Poker de Papas
Capítulo 21
DESDE lo alto del castillo de piedra pudo contemplar la llanura hasta los olivares, hasta el infinito horizonte de los viñedos: Peñíscola, aldea pequeña y sin embargo histórica. Solamente un estrecho sendero les unía a la llanura de Benicarló y ni eso quedaba al cubrirlo la marea. Entonces se hacía imposible llegar con las piernas secas; era totalmente inconquistable. Eso ya lo habían comprendido los moros cuando edificaron la primera fortaleza, sobre la colina. Hacía un siglo que el rey Jaime de Aragón les había sitiado con ayuda de los caballeros templarios. Ellos fueron quienes recibieron del rey, como posesión, la península para que, con los mejores técnicos militares, edificaran una fortaleza, según el modelo de los castillos de Tierra Santa. Al final de los días de los Templarios, una orden militar española recibió Peñíscola como feudo, y de allí pasó a las manos de la estirpe de los Luna.
El papa, al sentirse en su propia casa, respiró aliviado, como el que encuentra al fin su residencia definitiva. En cambio los cardenales, a quienes cogió por sorpresa el fracaso de Perpignan, consideraban este refugio, esta península, como un cautiverio. Fugarse de Peñíscola hubiera sido arriesgado, sólo posible por mar y durante la noche. ¿Y quién podía adivinar hasta cuándo ardería la llama de la vida de este anciano? ¿Y si se apagaba, qué valor tendrían los cardenales consagrados por el papa
«cismático»? En cambio, si ahora llegaran a Constanza, serían recibidos con los brazos abiertos, como partidarios de Benedicto XIII, ¡pero ahora convertidos! Debían pues apresurarse a llegar, porque en muy pocos meses se habrían transformado en excardenales, sin casa, ni hogar. Y se fueron fugando poco a poco, a la primera ocasión.
Segismundo estaba ya en Narbona cuando le llegaron las cartas de Femando. Narbona era una ciudad que estaba cerca de la frontera; un lugar agradable, cómodo, vendimia abundante en un otoño cálido. Mientras esperaba las respuestas de la corte de Perpignan, se dedicó a los acontecimientos de Europa. Segismundo seguía creyendo que la atención del mundo cristiano residía en el propósito de terminar con el Cisma, cuando le llegó la noticia inquietante de una batalla perdida: bastaron unas semanas para tener noticias de la batalla de Azincourt.
Las noticias fueron traídas por los refugiados de la batalla, a través de feriantes y frailes peregrinos: apenas ocho mil ingleses al mando de Enrique V avanzaban hacia Calais, chapoteando en el barro. D’Albret, el condestable francés, les hizo frente con un ejército que era cuatro veces mayor y casi todo formado por caballeros de armadura.
La batalla tuvo lugar a finales de octubre y, desde el punto de vista de los ingleses, era demasiado arriesgada. Enrique se limitó a repetir la táctica de la batalla de Crécy. Los franceses formaron en tres cordones sucesivos, pero no hubo manera de enseñar a los mandos —pese a su numerosa ventaja— a andar por las tierras pantanosas, donde sólo los soldados de infantería podían pisar tierra firme. Los jinetes debieron desmontar, pero entonces las pesadas armaduras les hundían en el barro, en el que además les dificultaban las espuelas. La fortaleza de los ingleses residía en sus arqueros: solamente mil jinetes se vieron obligados a dejar sus caballos. Los ingleses tenían los mejores arqueros del mundo: apuntaban al aire con tal exactitud, que las flechas, al llegar al final de su recorrido parabólico, caían del cielo sobre el enemigo, como rayos.
Los franceses, aplicando el aprendizaje de la batalla de Crécy, disponían de artillería bastante pesada, pero avanzar con los morteros por esa superficie fangosa era imposible. Por eso las tres líneas francesas desaparecieron: cayeron muchos prisioneros. Entre ellos figuraba el duque Carlos de Orleáns que, durante su largo cautiverio inglés, se convirtió en el maestro de la poesía francesa contemporánea. El comandante francés consiguió hacer un intento definitivo durante la culminación de la batalla, para llegar con sus soldados a efectuar un último ataque. Enrique no tuvo
más remedio que ordenar la muerte de sus prisioneros, ya que le faltaban hombres para guardarlos. Según los que lo presenciaron, quedaron seis mil cadáveres franceses en el fango, entre ellos el mismo condestable, tres duques e innumerables caballeros. Los franceses enloquecían tratando de atacar de nuevo al enemigo. Pero montados a caballo o a pie, su principal enemigo era el fango.
Así los franceses perdieron la batalla: ahora los ingleses mandaban en Normandía. Enrique V llegó ileso hasta Calais. Todas esas noticias llegaron a Narbona en un bello día de otoño. La ciudad se inquietó: los ingleses estaban lejos de allí, no les conocían siquiera; pero como miembros de la comunidad cristiana, recibieron una triste lección: la de aprender cómo luchaban entre sí dos antiguos países cristianos. Y mientras no hubiera paz entre ellos, ¿cómo se podía preparar una guerra universal contra los otomanos?
Había que discutir todo esto, no sólo a causa de la batalla de Azincourt, sino porque el rey había recibido inquietantes noticias también de las fronteras del sur de Hungría: el turco se estaba acercando a Szendró y a Galamboc. Y la tesorería húngara estaba otra vez vacía. El país parecía moverse entre violentas luchas por el trono, sin rey. A pesar de que en el
«regnum» no luchaban entre sí, bastaba tener a un vecino enfadado para que otro, con una fuerza mayor, le quitara la posesión. Y no había autoridad a la que uno pudiera acudir con la esperanza de obtener justicia. Desde que Segismundo se convirtió en rey germano-románico no se preocupaba por Hungría, como no fuera para pedir más impuestos, cada vez más tributos de los pobres, en tanto que estrujaba a los poderosos.
Por noticias de Hungría, Segismundo se enteró de muchas cosas que seguían ocultas a los otros soberanos. La palabra «tártaro» significó durante dos siglos, horror, salvajismo, matanzas en todos los países. Por un nuevo giro de la historia, los tártaros empezaban de nuevo a representar su papel en el destino húngaro. Hacía cuatro años que Ladislao, el rey polaco, deseaba pedir al papa Juan una cruzada contra los tártaros que estaban amenazando a su país, así como los otomanos a Bosnia, al país de los Horváti y a los croatas.
Hacía tres años que Segismundo había invitado a una delegación de los tártaros, justamente en ocasión de la visita de Ladislao. Enseguida se firmó en consejo un tratado secreto entre tártaros, húngaros y polacos, ¡contra los turcos! Confidencialmente Segismundo informó de ello en Constanza a los soberanos y cardenales amigos. El rey romano les explicó que era el monarca capaz de conducir la lucha hacia un gran conflicto entre turcos y tártaros, con lo que podrían desangrarse las dos distintas raigas mahometanas. En realidad habían ya pasado meses desde que llegara Tamerlán, el más grande de los príncipes mongoles, a Samarkanda, embalsamado por sus súbditos y colocado sobre un trono, para disfrutar de un eterno descanso. El recuerdo de su victoria ante Ankara contra el sultán Bayaceto, todavía se conmemoraba en Oriente; fama que había llegado hasta Hungría.
Durante los años anteriores, los turcos no habían molestado en las fronteras húngaras. Los húngaros mantenían relaciones con los tártaros (a los que de vez en cuando mencionaban como mongoles) y con todos los príncipes orientales que estaban en secreta relación con el círculo mongólico. Jülük Kara, el «Señor de Mesopotamia», hijo de Tamerlán, y el khan de la Horda de Oro, eran los jefes más importantes durante esas relaciones.
Los consejeros húngaros apresuraban al rey para clausurar cuanto antes las reuniones del Concilio, que ya duraban años. Era necesario que volviera al país para ocuparse de los asuntos de la patria; y ante todo, prevenirse contra un inminente ataque turco.
Con razón tenía Segismundo la sensación de que debía de estar siempre pendiente de resolver todos los problemas, como si sólo él cargara con todo el peso del universo: mirar atento más allá del Canal, y al mismo tiempo observar cómo el Oriente prepara la lucha entre dos poderes: asiáticos y cristianos. Sus luchas podrían ser decisivas desde el punto de vista húngaro.
Todos estos problemas nublaban su estancia en Narbona, entre dudosos éxitos y falta de dinero. No podía reclamar rescate de las ciudades francesas; tampoco podía el rey romano pedir préstamos.
Vientos fríos en la tarde otoñal de Francia. Fue en las primeras semanas de diciembre cuando los dos reyes firmaron el pacto de Narbona.
Segismundo supo festejar el tratado: hizo sonar durante mucho tiempo todas las campanas de la ciudad. En la catedral cantaban él Te Deum, desfilaban los gremios y los señores de la comarca por la calle mayor, llena de nieve. Femando también había firmado en nombre de Castilla.
Decidieron fijar la fecha del fin del poder de Benedicto: dentro de dos meses, en el caso de que el santo padre no les diera una respuesta satisfactoria. Los españoles retirarían la obediencia en un plazo de ochenta días. Y ninguna palabra que aludiera al título de cardenal de Pedro de Luna, que sería intocable. El santo padre recibiría una invitación del Concilio de Constanza, que de ningún modo sería una severa citación sino una petición.
El salvoconducto estaría asegurado por el rey romano.
En cuanto los consejeros tuvieron preparados en la cancillería —mejor dicho, en una de las habitaciones del hospedaje de Narbona— los tres ejemplares del documento, Segismundo llamó a su aposento a todos los que viajaron y trabajaron con él. El rey había rejuvenecido, las arrugas se borraban de su rostro, sus ojos reían y el cuerpo enorme recobraba su ritmo juvenil:
—Ahora podéis ver, los que habéis dudado de mí y de vosotros mismos: podéis reconocer ahora que, cuando salimos de Constanza, no teníamos grandes esperanzas de vencer a los españoles. Pero no seamos negativos: sí, hemos sido pesimistas en nuestro trabajo, pensábamos regresar fracasados a Constanza, donde nos hubiésemos expuesto, no sólo a las críticas sino también al ridículo. Podemos decir que hemos emprendido este viaje con el corazón oprimido. En realidad no hemos disfrutado ni de un solo día bueno.
Ahora podemos descansar. Queridos hijos: sois libres de hacer lo que os plazca, durante tres días. En el caso de que alguno tenga un deseo personal, puede recurrir a Nos; lo único que no puede, es pedimos dinero… Gracias por vuestros esfuerzos, os dejamos marchar con nuestra gracia. Idos.
Una de las cláusulas secretas del tratado de Narbona establecía que el Concilio reconocía a España como la quinta nación, con lo que ascendió en forma considerable el prestigio de los españoles ante las demás naciones, las que acostumbraban a unirse para formar un país dentro del Concilio.
Además, se incluyó otro requisito secreto, aunque en documento aparte: Segismundo no se oponía a que cuando se cumpliese el término de sesenta
u ochenta días sin que Benedicto renunciara, el rey Fernando podía echar mano a todas las entradas, rentas y haberes relacionados con el santo padre.
De otra manera, este dinero llegaría a la cámara apostólica. El famoso documento fue elevado personalmente al rey de Aragón por Vicente Ferrer: orador religioso, confesor real, algún día sería canonizado. Era uno de esos seres apasionados que ponían toda su energía en mantener unido el gobierno de la Iglesia… Según aseguraban, fue él quien logró convencer a Femando para que aceptara el punto de vista del rey romano.
Día de Reyes. El padre Vicente celebraba en la catedral de Narbona, con una prédica, la decisión definitiva de poner fin al Cisma. Comparó a los reyes de Roma, Castilla y Aragón con los Reyes Magos, trayendo sus regalos al mundo cristiano. Después, leyó el famoso documento desde el púlpito, primero en su texto latino, después en lenguaje del pueblo.
Segismundo envió el texto del tratado, con una solemne delegación, al Concilio de Constanza. Estaba redactado de tal modo, que daba la impresión de que el resultado era obra personal del rey. Sonaron las campanas no sólo en Narbona, sino también en la ciudad del Concilio.
Llegaban de Valencia noticias importantes para Segismundo: el estado de salud del rey mejoraba. Supo entenderse bien con Fernando. Alfonso, el heredero, no tenía los mismos conceptos; era seguro que en caso de que el rey de Aragón hubiese muerto antes de sellar el tratado, el destino de Europa pudo haber seguido otro rumbo bien distinto. Fernando sobrevivió cuatro meses al acuerdo de Narbona: fue suficiente para que los prelados españoles ocuparan sus lugares en los bancos del Concilio. Después transcurrió entre negociaciones el comienzo de febrero.
Al tiempo que aún nevaba, Segismundo y su escolta emprendieron viaje hacia París para visitar al rey francés. Segismundo deseaba servir de intermediario en la guerra que durante medio siglo enfrentaba a franceses e ingleses. Si se llegaba a un acuerdo entre ellos, entonces el Concilio y la parte oriental de Europa podrían anunciar una cruzada contra los turcos, a la vez que Segismundo —con la ayuda de sus embajadores húngaros—
renovaría la lucha contra los mongoles. Interviniendo como mediador entre Francia e Inglaterra, el futuro emperador cumplía con su deber, al ser árbitro de una guerra entre dos reyes. Una ocasión poco frecuente para que
el señor del Imperio, no se limitase sólo a reverdecer los títulos de emperador, sino que pudiese actuar para sellar una paz entre dos soberanos cristianos.
La actuación de Alfonso de Aragón fue una agradable sorpresa: el heredero del trono español era quien encabezaba su delegación en Constanza y ya en la primera actuación mostró su voluntad de seguir las huellas de su padre. Para la Casa Real era esencial el ingreso de las rentas del Tesoro papal español. El joven Alfonso dio la impresión de ser un soberano con sentido común y emprendió rápidamente los pasos necesarios
—reemplazando a su padre moribundo— para asegurar esos ingresos.
Mientras el tesoro aragonés no sufría así la menor merma, el presupuesto de viaje de Segismundo estaba ya totalmente agotado. Tuvo que pasar más tiempo del calculado en Narbona y sin otro medio que endeudarse hasta con el magistrado de la ciudad. Al fin, Luis —el conde de Baviera— vino en su ayuda con un préstamo de dos mil florines. Su condición fue que el documento de pago debía de ser firmado por Segismundo y también por Bárbara. Eso significaba que en caso de que pasara algo con Segismundo, la reina regente sería también responsable de la deuda. La suma no cubría siquiera sus necesidades: Segismundo hizo un llamamiento a las órdenes húngaras para que vinieran —con una oferta extraordinaria— en su ayuda. Garai iba y venía como un péndulo entre Narbona y Buda hasta que pudo conseguir el dinero de esa última ciudad.
El rey premió su éxito dándole el dominio de Dévény, en las fronteras húngaras, con título y carta de donación; la dinastía de los —Garai transformó luego ese castillo en una fortaleza.
Al hacer el presupuesto final del viaje por Occidente, los gastos ascendían a cien mil ducados. Para que Segismundo pudiera terminar su tarea, tuvo que pedir prestados, o mejor dicho, recibir cuatrocientos mil ducados de Federico de Hohenzollern —la mayoría, por ahora, en documentos— por el acto de cesión que el rey había hecho con el nombramiento como margrave de Brandeburgo a su amigo. Le prometieron entregar la mitad de esa considerable suma durante su viaje.
Constanza estaba en fiestas: finalmente, cuando llegaron los cardenales y embajadores de la tercera «obediencia», parecía no quedar obstáculo
alguno para preparar la universal elección papal. Estaban ya de acuerdo en retirar mutuamente las excomuniones, todas las maldiciones que se habían arrojado sobre sí los hostiles y rivales santos padres, durante aquellos últimos años.
Convocaron a los soberanos y eclesiásticos que estaban todavía bajo la obediencia de Benedicto, para que se presentaran dentro de los tres meses en Constanza. Aceptaron un acuerdo por el que todas las disposiciones de Benedicto XIII, de los tiempos anteriores, y que aún figuraban en Colliure antes de su encierro en Peñíscola, seguirían en vigor. Era una concesión sensata en favor de los cardenales y nobles españoles. Por un decreto afirmaron que en el caso de que los cardenales de Benedicto se presentaran en Constanza, serían considerados como verdaderos cardenales. En cambio todos los actos —y ante todo una eventual elección papal que los cardenales pudieran hacer en Peñíscola— «a limine», serían ilegítimos.
Sobre la situación del papa español, el príncipe Alfonso estaba de acuerdo en la prohibición de embargar las provisiones y armas destinadas a Peñíscola.
Ya sólo quedaban en obediencia hacia Benedicto, los reyes de Escocia y Portugal, además del duque de Armagnac. Pero en los últimos días de enero, los dos soberanos coronados se unieron al deseo del Concilio. La réplica tronó en el castillo de piedra: Benedicto XIII excomulgó al rey de Aragón y a todo el Concilio: Fernando debió de tomárselo muy a pechos.
Pocos días después —antes de la llegada de la primavera— dejaba de existir el rey aragonés.
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