Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 43 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 43

LOS CARRUAJES fúnebres se dirigían a Várad: un largo camino desde Znojmo. El invierno actuaba como un buen bálsamo —junto a los ungüentos de Marcello. Nieve, ventisca, hielo. Como en Borgoña, la nobleza a pie en el cortejo fúnebre, en hábito de fraile, llevando el ataúd de metal sobre un carro cubierto con una tela negra, los jinetes detrás: iban hacia Bihar.

En la frontera se dividieron: un grupo de guerreros llevaba el cuerpo hacia Oriente, otro grupo de gente armada acompañaba a Federico Cillei y a Bárbara con sus damas, hacia Buda. A la reina viuda le esperaba la sentencia de la nación. ¿Qué ocurriría con sus bienes, con sus castillos?

Cuando Isabel y Alberto viniesen de Viena, se decidiría la suerte de Bárbara.

Hacía medio siglo que no hubo tempestad como ésa en Hungría: la incertidumbre del interregno: el juramento que prestaron en Znojmo al agonizante Segismundo entre checos, alemanes y moravos, no obligaba a la nación a nada; el consejo de regencia tendría que decidir el orden en el país

—es lo que decía la gente de la Corte— mientras acompañaban al rey muerto hacia Várad.

Bárbara nada temía: Segismundo, a su debido momento, pudo condenarla a muerte, pero la reina alegó que la acusación no tenía otras bases que murmuraciones e informaciones de espías. Las cartas que Bárbara había escrito a Cracovia no eran suficientemente graves para recibir a causa de ellas la pena capital. Ladislao nunca había escrito una carta de su puño y letra a la emperatriz; la respuesta que el palatino polaco escribió, podría ser tanto un comentario como la negación a un matrimonio inadecuado: la diferencia de edad entre Bárbara y Ladislao era casi de un cuarto de siglo,

más años que los que separaban a Segismundo de Bárbara. A los ojos del joven rey polaco la viuda de Segismundo era una anciana —podía ser su madre— y sería inútil que se acostaran juntos, que compartieran el lecho; no se podía esperar príncipe heredero alguno.

¿Por qué sentía Segismundo tanta admiración por Ladislao el Santo —

con quien no era fácil inventar un árbol genealógico—, para descubrir un parentesco entre ambos reyes? Sin embargo, se vio llevado como sucesor suyo, a enterrar a su primera mujer, María, en el mausoleo del rey caballero.

Juan Zudar, obispo de Várad, había encargado la estatua de bronce del rey santo —encarnando a san Jorge— a los hermanos Kolozsvari. Y cuando en sus viajes, Segismundo visitaba Várad, se detenía, permaneciendo contemplativo, ante la estatua del rey luchando contra el dragón. En la flor de su vida le complacía cuando alguno de sus cortesanos mencionaba la semejanza entre él y Ladislao…

Al llegar la procesión fúnebre a Várad, doblaban las campanas. Ya estaba abierta la cripta del rey santo, para que los tallistas modelaran la cama de mármol de Segismundo —al lado de María.

No hubo mayor vergüenza para una mujer que negarse al luto por su difunto marido. Bárbara pudo conservar su vida, pero no fue digna ni de rozar el ataúd de piedra de su real esposo. Era María —eternamente joven

— quien recibiría a su marido en el mármol… después de esperarle medio siglo.

Los dos sabían —Bárbara como Alberto— que no habría sentencia alguna, sino más bien negociaciones: Gaspar Schlich aconsejó al futuro rey de Hungría que llegaran a un acuerdo. Bárbara renunciaría a la mayoría de sus castillos en el Norte y a los ingresos de sus bienes, tendría que pagar en oro su libertad. Si lo deseaba, podía irse de Hungría, pero con la promesa de no provocar ninguna guerra entre húngaros y polacos. Según Eneas Silvio Piccolomini —que nunca habló bien de la ya vieja dama— su tesoro secreto valía un cuarto de millón en florines de oro, que figuraban en las crónicas contemporáneas como «El tesoro de Bárbara» y que podrían servir para endulzar a los grandes checos —a Ptavek, Sternberg y a Podjevrad— para

una unión que reforzara el Imperio. Era también una forma de permitir a Bárbara quedarse con las coronas.

Los escritores de las crónicas checas mencionan a Eneas Silvio como fuente de información, para dar la noticia de la conspiración «checa», y según el cual la reina había querido envenenar a su marido. La verdad es que esas conspiraciones de la reina —con los checos, con Ladislao, el rey polaco casi adolescente— parecen poco verosímiles. Los húngaros siempre vieron con odio a los Cillei: les consideraban enemigos y extranjeros; Bárbara, como reina húngara, nunca fue muy querida por sus súbditos y a ella tampoco le agradaban sus hábitos. Con manos ávidas, hubiese querido quedarse con todo en los últimos años de su marido, pues en el caso de una lucha entre Alberto y los Jagellón, la palabra y la mano ya sin consorte de Bárbara, habrían podido pesar mucho.

Alesk von Sternberg, conde checo, encabezaba un grupo de nobles que consideraban a Bárbara como reina, a la que había que dejar en libertad sin causarle ningún perjuicio.

Pero ese instante, coincidió con el momento en que, en el castillo de Pozsony se enfrentarían los dos negociadores: Bárbara y Alberto.

Bajo el castillo de Pozsony comenzaba el deshielo del río Danubio. El castillo retenía a ambos como supuestos prisioneros: Alberto no podía emprender su viaje por el río, hacia Viena; ninguno de los dos hablaba de Ulrico, que se mantenía como una sombra entre ellos. ¿Qué haría el joven conde? ¿Una alianza con Alberto, contra su tía? En Pozsony, por su parte, Bárbara se sentía prisionera, al faltarle las noticias de sus seguidores checos.

Nadie más había en la habitación: con sus buenos modales, Alberto llamaba «madre» a Bárbara. Una palabra suya hubiera bastado para acusarla, para llevarla a la pena capital, pero Alberto se mantenía como un observador realista en el juicio de Hungría contra Bárbara. Y era tal la confianza en sí mismo, que hasta prometió nombrar a Ulrico Cillei como capitán del país checo: estaba seguro de que no movería un solo dedo en favor de la emperatriz.

Alberto tenía prisa por llegar a Viena para reclutar un ejército austríaco y no perder la elección del rey en Praga. En medio de las disputas por la solemne abdicación de sus bienes húngaros, Bárbara se fugó de Pozsony. Su desaparición se hizo evidente sólo por la mañana: el país checo estaba cerca, también Melnik, Kbniggratz —bienes de la reina— su mundo, sus siervos. Un regimiento de soldados salió en su persecución, pero en realidad, no deseaban capturarla ni hacerla volver. Los húngaros casi estaban agradecidos a la fuga de Bárbara —cuanto más lejos, mejor— nadie deseaba la sangre de la reina, pero sí los florines de oro, un cuarto de millón…

Nadie llegó a saber la verdad: los soldados no lograron capturar a la reina y los probables tesoros no abandonaron las fronteras del destino de Bárbara. A lo largo de su vida, más bien sacó partido de la misericordia de los diferentes soberanos: los polacos la gratificaron con los bienes de Sendomir, en la época en que ella se puso a su lado, en las luchas por la herencia del trono. Los polacos habían conducido la guerra contra Alberto, en nombre de ella; a la derrota del ataque polaco, que terminó con el destino de Bárbara en Polonia, Alberto le envió en secreto una oferta en la que ofrecía un millar de monedas de oro anualmente, como sostén durante toda su vida, además de varios bienes en el país checo. La reina rechazó esa oferta.

En el año 1439, Alberto regresó a Hungría: el parlamento de Buda, asamblea legislativa nacional, había votado la expulsión de la reina Bárbara. Jamás podría volver a dicho país; Alberto proclamó su sentencia: despojar a Bárbara de todos sus bienes y, de acuerdo con el parlamento, esos bienes debían ir a parar a las manos de la reina actual, Isabel.

De ese modo, Bárbara jamás volvió a ver su odiada nación ni tejió ya nunca nuevas aventuras en ella. De Polonia se dirigió al país checo, donde vivió bastantes años, en Melnik.

Y cuando Alberto falleció víctima de una epidemia de disentería en la flor de su vida, en el otoño de 1439, todo el mundo —incluso la opinión oficial de la corte— y no sólo Eneas Silvio, acusaron a Bárbara de haber sido ella quien, según la tradición de la época, hizo verter veneno en la bebida de su odiado yerno.

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