le quedaba un deber como monarca; iniciar una campaña para expulsar de Europa al infiel. No obstante, de tener éxito el gran plan europeo, Bizancio resultaría débil para competir seriamente con el emperador «occidental». Por eso permanecieron juntos en un mismo campo Eugenio y el emperador, que se acercaba ya a los setenta años, y por eso se colocó Segismundo al lado de la Curia, cuando el santo padre proclamó en Ferrara el Concilio para el año 1437
(luego, un año más tarde), cuyo mayor objetivo sería, en vez de la Reforma general de la Iglesia y del poder papal, la reconciliación con los griegos y
—si era posible— la proclamación de la unión.
Aquello acarreaba un perjuicio a los padres de Basilea que dieron por segunda vez un término de treinta días al papa para que se presentara ante el Concilio, a pesar de que sabían que Eugenio no estaba dispuesto a abandonar Italia por ningún concepto. En tierra italiana se sentía como en su casa, pese a todas las desavenencias internas. Basilea era pero, heredera de Constanza, donde habían papas.
Gaspar Schlick estaba agobiado por las había convertido en un nido de víboras; se acusaban en denuncias —abiertas o encubiertas— hasta entre viejos compañeros de armas, echándose en cara unos a otros cuanto era posible, las barbaridades de los años anteriores. Los secretarios revisaron el material llegado a las cancillerías, y las denuncias pasaron al canciller sólo después de una selección.
—Si también aquí, como en Venecia, hubiese que echar las denuncias en la boca del león, el animal del blasón tendría que abrir sus fauces una braza más —dijo durante sus largas noches el confidente del emperador.
La escritura que tenía ahora delante, era, visiblemente, obra de un escritor experto: renglones perfectos en su caligrafía, como suelen escribir los clérigos que estuvieron en Italia; las frases en latín no distinguían a qué nación pertenecía quien se dirigió por carta a su majestad romana.
«Sería recomendable que cuidaseis con mayor atención el alimento de la “Cesárea Maestas”, que lo examinara un doctor cada vez. Sabemos que la
señora —por un pacto secreto con su hermano Federico y su sobrino Ulrico
— desea abreviar la existencia terrena de su majestad. La reina aspira a quedar viuda lo antes posible, para facilitar sus nupcias con el rey polaco Ladislao, que acaba de salir de la infancia. Con ello se impediría al príncipe Alberto que ocupase el trono de Hungría después de la muerte del señor Segismundo. La muerte debería producirse en forma repentina, como un relámpago. La señora Bárbara ya negocia secretamente en su castillo con tres capitanes husitas. Si su majestad desapareciera, los taboritas invadirían enseguida Praga. ¡Tened cuidado!»
Realmente, no era ninguna novedad para el canciller el contenido de esa correspondencia anónima; pero ningún amanuense se hubiera atrevido a escribir con esa sencillez y de golpe, lo que sólo era un rumor, como en todas las cortes donde se maduran artimañas. Schlick miró hacia fuera, por la ventana del Hradschin, la ensombrecida Praga. ¿Qué ocultarían los puntiagudos tejados: odios, esperanzas perdidas, penurias, desesperación?
¿Quién pudo escribir la carta? ¿Qué más sabría el secreto delator?
Segismundo no prestó excesiva importancia a esa denuncia: la experiencia de largos años le había enseñado que a todos los monarcas les acecha continuamente el peligro, pero que si sospecharan de todos siempre verían fantasmas… Cuando algún cortesano le revelaba el plan de alguna conspiración, respondía: «Iam alios vidi vantos» —ya he experimentado cosas peores—. Como si creyese que por gracia excepcional del destino, a él no pudiese dañarle ni el hierro ni el veneno. En Siklós hubieran podido liquidarle fácilmente, habría bastado con unos pocos asesinos… ¡Cuántas veces participó en aventuras, encuentros clandestinos, en los que sólo podía confiar en su propio puñal, de caer en alguna trampa…! ¡Qué lejos estaba el tiempo que pasaba oculto en la casa de Lucrecia, en Siena! ¡Y cuánto tiempo sin recibir un aviso parecido! También de esto habló con Gaspar Schlick al día siguiente, como esperando de él una absolución por aquella pasión de antaño…
El canciller tomó la carta: había algo que le inquietaba en ella, algo que le dejó pensativo… ¿Por qué fiarse de Bárbara? Nadie creía en su religiosidad, en su amor matrimonial, y era seguro que nunca aspiraría al destino de las reinas de edad madura: la devoción del monasterio.
Segismundo tenía ya casi los setenta… Bárbara era un cuarto de siglo más joven. Schlick la vio varias veces por asuntos de su cargo y había hablado con ella a solas: según él, la mujer ya no era joven pero todavía se mantenía bonita, coqueta, bien dispuesta a disfrutar de los vicios mundanos —pues no tenía fe en el más allá, no temía el castigo del otro mundo. La sangre de los Cillei la arrastraba al deseo de reinar también ella a su gusto: la gobernación que conducía sin pena ni gloria no satisfacía las ambiciones de Bárbara. Con la constante escasez de las arcas húngaras, no sentía ningún placer cuando se sentaba en el trono durante las reuniones del Consejo. Pero reinar, teniendo todo en sus manos: el poder, el oro recién adquirido, ejércitos, tropas de elegantes húsares, embajadores, trajes lujosos, aspiraba a eso; era lo que deseaba tener en sus manos cuando Segismundo cerrara sus ojos. Schlick no era un médico de almas, sino un cortesano avispado, llegado a la gracia del rey desde muy abajo. Pero que Bárbara enviase a un asesino a sueldo, hacia su marido… ¿O le envenenaría sólo para poder casarse con Ladislao, para desheredar a Isabel y Alberto y quedarse ella con el trono húngaro? Jamás hubiera pensado tal cosa Schlick. Y si lo hubiera sospechado, no habría tenido pruebas.
Hacía algunos días que Alberto también vivía en el Hradschin; Isabel se había quedado en Viena, en el Hofburg. Con rápida decisión, Schlick llamó al paje, al nuevo y joven Nicolás Garai:
—Ve a ver al príncipe y ruégale que a pesar de la hora avanzada, me reciba urgentemente…
¿Habría hecho bien en no romper la carta? ¿Iniciar a Alberto en lo que Schlick tampoco sabía en todos sus detalles? ¿Y si el príncipe pensara que su deber era dirigirse a su majestad, en vez de a él? ¡Si solamente fueran fantasmas del canciller… pesadillas, fruto de inquietudes nocturnas! Ya no había tiempo, el paje regresa, coge la antorcha y le acompaña a los aposentos de Alberto a través del Hradschin.
Era un varón alto, huesudo, de media edad, rostro abierto, de la raza de los monarcas caballeros, mejor y más culto que los príncipes germánicos, capaces de discutir con ls puños, incluso en los bancos de la Asamblea imperial.
—¿Quid novi? —preguntó Alberto, y volviendo del latín al vienés—.
¿Qué hay de nuevo? —preguntó con expresión sonriente.
Lo más sencillo habría sido, naturalmente, mostrar la denuncia al
«heredero húngaro», para que la leyera. Pero la profesión de los cancilleres es ampliar la visión, así que Schlick también amplió la historia: Alberto le escuchó con atención, sabiendo que Gaspar no habría venido a hora tan avanzada sólo para chismorrear:
—¿Qué noticias concretas tenéis, conde?
Schlick era uno de los más recientes condes imperiales, la gracia de Segismundo le alzó rápidamente a ese elevado título y Alberto le prestaba su categoría, por eso le hizo tomar asiento: hablaban dos hombres de la misma edad. Schlick relató con sus propias palabras todo cuanto sabía de la carta y de cosas anteriormente reveladas.
—La carta es categórica, alteza, como si estuviese ante un tablero de ajedrez. Me he dirigido a vuestra alteza, porque debe temer antes que nadie, a cuanto ocurra con su majestad.
—¿Cuál es vuestra propuesta, Gaspar?
—Si la emperatriz se diera cuenta de algo, si cambiáramos a los miembros de su séquito, si encontrase caras nuevas, entonces sospecharía.
Sabéis muy bien que no es inteligencia lo que le falta… Hay que eludir cualquier estridencia, no debe notar nada si logramos cerrar el círculo dentro del cual puede moverse.
—¿Mencionarlo a su majestad?
—Solamente si tuviésemos alguna prueba. Así no nos creerá el emperador y acaso lo mencionaría a la señora. Pero si poseemos la justificación…
—¿Cuál podría ser esa justificación?
—Enviar secretamente una carta a Cracovia… intentar enterarnos si adquiere veneno.
—Ha vivido bastante tiempo en Italia y además no hace mucho. Puede haber traído de allí cualquier producto que sirva, no solamente para matar un marido, sino para liquidar una docena… De todas maneras, ¿creéis que la carta nos revela la verdad?
—No tengo la prueba, pero es posible. Imagino que Bárbara pensará que el tiempo trabaja contra ella. ¿Vuestras órdenes, alteza?
—Schlick, yo aquí no doy órdenes. Pero hay que vigilar muchas cosas, mi suegro, el trono, mi mujer. Vos, ¿qué pensáis?
—La Augusta —en los últimos tiempos le place que la titulen así— no debe ver caras nuevas. Pero hay que vigilar a todos cuantos la rodean, a los que se alejen de su lado; también, cada letra que escriba. Pienso que elegiré entre mis confidentes a dos o tres que considero aptos; también habrá damitas de su círculo, de absoluta confianza. ¿Qué podrían esperar de Bárbara, si se enteraran de algún secreto? Lo más probable es que les sería casi imposible eludir su venganza, con riesgo de sus vidas. Si puedo hablar en vuestro nombre, alteza, cada documento que podáis llevar a su majestad valdrá muchas monedas de oro; indultos, títulos, mitras, a cada cual según su categoría. Lo más importante es… que el emperador no sospeche nada, porque se retiraría. Pero si no ve ningún obstáculo, se vuelve imprudente enseguida, como actuó con aquel gallardo caballero alemán… perdonadme, alteza, se me ha escapado esa alusión.
—Lo has dicho ante mí, no ante mi esposa, a pesar de que Isabel tampoco considera una santa a su madre. Me ha hablado muchas veces de aquel año que pasaron en Bihar, en el exilio. Bárbara era entonces tan impetuosa como ahora, muchas veces cruel con los que podía serlo, con Isabel… que sólo era una pobre niña expulsada por su padre. Isabel no lo olvidará jamás. Algunas veces, después de grandes fiestas, me habla de la miseria en que vivían en el claustro… Gracias, Gaspar Schlick: todas mis puertas estarán abiertas para ti; vigilaremos, sobre todo, a los nuevos príncipes; no me sorprendería que fuera justamente Ulrico quien tira del hilo. Está dispuesto a todo…
—No olvidaré vuestras confidencias, alteza; y os pido permiso para retirarme. Desde hoy se estrechará la vigilancia alrededor de la emperatriz.
Los días que pasan excavan los años —pensaba Segismundo, después de una noche penosa y del doloroso despertar de sus miembros envarados.
El doctor italiano había aprendido su arte en Salerno: no se ocupaba sólo de aliviar los dolores del rey, sino que buscaba también la causa. Él
mismo estaba dispuesto a preparar los baños con hierbas curativas, se hallaba presente cuando despojaban de su ropa a Segismundo, examinaba el enorme cuerpo todavía vigoroso, tocaba los músculos, las zonas fláccidas.
Su rostro no dejaba adivinar nada, murmurando algunas palabras. Su ojo clínico vio enseguida que las dos piernas tenían distinto color; una —la izquierda— cubierta de pequeñas ampollas rojizas. El rey se quejaba:
«Tuve que sentarme en la cama, puse los pies en el suelo a causa del dolor, que sólo se alivió cuando me hube paseado varias veces por el cuarto».
—¿Por qué no me habéis hecho llamar, majestad?
—Si te llamara durante la noche, por la mañana todos sabrían que me había ocurrido algo. El agente de Venecia escribiría enseguida al Consejo de los Diez y pronto empezarían a festejarlo en la Serenissima. No tengo miedo a la muerte, pero estos espasmos… parecía que llegaran al corazón.
—Majestad, si el color de la piel es amarillento, casi blanco, significa que la sangre no la riega suficiente; si es demasiado rojo, puede ser que allí llegase demasiado elixir de vida, sangre… esperemos que no se repita. Con vuestro gracioso permiso, vigilaré desde ahora en el pasillo. Ni siquiera necesitáis usar La campanilla, majestad, ataremos un cordón a mi muñeca y, tirando de él, me podéis avisar para que os ayude. El espasmo es causado por la sangre, mi señor, y en su trayecto tratamos de no interponernos nosotros, los médicos.
El viejo Ladislao, durante las guerras husitas, cuando Segismundo esperaba en Italia poder llegar hasta la Ciudad Eterna, había ofrecido su ayuda contra los herejes. Si se llegase a un acuerdo con el monarca romano, invadiría con su ejército polaco-lituano las concentraciones de los taboritas y cuando Segismundo volviera como emperador, Praga ya estaría acallada.
En la asamblea imperial germana, no gustó demasiado la propuesta polaca; ni al mismo Segismundo le atrajo la idea de aquel apoyo. El paso siguiente podía ser que Ladislao se proclamara rey checo por medio de alguna reunión convocada en secreto. Así que, con el cordial lenguaje de antiguos familiares, enviaron a Cracovia un cortés «no». Se invocó principalmente las tensiones que envenenaban la débil paz entre la Orden teutónica y Polonia. Los príncipes alemanes opinaron que el rey alemán debía defender
la Orden, especialmente después de la última derrota. Los grandes del Imperio se hubieran sentido ofendidos si el rey, por ellos elegido, aceptara la ayuda de los odiados polacos.
Ladislao no se volvió a ofrecer y pronto terminó su larga peregrinación por este mundo: era ya un hombre cuando recibió el bautismo y trajo consigo toda una nación —los lituanos— al amplio campo del pueblo de Cristo. Reinó con la pasión de los neófitos, pero también con gran talento político tras la muerte de la reina Eduvigis, procurando agrandar la dimensión de Polonia cuanto fuera posible. Después de la victoria alcanzaría sobre la Orden, se convirtió, además, en un soberano popular.
El distanciamiento entre Segismundo y Ladislao y el papel que el monarca romano tuvo que representar en apoyo de la Orden, desilusionó a los cracovianos. La corte polaca cuidaba de su pequeño mundo, los grandes horizontes europeos les eran lejanos. Los polacos no tenían mayor papel en los Sínodos, el husismo sólo había llegado a los límites del reino polaco y todas sus pretensiones fueron aplastadas por el rey con mano dura. Pero el rencor de Ladislao y el recelo de Segismundo ensombrecieron la tradicional amistad húngaro-polaca. A eso se unió la suerte del préstamo dado sobre las dieciséis ciudades del norte de Hungría. Era evidente que Segismundo difícilmente podría devolver alguna vez esa suma y sus intereses, recibida de Ladislao, por lo que quedaría clavado en el cuerpo de Hungría, aquel territorio polaco regido según las leyes polacas. Si sólo se hubiese tratado del plazo de unos años, ello no hubiera cambiado el estatuto de las ciudades y de todo el territorio. Pero cuando ya pasaron decenios desde la hipoteca, los jóvenes polacos empezaron a actuar en aquellas hermosas ciudades sureñas, como si pertenecieran a su patria. Sus habitantes; aprendían, junto con su lengua materna húngara, la lengua eslava de la región; los deseosos de estudio, empezaron a frecuentar la Universidad de Cracovia. Todo lo cual provocó la resistencia de las comarcas húngaras vecinas. En las peticiones dirigidas al rey, responsabilizaban principalmente a Segismundo, protestando por el interminable empeño, requiriendo al soberano para que devolviera la hipoteca e incluyese de nuevo en el cuerpo del estado húngaro, las dieciséis ciudades del Szepes y sus alrededores.
El joven Ladislao había crecido en ese ambiente, su padre le incorporó al gobierno en aquellos tiempos, cuando este contraste reforzaba el trabajo de la cancillería. Cuando él joven rey subió al trono, distinguió en Segismundo a un posible enemigo.
A espaldas de los reyes viejos, cuando no tenían descendencia varonil empezaba —abiertamente o a escondidas— el manejo de los aristócratas divididos en partidos, esperando apoyo de aquí o de allá, hasta que la fuerza fuera la que decidiera. En Hungría, muchos habían visto con buenos ojos que se hubiera personificado la concepción húngaro-polaca de Luis el Grande, en el joven Ladislao II, quien optó por las nupcias polacas. Se sabía que Alberto, el maride de Isabel, estaba enemistado con Bárbara y los demás Cillei. Como señor de Austria, consideraba como una ofensa personal, el que los Cillei hubieran ascendido desde la penumbra de la historia al nivel del principado imperial. Quienes vigilaban cuidadosos la situación, consideraban natural que, con el envejecimiento de Segismundo, se agudizaran las controversias: no se podía saber, ante la próxima muerte del soberano, cómo estallaría la lucha entre los seguidores de Alberto y de Ladislao. La intención de Segismundo de proclamar herederos suyos en Hungría y Bohemia a su hija y al marido de ella, fue tomado como cosa normal, aunque sólo abogaron por Alberto quienes le conocían. Alberto había crecido en el nuevo siglo. Le describían como un caballero que apreciaba la sabiduría de los antiguos, con el gusto de vivir, aspirando a transformar Viena en la ciudad más bella del Imperio. En cambio, los partidarios de la Unión Polaca, se interesaban más por la hija del rey que por Alberto. Quienes la conocían sabían que también ella llevaba la sangré de los Cillei. Era ambiciosa, dominante, enfrentada pronto a su madre, la emperatriz. Acumuló deseos de venganza contra todos los que habían podido desempeñar un papel cualquiera en el vergonzoso cautiverio del claustro.
Cuanto pudo saber Segismundo de las tramas que brotaban a sus espaldas, sólo pudo advertirse por algunas palabras suyas. Había reinado demasiado tiempo para necesitar consejeros que le ayudasen; conocía a todos los grandes de Europa; recordaba a los padres y abuelos de la mayoría de los soberanos. Apreciaba a su yerno Alberto más aún que a su propia hija
en la que —según el mismo rey— abundaba la herencia de los Cillei.
Ladislao era un rey demasiado joven, inexperto, incapaz todavía de desempeñar un papel decisivo en los asuntos húngaros. Así que cuando se enteró por informes confidenciales y textos de cartas capturadas, que su esposa intentaba pactar a sus espaldas con el monarca polaco, perjudicando a su propia hija y a su marido, aquel proyecto le volvió contra Bárbara, a pesar de creer que todo se había calmado en los últimos años.
Segismundo, siempre que pudo honrar la majestad de Bárbara la llevó a su lado. Permitió que el papa la coronase junto a él. La reina poseía enormes dominios de cuyos beneficios disponía libremente, a pesar de lo cual, pedía siempre dinero, y se sabía que realizaba negocios poco limpios en los que se dejaba pagar a un precio muy elevado.
Segismundo no acostumbraba a inclinarse demasiado a la meditación; pero cuando se apaciguaron sus primeras emociones, como no se consideraba infalible, solía consultar con obispos, cancilleres, con todos quienes podían ayudarle o aconsejarle. Es posible que vacilara algún tiempo, pero en cuanto tomaba una decisión, ésta se convertía en una orden, como formuló el legista de antaño: «Quod princeps vult, legis habet vigorem» —la palabra del emperador es la ley. Tampoco podía afirmarse que Segismundo, a su avanzada edad, se hubiera convertido en un amargado, testigo del mortificante espectáculo europeo. Contemplado desde los peldaños del poder, alcanzó todo cuanto aspiraba, a veces, a un alto precio.
Sin embargo, Segismundo no alcanzó el umbral del reconocimiento interior e ignoramos si alguna vez escribió algo sobre esa crisis de su ser íntimo. Lo que quedó de su obra apenas fueron cartas, documentos, borradores de discursos. No hay huellas de los rasgos líricos de Segismundo y su reinado de medio siglo. Pero era evidente que en la última etapa de su vida en Praga, también a él le invadió el «vanitatum vanitas» como a los demás monarcas. ¿Para qué hizo todo cuanto hizo, si no le quedaban esperanzas de dejar un imperio semejante al de su suegro, su protector Luis el Grande? El imperio húngaro era un edificio frágil. Una sola ola enorme
—el turco— podía destrozar las débiles zonas de las regiones del Sur.
Recordó la llegada de la primera noticia sobre la batalla de Ankara:
Tamerlán —el caudillo mongol surgido en la polvareda del desierto—
derrotó al conquistador pagano en una batalla de doce horas de duración, en-un día abrasador. Hizo danzar a las odaliscas prisioneras ante el sultán capturado. Todo aquello también se lo refirió más tarde, en Perpiñán, el embajador aragonés quien tuvo que permanecer durante la batalla de Ankara en el campamento de Tamerlán.
Si entonces… si entonces se hubiese unido al cojo caudillo mongol, como le había advertido el rey de Aragón, hubiera derrotado junto al Gran Kan, el imperio pagano; y además, Tamerlán no tenía interés en luchar contra Europa. Segismundo fue débil y vacilante: Tamerlán regresó a su residencia de Samarkanda para preparar la campaña contra China. Murió en su palacio y en los límites de la edad humana, a los ochenta años. Si en aquel entonces se hubiesen unido, ya no habría guerra turca.
Bohemia era ahora un país en la sombra: aún pasaría mucho tiempo hasta que el reino de Praga significara una potencia. Harían falta largos años para que cicatrizaran las heridas existentes en cada familia. Bárbara y Alberto vivían odiándose: y no cabía duda de que Isabel estaba al lado de su marido. ¿Se enfrentó también a él, el clan Cillei? ¿Qué quedaba de su agradecimiento por el título de gran nobleza, si Ulrico se colocaba también junto a Bárbara? Ya, mientras él sostenía aún las riendas, se dibujaban los contornos de la guerra de sucesión entre familiares, padres e hijos. Y
Bárbara, a sus 45 años, preparándose para un nuevo enlace… ¿Esperaría un nuevo heredero de Ladislao? Con su marido en vida todavía, con quien habría podido regresar gloriosamente a lo que quedaba de la dorada Praga.
Pese a las advertencias de Gaspar Schlick y de Alberto, ¿qué sabía Bárbara del estado físico de su majestad? ¿Qué le habría ocultado el médico sobre su paciente? ¿Por qué contaba con su pronta muerte la «hetaira Cillei», como llamaban con odio los checos a Bárbara?
El médico era un italiano sagaz, escéptico, sentencioso. ¿No estaría él mismo dispuesto a dejar caer unas gotas de veneno en la copa de su majestad? Puede que accediese, pero no sería con veneno: es natural que en cada muerte de un soberano, siempre sea el médico el primer sospechoso y el que verdaderamente pudo cometerla, haciendo las cosas de tal manera que sólo fuese tarea del torturador el interrogar al físico de la corte.
Marcello era su médico desde la famosa marcha de Mantua a Basilea.
Gonzaga le había cedido el médico de su villa, como quien cede una singular riqueza. También le apreciaba porque con el médico podía hablar libremente en italiano.
—Olvida que estás ante Nosotros, cuéntalo todo sobre nuestro estado físico, como si estuvieses ante tus jueces. Básate en tu experiencia y responde: ¿cuánta vida me queda?
Eran palabras propias de la confianza, se conocían, el doctor no temía al soberano, les unían las largas charlas nocturnas, muchas horas de incómodo despertar. La pregunta era juiciosa, digna de un soberano, pero inesperada.
No estaba el galeno preparado para contestarla, como si se hallara ante sus profesores sin haberse preparado para un examen, más difícil que cualquier otro.
—El estado del cuerpo humano, majestad, es una síntesis de armonías y disonancias. Hasta ahora os sostuvo en este estado la gracia del Señor y de la madre naturaleza. ¿Por qué digo que, hasta ahora? Ni yo lo sé… No hay ninguna razón para preocuparos, cada edad se rige según distintos ritmos.
Pensad, majestad, en vuestra niñez, en el caballero joven y acostumbrado a las batallas, pero sin haber oído el tronar de los cañones. Pensad, majestad, cómo os habéis valido de vos mismo en la plenitud del vigor varonil, durante vuestro revuelo por Italia o durante las peregrinaciones, a pesar de que todo eso ocurrió tan sólo hace unos cuatro años. Y ya veis, majestad, que ahora tampoco podéis quejaros de dolores, o de alguna enfermedad que limitara vuestras costumbres; si hiciera falta, podéis incluso montar a caballo. Y si hiciera falta… mi pudor me impide hacer alusión a lo que —
contrariamente a los mandamientos— ayuda a la circulación de la sangre y deja tan satisfecho al cuerpo como al espíritu. Porque, majestad, días pasados, incluso me enviaron a la moza por vos elegida, antes de que pasara ante vuestra majestad, para examinarla, por si su belleza ocultaba alguna sucia enfermedad. También allí puede decirse que sois un fruto singular de la naturaleza…
—¿Por qué entonces abundan a mi alrededor esas señales, magister?
Muchos planean como si ya me vieran tendido. ¿Por qué? ¿Alguien les ha dado alguna señal de esperanza? ¿Puede que yo mismo no perciba la
llamada de la destrucción? ¿Camino tambaleándome? ¿Huele mal mi aliento, como señal de que los órganos dentro de mí se descomponen? ¿Por qué hacen alusiones hoy y no lo hicieron ayer, sobre mi óbito, los que me rodean? Como si todos quisieran advertirme sobre lo inevitable… ¿Por qué me condenáis a la muerte? Eres mi médico, te siento como un amigo. ¿Qué ocurre conmigo?
—Majestad, los que aguardan, envidian el festín propio de los soberanos de edad avanzada. Hace medio siglo que lleváis, majestad, el título de rey y durante este tiempo vuestras coronas se han multiplicado.
Quienes intentan seguir vuestras huellas se impacientan: es la debilidad de nuestro carácter. Majestad, vos no carecéis de salud. Lo digo así, porque decir simplemente que os encontráis bien de salud, no sería del todo la verdad. El calambre que os aqueja, es una advertencia: la moderada hinchazón del músculo, el cambio de color de las piernas, el mareo, los pequeños malestares, vuestra propia decisión de moderar la cantidad de vino… todo eso avisa a los que no leen las leyes de la naturaleza, de que pasa algo… o puede pasar algo dentro de la armonía de los organismos. La sangre… todavía se sabe poco de ella, majestad. ¿Por qué corre así en las venas?, ¿dónde terminan las arterias?, ¿por qué se detiene la circulación al pararse el corazón? A todo eso no podemos decir más que «ignorabimus», no lo sabemos… hoy todavía, no lo sabemos. Tampoco puedo aconsejaros que reposéis más porque eso os llevaría a ablandaros. Y a vuestra edad no se puede prescindir de nada que impida sostener el vigor del cuerpo, estimular los fluidos, vivificar el organismo. Majestad, vos no coméis demasiado en comparación con aquellos a quienes invitáis como comensales principescos, pero acaso tendríais que comer menos cantidad de esas carnes casi crudas… las salsas las inspeccionaré yo mismo de nuevo.
¿Qué condimentos favorecen la circulación, cuáles son sus excitantes? Todo eso, así sencillamente, es como se amontonan los pensamientos en mi mente. ¿El vino? ¿He de privaros, majestad, de lo que más queréis? Pero acaso, un poco más de moderación… que el paje llene solamente la mitad de la copa. Sería suficiente con que digáis voluntariamente: basta. Y
hablemos por último, de lo que se podría llamar el servicio a Venus: tampoco ahí resulta fácil bromear. Las crónicas relataron más de un caso…
Bastaría referirse al célebre Atila, a quien atrapó el destino en su media edad, durante el grito de su amante. Esto no puede predecirlo nadie; pero se encuentra a las puertas del pecado mortal, con quien sucediera…
—¿En suma?
—Majestad, a vuestra edad, éste ya es un milagro singular de la madre naturaleza: lo mismo en el estado de vuestro cuerpo, como por la frescura de vuestro espíritu. Pero los años son crueles, y si contamos con la gran mayoría de los hombres… Majestad, no podéis encontrar a muchos que hayan nacido en vuestro mismo año, o bajo la misma estrella. No obstante, no solamente la Biblia menciona a Matusalén, conozco muchos hombres y mujeres que se acercan casi a los cien años. Acaso…
—Si te dijesen, Marcello, que podrías recibir grandes riquezas, para que pusieras veneno en mi comida, ¿qué harías?
—No puedo creer que hubiera alguien tan necio que quisiera intentarlo.
¿Queréis, majestad, que os diga por qué? Si tuviera éxito un cometido fatal como ese, lo primero sería tapar la boca del que se atrevió a cometer el infame delito. ¿Se oculta alguna sospecha detrás de las palabras, majestad?
—Gaspar me advirtió algo sobre cosas; no te sorprenda que te veas rodeado tú también de una doble vigilancia. Bárbara…
—Las intenciones de la Augusta son impenetrables, pero lo que hace, generalmente no son más que los acostumbrados trucos de mujer. Habla demasiado, no puede ocultar sus emociones. Sin querer, nos enteramos de lo que el viento nos trae…
—Hablando de veneno, ¿de qué venenos se podría tratar, magister? Si notara su efecto, ¿es que estaría ya en el umbral de la muerte?
—Conocemos venenos que matan lentamente, pero hay que suministrarlos diariamente en nuevas dosis. El envenenador se mete en nuevos peligros a cada nueva ocasión: el cocinero, el guardia de corps, el médico, la camarera pueden enterarse de la manipulación. Se dice de muchos personajes, príncipes o aristócratas, que terminaron envenenados.
No obstante, yo creo que puede haberles matado algún mal todavía desconocido.
—Ten cuidado, Marcello, es una antigua costumbre hacer que el médico pruebe primero el alimento del rey. No es gran cosa: ¿qué beneficio tendría
en llevarte conmigo al otro mundo? ¿Quién lamentaría la muerte de un servidor? Ten cuidado, Marcello; no tendrás un amo tan comprensivo, cuando yo me haya ido…
Nadie podría sentirse tranquilo mirando con angustia a todos los que entraban, sospechando de cada bocado, de cada copa de vino. En principio hubo la gota, esa enfermedad habitual de los hombres, que acompaña como una sombra a los años. Sentía angustia, su corazón andaba a saltos, la vena de su pierna izquierda se hinchaba. En Basilea le era aún fácil montar, cuando salía a recibir la bendición de los cardenales. Pero en Praga sintió que la vejez llamaba ya con más impaciencia: podía entablar sabias conversaciones sobre las funciones del cuerpo con Marcello o los otros médicos dé la corte, pero todo eso concernía a su cuerpo, su pierna le delia en Praga al cambiar el tiempo, cuando llegaban los vientos fuertes. Cuando las brumas se disiparon y llegó a Praga el bello y soleado otoño despertaba con facilidad, sin dolores. «¿Estoy curado?» Durante algunos días fue de nuevo el antiguo Segismundo… se movía fácilmente, bromeaba al terminar con los asuntos del estado, cuando los escribientes se habían marchado ya con los dictados de su majestad.
Pero esos días fáciles eran cada vez menos frecuentes: pensaba a menudo en el confesor. Los pecados «carnales» se iban espaciando y ya no le pesaban tanto en el alma. Aquella charla con Marcello ocurrió un día así, en que todo le parecía más fácil. Cuando despidió al médico no queriendo ya ver a nadie quedó solo Junto al fuego de la chimenea, reanimado en el temprano otoño, con sus pies envueltos en una piel de oso, con rollos de papeles, pluma, tintero por si quería anotar algo. Se quedó solo para meditar sobre su destino, que Marcello había llamado antes «La eventualidad de la vida».
¿Debía pensar con odio en Bárbara, por preocuparse de su futuro al lado de su marido caduco? Les separaba un cuarto de siglo y la emperatriz —
sobre todo sí empleaba sus maquillajes italianos— era todavía una mujer atractiva, de cabellos rojizos con algunas vetas de plata, su cutis suave; no había engordado, no era obesa y en la corte todavía tomaban nota de sus menstruaciones. ¿Podría concebir aún un hijo de Ladislao el polaco? Bien,
pero ¿hasta cuándo? Si Segismundo era también capaz de eludir la vigilancia de la madre naturaleza siendo un setentón, ¿por qué tenía que envidiar, por mantener su encanto juvenil, a la hija de Hermann Cillei, quien falleció a los ochenta años? ¿Por qué odiarla más que antes, cuando él mismo intentaba huir del asilo de ancianos? ¿En qué pensaría Bárbara? En nada. Segismundo le echaba alguna que otra mirada durante la misa en la catedral, conocía el movimiento de los labios de Bárbara al disimular un bostezo, escuchando aburrida el sermón y suspirando mientras se arrodillaba. ¿En qué creía Bárbara? ¿En la gloriosa conservación de su cuerpo, en la repentina y feliz muerte y después en la nada? ¿En amar durante mil noches al joven y guapo Ladislao?
A pesar de todo, la temía, porque conocía su carácter tenaz que era el de los Cillei, y que se ocultaba, aunque más débilmente, en Federico, pero que destacaba llanamente en Ulrico, Sí Bárbara se decidiera a liquidar a su marido, nadie se interpondría en su camino. Y en ese caso, cumpliría sus propósitos: con comida, bebida, brujería, cuerda, puñal, magia negra; mandaría hacer una imagen de Segismundo en cera para atravesarle el corazón. Bárbara abundaría en mágicos conjuros…
Alberto había llegado al Hradschin; el yerno era el único entre sus parientes en quién podía confiar. Alberto odiaba a Bárbara, no solamente porque veía en ella a su rival al comenzar la lucha por el trono húngaro, sino también porque Isabel detestaba a su madre, de la que decía que era una mujer egoísta, que jamás se había ocupado de su hija.
¿Qué sabría Alberto de la conspiración de Bárbara? Haced pasar a Alberto, ¡es necesario terminar de una vez!
—¡No me siento tranquilo en Praga!
—No puede establecerse la paz de golpe… después de veinte años de violencia.
—No hablo de los compactóla, sino de mí mismo, no encuentro la seguridad; mis enemigos buscan apoyo y Bárbara puede encontrar fácilmente los aliados para su conspiración… ya que habláis de lo que me amenaza, pero no pronunciáis la palabra: uxoricidio. Tengo miedo, ya no me encuentro tranquilo ni siquiera en el palacio, siento que todos acechan el futuro porque no pueden ya esperar nada de mí. Tengo miedo, Alberto, de
no estar preparado. El veneno me privaría del conocimiento y yo quedaría en pecado mortal, cuando me apuñalen por la espalda, cuando enciendan fuego en mi cuarto y me asfixie el humo… ¿Con cuántas caras se está acercando a mí la muerte? Esa muerte que no fue llamada por la ley de la naturaleza, sino por la fatalidad real. Tú también lo sabes, Alberto, no siempre es tan bueno el reinar: el terrateniente vive mejor no siendo monarca. Y sin embargo… todos quieren serio. Y yo, más que los demás.
Mi hermano Wenceslao, ¿no deseaba acaso ser rey? Salió de tu país desafiando peligros mortales para llegar aquí, a casa. ¿Por qué? ¿Quién desdeña la corona, quién no anhela ser el primero? Hablan del carisma, aquello que convierte al soberano en elegido de Dios. Pero, en realidad, esto no tiene nada que ver con el carisma… Por esa ambición se entablan guerras, se mata a padres, hermanos e hijos, por ella me asesinaría o me mandaría asesinar Bárbara. No se puede desdeñar la corona. En las mujeres ocurre más raramente, pero tú sabes también que Bárbara no es una mujer corriente. Si estuviera en el trono, se parecería a Juana I, que se mantuvo treinta años en el trono de Nápoles… En resumen, que no me siento seguro en Praga: ya no es mi país, ya no es el país del emperador Carlos. Los que no me odian, es porque temen que después de mi muerte sea peor…
—¿Qué deseas hacer, padre mío?
—Hay que divulgar en la corte el rumor de que el aumento de mis dolores en las piernas, me obliga a marcharme a algún balneario. Por ahora… no me iría lejos; por ejemplo, las tierras de Moravia… cualquier día podría volver de allí, y esto debería saberlo especialmente Bárbara. Si se da cuenta, si sólo llegara a sospechar que intento huir… sería más consistente el veneno que haría preparar. Si piensa que me apresuro, actuará más deprisa. No sé quién pueda ser el asesino que atrajo a su servicio, a quién prometió quién sabe cuánto… Bárbara no debe presentir que yo sé algo; debo aparentar ser un anciano caduco que presiente que su camino le lleva al último valle… Bárbara todavía no debe pensar que a ella también se le acerca el final.
—Entonces, ¿qué tengo que hacer creer?
—Que no me sienta bien el aire otoñal de Praga; Ja niebla me asfixia.
Partiremos hacia Moravia, lentamente; desde allí me gustaría alcanzar la
frontera húngara: Pozsony… Nagyszómbat, Buda. Hace mucho que no estuvimos en Buda.
—¿En quién confías?
—En Schlick y en los húngaros. He dicho a Gaspar que si me ocurriese algo, debe asegurarse la posesión de mi sello; si muero, el sello debe ser destruido para que nadie pueda abusar de él. Schlick tiene el testamento, Alberto, allí encontrarás mi última voluntad, cuando me haya ido.
—¿Confías más en Schlick que en mí?
—Tú eres monarca, Alberto, si los húngaros cumplen mi voluntad, te elegirán rey… junto a Isabel En Praga tendrás más dificultades. Las compactata son un puente débil, oscilante, tendrás mucho que hacer para asegurarte el trono. No puedes ocuparte de todo, deja a Gaspar a tu servicio, lo sabe todo… Jamás ha dudado, no le interesa ser monarca.
—¿Por qué hablas precisamente hoy de la muerte? Todos estamos en sus manos, pero ese pensamiento no nos ensombrece. ¿Por qué justamente hoy?
—Setenta años, Alberto, son muchos años. Si yo no fuese un soberano que debe defender, además de su persona, también a su imperio, acaso fuera más misericordioso con Bárbara. Podría comprender que prefiera tener, en vez del viejo marido, al joven y apasionado polaco.
—¿Qué pasa entonces con la Augusta? ¿Qué destino le reservas? Todo lo que hemos escuchado no pasan de ser rumores, habladurías de la corte.
Nadie ha visto aún el veneno en manos del médico o de la bruja… ¿Obtener su secreto a fuerza de tormento? En todas las cortes cristianas se sabe cuáles son sus asuntos. ¿Qué su fama pueda ser peor y más espantosa? Sabes bien que Isabel no quiere a su madre, pero ella la trajo al mundo… Si tengo que pedir una gracia, la pido para la madre de mi esposa.
—No pienses, Alberto, que la estoy condenando a muerte: hubiera podido hacerlo cuando bailaban juntos ella y el caballero alemán. No puedo cargar el platillo de mi balanza, mandando degollar a mi mujer por algunas suposiciones. Para no hacer más daño… mandaré apresar a todos los Cillei, primero a Federico, y si es posible, también a Ulrico.
—Majestad, esa conspiración no ha terminado todavía, aún no han convenido un pacto entre ellos. En Praga, donde muchos simpatizan con
Bárbara, ¿por qué habrían de alegrarse de que el joven rey polaco esté al lado de una mujer envejecida en el palacio del Hradschin? Todavía no se han puesto de acuerdo… ¿Qué es lo que habrá prometido Bárbara si la ayudan en la revuelta, cuando vos hayáis…? Todavía se están tejiendo los hilos, pero sólo hay susurros, todavía no se redactan condiciones.
—Si salimos de viaje, enredaremos sus hilos: Cracovia, Praga…
Podemos vigilar a cada mensajero.
—¿Primera etapa?
—Hasta Moravia… pienso en Znojmo, el palacio es bastante cómodo, la iglesia lo suficiente grande para el caso de que mi capilla ardiente…
—¿Siempre piensas en esto?
—¡Qué mayor regalo podría darme el Señor, que despedirme en plenas facultades, dejándome atender mis últimos asuntos, antes de que el cuerpo se desmorone, la mente clara todavía!…
—¿Hablarás con Bárbara?
—Hay que disipar sus sospechas; yo no puedo saber si el cambio repentino… como será este viaje mío, no puede precipitar su decisión.
Cuando lleguemos sanos y salvos a Buda, me preocuparé entonces de que Bárbara no signifique un peligro.
—¿Y hasta entonces?
—Saldremos de Praga como el emperador y la augusta; al llegar a Znojmo, será obligación de Gaspar Schlick llevar la mujer a una prisión digna. Y cuando podamos dar con Federico y Ulrico, a ellos también. Lo que les ocurra a ellos, lo decidirás tú cuando me sucedas. Hasta entonces…
una prisión digna, aislados unos de otros, donde aguardarán su destino.
—La tarea que me encargas, padre y señor mío, es difícil…
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