Poker de Papas
Capítulo 8
UNA TRAS otra van surgiendo durante los siguientes años las figuras que actuarán en el escenario europeo. Nunca tuvo Hungría que enfrentarse con tantos problemas internacionales, a través de la persona de su rey. El otoño de la Edad Media estaba compuesto de capas muy solidificadas; la cruda ley de la fuerza se abrazaba a las brisas renacentistas que llegaban de Italia.
La catástrofe de Nicópolis era el anuncio de la agonía de la época de los caballeros.
El extraño rey del Imperio romanogermánico, Wenceslao, hermano mayor de Segismundo, fue destronado en agosto de 1400 en la reunión imperial, por orden del arzobispo y príncipe elector de Maguncia, Juan.
Pasado medio año, fue coronado el rey «romano» Roberto del Palatinado, a quien sus contemporáneos pusieron el atributo de «Clemens», el Clemente.
Segismundo, justo después de sacudirse el polvo del cautiverio de Siklós ya tenía que enfrentarse —en favor de su hermano— con el decreto imperial, si no quería que se escapara de las manos de los Luxemburgo el poder real germánico y el imperial románico para siempre. Para lograrlo sólo habría una forma: llevar a Wenceslao, que había perdido ya sus ambiciones, a Roma, y que el papa Bonifacio le ofreciera la corona imperial. Si ello ocurría, Wenceslao ascendería a mayor altura que todos sus rivales. Y como Wenceslao no tenía hijos, su hermano menor heredaría —si no el título— por lo menos la aspiración al trono germánico.
Para la marcha greco-romana que se preparaba, Segismundo apenas pudo reunir algo más de dos mil jinetes. Durante la marcha de los caballeros húngaros, su tropa mercenaria se fue reforzando poco a poco, hasta llegar a Praga. Wenceslao, en su precaria posición, cedió en su ausencia el título de virrey de Bohemia a su hermano menor, mientras él
permanecería en la Ciudad Eterna. Así el plan se fue transformando, de modo que al acompañar al futuro emperador a Linz, el mando de la delegación pasaría a las manos de Hermann Cillei. En tierras de Italia, en Lombardía, se ocuparía de orientar al futuro emperador Gian Galeazzo Visconti, señor de Milán, en calidad de vasallo imperial hasta llegar a la Urbs, al papa Bonifacio. En este plan sobresalía un único factor sólido: Milán. Gian Galeazzo ya había comprado hacía tiempo a Wenceslao el título de príncipe lombardo, al precio de cien mil ducados. Esta fue la única acción afortunada del rey checo-germánico, que siempre andaba, escaso de dinero. Pero los dineros de Lombardía se evaporaron en el torbellino del palacio de Hradschin para sobornar a los cortesanos alemanes, a los nobles, para las elecciones. Como todos los ingresos de Bohemia, desaparecían en las manos del tesorero real.
En una hora cambiaron las cosas en Praga; ya por la mañana, la noticia que esperaba a Segismundo de su hermano Wenceslao, había trastornado todo su plan. No tenía el menor deseo de arriesgar su vida, al abandonar la seguridad que le daba Praga. ¿Para qué irse, marchando durante meses a través de mil peligros hasta Roma, que estaba ya destrozada, por las guerras entre los diversos partidos, sólo para dejarse coronar por Bonifacio, del que desconfiaba? No tenía heredero a quien preparar para el futuro Imperio. En cuanto a Segismundo, hasta ahora no le había mostrado excesivo amor fraternal y no le apetecía dar por él el menor paso. Le bastaba con ser el rey de los bohemios y no aspiraba a títulos mayores.
Segismundo mandó ensillar los caballos. ¡Disponeos húngaros, austríacos, moravos, croatas! Se trataba, ni más ni menos, de que Segismundo había hecho prisionero a su hermano, rodeándole con su propio séquito y amenazando al monarca; pero Wenceslao perdió la paciencia y además estaba ya bebido desde la mañana. Se disponían a marchar cuando irrumpió Procopio, el sobrino, con la noticia del inesperado acontecimiento, y protestando por la actitud no sólo atrevida, sino sacrílega, de Segismundo.
Así también cayó prisionero el margrave Procopio junto a Wenceslao.
Mientras tanto esperaban ya los carruajes de la corte, rodeados por los guerreros de Segismundo. Ocuparon el castillo de Praga, donde hubo alguna resistencia —que ahogaron en sangre—. Ya sólo faltaba asegurar
para Wenceslao aquel tesoro vigilado por el tesorero bohemio, y que hubiera servido para los gastos de su coronación imperial. Llevaron el oro, la plata y todas las riquezas halladas; Wenceslao recriminó a todo el mundo en checo, en alemán, en latín, especialmente a sus propios seguidores, incapaces de librarlo de esa incómoda situación de viajar contra su voluntad. Pero nadie levantó la voz, Praga quedó silenciosa a la salida del extraño cortejo. Llevaban al «emperador a la fuerza», como titularon burlonamente a Wenceslao.
Pasaron por Moravia dirigiéndose a las Tierras Bajas de Hungría.
Wenceslao se obstinaba, no discutía, maldecía a su hermano menor apelando al recuerdo de su padre, pese a que nunca experimentó el menor sentimiento por su difunto progenitor.
Llegó un jinete con el mensaje de Hermann Cillei. Roberto ya estaba enterado el mismo día de lo sucedido con su derribado contrincante. Si lograban arrastrar a Wenceslao a Roma y Bonifacio lo consagraba con corona y todo, se estropearían los planes de Roberto y jamás sería posible borrar los santos óleos imperiales de la cabeza de Wenceslao, con lo que Roberto habría perdido su campaña. Por eso dejó que su gente armada montase sus caballos para cruzar en apresurada marcha las comarcas alemanas hacia Linz, donde debían de llegar Wenceslao y Segismundo, con la pequeña tropa. Según el consejo del conde Hermann, sería mejor que Segismundo eludiera la batalla… Roberto «el Clemente» no estaba ahora de buen humor: de llevarse a cabo la trampa de Segismundo, destrozaría los planes del nuevo rey germánico, concebidos durante largos años.
¿Para qué provocar una guerra entre Segismundo y Roberto? El improvisado consejo de guerra no recomendaba luchar. El ejército de Segismundo era más un séquito que una formación militar de combate. Lo que todos esperaban era sólo la soldada, porque ya no había esperanzas de obtener el botín de la ciudad. Con esos militares no existía ninguna posibilidad de vencer a los aguerridos luchadores de Roberto.
Segismundo era ahora su propio consejero. ¿Sería suficiente la reflexión de una sola noche para cambiar sus decisiones? Al amanecer salía ya un jinete llevando un mensaje al príncipe austríaco Alberto, que apoyaba a Roberto, invitándole a un encuentro urgente.
Mientras la carroza de los prisioneros traqueteaba hacia Austria, Segismundo se adelantó con una pequeña tropa al séquito para llegar a tiempo de sellar un pacto con Alberto. Según el acuerdo, en el caso de que Segismundo no tuviera descendiente varón, Alberto de Habsburgo heredaría el trono de Hungría. Para darle más valor a su decisión, notificó a las autoridades húngaras el acuerdo. Y para dar mayor peso a su propósito y convencer a Alberto de su benevolencia, le confió la custodia de su hermano Wenceslao. Y así efectuó la entrega del rey romano-germánico-bohemio, que continuaba protestando e incluso insultando por el ultraje.
Al parecer, Alberto no quería arriesgarse demasiado, ni en pro ni en contra. Semejantes contratos de sucesión entre soberanos eran frecuentes en esa época. ¿Quién sabe lo que sería de esa letra escrita que puede desvanecerse como la misma tinta, con el correr de los años? Segismundo tenía treinta y cuatro años. Estaba prometido —ya que Margarita de Brieg había bajado a la tumba en la flor de la vida— con su tercera novia, Bárbara, la hija de Hermann Cillei: Bárbara acababa de cumplir diez años.
Así que, en el mejor de los casos, sólo se podía hablar sobre la sucesión del trono pasados unos cinco o seis años y hasta entonces el destino podía aún dar muchos tumbos en Europa…
Tal vez no hicieran falta por ahora los tesoros traídos de la tesorería bohemia: ya nadie hablaba de la coronación papal. Roberto se había retirado también, y entre tanto había recibido el mensaje de Segismundo; por lo menos tenía la certeza de que, en el futuro, los austríacos mantendrían prisionero a Wenceslao. Cada pieza se empeñaba en avanzar un poco en el tablero de ajedrez de la Europa Central. Segismundo, al tiempo que arreglaba sus problemas austríacos, reclutaba tropas con todo su dinero, para dar la vuelta, directamente hacia Bohemia.
Este inesperado plan de guerra asustó a las cancillerías. Era verdad que Segismundo se había convertido en el virrey de Bohemia, según la orden que obligó a dar a su hermano cautivo, pero nadie lo había tomado muy en serio salvo el mismo Segismundo y sus mejores comandantes: Nicolás Garai, el voioda Stibor, Hermann Cillei y Pipo Ozorai. Por lo que se refiere a las tropas —los cronistas de la época distinguen entre los disciplinados
húngaros, los kunos y los szekelys, todos «amigos del diablo»—, ocuparon de improviso Bohemia, la Bohemia que se había quedado sin dueño.
Wenceslao tuvo que soportar en el cautiverio toda su amargura: si abdicaba de sus derechos reales podía conservar su título real —como
«nudum jus»— y así cederían las cadenas de su prisión. Le permitían cabalgar diariamente —para que fuera recuperando las fuerzas— por los alrededores de Viena, ya que al parecer tenía la salud quebrantada. Más tarde pudo obtener una casa y con ella un trozo de tierra: esta finca fue después denominada por el humor vienés, «La pequeña Praga». Al parecer, el exsoberano bohemio ya podía instalarse allí hasta el fin de sus días: viviendo la vida menos peligrosa de los reyes destronados.
Mientras tanto, Segismundo no permaneció inactivo en Bohemia.
Principalmente puso sus manos sobre las insignias de la corona checa, las costosas preseas: cetro, corona, joyas, cotizados ya en aquella época en sumas increíblemente altas, al menos un millón de ducados. Pero sus hermosos días de virrey se vieron pronto amargados por las noticias que llegaban de Hungría: un decreto del Parlamento acreditado con ciento doce sellos, que notificaba el pacto de sucesión hecho con el príncipe Alberto y sus debidas garantías. Noticias confidenciales le informaron al mismo tiempo de la enorme oposición reinante en el país a causa de ese pacto y de que, en ausencia del rey, se había reforzado de nuevo el clan que apoyaba a Ladislao de Nápoles.
Por unanimidad no querían ver a ningún austríaco en el trono húngaro.
Era en lo único que estaban de acuerdo nobles, autoridades comarcales y ciudades.
Lo ocurrido en torno a Wenceslao desanimó bastante a la curia romana.
El santo padre, Bonifacio, estaba ya preparado para la coronación imperial, ya que en ella veía el reconocimiento de su propio poder. Y de pronto estallaba la burbuja: ya no había gran ceremonia de coronación romana, Wenceslao estaba preso, llegaban noticias de que Segismundo intercambiaba mensajes con el antipapa español, Benedicto. La Curia podía dar aún algunos pasos contra Segismundo: se podía reanimar el partido de Ladislao, incitar al rey de Nápoles para que procurara ocupar la herencia húngara, especialmente ahora que Segismundo faltaba de Hungría hacía
años la respuesta sería dura también: Segismundo prohibió a los obispos húngaros que obedecieran cualquier orden de Roma, cualquier instrucción, ni siquiera una carta. Sería castigado con la pérdida de sus bienes el prelado que osara infringir esta orden. Segismundo era dueño de la voz más dura, más dominadora de los últimos dos años.
¿Cuándo pudo enterarse el príncipe austríaca de que el enfermizo y débil Wenceslao preparaba su marcha, mientras cabalgaba por los territorios de su «Pequeña Praga»? Fue un día nublado de noviembre, cuando Wenceslao partió al galope, sobre su silla de montar. Le acompañaban solamente sus dos camarlengos, Seidlitz y Wesemisl. Cabalgando velozmente, abandonaron los alrededores de Viena y llegaron al Danubio, donde les esperaba Juan Liechtenstein, a la cabeza de cincuenta arqueros. El príncipe austríaco no le hizo perseguir ni siquiera cuando le informaron oficialmente de la fuga del prisionero. Seguramente a Alberto tampoco le gustaba el papel de carcelero que le endilgó Segismundo.
Fue cuestión de días para Wenceslao llegar a la frontera bohemia.
Segismundo, el virrey, no se encontraba ya en el país, pero sus jefes reinaban y saqueaban todavía en Praga, atrayéndose el odio de la gente: Bohemia se sacudía agitada por el descontento. En ese momento regresó el rey Wenceslao, entusiasmado por su hazaña, componiendo una leyenda de su propia huida, y exhibiendo su imagen más benigna. Sonaron las campanas y en el palacio de Hradschin se instaló un rey otra vez. Sólo faltaban los tesoros y las joyas de la corona que se habían quedado en manos del virrey…
En la época en que Segismundo confiaba todavía en el viaje a Roma para la coronación de Wenceslao, tuvo que asegurar el paso de su hermano por tierras italianas. Venecia y Lombardía estaban en guerra entre sí, por lo que se necesitaba un tacto excepcional para que el séquito alemán lograra pasar a través de la Italia del norte, sin molestar ni ser molestado por ninguna de las dos partes. Le preparación del viaje le había sido encargada a Hermann Cillei, pues era quien mejor conocía la situación y los cambios entre los territorios fronterizos germano-eslavo-sureño-italiano.
Segismundo, intranquilo, cuando se convenció de que Wenceslao era razonable en su prisión de Viena, y de que en Hungría reinaba también la calma, decidió entonces marchar a Estiria para visitar a Hermann.
Desde la prematura muerte de Margarita de Brieg, ya se había hablado de las posibilidades de terminar con la viudez de Segismundo.
Especialmente, después de firmado el tratado de sucesión con el príncipe austríaco Alberto. Aunque Hermann mantenía relaciones amistosas con Alberto, tampoco tenían éstas la forma habitual entre feudal y vasallo. Los condes de Cilly actuaban bajo la soberanía feudal —en este caso, la de Alberto de Habsburgo— y la mayor ambición de los condes imperiales, como Hermann, era la de librarse de la superioridad del señor feudal y depender solamente del rey romano germánico, cuyo poder era más o menos imaginario. Ese estado era el anhelado por Hermann Cillei, un noble de grandes aspiraciones, ambiciones irresistibles, que anhelaba tener un principado.
La hija mayor, Bárbara —a la que los húngaros llamaban Borbala—, que pese a las normas podía ya participar en la cena celebrada en honor de Segismundo, cumplía en aquellos días sus diez años. Su hermana menor era un año más joven, pero su prima, que también se educaba allí, Ana, hija de Vilmos Cillei, tenía dos o tres años más que ellas.
Cuándo y dónde nació el plan matrimonial entre Segismundo y Bárbara Cillei, nadie lo sabe y las crónicas no lo dicen. Hermann desempeñó un importante papel, cuando formó su ejército para atacar el castillo de Siklós, donde estaba prisionero Segismundo y liberar así a su señor y amigo. La acción de Hermann, en las horas aciagas de la batalla de Nicópolis, salvó la vida de Segismundo. Cada palabra suya, una intención, una acción, reflejaban una fidelidad incondicional hacia Segismundo. Los dos hombres casi de la misma edad, contrajeron con los años una profunda amistad.
Hermann era más juicioso, más sereno que su amigo real, pero también más violento. Aspiraba a fomentar una dinastía, un principado independiente de los Habsburgo en la región del sudeste, entre eslavos e italianos. Esa ambición era la causante de su dureza, a veces hasta de su crueldad, incluso con la propia familia, principalmente con su hijo mayor, Federico. En cambio rodeó del mayor amor a sus dos hijas.
El tercer miembro del trío reunido en Cilly era Nicolás Garai, a quien las crónicas de la época nombran como «Gran Duque» de Hungría. De la visita a Estiria salieron dos esponsales: Segismundo se prometió con Bárbara Cillei, Nicolás Garai, con Ana. La otra hija de Cillei fue propuesta por el mismo Segismundo al rey polaco Ladislao que había enviudado con la muerte de Eduvigis, y de esta manera la familia de Estiria, que dos generaciones antes era casi desconocida, entró en el remolino de la gran diplomacia de Europa, Todas las cancillerías fijaron su atención en el conde de Cilly, calculando un probable título de Cillei como príncipe; con ello Hermann podría librarse de los lazos que le hacían depender del señor feudal.
Bárbara era una chiquilla de atractiva belleza, precoz, esbelta, pelirroja.
No era nada tímida, se desenvolvía en Ja mesa, decorada con costosa plata, como si fuera ella Ja verdadera señora de la velada. Esos personajes acostumbrados a no fijarse siquiera en los niños, se sintieron también atraídos por la gracia y el aplomo de Bárbara, y a la niña le gustaba ser el centro del espectáculo. Siguiendo la costumbre de la época, vestía una versión reducida del traje de las damas de la corte; brocado, terciopelo, camisola de seda que asomaba por la abertura del vestido. Segismundo contemplaba encantado a su pequeña novia, posiblemente un cuarto de siglo más joven que él.
Según la ley y la costumbre, tenía, naturalmente, que esperar la pubertad de la novia-niña. Los linajes enlazados en relaciones de familia —
siempre que no surgieran diferencias personales— se mantenían hasta la muerte. Se sellaban alianzas de intereses; la estructura familiar funcionaba, por lo general, correctamente en los casos de urgencia, como por ejemplo, la perspectiva de alguna conquista o cuando amenazaba algún peligro. Por esa razón, cuando Ladislao Jagellón pidió la mano de Ana Cillei para convertirla en reina de Polonia, se dio un paso importante para el acercamiento de los dos hasta entonces antiguos rivales: Segismundo y Ladislao. El rey húngaro se fue distanciando poco a poco de la Orden de los caballeros teutónicos. Esos caballeros notaron también el enfriamiento y entonces buscaron, por su parte, un nuevo aliado contra los polacos.
Todo esto era asunto de las cancillerías, trabajo rutinario: reuniones de aliados, el rey húngaro con Garai y Hermann con los íntimos de los Cillei, quienes traían y llevaban los mensajes de los embajadores —espías según el deseo del dueño de casa—. Pero cuando Segismundo abandonó la cancillería, dejó atrás sus preocupaciones de soberano. Montaba a caballo o se escondía en el fondo de su carruaje; no le importaban los privilegios de nobleza cuando una doncella le interesaba. El «rey guapo» atraía a las damas con sus vestidos muy bien cortados: de todo esto se murmuraba en los aposentos de las damas y sospechamos que Bárbara lo había podido oír, pese a sus diez años. No era ningún secreto que al rey le gustaban las mujeres, principalmente las jóvenes. Le encantaba verse rodeado de ellas, bromeando, procurando halagarlas con su gentileza y tampoco era tacaño con sus regalos. Preferiblemente repartía anillos de oro entre días, desesperando a los funcionarios del Tesoro.
Y por la noche empezaba una nueva juerga. El enorme cuerpo del rey húngaro resistía cualquier efecto de las bebidas. Nadie jamás le había visto olvidarse de su dignidad de soberano, rebajándose a familiaridades excesivas. Después de haber ingerido ocho o diez copas, seguía estando derecho como un árbol y propenso a discursear con toda retórica. Y
despertaba al día siguiente sin resaca y como después de un ligero sueño.
Según calculaba Segismundo, le quedaban cinco años para disfrutar de todos los placeres. Cuando Bárbara tuviera quince años, podían celebrar la boda.
«Así que —pensaba al saltar de la cama a la mañana siguiente del festejo de los esponsales en Estiria—, Hermann será mi suegro, y Nicolás Garai mi cuñado; cuñado-primo y más lejano, Jagellón.»
Recordó la turbulenta noche: cómo bailaron, la pequeña novia con su ritmo grácil y espontáneo, el baile del pañuelo; cómo vació la copa de plata de acuerde con la ceremonia del esponsal. Y cuando Segismundo se dirigió al padre llamándole «Illustrissimus comes» todos advirtieron que el título de «Illustrissimus» era más de lo que le correspondía al conde imperial, lo que señalaba ya la próxima ascensión de rango de los Cillei. Todos escucharon con gran admiración a Segismundo y el rey era feliz. Habló
como un orador nato, pronunciando sus brindis con fluidez, capaz de adornar todas sus frases con palabras en latín.
Cuando pidió a Cillei la mano de la hija, no olvidó alabar la fidelidad del futuro suegro, su constancia, su sabiduría, su coraje. Según la costumbre, a la petición de mano, tenía que contestar el padre de la novia: estaba emocionado por el honor, que hacía posible que la biznieta del capitán del castillo de Krajna pudiera ocupar, al lado de su marido, uno de los tronos más distinguidos de Europa.
Sucedió entonces algo inesperado: después del gran «¡Vivat!» que merecía el señor Hermann y a pesar de los intentos de la dama de compañía para impedírselo, la niña se puso de pie. Su silla estaba recubierta de almohadones para que pareciera más alta; naturalmente al levantarse, no se veía más que a una chiquilla, a pesar de que su figura esbelta la hacía parecer mayor de lo que era. Como suele ocurrir en esas solemnes ocasiones, ella también habló en latín. Es posible que hubiera redactado las bellas frases con la ayuda de su capellán: la pequeña princesa expresó su placer por poder ofrecer su mano a un hombre tan heroico, tan estupendo.
El aplauso, después de sus palabras, fue atronador. Bárbara inclinó la cabeza majestuosamente; en su sonrisa no apareció ninguna pueril humildad y también ella aplaudió hacia su futuro marido. Hermann, antes de retirarse a dormir, se detuvo frente al árbol genealógico, pintado sobre un pergamino: en verdad, su madre era ya princesa, y él vio la luz en el palacio de madera del primer soberano de los bosnios. La cabeza de su hija se tocaría ahora con la corona de San Esteban y puede que se convirtiera también en la reina de Bohemia… Y si a Wenceslao lo llevaba a la tumba su vicio de beber, Segismundo podría ganar la mayoría de los votos de los electores germanos contra Roberto. Ante el nuevo rey germano estaría así asegurado el camino que no quiso emprender el hijo mayor de Carlos IV.
Entonces, Bárbara sería la primera dama del mundo cristiano.
Wenceslao volvió a Praga de distinta manera a cómo le habían secuestrado allí: cual si se hubiera librado del círculo de su apatía. Las pruebas a que le había sometido el destino y que apenas habían pasado, le convirtieron en un verdadero soberano y su vuelta no dejó de tener
consecuencias. El príncipe Alberto —después de su fuga— reclutó tropas y comenzó el asedio de Znaim. Según el cronista, causó asombro el que los austríacos se atrevieran a atacar los muros con balas de cañón. Entonces ocurrió que envenenaron al príncipe Alberto durante una cena. Ya agonizaba cuando el médico austríaco, le aplicó la particular terapia de colgarle cabeza abajo «para que saliera todo lo malo». No sobrevivió Alberto a ese tratamiento. Su sucesor, el príncipe Guillermo, interrumpió el asedio. Guillermo era rival de Segismundo, más aún: su esposa Juana era princesa de Nápoles y entre sus títulos llevaba con orgullo el del reino de Hungría.
El rey de Bohemia, vuelto al poder, odiaba ahora mortalmente a un solo hombre: a su propio hermano. No pudo perdonar a Segismundo que le hubiera eliminado de su autoridad como mayor de la familia; y que le hubiera amenazado con encadenarle. Con un violento viraje, Wenceslao firmó un pacto con Guillermo: si fallecía sin heredero varón, esta rama de la casa de los Habsburgo heredaría toda Bohemia. La respuesta de Segismundo fue un tratado con otro Habsburgo —el príncipe Leopoldo—
contra Guillermo. De esta manera, se entabló el juego por el poder centroeuropeo, con sus numerosos personajes…
Alberto de Austria, el mayor, había muerto: su hijo (también Alberto como su padre) tenía entonces siete años. Segismundo tomó especial afecto al niño, despierto y guapo. Cuando llegó a Pozsony la noticia de la muerte de su padre declaró que lo aceptaba como hijo suyo. No se hablaba de una adopción formal, así que nada les incumbía a las cortes húngaras: ésta era una de las efusiones repentinas, propias del carácter de Segismundo.
La esposa de Guillermo, el nuevo soberano Habsburgo, era la princesa Anjou de Nápoles. Desde el comienzo surgió la enemistad entre Segismundo y Guillermo: cuestiones de frontera, las relaciones con Wenceslao, el cisma; en su mayoría esas cuestiones incumbían a la brillante legación que, en 1406, marchó de Viena a Pozsony. Segismundo no pudo contener su cólera y recibió con violentos reproches a los nobles vecinos. A lo que los austríacos respondieron marchándose indignados, con excepción de dos participantes, seguramente más comprensivos. Éstos lograron
entenderse con Segismundo y pudieron aún salir tras los otros en caballos rápidos, con lo que alcanzaron al carruaje de los prelados para hacerles regresar a Pozsony.
El príncipe Guillermo era un adversario duro. Parecía que la paloma de la paz intentase rehuir las orillas del río Lajta. Como la muerte, esa «Mors Imperator», segó a Guillermo en la flor de su vida, la bella princesa, con sus grandes ambiciones, quedó viuda y obligada a volver a su casa de Nápoles.
Después de su hermano Ladislao, la coronarían reina de Nápoles y Jerusalén. Sería soberana con el nombre de Juana II casi un cuarto de siglo después de que anudaran la cuerda fatal al cuello de su tía, Juana I. (A esta Juana II la imaginamos como la inmortalizara Rafael, en una miniatura: es un retrato con sombrero, en colores purpúreos. La figura de la mujer refleja una belleza interesante, enigmática.)
Nápoles es un constante peligro que se repite en el destino húngaro.
Ladislao había alcanzado ya la edad viril, y a pesar de que no intentara todavía meterse en el laberinto húngaro con sus débiles armas, consideraba a Dalmacia como la clave de la situación. Allí las ciudades y una parte de las costas (las que todavía no habían sido ocupadas por Venecia) estaban bajo su soberanía, por lo menos nominalmente. Designó un representante en la persona del almirante siciliano: en adelante Aloisio Ademarisco representaría a Ladislao ante el Imperio húngaro.
Pronto llegó la noticia de que el nuevo representante había ocupado después de un asedio a Zara, Trau, Spalato y Sebenico; éstas se sometieron a la bandera de Ladislao. Al mismo tiempo se formaba el núcleo de una sublevación en torno al arzobispo de Egcr, y por fin, el capitán de Buda, Makra, se unió con sus tropas a las de los partidarios de Nápoles. Estos disidentes se reunían en Pozsega: allí se proclamó la decisión definitiva del papa Bonifacio, reconociendo a Ladislao como rey de Hungría. Llegó como legado el purpurado Acciaiuoli. Cuando Ladislao se enteró en Nápoles de la decisión papal, emprendió la marcha con un discreto ejército; en julio llegaba su flota al puerto de Zara, donde fue recibido con los honores de rey, el soberano que cuida de los vientos, buenos y malos… Por parte húngara, había llegado para recibirlo el prelado de Váma.
A Segismundo —como durante toda su vida— Bohemia le atraía con particular hechizo. El trono del Hradschin era un sueño nostálgico, hubiera querido estar allí cuando su hermano exhaló el último suspiro para poder poner sus manos sobre el reino sin dueño. Verdad es que Bohemia está muy lejos de Dalmacia, los mensajeros de la costa llegaban con retraso. Y
cuando rodaban las bolas de nieve de la información, tuvo que abandonar Bohemia para volver a Hungría.
El ejército de Ladislao (naturalmente no era él quien lo mandaba), llegó sin encontrar resistencia hasta la orilla del Transdanubio. El mérito fue del voivoda Stibor que organizó en el Norte un contraataque de ritmo acelerado. Indudablemente, Ladislao de Nápoles no tenía en el país un partido verdadero y tampoco era popular. Su padre, Carlos el Pequeño, había conquistado también su trágico trono con el poder de la violencia y a su muerte nadie se apenó por él. A Ladislao se habían unido aquellos nobles que se sentían defraudados en algo, a los que alguna vez ofendió Segismundo y sobre todo, los que esperaban algún título nuevo, «Stallum»
del rey del partido napolitano.
Stibor se marchó hacia el Transdanubio. Con su ejército, cada vez más fuerte, logró liberar al asediado Gyór y derrotó luego a las tropas del rey napolitano. Ladislao no residía aún allí, pues había partido para pasar por Dalmacia y preparar su entrada en Alba Regia y de allí dirigirse a Buda.
Cuando se enteró de que habían derrotado a su ejército, se apresuró a retirarse en dirección a las ciudades dálmatas, que parecían más seguras.
La historia atribuye a Pablo Perényi el triunfo de Nagypatak. Stibor movilizó también sus tropas —acercándose con rápidas maniobras a Buda
— para reemplazar al ejército del capitán que traicionó a los suyos. Desde allí había que conquistar de nuevo a Esztergom, en nombre de Segismundo.
Al arzobispo Kañizsai le sorprendió ese inesperado giro, mientras aguardaba la llegada de Ladislao: los que vinieron fueron los soldados de Stibor. Así, por segunda vez en su vida, cayó prisionero el rebelde Juan Kanizsai.
Si hubiese ocurrido un siglo más tarde —cuando la formación de las monarquías absolutas— habrían sido decapitados los nobles y las eminencias eclesiásticas, después de un levantamiento vencido. Pero en el
ocaso de la Edad Media se toleraban los pactos de los nobles contra sus soberanos. Era únicamente cuestión de poder, una relación entre intereses opuestos. Por eso pudo llevarse a cabo la amnistía sugerida por los moderados, principalmente por Hermann Cillei y Stibor. Al cabo de un mes (si el rebelde vive en Transilvania, le corresponden tres meses) debe presentarse para rendirse y esperar el perdón real. Quien se sometía entonces, podía salvar su vida conjuntamente con sus bienes, y tampoco perdía las donaciones reales anteriores. Era una curiosa amnistía, generalmente amplia; con ella todo el país rindió homenaje a su rey, la popularidad de Segismundo estaba en alza, se exaltaban en todas partes sus triunfos. El «ban» de Hervoja, como príncipe de Spalato, inició el contraataque de Dalmacia. Y cuando los ejércitos húngaros se acercaron, Ladislao se apresuró a dejar las tierras dálmatas y a volver a su propio país.
Segismundo convocó en Buda al Parlamento, al cual sólo se abstuvieron de ir el arzobispo de Eger y algunos de los nobles, aquellos que habían renunciado a la amnistía, huyendo a Polonia. Como esa parte de la frontera era fácil de atacar, Segismundo, siguiendo el consejo de Stibor, mandó reforzar las murallas de las ciudades de Eperjes y Késmark.
Llegó también el turno de poner límites al poder del papa de Roma.
Segismundo redactó una ley nueva, en la que se decidía que sólo el rey era quien nombraba a los ocupantes de los cargos eclesiásticos, sin que la Santa Sede pudiera intervenir. El Papa Bonifacio, al ponerse al lado de Ladislao de Nápoles, había perdido a Hungría.
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