Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 16 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 16

TRES días después de haber recibido Juan Hus el salvoconducto, el arzobispo de Colonia coronó en Aquisgrán a Segismundo y a Bárbara. Con esa antigua ceremonia propia de los reyes germánicos, se abría el camino a Roma y hacia el título imperial. Las crónicas dieron cuenta de los que estaban presentes en Aquisgrán; y de los que faltaron. No estuvo allí el enemigo de Segismundo, el cardenal de Maguncia, faltó su propio hermano, el rey checo, y uno de los electores; el príncipe bávaro se limitó también a enviar a sus delegados. En el santuario se encontraban siete obispos, ocho príncipes —de ellos, tres electores—, cien condes y seiscientos caballeros llenaban la nave de la iglesia.

La próxima parada fue Frankfurt, gran ciudad: si Segismundo no se hubiera aferrado al paisaje más suave de Suiza se hubiera podido celebrar allí el Concilio. A principios de diciembre cayó la primera nieve e hicieron en trineos una parte del camino. Frankfurt estaba preparada para un enorme festejo: su visitante era sin duda ya un rey romano, coronado. El Ayuntamiento fue generoso y con los regalos de la coronación sobraba para llegar a Constanza. En los caminos se veían carruajes de sacerdotes con sus séquitos de armados caballeros; bajo las alas protectoras de la proclamada

«Pax Imperial», viajaban burgueses, damas, buscadores de fortuna y curiosos. A todos los rincones del mundo cristiano llegó la noticia de que se reunían los príncipes civiles y los religiosos, para discutir el estado de la

«Ecclesia».

Todos los que veían más allá de la torre de su ciudad, sabían que Constanza se convertiría en la sede de un acontecimiento que jamás tuvo parangón en los recuerdos del mundo cristiano. Las tareas más importantes eran las de encontrar la solución en una Iglesia dominada por tres papas,

terminar con el Cisma que duraba casi cien años, apaciguar a los rencorosos papas y a los príncipes que los apoyaban. Figuraba también la reforma de la Iglesia, condenar los abusos de los sacerdotes y ponerles fin. Se iba a reavivar la otra herida que duraba ya cuatrocientos años —el Cisma de la Iglesia oriental—; las esperanzas dejaban suponer que después de la llegada de los emisarios griegos, acaso se pudiera realizar esa unión de los occidentales y los orientales. Finalmente se había presentado también Juan Hus a invitación del rey, y se podía tener por seguro que iban a terminar asimismo con la herejía surgida en el corazón de Europa. Nadie podía prever hasta cuándo debía durar el trabajo del Concilio. Los que no pudieran aguantar económicamente —o con la tenacidad de sus propias almas— tendrían que volverse a casa.

Las caras alegres se ensombrecieron al enterarse en las cancillerías de los peligros que amenazaban al Sínodo. La ley del más fuerte era más poderosa que la escrita. Posiblemente donde la vida de los hombres estaba más asegurada, era en las ciudades amuralladas. Los turcos amenazaban los límites del sureste de Hungría. Bizancio —el Imperio romano-oriental— se reducía ya casi solamente a la ciudad y sus alrededores. Polonia luchaba mortalmente con la Orden teutónica. En Inglaterra se estaban matando entre sí los miembros de la dinastía. En Francia, una de las monarquías más bellas y más fuertes de Cristo, gobernaba un rey débil, Carlos IV. Las desavenencias entre Castilla y Aragón habían detenido la Reconquista, la recuperación de Hispania la católica; y los árabes se hacían fuertes en Granada. En Nápoles, Ladislao se había vuelto al mundo de sus antepasados, siendo joven todavía: un intrigante menos en el escenario italiano. Ante esa noticia, el papa Juan decidió apartarse de su fiel Bolonia e ir en dirección al Concilio. El santo padre sólo podía contar con un aliado en Austria: con Federico de Habsburgo, príncipe del Tirol. El otro fiel vasallo era Juan —príncipe borgoñón—; Juan XXIII no se fue con las manos vacías. Quienes conocían a Baldassare Cossa hablaban de sumas enormes; él sabía siempre a quién comprar y cómo. ¡Siempre tenía dinero!

Los príncipes alemanes eran pobres comparados con los príncipes de Italia.

En el gran caos que se formó alrededor del Cisma, era recomendable que el papa encauzara la mayor cantidad posible de príncipes a su obediencia.

Juan hizo su entrada en la ciudad del Concilio casi dos meses antes que Segismundo y entre toques de campanas, con el poder y la gloria del pontífice. Le acompañaron seiscientos hombres armados, él mismo cabalgando un semental de combate; según los entendidos, ocultaba una coraza bajo su traje blanco. Le acompañaban nueve cardenales y veintitrés obispos se unieron a su séquito de honor. Cuando llegó a Constanza, nadie podía dudar de que él fuera el único vicario de Cristo. Había noticias de que pronto llegaría el patriarca de Constantinópolis, y que de Rodas venía ya el barco del Gran Maestre de los caballeros de la Orden de San Juan.

El papa tuvo mucho interés en ser él quien debía de sostener en sus manos el destino del Sínodo, y no el rey de los romanos. No había duda de que se trataba de un hecho eclesiástico: la inauguración del Concilio correspondía al papa; el rey romano sólo podía asistir si así lo deseaba, pero no tenía voz entre los príncipes de la Iglesia. Entre las lujosas ropas de los prelados, casi se perdían los doctores en sus negros talares. Ello a pesar de que las grandes universidades, principalmente la Sorbona, habían demostrado ya su peso al enviar a sus mejores teólogos, entre ellos a Gerson.

—Aquí les echaremos la trampa a las raposas —dijo después de su entrada el papa Juan, y este «sic capiantur vulpes» no prometía nada bueno para Hus y sus adeptos. Las primeras semanas transcurrieron entre tanteos, esperando a los que habrían de llegar más tarde, se formaban los grupos, se poblaba el marco de la vida cotidiana; los forasteros ocuparon todos los rincones libres de la ciudad suiza. Y pese a que las autoridades municipales controlaban severamente los precios de los hospedajes y de los alimentos y perseguían a los aventureros y a las mozas fáciles, Constanza se convirtió en una metrópoli inquieta, ruidosa y desordenada, que hablaba mil idiomas, como si el corazón de Europa estuviera latiendo allí y cambiando su ritmo de hora en hora.

Los hermosos días de Juan XXIII —en pleno poder y gloria— se fueron haciendo cada día más oscuros. Al despedirse de Bolonia le rodeaba la multitud de sus devotos: era el único entre los tres santos padres que iba a Constanza, era pues el representante de la universalidad del Concilio. El papa Gregorio se limitó a avisar que se preparaba para ir y que esperaba

llegar pronto, pues su avanzada edad le impedía viajar deprisa. Las noticias de Hispania eran contradictorias, pero nadie esperaba ver en Constanza a Benedicto XIII. El papa español había sugerido otras ciudades emplazadas en la costa, censuró formalidades y en suma no se esperaba que viniese, a pesar de todas las invitaciones.

Casi por sorpresa —durante los primeros días, cuando los magistrados de la universidad redactaban el orden del día del Concilio y su complicada reglamentación— llegó con un brillante séquito de imponente aspecto, el cardenal Pedro D’Ailly, como legado del papa Gregorio XII. Con ello se vino abajo el orgullo de Juan y los descontentos con él merodeaban la residencia del legado. Después se habló de la llegada de otro delegado, el cardenal Dominici, arzobispo de Ragusa, que representaría al papa Benedicto.

Así pasó noviembre; el rey romano y Juan XXIII, convocaron el Concilio general para los primeros días del mes de diciembre y destinaron los días sobrantes del mes anterior a los preparativos. Éstos avanzaron sin dificultad y ya en diciembre, estuvieron en condiciones de fijar la fecha del siete, para la solemne sesión de apertura. No obstante, el parlamento de la cristiandad seguía pareciendo incompleto, a pesar de que el grupo mayor de los cardenales ingleses y franceses estaba ya en camino; pero no podían llegar a Constanza hasta mediados de diciembre. Se sabía que estos cardenales eran contrarios a Juan… A comienzos de diciembre llegó también la delegación húngara. Su gran empaque contrastó con los grupos de otras naciones, porque al frente de los húngaros cabalgaba el suegro de su majestad, Hermann Cillei y su cuñado, el palaciego Nicolás Garai.

A mediados de diciembre habían llegado ya a Constanza las delegaciones de casi todas las potencias europeas; la mayoría de los príncipes vinieron en persona. En la apertura del Concilio participaron tres patriarcas, veintinueve cardenales, treinta y tres arzobispos, ciento cincuenta obispos, trescientos catedráticos de universidades, cantidad que superó con enormes creces el número de los que habían asistido al Concilio de Pisa. En lo que se refiere al trabajo de los organizadores, aquí la tarea mayor era la de alimentar a las delegaciones y sus comitivas, en pleno invierno y con dificultades de transporte. Según las cuentas guardadas en la

casa consistorial, había que procurar diariamente forraje para treinta mil monturas.

Juan Hus andaba libremente en estos primeros días, en la ciudad del Concilio. (Había llegado poco después de la entrada del papa Juan.) No teniendo nada que hacer —pues le fue prohibido el derecho a predicar—

paseaba por Constanza como turista interesado, observaba los hechos diarios, escuchaba las noticias. En su casa, ante pequeños grupos de sus adeptos, expresaba sus puntos de vista. Era evidente que se habían infiltrado soplones en torno a él, porque tanto los hombres de la Curia como el consejo municipal, conocían perfectamente cada hora de su actividad. Así se enteraron de que, pese a la prohibición, seguía hablando en público, es decir, predicando. A Hus no le preocupó esa actitud, pues ya en Praga estaba acostumbrado a que, fuera donde fuera, sería observado. Es decir, vigilado.

Cuando Hus se enteró de que le seguían los pasos, debió pensar que posiblemente la investigación de sus doctrinas sería la primera labor del Concilio. Entonces se recluyó en su hogar, y gran parte de su tiempo lo dedicaba a preparar su defensa. Su situación empeoraba sin saberlo, porque empezaban a verse sus mayores enemigos, sus propios compatriotas dispuestos a ajustar sus cuentas con él. En torno a Hus también se iba ampliando el grupo de sus incondicionales. La lucha entre ambos grupos checos, las acciones mutuamente agresivas, perturbaron el solemne orden de Constanza y llamaron la atención a los de Praga. Todos estaban enterados del problema de Hus, también los laicos, a pesar de que acaso ignorasen todo sobre las ideas de Hus. Al Sínodo habían sido invitados sólo los cardenales opuestos a Hus, por lo que éste y sus partidarios se iban aislando cada vez más y sólo podían moverse en su cerrado círculo, mientras el Concilio no decidiera cuándo citar al «magister» a declarar.

Entre los enemigos de Hus destacaban dos —en parte por su rango eclesiástico, en parte por la autoridad de que disfrutaban en el mundo de los teólogos—: el cardenal D’Ailly y Jean Charles de Gerson, doctor de París.

El cardenal pisaba ya sus sesenta y cinco años, lo que para esa época, era acercarse a la ancianidad. Al cardenal francés lo describían sus contemporáneos como hombre misericordioso, sosegado, que sinceramente

deseaba la paz de la Iglesia. Gerson se convirtió pronto en jefe de «la nación francesa» (así actuaron separadamente en el Sínodo). Le definía un enorme talento y una fuerte voluntad. Gerson que representaba a la universidad —la famosa Sorbona— opinaba que las enseñanzas de Praga no eran útiles a la reforma, pero llevaban hacía la revolución. (Gerson ya se había dado cuenta, antes del Concilio, de la fuerza descomunal de Hus.

Presentía los acontecimientos cuyo símbolo será el Monte de Tabor.) La universidad de París delegó en el doctor el informar y convencer de que las enseñanzas de Hus estaban minando la disciplina de la Iglesia. Sí estos principios se hacían valer, no se podría luchar contra la desintegración, ni contra el cisma, ni por la organización de la Iglesia.

El papa Juan XXIII, uno de los protagonistas del enorme drama medieval (durante un tiempo que fue breve era realmente el más importante de los «dramati personae») bacía fijado su residencia en el palacio del obispo. Recibió en sus aposentos a las delegaciones que llegaban al Sínodo.

Aquí fue a verle el caballero Chlum, con la petición de que asegurara la protección al «magister», hasta que el rey llegara de Spira y decidiera cuál era el destino terrenal de Hus. Todo esto lo pidió en vista de que sus acompañantes observaban siniestras señales: la sombra del peligro se extendía sobre el predicador. Una parte de los padres y doctores del Concilio querían empezar su labor liquidando a sangre y fuego lo que ellos llamaban «la herejía de Praga». Ya habían intentado rodear la casa de la viuda Pfister, donde se hospedaba el maestro. Era gente armada por orden de los obispos de Tréverís y de Augsburgo. Chlum protestó contra esa amenaza, pero lo que no pudo impedir fue que se llevasen a Hus el 28 de noviembre, con el pretexto de interrogarle. En vano reclamó el caballero de Praga:

—El rey de romanos, nuestro señor, nos ordenó cuidar del «magister»

Hus, según indica su salvoconducto. ¡Tened cuidado: estáis ofendiendo el honor de su majestad!

La respuesta fue que se trataba simplemente de una formalidad, tan sólo de un interrogatorio. El mismo Hus estaba dispuesto a marcharse, acompañado del representante del Concilio. Mientras sacaban su caballo, se despidió de su huéspeda: la viuda Pfister rompió en llanto. Así se fue Hus,

todavía en libertad, acompañado de sus amigos. Al llegar al palacio arzobispal, vieron que esperaban a Hus varios cardenales. Todavía se le trataba como a un personaje de la Iglesia que discute, pues el objeto de su presencia, decían, era sólo aclarar ciertos puntos de sus enseñanzas.

Comprobaron satisfechos que el maestro —según su propias palabras— se prestaba gustoso a la discusión. Después de lo cual los cardenales se despidieron, pero Hus —con el fiel Chlum— siguió en el palacio, aunque ahora bajo la custodia de hombres armados. Pasaron largas horas, su tensa espera fue sólo interrumpida por un padre franciscano, que pretendió discutir con el «magister» sobre sus dogmas, pero sin que lo supieran los del Sínodo. Después, regresó el representante del Concilio: Hus fue separado de Chlum. El caballero volvió a su albergue, mientras el maestro quedaba en palacio.

A Chlum no se le asustaba con facilidad: como Juan XXIII residía bajo el mismo techo, el caballero checó entró —con sus armas— para ver al santo padre, protestando indignado por el vergonzoso atropello hecho con Hus. «Publicaré por todas partes que se ha infringido el salvoconducto del soberano romano.» El papa intentó evitar la discusión con el excitado noble: «No fuimos nosotros quienes ordenamos su detención —dijo— sino los cardenales. Debes de saber que mi caso también se desenvuelve bastante mal ante el colegio de los cardenales…»

Era casi imposible imaginar mayor contraste humano que el del capitán mercenario, procedente de una familia noble de Italia, que había recibido las órdenes sacerdotales y también el capelo cardenalicio en Bolonia, y el del profesor y predicador Juan Hus. El papa era un político de físico vigoroso, de mente aguda, prototipo de los dominadores de la Italia de esa época. Aventurero infatigable que no se detenía ante nada, que sufría por su hambre insatisfecha de oro y que al mismo tiempo era un alma atractiva, campeón inquebrantable de la Iglesia, nada inculto ni tampoco cruel. Había venido angustiado pero voluntariamente a Constanza: nada ni nadie le obligó a cumplir el deseo de Segismundo. Frente a él, el «magister» checo, educado en un ambiente de campesinos, que había pasado su vida en la tierra natal en su mayor parte, después en el Carolineum, en el ambiente de

la universidad. El único idioma en que podían entenderse el papa y el acusado, era el latín. Hus (según testimonios de la época) hablaba un latín tosco, eslavizado, pero con una redacción impecable; acaso para los oídos italianos su pronunciación debía de parecer mala. El papa Juan hablaba la lengua de sus antepasados romanos, más parecida al italiano que al latín pero con la fluidez atractiva de quien está acostumbrado a tratar con caudillos, prelados y, más tarde, príncipes. Sin duda Juan vio en Hus al enemigo más peligroso de la Iglesia. Como «condottiero» en el pasado, quería liquidar a su enemigo como si se tratase de un combate. Pero sabía que Hus tenía el salvoconducto del rey romano. No se podía saber cuánta vigencia atribuía Segismundo a su propia firma, hasta dónde deseaba proteger al gran insubordinado. Que le trajeran ante él, que trajeran a Hus ante el papa Juan XXIII.

Después de la primera disputa entre Hus y el inquisidor que representaba al Concilio, se presentó el camarlengo pontificio para conducir ante su santidad al «magister». Primero se trataron las pequeñas ofensas: el

«magister» había infringido la prohibición, predicando en todos los sitios en que se detuvo durante el viaje, y luego allí mismo, en Constanza.

Pero el papa Juan no aprobaba el plan de que el Concilio, aún en los preparativos para su constitución, condenara ya a Hus —y que le quemaran incluso— antes de que Segismundo, después de su coronación en Aquisgrán, llegase a Constanza. Porque así toda la responsabilidad hubiera recaído sobre el papa como supremo caudillo de Constanza y quién sabe si Segismundo —aunque sólo en apariencia— no le hubiera acusado abiertamente de atacarle, con la ratificación de la sentencia. No… ¡Que primero llegue el rey de romanos! ¡Que esté presente! Juan XXIII no debía dejar tras de sí acusaciones que se podían agravar en cualquier momento, cuando tanto necesitaba de la benevolencia de Segismundo, en situación tan apurada como la suya. Si empezaba a enumerar los pecados de Hus, como éstos se sumaban en la acusación, podría entablarse una polémica. Y en ésta llevaría probablemente la peor parte el papa. Ni sus conocimientos, ni su don de la palabra eran suficientes para convencer al «magister» de que debería renunciar a sus doctrinas.

De modo que el papa se limitó a expresar en términos breves y solemnes su desaprobación, pero ésta también en forma impersonal, como quien no quiere entremezclarse con la labor de la justicia eclesiástica. Se trataba tan sólo de una advertencia para los dos: uno, el sucesor de san Pedro; el otro, profesor de teología bajo el peso de una excomunión.

Cuando, sin el benigno beso de su mano, despidió con breves palabras a Hus, hizo una señal: tras la puerta se formó una comitiva armada. Desde este momento hasta la tragedia final de Constanza, Juan Hus estaba considerado ahora como un hereje prontamente sentenciado, un preso que espera su última hora.

A Chlum le pareció que se hundía entre declaraciones místicas, solo y desamparado, en Constanza. Volvió a su alojamiento y con el secretario de actas de la delegación checa, el bachiller Pedro Mladenovic, envió a Hus un abrigo de invierno y algunos objetos de uso personal, para que el maestro pudiera pasar la noche lo mejor posible. En los ocho días siguientes hospedaron a Hus en la casa del chantre de la basílica, bajo adecuada custodia. Su siguiente y triste estación sería el convento de los dominicos: mientras tanto prepararon allí su cárcel, La celda estaba justamente al lado de las cloacas; le construyeron una verdadera jaula de madera donde tenía que dormir en un camastro. En la oscuridad de la celda apenas alumbraba un pequeño candil. Tampoco pudo pues leer casi, o escribir. Fue como si la muerte misericordiosa se hubiese acercado en ayuda del maestro, porque en este agujero de aire viciado y maloliente, se carcomía su salud y también su fuerza vital. Le atacaron dificultades respiratorias junto con una fiebre alta, y también cólicos biliares. Era evidente que si no recibía ayuda, podían terminar antes de lo pensado con uno de los puntos fundamentales del Concilio…

Al enterarse el papa del estado de Hus, envió enseguida a su médico para atender al enfermo. Entonces mejoraron las condiciones de su celda y también su alimentación. Mientras tanto se creó una comisión de investigadores formada por diecinueve miembros. Esta «comisión de herejía» tuvo que preparar el proceso contra Hus. Participaron en ella doctores, profesores, obispos, generales de las órdenes. Todos eran enemigos de Hus, principalmente su antiguo amigo y colega Stefan Pralec,

de Praga. El mes de diciembre pasó mientras el convaleciente enfermo debía de responder a las preguntas, solo, sin el apoyo de sus libros teológicos, ante los acusadores más expertos en la persecución de los herejes.

Así prosiguió esa penosa investigación hasta la noche de Navidad. El sonido de la campana mayor de la ciudad y los gritos de júbilo, llegaban hasta la celda de Hus. Esa noche hicieron su entrada Segismundo y Bárbara en la ciudad del Concilio.

Aislaron a Hus del mundo exterior; a la celda de los dominicos no podía llegar noticia alguna sobre el destino del maestro. Y ello pese a que ya al día siguiente de la llegada de Segismundo, el rey tuvo contacto con el papa Juan y empezó exigiendo la liberación de Hus. Pero el antiguo —y otra vez futuro— Baldassare Cossa «se lavaba las manos» y pasaba toda la responsabilidad (también la de una supuesta desobediencia al rey), a los cardenales que buscaban la pérdida de Hus; Segismundo conocía bien los laberintos de la Curia, por los que erraban en busca de la verdad sin dar con ella. Un duro diálogo se inició entre los cardenales y el rey. Los cronistas tomaron nota de los improperios y protestas desatados por Segismundo y, más aún, las maldiciones en que estalló al reprochar a los miembros de la comisión cardenalicia que se burlaran de él, del rey de romanos, así, públicamente, menospreciando desde el comienzo su salvoconducto.

Amenazó a los padres del Concilio con abandonarlo por culpa de ellos.

La respuesta de los cardenales y de los doctores, fue no obstante que si su majestad dejaba libre al «pseudo magister y hereje», entonces se marcharían ellos de Constanza y en ese caso los abismos que separaban a la cristiandad, quedarían abiertos para siempre. La herejía jamás podía incumbir al caudillo laico; en este problema sólo podían decidir los eclesiásticos competentes. Si no había proceso contra Hus, no tendría lugar ni la liquidación del Cisma, ni la reforma general de la Iglesia.

En los primeros días del nuevo año —1415— por fin entregó Segismundo a Hus al destino de los cardenales, dando como razón que, efectivamente, en asuntos de heréticos debían de proceder las autoridades eclesiásticas. Pero para aliviar la conciencia de Segismundo, uno de los expertos del Sínodo afirmó que «la palabra de honor dada a un hereje no

tiene validez y sólo ata a Su Majestad en tanto que a él le parezca razonable, y está bien así».

De esta manera, en este primero de enero quedó sellada la suerte terrena

—en su más cruda realidad— de Juan Hus. No obstante, Segismundo hizo varios intentos para aliviar la situación del «magister» y más aún; hasta procurar después de su condena el hacerle escapar, pero los señores del Concilio le dieron a entender cada vez, que la liberación de Hus, en la forma que fuese, llevaría consigo el lúgubre final del Concilio cuya convocación tanto había costado durante tan largos años. Sobre todo fueron los doctores de París —con Gerson a la cabeza— quienes insistieron en esta homicida alternativa.

A mediados de enero se hizo más grave el estado físico del acusado. Le torturaban momentos de asfixia, tenía siempre ataques y ahogos, los médicos resultaban tan ineficaces como los inquisidores. A pesar de la severidad carcelaria de esa época, pusieron un banco en el patio del claustro y allí dejaban sentarse al maestro, para que respirara el aire puro en la nieve recién caída. El papa Juan se enteró también del precario estado del

«magister». Ordenó que le trasladaran de la terrible celda junto a las cloacas, a un cuarto un poco más cómodo, más sano, y envió de nuevo a su médico italiano para que ayudara a restablecerse al «magister».

Cuando se lo permitía su estado, Hus se preparaba para la defensa.

Pensaba

que

podría

pronunciar

varios

discursos

expuestos

continuadamente, ante el gran público del Concilio, defendiendo su verdad.

Comenzó por redactar cuatro discursos, el primero de los cuales se refería a la paz. Por otra parte su prisión no era tan severa como para no encontrar enseguida pequeños resquicios: uno de los tres guardias le ayudó a mantener relaciones con el mundo exterior, traía y llevaba las cartas. Así pasaron las semanas del invierno. Una llave de la celda de Hus —

cumpliendo su símbolo de entonces— fue puesta enseguida en manos del rey Segismundo por los miembros de la comisión del Concilio. Cuando se enteró de ello el caballero Chlum acudió a su majestad: ahora tenía una ocasión para liberar enseguida al «magister» y su majestad podía asegurar su salida Dues en la confusión existente entonces en el Concilio, la liberación de Hus no provocaría las esperadas amenazas.

Segismundo retrocedió ante las exigencias de Chlum, e hizo llamar al cardenal d’Ailly, uno de los jefes más importantes del movimiento contra los husitas. El cardenal amenazó de nuevo al soberano con la desintegración del Sínodo si Hus se libraba, del modo que fuera, de la condena de sus jueces. Cuando D’Ailly se fue frenando apenas su cólera, Segismundo decidió que la llave de la celda de Hus debía de ser entregada al obispo de Constanza, para que éste tratara al preso según su parecer, pero impidiendo todos los intentos de fuga.

El obispo, a quien se consideraba como adversario de Hus, no tardó mucho en actuar: juzgaba caótica la situación reinante en Constanza y decidió que había que trasladar al acusado fuera de la ciudad, lo más pronto posible. En la ciudad, ya ni a los forasteros se les podía garantizar la seguridad. En cualquier momento podía aparecer un grupo de hombres armados que atacara el monasterio dominico y sacara de allí al prisionero.

De modo que el obispo mandó trasladar a Hus esa misma noche a su propio castillo, en Gottlieben. Pocos andaban por las calles en la noche de Constanza, ni siquiera pudieron ver ni menos percatarse, de cómo llegó ante el convento un cortejo formado por el obispo, los hombres del Sínodo, el gobernador de la ciudad, más los guardias. Metieron al preso en un carruaje que partió hacia el sombrío edificio de Gottlieben.

Durante dos meses y medio consumió allí Hus el amargo pan de los presos con acusaciones graves. Durante el día llevaba pesados grilletes en los pies, de noche dormía encadenado a la pared. Le prohibieron escribir y la mala calidad de la comida mermaba aún más su fuerza física. Además de sus antiguos dolores, le atacaron nuevos cólicos biliares, hemorragias, dificultades de respiración. Se estrechó más aún el estrecho cerco a su alrededor; pero la noticia pudo llegar a su amigo y colaborador, Jeremías. A pesar de la estricta prohibición de Hus, Jeremías había llegado a Constanza para ayudar a su amigo y maestro. Los caballeros Chlum y Duba hicieron lo imposible para que Jeremías pudiera entrar en Gottlieben y hablar con el maestro. Pero no pudieron dar con la menor grieta en el muro de acero del Concilio. Ante la inutilidad de sus gestiones, Jeremías regresó a Bohemia pero al llegar a la frontera germano-checa, en Hirschau, le alcanzó un grupo de mercenarios y le devolvieron a la ciudad del Concilio, acusado de ser el

más íntimo devoto de Hus. (Sobrevivió sólo durante diez meses al

«magister». Jeremías de Praga sufrió el 30 de mayo de 1416, la muerte en la hoguera.)

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