Poker de Papas
Capítulo 32
EL CONSEJO municipal de Pozsony acabó por comprender que, con la permanente cercanía del peligro husita, tendría que sustentarse con sus propios medios. Aunque la ciudad había recibido alguna ayuda de la tesorería real, sólo podía contar con la abnegación de sus ciudadanos.
Lograron reforzar las murallas; en las posiciones avanzadas organizaron la señalización de fuego y humo, por si surgiera de pronto un ejército de carros. Los acontecimientos justificaron pronto las preocupaciones de los
«padres» de Pozsony. Cuando las operaciones militares se apaciguaron, y no pudiendo pasar seguros por las tierras anegadas, ni la infantería ni la caballería, a mediados de febrero se presentaron los «huérfanos» en el valle del río Vág, devastando terriblemente la región y extendieron la guerra hacia aquel lugar, pues no luchaban ya en territorio del Imperio, ni en Moravia, sino en el reino húngaro de Segismundo.
La organización militar de la comarca pasó al contraataque con una rapidez inesperada. La caballería ligera montó más aprisa; los nobles podían ordenar a sus propias tropas. Pero el viento dispersaba ya los lamentos de los más miserables: los campesinos. Los taboritas no tuvieron piedad de nadie al chocar con la resistencia en tierras húngaras. Castillos asediados, fincas abrasadas, ciudades aisladas, marcaban el camino de la destrucción.
El rey había vuelto ya de la campaña oriental cuando llegó la noticia de que los husitas asolaron también los suburbios de Pozsony, adelantándose hasta lograr que las sólidas fortalezas de la ciudad real no les impidieran el camino. En Nagyszombat se entabló una batalla más seria, donde se luchó con suerte variada. La caballería ligera era más apropiada para la lucha móvil contra los castillos de carros que las tropas acorazadas imperiales. A pesar de todo, la batalla de Nagyszombat no pudo jactarse de ser un éxito:
los husitas retrocedieron, pero no sin botines y arrasando nuevos pueblos; no obstante, las patrullas húngaras volvieron a sus casas con mayor rapidez de lo previsto.
La invasión checa encontró a Segismundo en su peor momento. Según sus intenciones, debió echar toda su fuerza en juego para poder liberar, después de la gloria de Havasalfold, los terrenos servios de mano de los turcos, librando así los extremos del Sur y principalmente las líneas del Danubio, de la presión otomana. Y luego, repentinamente, debía destinar su fuerza militar y buena parte del dinero que hubiera tenido que dedicar a la campaña, a rechazar la irrupción husita.
Los sultanes turcos ya se habían trasladado hacía tiempo, de Brasov a Edirne, a la primitiva Adrianópolis, que en Europa se llamaba Drinapol.
Aquella ciudad estaba situada en el corazón de los Balcanes, en peligrosa cercanía a los extremos fronterizos, como sucedía a la realmente sitiada Constantinopla. Tal aproximación tenía la ventaja de que los delegados y agentes podían ir y venir con más rapidez que recorriendo la costa del Asia Menor.
Esta región de Asia era para los occidentales, «térra incógnita». El mundo se había enterado, por las cartas de algunos peregrinos, viajeros y sobre todo mercaderes, de quiénes eran allí los soberanos, qué ciudades eran las que allí florecían, la clase de países que componían esa tierra, qué pasaba en las cancillerías; si los soberanos solían mantener relaciones amistosas y si se comunicaban las noticias, las informaciones hasta allí llegadas. Venecia era el único país que, desde hacía siglos, había exigido a sus delegados, agentes y espías, que «sólo le informasen de la verdad escueta, sin embellecerla con la imaginación». Pero las noticias a ella llegadas por vía secreta, quedaban ocultas concienzudamente en los archivos de la Serenissima.
Dos señores húngaros aguardaban en el castillo de Nagyszombat la audiencia del rey. El de mayor estatura que, al parecer, llevaba algunos años al otro, vestía ropaje de noble y en su rostro aparecían las arrugas de un cautiverio turco de casi quince años. Nicolás Szerecsén era el descendiente de una ancestral estirpe y sus raíces se extendían hasta algún enmohecido clan mahometano de la época de Arpád. El nombre de su compañero, Józsa
Tórók —José el turco—, también cortesano, hacía alusión a su origen turco a pesar de que la familia se había dispersado a través de parentescos, entre nobles de varias comarcas. Józsa Tórók seguramente había estado en numerosos países extranjeros, por cuenta del rey; por ello y porque dominaba el turco y las lenguas de «otras gentes orientales».
Ambos recibieron la invitación para visitar al monarca durante los meses de preparación de la campaña del Sur de Segismundo, quien ya había mandado a buscar a Nicolás Szerecsén antes de su regreso de Constanza, informándole de que sus méritos no estaban olvidados y que en cuanto llegase a su tierra, se preocuparía de premiarle.
Ahora se hallaban esperando en la sala de caballeros del castillo, cambiando algunas palabras hasta que, de acuerdo con el severo protocolo (más riguroso en las residencias provinciales que en las brillantes ceremonias del castillo de Buda) se escucharon los clarines, la sala se llenó de cortesanos y por la puerta lateral entró la pareja real. Bárbara deseaba estar presente en la audiencia: comprendía que su persona llamaba la atención y el brillo de la corte se multiplicaba cuando la reina estaba presente con su bellísima sonrisa e indicando con unas cordiales inclinaciones de su cabeza, que se sentía a gusto entre sus súbditos.
Además, podía lucirse con su nuevo traje, encargado para aquel día y rodeada de sus damas de honor. Sabía que su marido también se dejaba ver gustosamente en compañía de la hermosa reina y se contemplaban sonrientes, como si cada uno esperase que las palabras brotaran de los labios del otro. Ello, a pesar de que los domésticos de la corte, los criados, las doncellas murmuraban que sus majestades habían regañado
«infernalmente» toda la mañana.
La presencia de Bárbara era, naturalmente, más bien simbólica y después de haber hechizado aparentemente a la corte instalada en Nagyszombat, los diálogos mismos, la penetrante labor del inteligente soberano, poco le interesaban. A pesar de comprender el idioma húngaro y de que, de alguna manera, sabía expresarse en él, usaba preferentemente su lengua materna, el alemán, y hablaba también con gusto el italiano. Así se forjó la costumbre de que las audiencias solemnes, las presentaciones de los embajadores y la proclamación de las grandes donaciones, se hacían con la
solemne presencia de la reina. Seguidamente, la pareja real se puso en pie.
Bárbara volvió al pabellón de las mujeres y Segismundo empezó su labor diana en la cancillería más pequeña, interrumpiéndose sólo para el almuerzo, pero éste se aplazaba asimismo cuando su majestad tenía un día complicado, trabajando «diligenter», dictando cartas y mensajes.
—Ves, Nicolás Szerecsén, de qué manera vivimos entre miles de preocupaciones, como hechos polvo entre ruedas de molino, como lo ha dispuesto el Todopoderoso, para envidia e intriga de muchos…
Aquellas expresiones ya eran conocidas por los cortesanos: era cuando Segismundo reunía sus dispersas reflexiones mientras consolidaba con semejantes frases, la atmósfera de la audiencia. Después de un sermoncillo de algunos minutos —si estaba bien dispuesto— descendía a las regiones de la vida cotidiana, interrogaba, esperaba, estaba atento.
—Esperábamos ya vuestra llegada, Nicolás y Józsa, para que sepáis de nuestro agradecimiento en palabras y también por escrito. Podemos agradeceros el saber todo cuanto ocurre entre los turcos, de qué se habla en Adrianópolis y otras partes, entre los bajaes y los demás soberanos cristianos y las cancillerías. Pero tú, Nicolás, viviste también en la corte de Kara Julók, el príncipe de Mesopotamia, exponiéndote a un sinfín de peligros. Fuiste a ver al hijo de Tamerlán y al príncipe de los tártaros, Chakaray. Y tú también, Józsa Tórók, que dejaste hace tanto tu fe turca y como las Escrituras dicen, renaciste en el santo bautismo y fuiste de los primeros en servirnos. Estimamos mucho aquellos viajes que habéis realizado, cuando ibais a conferenciar también con el príncipe del ejército tártaro, impulsándole a que luchara contra los turcos.
Era un discurso perfecto: mientras lo pronunciaba miró varias veces el documento que estaba en la mesita, desenrollándolo con una mano, el resto estirado por el peso del sello. Su voz se oía con la resonancia de la importante donación, después enrolló el pergamino, cogió el otro rollo preparado para el obsequio de menos título y por ello, menos adornado.
Llamó ante sí a los dos señores; a una señal suya se arrodillaron en los escabeles colocados ante el trono y Segismundo, desenvainando el sable que colgaba a su lado, les dio los acostumbrados espaldarazos. Se pusieron de pie; besaron su mano y cada uno cogió el documento que le
correspondía. Tenían que retirarse en la dulce incertidumbre a un tercer cuarto más pequeño, pero ahora los tres solamente, incluido el rey. Se había dispuesto compartir el almuerzo, y sólo después de haberlo tomado podían regresar apresurados a su residencia y enterarse qué dominio había recibido cada uno, qué significaban esas tierras procedentes de los bienes de la familia Kristalovecz que se había quedado sin heredero; y así pudieron regresar a la tesorería. Sólo sabían que buena parte de esos dominios se extendían en Croacia; pero cómo se repartiría entre ambos dichas posesiones, según la fama, enormes, y si la manzana de la discordia no se encontraba ya en ellos, todavía lo ignoraban Nicolás Szerecsén y Józsa Tórók.
Cuando los tres estuvieron solos y en el banco el escribiente garabateaba velozmente cuanto escuchaba, cambiaron los modales de Segismundo: desprovisto de toda soberbia, sus palabras simplificaban la real fraseología acostumbrada. Tengo que informar uno tras otro —primero Nicolás— con quiénes podían contar cuando se iniciara el comienzo de la campaña sureña del rey. Qué podía significar la ayuda del príncipe turco Kara Júlók, si se podía tomar en serio el secreto apoyo de Shah Ruh, el soberano de Persia de origen tártaro, de quien por ahora no se debía hablar a nadie. El escribiente debía de señalar con una cruz solamente, el nombre de ese aliado oriental, hundido en el misterio. Se hallaban allí, en el castillo de Nagyszombat, después de la festividad de san Valentín, en el año 1428 del Señor. Un noble, procedente de un antiguo tronco ismaelita, que fue capturado por los turcos durante la desgraciada batalla de Nicópolis, cautivo durante doce largos años; y un renegado turco convertido al catolicismo, ahora también noble húngaro y como tercer dialogante, Segismundo de Luxemburgo, el primer soberano de los cristianos del mundo. Sentían hambre cuando sonaron las campanas de la nueva iglesia en la torre de piedras rojas. Segismundo se puso de pie y rechazó el nuevo besamanos con un ademán que pareció casi un abrazo: «Ahora tenemos hambre».
Un día en la residencia de Nagyszombat: los cortesanos y los huéspedes invitados se asombraron cuando Segismundo contempló el reloj de arena en cuya parte superior ya casi no quedaba polvo. Cuando se sentaron a la
mesa, volvieron el reloj que durante toda una hora dejaría caer su fino polvo de plata. Aquel reloj era un testigo de felices tiempos pasados. Según la leyenda, lo había traído Bela III, de glorioso recuerdo en Bizancio, al volver a Hungría y plantar el frondoso árbol de los Arpád. En la corte de los emperadores, los «basileus» tenían su reloj con polvo de oro y al «César»
—éste era el título que le dio el emperador Manuel a Bela, que allí fue llamado Alexios— le correspondía el polvo de plata. En el reloj estaba cincelada, también en plata, el águila bizantina. Segismundo amaba aquel reloj que llevaba consigo a todas partes, para darle sus plateadas horas también a él. Se puso de pie, se santiguó, salió de la sala haciendo gestos de que no hacían falta ni clarines ni fanfarrias y se apresuró a volver a su despacho.
Le esperaba un sacerdote cuya cara afeitada anunciaba al prelado italiano y por el color morado de su traje, a un canónigo. Allí también rechazó toda ceremonia especial de reverencia y habló en un italiano fluido con el religioso, cuyas palabras delataban el dialecto del Norte. La mirada del sacerdote alcanzó al actor mudo, al escribiente. El rey inclinó la cabeza, haciéndole salir del cuarto con un ademán. La cara del cura reflejaba inquietud, sus ojos rodaban como los de los pájaros en cautiverio:
—Reverendísimo, dejemos los circunloquios, sólo el «succus» de las cosas…
—Majestad, hace años frecuento la Serenissima por encargo del episcopado de Piacenza. Conozco el laberinto, ellos también me conocen.
Cuando el mes pasado tuve que estar otra vez en Venecia, noté que algo ocurría a mi alrededor, deseaban verme y hablarme, cada vez mayores notabilidades. Fomentó mi inquietud el que durante varias de esas conversaciones, ni siquiera me dijeron lo que querían, no mencionaron nada importante, majestad. Cuando me dispuse a ausentarme de la ciudad de San Marcos, me enteré de que tenía que esperar por la noche, en mi residencia, a
«un señor con ropa talar»: llegó con antifaz… Si vuestra majestad me torturara, tampoco podría revelarle su identidad. Sacó una bolsa nueva con cien cequíes de oro, que eran nuevos, me aseguró. Nadie había usado aún esa bolsa y yo sería su primer dueño, si…
—El «succus»…
—Sabían que el obispo de Piacenza aspiraba a que, cuando vuestra majestad marchara a Roma para la coronación, pasara por su ciudad e interviniera ante su santidad para elevar la diócesis a arzobispado, y en favor también de otros asuntos. A cambio de todo esto, intentaría expresar el respeto del señor obispo, en forma contante y sonante. En Venecia, nada permanece en secreto… El noble del antifaz me dijo: «Reverendísimo, reciba ahora cien ducados solamente como anticipo, y si cumple con éxito su misión, le corresponderá otro tanto y además un “stallum” mucho más beneficioso que el presente».
Hubo una larga pausa y luego el canónigo, tras una vacilación, reveló la verdadera «misión» encomendada por los venecianos:
—Me entregó un estuche de plata que contenía una cantidad de polvo, con el que debía de envenenar a vuestra majestad, el rey romano. En cuanto llegue allí la noticia de vuestra muerte, me espera la verdadera recompensa, en el cuarto de la segunda cancillería de la Serenissima.
Segismundo calló reflexivo y luego preguntó en voz baja:
—¿Lo aceptaste?
—Si rechazaba la propuesta no hubiera llegado ni hasta el Rialto, y de llegar, no hubiera vuelto a Piacenza, me habrían alcanzado en el camino…
Abrí el pequeño estuche, miré qué color tenía el veneno. En la farmacia compré un polvo del mismo color, que servía para cortar los cólicos. Eché esa medicina en el estuche, guardando el veneno en el hueco de mi sortija.
—¿Por qué descubres, Reverendísimo, el plan ante mí?
—Majestad, porque confiaban en mí, me conocían hace años. La Serenissima no tiene piedad para sus súbditos: ahora mismo deben de estar vigilándome, no sé quién sigue mis pasos ni sé quién puede estar al servicio de Venecia como agente secreto de la Señoría… Yo debo de cumplir mi misión si quiero vivir… debo de intentar, de alguna manera, echar el polvo inofensivo —del que guardo la mitad— en la comida o bebida de vuestra majestad. Es el mismo que tengo conmigo, podéis ordenar a vuestro médico que lo deguste: no le pasará nada. El veneno verdadero puede probarlo vuestra majestad con algún animal. Y si muere…
—¿Qué deseáis a cambio de esto, Reverendísimo?
—Mi mayor recompensa será el haberme librado del pecado mortal,
«salvavi anima meam», de que siendo sacerdote me convierta en el asesino de mi prójimo y a quien seguramente tendría que matar estando en pecado, sin absolución, de muerte repentina. Ésta sería mi mayor recompensa. Por lo que se refiere a la benevolencia de vuestra majestad, todos lo sabemos: vuestra bondad es infinita…
El ternero destinado a la experimentación recibió el verdadero veneno junto con su leche: al día siguiente murió entre fuertes dolores. El médico probó el polvo contra los cólicos, del prelado, olisqueando, mientras encomendaba su alma al Señor, pero ni siquiera le produjo una diarrea.
Naturalmente, todo ello se hizo en secreto, pero de manera que su majestad se enterara de cada detalle. Segismundo estaba animado: habló con el cocinero para que el cura pudiese entrar en la cocina sin llamar la atención y echar algo en la comida de su majestad. No debía de verle nadie más: sólo el médico escondido y el mismo cocinero. Acordaron que el canónigo pediría al maestro de cocina que le diera alguna bebida para calmar su ardor de estómago. Mientras tanto, preguntaría con curiosidad: ¿Qué comidas preparan para el rey; qué será la que tomará con seguridad? El cocinero saldría a la despensa, dejando en tanto la cocina sin vigilancia; aquel tiempo sería suficiente para que el cura sacara de la ancha manga el recipiente con el polvo «mortal». Todo eso fue autorizado por el mismo Segismundo, que habló con el cocinero, para evitar que el buen hombre pudiera pensar erróneamente, que se trataba en realidad de un intento de envenenar a su majestad… De lo sucedido nadie debía enterarse, bajo pena de muerte: ni la Domina Regina. Y así se hizo. De cómo pudieron los venecianos seguir cual sombras al canónigo y de cómo llegó éste a recibir una pingüe recompensa, no hablan las crónicas. El ternero fue la única víctima de aquel intento veneciano, que en aquella época no resultaba excesivamente extraño…
—¿Ve vuestra eminencia, qué solo me he quedado con mis húngaros?
Como si el mundo cristiano se redujera a esto, a las regiones del Danubio.
Por el norte es Praga, por el sur la frontera de Galambóc. Los turcos, Venecia, los husitas. Si no fuera por los húngaros en quienes me apoyo,
estaría como mi desgraciado predecesor en el trono alemán, el jamás aceptado Roberto. Podría vagar indefenso por el Imperio…
El cardenal Brando Castiglioni se acercaba ya a los 80 años, pero todavía desempeñaba con total agilidad espiritual y física, el puesto de lazo confidencial, entre el papa Martín y el rey de los romanos… Su recompensa nunca le faltó: estaba considerado más bien como amigo que como cortesano y sobre todo le respetaban, especialmente por su afición al arte, capaz de apreciar más que un dominio, el cuadro creado por un buen maestro; una copa magistralmente cincelada, un libro valioso. No estaba exento del goce de los placeres del mundo y, como primogénito de una antigua familia, aceptó con el corazón agradecido que Segismundo elevara a la suya al rango de condes imperiales.
Brando presenció desanimado la dispersión de las tropas imperiales, apenas llegado el torbellino de los ataques husitas. Por lo que se refería a la unión de las naciones cristianas para expulsar al turco, su experiencia durante decenios demostró que hacía mucho que habían pasado los tiempos de las cruzadas… Pequeños nobles sin posesiones, jóvenes príncipes deseosos de aventuras, era el material del que podían fiarse todavía, más alguna ayuda de la tesorería del papa. Y ello pese a que ahora era la ocasión adecuada, al lograr reconquistar Havasalfóld, para iniciar contra el turco la guerra por la reconquista de los Balcanes.
—También tengo buenas noticias, majestad, noticias de Jorge Brankovics: parece que ha logrado echar raíces como tirano… y Brankovics será siempre fiel a la corona húngara.
—Puede que fuéramos demasiado generosos cuando le premiamos con dominios húngaros, pero aspirábamos a que irrumpiese con más audacia aún contra los turcos y arrojando de Servia a las débiles tropas. Según nuestras noticias todo ocurrió como Brankovics lo esperaba. Solamente no se logró liberar el castillo de Galambóc: uno de sus capitanes fue un traidor que avisó al comandante pagano del castillo del peligro que corría. El turco tuvo tiempo para reforzar la defensa de Galambóc, tanto del lado del Danubio como por tierra firme. Y mientras esa fortaleza se encuentre en poder de los paganos, no podemos seguir seguros. El sultán construye ahora un castillo que se parezca al de Calais, que está en manos de los ingleses.
—Lamentablemente majestad, el Señor no mandó todavía en nuestra ayuda una Doncella de Galambóc, como lo hizo para gloria de Orleáns…
—¿Vuestra Eminencia cree en la Doncella?
—Soy un devoto de Catalina de Siena: si ella pudo hacer volver al santo padre Gregorio XI de Avignon a la Urbe, ¿por qué no podría Juana coronar a su rey en Reims?
—Volvamos a la campaña turca: pienso que podríamos contar con el apoyo de la Santa Sede si construyéramos un castillo frente a Galambóc, reforzando al mismo tiempo a Nandorféhervár para que pueda resistir también el más fuerte asedio.
—Es mucho gasto, majestad: una nueva fortaleza, sobre todo si tiene que competir con Galambóc… ¿Y cuál podría ser el nombre del castillo?
—Le llamaría como a mi patrono: castillo de San Ladislao. Nuestra ayuda sería el ispahán (prefecto) de Temes, Esteban Rozgonyi. Y si hablamos de doncellas heroicas, ¿por qué no mencionar a la esposa de Rozgonyi, Cicele Szentgyórgyi? Esa mujer es maestra en la guerra del Danubio, sus barcas y barqueros inquietan y vigilan a Galambóc. Si el castillo fuese nuestro, posiblemente ya habríamos llegado a las montañas de los Balcanes. Pero hay que asomarse al Danubio, tenemos que defendernos nosotros mismos pues todas las tropas turcas pueden encontrar el camino hasta Galambóc; seguiríamos viviendo en eterna intranquilidad, aun cuando no hubiese guerra. Cualquier día o cualquier noche, los turcos pueden cruzar el Danubio atacando nuestra orilla y regresando luego a la suya, después de hartarse con nuestros botines.
—He oído que la fecha de salida de vuestra majestad, es sólo cuestión de días…
—Falta el « nervus rerum», es éste un año pobre, los impuestos llegan con dificultad.
—Su santidad me ha enviado su bendición para la campaña…
—Monseñor… ¿Habéis traído el subsidio?
—Hasta que no llegue el santo padre a Roma; él también tiene sus propios problemas. La Curia no puede cumplir con sus obligaciones en su situación actual, las sumas que deberían llegar como sostén de todos los países y príncipes al «Servus Servorum Dei», llegan con tardanza y mal.
—¿Y la promesa del papa Martín?
—Por ahora, veinticinco mil ducados… Si la campaña tiene éxito, quizá fueran más generosos después los soberanos de los países cristianos.
—Es muy poco, lo sabe también vuestra eminencia. Para el castillo de San Ladislao sería necesario el doble de esa suma. Los cañones…
—En mi juventud todavía no conocíamos el ruido infernal de las bombardas. Estos instrumentos salidos del taller del diablo, han trastornado el antiguo orden de las batallas. Tácito y Livio tampoco podrían reconocer ya las antiguas maniobras.
—Todo cambia, padre, sólo vuestra eminencia mantiene su inalterable sabiduría.
—Majestad, ¿por qué esa palabra, que no merezco?
—¿Cuál fue la última palabra de su santidad?
—¿No me creéis, majestad?
—«De columna», es la columna en que quisiera apoyarme, pero antes de la campaña turca.
—¿Habría que hablar con Pipo, o con Rozgonyi?
—El santo padre no ha hecho el reparto a manos llenas. Los comandantes no pueden salir antes de pagar a los mercenarios, principalmente a los barqueros.
—Majestad, vos habéis regalado posesiones inmensas a aquellos que son los señores de la región sureña, a lo largo del Danubio. No conozco bien la situación actual de los señores del país, así que pienso solamente en las posesiones de Maté Thalloczi, de los Garai, Rozgonyi, Brankovics y de los otros dos Rozgonyi. El dominio de un barón vale tanto casi como un principado de Italia: Mantua, Ferrara, Urbino, no son mayores. ¿Qué dan a vuestra majestad esos señores?
—Escúchales tú mismo, Brando: todo son quejas. La cosecha es mala, las bestias mueren, los campesinos no trabajan, el siervo se fuga, se alista, escapa con los husitas; el subsuelo no da más mineral, el beneficio de las minas se agota. Habla con ellos, amigo mío, tú mismo podrías oír por qué no pueden formar sus batallones, por qué no pueden mandar fundir tantos cañones como los obligados. Como ves, eminencia, así son los húngaros.
Cuando deberíamos estar preparados ya para la partida, todavía estarán
acampando, molestándome con documentos, enemistándose con las comarcas, exprimiendo otra vez al campesino. Las ciudades son mejores…
—El turco es también enemigo de ellas…
—Desde que entraron los diputados de las civitas también al parlamento, aumentó su buena disposición, se sacrifican también a su manera. Pero todo eso es sólo una gota en el mar. Sabéis que nuestros preparativos para la guerra, no lo son para un simple paseo, para una
«marcia militare» semejante a la que los condotieros hacen en Italia, uno contra el otro. Bien sabe su santidad lo que está en juego: ya no necesitamos cubrirnos por la parte de Havasalfold, allí todos los castillos, todas las murallas, todos los pasos están en nuestras manos. Ahora… en esta constelación que parece ser favorable, habría que liberar las comarcas del Sur.
Cecilia Szentgyórgyi de Rozgonyi, o Cicele, como la llamaban su esposo y su gente de la región sureña, no era ninguna mujerona hecha a la vida guerrera. Más bien parecía frágil; cuando estaba de buen humor, iluminaba su cara una sonrisa, pero podía montar en cólera cuando se enfadaba por algo, echando relámpagos por sus ojos azul verdosos.
Aprendió el arte de la estrategia en la corte de su padre Pedro, conde de Szentgyórgyi, con los camaradas varones. Cuando se convirtió en la esposa de Esteban Rozgonyi y el conde de Temes tenía que vigilar la ancha extensión de la región sureña junto a la línea del Danubio, le tomó cariño a la vida náutica y militar, primero con su marido, después, confiando en sus propias fuerzas. Mandó construir su pequeña flota; ella misma formó las escuadrillas de lanchas surtiéndolas de cañones, armas, pólvora. En la región del sur era más necesaria que en otras partes del país la llegada puntual de las noticias, la utilización pronta de las « lenguas» enviadas al exterior, la prevención a tiempo de si el turco se disponía a moverse o si ya se preparaba el ataque. Esa vida de castillo fronterizo, de atalaya vigilante, era del gusto de la gran señora. Dirigió la vida de su casa con palabras cortas y decididas y con la misma firmeza detenía los avances de aquellos señores que querían ver en ella solamente a la mujer. Su marido, hombre absorbido por una vida de acción y sobre todo por el gobierno, dejó en manos de su mujer la parte marcial: que tuviera también Cicele su
capricho… La mujer pagó a los barqueros con los ingresos de sus propias posesiones, los mozos mismos salieron también de los dominios de los Szentgyórgyi. La gran señora pensaba indudablemente en una república semejante a las que se formaron en las ciudades dálmatas. Si ella misma podía recuperar Galambóc, fundaría allí la capital de esa república.
Llegó la etapa crucial de la campaña: la lucha se entabló de nuevo por el destino de Galambóc; la tropa real partió de Lászlóvár —fortaleza de Ladislao— emplazada frente a la fortaleza turca y bajo el mando de Rozgonyi. A los pocos días, lograron construir una cabeza de puente cerca de Galambóc donde iniciar el asalto. En el río, las barcas aseguraban el contacto, los barqueros de Cicele rondaban las aguas. Se pusieron cañones en las chalupas —ésta era la aportación de la señora Rozgonyi a la guerra—
y empezaron a disparar desde allí, a lomos del Danubio, contra las murallas de la fortaleza, mientras los cañones del castillo enemigo no podían dar con las baterías náuticas que se deslizaban rápidamente sobre el agua. La batalla continuó con variable éxito mientras proseguían las negó, daciones para la capitulación: qué condiciones y cuánto dinero entregarían en Galambóc el caudillo turco y el comandante servio que estaba a su lado. Segismundo tenía sentido para esas tácticas y al tercer día ya se había percatado de que todo el problema de la entrega de la fortaleza cubría una intención más oculta: pronto tuvo la información de que el sultán —después de haber retirado de Asia buena parte de sus tropas— reunía un ejército enorme y se acercaba a marchas forzadas a Galambóc. Si se trataba de un ataque turco, las cifras se iniciaban con cien mil hombres. Pero el ejército otomano arrastraba consigo muchos miles de gentes incompetentes, dispuestas más bien para el saqueo y la quema; pero no eran útiles en las batallas; acaso, sólo para contener por su número el primer ataque del enemigo, aguardando la llegada de los guerreros de primera fila —jenízaros e ispahis— cuando ya los jinetes y los caballos estuvieran cansados de la lucha.
La noticia de la llegada del turco fue siniestra: en cuestión de días las avanzadillas del ejército del sultán podían alcanzar al Danubio en Galambóc. Las fuerzas de Segismundo no eran ni remotamente suficientes para entablar la lucha abierta con las huestes del sultán. No obstante, los turcos sabían que sus tropas habían llegado a regiones hostiles, mientras
que los húngaros podían recibir sin obstáculos la ayuda necesaria. Parecía que ambos monarcas tenían ahora interés en eludir el combate abierto.
Se tejieron, pues, negociaciones, antes de que el sultán llegase a las cercanías de Galambóc. La primera condición de la tregua era que los turcos no se acercaran al Danubio y que se detuvieran donde ahora estaban acampados y que nada impidiera el regreso del rey a la orilla húngara. Las negociaciones con los de Galambóc se interrumpieron de todas maneras al aproximarse las fuerzas del sultán: así que los dos príncipes decidieron cortar la tregua.
Aquellas especies de «alto el fuego», redactadas de improviso, siempre estaban llenas de subterfugios, de reservas mentales: eran un «sí y cuando»
—con ésta o aquella condición— entre qué formalidades se dejarían las armas. Entre húngaros y turcos no era posible, de todos modos, una calma verdadera: en cuanto las tropas llegaban a lugares habitados resultaba imposible contener a los hombres; quemaban, devastaban —los turcos más aún, porque en aquella región los guerreros eran de fe cristiana—. Pero en cuanto la región debió de someterse a los turcos, ya hubo un pretexto para el saqueo.
Algo parecido fue aquella tregua «con intervenciones» que pactaron el sultán y el rey. Así pudo Segismundo prepararse tranquilamente a vaciar el campamento emplazado en las cercanías de Galambóc, retornando las tropas, las armas y los cañones a la orilla «húngara». Aquello no era ya tarea del soberano: por lo que antes de comenzar esas operaciones, partió el séquito real, los cortesanos y la guardia real hacia las barcas que estaban ancladas lejos del campamento. Tenían que atravesar una región boscosa; los jinetes podían ir solamente uno tras otro en la espesura cuando, a media distancia entre el campamento abandonado y el puerto, fueron rodeados con gritos estridentes como si atacara un ejército de poseídos. Los turcos debían estar al acecho desde hacía días, esperando la ocasión y ahora irrumpieron sin vacilar, rodeando a Segismundo y sus acompañantes.
Probablemente pusieron espías en el campamento húngaro; quizá el sultán diera la orden de ataque, faltando a la tregua. Los historiadores precisan que Segismundo le reprochó al gran turco la traición, la violación del tratado. Pudo ser que los de Galambóc quisieran resarcirse de las
vicisitudes del largo asedio o que escaparan algunas patrullas y esperando obtener algún botín se metieran en el bosque, buscando la ocasión de atrapar algún cargamento que fuera hacia las barcas. Se creó una increíble confusión, nadie podía saber el número de atacantes que salían del bosque.
Se entabló una lucha cuerpo a cuerpo, los caballos estaban inmovilizados por la espesura, había que abrirse camino hacia la orilla para avisar a los barqueros que vinieran en su ayuda.
En la vida de Segismundo, representó ya una vez un papel fatal la orilla del Danubio, cuando era un joven rey: entonces pudo salvarse de la derrota de Nicópolis gracias al sacrificio de Hermann Cillei y algunos paladines húngaros, pudiendo llegar así, por vía fluvial, hasta la lejana Constantinopla. Desde entonces, habían pasado decenios y el rey caballero de antaño estaba ya cercano a los 60 años. Pero su ánimo guerrero y su valor eran los mismos; su bravura no le abandonó tampoco ahora. En realidad, no se enfrentaban a tropas elegidas, pero por el estruendo de los gritos, se podía calcular que cada vez eran más los turcos que perseguían a los fugitivos. El momento fue de gran confusión; en realidad nadie sabía lo que pasaba: era indudable —si no lograban alcanzar las barcas— que podía caer prisionero el rey junto con su séquito, o bien morir, dada la superioridad de las fuerzas enemigas. A ello se unió el efecto de la sorpresa, pues pese a que nunca se confiaba demasiado en los tratados de paz con los turcos, no pensaron, sin embargo, que el tratado sellado ayer, sería destrozado ya hoy, por la parte pagana.
Combatieron hasta llegar a la orilla y allí, saliendo ya de la espesura de los árboles, lograron alguna ventaja el rey y su comitiva, que luchaban a caballo. Los turcos apuntaron a los caballos: era ya una vieja experiencia que el guerrero caído junto con su animal desplomado, era una presa fácil: un inválido, con las piernas o brazos generalmente fracturados, podía ser capturado vivo. No era seguro que los turcos supieran que podían atrapar de aquella manera a un rey. Que al sultán le hubiera gustado —como antaño hizo Tamerlán con el sultán Bayaceto— encerrar en una jaula de oro al soberano del Imperio romano germánico y de Hungría era posible, aunque no hubo pruebas de ello. Pero que pudiera contar con una enorme recompensa el guerrero que llevara vivo o muerto al rey-símbolo de la
cristiandad ante el Padisah, era más que seguro… También, indudable, que a Segismundo le delataba su gran estatura, su ropa llamativa, el valor de las armas de los señores que le rodeaban. Al llegar frente a la orilla, la lucha se hizo más intensa, más dura aún, y las patas de los caballos comenzaron a hundirse en las arenas del Danubio; los jinetes rodearon en semicírculo al rey; sin necesitar voces de mando, todos sabían cuánto estaba en juego.
A pesar de que los turcos combatían en su mayor parte con arcos y flechas —no les atraían mucho las armas de fuego— algunos de sus disparos pudieron ser oídos por los barqueros y principalmente por su conductor, un familiar de la señora Rozgonyi, Esteban Szentgyórgyi. Éste, aunque no disponía de caballo, llamó a gritos a todos los hombres que esperaban cerca de sus barcas, los cuales cogiendo de pronto cuantas armas tenían a mano, echaron a correr con gritos ensordecedores detrás de Rozgonyi, que ya se aproximaba al lugar del combate. Hubo quien sólo atacaba con un remo, un arma temible que arrastraba más que golpeaba y todos luchaban poseídos de furia: el séquito de Szentgyórgyi, los marineros y los jefes. No hizo falta explicación alguna. Los que vivían allí comprendieron sólo una cosa: los turcos habían atacado por sorpresa a los húngaros. Y del ataque a la augusta persona del rey, se enteraron cuando Szentgyórgyi, que corría delante, vio al monarca luchando a caballo y reconoció su inconfundible gorro de piel. Ya no había duda de lo que se intentaba: Rozgonyi excitó cuanto pudo a sus hombres y los turcos pronto se percataron de que un escuadrón de liberación podía atraparles entre dos fuegos, aparte de no contar con otra ayuda.
En cambio, la ayuda les llegó a los húngaros de donde menos la esperaban: los ocupantes de las barcas de la señora Rozgonyi oyeron también el ruido del combate, llevado hacia ellos por el viento del norte.
Con toda la fuerza de sus remos se trasladaron desde el centro del Danubio al lugar de la contienda y los hombres, armados con fusiles, a una orden de Cecilia, se colocaron en la proa de las barcas y al llegar al alcance de los tiros, dispararon hacia los turcos con la celeridad que las condiciones de carga de la época permitían.
La confusión reinante hacía difícil acertar a quién correspondía la victoria o la derrota. Los turcos —junto con los que se incorporaron a ellos
desde el castillo— constituían aún la mayoría, pero ya habían perdido la ventaja de la sorpresa. Las armas de fuego segaban vidas en la densa muchedumbre; los barqueros de Rozgonyi ya estaban allí; los guerreros del Danubio, encabezados por una mujer, se preparaban para desembarcar; los mosqueteros cargaban de nuevo, disparando sus fusiles de mecha y pedernal.
Segismundo miró a su alrededor. De pronto, desde la cumbre de la desesperación, en pleno combate viril pero desolado, le saludó la esperanza.
La ayuda que se aproximaba dio fuerzas a los desfallecidos: el ejército de Segismundo estaba compuesto en su mayoría de señores, cortesanos, caballeros ya no jóvenes; luchaban hombres cuyos hijos podían ya ser guerreros. Pero ahora, al acercarse la salvación se lanzaron también al ataque. Los caballos sanos volvieron a su galope sobre la blanda arena y se comenzó a liberar cautivos antes de que los turcos —que habían iniciado la retirada y después buscarían la fuga— entraran en el bosque. «¡Jesús, Jesús!», se oía ahora gritar en tres direcciones. En Galambóc empezaron a tronar los cañones pero sus balas caían en el Danubio, sin poder alcanzar a los remeros de Cicele.
El suelo era fangoso, había que cuidar que las patas de los caballos no se hundieran en el limo. En plena lucha, sujetó el rey las riendas y apoyándose en su escudero bajó de su caballo para luchar con los demás, a pie. Pero ya estaban cerca las barcas. Un miembro de la comitiva, Esteban Losonczv, saltó ante el rey protegiéndole con su cuerpo para que su señor pudiera atravesar a pie la zona de lodo y llegar a la pasarela de la barca.
El estrépito de la batalla y el fuego de los cañones de Galambóc, alarmó también al distrito de Lászlóvár: allí manejaban los cañones del rey condestables de Lombardia. Se entabló un inesperado duelo de cañones; los de Lászlóvár apuntaban mejor, sus baterías llegaban más lejos que los cañones de los turcos de enfrente. Así pudieron impedir que bajaran del castillo más guerreros para reforzar a los atacantes.
Era un juego de hombres, pero ahora en compañía de una mujer.
Cuando Segismundo logró librarse del peligro, cumplió con la ceremonia tradicional: se arrodilló en «su» orilla y como en su séquito se hallaba el preboste de Jaszovár, con armadura y la cruz sacerdotal en el cuello, un
varón eclesiástico pudo celebrar el Te Deum. Al levantarse Segismundo, abrazó a Szentgyórgyi, después se quitó la capa de montar que se había desgarrado durante la lucha, además de estar agujereada por una flecha y la tendió en el suelo de arena haciendo un ademán a la señora Rozgonyi que
—a modo de los caballeros— debía de arrodillarse sobre ella. Enseguida, con su sable que no tuvo aún tiempo ni de envainar ni de limpiar, dio el espaldarazo con grave ritual, a Cecilia. Sólo después vio la mujer a Rozgonyi acercándose desde lejos, acosando con algunos guerreros a los turcos para liberar a su paje aprisionado. Marido y mujer se encontraron en la ribera del Danubio. El amplio dominio de Tolna donado a la mujer fue inscrito a los pocos días en la cancillería y se precisó como justificación, el mérito de la señora Cecilia que luchó en el Danubio con heroísmo digno de un hombre, destacando cómo se embarcó en una galera frente a Galambóc, en Láslóvár, para cuidar del rey y de su marido que esperaban en la orilla turca.
La noticia de la aventura de Galambóc se extendió de forma fulminante por el país. Algunos oyeron comentarios sobre la muerte de Segismundo, otros, de su cautiverio, pero pronto lo dominó todo la acción heroica de Cecilia luchando en las olas del Danubio, con su belleza y su valor. La sonriente y bella mujer de apariencia frágil, aquella valerosa dama, desde ahora podría combatir como «la señora de Tolna». Si la alianza familiar de los Rozgonyi-Szentgyórgyi, aspiraba a más dominios, p el lector meditarlo contemplando el mapa que representa las posesiones de los oligarcas de Hungría de aquellos años. Los dominios de los Rozgonyi se extendían sobre el mapa en enormes manchas amarillas en la región de Gyór y por casi todo el condado de Temes, además de lo que poseían en Borsod, y después en Heves, gracias a la acción multiplicadora de dominios, de Pedro Rozgonyi, obispo de Eger. En lo que se refiere a los Szentgyórgyi, los eternos condes de Bazin se habían alzado ya en la época de los Anjou, principalmente con Luis el Grande, a la línea superior de las familias con mayores posesiones del occidente de Hungría.
Al volver Segismundo, no hizo encender fogatas de festejo por su afortunada salvación, sino que empezó inmediatamente las negociaciones con la delegación turca llegada a Buda, como si nada hubiera pasado en la
orilla del Danubio, en Galambóc. En favor del éxito del tratado pasaron por alto la violación de la tregua, discutiendo más bien sobre Bosnia y Havasalfóld, cuya feudo volvió a ser considerado de nuevo. Segismundo tuvo que admitir su fracaso: no pudo conquistar a Galambóc y así —no sólo según el poder real sino ni siquiera simbólicamente— se mostró incapaz de reforzar su poderío en ambas orillas del Danubio. Por lo que se refería a la llanura de Havasalfóld, allí no había zonas con fortalezas ni el sistema de castillos fronterizos; nadie pudo sorprenderse de que, los que solían estar atentos a los cambios del viento, se sometieran otra vez al otro señor feudal, que en aquel momento parecía el más fuerte.
Mientras continuaban en Nandoféhervár las negociaciones de paz turco-húngaras, Segismundo envió aviso al gran maestre de la Orden Teutónica.
Como los caballeros teutónicos quedaron replegados en las regiones polacas el rey propuso que se hicieran cargo de una parte de la línea del Danubio, asegurando con sus propias galeras la libertad de tránsito en el río y atacando al turco donde pudieran. Pero para que la Orden, por lo menos en parte, pudiera trasladarse a la región fronteriza de un país extranjero y lejano, debía de intervenir también la reunión imperial. A los militares les preocupaba ahora la cuestión de los husitas: ataques continuos, destrucción de ciudades, Silesia, la Alta Silesia ensangrentadas. En aquellos momentos no le preocupaba al Imperio ni los turcos ni la línea baja del Danubio, por lo que el problema del traslado de la Orden teutónica fue aplazado «Ad graecas calendas». Por otra parte, estaban enfadados los guerreros del Imperio con su futuro emperador: hacía años que no le veían en Alemania porque sólo se ocupaba de los asuntos de Hungría.
Los husitas emprendieron un ataque más amplio que todos los anteriores: por un lado llegaron hasta Breslau, por el otro, lo devastaron todo hasta los suburbios de Pozsony. Con el continuo intento de los militares del Imperio, tampoco pudo crearse el equipado y potente ejército alemán. A cada dueño de comarcas, a cada ciudad le parecía excesiva la contribución en hombres, en impedimenta, en armas, especialmente en dinero, y por ello intrigaban contra sus vecinos.
Segismundo procuró dar vuelta al timón de su barca y dio un paso inesperado: el rey invitó a Pozsony a Holy Prokop. Con ello le reconocía su carácter de adversario bélico y en el salvoconducto que le fue otorgado al comandante husita, estaba incluida la expresión de que Prokop era el caudillo de los combatientes checos. Al mismo tiempo, el rey mandó aviso a los príncipes alemanes más interesados: los vería con mucho gusto en Pozsony para participar en aquella irregular negociación.
Holy Prokop llegó con su séquito. Recibieron al regimiento de caballería con el respeto debido a un enemigo peligroso. Muchos miembros de su comitiva conocían bien el camino a Pozsony. En sus incursiones se habían atrevido varias veces a acercarse hasta la vecindad de una de las residencias reales. Los hospedaron en el castillo en un ala aparte y Segismundo pudo considerar ya como un éxito suyo, el que estuviera frente a frente con el peligroso caudillo rebelde, negociando en calma.
En el cuarto donde por primera vez se enfrentaron, según la costumbre de Segismundo, sólo había un escribiente de pluma veloz, quien entendía el checo y anotaba cuando se decía. Prokop también había traído consigo a uno de sus seguidores, evidentemente alguno que fue cura o fraile, quien desempeñaba al lado del caudillo husita las tareas de «escribidor».
Segismundo se sentía en su elemento: si revivió en su alma el recuerdo de las muchas y graves negociaciones de los últimos años, tenía que darse cuenta de que aquélla que entonces se iniciaba, sería una conversación más difícil que cualquier otra, pues su majestad romana había sido quien extendió el salvoconducto de Juan Hus…
Las negociaciones encararon varios puntos: para Segismundo el problema más importante era si los husitas le aceptarían como rey checo.
En caso afirmativo, cómo podían efectuarse las discusiones, qué pretensiones podían presentar los herejes. Para Prokop era evidente que el mayor objetivo del rey consistía en asegurarse el trono checo. Por lo que se refiere a las preocupaciones de los imperiales —terminar con las irrupciones checas y sofocar la herejía— ocupaban allí un segundo lugar.
Segismundo otorgó a Prokop su título de «noble». El caudillo checó eludió en lo posible el tratamiento, pero durante la conversación se pronunció de vez en cuando la palabra «Majestad».
—¿Me consideráis como vuestro señor?
—Los que me enviaron no dijeron ni sí, ni no. En nuestro país, por ahora, no se necesita ningún rey. Como ves, mi señor, nos las arreglamos.
Aún no nos hemos decidido a elegir la república, o a buscarnos algún monarca que profese nuestra fe.
—¿Cuál es la primera condición?
—La libertad de conciencia. Cada uno es libre de alabar al Señor de la manera que desee, en esto no puede interferir nadie. Ninguno puede poner trabas a otro, según las leyes de otras órdenes.
Se miraban: Prokop era más joven pero las cicatrices, sus viriles arrugas, indicaban las huellas de duras luchas, de noches intranquilas.
Segismundo no aparentaba su edad: era un hombre fuerte y erguido, sólo que sus barbas y cabellos se habían vuelto plateados. A ofrecimiento del rey bebieron vino, pero sin chocar las copas. A Segismundo le caía bien el guerrero, el caudillo husita de vista penetrante, con ojos de halcón; el que había transformado personalmente en soldados a los campesinos checos. La palabra «libertad» era una rara ave en el castillo real y cambiaba su sentido según quien la pronunciaba.
—¿Qué valen tus palabras, Holy Prokop? Estás enfrentado a los huérfanos, a los calixtinos… ¿En nombre de quién estás hablando?
—Cuando nuestros carros salen hacia Moravia, Silesia o las comarcas húngaras, ¿quién se atreve a preguntarnos si las riendas están en las manos de un utraquista, si el fusilero es un huérfano, o si quien enciende la mecha es un taborita?
—De todos modos han matado…
—En Kutná Hora arrojaron dos mil almas checas al fondo de las minas: mujeres, niños aún vivos…
—¿Y qué ocurrió aquí, en el valle del río Vag? ¿Y frente a Pozsony?
Como dices… mujeres y niños… Pero no has venido a pasar el tiempo con tus quejas. ¿Cuáles son vuestras condiciones?
—Si garantizas la libertad de conciencia, la libertad de la nación checa, la libertad de los pobres frente a los señores y a los ricos, si juras solemnemente y comulgas en la misa tú también bajo las dos especies, te podremos proclamar señor nuestro. Pero no porque te corresponda el trono
—siendo hijo de tu padre— después del fallecimiento de tu hermano sin hijos, sino porque te elegimos a ti libremente, para que seas el defensor de Bohemia.
—¿Has oído decir, Holy Prokop, que se está formando un ejército tan grande contra vosotros, como no se alzó ningún otro desde las cruzadas de antaño?
—El jefe de ese ejército es Federico de Nuremberg: su mano llega lejos; en cuanto nos venciera te echaría del trono alemán. Quiere ser él el emperador; Federico, ¡el hombre que era tu amigo, majestad!
Las palabras impresionaron por su dureza: Prokop sabía lo que pasaba en el mundo. Federico Hohenzollern, el príncipe elector de Brandeburgo,
¿negaría su lealtad de súbdito a su amigo y emperador?
—No tengas esa preocupación, Prokop. Tú ocúpate de cómo sembrar el grano, de cómo segarán los campesinos ya desacostumbrados al trabajo. No puede vivir eternamente todo un país de saqueos, botines, pillajes. De Praga hemos recibido noticias de tal miseria, que a nosotros, como su padre real, nos causó una gran tristeza. Nuestra aspiración es resolver los problemas.
Tú también sabes que la nueva campaña significaría un enorme sacrifico de sangre por ambas partes. Si pactamos…
—Entonces ¿partiría también Federico?
—Si logramos sellar la paz, Prokop, se oirán repicar las campanas en todo el mundo cristiano, como cuando conseguimos enterrar el Cisma.
Dinos tu última palabra.
—La única condición, señor, a la que nos aferramos hasta la muerte es la libertad, en asuntos terrenos y celestiales. Si podemos respetar a Dios como queremos, cada uno según su fe, podríamos estar de acuerdo en todo lo demás, majestad.
—¿Y sin esto?
—Entre nosotros se alza todavía la muralla de roca. Si no encuentro el paso a través de ella, debo regresar mañana; esa fue mi palabra dada en el Monte de Tábor. Por tanto, puedes hablarme todavía, en cada hora del día de hoy, mi Señor.
La delegación checa regresó sin llegar a un acuerdo, y en realidad no se esperaba otra cosa. Pero ya el hecho en sí por el que Segismundo entabló diálogo con los husitas, despertó los celos de los belicosos espíritus del Imperio, principalmente del margrave Federico, el jefe del ejército que se estaba formando. Ciento cincuenta mil hombres bien pertrechados y profesionales entendidos en el arte de guerrear, muchos cañones y cuatro mil carros de combate: eso era lo que debía reunirse contra los husitas, para que el Imperio iniciara su devastador ataque final.
En Basilea clavaron durante la noche en las puertas de la catedral, la respuesta de Holy Prokop a Segismundo: sólo que aquí, la forma de declaración, más adornada, estaba redactada en latín.
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