Poker de Papas
Capítulo 19
SI SE pudiera creer en los apuntes de la época —pues de la larga existencia del Concilio de Constanza quedaron muchas notas y crónicas— la huida del papa Juan, oculta tras el torneo de los caballeros, conmovió sinceramente al rey de los romanos. Acaso se hubiera inclinado a dejar libre o a que huyera Juan Hus, pensando que los padres del Concilio estarían ocupados principalmente con los asuntos del papa. Acaso pensó que el inesperado cambio no hubiera causado mayor indignación si la cabeza de la herejía hubiera desaparecido del campo de batalla, con la ayuda del rey.
Indudablemente Segismundo había contado con esa posibilidad.
Personalmente no guardaba rencor alguno contra el predicador, además de sentirse atado a él por el salvoconducto. Pero sabía que pondría en entredicho la razón de ser del Concilio, si dejaba libre al «magister» de Praga, pues según muchos era él la fuente de todos los problemas. Cuando al día siguiente de la huida de Juan, recibió a la delegación del Concilio, los padres que se presentaron llamaron enérgicamente su atención sobre la responsabilidad personal, que debía de aceptar, para que pudiera crearse la unidad de la «Ecclesia». Allí mismo, en presencia del rey, siguió una disputa sobre esta postura. Formaba también parte de la delegación el doctor Gerson, y cuando el profesor de París, con su sencilla ropa de sacerdote, expuso esta opinión, los demás guardaron silencio. «Succintus»
Gerson resumió otra vez las acusaciones contra Hus. Su herejía, estaba fuera de dudas, se podía demostrar, no como las acusaciones de herejía cargadas al papa Juan, que ciertamente eran bastante flojas. Hus era realmente el perturbador de la paz de la Iglesia. Tenía que caer.
Nadie conocía aún el contenido de la carta que había recibido dos días antes Segismundo, del rey aragonés Femando. El monarca español, al
mismo tiempo tutor del rey de Castilla —menor de edad— y en realidad soberano de toda Hispania, era el único protector serio de Benedicto XIII.
Su palabra podía ser decisiva en el problema de cómo conseguir la abdicación del «papa español», después de la de Gregorio y Juan. Si Femando se mantenía en la obediencia a Pedro de Lunar el Concilio tendría que enfrentarse a nuevas dificultades. El tozudo anciano no estaba dispuesto a abandonar ni un momento su posición actual, él era el único e indiscutible cardenal nombrado aún por el que era el único papa. Su derecho era inatacable: cualquier persona que le sucediera sería un antipapa. El apoyo para Benedicto eran los países españoles. Si Femando renunciaba a su obediencia disminuiría gravemente su importancia, le declararían un viejo terco a quien debía destronar el Sínodo proclamando su «depositio». Así pasaba el rey Femando a ser una figura clave desde el punto de vista del Concilio, por eso la carta que había escrito a Segismundo tenía tanta importancia: le pedía —de rey a rey— que no demostrara ninguna benevolencia, ni con la persona de Hus ni con sus doctrinas: «¡Mande ejecutar al hereje!». Escribió que hasta que el caso de Hus no estuviera resuelto de esa manera, tampoco se podía tratar la abdicación del papa Benedicto. Sobre esta carta de Zaragoza sólo sabían algo sus más íntimos cancilleres, principalmente Nicolás Garai. A él le hizo saber Segismundo que pensaba ir a España personalmente, para convencer a Femando. Le persuadiría que rompiese con Benedicto por el bien universal de la cristiandad y ayudara —decisivamente— al trabajo del Concilio. Nicolás Garai, como palatino húngaro, tenía que acompañar al rey romano al lugar del encuentro de los dos reyes.
Nicolás Garai era seguramente el mejor abogado de los intereses húngaros en la corte cosmopolita de Constanza. Como cuñado de Segismundo, gozaba de mayor respeto que los otros cortesanos, que le consideraban un miembro de la familia real. Era un hombre listo, experto en guerras y en diplomacia, jamás alejado del horizonte húngaro. Procuraba influir sobre su cuñado y su rey, para que nunca dejara de contemplar los intereses húngaros. Garai prestó atención angustiosa a las cada vez más graves noticias sobre la agitación checa, relacionada con el destino de Hus.
Sabía que el rey Wenceslao era casi un títere en Praga, y que Sofía recibía
casi con benevolencia las enseñanzas de los «reformistas». Si una vez saltase la chispa en el polvorín checo, el fuego podía extenderse a tierras húngaras; Garai era un terrateniente de enormes posesiones, que servía con fidelidad a su rey, pero cuidando a la vez de obtener sus frutos. La base del poder de los Garai, residía en sus posesiones grandes como comarcas y situadas en los puntos más variados del país. A consecuencia de la ejecución de Hus, podía producirse una tempestad: si la tormenta se volvía contra los alemanes, tampoco se librarían los húngaros Las contradicciones entre germanos y eslavos eran conocidas por todos, pero las alas del odio de los de Praga, podían volar a las provincias húngaras del Norte si los seguidores de Hus formasen un ejército —como amenazaban— e irrumpiesen en territorios alemanes o húngaros.
Nicolás Garai difícilmente podía haber aconsejado a Segismundo que dejara escapar a Juan Hus del monasterio (que estaba escasamente vigilado, más bien por simple fórmula), pero advirtió a su cuñado de los posibles peligros.
El 29 de mayo fue proclamado el destronamiento de Juan XXIII. Dos días más tarde dio comienzo oficialmente el proceso de Juan Hus. La relación de los dos acontecimientos era clara. El Sínodo se había hecho todopoderoso, no había un papa sobre el Concilio que frenara u obstaculizara sus decisiones. Ahora podían ocuparse del más grave de sus problemas.
Así que el gran proceso de Constanza comenzó « legé artis». Primero debían excomulgar las ideas y doctrinas de Wycliffe —y al mismo maestro ya reducido a cenizas— para poder presentar los cargos contra Juan Hus, como discípulo checo del hereje inglés. La sentencia del Concilio decía también que era preciso desenterrar el cadáver de Wycliffe convertido hacía años en polvo; y quemar sus huesos en la pira de los herejes, para luego dispersarlos al viento. En los últimos días de mayo llevaron al monasterio de los franciscanos de Constanza al papa Juan, prisionero. Y el primero de junio fue llevado Hus desde Gottlieben al mismo claustro franciscano.
El penoso camino del predicador siguió haciéndole cambiar de prisión: también aquí fue puesto bajo vigilancia estricta. Segismundo vivía
sumergido en el torbellino del Concilio, como si se hubiera encorvado su enorme cuerpo bajo el peso de las horas difíciles que se sucedían unas a otras. El mismo día que llevaron a Hus a su nueva prisión, Segismundo tuvo que recibir a la delegación de los aristócratas checos: los de Praga, intranquilos, deseaban unánimemente la libertad del predicador y su regreso a Bohemia. Mencionaron dos veces el salvoconducto real. La respuesta del monarca sólo expresó que el «magister» Hus se presentaría el cinco de junio ante el Concilio y tendría todas las oportunidades para defenderse. La delegación checa pudo tener la impresión de que Segismundo procuraba personalmente liberar a Hus y que no deseaba su muerte. El rey procedió a leer ante los checos la declaración de Hus, según la cual estaba dispuesto a someterse a la decisión del Concilio y retiraría sus declaraciones, si se había equivocado en algo.
Sólo que Segismundo dejó de leer la última frase: «… si sus conclusiones fueran opuestas al Evangelio». Lo que traducido al idioma del Sínodo, significaba que el «magister» seguía siendo motivo de proceso: si era hereje, el Concilio tendría que declarar su juicio sobre el predicador.
Era el 5 de junio. Por primera vez se presentaba Hus en la sala grande del convento de los franciscanos, ante el Sínodo. Un asistente dijo en la sala, cuando vio entrar al «magister» con talar negro y el rostro pálido de la prisión —ahora sin guardia— que éste era el momento crítico de Europa.
Hus se inclinó ante el cardenal que presidía. En la sala reinaba un silencio sepulcral, todos contemplaban mudos al herético, quien respondió a las preguntas dando su nombre y aceptando que los escritos presentados, procedían de él en su totalidad.
—¿Qué es entonces, lo que has de abjurar?
—Todo lo que sea un error en ellos: en cuanto se pueda probar que he pensado erróneamente, que me encuentro en contradicción con las palabras y el espíritu del Evangelio, único, correcto e infalible.
Era un debate público el que se efectuó dentro del Concilio, en la catedral. Cuando el acusador principal D’Ailly interrogó a Hus, planteó su acusación de manera que las respuestas tuvieran que referirse a las «tesis»
universales, principalmente al prestigio real. El cardenal reprochó a Hus el
que afirmara que vino a Constanza sin ser presionado y por su propia voluntad; porque de ser así, no sería posible utilizar fuerza alguna contra él, ni por parte del rey checo ni por la del rey romano. Hus se levantó entonces:
—Sí, es verdad lo que dije, pues en mi patria existen varios poderosos señores, capaces de defenderme.
El rey estuvo a punto de contestarle, cuando Juan Chlum le interrumpió.
Era un hombre impulsivo, sanguíneo, que no temía a nada ni a nadie:
—¡Es verdad! ¡El maestro Hus ha dicho la verdad! Pese a que yo sea realmente uno de los nobles menos importantes entre los checos, yo también estaría dispuesto a defender a Hus en mi propio castillo y contra cualquiera. Pero existen señores mucho más poderosos que yo en Bohemia y que respetan a Juan Hus lo bastante para defenderle incluso contra dos reyes…
Como un trueno resonaba ese lenguaje laico y duro, propio de un soldado, bajo las bóvedas del templo, y eso sirvió a D’Ailly para indisponer al rey contra Hus. Segismundo estaba sentado en su trono como de costumbre, con la corona en su cabeza, cuando gritó colérico:
—¡Escúchame, Juan Hus! Yo también te aconsejo lo mismo que te dijo el cardenal: sométete al santo Concilio sin condiciones. Si lo haces, los padres serán moderados en su juicio y podrás liberarte con una insignificante condena. Pero si te obstinas en tus errores, esos hombres del Concilio cumplirán con su deber. Y yo les he dicho ya, que no estoy dispuesto a defender a ningún condenado hereje. Una vez más te aconsejo: sé obediente e inclina tu cabeza.
Hus respondió con mucha calma:
—Bien sabe su majestad que vine aquí por mi propia voluntad, no deseo comportarme con obstinación y me alegraría poder entrar en razón, si me demuestran que estoy equivocado.
D’Ailly le respondió impetuoso:
—¡Lo que vos llamáis «entrar en razón» significa que debéis renunciar a vuestras ideas heréticas!
Su voz sonó con enfado, puesto de pie, y no se decidía a abandonar la sala, porque ello significaría la cancelación del interrogatorio hasta el día siguiente, en un mal momento para el Concilio.
Brotó en el recinto una inquietud ruidosa: algunos bancos crujieron, y en los púlpitos, los doctores y los padres del Concilio se volvieron hacia él.
Era un día muy caluroso en Constanza: caras ardiendo enrojecidas, puños levantados. Hus contemplaba perplejo ese recibimiento. Era un predicador experto que siempre sentía, desde el comienzo de sus discursos y sermones, el contacto con los feligreses. Aquí se sentía hundido en un océano de odio.
Esos centenares de hombres a quienes sólo unía un idioma muerto y un propósito final. El ruido siguió aumentando, el martillo se lanzó contra la madera, como si sólo sirviera para excitar la multitud.
Hus estaba de pie, erguido, su rostro se había embellecido: era un hombre frágil, enfermizo, que se dirigió hacia sus auditores, pero sin la menor humildad. Ni una sola sonrisa alentadora, no se oyó una sola palabra de defensa. Los checos, sentados en el palco izquierdo, destacaban como sus más feroces enemigos, pese a que eran los únicos que le conocían personalmente.
El alboroto y el odio crecieron de tal manera que el cardenal hizo una seña: dos sacerdotes cogieron a Hus y le llevaron entre ellos fuera de la sala, sin dejarle enfrentarse siquiera con la ola de rencor. En medio del ruido el presidente se puso de pie, haciendo en el aire la señal de la cruz y pese a que los padres no se calmaban, anunció que dentro de dos días se reanudaría la sesión.
Hus pasó la noche escribiendo cartas en su celda del convento. Tenía fiebre, un ataque de vesícula biliar, que aumentaba en el curso de sus interrogatorios. Esa misma noche, escribía en una de sus cartas dirigidas a Praga:
«El rey me ha prometido una audiencia privada, pero me temo que no mantendrá su palabra, como ha pasado con el salvoconducto. El rey ha dictado sentencia antes que mis verdaderos enemigos. Al menos pudo mantener el ejemplo de Pilatos que después de dictar su acusación, agregó:
“Yo no encuentro falta ninguna en este hombre…”».
Los optimistas esperaban que al pasar dos días y dos no ches pudiera cambiar la suerte de Hus. El delegado checo visitó de nuevo al rey. A petición suya, Segismundo prometió también estar presente en la sesión próxima.
Así empezó el día séptimo de junio. ¿Era posible que los astrólogos se propusieran que el eclipse solar de aquel día oscureciera el cielo de Constanza durante el proceso? Poco a poco la sala se iba oscureciendo, los presentes se sentían invadidos por presentimientos amargos, pensando involuntariamente en aquel viernes, cuando el cielo se oscureció sobre Jerusalén… Esperaron todos juntos el final del eclipse solar y sólo cuando empezó a disolverse la penumbra del gran ámbito trajeron al acusado de nuevo.
Hus contemplaba a la gente sentada en la sala y sus ojos encontraron finalmente algunos rostros amistosos. Allí estaba sentado Juan Chlum: la atmósfera era esta vez más sosegada, decididos todos a no repetir escenas como las ocurridas la vez anterior. Se iniciaron las acusaciones, sobre todo las del dogma de la Transfiguración, que Hus negaba. La respuesta de Hus fue precisa: «Acepto en todo y sin ninguna reserva el dogma eclesiástico».
El cardenal Cambrai habló reforzando la acusación, al decir que no estaba convencido de la declaración del acusado. La réplica de Hus fue más exacta todavía que la de antes.
El representante de la acusación asintió en silencio, como diciendo:
«Dejad caer está acusación». Al parecer, un clima de alivio había invadido el recinto, quizá fuera posible llegar al festejo, un triunfo estaba en camino, un momento de grandeza, el instante en que el hereje reniega de todos sus dogmas equivocados y ante el mundo se humilla frente al Concilio.
Pero entonces el acusador se desvió de la línea dogmática y formuló una pregunta:
—¿Sabéis vos, vos que sois el causante de los desórdenes de Praga, que no sólo amenazáis la calma de una ciudad cristiana, sino que amenazáis la tranquilidad de toda la población de Cristo?
—Estos acontecimientos no se han referido a la fe y a la vida espiritual.
Se relacionan con el reinado de Wenceslao, con los rumores que corren de que el rey quiere renunciar.
El arzobispo Cambrai se levantó:
—¿Es verdad que vos habéis declarado que, si no hubieseis venido a Constanza por vuestra propia voluntad, el honorable Concilio no hubiese podido obligaros a venir?
—Es verdad.
Segismundo levantó su mano: la palabra del César tenía entre los eclesiásticos un peso extraordinario.
—Existen quienes dicen que vos habéis recibido el salvoconducto solamente cuando llevabais ya dos semanas en la ciudad. Pero nosotros y otros soberanos podemos atestiguar que nuestra carta llegó a vuestras manos antes de haberos marchado. Y la habéis recibido de las manos del señor Chlum y del señor Duba. Así que conocisteis ya de antemano el texto del salvoconducto. De esta manera podéis ver que hasta ahora hemos cumplido nuestras palabras reales y nadie os ha causado ningún daño corporal. Muchos eclesiásticos opinan que ningún salvoconducto vale para un hereje. Por eso os aconsejamos que no os defendáis obstinadamente, sino que inclinéis obediente la cabeza. Y si actuáis de esta manera haremos todo por dejaros de una vez que cumpláis una penitencia. Y podáis regresar de Constanza a Praga. Pero en el caso de que no actuéis así, que os obstinéis en vuestras opiniones, entonces será pronunciada sobre vuestra cabeza y sin más dilación, la sentencia. En lo que se refiere a nuestra persona, podéis figuraros que no nos es posible defenderos, os mantenéis tozudamente en vuestros dogmas equivocados. Más bien esta contumacia vuestra podría llevarnos a encender la hoguera con nuestras propias manos. ¡Juan Hus!
Nosotros conocemos bien el veredicto que está por pronunciarse sobre vos.
Os llamamos de nuevo con nuestras reales palabras y una vez más os rogamos en nombre de Cristo, como a nuestro hermano, para que cambiéis enteramente vuestras ideas y os sometáis a la merced de los padres sin ninguna condición.
—Majestad, es esta buena ocasión para que pueda daros las gracias por dejarme venir a Constanza y a que pudiera estar aquí a salvo. Ninguna acusación es tan infundada como la de que soy incorregible en mis errores.
Sí: he venido a Constanza por mi propia voluntad para expresar mis opiniones como hombre libre. Y por eso estoy dispuesto desde ahora mismo a cambiar esas opiniones, en el caso de que estuvieran verdaderamente equivocadas.
Mientras las palabras reales fueron escuchadas en silencio, un intenso rumor brotó en cuanto Hus inició su respuesta sin esperar a que el cardenal
diera su consentimiento. Pero también tenían interés en escuchar si estaba dispuesto a reflexionar, entrar en razón y renegar, en suma, de sus conclusiones y pronunciar las esperadas palabras de arrepentimiento. Pero como Hus, en cambio, se limitó de nuevo a repetir la fórmula anterior —
limitarse a renunciar a algunos de sus dogmas si se podía demostrar la incorrección de los mismos, en su presencia— y a querer mostrarse como un combatiente del mismo rango que el Concilio y no como un maestro equivocado, volvió a aparecer como un acusado de herejía, convocado para sufrir su proceso.
El resultado fue una violenta explosión que resonó en las bóvedas del templo. El presidente hizo un gesto interrogativo, como el del verdugo en el tormento cuando consulta al inquisidor: «¿Debo continuar?». El arzobispo asintió con la cabeza: podían llevarse del recinto a ese terco acusado.
¿Hizo Segismundo realmente cuanto le dictó su conciencia para salvar a Juan Hus tal como lo prometió en el salvoconducto?
¿O es que todo formaba parte del teatro de Constanza, incluso la proclama real, la declaración que aseguraba en el salvoconducto?
Durante el reinado de Segismundo, en medio siglo, no había existido una traición comparable al drama de Hus. Los casos en que el rey se había comportado con crueldad, fueron de desahogo de su ira irreprimible, que probablemente era una herencia paterna. Y los historiadores tenían anotados frecuentes accesos de furia, de los que también fue víctima su hermano Wenceslao. Pero nunca se había presenciado un hecho tan calculado y vil en la historia de Segismundo: violar el espíritu del salvoconducto, anular su validez con un engaño jurídico, es cosa difícil de explicar.
La única justificación lógica que pudiera tener la conducta de Segismundo, era la difícil situación en que se encontraba. La única ambición real era la de mantener unido al Concilio —presionar en su labor
—, esa era la meta de Segismundo. Si hubiera dejado libre a Hus o le hubiera ayudado a huir durante el período culminante del Concilio, se hubiera arriesgado a que éste se volviera contra él y que los eclesiásticos abandonaran Constanza.
La dura labor de obtener la unidad del cristianismo, hubiera sido un fracaso. Seguramente influyó también en él, el mensaje del rey de Aragón: o conseguía quemar a Hus o no haría el menor esfuerzo por la abdicación del tercer papa. Frente a esto, se oponían los laicos checos de Praga, que habían venido para exigir la libertad de Hus. Wenceslao se mantenía en absoluto silencio, Segismundo sólo estaba enterado de que la reina Sofía era tan partidaria de Hus como el mismo arzobispo de Praga. Más al fondo del templo, estaban los realistas de la universidad de Praga, que habían declarado la guerra a los nominalistas de París, como D’Ailly y Gerson.
Era un espectáculo impresionante: en la plaza, en torno a la catedral, los curiosos —una inmensa muchedumbre de laicos— que sólo podían aproximarse hasta las cadenas que sostenían los alabarderos de Constanza.
A los eclesiásticos, en cambio, les estaba permitido el paso hasta más adentro, como a los futuros sacerdotes, con cara de forasteros, que tenían derecho a interrogar a los jóvenes prelados del Concilio. ¿De dónde venían?
¿Y para qué habían venido? Diariamente se repetían esos interrogatorios:
¿Qué sitio recibían los acompañantes de reyes y príncipes, dónde se colocaba la guardia personal? Era fácil imaginar las luchas y discusiones, el ambiente tan denso, los ánimos tan exaltados que sólo faltaba una chispa para que también se atacaran entre sí los eclesiásticos; y quién sabe cuántos de ellos no llevaban un cuchillo entre los pliegues de sus hábitos…
El ocho de junio —un mar dramáticamente agitado— el odio de los checos era el fruto amargo de ese día. La delegación arzobispal debía de presentar las acusaciones del país contra Chlum y Duba, conjuntamente con todos los patriotas de Praga, unidos en torno a ellos. Varias veces hubo que apartar los diferentes grupos que se odiaban entre sí y se gritaban en sus distintos idiomas.
Bajo la bóveda de la iglesia, frente a los bancos en que estaban los arzobispos, cruzaban algunos hábitos cardenalicios. Se dirigían a la sacristía donde, en bancos recién traídos, reposaban los príncipes de la Iglesia, meditando o bien discutiendo. De las tres «oboedientias», desgarrados del frondoso árbol de tres papas: Gregorio, Juan y Benedicto, discutían sus probabilidades. ¿Sería verdad que su majestad se disponía a viajar a Hispania, para hacer entrar en razón al papa Luna? Con la ayuda del rey de
Aragón… ¿Sería verdad que Fernando sólo ayudaría a Segismundo cuando estuviera encendida la hoguera debajo del «magister»?
Cuando trajeron a Hus desde el claustro franciscano, ya estaban esperando varios centenares de almas, a la expectativa de que la vista de hoy iba a ser la decisiva. Ellos mismos participaban no sólo como espectadores sino con el derecho de todos los miembros del Concilio para interrumpir, pedir explicaciones o dar su opinión. Así se formó el peculiar orden conciliar, basado en el «consensum». Ni siquiera era necesario el sombrero cardenalicio para que fuera escuchado el interrumpido o el nuevo orador. En el arte de la elocuencia iban por delante los doctores con experiencia oratoria; hablaban un latín distinguido, el idioma de las cátedras universitarias, con el que citaban pasajes, tesis, argumentos para arrollar a sus contrincantes. Todo cabía en esos discursos magistrales: persuasión, ironía, amenazas, sentimientos, empleados con tal maestría que los oponentes, simples y asustados, no se atrevían a replicar. Tampoco se sentían bastante preparados en sus conocimientos del latín, que no hablaban con fluidez y cuando lo empleaban, hacían taparse los oídos a los habituados al elegante lenguaje de la Sorbona o Bolonia. También brotaban las sospechas: ¿De dónde habrán venido, qué príncipe les protegía, cuál era su propósito secreto? ¿Quién pagaba su estancia en Constanza y cuánto tiempo podrían quedarse? Amistades y odios brotaban en esa atmósfera ardiente y probablemente ya no era Hus su preocupación, puesto que se daba como seguro su destino terrenal…
Un joven teólogo meneó la cabeza:
—No habéis dejado hablar al maestro. Sólo le habéis dejado limitarse a responder a las preguntas, a veces preguntas insidiosas, pero nunca obtuvo autorización para expresarse con continuidad, exponiendo durante horas, si fuera necesario, sus puntos de vista. ¿Y qué derechos corresponden al acusado? ¿Y cuáles son los derechos que no le corresponden al individuo, que pudo vestir la indumentaria eclesiástica, y al que llaman todavía con el nombre de «magister»?
Estaban los rencorosos, pero también aquellos que hablaban con piedad de Hus, el hombre que quizá no fuera tan culpable, que más bien habría caído en el centro de ese remolino que pasaba por Europa, simplemente por
ser un cabezota. Si votaran con el corazón, muchos se habrían abstenido de votar su muerte. Pero nadie pensaba aún en votaciones, la orden en el Concilio era otra: varias comisiones se ocupaban del caso, jueces ya designados trabajaban para pronunciar la sentencia después de las numerosas acusaciones, y allí nadie podía mediar. El Concilio se limitaba a designar culpable a Hus de herejía, y después a castigarle. Entregaba el culpable al poder civil, que en ese caso sería el propio rey romano.
Teóricamente, Segismundo disponía aún de poder para aligerar la sentencia, pues lo que no estaba permitido era recargar la pena. El castigo más duro para un hereje, era la hoguera. Se decía que en muchos sitios, si el condenado se arrepentía en su última hora, tenía derecho a una muerte más benigna, el verdugo terminaba con él por medio del lazo corredizo y sólo el cadáver era arrojado a la hoguera. Pero en el caso de Hus no se podía aplicar parecida clemencia, tal como estaban las cosas: el «magister» era un hereje. Este hereje, llegado de Praga, parecía mucho más temible que cualquier hereje anterior en la historia de la Iglesia. La atacaba en sus fundamentos, era capaz de derribar sus milenarios muros. «¡Pereat!». Que Hus pierda la cabeza, dijeron los padres que creían incluso en sus propias bondades.
En la audiencia del 8 de junio, D’Ailly expuso durante la acusación lo que Hus afirmaba sobre la esencia del sumo pontífice, en el espíritu de los 39 puntos censurados. Le fue echado en cara que, en su obra titulada Sobre la Iglesia, confirmara que «en el caso de que el papa no viva y actúe en el espíritu de Cristo, sólo será el vicario de Judas Iscariote». La respuesta de Hus brotó en el fervor de la discusión:
—Sí… así es, y no estoy solo, en este dogma: Juan XXIII dice lo mismo y Baldassare Cossa lo demuestra de nuevo y muy claramente. ¿Vais a decirme entonces que acaso no era un papa verdadero, que acaso era un vulgar ladrón?
Algunos empezaron a reír, muchos gritaban: «¡Cuando era papa, era un verdadero papa!». Hus se mostró ese día en todo su vigor mental y su polémica fue extraordinaria. Cada una de sus afirmaciones e interrupciones causaban tempestades de indignación entre sus acusadores, hasta el punto
de que el presidente D’Ailly tuvo grandes dificultades para restablecer el orden.
La intención de los acusadores era la de encolerizar a Segismundo contra Hus, cuando le fue reprochada aquella declaración suya en que dijo:
«… si suponemos que un rey vive en pecado mortal… ¿sigue siendo rey?».
—¿Mantenéis esa declaración, Hus? —preguntaron.
La excitación aumentó y el maestro dijo:
—He repetido una frase bíblica que figura en la historia del rey Saúl.
Todos empezaron a gritar: «¡Llamad al rey!», porque Segismundo hacía un momento que había dejado su trono y charlaba con Federico Hohenzollern. Es probable que no hubiera escuchado nada de aquella batalla de palabras, porque D’Ailly tuvo que repetírsela. Todo el mundo sabía que esa denuncia iba dirigida contra Segismundo. Las sombras de la vida privada del rey eran bien conocidas en una pequeña ciudad como Constanza. Todo el mundo en el Concilio contaba con que la vanidad herida del soberano, haría explosión. Pero Segismundo —inesperadamente—
inclinó la cabeza y se limitó en decir en voz baja:
—Juan Hus, afirmo que no existe hombre sin pecado.
D’Ailly quiso darle la vuelta a la pregunta para que Hus cayera en la trampa, diciendo que Hus intentaba destruir la institución monárquica. La discusión —pro y contra entre Hus y D’Ailly— continuó durante horas. Al final, el cardenal intentó cerrar la disputa, dificultando el deseo de Hus de conducir su exposición con calma y sin interrupción, hacia los padres presentes:
—Magister Hus, tenéis que comprender que debéis elegir entre dos caminos: ¿Vais a someteros a la merced del Concilio, vais a aceptar nuestra decisión? Si deseáis defender vuestras doctrinas no os privaremos de ello.
¡Pero pensadlo bien! Aquí están sentadas personas de gran renombre y mentes privilegiadas que serán capaces de desmentiros con argumentos serios. Por lo que me temo que, discutiendo con ellos caeréis más todavía en graves equivocaciones, llevado del deseo de defender vuestras enseñanzas. Os digo esto con buena voluntad, y no como vuestro juez.
Cuando D’Ailly clausuró de nuevo la sesión, se fue con otros cardenales a visitar al rey. En el rincón del recinto discutieron los sucesos del difícil
día, mientras Chlum y Duba, sentados en otro rincón, les escuchaban disimuladamente. Según Segismundo, existía el peligro de que, en el caso de que Hus renegara de sus enseñanzas y recobrara su libertad regresando a Bohemia, no sólo provocaría levantamientos en su país sino también en Polonia. Y era ésa la razón por la que tenían que actuar contra él y sus seguidores, con toda severidad, particularmente contra Jerónimo.
Al salir de la sala los dos caballeros checos, contaron lo sucedido al historiador y cronista Mládenovic, quien anotó, ya para siempre, esas terribles palabras de Segismundo.
Llevaron a Hus a su celda. Ya sólo cabía esperar la condena y prepararse muy pronto para la muerte. No le dieron ocasión de expresar con libertad lo que intentaba decir; todo el juicio pareció limitarse a una apasionada acusación. Hus debió enfrentarse en solitario a más de cien inquisidores irritados que le interrumpieron a cada momento.
El calvario se prolongó todavía durante largos días. El gran éxito hubiera sido obtener que Hus actuara según las normas del Concilio. En ese caso los padres hubieran podido meditar el castigo que podía recibir el converso como penitencia. Unos hablaban de dos años de cautiverio en un convento, con una penitencia muy severa. Algunos se preocuparon de hacer llegar esos rumores al procesado, deseosos de aliviar su situación. En cambio, Hus no se ablandó y en ningún momento pensó en rendirse: redactó una Carta a todos los checos fieles escribiendo: «Esta carta está escrita por Juan Hus, mientras espera la condena para morir en su cautiverio. Dios dará fuerzas a Juan Hus y esta fuerza le sostendrá hasta que se cumpla su voluntad».
Por la tarde se presentó una delegación en el monasterio a la puerta de su celda. Eran ocho: dos arzobispos, dos cardenales y cuatro doctores de la Iglesia. Le propusieron un texto más suave de arrepentimiento, para que el
«magister» lo firmara. Hus pidió que le dijeran por escrito exactamente de qué era acusado y qué pruebas tenían. De sus palabras dedujeron que estaba dispuesto a retractarse y le dieron cuatro días para meditar. Mientras tanto le visitaron dos cardenales: D’Ailly y Zabarella, a petición de Segismundo.
También estuvieron presentes Chlum y Duba y esa reunión tuvo lugar en la sala grande del monasterio y no en la celda.
Era una visita formal pero se fue convirtiendo de nuevo en una áspera discusión. Amargado, Hus no cedió ni un ápice en sus puntos de vista: estaría dispuesto a renunciar a sus doctrinas, si podían demostrarle con textos de las Sagradas Escrituras, que estaba equivocado. Uno de los cardenales exclamó:
—¡Ya podéis ver cuán impenitente se mantiene. Y cómo persiste en sus herejías!
Cuando llevaron de nuevo a Hus a su celda, el condenado empezó a escribir la que él pensaba que sería la última de sus cartas: «No dejéis que ocurra que el señor Jan Chlum, ese caballero tan bravo que siempre fue un buen protector, corra peligro por mi culpa. Escribo esta carta desde mi prisión y esperando mi sentencia de muerte. Lo sufriré todo por Cristo…
Querido Pedro, maestro medallista, mi verdadero amigo, permíteme que te deje mi abrigo de pieles, como recuerdo mío. Dale mis saludos a la reina Sofía, mi querida señora, por todo cuanto me ha beneficiado… Y tú,
“magister” Nicolás, confesor de la reina, predica sólo en nombre del Señor».
Otoño. El cardenal saludó sonriente y en términos húngaros, al rey de los húngaros y de los romanos. Brando Castiglioni permaneció durante cuatro años en Buda, como encargado de la provincia eclesiástica de Veszprém. El papa Juan XXIII le había nombrado cardenal de San Clemente. Antes llevaba el título de arzobispo de Piacenza. Pero en el Concilio, su nombre era conocido en traducción latina como Placentinus, así como el cardenal Otón Colonna era llamado De Columna. Y en estos meses y años que los padres del Concilio pasaron juntos, llegaron a guerrear y a odiarse entre sí.
Brando Castiglioni era posiblemente uno de los más atractivos personajes del Concilio: sorprendentemente mundano, hacía poco que había cumplido setenta años, se movía con masculina frescura, luciendo sus bellos rasgos y sus alegres ojos azules y desde el primer momento se ganó a la mayoría de sus compañeros. Fue uno de los mejores diplomáticos de su tiempo, su mirada penetrante observaba a la gente y su relación con las cosas. No le gustaban las condenas graves, más bien escondía tras sus
palabras el deseo de perdonar. Nadie pudo acusarle de exageración o de ascetismo desmedido. Le gustaba el buen comer y era uno de los mejores conversadores de sobremesa. Había venido de Italia del Norte, «natione italicus» de gente «longobardus». Había sido un joven noble de una familia numerosa y de poca fortuna. Al elegir la carrera eclesiástica, identificó su destino con el destino de la Iglesia: cisma, caos y todas las conmociones de los combates fraternos de Italia.
Brando era también un gran señor de su región y cuando fue capturado en Pallavicino, quiso obtener el rescate para el obispo de Piacenza. Fue la misma época de la acción de guerra en Venecia de Segismundo.
«Placentinus» debía al rey húngaro su liberación. Así, por agradecimiento, como también por interés, se puso al servicio de Segismundo, lo que era justo. Cuando los electores germanos eligieron como heredero de san Esteban al rey romano, Segismundo llamó al obispo a la cancillería de Buda y le nombró administrador de la provincia eclesiástica y también se convirtió en canciller de la reina. Todos esos cargos iban acompañados de generosos sueldos, tanto más cuanto el futuro cardenal de San Clemente apreciaba también las devociones mundanas. Tuvo caprichos caros, le gustaban los libros bellos, los códices, coleccionaba folios y antífonas, gastó mucho en pintores; estos caprichos hicieron a Brando Castiglioni el más notable de sus contemporáneos. De «homo politicus» se convirtió en un mecenas de las artes. Por eso era normal que en la corte de Segismundo las relaciones entre los dos italianos, él y Pipo Ozorai, fueran muy estrechas. El joven burgués de Florencia y el descendiente de nobles italianos del Norte, se unieron contra la influencia de los Cillei.
Pipo apoyaba siempre que podía a su compatriota Brando, aunque tampoco Jo hacía por puro altruismo. El cardenal tenía la mejor información desde los lejanos horizontes de Europa, de los que recibía abundantes noticias. Personalmente nunca peleó contra los venecianos, por lo que los embajadores de la «signoria» tampoco vacilaron en comprar los favores de Brando.
Brando había recibido el capelo cardenalicio de manos de Juan XXIII, como culminación de su carrera En el truncado Concilio de Pisa, cuando fue elegido papa Baldassare Cossa, Brando figuraba como uno de los
agentes electores de Bolonia. Al llegar a Constanza, pudo probar enseguida cuánto habían cambiado los vientos de Europa. Con rostro sonriente y palabras bellas, se fue alejando muy pronto de su anterior patrono Juan XXIII, antes que los demás cardenales. Como ya entonces permanecía en la corte de Segismundo como diplomático, no era difícil referirse a la voluntad del rey para cubrir aquellos pasos que significaban el fin fatal de Juan XXIII.
Todos quedaron agotados en aquellas interminables horas de las declaraciones de Hus; intervención real, réplicas, alborotos incesantes desde los bancos de los doctores. Hubo individuos que se arrodillaban allí mismo, rezando el rosario, cerrando los ojos y oídos al mundo. Se fijó un descanso para la sala, pero todos tuvieron el presentimiento de que en los pasillos se estaba preparando el destino del mundo cristiano. Segismundo hizo una seña a Castiglioni y momentos después se encontraban en una habitación que unía el pasillo al refectorio.
El rey constituía una figura considerable, especialmente porque todos los ojos se habían vuelto a él, al tiempo que vivía según los privilegios del ritual. Sus andanzas iban acompañadas por la fanfarria y las cornetas, vestía siempre el manto real y en ocasiones importantes se ceñía la corona. En otras, llevaba el gorro de piel, con lo que parecía más alto aún. Todo lo cual era una pomposa «Cesares Maestas» para las apariencias, fuera del Concilio. Dentro de la sala y en los pasillos, Segismundo discutía, argumentaba, procuraba convencer a sus partidarios como a sus oponentes.
En esto se diferenciaba de los otros príncipes presentes en Constanza, sobre todo de los príncipes alemanes que no se igualaban a su rey ni en las cuestiones eclesiásticas, ni en el terreno de la gran política. Para dar su opinión en los diversos asuntos, necesitaban el consejo de sus cancilleres.
En cambio, Segismundo se movía en los pasillos como si en sus hombros llevara el peso de toda la crisis mundial. Sabía que en el caso de que el Concilio se disolviera sin solucionar el cisma, probablemente quedaría paralizado el pueblo cristiano, para provecho de los ateos.
—Así que —había dicho Brando Castiglioni, a Segismundo— bien mirado, el Concilio tiene una tarea triple, y sólo estamos en el principio,
majestad. Por una parte, en lo que se refiere a la «causa unionis», a la abolición del cisma, hemos hecho progresos, pero sólo hemos llegado a la abdicación del papa Gregorio. Eso ya está arreglado, aunque Cossa esté en prisión, pero el caso es que «dum spiro, spero» —mientras respire, espero—
y en cualquier momento podría escapar y retirar su renuncia. Y por lo que se refiere a Benedicto, si su majestad no es capaz de hacer un milagro, nosotros, padres del Concilio, tampoco. Aquel español obstinado es capaz de vivir cien años blandiendo sus amenazas.
—Vosotros los dogmáticos… Ya habéis repetido bastantes veces que la decisiva es la segunda causa, la que llamamos vulgarmente el juicio de Hus; la tercera tarea será la de la Reforma, que ni siquiera habéis empezado a tratar. Tampoco sería afortunado seguir hablando de ello, hasta que lleguemos a tener nueve pontífices en lugar de los tres de ahora. Los tres problemas mencionados están tan unidos entre sí, que no veo la posibilidad de apartar la herejía de Hus sin que hablemos de la sublevación de los maestros de Praga. ¿Acaso os habéis figurado, Brando, que los checos son peores cristianos que nosotros? Ellos viven hace medio millar de años con el Verbo de Cristo, igual que nosotros los húngaros. Ya ves, todos nosotros nos desesperamos con el cisma; porque cuando hay tres corrales y en cada corral un pastor, entonces cada pastor intenta atraerse las ovejas hacia su propio corral… Hubiera sido imposible para Hus, predicar en el templo de Belén contra el poder terrenal, contra los bienes eclesiásticos, contra los impuestos y servidumbres a Príncipes y Señores, si a la vez no hubiera ocurrido esa confusión del cisma en el orden milenario del cristianismo.
—Entonces, ¿qué sucederá con el «magister»?
—Yo tengo que marcharme de Constanza, me esperan los suizos.
Después intentaré que Benedicto vuelva a razonar, si eso es posible, con la ayuda de Femando. No podré estar aquí cuando lo lleven para…
—¿Y por qué no pedís, mi señor, que vuestro confesor os libre de esos negros pensamientos? En caso de que no recibáis la absolución por haber violado la promesa del salvoconducto, idos entonces de Constanza para terminar por vuestra parte con lo que vaya a ocurrir aquí. Volved a vuestra patria, al único país donde verdaderamente sois el rey. Bastantes quejas y malas noticias os llegan ya desde Hungría; una sola bastaría para que
decidierais volver al Este. Pero si vuestra conciencia os dicta otra cosa, mandad dos docenas de hombres armados a la cárcel y que liberen al maestro, ponedle sobre un caballo y mandadlo a la frontera de Bohemia; desde allí encontrará manera de llegar… Es también una solución…
—Ya veo, vosotros los italianos habéis aprendido bien cómo mirar y juzgar las cosas, de ambos lados.
—Somos del mar, gente de barcos y el hombre del timón tiene que prestar atención a los cuatro vientos. Cuidado con el sureste, cuidado con el noroeste, de todos lados puede soplar el viento. Y también tenemos que defendernos si lo que viene es una tempestad.
—¿Dejar libre a Hus? ¿Ahora? ¿Y qué pasaría entonces con el Concilio? Vos mismo formáis parte de él. ¿Qué ocurriría si llegan a saber que el protector no sólo ha infringido la primera norma del Concilio, sino también sus propósitos? Vos vivís entre ellos, sois uno de los padres cardenales. Vos lo sabéis mejor que nadie…
—En el caso de que ayudarais a escapar a Hus ahora, realmente parecería una desgracia. Sería la anulación del Concilio. ¡Pero quién sabe si así no podría lograrse que se calmara la tempestad! En cambio, en el caso de que mañana aten al «magister» sobre la hoguera Hus morirá. ¡Y ya no hay retomo! En Bohemia brotarían las llamas, de eso estamos seguros, pero serían llamas y fuegos mucho más duraderos que los que el Concilio encendería en Constanza.
—¿Y por qué no habláis con los del Concilio?
—Porque no quiero tener la responsabilidad de ser el causante del gran fracaso de la cristiandad.
—¿Creéis en la culpabilidad de Hus? ¿Vos que le contempláis con la mirada y los ojos del teólogo?
—Mi señor, vos mismo habéis oído que el «magister» no ha negado ninguna de nuestras doctrinas. Todo lo que parece pecado tiene su origen en su ruda naturaleza campesina. ¿Y de qué otra forma podría comportarse entre tantos soberanos y entre treinta cardenales? Hoy Hus podría salvarse, sólo con que repitiera lo que dijo ayer por la mañana, quitando aquella horrible frase contradictoria… esa en que sólo admitía sus errores si le fuera demostrado que sus doctrinas contradicen el Evangelio y eso todo el mundo
lo sabe, es abjuración. ¿Quién es capaz de demostrar con palabras de la Sagrada Escritura, que ellas se oponen a las afirmaciones de Hus? Claro, si Hus renunciara, olvidando aquellas palabras…
—¿Hablaréis con él? Os doy permiso.
—¿Y cómo haría yo una cosa así? ¿Despojarle de su única vanidad para sufrir en cambio la muerte en la hoguera, en homenaje a su verdad? Señor mío, en el caso de que Hus fuera culpable sobre las Santas Enseñanzas, yo sería el primero, simbólicamente, en encender la hoguera. Pero este hombre está pecando al juzgar sólo cosas mundanas, y expresa con una crueldad excesiva todo lo que nosotros ocultamos entre fórmulas suaves; No hablo de que quiera que los aldeanos comulguen bajo dos especies. Eso ya no es dogma. Quizá en la «trans substantia», haya alguna diferencia entre la concepción de Hus y la Iglesia. Pero él ya se había rectificado de esa equivocación suya: es la estructura de la Iglesia, mi señor; la Iglesia no puede ser tan débil como para aceptar críticas. Por eso es que…
—¡Decidlo! Pronunciad las palabras, Brando. ¿Por eso tiene que morir?
—Esa palabra nunca será pronunciada por mi parte. Nunca… ¡Y voy a emprender viaje al mismo tiempo que su majestad!
En los círculos más íntimos estaban todos enterados de que Segismundo bajo ningún pretexto quería liberar dé la cárcel al «magister» y tampoco que pudiera llegar a la ardiente trampa checa. En cambio, para guardar bien las apariencias, Segismundo tenía interés en dar a Hus la ocasión de una libre defensa, para poder expresar su opinión ante el Concilio. Pero esa supuesta indulgencia no sirvió para nada. Los padres, como si fueran estudiantes rebeldes, gritaban, golpeaban en sus bancos cada vez que Hus iniciaba una respuesta. Y de eso era responsable el mismo rey desde que habló con tanto orgullo y desprecio con el maestro, sin intentar luego facilitarle nunca la palabra para expresar sus propias razones.
Nada se supo sobre qué hizo y qué dijo Hus, desde que le volvieron a llevar a la prisión, sin que se hubiera pronunciado sentencia. La única cosa que se supo de él fue que no dirigió más la palabra a nadie, profundamente ocupado en preparar su defensa como si sólo se tratara de una polémica en la universidad.
El obispo no pudo negarse, cuando pidió libros de los Santos Padres de la Iglesia como autores. Pensaba que tendría libertad para expresar su discurso de defensa, sin ninguna interrupción. Todos los que no tenían nada que ver con el Concilio, criticaban apasionados la sesión pasada: «¡Vaya libertad que se ha tomado al hablar de esa manera al cardenal Castiglioni, el presidente!», «Claro, en tu celda estabas más callado…».
Hus respondió con rapidez:
—Es que en mi celda nadie me gritaba mientras que aquí, todos me amenazan.
A las seis de la mañana se reunió el Concilio en la catedral. En el centro habían colocado un arco de madera con una mesa. Estaba presente Segismundo con la corona puesta y alrededor de él los príncipes con sus insignias del Imperio, que aún permanecían en Constanza.
El arzobispo de Gnes celebró la misa grande. Hus apareció entre guardias armados, sus manos esposadas. Al «magister» no le dejaron entrar en el templo y durante la misa sólo pudo permanecer en la entrada, como un hereje.
El texto del sermón había sido tomado de las Epístolas de Pablo a los romanos: «El cuerpo pecador debe ser destruido».
Después de la misa plantearon los cargos de culpa; ahora Hus podía estar presente en el estrado. Bien sabía que sería la última ocasión en que pudieran escuchar su voz. Así, a pesar de todas las prohibiciones, interrumpió el discurso del consejero papal. D’Ailly gritó a Hus:
—¡Callaos ahora, más adelante podréis contestar a todo!
Hus le interrumpió:
—¿Cómo queréis que lo haga, guardándolo todo en mi memoria?
No pudo continuar, los futuros verdugos le hicieron callar. Entonces se arrodilló, como si no quisiera escuchar el resto de las acusaciones. Quedó mudo; al final se incorporó y gritó:
—Tres veces mandé mi mensaje al papa. Tiene que defenderme o instruirme en el caso de estar yo equivocado. Como no cumplió, vine a Constanza, al Concilio, por mi propia voluntad.
Además, el rey, que está aquí presente, me dio el «salvus conductus», con la promesa de que me defendería contra todos los poderes. Vine aquí
con una sola intención: Demostrar mi inocencia y dar crédito ante todos, de mis convicciones.
Al decir esto último, miró fijamente a Segismundo. Un testigo, Mládenovic escribió: «Las mejillas del rey enrojecieron de vergüenza».
Los enterados ya sabían que, en la madrugada y cuando el rey se estaba vistiendo, irrumpieron dos checos en su habitación: Duba y Chlum. No sólo rogaron sino que también amenazaron a su majestad romana: debía de pensarlo bien sobre lo que podría ocurrir en Praga, cuando se supiera el tratamiento que se había dado a ese hombre que estaba bajo la protección de Segismundo. A raíz de ese encuentro el rey llegó iracundo al juicio. Porque como su naturaleza era muy influenciable, lo veía todo ahora con los ojos de los checos.
Al comienzo el ambiente era frío. Se ocuparon de los principios de Teología, como son tratados en las discusiones sobre religión. Entre los cargos de la acusación, destacó el dogma de Wycliffe sobre la «presencia».
Hus se puso de pie y dijo que no estaba de acuerdo con el dogma de Wycliffe. Brotaron ruidos de protesta: era un punto importante, con el dogma se podía demostrar mejor la herejía de Hus. Un doctor inglés que no estaba de acuerdo en dar la razón a su compatriota y colega lejano y difunto, insistió en defender a Hus. El ambiente se hizo apacible pero Hus expresó su opinión sobre Wycliffe, analizando su dogma así como sus propias interpretaciones y sólo estaba dispuesto a cambiarlas en el caso de que demostraran ante él, que ambos estaban equivocados. Fue como echar nuevamente aceite al fuego. La atmósfera, que al comienzo era pacífica, empezó de nuevo a agitarse: Hus repetía obstinado que había venido a Constanza por su propia voluntad. Y en el caso de que se hubiera negado a venir, nadie habría podido obligarle. Era un hombre terco, muy terco…
Brando Castiglioni balanceaba su cabeza. Nunca un italiano hubiera actuado así para excitar a sus enemigos.
Inesperadamente —sin pedir la palabra al cardenal presidente— el caballero Chlum intervino en la discusión. Dijo en un latín bastante malo, que a pesar de que él no era un gran señor en Bohemia, si Hus hubiese querido, lo habría aceptado en su castillo y puesto bajo su protección.
Tampoco esto le gustó a su majestad: intentó en checo hacer callar a Chlum,
pero el público alabó mucho a su compatriota; y ya nadie habló de la «trans substantia».
De pronto, el cardenal D’Ailly reprochó a Segismundo que, aunque no formalmente, en realidad estaban protegiendo al hereje de Praga: su majestad romana estaba obligado a defenderse. Dijo que lo que él pretendía era dar la oportunidad de que Hus se expresara libremente, con la misma libertad de todo el mundo, pero que se había equivocado al pensar que esto salvaría su pellejo. ¡El rey romano de ninguna manera sería capaz de salvar a un hereje!
La sesión de este día terminó con el triunfo de los «nominalistas» sobre los de Praga. Unos hablaban de los checos fieles al rey como Duba y Chlum, y el rey personalmente se inclinaba hacia ellos, de eso no había duda…
Gerson era el líder espiritual de los teólogos. Ese doctor de París tuvo que buscar durante semanas hasta poder encontrar entre los escritos de Hus, la figura de una herejía. Era difícil, porque la mayoría de los escritos del magister se habían difundido en Praga, en lengua checa. Ante todo estaban obligados a traducirlos al latín, a veces mal y poco exactos, para uso de la acusación. Y allí se trataba de irnos análisis dogmáticos donde la mínima desviación contaba. Estas imperfectas traducciones causaban incertidumbre en Gerson que no sabía por dónde atacar, cómo poner el dedo en la llaga de las cosas, saber cuándo podía equivocarse.
Tampoco estaban los padres de acuerdo con el comportamiento humano de Hus. El «magister» actuaba frente a sus jueces como un igual y no como un acusado despojado de todos sus derechos y desamparado ante el veredicto.
Al día siguiente los ánimos se hallaban en el colmo de la excitación, ante la lectura de los 39 puntos de la acusación. Hus interrumpió a menudo al «prelatus» que criticaba, censuraba, rebatía. A la cuarta vez que Hus interrumpió, D’Ailly pidió al acusado que terminara con la sofística empleada. Debía de someterse sin ninguna condición a las órdenes del Concilio. Hus replicó, con la misma energía, que su mayor deseo era que desvirtuaran o destruyesen sus dogmas. Sería el primero en reconocerlo, si así fuera.
D’Ailly no quiso profundizar los conceptos y rápida e inesperadamente anunció que las palabras de Hus, significaban que Hus se inclinaba ante el Concilio:
—¡El Concilio, después de vuestras palabras, os conjura a que declaréis públicamente el arrepentimiento de vuestros pecados!
—Lo declararé sin tardanza: me arrepiento en el momento mismo que demuestren que cualquiera de mis dogmas contiene herejía. Pero no podéis pedirme que renuncie a unos dogmas que nunca he pronunciado, y que debéis leer ante mí.
Segismundo, irritado, le interrumpió:
—¡Tu obstinación te perderá!
El cardenal presidente se incorporó señalando un descanso. De antemano habían acordado no llevar la discusión demasiado lejos. Durante el descanso, el cardenal de Florencia, Zabarella, se comprometió a preparar unos dogmas equivocados, que el mismo Hus podía admitir bajo juramento sin humillarse demasiado, y que al mismo tiempo podían satisfacer a la mayoría del Concilio. En ese punto, los padres ingleses se unieron a ese pacto secreto, con el pretexto de que Oxford quería servir de intermediario.
Por otra parte, resultaba dudosa la prolongación de la polémica llevada de aquella manera; sobre todo a causa del mismo Hus que perturbaba el orden de la causa, para obligarles a llevar las cosas por la vía contenciosa.
Personalmente el acusado estaba bajo la custodia del obispo de Riga: el clérigo principal se inclinó hacia la Orden de los Caballeros teutónicos, que odiaban a los polacos y también a los checos.
El Concilio —según el acuerdo tomado en el descanso— decidió que realmente habían interrogado bastante al acusado: ya era tiempo de pronunciar sentencia. Nadie lo dudaba ya en la sala: la sentencia era esperada.
Segismundo no entró en la sala. Se retiró al alféizar de una ventana para hablar con Federico de Hohenzollern. El rey debió de sentir que Hus le acusaba a él y que, cuando atacó, era sobre él que su mirada se había detenido fijamente.
—Vosotros mismos podéis ver —dijo el rey a dos obispos cercanos—
cuán obstinado és… Habéis, de sentenciarle y publicar la sentencia en todos
los países donde sus dogmas se hayan difundido.
Formaron un círculo alrededor de Gerson; todavía no se había reanudado la audiencia. Según el criterio de París, la herejía de Hus estaba ya sin duda totalmente probada; pero sólo se podía condenarle una vez demostrada su culpabilidad. Por ejemplo, lo que Hus afirmaba sobre la necesidad de una reforma de la Iglesia era correcto, ¿qué otra cosa quería el Concilio? Pero eso sí, sin fomentar inquietudes ni rebeliones, con calma, con cálculo. Todo el mundo debía de saber que los parisienses eran los luchadores más fervorosos para poner al día una Reforma.
De entre los acusadores, representaba un papel importante Stefan Palee, que condenaba a Hus en nombre de la Curia municipal de Bohemia. Palee no se refería a sus dogmas sólo en latín, sino también en lenguaje checo. Y
de esa forma, además de los 39 fundamentos de la acusación oficial pudo añadir una lista accesoria de 26 puntos más. A pesar de todo, el Concilio, después de una larga discusión, decidió continuar con el interrogatorio del acusado, esperando todavía lograr su conversión. Pensaban que la noche es larga, pensaban que los caminos de Dios, con su gracia y con la ayuda de un buen consejo, le inducirían a ser razonable. Sólo podía ayudarle una rendición humilde, la que sería suficiente para salvar su vida. Sería el gran triunfo de la Iglesia… ¿Y después? ¿Qué es lo que ocurriría con el
«magister»? Bueno, qué más daba… La noche es larga.
Y al día siguiente —como quien se despierta fresco y renovado— Hus, con nuevas fuerzas y con todo su temperamento comenzó a discutir de nuevo. Dijo que muchos dogmas no eran suyos. Pero cuando eran otros los que los mencionaban, movía su cabeza afirmativamente, reconociendo así los suyos como propios.
—Renunciaré a ellos solamente en el caso de que se nos demuestre que están equivocados, confrontados con la palabra de Dios.
—Se mueve en un círculo vicioso —dijo Brando Castiglioni al obispo de Perusa que estaba sentado a su lado.
La polémica invadía de nuevo territorios peligrosos, sobre el dilema de si el sacerdote pecador sigue siendo sacerdote o no, aun en el caso de que se tratara del mismísimo papa.
—Pero el rey pecador, tampoco es rey ante Dios…
Hus volvió a mover afirmativamente su cabeza: Así es, «ita est».
Segismundo interrumpió irritado:
—¡Nadie está libre de pecado, ni yo ni vos!
El arzobispo de Cambrai se dirigió a Hus:
—¿No es suficiente con que afirméis que el papa es un pecador, ya que no le estimáis como papa, sino que también queréis derribar del trono a vuestro propio rey?
Hus calló. Después de un silencio, continuó el arzobispo:
—En el caso de que renunciéis a vuestras doctrinas y os sometáis obediente al Concilio, podéis contar con un juicio misericordioso, tomando en cuenta la buena voluntad de los reyes Segismundo y Wenceslao. Pero si os mantenéis obstinado, ¡en ese caso ya podéis prepararos a lo peor!
—No he venido a Constanza para enseñar mi obstinación, según vuestras propias palabras. ¡Cómo podría yo renunciar a todas mis doctrinas, sobre todo si una parte de ellas jamás han sido pronunciadas por mí! Por otra parte, repito de nuevo lo que ya he dicho: que estoy dispuesto a renunciar a todo, cuando me demostréis que mis doctrinas no son correctas.
Segismundo habló entonces, con voz muy suave:
—¿Y qué miedo te da renunciar a unas expresiones que, según tus propias palabras, nunca has pronunciado? Por lo que a nosotros concierne, estamos dispuestos a admitir nuestros errores reales. Si no actuamos así,
¿cómo podríamos creer que jamás has pronunciado aquellas frases?
Tenemos que suponer todo lo contrario…
—Majestad, hay una diferencia enorme entre renunciar a unas doctrinas, o renunciar a todas.
—Te lo repito una vez más: si eres inteligente, tienes que someterte al Concilio. Y en el caso de que no lo hagas, habrá que dejar que la ley siga su curso.
El ruido empezó a crecer en los bancos de los doctores. Se oyeron unos gritos agudos:
—¡Condenáis a un condenado!
Hus repitió tozudamente, aunque con serenidad:
—No me considero un obstinado. Tenéis que comprender que no puedo renunciar a mis doctrinas por entero.
El obispo Palee se levantó para hablar:
—No estoy acusando a Hus solamente como cristiano, sino también como súbdito checo, y mi acusación es la de que está perturbando la paz del país. La Praga de hoy parece una colmena enloquecida; más bien, un nido de avispas. ¡Ayudadnos, padres, a escardar la cizaña! ¡Y tenéis que apresuraros!
El cardenal indicó que retiraran de la sala al acusado. Después del alboroto, el silencio y luego la voz del rey:
—Son muchas las acusaciones que penden sobre la cabeza de Hus. En el caso de que no renuncie a sus doctrinas, merece la hoguera. En caso de poder convencerle todavía y de que se incline ante el Concilio, habrá que prohibirle de todas maneras el ejercicio de la enseñanza, el regreso a Bohemia.
Los que podían apreciar los cambios del ambiente en el Concilio, notaron cierta incertidumbre en la voz de Segismundo, como si el mismo rey no estuviera seguro del juicio, como si tuviera miedo.
Llegaron a Segismundo unas líneas desde la prisión del convento, escritas por el puño de Hus, con su letra perfecta y su bella caligrafía: «¿Por qué me condenáis antes que mis enemigos?».
Después, las palabras definitivas de Segismundo ante el Concilio:
—Era yo joven todavía, cuando la secta empezó ya a extenderse por Bohemia. No es sólo Hus quien significa un peligro; padres, debéis prestar asimismo la mayor atención a Jerónimo de Praga.
Chlum, Duba y Mládenovic, que representaban a las órdenes checas, abandonaron la sala cuando se llevaron a Hus fuera. Lo cual significaba que no querían presenciar los hechos del recinto. ¿Pronunció realmente Chlum aquellas palabras o fueron sus enemigos los que las han puesto en su boca?
«El comportamiento del rey romano en la sesión de hoy le costará un día el trono de Bohemia.»
Pasó todo un mes y ya se estaba disponiendo oficialmente el veredicto.
El juicio estaba cerrado sin que el acusado hubiera retrocedido. La fórmula condenatoria que el cardenal italiano propuso pudo ser menos severa, lo que
los mismos enemigos de Hus hubieran deseado, si no fuese porque el mismo «magister» no lo aceptó.
Contenía un texto que decía: «Yo, Juan Hus, declaro haber sido acusado de hacer varias declaraciones que nunca he pronunciado y que ni en mis pensamientos se me hubieran ocurrido. Por lo que todas aquellas afirmaciones que me culpan de haberlas expresado, según lo declaran los testigos, estoy dispuesto a renunciarlas según el deseo del Santo Concilio.
Repito que estoy dispuesto a abjurar todo cuanto el Concilio me pide para obtener la salvación de mi alma».
Pese a que el «magister» habló más duramente en la cárcel que en la sala del juicio, ni allí quiso renegar de sus enseñanzas; pero en el curso de tantas turbias discusiones, ese hombre martirizado por varias enfermedades, ese asceta amenazado se sentía cada vez más débil. Sobre su rostro se imprimían las variaciones de sus sentimientos, desde la palidez mortal hasta el rojo colérico.
En su soledad tuvo que familiarizarse con la idea de la hoguera. Supo que ante el Concilio no tenía otra alternativa: la renuncia a sus doctrinas o el veredicto sin piedad.
Inesperadamente le visitó en su celda su enemigo Palee. Hus y Palee, dos checos —que hablaban checo entre sí— colocados en ambas orillas de un gran abismo. Y a pesar de todo, estaban unidos en esa hora decisiva por el lazo de una infancia compartida, años de la universidad pasados juntos, los lazos del idioma natal. Palee abrazó a Hus y llorando le pidió que dejara de actuar con esa obstinación y aceptara una fórmula modera, da: con ello todo el mundo estaría satisfecho, aunque les preocupase el destino terrenal de Hus en el futuro.
El mismo Palee se retiró destrozado, después de aquella hora amarga y prolongada: no pudo conmover a ese hombre en aquel instante suyo de soledad. Después sería tarde —se encontrarían frente a frente en el Concilio
— y Palee sería su enemigo más peligroso… ¿Es que no podía comprender? Si el Concilio no destruía el foco del incendio, el Mal se apoderaría de todo el cristianismo. Pero si el pontífice de Praga hubiera sido capaz de obtener de Hus el texto de su rendición, Palee hubiese sido el
héroe del día en el Concilio, y hubiera podido esperar incluso el capelo de cardenal. Por eso, seguramente, salió tan desesperado.
La próxima vista pública estaba fijada para el 15 de junio. Se decidió quemar todos los escritos de Hus que encontraron en Constanza o en cualquier lugar que se hallaran, todos sin excepción. Fue una decisión que proyectaba simbólicamente la sombra del veredicto que el hombre podía esperar.
Inesperadamente, Segismundo comunicó que no participaría en las próximas sesiones. Tenía que emprender viaje para el bien de la cristiandad, intentando ablandar el terco corazón del papa español. Consideró el tiempo apropiado para marcharse —con un séquito pequeño— hacia los Pirineos.
Los entendidos sabían que había elegido justamente la partida en esa época, en mitad del verano, para evitar estar presente en esas últimas sesiones, definitivas en el proceso de Hus. Antes de su viaje envió a Hus una delegación, no solamente a petición de los señores checos, sino también para calmar su propia conciencia.
La delegación rogaba a Hus, en nombre del rey, que cesara de actuar tan obstinadamente. Esta vez, la negativa del «magister» fue dura y rotunda.
Era como si ya estuviera preparándose para la muerte. Con palabras breves e inconfundibles repetía. «No renunciaré».
A pesar del cautiverio, a Praga pudo llegar una carta escrita por él.
Circuló entre sus colegas más queridos, entre sus amigos, quienes la copiaban e incluso la divulgaban entre los estudiantes. Su parte básica repetía que Hus no estaba dispuesto a renunciar en una sola línea a sus enseñanzas.
A petición del Concilio, Duba y Chlum convocaron a una reunión solemne en un último intento para que el «magister» entrara en razón.
Acaudillada por cuatro obispos, entró la delegación en la habitación del prior, porque eran tantos que no hubieran podido entrar todos en la celda de Hus. Al llegar Hus allí se dirigieron a él de nuevo para convencerle de que salvara su alma. Le rogaron que aceptara la fórmula de la renuncia. Pero esa misión era imposible y bien lo sabían de antemano; se trataba más bien de una formalidad, un intento por la salvación de un alma perdida. Regresaron
sin éxito. Los dos checos, al salir, saludaron en silencio al «magister». Hus hizo lentamente el signo de la cruz, en la dirección de sus compatriotas.
Todos los que pudieron hablar con él en estos últimos días, tuvieron la impresión de que se había resignado con el pensamiento de su muerte. En su soledad rechazó todo cuanto consideraba temporal, signo de la debilidad humana. Hablaba como si ya no viviera en este mundo y sólo cuando alguien se refería a Segismundo volvía a ponerse furioso:
—El rey no ha tenido siquiera la precaución de Pilatos: Segismundo ha acusado a la persona que tenía que defender. No sólo no mantuvo su promesa de inmunidad, sino que incitó a todos contra mí.
Los últimos días estuvo preparando un mensaje para sus partidarios de Praga. Este último mensaje logró salir de su celda: y en los años que siguieron, los ejércitos husitas mencionaban esa carta, cada vez que iban al combate.
Brogli presidía. Juan Hus se arrodilló esperando el veredicto. Pero se incorporó indignado, al escuchar que un obispo leía los cargos como si estuvieran ya demostrados. Después de lo cual el cardenal presidente mandó llevar al magister fuera de la iglesia. La sentencia fue rápidamente pronunciada:
—Es evidente que Juan Hus es un hereje y de ello no queda ya ninguna duda. Por esta razón debe ser despojado de su cargo y título de sacerdote y de todos sus privilegios.
Entre los no religiosos —sobre todo entre los caballeros que estaban presentes en el recinto— levantó gran indignación el modo en que Hus era tratado y muchos se manifestaron violentamente saliendo de la catedral.
Estaban presentes asimismo los príncipes de toda Europa. Todos sabían que eran los últimos momentos del drama; un último momento en que Juan Hus podría renunciar aún.
Segismundo, que estaba preparando su viaje, no quiso en un principio estar presente, pero fue advertido de que el Concilio consideraría su ausencia como si el rey se opusiera a la condena del acusado.
La sesión comenzó con una misa. Hus no pudo presenciarla por ser considerado hereje, y le fue negada la entrada hasta después de la lectura
del veredicto. Pero el cardenal de Ostia puso un reclinatorio para el acusado y allí fue llevado el magister. Pronunció el sermón el obispo de Lodi, quien dirigió sus palabras a Segismundo: «Majestad, destruye las herejías, sobre todo destruye al obstinado hereje». Después del sermón, el magister tuvo que salir de la iglesia.
Con esto, el cardenal presidente quiso evitar, probablemente, que en la lectura del veredicto brotara alguna discusión entre el acusado y sus jueces; no faltaron las comparaciones con la Pasión bíblica. Puesto en marcha el veredicto, antes de entregar a Hus a las autoridades civiles, tenía que ser despojado de todos sus atributos eclesiásticos y había que restregar el santo óleo que un día se colocó en su frente y en su mano.
Segismundo se había ya comunicado con Luis, duque del Palatinado:
«Te lo transferimos en nuestro nombre, para que actúes con él como un hereje se merece». El duque no quiso ser personalmente verdugo, así que traspasó el encargo al duque de Pappenheim, mariscal del emperador, y al alcalde de Constanza, a Ulrich von Ulm.
Llevaron al magister al patio, donde sus libros se estaban quemando en la hoguera. Una gran muchedumbre rodeaba el fuego: nobles, guardias, estudiantes, transeúntes. Mientras Pappenheim acompañó a Hus de regreso a su celda, trató de convencerle: aún había tiempo para renunciar a sus dogmas. El magister repetía mecánicamente sus propias palabras:
—Si demuestran que estoy equivocado, renuncio a todo.
—Es la muerte —dijo Pappenheim.
—Estoy dispuesto a renunciar a todo, mi Señor, si me demuestran con el Evangelio que yo he cometido herejía… Pero no voy a renunciar a nada de lo que nunca he afirmado. Amén.
Detrás de Pappenheim destacaba la sombría figura del verdugo y sus dos ayudantes. El mariscal vaciló con un movimiento espontáneo: hubiera querido abrazar al magister, a un hombre que iba a morir pero se contuvo e hizo un gesto de renuncia, señalando al verdugo. El traspaso estaba hecho: el condenado era suyo.
Todo tenía un valor simbólico: el corro mundano, el verdugo con su negra capucha y con las manos sobre sus hombros. Ceremonia temible. Los elementos tradicionales del verdugo: los ojos centelleantes bajo la tela de la
capucha, los alabarderos, todo preparado para esperar que en la debilidad de la naturaleza humana el condenado exclamase: «¡Voy a renunciar!
¡Renunciaré a todo cuanto he dicho, pronunciado, escrito, pensado! ¡A todo por lo que he luchado en Praga, en el púlpito de Belén, en Constanza! ¡Sed misericordiosos conmigo, a vuestras manos me someto, padres del Concilio!».
Eso era lo que esperaba Pappenheim de la presencia del verdugo: un espectáculo duro y desnudo, ajeno al hombre de estudios. No es lo mismo cuando uno escribe repitiendo, jugando con la palabra: hoguera. ¿Acaso no había visto cómo devoraron las llamas las obras de Wycliffe en Praga, por orden del arzobispo? Pero no es igual que un hombre vivo, atado, sometido a la tremenda agonía. Hacía mucho que en Praga no habían quemado a un hereje…
Le llevaron de nuevo: empezó la solemne ceremonia del vestido. Para ponerle el hábito de comulgante le desataron las manos, una vez vestido tuvo que coger el cáliz en su mano, como para la misa, y así le llevaron al altar de la catedral, para escuchar la sentencia. El arzobispo de Milán era el encargado de dirigir la terrible ceremonia. Antes de leer el texto oficial, se dirigió a él con fuertes palabras: tenía que arrepentirse de sus pecados, renunciar dócilmente y ponerse en las manos del Concilio. Hus contempló la luz de las velas, sin decir una sola palabra. Allí estaba de pie, inmóvil, descubierto.
Tenían que quitar el cerquillo de la tonsura de su cabeza. La gente discutía la manera de hacerlo y con qué: ¿Con una tijera, con un cuchillo?
Inesperadamente pronunció el magister unas palabras con extraordinaria calma y mirando directamente a Segismundo, que estaba presente:
—Hasta en una cosa tan pequeña como mi pelo, tampoco estáis de acuerdo…
Finalmente, una vez eliminada la tonsura, le pusieron sobre la cabeza una gran coroza de papel donde estaba escrito en grandes letras:
«Heresiarca», el más grande de los herejes.
El arzobispo de Milán concluyó el acto del despojamiento de sus atributos eclesiásticos y después llevó al condenado a presencia del rey:
—Pido a su majestad clemencia para su vida, y que cambie la condena por la de cautiverio perpetuo, para que pueda reflexionar y arrepentirse de sus pecados.
Todo lo cual eran palabras convencionales, pues el único que podía indultarle era el mismo arzobispo. Pero hasta el último momento seguían todos esperando que el magister se arrepintiese; esperaban verlo retroceder cuando el sudor de la muerte cubriera su frente. A ver si entonces exclamaba por fin aquella única frase, la que podía dar vuelta a los dados:
«¡Estoy arrepentido!».
Luis, el duque del Palatinado, ordenó que llevaran al condenado al juez de la ciudad de Constanza:
—Dejo en vuestras manos a Juan Hus a quien tenéis que quemar en la hoguera por hereje, según la orden de nuestro señor clemente, el rey.
Constanza era una ciudad cerrada y murada; sus habitantes habían podido ver decapitaciones, ahorcamientos, pero nunca se había encendido una hoguera intramuros, quizá por miedo a los incendios. Decidieron que ante la probable muchedumbre que viniese y por temor al viento que pudiese levantar el gran fuego, el acto tuviese lugar afuera, más allá de los muros. Luis, el duque del Palatinado, ordenó a sus ochocientos guardias armados que rodearan el lugar con gruesas cadenas. Aunque no hubo noticia de ningún movimiento y los habitantes parecían tranquilos, nunca se puede saber si no brotará de pronto algo turbulento, además de que podían haberse infiltrado en la ciudad hombres de Praga.
El bosque de lanzas de los soldados, servía de escolta al magister, que avanzaba con la coroza sobre su cabeza, y el hábito grotesco de los condenados al fuego. Entre tantos guerreros, entre tantos nobles y eclesiásticos caminaba él, solo —un solitario— con pasos firmes, sin miedo sobre el rostro. Le seguía un fraile que iba rogándole en voz baja que dijera las palabras de arrepentimiento: era ya la única manera de que le pudieran dar la absolución de todo cristiano.
Hus rezaba en voz alta, como alguien poseído del éxtasis celestial.
Cuando llegó ante el enorme poste de madera colocado en el centro de la hoguera, hizo a la gente ademán de querer hablar. Pero el duque Luis hizo rápidamente una señal, antes de que se oyeran sus palabras. A pesar de
todo, las palabras de Hus llegaron: perdonaba a sus enemigos, daba gracias a los guardias de la prisión por su humana conducta. Del rey y de su falso salvoconducto, no dijo una palabra. Después empezó a cantar en voz baja un salmo, pero a medida que cantaba, su voz era más fuerte. Ya estaba encadenado al poste, sobre los troncos. El verdugo y sus ayudantes, aguardaban la señal con teas encendidas para prender fuego en la leña que se alzaba rodeando a Hus hasta la altura del mentón: era un acto de piedad, para que le alcanzara antes la muerte por asfixia, Luis y Pappenheim se acercaron una vez más al magister y le rogaron:
—Ha llegado el último momento, todavía estás a tiempo de salvar tu alma y tu vida. Estás en condiciones de hacerlo… Una sola palabra bastará… ¡Solamente una palabra!
El canto de Hus ascendió con nueva fuerza: estaba dispuesto a salvar sus enseñanzas con su propia vida. Pappenheim hizo un ademán con sus manos enguantadas. Desde tres direcciones pusieron fuego a la leña que no tardó apenas un instante en inflamarse y las lenguas azuladas y luego rojizas de las llamas subieron y le rodearon.
Una viejecita avanzó separándose de la gente con una rama en la mano que echó en el fuego. Hus la vio: «Santa inocencia…» dijo y reanudó el interrumpido salmo recomendando su alma al Señor. Caía una llovizna sobre Constanza, pero sin tormenta, y reinaba un calor bochornoso. Y
luego, el humo ascendiendo en espirales, la leña convirtiéndose en brasas, la Voz.
Juan Hus tenía cuarenta y nueve años cuando murió extramuros de la ciudad de Constanza. Era el día 6 de julio. Cuando se consumieron las maderas, cuando la hoguera se hubo enfriado, los verdugos retiraron las cenizas del centro, donde antes estuvo el gran poste de madera… Según la norma, dispersaron las cenizas en el agua del lago.
Segismundo no se quedó a presenciar el final de la ejecución y sólo unos pocos cardenales y príncipes estuvieron allí. Se dijo que el doctor Gerson esperaba la noticia en la residencia de los franceses, en donde vivía.
Toda la gente de buena voluntad tuvo hasta el fin la esperanza de un milagro: que el magister, a pesar de todo, pronunciara finalmente las palabras salvado, ras, aunque ellas destruyeran sus enseñanzas.
Cuando los franceses que presenciaron la quema, regresaron y contaron lo visto, Gerson se arrodilló y empezó a llorar, acusándose violentamente y tirándose de los pelos. Se dijo también que muchos de los padres del Concilio se encerraron en sus casas. Ese día no hubo fiesta en ninguna parte. El humo de la hoguera se fue posando en la noche. Constanza se había convertido en una ciudad de fantasmas.
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