Poker de Papas
Capítulo 29
ANTES de la misa solemne, Segismundo proclamó las palabras del perdón a petición de los clérigos, a su vez aconsejados por su confesor. Entonces ya se sabía en la corte que sería conveniente revolotear en torno a la prisionera, cumplimentar a la reina: se murmuraba que muy bien podía cambiar la dirección del viento. Pero hasta que en la tarde de la Nochebuena no llamó a la puerta de la celda el obispo Hohenlohe y —tras haberle hecho la señal de la cruz en la frente— no besara a Bárbara en ambas mejillas, no había nada seguro. Todos conocían los caprichos de su señor, su humor variable; todo era posible pero también lo contrario de todo. En definitiva, nada concreto se sabría hasta después de la misa navideña.
El rito estipulaba que Bárbara e Isabel debían sentarse en los bancos de las mujeres, no delante. Pero los dos primeros bancos se habían dejado vacíos. Después, avanzó la reina envuelta en velos grises y la princesa, también mal vestida con deslucido terciopelo y cofia cuyas perlas se habían caído. Los ojos de los hombres contemplaban a la niña: si Segismundo no llegara a tener descendiente varón —que por lo visto era la voluntad del destino— repitiendo el deseo del buen rey Luis —que en gloria esté— esta jovencita sería reina de Hungría. Su majestad estaba entrado en años a pesar de su brillante aspecto; la vejez va del brazo de la muerte que en cualquier momento podía llevarse a Segismundo. Los nobles del país tendrían que decidir si querían a Isabel como reina o si preferían traerse un monarca del extranjero de no elegirlo entre sus filas. Si Isabel se casara —como se decía en la corte— con Alberto, el príncipe de Habsburgo recibiría con la mano de su esposa también los países del imperio.
Todo eran preocupaciones para los Dragones, amigos y enemigos… Se abrió la puerta de la capilla que comunicaba con la sala mayor. Jorge
Hohenlohe se acercaba con el ritmo de sus grandes pasos hasta el banco de Bárbara: la reina y su hija estaban de rodillas, poco se veía del rostro de Bárbara, a pesar de que era lo buscado por los ojos de las grandes dignidades; de su bonito cabello no asomaba un solo rizo bajo el velo gris.
El obispo dijo algo a Bárbara y seguidamente avanzaron los tres, con Isabel en el centro, hacia la sala mayor. Segismundo estaba allí en su sillón, ascendido en aquella ocasión al carácter de trono con almohadones de púrpura, alfombras, reclinatorio: signos reales. Bárbara entró y tras ella la niña. Cayó de hinojos sobre el reclinatorio, elevando sus manos hacia Segismundo. El rey se puso en pie: a la luz de la vela podían verse brillar sus ojos. « Pax tibi, pax tibi», dijo emocionado.
Las manos de la mujer estaban heladas, hinchadas y rojizas. La joven, sorprendentemente crecida, causó una pobre impresión —con su vestido gastado, su capa que se había quedado corta— a todas las notabilidades llegadas para el banquete navideño, absueltos ya del ayuno previo. ¿Será esta niña la Domina Rex? Los que habían servido en la corte de Luis el Grande, se acordaban de María, de Carlos el Breve, del joven Segismundo llamando temeroso y vacilante a las puertas de Hungría. El arzobispo no había visto a Segismundo cuando le prendieron los señores en Visegrád, pero supo cómo se había portado en Siklós, durante su prisión en el castillo.
Todos pudieron repasar durante la extraña vigilia, su propia vida. Después de tantos años, se hallaba aquí Segismundo, en traje de emperador, sólo le faltaba ceñirse la corona. Su cabello estaba espolvoreado por los años, de gris y plata, pero seguía dominando por su altura a todo el mundo cristiano.
Se puso en pie, no divagó con términos altisonantes, se limitó a tomar del brazo a Bárbara, abrazó a Isabel y así se dirigieron a la otra sala, a la cena de amor de Navidad. Nadie se atrevió a aplaudir, era una fiesta familiar. Los prelados se entendían bien aquí: los arzobispos Juan y Hohenlohe iban del brazo. Al terminarse la cena acostaron a la princesa, mientras los demás esperaban la medianoche. El primado celebró la misa del gallo.
Bárbara impresionaba: las manos extendidas eran casi una súplica, los labios exangües y el rostro sin sonrisa, como si los tiempos duros de Oradea Mare hubieran borrado el hechizo de su belleza. En la mesa grande no había cerca de ella ninguna mujer, no había nadie que la ayudara a quitarse la
capa. Los grandes del país, los Dragones, no eran aptos para esos servicios… la niña la ayudó. ¿Se querrían madre e hija? Las habían encerrado juntas hasta que partió el carruaje del destierro; antes, casi no se habían visto. Bárbara vivía su propia vida, la vida de una mujer bella, sus horas, además, plenas con las ocupaciones de la regencia. Isabel crecía entre preceptores que le enseñaban idiomas y la llenaban de lecturas piadosas. En Oradea Mare su madre tenía una celda; Isabel recibió la de al lado; a ella la cuidaban las hermanas más jóvenes. Pasaban juntas horas y horas; Bárbara tenía que conformarse con bordar y la niña la ayudaba.
Pasaban hambre. ¿Podría ser que la voluntad real hubiera regulado también el pedazo de pan, el tamaño que podía tener, cuánta carne podían recibir y cuánta sopa? Pero, si castigó a la madre —esta cuestión también se planteaba— ¿por qué mandó con ella a la hija? Si la reina era una mala mujer, infiel, ¿qué podría aprender de ella la princesa, destinada quizá a ser un inesperado día, la reina de Hungría? ¿Qué pudo aprender Isabel de Bárbara en su extraña convivencia en la prisión?
La duración del banquete fue infinita y durante ella los señores hablaron poco y en voz baja. Al finalizar la cena, el conde Temes —Pipo— anunció que vendrían juglares de Siena —si a su majestad le agradaba— para interpretar canciones italianas. «Si Vuestras Majestades así lo desean», indicó Filippo Ozorai, y el confidente del rey utilizó ya el plural, incorporando así a Bárbara. Segismundo miró a su esposa; Bárbara inclinó la cabeza afirmando. Desde que la habían desterrado, sólo había podido escuchar los salmos de las monjas, sus cánticos del amanecer, del crepúsculo y de la noche.
Toda la acción de esta noche era también una despedida, dijo inesperadamente el rey. Pipo lo sabía: se preparaban grandes acontecimientos. Mientras Segismundo amenazaba a los husitas, recorría al tiempo los colores del Imperio, reuniendo ejércitos con este motivo también en Hungría —como lo proclamó— «porque realmente se prepara el ataque a los turcos». En los días de su llegada a Holies, recibió a Nicolás Szentpály, quien había pasado doce largos años en cautiverio turco; allí aprendió el idioma y estudió sus costumbres paganas. Había conocido al rey de Mesopotamia, que odiaba al sultán y estaba dispuesto a aliarse aunque
fuera con un infiel cristiano para derribar el dominio otomano. Su Majestad, después de enterarse de esas noticias, envió a Jozsa Torok a ver a los tártaros de Crimea a la vez que enviaba al rey de Georgia un mensaje confidencial. Pipo de Ozorai, el confidente del rey, ofreció algunos consejos sobre la campaña planeada, para poder desviar la atención de los espías turcos: todas las noticias difundidas se referían sólo a la campaña de Segismundo en el Norte, contra los husitas. Los agentes de Venecia que estaban en todas partes, metían la nariz en los secretos del Estado y luego informaban que su majestad romana había declarado que un monarca cristiano no podía tener más santa misión que cortar de raíz la infección calixtina… Para ello construyeron campamentos en varios lugares del país: dónde se concentraban los soldados, los nobles, los mercenarios reclutados en el extranjero, artilleros de Lombardía, voluntarios de Polonia.
Segismundo esperaba poder reunir así importantes ejércitos en distintos puntos del país, tendiendo más bien al Sudeste. Pipo, el hombre de Florencia, entendía de números; calculó en ochenta mil a los que integraban el ejército húngaro que esperaba impaciente la orden de partir, si bien no contra los husitas, sino contra los turcos.
En Bosnia se hizo cargo del mando del ejército el mismo Segismundo, aunque en realidad era Pipo quien dirigía las operaciones militares. Si verdaderamente se habían reunido ochenta mil combatientes; cuál era su espíritu bélico, sus armamentos, su entusiasmo, no lo mencionaron las crónicas. Los turcos exageraban como de costumbre el número de los efectivos enemigos, para dar mayor brillo a su gloria. Pero no tuvieron muchos motivos para enorgullecerse de la campaña de 1419. Entre Nisa y Nicópolis, en batalla abierta, el ejército húngaro ganó por primera vez después de mucho tiempo. No era la gloria definitiva, pero significó en el lenguaje de los ejércitos, que los turcos no molestarían durante algún tiempo, ni a los territorios sureños ni a las comarcas que circundaban el país.
Después de la batalla, Segismundo se apresuró a acudir a su ciudad preferida, a Oradea Mare; allí se enteró de que llegaría a esa ciudad la delegación turca que deseaba negociar la paz. Aunque esa paz no podía establecerse entre soberanos cristiano y pagano, un armisticio que se
firmara, por lo menos para cinco años en lugar de uno, no es más frágil que la paz que sellan entre sí con santos juramentos, los príncipes cristianos del mundo occidental…
En la fecha fijada se presentaron en Oradea Mare los delegados del sultán. Comenzó un regateo distinto a los que acostumbraba a ejercer el rey en Constanza, París y Londres. Ambas partes sólo sabían que tenían que llegar a un acuerdo: los turcos para reponerse del fracaso, de la pérdida de sus cañones y equipos y para sacar brillo de nuevo a las armas del Padisah con una nueva hazaña: la campaña contra Persia. Segismundo habría pensado durante el Te Deum, junto a la tumba de San Ladislao, que ahora era cuando debía de marcharse a Bohemia, a la luz de la gloria, si quería ceñirse la corona de Praga.
Era la primera vez que iban a ocupar el castillo de Zlatek los ejércitos cristianos unidos, única forma de extirpar la infección de Bohemia.
Atacaron «in nomine Domini» hasta que las patrullas que volvieron huyendo les anunciaron que avanzaban a miles, sobre sus carros, los demonios husitas. Los defensores del castillo debían de ser casi cinco mil, apoyados en una fuerte artillería. Entre los cruzados cundió el pánico ante la noticia de que se acercaban los taboritas; se propagó el miedo y la incertidumbre; los comandantes intentaron evitar quedarse entre dos fuegos, si había que hacer frente a las fuerzas de Ziska y al mismo tiempo atacar el castillo contra sus defensores.
Ziska estaba en la tienda de mando; desde que había perdido también la vista de su otro ojo, era el único jefe ciego al frente de un ejército. Todavía no existían mapas, pero los que luchan sobre su suelo natal conocen cada colina, arroyo, cada caserío de la tierra destinada a campo de batalla; distinguen la calidad de la tierra, las zonas pantanosas a las que hay que atraer la caballería del enemigo, los senderos por donde se puede pasar con los cabros. En Ziska, todo cuanto le informaban sus secretarios y oficiales, se proyectaba en el plano interior del invidente. No le preocupaban las incertidumbres de la realidad, pensaba en fuerzas lineales, dejaba desfilar mentalmente a las unidades calculando las distancias. Tras el volcán apagado de su cara rígida trabajaba a fondo, con la atención concentrada: estaba callado, todos esperaban atentamente sus órdenes, las que tendrán
que cumplir con toda la exactitud posible las columnas de los carros, los artilleros, los lanceros, la pequeña caballería de los jinetes utraquistas.
¿Dónde y cuándo empezaría el enemigo su ataque, por dónde pasaría? Todo aquello lo sabía de antemano Jan Ziska: poseía el «logos» del jefe y según las reglas de la estrategia, la batalla tenía que realizarse así.
Después llegó Kolin: Segismundo —en parte por la guerra con los turcos, en parte porque en realidad prefería que las tropas imperiales le sacaran las castañas del fuego del Hradschin, acaso también porque su amigo Federico Hohenzollern le era sospechoso hacía ya tiempo— no se precipitaba. Finalmente, en Kolin tendrían ocasión las tropas húngaras llega, das con el rey, de luchar contra los defensores en sus carros. La mayoría de los húngaros eran caballeros de acción rápida; se puso en evidencia de nuevo que en Bohemia se conseguía escaso provecho de los guerreros acorazados. La zona boscosa, las barricadas construidas con troncos, las tierras inundadas en que se hundían las patas de los caballos del guerrero eran obstáculos para los caballeros. Por eso Segismundo había traído consigo caballería ligera.
Por mucho que prolongara Segismundo la campaña, un día u otro tendría que marcharse: de otra manera debía temerse que precisamente Federico, el cual se designó a sí mismo príncipe elector de Brandeburgo —
abusando de la actitud negativa de Segismundo— pretendiera el trono alemán. Por eso tenía necesidad de que las tropas húngaras avanzaran en Kolin, contra el castillo de los carros.
Todos los cálculos de que el ejército de ataque sería aprovisionado por la gente con los frutos de las tierras, fracasaron. Pues antes que las tropas húngaras habían pasado por esos lugares los cruzados germanos, devastándolo todo, expoliando a sus habitantes. Saquearon, exterminaron, quemaron. En tierra de nadie como ésta, los húngaros tampoco demostraron ser irnos ángeles: lo que se podía hallar todavía, lo que podían confiscar de los escondites, fue absorbido por la tropa húngara que carecía de alojamiento y de alimentos. Cerca de Kolin, los húngaros resultaron ser más ágiles que las tropas imperiales; no estaban habituados a las órdenes enviadas desde lejos, a señas y a mensajes. Decidieron entre ellos mismos
formar pequeños grupos para atacar o para retirarse, no se hundían fácilmente en el pánico, atentos a cada trampa del enemigo, a sus huidas simuladas hacia espacios cubiertos de maleza e inundados por debajo y que conducían a los pantanos. Atacaban llanamente y con seguridad haciendo mucho ruido, sus caballos eran ligeros y se movían sin temor. La caballería húngara era más rápida, se dispersaba en unidades reducidas, se fundía, se desparramaba, su manera de luchar no se parecía a la de los alemanes, los cuales —mientras no hubiera lucha— eran criaturas admirables por su disciplina. Se movían al son de la trompeta o del tambor, todo el ejército a una señal, pero una vez que se detenían, si de algún ala se escapaba el oscuro ángel del pánico, ya no se les podía frenar, huyendo como si les espantaran espíritus provistos de varas de fuego.
Los húngaros, mientras tanto, sólo saboreaban el éxito contra los castillos de los carros: sabían que al acercarse se exponían al fuego de los fusiles, por lo que sólo daban vueltas buscando un punto débil, pero procurando que no les alcanzara el impacto de sus armas. Así se formó casi un doble anillo: dentro, los carreteros checos, fuera, apenas al alcance de sus tiros, los jinetes húngaros cercando los castillos de los carros, cuidando de no acercarse demasiado a ellos. Así se hizo la guerra en Kolin, dirigida por Segismundo con sus húngaros, polacos y bosnios, con escasos cañones.
¿Qué ocurriría mañana? Las arcas militares disminuían en forma alarmante, no había ciudad a la vista en muchas leguas, ningún pueblo rico donde pudieran remediar su deficiencia con indemnizaciones de guerra.
Llanos descubiertos y enormes zonas boscosas y ni un noble checo que se atreviera a jurar lealtad a Segismundo. Los magnates checos que se inclinaban hacia los católicos, en su mayoría orgullosos de su origen alemán, parecían dispersos por el país. De los checos mismos Segismundo no recibió la menor ayuda: él era el enemigo, pese a llamarse a sí mismo, rey de Bohemia.
De esta manera, Segismundo pudo retirarse con sus tropas húngaras y pérdidas relativamente pequeñas. Mientras tanto, se reorganizaba el ejército imperial, cuya cabeza ocupó efectivamente Federico de Brandeburgo. En aquella campaña, Segismundo no quiso ostentar ningún cargo; no era un
secreto para los suyos que no deseaba ningún éxito a Federico. Había que zanjar de una vez el «affaire» con el príncipe elector de Brandeburgo.
En Praga la vida no era nada tranquila: surgió —entre los radicales, los taboritas extremistas— un cura llamado Juan, que atacaba con fervientes peroratas a toda clase de poseedores de bienes terrenales.
Las profecías del cura Juan, de origen desconocido, sus oraciones incendiarias, excitaban a la gente modesta, sobre todo a los taboritas que desde las provincias se dirigían a las ciudades, incitándoles a atacar las tiendas, los talleres, irrumpir en las casas, como si hubiesen llegado a un país extranjero y enemigo. En cambio, el gobierno tendió una trampa al que consideraba su enemigo, en cuanto la excitada muchedumbre comenzó a calmarse: con un pretexto cualquiera atrajeron a Juan a las afueras de la ciudad, allí esperaba el verdugo municipal, que ejecutó rápidamente uno tras otro al cura Juan y a sus nueve compañeros. El cura se dirigió imperturbable hacia el improvisado patíbulo, exhortando durante su último recorrido a que los checos no se inclinaran ante ningún poder «extranjero»
y menos aún, ante el usurpador Segismundo. Así cayó —dice el cronista de la época— el mejor de los patricios checos.
En aquel momento ya no existía enemigo alguno en territorio de Bohemia, así que Ziska debió de plantearse una concepción de la política exterior durante la pausa entre las batallas. ¿Qué sucedía con el país? Ante el comandante ciego que gozaba de una autoridad sin límites, se iba formando la imagen de una gran confederación eslava del Norte. Ziska se dirigió a un príncipe lituano, pariente del rey polaco Ladislao y del gran príncipe lituano Witold: Koribut. Empezaría por venir a Bohemia como virrey de un futuro monarca y representando a la Bohemia independiente.
La invitación a Koribut significaba claramente que la nación checa no admitía la pretensión al trono de Segismundo. La cancillería de Buda tejió enseguida el hilo de la contraalianza; en esta acción contra los husitas recibieron grandes cargos los reyes daneses y polacos, el elector alsaciano, el príncipe austríaco Alberto. Deseaban formar un ejército más poderoso y con mayor potencial bélico, con tropas más aguerridas que las de entonces
—no una cruzada improvisada en la que sus miembros huían al primer grite de «¡Que vienen los carreteros!».
La relativa tregua agudizó los contrastes internos entre los husitas. Ziska se volvió con dureza contra los extremistas taboritas, los adamitas, los sectarios. En Praga recrudecieron los choques entre burgueses y nobles; Ziska convocó a una Dieta, pero a ese parlamento no se presentaron los partidarios más apasionados del Monte de Tábor: en cambio vinieron los utraquistas y los calixtinos inclinados a la reconciliación.
Se empezaron a notar los reveses del enorme movimiento bohemio: la mayoría de los campesinos —por lo menos de vez en cuando— seguía incorporándose a las formaciones husitas, llevando sus caballos y sus carros a la lucha. Como consecuencia, quedaron sin cultivar extensos territorios de los que escapaban los terratenientes, las tierras estaban incultas, el cuidado del ganado y de los ancianos, a cargo de las mujeres. Apareció el hambre a finales del invierno, en primavera, en esas tierras checas tan fecundas en otros tiempos. A Praga llegaban cada vez menos alimentos, los precios subían sin freno, la gente de la ciudad se inquietaba y se rebelaba.
Los husitas, especialmente los extremistas taboritas, intentaron sustituir cuanto faltaba de la producción anual, mediante saqueos «militares» y campañas de robo: el propósito de esas pequeñas campañas minuciosamente planeadas, era adquirir la mayor cantidad de botín para la comunidad, especialmente caballos y carros —y a ser posible cañones y armas de fuego. Además de esto, tampoco despreciaban los tesoros, para lo que contaban especialmente con las iglesias, residencias episcopales y monasterios, organizados con las mayores riquezas. El pánico les precedía a distancia, pocos sitios se hallaban bien defendidos. Y si una ciudad no capitulaba inmediatamente, si respondía con cañonazos a los ataques, entonces comenzaba el asedio; lo efectuaban con estrategia tan perfecta, que pronto podían ocupar el castillo o la ciudad cercada, y entonces no dejaban alma viviente. Sobre los ejércitos de carros, volaban con sus alas negras los ángeles del horror.
El ciego Ziska salió a efectuar una extraña visita a su región de origen: allí encontró gente «templada» que todavía no había participado en los sacrificios, apegada a sus curas que se mantenían en la fe católica y
comulgaban bajo una sola especie; sus habitantes tuvieron que sufrir durante ese «año sangriento» su mayor castigo: el comandante invidente les sentenció con crueldad. Corría la sangre por todas partes, a veces parecía —
visto desde fuera— que en Bohemia se estaba librando una guerra de todos contra todos. Pero en cuanto se presentaron tropas extranjeras ante las fronteras del país, desaparecieron todas las guerras internas; apoyados en el arte bélico de los taboritas, batieron a los atacantes con sus fuerzas de siempre, o mayores aún.
Las fiestas navideñas y de año nuevo las festejaron Bárbara y Segismundo juntos, como ante una nueva alianza, un nuevo amor entre esos dos seres. En el primer día del año llegó la egregia pareja a Breslau: el magistrado les informó sobre la agitación entre los husitas. Con la entrada del rey, comenzó una campaña de castigo contra los herejes: ocho verdugos ejecutaron a veintitrés ciudadanos de Breslau, en pleno mercado de la ciudad. La visita a Breslau se convirtió en el prefacio de la campaña que se iniciaba: clavaron a la entrada de las iglesias la bula papal que declaraba el comienzo de la cruzada contra los herejes checos y mientras se preparaba la campaña general, Segismundo recibió desde la Hungría del Norte informes alarmantes. El husismo se estaba propagando peligrosamente entre los curas más modestos y en varios sitios preconizaban abiertamente, desde los púlpitos, las doctrinas de Praga. Aparecieron agentes de los husitas no sólo en Hungría sino también en Brandeburgo. El gobernador colocó espías para enterarse de cuál sería el sitio por donde irrumpirían los invasores. Por todas partes se reforzó una inquisición real y eclesiástica; arrastraron a curas —en Hungría como en las comarcas orientales— hacia las cámaras de tortura y sólo se suavizaban las sentencias cuando el acusado abjuraba las erróneas ideas, aceptando las penitencias que debían cumplir entre los muros de los monasterios. Pero en las regiones colindantes con Bohemia aumentaba la intranquilidad. Quienes traían noticias de los/husitas hablaban de igualdad. Se suprimió toda clase de servidumbre y dependencia feudal y se hablaba de eliminar la abundancia y arrogancia de los ricos. ¡Todo era de todos! Pero no, volvieron a hablar de los adamitas ejecutados y de que sus mujeres también pertenecían a la comunidad… Ambas partes se prepararon
para la campaña que prometía ser decisiva. Ziska se había convertido del comandante improvisado que era en gobernador estadista, y su ceguera pareció darle la autoridad de los sabios primitivos, además de una energía casi sobrenatural. Al mismo tiempo conservaba su valor, sus rápidas decisiones, adelantándose a sus enemigos con la precisión de sus planes.
Detrás de él existía una apasionada materia humana: era la reserva de donde podía extraerse siempre nuevos materiales: la gente pobre. Los más fanáticos de las aldeas, que veían un profeta en el hombre ciego, vinieron voluntariamente a colocarse bajo las banderas husitas. No era solamente, el atractivo de la libertad prometida sino los relatos que corrían de boca en boca entre la gente sobre hazañas bélicas, innumerables guerrillas en comarcas desconocidas, estupendos saqueos de ciudades, abundancia, alegría viril.
Las batallas arreciaron alrededor de Pilsen. Los husitas la llamaron
«ciudad del sol» y procuraron fortalecer su defensa ante las tropas reales que avanzaban sin cesar. Pero el peligro era grande, la ciudad difícil de defender, así que los husitas retiraron la guarnición de Pilsen y la llevaron a Tábor. Entonces pudieron entrar los «cruzados» e hicieron una terrible matanza como ejemplo. Una sola palabra de sospecha —el solo hecho de haber hablado con los herejes— era suficiente para arrastrar a un infeliz a la hoguera.
Pactaron una tregua temporal, que no cumplieron los realistas: según lo acordado, hubieran debido retirarse ambas partes, los husitas al cobijo del Monte Tábor que habían convertido en una fortaleza inaccesible durante los años anteriores. Ziska contaba ya también con una caballería importante utilizando los caballos de guerra de los distintos botines, así que estas formaciones también aparecieron para cubrir a los carreteros.
Se notó el efecto de la visita a la región que había hecho Ziska: casi toda la provincia se pasó a los husitas, con lo que el movimiento adquirió las características de un movimiento bohemio general. Gran parte de la ciudad estaba en las manos de los guerreros de la nueva fe. Solamente el castillo quedó bajo el dominio real y católico; la alta nobleza y las tropas de la reina se ocupaban de su defensa. El Hradschin podía estar seguro de que los husitas no le atacarían mientras Genek von Wartemberg fuera el jefe militar.
Pero cuando Segismundo, que iba ganando terreno, declaró su derecho al trono de Praga, Genek se pasó a los utraquistas. «Segismundo es el enemigo de la nación checa» —dijo, y las palabras del antiguo comandante del castillo de Praga que gozaba de gran autoridad militar, influyeron lo suyo entre los vacilantes nobles. Genek sabía más de los lejanos planes militares que los mismos segundones husitas. Segismundo tenía que ocupar Praga —
el Barrio Antiguo y el castillo— para poder coronarse y sostener luego a la anhelada Bohemia. Genek contaba con un sitio y asalto, así que ordenó construir barricadas en la ciudad y fortificar las murallas y acumular alimentos en los depósitos comunes. En el momento culminante del encuentro bélico, Ziska, con lo mejor de su ejército, entró en Praga. No le recibieron como a un invasor, sino como al liberador de la gente del pueblo, de los estudiantes y burgueses checos. Pero entonces tuvo lugar allí también la acción devastadora de los taboritas. El propio Ziska se volvió contra los saqueadores y cuando llegó la noticia de que Segismundo se estaba acercando, se alejó con sus tropas de la ciudad que no quería exponer al asalto. Además, no consideraba sus murallas bastante seguras ni sus gentes bastante unidas para exponer a sus habitantes a las vicisitudes de un asedio.
En el campamento de Segismundo vivía también Bárbara: la armonía de la pareja real pareció renacer durante las últimas semanas. Entretanto, proseguían las negociaciones en el campamento y su tema fundamental era la conquista de Praga. Pero antes había que asegurar al ejército real que no habría de recibir ataque alguno del Monte de Tábor… Buena parte de los taboritas, al enterarse del peligro que amenazaba a la ciudad, volvieron a Tábor preparando allí su ataque. El mismo Ziska, como si hubiera abandonado Praga a su suerte, parecía preocuparse sólo del destino de su propia «capital». El ataque que inició Segismundo encabezando tropas austríacas de refuerzo no tuvo suerte tampoco en aquella ocasión. Del saqueo del ejército real en los alrededores de Tábor, dan cuenta las crónicas checas.
La meta de Segismundo era lograr un éxito militar antes de que llegara la cruzada imperial. Pero no pudo ocupar el Monte de Tábor y repetidamente sus tropas fueron derrotadas. En esas acciones tomó parte un
rey bien maduro, modelo de caballeros valientes, pero que no era el mejor estratega.
La tropa imperial que se aproximaba —declaraba el legado— había aprendido en las amargas experiencias pasadas. Se calculó en 150.000 el número de los efectivos reclutados, gran número de cañones complementaban el equipo de guerra. Llegaron a las afueras de Praga, acamparon a orillas del río Moldava; Ziska se retiró como prudente comandante que era y sólo ordenó luchar a la mitad del ejército que debía enfrentarse a los cruzados.
Se estaba ya en pleno verano, a mediados de julio, cuando Segismundo, al amanecer, ordenó el ataque general contra Praga. En la capital tocaron a rebato las campanas al oír los cañonazos. En las unidades de ataque participaron tropas teutonas, católico-checas y húngaras. El primer día del asalto no trajo suerte a los atacantes: los de Praga capturaron algunos efectivos entre los sitiadores, a los que liquidaron el mismo día.
No es que Bárbara no estuviera acostumbrada desde la niñez a las campañas militares, a las noticias de guerra, a los grandes preparativos ya en el lejano Cilly, pero cuando llegó a ser adulta, reina, madre —después prisionera en el claustro— ya no se preocupaba demasiado por el nefasto juego de los hombres con la guerra. No creía en nada, apreciaba sobre todo su propia comodidad, las horas alegres, el dinero, el lujo. Sobre todo desde que en Oradea Mare —por primera vez en su vida— tuvo que aprender lo que significaba la miseria, el despertarse sobresaltada por la noche como si oyera de nuevo agitar la campanilla, a cuya voz debían de bajar a la capilla también con el frío del invierno, para la misa. La niña aún dormía, la abadesa había decidido que a Isabel no le alcanzaban todavía las reglas de la orden: especialmente porque no había la menor esperanza de poder hacer una monja de la única y débil planta del jardín real. Ahora Bárbara estaba viviendo en una tienda principesca, expuesta, sin embargo, al maligno juego de los vientos, incómoda: no tenía una verdadera corte, a sus damas no les gustaba vivir en el campamento, entre peligros de toda clase. Los hombres cambiaban a cada hora su temperamento en tiempos de guerra: así era también de inconstante su majestad romana, que tomaba muy en serio la
práctica del único arte del que no sabía nada, la estrategia. A su lado y a su alrededor, capitanes excelentes, pero de todas maneras era él quien debía obtener que Praga, la capital, cayera en sus manos «suaviter», es decir, a través de negociaciones secretas o bien «fortiter in arma», con cañones de asalto, ataques repetidos, incendiando los suburbios, cortando las conducciones del agua, capturando los cargamentos de provisiones… ¿Por qué anhelaba tanto Segismundo el título de rey checo? ¿No tenía acaso países suficientes; un mar de preocupaciones en Hungría? ¿Por qué tener que defender siempre a todos los puntos cardinales? ¿Por qué? Cuando se lo preguntó a su marido como por casualidad —que es lo que suelen hacer las mujeres— se encontró con la mirada de Segismundo, llena de odio y de reproches. El difunto padre, el emperador Carlos, se le aparecía en sueños nombrando a Praga, con aspecto de espíritu…
—¿Por qué justamente a Praga —insistía Bárbara—, cuando podías vivir eh paz y cómodamente, en Buda?
¿Se estaría aburriendo la reina en el campamento? ¿Se preocupaba alguien de complacer sus deseos, saber en qué pensaba, si recordaba aún al caballero Walmerode? Allí sólo había hombres siempre en armas, con corazas y mallas, a pesar de que todos sabían que entre aquellos que rodeaban la mesa del Consejo real o escribían informes, ninguno se expondría al peligro de trepar por una escalera de asalto, o entrar en la línea de fuego de los cañones municipales, sin hablar de que osaran participar en ataques al Monte de Tábor… Probablemente Segismundo sería la excepción, capaz, si le llegara el impulso, de combatir con el jefe enemigo en un torneo, ya que no le faltaba el valor. Pero, ¿a quién ayudaría exponiéndose al fuego de un fusil, cayendo en una trampa de las puestas por taboritas listos, para romper el cerco? ¿Y qué pasaría si le capturasen, lo que no sería imposible? Con seguridad hubiera sido hecho pedazos por la muchedumbre.
A Bárbara le faltaba todavía una corona: ese círculo de oro, mágico y mítico a la vez, que les colocaría a los dos el santo padre, con la que podrían ser en un segundo los tardíos herederos de los antiguos Césares y Augustos. Ser emperatriz, ser emperador… Pero mientras el papa Martín no pudiera volver a la Ciudad Eterna, mientras sólo pudiera tener la corte en
los límites del Estado de la Iglesia, mientras la Curia se mantuviese invitada por un príncipe o una república, no habría forma de marchar a Italia.
¿Cuándo, Segismundo, seremos emperador y emperatriz? Segismundo se acariciaba la barba, diciendo algo sobre «mañana o nunca». Muchos reyes alemanes reinaron ya sin la corona imperial, su hermano Wenceslao hizo lo mismo, igual que Roberto; jamás habían llegado a ser emperadores. Era por lo único que Bárbara soportaba, la vida de campaña. ¿Quería al hombre una generación mayor que ella? Todavía era esbelto, todavía era ansioso, todavía necesitaba mujer cada noche, como antes, según su antigua fama.
Bárbara vivía en la tienda grande cuyo espacio interior el maestro constructor de tiendas había transformado en un dormitorio. Pero se oía el viento, las voces dando órdenes, el relevo de los guardias, las pisadas de los caballos, el rodar-de los cañones; jamás podría dormir largamente y en paz.
Las armas al alcance de las manos de Segismundo para poder sacarlas, en caso de ataque, por cualquier parte. Cada ruido destrozaba su noche; el oficial de guardia podía entrar a cada momento para informar o pedir órdenes. ¿Qué podía hacer una mujer en el campamento para animar a su hombre de cincuenta y tres años? ¿Podía hablarse de una nueva luna de miel entre Bárbara y Segismundo, después del encuentro de Navidad? Cada beso era ahogado por los truenos de los morteros. En las puertas de la noche despertaban a los dos con la frase «las tropas húngaras parten a la carga, majestad». En estas ocasiones Segismundo arrojaba la manta de piel de oso; un minuto más y ya estaba en pie con su traje de piel, con gorro y guantes, el hombre que hacía una hora la había enlazado entre sus brazos. ¿Le daría lo mismo Bárbara que otra? El candil iluminaba su rostro: era un hombre apasionado en el arte de amar y superaba a los jóvenes, pero a la luz de la mañana tenía ya la piel marcada, desde el rabillo de sus ojos hasta las comisuras de sus labios se dibujaban los surcos, tenía bolsas debajo de los ojos. Pero a pesar de todo, cuando la alcanzaba con sus manos increíblemente finas y estrechas, desaparecía el tiempo, detenido entre ellos… ¿Era así o era distinto a cuando la primera vez la cubrió con la nube gigantesca de su cuerpo? ¿Le hacía falta Segismundo o sólo lo soportaba?
¿Podía apreciar si al hombre le era indiferente a quién, cómo y por qué abrazaba? ¿Sería verdad que Bárbara era también ahora sólo una, la única
adecuada, la única al alcance de sus manos, para poder vivir, su varonil existencia entre los ruidos estruendosos de Marte? ¿O acaso habría otra, además? Aunque ahora él no se rebajaría hasta una vagabunda, pero con frecuencia acudían al campamento damas de buena familia, señoritas, mujeres de magnates. Deseaban presentarle sus respetos junto a sus maridos, querían asegurarse la gracia del César. Si llegase a entrar en Praga, podrían premiar su victoria…
Ensayos de ataque y ataques reales; todo un plan de exterminio. No se capturaban prisioneros ni de un lado ni del otro; después de los interrogatorios seguían los tormentos. Los checos se quitaban frecuentemente la vida al caer prisioneros, porque quien caía en manos del enemigo, ya no tenía esperanzas de salvación. Los husitas no pagaban rescate por sus prisioneros ni los devolvían: era la esencia misma de las intransigentes luchas civiles en que se libera el odio en una interminable corriente asesina. La campaña de Segismundo y de los husitas, no tenía ni comienzo ni final.
¿Se estaría martirizando Segismundo con su dilema, admitiría la ambigüedad, la tragedia de esa situación? ¿Quería en verdad ser un buen rey feliz con su nación ya que en el fondo de su alma, en un sector de su existencia al menos, debía de sentirse checo? ¿Aspiraba a alcanzar el trono de Bohemia atravesando montañas de cadáveres, hogueras, el caos de las ciudades destruidas, quemadas, para alcanzar el trono del Hradschin?
¿Podrán apreciar o querer los nuevos súbditos a ese rey, en cuya promesa confió el «magister» al irse a Constanza? ¿A cuya señal se desataron los demonios del odio y por cuya culpa se convirtió el país en un desierto sobre el cual ahora desearía reinar en paz? ¿Por qué se aferraba Segismundo a Bohemia, a pesar de haber entregado Dalmacia, sin preocuparse demasiado por el confín de su dominio en los territorios del Sur, en tierras de los bosnios, de los «raczok», los antiguos servios? ¿Por qué anhelaba poseer Bohemia, que solamente podría entregarse después de la más sangrienta de las guerras? ¿Por qué el mar de sangre, las ciudades incendiadas, las mujeres y los niños asesinados a miles, las tierras despobladas, las emboscadas acechando en las zonas boscosas? ¿Para qué traer a Bohemia a húngaros, austríacos, croatas? ¿Para qué lanzar contra los comulgantes de
las dos especies a los caballeros del Imperio, a los mozos campesinos cogidos con cuerdas, a las compañías mercenarias suizas? ¿Por qué hay que pagar con impuestos el valor de cada «denar»? ¿Por qué fundir los tesoros bien guardados de las iglesias para acuñar ducados y florines con ellos?
¿Por qué era posible sobornar al César, comprar a precios módicos los títulos y privilegios, sólo para continuar la absurda campaña?
El ataque de los imperiales sólo era una cara de la moneda. Cada violencia engendra nuevas violencias; a los husitas ya les daba igual, no podían volver a sus hogares destruidos, a sus casas destrozadas. El hogar ahora era solamente el carro: «Ve con él y destruye, cumpliendo las órdenes de los taboritas…».
¿Por qué tenía que ser Segismundo el ejemplo de la constancia? Puede que la palabra de Bárbara tuviera también su peso en ese punto muerto: corona de muertos; cada mañana más y más víctimas de las epidemias. Las noticias de Praga tampoco eran alegres, pero Praga era todavía inmensa, dentro de sus muros se aguantaba mejor, se sufría el asedio entre casas. Los que construían sus cercos en las tiendas de campaña, tiritaban al viento, y en el mejor de los casos, junto al picante humo del fuego de los campamentos, sin comer durante días porque los husitas se habían apoderado de los forrajes y de las provisiones… ¿Por qué debía ser Segismundo más tozudo que el destino, que le desbarataba sus planes más bellos? Quizá fuera posible que sus comandantes le aconsejaran también —
y en secreto— terminar con la desesperada lucha. Volver a casa. ¡Y el que ha sobrevivido que se alegre de ello! No tenía sentido arrear a las tropas, hacerlas subir las escaleras de asalto y ver desangrarse a los mejores de sus caballeros.
Los husitas convocaron al parlamento en Caslav. Asistió también Conrado, el arzobispo de Praga, quien había aceptado, los cuatro puntos de los utraquistas. Luego, llegaron delegados de Moravia: magnates, caballeros, burgueses. Después de todo, sólo había caído una parte de la comarca bajo el dominio de Segismundo; la otra mitad miraba hacia Praga.
En la Dieta se crearon leyes importantes: las bases de cada ley serían los Cuatro Puntos. Mientras Segismundo fuera rey de Hungría, no podía ocupar
el trono de Bohemia. El parlamento había elegido veinte directores en representación de los nobles y los burgueses; con esto mantenían la imagen social de Bohemia tal como era antes de los movimientos husitas. Se encargó a los directores consolidar el orden social frente al enemigo, pero también contra el Monte de Tábor. Segismundo envió también dos delegados a Caslav. Antes de que hubieran comenzado los debates se proclamó la solemne declaración del delegado real: insistía sobre el absoluto derecho real de Segismundo. Los reunidos en la Dieta escucharon en relativo silencio la declaración real, pero permanecieron sentados, sin la menor señal de respeto. Puede decirse que pasaron por alto la respuesta prosiguiendo las negociaciones como si se hubiera tratado de un hecho sin importancia. Después, declararon la república. Esta república de Bohemia fue la respuesta definitiva del parlamento al rey.
El ejército que regresó, al que llamaban «cruzado», pero que en su mayoría era húngaro, se disolvió en cuanto Segismundo regresó a Buda para descansar de sus fatigas de la campaña. Pero a los pocos días llegó de Transilvania un jinete con noticias nefastas: el ejército del sultán Murad había irrumpido en Transilvania y los turcos ocuparon Brasov. «¡Pronto, pronto, enseguida!, ¡ayúdanos rey Segismundo, señor nuestro!».
Balance de la historia: ¿Cómo se comportará el voivoda de Havasalfdld? ¿Vacilará en su lealtad el vasallo del rey? Porque donde se acerca el peligro turco, se olvidan los juramentos de fidelidad de los caballeros; los cambios del azar son una continua tentación. Era la primera vez que el turco echaba un zarpazo a la tierra de Transilvania, lo que obligó al voivoda a volverse hacía Murad, ofreciéndole su sumisión. Semanas de inquietud: para la defensa de Transilvania reunió el rey al ejército, basándose en distintas leyes destinadas a la lucha contra los husitas. Como lo describen las leyes de la «Orden de los Brazos», recorrieron el país enarbolando el sable ensangrentado. La nobleza se alzó con una solidaridad inesperada, y los vigilantes de las fincas, los escuadrones, los guardias de los castillos reales… El sultán —según los informes— no vino a Transilvania en persona, así que no se llevó a efecto la gran batalla en que pudieran enfrentarse el emperador con el padisah. Puede que el ejército turco no fuera tan grande, acaso más bien un batallón con el objetivo de
buscar los puntos débiles del imperio húngaro: quiénes y cómo defendían los pasos y desfiladeros; hasta dónde se podía avanzar sin encontrar resistencia, qué castillo era el más fuerte, si había zonas fortificadas que les cerraran el camino hacia Occidente. Las tropas de ayuda de Segismundo, recién formadas, hicieron polvo a ese ejército explorador.
Tal vez no fueran muchos pero el ímpetu de los magiares arrojó a los turcos, y buena parte se dispersó evitando la batalla. Se logró recuperar Ja mayor parte del botín que habían robado, y a través de los pasos y quebradas de las montañas, el ejército turco se volvió por dónde vino. La llegada de las tropas reales volvió a cambiar la situación: los delegados del voivoda juraron a Segismundo que no había surgido ningún cambio en la solidez de los compromisos feudales. Así que el rey pudo regresar de Brasov: el camino estaba ahora libre hasta la querida Oradea Mare donde Segismundo anhelaba ir, donde podría por fin descansar, a la que fijó —
cercana a la tumba de San Ladislao— como última morada suya.
En medio de los choques seguía pendiente, obsesionante, la situación checa. Los problemas imperiales podían ocasionar toda clase de inquietudes; se había terminado la paz interior más o menos respetada durante el Concilio, la Tregua de Dios. Se reanudaron varias guerras internas, en aquel siglo tardío de la ley del puño y de la fuerza: intereses egoístas, disputas por posesiones, celos, riñas familiares, herencias y matrimonios fallidos parecían pretexto suficiente en el Imperio para provocar una campaña de guerra ocasional. Se multiplicaron las compañías mercenarias, especie de forúnculo brotado en las espaldas del pueblo; saqueadores muchas veces venidos del extranjero —mercenarios lombardos o suizos— y los que provenían de provincias checas, invocando la superioridad de su estrategia. A esos mercenarios, parásitos del pueblo —en su mayoría simples alborotadores— podía utilizarlos cualquiera, con tal de pagarles. Por lo que concernía a los sureños, seguía perpetuándose el peligro turco. La hipocresía de los venecianos llegó hasta convertir la expansión del turco en la cuestión más grave de la política europea. La república de San Marcos comerció siempre —en el pasado como en el presente— con aquellas regiones en que puso pie firme el poder otomano.
En su mayoría regulaba por medio de pactos secretos los privilegios de los venecianos en los puertos mahometanos de África del Norte y de Asia. La Sereníssima tenía que cuidar de no apoyar excesivamente a la tambaleante federación europea, para no despertar los recelos del turco. Esta situación se daba por sabida en las cancillerías europeas que apreciaban debidamente los compromisos de las dignidades de San Marcos. Finalmente, la interminable guerra anglo-francesa con sus luchas internas —secesión de comarcas, ocupación de Calais— inmovilizó las fuerzas de los dos grandes países de la cristiandad. Ni el peligro husita ni el turco interesaban a los caudillos de los países en guerra.
En Oradea Mare, durante las meditaciones a que se entregó Segismundo mientras pasaba algunos días en el silencio de la cripta real, tuvo tiempo para pensar en su vida pasada: su heredera Isabel había cumplido hacía poco los doce años, ya se acercaban sus esponsales con el príncipe Alberto quien, como príncipe consorte, heredaría posiblemente los países de su reino y la corona romano-germánica. En Oradea Mare había que arreglar en las cancillerías provisionales todo lo relacionado con la boda. El destino de Europa —pero sobre todo el destino de Hungría— era la causa de que el rey necesitase de Alberto: Austria era una comarca rica, con una capital rodeada de fuertes murallas, con ciudades bonitas y ricos ciudadanos. Hasta ahora había sido, más que un buen vecino, un frecuente enemigo. Alberto, que en aquellos años se había convertido en un magnífico monarca, podía alimentar la esperanza de convertirse, a través de su matrimonio, en uno de los mayores soberanos de Europa Austria, Hungría, Bohemia, dentro del círculo de los países, significaba un enorme poder. ¿Por qué habría de vacilar Alberto de Habsburgo en casarse con la niña de doce años a quien habían bautizado con el nombre de Isabel, nombre tan querido por sus mayores?
¿Sería aún demasiado joven? Si Segismundo quería tan entrañablemente a Isabel, ¿por qué dejó que siguiera a su madre en el destierro? ¿Sería posible que hubiera cobrado odio a su padre al desgranar sus días de miseria y prisión en el claustro? Seguramente allí se formó el carácter de la muchacha para una vida que implicaría tantos cambios de fortuna. Luchó contra las vicisitudes del invierno y del frío, las largas lluvias, el duro y
triste alojamiento; había adelgazado con la escasa y mala comida, tuvo que continuar ella sola su perfeccionamiento de la escritura, los estudios, en los que sólo su madre podía ayudar; y era una escasa ayuda. Le tocó llevar una vida áspera: casi un año es mucho tiempo en la vida de una niña, además que ni Bárbara ni su hija tenían idea de lo que duraría aquel destierro, dependiente del capricho real. Cuando ya se iniciaron las secretas negociaciones y alguna noticia se filtró hasta el claustro por medio de palomas, empezó a resplandecer la esperanza de la libertad. Pero pasó infinito tiempo hasta que llegara la orden de que partieran en pleno invierno, heladas, primero hacia Buda, después hacia el lejano Holies.
La puerta se abrió como por arte de magia, en Nochebuena. A su padre sólo le había visto de pequeña; en la llegada a Pozsony no recibió casi una palabra amable, ni una caricia de su padre. ¿Querría ahora la niña a su progenitor? ¿Querría a su madre, con quien la encerraron durante un año?
Debió conocer bien durante esa convivencia forzada, a la mujer caprichosa, inquieta, abatida al menor golpe de viento y enseguida disparada hacia el cielo si algún rayo de esperanza brillaba en la lejanía. Para la madre, la única en quien desahogar su mal humor, era su propia hija. Así encarada, debió de endurecerse la niña haciéndose resistente y precoz. También se enfrentó con la abadesa; no pudo entablar amistad con las jóvenes novicias, había que mantener la distancia frente a ellas, pero hizo todo cuanto debía, apretando los dientes. Así creció, lejos de lo que pudo ser una niñez mimada. Sabía que tenía un prometido, que debía rezar por él… ¿Cómo sería Alberto de Austria, con quien la habían desposado al año de su nacimiento?
¿Sabría Isabel que corría un peligro? Murad, cuando pactaron la tregua
—parecida a la paz— con Segismundo, pidió para su hijo la hija del rey. En el consejo real las opiniones también estaban divididas: había entre los consejeros quienes veían la seguridad de Hungría en esa boda, acaso el príncipe pagano de la fe en Mahoma, aceptara también a Cristo… Quienes conocían mejor el mundo turco por haber estado encarcelados, por haber participado en delegaciones (como Josza Törók, Nicolás Szerecsen, que fueron incorporados a los consejos), se oponían violentamente a ese proyecto extraño y audaz El destino de las campañas, incluso el de los
sultanes, se decidía en las corrientes caprichosas e inesperadas de la corte turca; la que se hubiera incorporado una vez al harén del sultán, no tenía ya esperanza alguna de liberarse. El descubrir el envío de una carta, el intento de hablar con algún compatriota suyo, bastaban para rodear su hermoso cuello con el cordón de seda. El sultán haría la prueba del matrimonio húngaro-mahometano para demostrar a sus vasallos su victoria sobre el primer soberano de los infieles.
De esto también se enteró algo Isabel: su anciano tutor que le enseñaba el latín, refirió lo ocurrido en el consejo cuando su padre presentó la petición de mano del sultán Murad. Hubo una corta discusión y finalmente todos rechazaron la propuesta turca.
Debió de sentirse otra vez feliz Isabel cuando pudo volver a vivir con la pompa de una princesa, disfrutando de todo el cambio en su entorno, como si su padre y su madre intentaran complacer, compitiendo entre sí, a esa joven alta, precoz, de fuerte voluntad.
Según palabras del médico de la corte, la Naturaleza no se oponía al enlace: la princesa estaba madura para poder cumplir con sus deberes de mujer.
Por eso llegó Alberto a Pozsony acompañado de su canciller y sus asesores: la boda era un marco festivo, como un torneo o una solemne procesión. Lo importante se ocultaba en las páginas de pergamino, en el texto del contrato que redactaban una y otra vez los hombres de la cancillería. Alberto no dispuso casi de tiempo para presentar sus respetos a la prometida, todo era un juego de formalidades y conveniencias. ¿Qué haría y qué no haría al presentarse ante la niña; cómo le hablaría y cómo debía tratarla? Según noticias fidedignas, «Isabel no necesitará casi de miramientos», como se suele decir en lenguaje de la corte. Pero eso sí, había que cumplir la «consumación», porque la «cohabitación» de los cónyuges era condición previa substancial para la validez del matrimonio, y sin este requisito podía ser anulado en cualquier momento el enlace matrimonial; y sobraban los precedentes en las familias principescas. La pequeña princesa o el pequeño príncipe, solían educarse en la corte del o de la prometida. Cuando cambiaba la dirección del viento europeo, se devolvía al pequeño marido o a la pequeña esposa. No pasaba entre los niños nada;
nadie podía objetar nada, ni siquiera la Santa Sede. Pero si el casamiento no sólo era contraído sino también consumado, entonces eran válidas todas las condiciones que dependían de ese matrimonio. Por eso contemplaba el príncipe austríaco con un poco de temor a su novia, a la niña de rostro duro, ojos centelleantes, sufrida y experta ya en los giros del destino.
¿Qué se dirían los novios? Isabel empleaba con su madre el alemán, por lo que no tenían dificultad en entenderse. Y suponemos de qué hablaría Alberto durante la breve hora, mientras en el sillón se hallaba una dama de honor, ya pasado el tiempo de los juegos pero sin llegar aún a la delicadeza de los mimos. Se fijó la fecha de la boda para mediados de abril. También en Viena brotarían las flores cuando Alberto se llevara a su casa a la señora del «Hofburg», pero aquí y ahora, en Pozsony, ¿de qué hablarían entre ellos? ¿Cuál sería la suerte de la pequeña soberana? ¿A qué y a quién debía de prestar su atención al trasladarse a la residencia de los Habsburgo? ¿Y
hasta cuándo sería solamente una princesa austríaca?
El hasta cuándo era lo fijado en aquel pergamino firmado en presencia de Isabel; Bárbara era ahora sólo una sombra pálida, allí no se trataba de ella, de sus años, de su destino de soberana. El pacto tomó la forma de un solemne contrato: el rey romano germánico y húngaro y checo testimonia sus coronas, declara como herederos universales suyos a su hija —hija única— y al marido de ésta, Alberto. Los dos con iguales derechos pero Alberto, como marido de la futura reina Isabel, heredaría Hungría, Bohemia y las comarcas que se pusieran al amparo de la corona de San Esteban.
Segismundo recordaba muy bien aquellos años que siguieron a la pronta muerte de su esposa, María: el rey Luis no promulgó ningún decreto solemne que hubiera podido poner a su yerno Segismundo en posesión de su herencia. Por todo aquello tuvo que luchar con indignas humillaciones y cortesías, sobornando a las grandes dignidades. En cambio ahora, sólo debía aclararse la situación legal de Isabel y Alberto, y el consejo real debía de pronunciar el Amén.
Había que incorporar también a Alberto a los «Dragones» para que aquella federación respaldara a su vez al príncipe cuando, por voluntad de Dios, falleciera el rey.
En la reunión se pudo establecer lo falible del destino de los monarcas: el decreto debía de prever todas las debilidades, todos los cambios posibles… Isabel, como hija del rey, era la primera, Alberto entraría a formar parte de los reyes húngaros por derecho matrimonial. Por ahora no había ningún competidor, ningún lejano pretendiente al trono, como sucedió en los primeros tiempos de Segismundo, cuando le amargaron el poder los miembros de la rama de Nápoles. A lo sumo, Juana II se denominó en sus documentos, «reina de Hungría». Todo eso ya no eran más que lejanas olas del sangriento mar bélico de antaño. La hija de Segismundo no necesitaba luchar por la corona contra nadie.
Al servicio de Alberto ordenaron a un caballero de la corte, un miles de apenas veinte años; su nombre era Juan y para complacerle, bastaba con no llamarle por el apellido de su padre, Vajk —que había servido en la corte—, sino con el tratamiento de «Hunyadvár de Transilvania», que el padre había recibido del rey como donación, diez años antes. Alberto estudió detenidamente al joven de mirada agradable, estatura mediana, no demasiado robusto. Hasta él habían llegado las murmuraciones de que Juan podía ser un hermanastro mayor, bastardo, de Isabel. Nadie lo sabía con seguridad, sólo los que acompañaron al rey en su campaña de Transilvania hablaban de una lejana Isabel, en cuya casa paterna se divertía el rey a menudo, años atrás.
En las casas regias no era raro el bastardo aceptado: sus padres, si se preocupaban de su futuro, facilitaban su carrera. En general se destinaban a ser prelados, o pasaban al ejército, o recibían alguna gobernación. En Italia, muchas veces alcanzaban mayores metas que sus hermanastros nacidos en lechos principescos. El puñal del bastardo relampaguea con rapidez. Por lo general, se convierten en parientes camorristas y celosos, siempre descontentos. Alberto pensaba en todo ello al aceptar los servicios caballerescos de Juan, quien había pasado ya por las escuelas de algunas dignidades y entre ellas, en la corte del príncipe de Milán. El rey donó una amplia posesión al padre y en el documento de donación incluyeron el nombre del hijo de Vajk, Juan. Por otra parte —según los bien informados
— nunca hubo hasta entonces, además de este Juan, un bastardo entre los de Luxemburgo; nadie sabía de ningún fruto en los amoríos del rey. Juan era
bien visto en la corte, se movía cómodamente entre príncipes. Alberto le tomó gustoso a su servicio.
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