Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 9 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 9

AL POCO tiempo se despidieron del mundo dos grandes enemigos de aquella civilización: el sultán Bayaceto, después de un año de cautiverio había muerto de pena. Pronto le siguió Tamerlán: el conquistador más grande casi, del mundo, fue arrebatado por la «Mors Imperator» en la flor de la vida. Los tres hijos de Bayaceto, Isa, Musa y Mohamet, desencadenaron una lucha feroz entre ellos por el dominio del sultanato.

Los gobernantes y reyes cristianos pensaban que a Segismundo, el monarca más afectado por la cercanía pagana, le había llegado la hora histórica de liberar los países balcánicos y echar al pagano de todos los lugares de Europa en que puso el pie.

En 1406 inició Segismundo (reaccionó rápidamente, según los cálculos de la historia contemporánea) su campaña contra los turcos. Decían las crónicas que el rey disponía de un ejército de sesenta mil hombres, en el que se incluían asimismo numerosas tropas polacas. Ese ejército que, sin ser grande parecía fuerte, sólo alcanzó mediocres resultados; su capacidad de ataque fue disminuyendo y la liberación de Bosnia —primer objetivo fijado

— costó tres años de lucha.

De nuevo reapareció el carácter cruel de Segismundo: mandó ejecutar de una vez a ciento veinticinco nobles bosnios, mandando arrojar sus cabezas desde el bastión del castillo y ordenó llevar encadenado a Buda, al príncipe Esteban Tvartkó II. La desobediente Bosnia fue dividida en cuatro partes; la más cercana a sus tierras, la recibió el fiel Hermann Cillei. Entre los húngaros, destacó en esta campaña Ladislao Szilágyi. Junto a los dos Garai —Nicolás y Dénes— obtuvieron todos sustanciosas recompensas. En la última etapa de la campaña, se rindió también el «ban» Hervoja (que mientras tanto había vuelto de nuevo al clan de Ladislao de Nápoles). Sus

dominios se vieron reducidos, pero por la gracia de Segismundo, pudo mantener su título de príncipe de Spalato. Zara fue la única región que permaneció leal a Ladislao, porque estaba rodeada de tropas napolitanas.

Los planes bélicos de Venecia contra Segismundo llevaron a una ruptura definitiva. La república de San Marcos adquirió Zara de manos de Ladislao, conjuntamente con algunas islas dálmatas por cien mil ducados de oro. Esto significaba que en Venecia consideraban a Ladislao como legítimo rey húngaro y a Segismundo como usurpador. Y ésta fue la causa fundamental de la guerra entre Hungría y Venecia, que pronto hubo de iniciarse.

A medida que parecía aliviarse el cerco turco, la corte bizantina procuró también recuperar sus posiciones perdidas de los Balcanes. El emperador Manuel envió el título de dictador al jefe servio Esteban Lazarovics. En respuesta, el sultán nombró a Jorge Brankovics —nieto del fallecido príncipe Lazar— gobernador de los servios. Esteban Lazarovics se inclinó

—naturalmente— hacia la lealtad por Segismundo y le aceptó como señor feudal, junto al emperador bizantino.

Aún continuaban las batallas en los territorios servios y bosnios, cuando comenzó a asomar por Occidente otro peligro. Las distintas ramas de los Habsburgo luchaban en sangrientas guerras fratricidas; se había renovado la discordia austríaca con el príncipe Leopoldo. En los territorios fronterizos con Hungría, pequeñas guerras devastaban la región, hasta que Segismundo se decidió a dar un paso enérgico contra Leopoldo. Finalmente —en 1408 y en Pozsony— los dos vecinos soberanos se pusieron de acuerdo y llegaron a una avenencia.

En la Orden de los caballeros teutónicos se eligió a un nuevo Gran Maestre en la persona de Ulrich Von Jungingen. Evidentemente debió de tener alguna relación personal con Segismundo, porque pronto se llegó a un pacto entre el rey y la Orden. Este acuerdo fue considerado como una agresión contra Polonia, el enemigo inveterado de la Orden. Con ese tratado, Segismundo esperaba recibir como recompensa, cuarenta mil ducados de oro, de aquellos caballeros.

Cuando llegó el momento de liquidar la suma convenida, los «teutones»

pagaron solamente la mitad pero mandaron decir por medio de un mensaje del Gran Maestre, que pronto completarían te cantidad que faltaba.

Semejantes regateos no eran extraños en esa época entre los príncipes, Las expresiones de carácter de Segismundo como monarca se hicieron evidentes aquellos años; imprudente, inseguro, alteraba a menudo sus decisiones, aspiraba a entrometerse en la diplomacia europea se apasionaba con la idea de pacificar unas veces, y de crear nuevas tensiones y discordias, otras. Leía personalmente cada documento, no necesitaba escribientes para redactarlos.

Su cuerpo era fiel a este espíritu activo e inquieto.

Después de juergas agotadoras, torneos caballerescos y cacerías; tras pasar horas enteras en la cancillería olvidándose hasta de comer y de las mujeres, dictaba, negociaba, escuchaba a los embajadores, consultaba con los agentes. Dictaminaba con una sola palabra en las discusiones del momento, proyectaba viajes.

Uno de ellos le llevaba ahora hacia Késmárk. Hermann Cilleí debía de atravesar la frontera húngaro-polaca considerada como línea de batalla, para hacer creer a Ladislao que el pacto con la Orden de los Caballeros era sólo una maniobra engañosa: Segismundo esperaría con amistad al rey polaco para un encuentro urgente. Le pidió que trajera consigo a su sobrino Vitold, gran gobernador y príncipe de los lituanos. Allí fue tomando forma la idea de una gran liga de la Europa del Nordeste.

La corte polaca se retiró a Nuevo Sandec. Segismundo residía en Késmárk, Nicolás Garai desempeñaba ahora el papel de embajador, acompañando a través de la frontera húngara a Ladislao y a Vitold, Mientras tanto, Segismundo había ampliado los privilegios de algunas ciudades de las Tierras Altas, Todo tiene su precio: lo sabían los patricios y se conformaban con ello; la libertad ciudadana es un artículo caro y la vida del «civís» bien sencilla, mientras no amenaza a la ciudad ningún peligro y no hay que prepararse contra ningún asedio. Si hubiera sido posible derretir el hielo que existía siempre entre húngaros y polacos, podrían partir de nuevo los mercaderes y los carros repletos de mercancías.

Al mismo tiempo partió el voivoda para encontrarse con el Gran Maestre de los Caballeros; principalmente para tratar de recibir la cantidad que todavía no había sido pagada. Por otra parte, le hubiera gustado allanar las dificultades entre polacos y caballeros teutones, en nombre de su señor.

¿Para qué luchar? Bastante sufrimientos y gastos habían causado ya. Si se

calmaran los ánimos y no aumentaran cada vez más las exigencias, ¿por qué no vivir en paz los flacos y los caballeros germanos? ¿Por qué no utilizar toda tu fuerza y su oro, contra los paganos? ¿Hacía quién sentía sincera inclinación el rey húngaro? ¿Hacía los alemanes o hacía los polacos?

Probablemente envidiaba la fuerza de la Orden, el encanto de esa república militar que le hechizaba. Por lo visto no apreciaba a Ladislao; para el criterio de Segismundo, descendiente de emperadores, de familia cristiana milenaria, con la cultura humanista exigida a los príncipes en el umbral del renacimiento, el rey polaco era un bárbaro. Jagellón colocó su propia cabeza en el agua bautismal, junto a sus lituanos, para poder convertirse en d marido dé Eduvigis, hija de Luís el Grande, soberana de Polonia, nación cristiana desde hacía medio milenio. Posiblemente era un gobernante duro y listo el longevo Ladislao, con muchas virtudes reales; pero Segismundo se sentía distante de su vecino.

Que el rey húngaro se inclinaba más hacia la Orden, se supo en el momento mismo del conflicto. Cuando —tras algunos años— se procedió a la lucha decisiva entre la Orden teutónica y el reino de Jagellón, después de la batalla de Grünewald, Segismundo envió su ejército al mando del voivoda Stibor, en apoyo de los alemanes derrotados.

Esa tropa fue repelida hasta Bartfa por el triunfante rey polaco. En esta importante batalla en que la Edad Media iba llegando a su fin, a mediados de julio de 1410, participaron por parte polaca y lituana unos 150,000

hombres: los caballeros de armadura constituían posiblemente la mitad y la mayoría de estas tropas fue conducida por 600 caballeros vasallos que se unieron al grupo. Cayeron prisioneros más de 15.000 hombres, pero las bajas de los polacos victoriosos se calcularon en más de 60.000 hombres por los cronistas de la época.

Esa batalla decidió la suerte de la Orden de los Caballeros y quebró para siempre la política de los teutones, que antes estaba en su cénit. La Orden, cuyas raíces estaban en las cruzadas y en el reino de Jerusalén, quería, después de dos siglos, seguir dominando la Europa del Este: no comprendió que los tiempos habían cambiado, que era una época nueva. La bala de los nuevos cañones pudo derribar incluso a los colosos acorazados germanos.

En aquellos años Segismundo vivía en Hungría y se comportaba como si todas sus ambiciones hubiesen sido satisfechas, incluidas las del bienestar de su país. Tomó en serio y cumplió la amnistía proclamada: nadie sufrió daños cuando se rendía. El turbulento primado —posiblemente con sinceridad— volvió a ser leal a Segismundo y se convirtió en uno de los mejores diplomáticos del rey. Sobre todo después de algunos años, cuando comenzó la mayor prueba de la existencia de Segismundo: preparar el Sínodo que iba a terminar con el cisma. Juan Kanizsai y Nicolás Garai participaron juntos y separados en múltiples misiones, dando pruebas de su capacidad y fidelidad. Según costumbre feudal obtuvieron abundante recompensa en forma de títulos, dominios, latifundios y otros privilegios.

Segismundo conocía a fondo la situación del Imperio y sus relaciones internas. Sabía que el núcleo más valioso del Este —partido en cien comarcas pequeñas— era la ciudadanía. Las ciudades alemanas ya comenzaban a coincidir en sus privilegios. A la primera oportunidad se rodearon de murallas y se unieron a alianzas de mutua protección. Así, poco a poco se alejaban del poder de los feudales de la región y se fueron convirtiendo en dueños directos de las comarcas. Para orillar sus conflictos podían recurrir hasta el emperador. En la etapa del desarrollo que siguió, pertenecían directamente al monarca las ciudades libres más destacadas, a quien debían de pagar los impuestos. Todo este proceso sólo pudo ser fruto de luchas durante siglos, y su efecto también se sintió en el Imperio germano. El objetivo de los soberanos era debilitar el poder de los boyardos y caudillos de las comarcas. Y este proceso se repitió en forma variada en los países franceses, ingleses y españoles.

La tradición de la vida en los núcleos urbanos debía de ser aún débil en Hungría en la época de Segismundo. La existencia se iba configurando de manera distinta a la de las comarcas alemanas o italianas. Los magiares se agrupaban en las ciudades durante las épocas de guerra y luego se apresuraban a volver otra vez a los pueblos y campos, al cambiar sus condiciones de seguridad. A pesar de esto existían ya ciudades en las Tierras Altas, Transilvania y Transdanubio. Su vida transcurría monótona regida por los magistrados (con los que se entendían en dos o tres lenguas).

La preocupación de los Anjou se había extendido a los núcleos, y muchas ciudades libres obtuvieron entonces sus cédulas reales. Pero Segismundo fue el primero en comenzar conscientemente a desarrollar las ciudades de Hungría, como contrapunto para mantener un equilibrio frente a los señores feudales y sus ocasionales conspiraciones contra el rey. Su frágil destino, los amargos años de su juventud, los duros conflictos para retener el trono, le sirvieron de lección. Los nobles sin riqueza y los hidalgos se multiplicaban, con su forma particular de vivir en un cerrado código de leyes. El peligro se presentaba en los grupos de los grandes, los barones, cuya mayoría era alimentada precisamente por el rey con abundantes donaciones de bienes; y él fue precisamente quien les abrió el camino a los Consejos del Estado. Estos grandes húngaros no se comportaban de todas maneras como los de las comarcas del Imperio, que vivían como soberanos y se dedicaban a reñir y luchar entre sí. En realidad, esas dificultades debilitaban la posición del rey, como sucedió en el primer decenio del reinado de Segismundo y aún después: en realidad se dirigían «ínter pares»

a su propio soberano, reclamando con palabras violentas y sin respeto y con críticas. Ya hemos visto que incluso le encarcelaron durante meses para hacerle reflexionar sobre sus reclamaciones…

No era fácil olvidarse de Visegrád y Siklós. Pero a medida que fue aumentando la fuerza de Segismundo durante los últimos años más pacíficos, y cuando parecía desvanecerse el continuo peligro que amenazaba desde Dalmacia —por la aspiración al trono de Ladislao— la vida del país se desarrolló en calma y sin que a él le hostigaran los enemigos del exterior. Se forjaba una sólida armonía en los principios de la

«pax hungarica» y se asistía a una transformación conjunta de la situación general y de la ética del poder real.

Entre los grandes consejeros del rey, tres eran extranjeros: Pipo de Ozorai, que ya traía consigo el aliento del recién llegado renacimiento y que con su inteligencia sobrepasaba a los otros nobles. Hermann Cillei era un roble gigantesco: creó toda una región uniendo las débiles posesiones de los alemanes del Sur, «sudetes», y estirios, carintios, húngaros y bosnios. Sus ojos vigilaban a los Habsburgo; los príncipes de Austria eran a veces sus adversarios y otras sus aliados, abierta o secretamente. El conde Hermann

se comportaba, en realidad, como un soberano aliado y no como un consejero real con devoción de súbdito. Stibor era un estratega cauto: el mundo de las Tierras Altas pasó a la esfera de sus intereses, casi en su totalidad. Esos tres consejeros introdujeron desde distintas partes del mundo las corrientes de la nueva Europa. De los húngaros sobresalía Nicolás Garai quien, al parecer, no iba retrasado respecto a los otros en su preparación humanística. Juan Peréñyi, Maróthy, el arzobispo Kanizsai, eran más o menos los que integraban el Consejo interior de Segismundo. Lo raro en esta época y en las cortes extranjeras, era que estos consejeros de dilatada vida y largo servicio, no se alejaran ni antes ni después del lado de Segismundo, resistiendo hasta el final junto a él; conservando sus puestos.

Sus mejores conductores fueron Pipo y Garai —éste de antigua familia palatina— y Kanizsai como jefe de la Iglesia. No existen indicios de que hicieran reclamaciones relacionadas con sus problemas o conflictos ni manifestado insatisfacción alguna como era costumbre en la época —y en todas las épocas— ni ante el rey ni ante el Consejo. De entre sus partidarios íntimos nadie traicionó al rey Segismundo a pesar de sus a veces variables decisiones.

El Parlamento se convirtió en estos años en una institución que celebraba frecuentes sesiones y en donde las ciudades también tenían su representación. Una ley proclamaba que la ciudad que se rodeara de murallas tenía derecho a enviar un delegado a la «dieta» o Parlamento, pues la muralla servía asimismo para la defensa del país… Simbólicamente significaba ello que la ciudad no dependía de la provincia, era independiente si tenía capacidad para defenderse, si podía pagar los gastos propios de la defensa de su ciudad, y proveerse de cañones. Y con esto se enriquecían las instituciones militares.

El Parlamento consistía formalmente en una sola cámara, como se pudo reconstruir en la actualidad. Pero también llegó a existir una segunda

«Cámara» —el grupo de los nobles y prelados— que sin duda se situaban apartados de los pequeños hidalgos y de los delegados de las ciudades.

Segismundo se preocupó también en aquellos años pacíficos por el destino de los campesinos. El Consejo real hubiera deseado organizar la unión de ciudades fuertes, especialmente en territorios peligrosos. Pero las

«civitas» se desarrollaron lentamente, era difícil la formación de nuevos ciudadanos. Segismundo facilitó por medio de una ley que el siervo pudiera abandonar a su amo, mudándose libremente a la ciudad pero sólo hasta poder elegir a un nuevo dueño, después que pagase sus deudas. Con esto —

esperaba— se formaría una nueva corriente hacia las ciudades circundadas de murallas que necesitaban mano de obra, gente trabajadora. Después se multiplicaron los descendientes que crecían en las ciudades y que se mezclarían más tarde con los «cives» antiguos.

Los cumanos también se calmaron a pesar de que cuando luchaban, todos los cronistas extranjeros mencionaron por separado a los húngaros de los cumanos, que superaban en fiereza y destrucción a todas las demás tropas. Dentro del país se arraigó en ellos la fe cristiana, si no tanto la moral. El rey eligió a su capitán entre los cumanos y reforzó sus privilegios.

Para ello rompieron el antiguo sello, y el capitán legalizó con un sello diferente los nuevos decretos.

Noticias del mundo de los Cillei: mujeres, ayas, hombres de la cancillería, vigilaban preocupados el crecimiento de la pequeña Bárbara. La petición de mano fue una pura formalidad mientras a los esponsales no siguiera la boda, la ceremonia, la consumación. El conde Hermann se convirtió en el jefe militar y diplomático de Segismundo. En su estado de viudez el rey no vivía precisamente en piadosa soledad. Pero se abstenía de conquistar a las mujeres de sus seguidores fieles, como era costumbre entre los príncipes imperiales, o entre los soberanos franceses. Segismundo, con su acusada virilidad, se movía muy a gusto entre las mujeres, no exigía ambientes aristocráticos ni hacía sentir su soberbia real por donde pasara.

Entendía el lenguaje de las doncellas, cantaba con agrado, declamaba sus brindis cuando felicitaba a uno u otro de los convidados a quien favorecía la gracia real del momento. En esta alegre segunda juventud le llegó la noticia desde Cilly, de que la novia se había convertido en una «real» moza. Ya se podían iniciar las conversaciones sobre esa boda de importancia europea.

La Orden del Dragón fue creada casi como regalo de boda: se inició la moda entre los príncipes de Europa, de asociar con símbolos de fábulas y fantasías los escudos de las nuevas Órdenes. Así se creó una Orden de la que el rey era miembro «primus inter pares». Los miembros de las órdenes

estaban unidos en la devoción al soberano, mucho más que en la relación feudal: era la fidelidad varonil, y esta relación estrechaba también la amistad entre los miembros de la Orden: se apoyaban en lo bueno y en lo malo, pero principalmente en la defensa de su señor. Estas estrechas confederaciones rivalizaban entre sí: la Orden de la Jarretera inglesa o los caballeros del Toisón de Oro de Borgoña, adquirieron con sus insignias especial respeto en el extranjero cuando atacaban en delegación ciertos países o durante sus campañas guerreras.

Los principios de la fundación de la Orden del Dragón, su objetivo, y el nombre del creador de sus cánones, son desconocidos. Es seguro que Segismundo, como soberano de una de las más considerables monarquías de Europa, no quiso quedarse atrás en la carrera de los otros príncipes. A la tendencia ya sociable de su carácter, también le agradaba este tipo de reuniones.

Los clérigos no podían pertenecer a la Orden, lo que permitía que los caballeros del Dragón pudieran hablar sin freno en sus reuniones, y beber sin medida el vino de la Orden que procedía de las bodegas reales, como cuando algún caballero invitaba a los otros veintitrés. Aquí todos eran iguales. Porque la Orden húngara fue calculada para veinticuatro caballeros; y éstos tenían que ser todos de origen húngaro. Gozaban del privilegio de presentarse ante el rey en cualquier momento, participar en las sesiones del consejo, y cuando surgía alguna discordia entre ellos, decidía el tribunal de la Orden, cuyo jefe era el propio rey. En la placa de oro de la insignia de la Orden, los orfebres colocaron el siguiente lema: « O, quam clemens et misericors est Deus» (Cuán clemente y misericordioso es Dios) y en el reverso continuaba así: «O, quam pius et justus…» (Cuán piadoso y justo).

La insignia colgaba de una doble cadena de oro y a la cruz de la insignia la rodeaba una figura de dragón.

El hecho de ser húngaro para poder ingresar en la Orden no dependía del origen, ni de la lengua materna, sino de la posesión y el título. Por eso entre los primeros caballeros de la Orden figuraban Hermann Cillei, Pipo Ozorai y también Stibor, los dos Garai —Nicolás y Juan— al lado de los dos Maróthy y Perényi. Por otra parte según los estatutos, el soberano podía

otorgar libremente una insignia menor —sin los mismos derechos—

también a extranjeros.

La fundación de la Orden del Dragón, empezó con ceremonias brillantes: en ella se procedía a la iniciación de los caballeros entre complicados símbolos y lemas. Estos banquetes —también de amor natural y en secreto— duraban hasta el amanecer, siguiendo más o menos fielmente las costumbres de las cortes occidentales, principalmente las de Borgoña, que era considerada como la cumbre de todas las virtudes caballerescas. La comarca del príncipe Felipe había salido del estado feudal y el rey francés buscaba la alianza con su pariente más rico y poderoso.

El castillo de Buda —después de los inquietos e inseguros años y de las luchas entre los partidos— se había convertido de nuevo en una suntuosa residencia. Aún se mantenían las tradiciones formadas durante el largo reinado de Luis el Grande. Los cortesanos, si bien envejecidos, podían animar aún la vida de la corte, a punto ya para cuando llegara la nueva reina. El recuerdo de María se había ya esfumado. Los viejos se acordaban más de los tiempos de la Isabel joven. Era como si se coronara de flores el Monte del Castillo para cuando llegara la señorita Cillei…

Seguramente hubiera sido más digno para el rey húngaro, como vicario del Imperio germano y heredero pretendiente de la corona de Bohemia, una princesa más distinguida que la hija del conde de Estiria. Pero Hermann Cillei demostró sobradamente su lealtad, cuando ayudó a liberar a Segismundo del castillo de Siklós y después de la derrota de Nicópolis.

Muchas negociaciones, muchos éxitos diplomáticos guardaban relación con la amistad de los dos hombres. Mayor premio no hubiera podido dar su majestad a su vasallo más fiel, que pedirle la mano de su hija. En las cortes de la época, todavía no era tan rígido el criterio de la igualdad de rangos, que fue tomado después de modo tan riguroso durante el Imperio, y que ocasionó tantas tragedias. El punto de vista aristocrático equiparaba como un «casi semejante» al noble, incluso cuando no poseía en el mundo más que su escudo y su sable.

Todas las cortes enviaron sus plácemes por el enlace; todas las felicitaciones destacaban que la nueva relación familiar reforzaba la paz del sudoeste. La nueva dinastía sería el foco fortalecido de la defensa de toda

Europa. Eso decían los embajadores que llegaban uno tras otro a la boda; eso versificaron los poetas de la corte, en sus «epitalamios».

Ya desde hacía años llamaban a Bárbara «principessina», así, en italiano: la niña de deslumbrante belleza, educada en el mundo de los Cillei, vivía rodeada de una atención particular que no solían recibir las otras jóvenes. Bárbara tenía que prepararse, desde los diez años de edad, para ser la reina de un gran país cristiano y acaso en un próximo futuro, la emperatriz del Imperio romano. Pasaba largas horas con sus profesores de idiomas quienes alababan su agudeza, su excelente don de la palabra. En cambio, su padre espiritual no estaba tan contento con el fervor religioso de su alumna. A Bárbara —saltaba a la vista— no le interesaba demasiado la teología. Pero sí tomó con mucho más agrado sus lecciones de esgrima y además resultó ser una espléndida amazona. Después fue introducida por el

«magister elegantiarum», en el complicado mundo de las ceremonias. Así creció Bárbara, mimada, aunque recargada de estudios, sintiendo sobre sus hombros de niña el peso de la capa púrpura, todavía invisible. Tuvo que prescindir de los juegos de niños, seleccionaban cuidadosamente a sus compañeras, a sus pajes. El señor Hermann —que conocía bien las costumbres húngaras, el orgullo de los nobles, su señorío sin límites—

enseñó pronto a su hija cómo sostener en sus manos el cetro del mundo, para cuando llegara la ocasión.

Los deberes reales llevarían a Segismundo a tierras lejanas, como bien sabía Cillei que era quien mejor conocía su inquieto temperamento, su afición a viajar, su vanidad de que en todas las ciudades y en los países nuevos le rindieran homenaje; y las espectaculares llegadas, con abundantes repartos de privilegios. La reina tendría que hallarse preparada para reinar, tendría que convocar el Consejo del reino y presidirlo. Hay que pensar también que Segismundo, un cuarto de siglo mayor que su novia, partiría antes de este mundo y entonces la reina viuda, enfrentada a ese enorme país, sería el propio soberano. Especialmente, si un hijo que estuviera creciendo, no hiciera demasiada sombra a su regencia…

Bárbara contaba, pues, apenas diez años, cuando comenzó su educación de futura reina, que duró casi seis años, hasta fijarse la fecha de la boda.

Mientras tanto, Segismundo no pudo ver con demasiada frecuencia a su

novia; sus problemas de gobierno, las continuas campañas, los viajes a Polonia, a Bohemia, se lo impedían. Estuvo algunas veces en Cilly en ocasión de las cacerías. En esos momentos presentaban a su majestad la esbelta y bonita niña pelirroja, con sus brocados de cola, con sus sombreros de pico, como suelen presentarse las verdaderas damas. Esos encuentros eran ceremoniosos, sin la menor intimidad. Además, ¿qué hubiera podido proponer ese hombre enorme, sensual, a una chiquilla cuyos gestos y sonrisas demostraban que era una niña mimada, una florecilla bien guardada por su padre? Los regalos que traía el rey a su futura esposa eran seleccionados por su camarlengo en la tesorería. Trajeron un pequeño caballo «poney» de pura sangre y con los arneses acostumbrados de la época.

En este jardín florido que era Estiria creció una niña consciente, radiante en su grandeza. Su bisabuelo por parte de padre no era más que el capitán de una fortaleza, su abuelo ya era rey de los bosnios. A Segismundo le gustaba también alardear, especialmente ante los campesinos, de que un antepasado suyo había labrado los campos con un arado. Con ello se refería a un abuelo de su madre, Isabel de Pomerania, quien ascendió desde su clase de campesino —según leyendas familiares— hasta el puesto de jefe de clan. Sin embargo, era la corona imperial del padre el galardón máximo, lo que más podían desear las dinastías europeas: el emperador romano sobrepasaba en carisma a todos los otros reyes.

Cuando Bárbara llegó a su nueva patria, Segismundo había dejado de verla por lo menos tres años. En ese lapso, la existencia europea se hacía difícil: si se miraba más allá de los bastiones del propio castillo, se apreciaba ya la acumulación de las nubes que preparaban la tempestad. El peligro turco no inquietaba todavía a los países occidentales. Las distancias eran inmensas, nadie sabía exactamente —por falta de mapas— cuáles eran los territorios en peligro. A pesar de todo, algunas veces salieron los jóvenes caballeros a revivir el mundo de recuerdos de las antiguas cruzadas.

En cambio, la desintegración opuesta al nuevo carácter de la estructura europea, era el gran cisma.

El papa, como sucesor de Pedro, se consideraba a míticas alturas por encima de los príncipes terrenales. Por esa potencia que superaba a todos,

se convirtió en sembrador de discordias en cuanto discutieron dos, y después tres papas, sostenidos por las simpatías de unos príncipes. Y

cuando se enfadaba un monarca con su papa, como sucedió con Wenceslao, faltando a la obediencia y pasando a la del otro papa, entonces el papa abandonado, excomulgaba al rey infiel.

El ejemplo de Wenceslao, ese rey bohemio de gran inteligencia pero convertido en un eterno borracho, aparecía a los ojos de las cancillerías como el caso similar del rey de Francia cuando dejó de obedecer al papa español, Benedicto XIII. Principalmente, eran los purpurados quienes sentían la responsabilidad de estas ingratas situaciones. Ellos, los príncipes de la Iglesia, procuraban encontrar en ambos bandos algún «modus vivendi» y más tarde, alguna solución definitiva para esa grave enfermedad de la «Ecclesia». La nave de la Iglesia era zarandeada en mares procelosos.

(Esta fue la metáfora más usada, la que apareció en sus formas más variadas entre tantas frases.) Y a esto se unía el peligro del infiel. Buena parte de los habitantes de las comarcas de los Balcanes pertenecían a la iglesia oriental: vivían, pese a todo, en la creencia de Cristo. En cambio, los bogumiles, los extraños herejes que se ocultaban en las montañas durante siglos, se pasaron al lado de los turcos —según se informaba— convertidos en masa en seguidores del Profeta.

Los príncipes de la Iglesia se reunieron en Liorna, para estudiar la forma de evitar el cisma. El papa romano Gregorio, sucesor de Bonifacio, parecía ser más transigente que Benedicto XIII quien, a su avanzada edad, se hacía cada vez más duro. Desde Hispania regañaba a gobernantes, purpurados, jefes de la Iglesia. El próximo paso fue Pisa: allí se reunieron en mayor número no sólo los dos colegios cardenalicios, sino también los obispos, notabilidades mundanas, príncipes, y lo que tema más importancia, los delegados de las grandes universidades europeas —principalmente las de París y Bolonia—, como también los delegados alemanes del Consejo imperial. En Pisa se había formado ya casi el gran «consensum» europeo, la alianza de los que intentaban reconciliarse; que recibiría en Constanza, después de algunos años, su redacción definitiva.

La suerte de Wenceslao preocupaba a los padres de Pisa: el rey de Bohemia había renegado del papa romano, aceptando al Sínodo reunido a la

sombra de la torre inclinada. Los padres, en compensación, le proclamaron único rey romano-germánico legal, en lugar de Roberto, el «antirey», que se había comportado agresivamente con el Sínodo. En Pisa duró la negociación de los padres desde marzo hasta agosto de 1409. Por los informes de observadores y cronistas, se podía apreciar que el fondo ideológico de las conferencias dependía decisivamente de los trescientos doctores de la Iglesia, los delegados de las Universidades. El peso de las decisiones políticas lo llevaban en cambio los veintidós purpurados; pero desde un segundo plano procuraban dirigir a esos cardenales los delegados de los reyes: los del rey polaco, el francés, el portugués, el siciliano y el inglés.

La cuestión era si debían o no declarar herejes a los dos papas en el poder. Si haría falta o no convocar al cónclave. Los dos santos padres, naturalmente, no querían llegar a ningún acuerdo con los de Pisa.

Segismundo todavía no había intervenido en los acontecimientos durante el período de las negociaciones del Sínodo: a él le interesaba principalmente la persona de Wenceslao. Los dos hermanastros se odiaban mutuamente, pues Wenceslao nunca perdonó a su hermano menor que lo arrastrara ignominiosamente al cautiverio. Pero les unían los mutuos intereses de la casa de Luxemburgo, el recuerdo del padre emperador y también el hecho de que Wenceslao, que era mucho mayor que Segismundo, no tenía heredero. Y la tradición y las costumbres exigían que se designara como sucesor de sus títulos y de su corona, al rey húngaro. El prestigio de Wenceslao aumentó con el acuerdo de Pisa, al declarar al rey checo jefe otra vez del Imperio germano. Naturalmente, sólo se trataba de un título —del «nudo derecho»—, es decir: que el Imperio germano le aceptaría o no como su rey, según dependiese del equilibrio de siempre, del juego combinado de los príncipes.

Segismundo, pues, no envió delegado a Pisa. Esperaba. Ante todo a su esposa, a Bárbara, que llegó con un brillante séquito a Székesfehérvár, para que el arzobispo Juan Kanizsai celebrara la ceremonia del matrimonio y de la coronación. El novio de cuarenta años y la novia con sus dieciséis, se encontraron en las brillantes pompas propias de los años finales de la Edad Media. Borbala (según los húngaros) o Bárbara (según la familia), no se

parecía en nada a la niña de Estiria, de quien Segismundo guardaba ya sólo recuerdos brumosos. Se encontró con una joven alta, de singular belleza, que recibía los honores consciente de su dignidad. Los esperó de todos y principalmente de su esposo, quien se acercó a ella cubierto de un manto real entretejido en oro, sobresaliendo con su altura sobre todos los demás.

Segismundo detuvo su caballo, como si hubiese llegado a una línea divisoria invisible y le ayudaron a desmontar los notables del país; se quitó el gorro de pieles y así el pálido sol marcó el brillo de sus cabellos en los que abundaban ya las vetas plateadas; y de sus barbas entrecanas cortadas en dos partes. En contra de la costumbre, extendió las dos palmas de sus manos —lo que simboliza así el respeto— hacia la dama sentada en las altas jamugas. Bárbara, sonriente, paseó su mirada sobre la gente que la rodeaba y pisó sobre las manos enguantadas de Segismundo. Dos enormes manos de hombre enlazaron los tobillos de la joven y la colocaron en el suelo, justamente en el borde de la alfombra de púrpura, como símbolo de que la condesita de Cilly, seguiría en adelante el camino de las esposas reales. Que durante largos años serán pocas veces alegres y más a menudo penosos.

La una, dieciséis años, y cuarenta el otro… Recuerdo de amantes amadas, reminiscencias pálidas, los cuarenta años —«aetatis suae», como solían escribir debajo de los retratos o en el marco— ya no significaban solamente la flor de la vida varonil, sino también el umbral de la vejez. A los cuarentones acostumbraban a rodearles ya los nietos en las fiestas familiares; Segismundo era la excepción. No había nadie que pudiera llamarle padre o abuelo. Se comportaba y se movía como si aún ahora se dirigiera hacia el cénit de su carrera real. ¿Y cómo no manifestar alegría bañado en brillante sonrisa, cuando abrazaba a esa flor casi recién abierta…?

Bárbara pasó sus dedos con superioridad por la capa dorada y casi saltando con pasos de baile alrededor de su señor, para pronunciar —

haciendo una gran reverencia— las palabras de saludo a las que Segismundo contestó con un improvisado discurso: en tono amable y en latín, dióle la bienvenida a la manera latina. Era el país de los magiares, pero Bárbara chapurreaba apenas ese idioma duro; además, le habían

aconsejado que no hablara jamás en alemán en público: desde la época de Gertrudis, no les agradaba a los húngaros escuchar esa lengua en boca de su reina.

Al arrodillarse ante el arzobispo, muchos testigos de la coronación de María se acordaron de ella, si bien admitiendo que no era tan bella ni tan graciosa. La «Principessina» se movía consciente de su atractivo, en su traje entretejido con hilos de plata, recogiendo a un lado, con una de sus manos, el manto que caía en forma de cola adornada de joyas, y viviendo enteramente el momento grandioso. No estaba nada excitada, era como si todo ese universo cortesano viviera solamente para ella. Y la corona de San Esteban la sentiría al tocar su frente y sus hombros como una joya enorme, pesada: esa materia misteriosa sin la cual el rey, no es el rey. Ahora, arrodillada, veía la cara severa y afeitada del arzobispo. Era una ceremonia sacra, pero en los ojos del primado Juan relucía una sonrisa: no era posible contemplar sin una sonrisa a la niña que seguía arrodillada con majestad prematura, tomaba la comunión, bajaba la cabeza pero sólo un momento, para señalar el milagro que tuvo lugar dentro de ella. El rey —ese enorme varón— con sus brocados y con sus pieles que lo envolvían como nubes doradas, no tenía ya en la ceremonia gran papel.

Ya estaba celebrada la boda, dieron el sí los dos esposos, se proclamó el

«amén» de la Iglesia a las nupcias tan bien vistas por la cristiandad. El sermón de la boda fue breve y le siguió la ceremonia de la coronación.

Hermann Cillei se había colocado un poco más lejos, al lado del altar; la reina separada de su padre se convertía en majestad, su padre, el conde, figuraba aquí como caballero de la Orden del Dragón, grande del país húngaro, dueño de enormes dominios transdanubianos y así llevaba el traje nacional húngaro.

Segismundo seguía todos los movimientos de Bárbara, su aspecto era deslumbrante, con los adornos de piedras preciosas en su cintura y en el puño de su sable y en sus manos sostenía el cetro del país. Hermann, el padre, vigilaba con gran atención a su hija, controlando cada palabra, cada movimiento, lo que pudieron notar los embajadores presentes y principalmente los venecianos. Ese día fue una cadena de grandes pompas, no debía de ocurrir nada que pudiera ensombrecer la euforia de ese

majestuoso mundo. Como si en este enorme país todo marchara sobre ruedas sin el menor inconveniente, como si los regalos para la reina, que muchas veces tuvieron que ser obtenidos por la fuerza, significaran realmente la alegría y el entusiasmo de los súbditos. El árbol de la casa real se llenaría otra vez de hojas, de descendientes, como en la época de los reyes antiguos. ¿Quién se acuerda de Carlos el Pequeño, de Ladislao de Nápoles? Segismundo, con su barba grisácea, envuelto en su manto de oro, está allí, como futuro dueño de la cristiandad.

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