Poker de Papas
Capítulo 22
NAVIDAD en Avignon, Había pasado un año desde que desfiló en Constanza, entre campanadas y nieve: Bárbara montaba a caballo a su lado, con manto de brocado con oro y los copos de nieve adheridos a sus largas pestañas, mirando sonriente hacia los balcones de las casas de tejados en pico, en donde ondulaban los pañuelos, y sonaban estridentes las cometas de los suizos. ¡Cuántas cosas transcurridas en sólo un año…! La renuncia del papa Gregorio, la renuncia del papa Juan, su fuga, su cautiverio, el gran proceso de Juan Hus, el humo de la hoguera que el viento de julio había llevado hasta su ventana; su partida de Constanza, problemas oscuros y, más tarde, la primera moza francesa a quien pudo abrazar. Malas noticias de Buda y Perpignan. Después, sentarse frente al anciano, sentir desde las primeras frases que estaba hablando con una roca, que la gota no podía taladrar la piedra. Era un hombre que creía en su mandato, en la pureza de su elección. Nunca renunciaría: había que llevárselo por delante y borrar al honrado anciano de la lista de los papas. Las campanas de Perpignan…
Estar sentado durante tres meses frente a Pedro de Luna, con el profesor de leyes de la famosa Universidad de Montpellier; con el mismo Luna, que ya una vez pudo escapar del cerco de los cardenales franceses, quienes le dieron un ultimátum y le encerraron durante tres años en el castillo de Avignon. Que conoce bien la amargura de los pontífices exiliados en lejanos castillos de piedra. Ahora tendría que condenar a este anciano puro con la acusación de herejía, en el caso que retornara a Constanza. Nadie más que el duque de Armagnac respaldaba a Benedicto XIII, nadie más le era fiel. ¿Habría que quemar simbólicamente a Luna en una hoguera, extramuros de Constanza?
Las campanas de Avignon… ¡Qué inmenso era el castillo de los papas, asentado en el corazón de Avignon, con la ciudad edificada alrededor!
Intacto como estaba, ya que nunca tuvo que aguantar asedios, todos los pontífices que residieron allí, fortalecieron cada vez más sus murallas.
A Segismundo le encantaba conocerlo todo, visitar castillos, iglesias, cuadros: anduvo de sala en sala por el castillo. Hablaban de los papas de otras épocas, historias que le había contado en su niñez Wenceslao, su hermano; recordaba que también su padre había mencionado los problemas que tuvo con Avignon. La sala grande… Segismundo paseaba viéndolo todo, como huésped que era en el castillo de los papas.
La sala grande. La tradición de la rama húngara de los Anjou había hecho de Juana de Nápoles una ramera, asesina de su marido; Pero según los verdugos de Carlos el Pequeño, solamente obedecían órdenes venidas de otro castillo. Y treinta años después, estrangularon a Juana durante su cautiverio… Entre los muros de esta sala grande, adornada con frescos, dictaminó justicia el santo padre Clemente VI, que envió una rosa de oro a Juana, después de pronunciada la sentencia. Juana no tuvo parte alguna en la muerte de Andrés, en Aversa. Después de lo cual, Juana regaló Avignon y sus alrededores a la santa Iglesia. (¿Antes o después del juicio?) ¿Qué había prometido al papa? El mayordomo francés le acompañaba de una sala a otra. Se detuvo en la Sala de las Audiencias: aquí estaba el trono de Clemente, a su derecha y a su izquierda estaban sentados los cardenales, allí, a la derecha los embajadores de Luis y en el centro la reina, sentada —
bajo los cargos de la acusación—, y ahí estaba el banquillo para arrodillarse, del que la reina se incorporó para defenderse en latín, durante dos largas horas. ¿Hubo algún clérigo testigo o algún guardia, que hubiera oído las palabras de Juana de Nápoles? Segismundo escuchaba con gran interés al mayordomo. El francés habló de «la bellísima Joanna» y no pareció importarle mucho el que los húngaros la despreciasen por asesina
—de su esposo; Segismundo, entonces un adolescente en la corte húngara, había aprendido ya de sus maestros que no se debía mencionar el nombre de la mujer perjura ante el rey Luis. Juana, a pesar de todo, seguía reinando con su dudoso poder, en Nápoles. Sobrevivió a Luis el Grande; sólo más
tardé apretaron el dogal de seda en torno a su cuello, debido a las intrigas de Carlos el Pequeño.
De Juana I pasó a recordar a Juana II, que tendría entonces alrededor de cuarenta años y según las descripciones de los delegados, debía de ser muy hermosa todavía. Cambiaba de amantes con frecuencia; el general más famoso, Sforza, estaba a su sueldo y la Ciudad Eterna seguía bajo su mandato. Por esa razón no pudo ir a Roma el papa nuevo elegido por el Concilio, mientras no se reconciliara con Juana II. El mismo Segismundo no podía ir a la Urbe, para que el nuevo pontífice le coronara emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, hasta que no firmaran la paz con ella…
Juana descendía de la misma rama de los Durazzo que el pretendiente al trono, Ladislao, fallecido hacía apenas un año… ¡Qué de sombras, en el instante mismo de su triunfo, encontrarse con los fantasmas de sus antepasados, los Anjou, en el castillo de los papas!
Azincourt. Cuando llegaron los detalles de la derrota los cadáveres estaban ya helados hasta los huesos, en los campos, hacia finales de octubre. ¡Qué seguros de sus propias victorias estaban los franceses! (No era la primera vez: ya habían brindado por la victoria, también antes de la batalla de Nicópolis.) Pero esta vez no quedaron tan orgullosos de sus triunfos, como antes de Azincourt. Comentan que Enrique V se había retirado con sus ingleses a Calais, sin perseguir a los guerreros que quedaban. Carlos de Francia había enviado a Segismundo un mensaje, invitándole a ir a París como prueba de su buena voluntad; y le había ofrecido trescientas monedas de oro diarias para sus gastos, mientras permaneciera en tierra francesa. ¿Era mucho o poco? Mas sí la primera vez que recibía dinero de un soberano por cruzar sus tierras, desde que comenzó su viaje. Los gastos eran muchos, había que pagar por todo lo que su ejército consumía.
¡Por fin llegó una buena noticia! Era un mensajero de Lyon: el conde Amadeo de Saboya llegaba desde su pequeño país a Francia, para reunirse con el rey del Imperio. Amadeo quiso estar entre los primeros señores de las ciudades de Italia, para pedir el título de duque: después del «Dux» de Venecia y del soberano de Milán. ¿Significaría esto que Amadeo estaba dispuesto a renunciar a los señoríos de Mantua, Ferrara, Urbino y Parma?
Todos los que ascendieron, desde simples soldados de fortuna o desde una rica burguesía hasta lograr la señorial nobleza, todos aspiraban a obtener la grandeza del «Dux». No importaba el precio que tuvieran que pagar por ella. La casa de Saboya tenía fama de ser muy rica: si se decidían a venir a Lyon —el provinciano señor italiano— era porque sabía que le costaría mucho oro. El título de duque es muy caro, y unido a su consagración imperial, tendría que ser aceptado por todos los duques alemanes. Entonces el señor italiano podría acceder al rango de los príncipes imperiales. Valía más que cualquier título que un güelfo recibiera como «duca», del mismísimo santo padre. «Vamos a ver… conque ha venido Amadeo, a pesar de todo. Y habrá venido con dinero…»
La entrevista de Lyon obligó a Segismundo a viajar a Turin para presenciar la ceremonia italiana de esa elevación de rango. No fue mucho lo que Amadeo prometió por el momento —doce mil monedas de oro— pero era dinero limpio, que nunca habría que devolver, y que no pesaría ni sobre Hungría ni en el Imperio. En la misma visita, pudo robustecer al mismo tiempo los privilegios de la Universidad de Turin. Sería una modesta suma la que percibiría por ello. Pero el «Alma Mater» paga enseguida.
Por el momento, faltaba París. A su llegada, Segismundo estaba convencido de que para reconciliar a los soberanos de Inglaterra y de Francia, tendría que navegar hasta Londres. Llegó con un millar de caballeros a la capital francesa, la mayoría húngaros. Éstos eran los más fieles, los más humildes, siempre de buena voluntad, señoriales, todos nobles. Al llegar el rey a las puertas de París, desmontó del caballo para arrodillarse en el barro frente al primer crucifijo de piedra, para que ésta fuera una hora bendita en la reconciliación de los cristianos. Y si todo salía bien, Europa entera ya podía disponerse para la lucha contra los turcos, y reconquistar Jerusalén de manos de los paganos.
Pero cuando por primera vez habló con el canciller francés sobre los paisajes del sur del Asia Menor, de una Constantinopla amenazada, le miraron sin comprenderle. «Majestad —leyó en sus miradas— no se trata ahora de Jerusalén, se trata de los ingleses…»
¿Qué intuición dictó a Segismundo cuando en los primeros días de marzo entraba en París —cubierto con coraza negra, sin yelmo, con ropaje negro adornado con una gran cruz delante y otra en la espalda— la noción de que en la capital francesa el único poder absoluto era el de la Universidad? Al segundo día de su llegada habían venido a saludarle los profesores de la Sorbona, apreciándole en su justo valor. No pidieron nada.
Tampoco prometieron dinero.
En realidad, no encontraría en París otro poder verdadero. A las primeras horas se percató de que no pisaba tierra firme. Todos eran enemigos entre sí, los príncipes de la corona libraban una continua lucha con el príncipe de Borgoña como pilar de los enemigos. Un caos general sin ninguna excepción entre los grandes de la Iglesia, era la verdadera fuente de los males. La otra carga del país era que el rey Carlos VI no siempre tema la mente en sus cabales y el regente que le sustituía, parecía partidario de los ingleses.
Invitaron a Segismundo a una sesión del Parlamento, donde se debatía un problema que los supremos jueces debían de resolver: dos súbditos de diferente rango estaban enfrentados: un noble y un comerciante. ¿Cómo había que distribuir la justicia y sus privilegios? Allí se puso de relieve el típico carácter de Segismundo, su intuición para las manifestaciones teatrales. Al contemplar la desesperación del comerciante, se levantó de su sitial de honor y ordenó al demandante burgués que se arrodillase: el rey romano desenvainó su espada y allí mismo en la sala, golpeó con ella en el hombro del comerciante que, con el típico espaldarazo real, quedó armado caballero. Era un acto espontáneo del que debió de arrepentirse, puesto que despertó críticas y agitación política contra Segismundo. El partido de Orleáns, que desde el principio estuvo contra los intentos pacificadores de Segismundo, protestó en forma vehemente —y organizó demostraciones contra el rey romano— explicando que con el acto de ordenar a alguien caballero, Segismundo estaba ejerciendo un derecho de soberano en el corazón del territorio francés.
¡Ah la douce France! En París, el rey romano fue ante todo sensible a la belleza de las mujeres francesas. Fueron invitadas ciento veinte damas de la nobleza para cenar en la residencia real del Louvre. A cada una puso en el
plato un anillo, para hacer así la invitación más apreciable todavía.
Segismundo —el rey hermoso— se convirtió rápidamente en el héroe de la noche, centro del entusiasmo de toda la ciudad.
Permaneció cuatro semanas en París, pero sólo encontraba disturbios en ella: los Armagnac —contra el partido de los borgoñones— apoyaban el nombre de Bernard d’Armagnac como condestable, y sus guerreros dominaban en París, como en ciudad conquistada. Carlos VI, con sus frecuentes desvaríos no reinaba verdaderamente: era el juguete de sus tíos y primos.
Segismundo veía con bastante desesperación el camino que le conducía a Saint Denis, al rey Carlos. Pero verse frente al soberano francés —quizá habían nacido el mismo año, bajo la misma estrella— le hacía sentirse como si fuese su propio hermano. En estos últimos días Carlos no había dado ninguna señal de sufrir sus repetidos ataques de demencia.
Conversaron los dos reyes entre sí, discutiendo los posibles cambios del destino europeo. Ante todo, el problema del Cisma: Carlos había desobedecido varias veces a Benedicto, después había vuelto a su
«oboedientia»; y al final rompió con el santo padre español. Con satisfacción aprobó que faltara poco para la nueva elección papal. Por lo que se refería a la situación anglo-francesa, creía muy difícil solucionarla, después de la derrota de Azincourt. El inglés —Enrique V— parecía sentirse el verdadero dueño de Francia. Y seguramente sus exigencias serían difíciles de cumplir.
A pesar de lo cual, Segismundo pensaba que después de las tempestades de marzo, podría intentar la travesía del Canal. Recordó a Carlos que cuando no tenía más que dieciséis años, en Roosebeke, triunfó sobre las fuerzas flamencas. Y cuando Segismundo estaba encarcelado en el castillo de Siklós, Carlos VI era el soberano glorioso del mundo cristiano… ¿Y
ahora? En St. Denis era un hombre prematuramente viejo el que estaba sentado frente a él, cogiendo con frecuencia la copa de vino, su pasión continua… Por unos instantes reaparecía algo de su anterior grandeza, y entonces actuaba como si realmente reinara.
Juan Kanizsai llegó a París para contar lo que pasaba en Hungría. El arzobispo de Esztergom era el primer funcionario —después de la reina—
para juzgar los sucesos desde lo alto. Durante la conversación salieron a relucir pequeñeces, rencillas locales, Segismundo tuvo la certeza de que su trono en Buda era más seguro que el de la mayoría de los soberanos de entonces. El primado habló con franqueza, como acostumbraba a hablar con Segismundo durante años. Hacía tiempo que en Hungría no hubo una guerra verdadera. Todo se andaría si no existieran las querellas intestinas entre los señores: había que frenar a los pequeños reyes. En vano se había dictado la ley por la que el campesino era libre de abandonar a su amo malo para buscar uno mejor. ¿Pero dónde encontrarle? Los «paisanos» se habían encerrado entre sus muros: en caso de que su coronado rey les pidiera dinero para sus viajes, se negarían invocando sus propios problemas.
Apenas era posible exprimir algo de ellos y cuando lo aceptaban era a cambio de algún privilegio. En cuanto a la reina… Kanizsai bajó la mirada: él era un hombre de la Iglesia. ¿Para qué acusar a Bárbara? Se sentaban juntos en el consejo —eran camaradas— a veces se unían para atacar a un tercero. El arzobispo Juan era un hombre listo, conocía muy bien el mundillo en que se movía. Asimismo —y no sólo por rumores— la vida ligera que la «Regina» llevaba. ¿Piadosa? No, ninguna virtud reinaba en el ala del castillo de Buda donde la reina vivía.
Kanizsai contó que se había interrumpido la ampliación del castillo de Buda, nadie se preocupaba de pintar las salas; además, había que reforzar las murallas, coleccionar más libros para la biblioteca real. Segismundo había observado Hammente, durante su estancia en París, que las guerras internas no favorecían el arte: en toda Francia, los artesanos no recibían encargos.
Por eso Segismundo, con la ayuda de Kanizsai, pudo contratar artistas famosos y maestros que estaban dispuestos —con la promesa de doblar sus sueldos de París— a viajar con el arzobispo a Buda y a Fehérvár. Las paredes estaban muy estropeadas, ya habían pasado cuatro años desde que se presentaron ante ellas en Buda. Recordándolos desde el palacio del Louvre, todos eran sombras: Ladislao, Vitold de Lituania, los príncipes de Baviera, de Austria, el déspota de Servia, el rey de Bosnia, el cardenal Brando, los embajadores de los tártaros, veintiún obispos, mil quinientos caballeros, tantos extranjeros… ¿Por qué mencionó Juan Kanizsai, dos
veces por lo menos, al señor Juan Walmerode, de la Orden de los Caballeros Teutónicos, como alguien a quien se había visto frecuentemente con Bárbara? Cuando, hacía un año, la reina se había despedido de él para emprender su viaje de vuelta al país, ya estaba en su escolta ese caballero.
Era rubio, joven, insignificante. Una figurilla de la corte, según recordaba Segismundo. ¿Sería él quién había endulzado los meses de soledad de Bárbara? Realmente, ¿significaba tanto para ella aquel Walmerode?
Kanizsai contó también que el «lector regius», Esteban Balkei, procuró reunir numerosos libros y códices, y principalmente había recibido excelentes obras, desde Venecia.
Se edificaron nuevos castillos: Pipo Ozorai hizo preparar los planos al maestro Manetto; ya estaba terminado el castillo de Beckó, del voivoda Stibor. Ya estaba construido el nuevo castillo de Dévény, de la familia Garai, y también los castillos de Gyula, Diosgyor y Kismarton. Y cuando se terminase el palacio nuevo de Buda, deslumbraría a todas las otras residencias reales. Pero esto no era todo: se estaba edificando a través de todo el país: en Koloszvár, Brassó, Kassa. Su majestad encontraría su propio escudo, en el que su persona figuraba matando al dragón. Y la iglesia de Nagyszómbat se había transformado en algo muy bello…
Mientras escuchaba el relato de Juan Kanizsai, Segismundo pensaba que en París la cristiandad florecía desde hacía mil años, mientras en Hungría no había transcurrido ni la mitad de ese tiempo, desde que se pronunció por primera vez el nombre de Cristo. Sin embargo, como el primado dijo, el país estaba construyéndose a sí mismo con pasión.
El rey estaba deseando preguntar y preguntar: ¿Qué pasaba en Buda, quién más construía casas en el barrio del castillo? Al parecer, Kanizsai sabía todo cuanto pasaba entre las grandes familias.
—Majestad, los hermanos Garai han construido la casa entre las calles Támok y Uri, por once mil ducados de oro. También allí poseen casas el príncipe de Servia, Brankovics; el palacete de Brando Castiglioni: una casa hermosa. Pedro Cseh y el voivoda Stibor tienen una residencia casi terminada; también está ya lista la confortable casa de Hermann Cillei.
Segismundo quedó pensativo:
—Arzobispo Juan, ¿sería posible mantener un Concilio en Buda, para el caso de que los padres se fueran de Constanza? ¿Sería bastante grande, la Buda de hoy, para hacerlo?
—Quizá más adelante, majestad. El rey tendría que regresar primero.
Haría falta contratar más obreros, conseguir más canteras, más morteros.
Por ahora —y no recuerdo bien la cantidad de casas de los magistrados—
los edificios no bastarían, su número no alcanza en Buda a los mil. Y no creo que pudiéramos reunir establos para más de cuatro o cinco mil caballos. Tenéis que regresar a casa, majestad.
Los problemas y las preocupaciones del hogar siguieron al rey romano a la abadía de Saint Denis, donde reposó unos días. En la cripta, vio los sarcófagos de los antiguos reyes franceses.
Entonces tuvo la idea: ¡Varad! Allí tendrían que enterrarle, junto a la tumba de Ladislao el Santo.
Las etapas después de Saint Denis fueron Amiens, Montreuil, Boulogne. Al parecer, esta última ciudad ya estaba harta de desfiles y de reyes; no recibieron amistosamente al delegado de Segismundo: la ciudad padecía carestía de todo. Él se ofendió; no estaba acostumbrado a este tipo de recepción, de manera que decidió armar un campamento de tiendas fuera de la ciudad, para disponer los preparativos de la travesía. Después cambió de idea y decidió no detenerse hasta Calais. Recibió un mensaje: la invitación del rey inglés había llegado a Calais; en la otra orilla ya estaban esperando a su majestad, el rey romano.
Segunda mitad de abril: por lo que concernía al Concilio, las noticias eran poco importantes. Al parecer el Concilio se había acostumbrado a que el rey no estuviera presente, quizá se sentían más cómodos los prelados, sin un soberano universal sobre el trono.
En el mensaje inglés apareció por primera vez la palabra mágica: Londres. Allí iban a encontrarse los dos reyes; los barcos ingleses esperaban desde hacía tres días en el puerto de Calais. Eran los que el soberano inglés había ofrecido a Segismundo y a su cortejo. Todavía no se había establecido la forma de organizar la recepción al señor del Imperio romano-germánico, cuando atravesara el Canal. Desde el tiempo de los
antiguos romanos no había venido a Inglaterra, según Segismundo, ningún emperador.
Durante los últimos días de abril, el cielo se despejó, terminaron las lluvias, sopló un viento favorable desde la orilla francesa, así que un mediodía embarcaron. Se levaron anclas, se desplegaron las velas y el viento, cada vez más fuerte, llevó velozmente los barcos a la orilla inglesa.
El Canal tenía mala fama, muchos eran los que habían de «bailar» y los vientos acostumbraban a zarandear a las embarcaciones. Segismundo dio las gracias a su estrella de la buena suerte que, después de pocas horas —no más de cinco— le permitió ver aparecer los blancos farallones de Dover, a la luz de un sol crepuscular. El rey se mantuvo todo el tiempo en cubierta, disfrutando con el jugueteo de las gaviotas, el fresco olor salino de las olas, los cantos de los marineros. Por primera vez comió pescados ingleses, de sabor extraño, y bebió la fuerte cerveza negra de la isla.
Al llegar a Dover, mientras se preparaban para desembarcar, llevóse a cabo una curiosa ceremonia: el enviado del rey —el príncipe de Gloucester
— se detuvo en la cubierta de la nave, acorazado en su armadura, se inclinó
—pero no se arrodilló— preguntando en voz alta: «¿Reclamáis, majestad, la tierra que pretendéis pisar?». Segismundo, enterado previamente de esa costumbre, replicó sin ninguna vacilación: «¡No!».
Entonces Gloucester dobló su rodilla, y en solemne ademán, invitó al rey a desembarcar; en este momento sonaron los cañones de Dover.
Inglaterra fundía más cañones que los otros países de Europa y también molía más pólvora, según escuchó en medio del «tormentum» de los cañones que disparaban desde las fortalezas del puerto.
La primera etapa fue Canterbury: hizo una solemne peregrinación hacia la tumba de Tomás. Una muchedumbre oró fervorosamente ante la catedral.
La visita de un soberano era un hecho extraño en Inglaterra. A lo sumo, durante las repetidas etapas de las guerras con los franceses, fue el duque de Borgoña quien vino a visitar Londres. Así pues, la llegada del señor del Imperio despertó la curiosidad de los habitantes de una de las más grandes ciudades cristianas. Segismundo estuvo en lo cierto al calcular su propia importancia y ahora procuró explotar el efecto previsto.
Llegaba a Londres casi al mismo tiempo la delegación francesa, por primera vez después de la derrota de Azincourt; lo cual aumentó la importancia de la llegada de Segismundo. El rey romano sabía siempre qué traje había de ponerse, qué emblema de soberanía había de ostentar para expresarse así en el idioma de los símbolos, y lucirse como debía.
No era ningún secreto que los franceses se negaban a aceptar las condiciones de paz, muy rigurosas, de Enrique V y traían una contraoferta, aunque temían de antemano a lo que pudiera responder el rey inglés.
Enrique era un soberano decidido, no le detenían los derramamientos de sangre, como cuando ordenó pasar a cuchillo a los prisioneros franceses.
Estaba tallado en una madera mucho más dura que Carlos, con sus periódicas locuras.
La aspiración de Segismundo fue la de ofrecerse como árbitro en la desavenencia anglo-francesa: Enrique presentía ya la seguridad de su triunfo final, que veía muy cercano, y en el caso de que cruzara el Canal en una nueva operación, sólo un milagro salvaría a los franceses… (En Domrémy, una niña jugaba con los otros niños campesinos. Cuando la visita de Segismundo a Inglaterra, esa niña, Juana de Arco, no había cumplido todavía cinco años.)
Inesperadamente, Segismundo tuvo que resolver un problema como soberano del Imperio. Fue a verle a Londres Guillermo de Holanda, quien gozaba de gran prestigio, no sólo entre los soberanos alemanes, sino también en Inglaterra. Sus numerosos puertos y barcos, la riqueza de sus ciudades le conferían notoriedad. Pero Guillermo sufría una contrariedad: no tenía descendencia masculina, sólo una hija. Su deseo era legalizar la situación de esa hija como su heredera, y pensaba que Segismundo le ayudase. Su mensajero mencionó a Segismundo: «Mi rey no es avaro, sabrá recompensar tal servicio a través de la tesorería de Holanda». El obstáculo eran las leyes del Imperio —la ley sálica— según las cuales, no estaba permitido a las hijas el gobernar, con la sola excepción de ejercer su derecho como regentes, y eso sólo como viudas del rey. Hasta ahora había sido imposible modificar esa ley. Segismundo consideró el caso profundamente, pero sabía que iba a ser imposible conceder la petición holandesa en la asamblea del Imperio. En el caso de que quisieran elegir a
Jacoba como su heredera, Holanda tendría que separarse del Imperio. Pues bien: ¿por qué no aconsejar a Guillermo que pidiera ese consentimiento a su santidad el papa, cuando finalmente se contara con uno?
Guillermo era un hombre colérico: por toda respuesta cerró la bolsa y decidió no renovar su voto de fidelidad a Segismundo. Le envió un mensaje
—que le dolió bastante— informándole que no iba a serle posible mandar barcos para el regreso real de Inglaterra al continente. Lo peor era que Segismundo volvía a quedarse sin dinero. No iba a ser posible pagar a los patronos de los barcos ingleses —una suma enorme— por el transporte de su persona y de su séquito. Después de dos meses de estancia en Inglaterra desde su desembarco en Dover, Segismundo tenía la impresión de que estaban sometidos a un cautiverio inglés. No era posible hablar de su retorno con Enrique y menos pedirle un préstamo. Sabía que Enrique estaba economizando todo su oro, para su guerra con los franceses. Sólo pensaba en una única meta: batalla-victoria. Sin embargo y pese a todo, el rey de Inglaterra fue quien resolvió el problema de los barcos: sin llegar a ser un
«ultimátum», tenía con éste cierto parecido. El traslado sería gratuito en caso de que Segismundo se mantuviera del lado inglés. Firmaron un convenio secreto —si no quería firmarlo como «rey romano» podía suscribirlo como rey húngaro— manteniéndose a su lado en caso de conflicto.
Era un compromiso difícil, pero no pudo evitarlo. Se sentía como prisionero en la isla, no había otra forma de salvarse. En esos momentos comprendió Segismundo la gran seguridad que el mar prestaba a Gran Bretaña.
Un pájaro extraño llegó, trayendo un agradable mensaje de Hungría: Pipo Ozorai envió un mensajero con la noticia de su victoria sobre los turcos. Cayeron muchos prisioneros en la frontera y reunieron un gran botín. En vano quiso Segismundo impresionar a Enrique en los últimos días de su estancia. Al rey inglés no le interesaba lo que estaba ocurriendo en el mundo cristiano. Su interés se reducía a la Galia, quizá mostrando un poco de curiosidad por Constanza, sobre todo si el papa romano pudiera ser un cardenal anglosajón.
La travesía fue agradable, como si Segismundo hubiera hecho un trato con Poseidón, el dios de los mares. Atravesaron el Canal en un solo día, entre vientos suaves. Llegaron en el barco principal de su majestad británica y en los demás veleros, al puerto de Calais que estaba bajo mando inglés.
Segismundo regaló al almirante sus últimos tesoros para testimoniarle su gratitud. Y no se atrevió a darle el espaldarazo al súbdito inglés, por estar pisando tierra ajena.
Llegó al puerto europeo sin una moneda, y a pesar de los mensajes urgentes de Constanza, no pudo decidirse a un viaje inmediato… ni tampoco revelar los motivos de su retraso. Lo sabían los mercachifles de las ciudades holandesas —que le esperaban en Calais. Los mercaderes de Amberes, Gante y Brujas, se alineaban para ofrecerle dieciocho mil florines mediante elevados intereses, como préstamo al soberano necesitado. Estos préstamos con interés eran bastante frecuentes en esos tiempos: los soberanos poseían inmensos bienes, castillos, ciudades, pero andaban siempre escasos de dinero que tenían que pedir a los tesoreros de las ciudades.
Días difíciles, hasta que se realizó el préstamo. Pero Segismundo no perdió los ánimos ni un momento y negociaba alegremente con los de los Países Bajos. Eran súbditos del Imperio, gracias a lo cual cargaron menos los intereses a los que firmaron las tres cartas, para tres plazos de pago.
En el momento en que recibió Segismundo la primera suma del préstamo, suspendió su propósito de ir directamente a Constanza. Como se enteró de que Enrique venía también a Calais, el rey romano quiso aprovechar esta ocasión para improvisar un encuentro y discutir tres importantes temas: terminación de la guerra anglo-francesa, clausura del gran Cisma y la ayuda a Hungría en una guerra contra los turcos.
Además de Enrique V, vino a Calais Juan Sin Miedo, príncipe de Borgoña, el margrave de Hainaut y varios príncipes alemanes. Lástima que no hayan quedado escritos de aquella reunión. Tampoco sirvió mayormente para que Segismundo mostrara su superioridad sobre los demás soberanos.
Tampoco estrechó allí su amistad con Enrique, decidiendo Segismundo y su séquito proseguir el viaje en barcos de pesca hasta Maastricht, en lugar de hacerlo en las galeras inglesas. Desde allí convocó a una conferencia en
Aquisgrán, no sólo con los señores alemanes, sino también con los de los Países Bajos. Esta conferencia dio mejores resultados que la de Calais, debido a la ausencia de los franceses.
En Aquisgrán se estableció la paz para los tres años siguientes en todo el territorio del Imperio. Durante este tiempo se esperaban cambios decisivos en Europa. Se lograría el éxito en la lucha para cortar la cabeza del Cisma, sería posible expulsar al turco de Europa, liberar los territorios ocupados de Hungría, de Bulgaria, de Bosnia, de Moldavia. Tres años…
¡Cuántas cosas pueden ocurrir en tres largos años!
OceanofPDF.com