Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 39 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 39

EN LA medida que era posible para el soberano, durante los meses de Roma había tomado cariño al papa veneciano, Eugenio. Carecía el pontífice de todos los defectos humanos en cuanto al amor propio, el lujo, la ambición de poder… El papa se había convertido en un enamorado de la Urbe, a pesar de que varias veces tuvo que huir de Roma a causa de los Colonna, por intrigas y luchas con los barones. Cuando Eugenio IV pudo sentir con todo derecho que su deber era mantener al mundo cristiano como un nuevo Atlas, se decidió a defenderlo contra paganos, descreídos y husitas.

El monarca presintió en Eugenio la pureza del alma, la ausencia de todo orgullo principesco, su deseo de servir, de reconstruir la Roma en ruinas, ofrecer un destino humano a la Civis Romanus. Mientras duraron los regateos entre Segismundo y Eugenio —cuando el cardenal Lucio Conti, confidente del santo padre, repitió ya durante sus conversaciones de Siena, que jamás había tenido la Iglesia un sumo pastor más sosegado, más humano que Eugenio— entonces no le creyó. Tenía miedo de los venecianos, especialmente de aquellos cuyas fechas de nacimiento fueron subscritas en el registro civil de la Serenissima. Cuando se apresuró a salir hacia Basilea, le pareció a Segismundo que cumplía una misión suprema, humillándose ante los clérigos siendo mayor que el papa, para pedir que se reconciliasen la totalidad de los padres del Concilio con el pontífice. Ello era necesario para emprender la lucha contra los turcos y para destacar el poder de la Iglesia universal frente a los husitas. Naturalmente, tuvo que aguantar días, en esta o aquella ciudad, fortaleza, puerto, para esperar tantos regalos y subsidios; ingresos por algún nuevo título o privilegio, hasta poder proseguir el viaje, pese a llevar sólo una comitiva menor de lo que le

hubiera correspondido a un «Signore» italiano. Así llegó en el día 13 de agosto de 1433 a Basilea, donde, aunque repicaran las campanas, sólo vinieron a saludarle algunos cardenales.

Segismundo, para expresar su deseo de renuncia a todas las galas imperiales, se dirigió, en su atavío real, directamente a la sede del Concilio, donde desde la mañana discutían los padres del Sínodo, encantados con la belleza de su propia elocuencia.

En Basilea todos hablaban una lengua que no era la materna de ninguno y que hacía un milenio que se había borrado del recuerdo de los hombres como lengua viva. Todos hablaban en latín, tenían que contestar improvisando cuando les dirigían alguna pregunta, cuando tenían que defender una declaración, cuando solicitaban o cuando acusaban.

Navegaban en torno a los amenazadores escollos de una lengua muerta: jamás dijo nadie abiertamente lo que verdaderamente pensaba. Como si recitaran lecciones estudiantiles, uno citaba frases de Cicerón, otro se pronunciaba con los primitivos padres de la Iglesia. Eran eclesiásticos: sólo de vez en cuando, surgía algún clérigo, secretario de un purpurado. Como Eneas Silvio Piccolomini, de Siena, que no aspiraba a convertirse en papa

—todavía— pero se movía por todas partes como en su propia casa, tanto entre cardenales como entre doctores; conocía a todos, ayudaba gustoso en la redacción de algún texto latino, en el pulido de una frase.

Piccolomini tenía veintiocho años y fue testigo presencial cuando se abrió la puerta principal de la catedral de Basilea, y el emperador de la cristiandad, con su enorme estatura, salió renqueando un poco. Decoro principesco, mirada bañada en sonrisa, gestos magnánimos.

El primer objetivo de Segismundo era el Ayuntamiento: impedir el peligrosísimo rompimiento. El primer paso hacia la reconciliación lo había dado ya Eugenio el pasado febrero, al reconocer en su bula «Ad sacram Petri sedem» al Concilio de Basilea, gracias a la insistencia de Segismundo.

Nada estaba más lejos de su majestad que ese meticuloso detallismo con el que les gustaba jugar a los doctores. No hubiera podido seguir el alud de las interpretaciones, ya que Segismundo, durante sus agitados años jóvenes, apenas había podido estudiar teología. No entendía de disputas confesionales pero, como asistente mudo a tantas discusiones, conocía las

tesis y podía leer en las emociones humanas. No hablaba «la lengua de los doctores», pero a pesar de ello su latín era fluido, a veces elocuente, según el fraile Juan Montisoni, testigo y cronista que describió así al emperador:

«magna cum instantia suplicavit, ora propio, manibus junctis…». Hablaba con gran ardor, como si suplicara, con palabras propias y las manos unidas…

Esta vez Segismundo no había venido a Basilea sin contar con ayudas: el mayor poder mediterráneo —Venecia— se había convertido en su aliado ocasional. La Serenissima —en su lucha contra Visconti— necesitaba tanto del apoyo del papa como del emperador. Por eso en Basilea se unieron al emperador dos delegados de Venecia: Andreas Donato y Francesco Capodilista. (Al primero, pronto le dio el espaldarazo el emperador, mientras que el querido Capodilista recibía el título de «conde del Santo Palacio»). Algunas personalidades del Concilio desaprobaban la amistad imperial y veneciana, como el cardenal del «in vincoli», quien durante el ardor de una disputa no tuvo reparo en echarle en cara a su majestad, que el papa y los venecianos le habían sobornado. Eneas Silvio, que presenció esa escena, anotó además que Segismundo, «oyendo la acusación prorrumpió en lágrimas». Puede que esta emoción excesiva, fuera ya signo de vejez.

En la primera jornada Segismundo obtuvo un aplazamiento de ocho días. Se lo consideró como una deferencia del Concilio para complacer el deseo del emperador, aunque sólo fuera por tan breve tiempo. ¿Qué importancia tiene una semana, ocho días, en la corriente de los grandes acontecimientos?

El emperador de pies doloridos se quitó por la tarde las calientes pieles de oso y salió «como persona particular» —así lo describe el cronista—

hacia las residencias de los cardenales rectores del Concilio, para convencerles de que estaban actuando erróneamente según el punto de vista de toda la cristiandad, al insistir en echar del trono a Eugenio. ¿Cómo podrían esperar que el santo padre se inclinara ante la decisión del Concilio, cuando tenía a su lado al emperador, a Venecia, a buena parte de las potencias italianas, al rey de Inglaterra? Cuando la persona a la que visitaba vivía cerca de la residencia imperial, Segismundo iba a pie o se dejaba llevar en andas. Por consejo del médico, sólo debía montar a caballo cuando

sus dolores se hubieran calmado. Si le hostigaba la gota, llamaba a su cama a los que el cronista denominaba « ora tores principalis», manteniendo muchas veces hasta medianoche conversaciones confidenciales a las que seguía un corto descanso, porque Segismundo —cuando el Concilio celebraba sesiones— se presentaba pronto. En estos casos, él mismo presidía, descansando su pie dolorido en un banco, pero con traje de gala y capa real. La disputa proseguía justamente sobre la manera de actuar de los delegados del papa y su jurisdicción; en lo cual intervenía Segismundo, a veces con buenas palabras, otras, con ira. Si cerraban las puertas ante los enviados de su santidad, no habría esperanzas de reconciliación.

Segismundo cambiaba las fórmulas con gran sentido político, con su experiencia de decenios. Al encontrarse enfrentado a intenciones hostiles, amenazó al Concilio: les dejaría allí mismo, volvería a su patria, Hungría, donde le esperaban con ansiedad, donde le querían sin el rencor que mostraban los padres de Basilea.

Por la tarde y por la noche, nuevas conferencias, negociaciones secretas, verdadera olla de brujas, como si el maestro de ese mecanismo hubiera sido Segismundo. Cada día brotaba alguna desavenencia inesperada, alguna dificultad con la que no se había contado: así pasó con los derechos del príncipe borgoñón: sus enviados fueron elevados al rango de delegados reales por derecho de costumbre, designándoles sitio junto al banco imperial. Contra esto protestaron los delegados de los reyes franceses e ingleses. Segismundo consideró también exagerado el favor concedido al monarca de Borgoña, pues superaba con creces los privilegios de los delegados de príncipes electores germanos. Seguramente debió de tener algo que ver Segismundo con el hecho de que, en ocasión de una reunión solemne, los de Borgoña buscaron en vano sus asientos: sus bancos habían sido volcados, destrozados, pero la queja sólo se registró en la cancillería, y nadie se apresuró a ponerle remedio. Su majestad envió a los borgoñones al príncipe bávaro Guillermo, protector del Concilio. Tempestades parecidas pasaban frecuentemente por el Sínodo, a pesar de sentir todos que ahora estaba en juego el bien de la cristiandad.

Pleno diciembre: dentro de pocos días, el cumpleaños del Redentor. En Basilea celebraban un torneo los príncipes y notables reunidos, en el que

rompieron lanzas los borgoñones ofendidos. Al gran acontecimiento no podía faltar el emperador, quien contemplaba con envidia a los caballeros que actuarían en la liza. Aunque ya no rompía lanzas, después del torneo su egregia persona entró de incógnito en la posada «Zur Mücke» para el brindis: según el boletín confidencial del día siguiente en el Ayuntamiento, la «Cesárea Maestas» pasó algunas horas en un cuarto de la posada cuidadosamente vigilado, en compañía de una moza de mala vida, pero de singular belleza…

A pesar de que su santidad había retirado la bula de disolución, el papa no vendría a Basilea a invitación del Concilio; sólo convocaría para el siguiente año, un nuevo Concilio en Italia, aunque probablemente no como una prolongación del de Basilea. La sede del nuevo concilio sería Ferrara; los Este, como vasallos papales, abrían gustosos sus puertas a Europa. No obstante, Eugenio aprobó la Reforma, a pesar de que nadie entendía lo que quería decir con sus frases tradicionalmente oscuras, sobre la renovación

«en la cabeza y en los miembros igualmente», que fue como dijo el papa a los obispos. Al mismo tiempo, no se olvidaba la reclamación de los padres franceses para que el papa volviera a fijar su residencia en Avignon. Por otra parte, en Roma no se podía hablar de seguridad pública mientras acecharan guerreros alrededor de la Urbe y mientras en la Ciudad Eterna fuera Vitelleschi, convertido de jefe de bandidos en arzobispo, quien administrara la justicia a su gusto.

Inesperadamente, el emperador recibió apoyo del lado menos pensado: Nicolás de Cusa, nacido a orillas del Mosela, era uno de los campeones del Concilio que negaron la superioridad del papa sobre los padres allí reunidos. También atacaba la autenticidad del documento de fundación de Constantino, quien legalizó la soberanía laica de los papas. Su obra más importante —que pasó por las manos de todos los miembros del Concilio—

era la De concordantia catholica. Pero en la medida que estaba junto al Sínodo, el de Cusa exigía también que se organizara la nueva cruzada contra el turco y se soldara por fin —si bien al precio de concesiones— la unión greco-latina. Juliano Cesarini, quien ahora quería eludir la ruptura con Eugenio, vio la solución en Nicolás de Cusa, reconociendo el especial

don diplomático del joven «magister» de Padua. Cuando Segismundo llegó a Basilea, se produjo un lento cambio en los conceptos del Cusano: estaba dispuesto a aceptar una fórmula que no ofendiera a la autoridad del papa, creando un equilibrio entre ambas partes. Cusa rechazó la exigencia francesa de reponer la Curia papal en Avignon, así que en aquella cuestión se unió también al emperador. Segismundo no quería ver al papa en el corazón del mundo francés, porque hubiera significado la irremediable superioridad de la Iglesia gala, como acaeció, en realidad, durante los decenios del «cautiverio de Avignon».

Llegó la noticia, desde Praga, de que una delegación de husitas marcharía a Basilea, si se podía llegar a un acuerdo en ciertas cuestiones protocolarias. Y así, de pronto, cambió el espectáculo de Europa: los salvoconductos no los expediría en este caso el emperador, sino el Concilio; citarían a los husitas en Suiza, como negociadores de igual rango, y no como errantes condenados a penitencias. Los checos llegarían acaudillados por dignidades mundanas y eclesiásticas: a la cabeza estarían Prokop Holy y el arzobispo Rockyczana, y el séquito se compondría de cincuenta miembros, por lo menos. Se decía en el Ayuntamiento de Basilea que habría que alimentar a otros doscientos caballos; no vendrían —naturalmente—

los carreteros, pero los congresistas de Basilea habían oído bastantes cosas desde Silesia, Moravia y Baviera, para esperar atemorizados la llegada de los checos para reconciliarse.

Segismundo se consideraba rey checo, así que su papel allí como emperador del cristianismo, tenía un doble sentido, una extraña refracción: no negociaría públicamente con los husitas, puesto que ellos no le aceptaban como rey. No obstante, podría mover desde bambalinas a los actores del escenario, igual que había tenido en sus manos las negociaciones secretas de Eger. Es indudable que en los últimos tiempos, desde que comenzaron las ocultas negociaciones, los husitas no habían efectuado ningún ataque, ni contra el Imperio, ni contra territorios húngaros.

Cuando la nutrida delegación checa cruzó la frontera imperial, con el brillo de sus embajadores, la presentación hizo su efecto: los prelados recibieron con un temeroso respeto a los herejes y entre ellos a Rockyczana

con su capa de arzobispo. El Concilio había acordado con los checos el camino que debían recorrer, con lo que llegaron a tiempo las advertencias a las ciudades imperiales por donde debieron pasar. No se les pudo impedir que celebraran el culto en su propia comunidad, pero se prohibió participar a los cristianos católicos. En domingo se les dejaba alguna capilla o iglesia poco utilizada, en algún lugar apartado, para que predicaran sus «errores».

Era tarea de la autoridad eclesiástica local el considerar si después haría falta bendecir de nuevo la iglesia… Por lo que se refiere a los alimentos, las autoridades debían entregarlos gratuitamente durante tres días. No se podría aceptar dinero alguno de los checos porque éste procedía de riquezas robadas a la cristiandad.

Las disposiciones habían sido aplicadas antes de que Rockyczana y Prokop Holy hubiesen llegado. Los contactos se sucedieron sin el menor altercado; por otro lado, la mayoría de los checos hablaba alemán.

Que el mismo Prokop estuviera dispuesto a viajar, ya en el umbral del invierno, fue también una sorpresa para los hombres del Concilio. Le habían llamado tantas veces Satanás, carcelero del Anticristo, lo mismo desde los púlpitos como en los escritos, que la figura del duro y pequeño noble checo gozaba de un sentido simbólico en los países occidentales.

¿Quién se atrevería a defender a Prokop de una muchedumbre excitada que asaltara su alojamiento ocasional, haciendo añicos al grupo husita? Tenían que cruzar regiones sajonas y silesias, que habían sido devastadas varias veces por los taboritas, quienes dejaron tras ellos mares de sangre. Por lo que fue una gran sorpresa la noticia de que el sucesor de Ziska, el gobernador sin título, era el verdadero jefe de la delegación. Las intenciones del arzobispo Rockyczana —su acercamiento a los calixtinos y su alejamiento de los taboritas— sólo se demostrarían en las próximas semanas de Basilea. Cesarini aceptó dirigir las negociaciones; así que las discusiones husito-católicas, podían comenzar al más alto nivel.

Basilea no recibió con campanadas a los llegados en medio de la nevisca. Pero también Bohemia estaba cubierta por una capa blanca, los checos estaban acostumbrados a los vientos y las heladas: sus trajes de cuero les defendían de los elementos. Llegaron principalmente en carros que cubrían con un techo. Los caballos y los carreteros afrontaron muchos

obstáculos en los caminos, utilizando sus experiencias de las campañas.

Llegaron a la ciudad del Concilio cumpliendo los descansos previamente fijados, sin perder un solo día: los doscientos caballos pasaron a las cuadras y para la comitiva se buscó alojamiento cerca de ellos. Había mayores dificultades para hospedar a los miembros más importantes de la delegación, escribientes, teólogos, doctores. A semejantes grupos se les proporcionaba por costumbre, alojamiento en los monasterios, pero aquí se trataba de herejes y no era posible alojarles junto a los frailes. Podían contagiar la plaga, corromper a los monjes; tampoco los checos se sentían a gusto en el ambiente monacal, pues tanto Hus como Jerónimo consideraron a sus habitantes como parásitos peligrosos. Por donde se propagaba su movimiento fueron destruyéndose conventos y expulsando a los frailes. Así que era gran preocupación del magistrado, el asegurar el hospedaje al enemigo protegido por los salvoconductos, que debían ser usados todos a la vez.

A todo esto se añadió la enorme escasez de albergues en Basilea. La ciudad del Concilio no sólo albergaba a los padres de la Iglesia sino a numerosos clérigos, estudiantes, caballeros. Basilea era una importante ciudad helvética, su alimentación estaba perfectamente resuelta por la vía fluvial, no obstante, se necesitaban largas horas de persuasión, para que el dueño de una casa aceptara cederla provisionalmente al Concilio y con esa dificultad se alojó a los checos.

La táctica del Concilio fue la previsible, nada podía seguir en secreto: según informes confidenciales de Praga, Cesarini pudo confirmar que entre los husitas existía una gran disconformidad. Los calixtinos eran más pacíficos; pero los taboritas, principalmente las tropas armadas que se denominaban Huérfanos, no querían las negociaciones y acumulaban sus fuerzas para disponer en la primavera nuevos ataques contra el Imperio, como asimismo contra las comarcas norteñas de Hungría. Los taboritas vivían en la seguridad de ser invencibles, confiando que sus victorias se mantendrían por los siglos de los siglos.

Cesarini contaba con el factor tiempo: se basaba especialmente en el trabajo de Rockyczana al que consideraba un contrincante más eficaz que Prokop, supersticiosamente respetado por sus soldados y nacido a la sombra

de Ziska. Completaba la delegación el grupo de los «magister» de Praga.

Durante los primeros días era difícil saber quién de ellos sería el espíritu rector de las negociaciones, quién las dirigiría, quizá oculto en el fondo.

Los checos aceptaron también que el cardenal Juliano encontrara el tono adecuado para iniciar las negociaciones: aconsejó a los participantes que tuvieran paciencia cristiana y se mantuvieran tranquilos, pidiendo a todos y a cada uno por su nombre, que envainaran las armas de la pasión. Insistió en recomendar a sus colegas y sacerdotes que fueran tolerantes con la sensibilidad de los checos. Que nadie leyera en voz alta pasajes ofensivos para los husitas, que estuvieran incluidos en los escritos del debate. «Bien sabemos lo que nos divide. ¡Ahora hay que buscar el camino que nos une!»

Al servicio del cardenal Domenico Capranica figuraba como secretario en Basilea, Eneas Silvio Piccolomini a quien los humanistas toscanos conocían ya como escritor de espíritu libre, A Eneas Silvio le rodeaba un amplio círculo de amigos, tanto en la ciudad del Concilio como en su tierra en Siena. Era un observador e interventor agudo; el atractivo de su estilo sedujo a aquellos prelados a quienes poco importaban las delicadezas del idioma latino. Era de Siena, descendiente de linaje gibelino, así que en la Basilea antipapal, encontró un ambiente apropiado a sus aptitudes. Entró en contacto con la vida sacerdotal, al convertirse en secretario de Capranica: vivía como un escritor independiente, reuniendo sus impresiones; pertenecía a aquellos pocos contemporáneos a quienes encantaba la belleza de la naturaleza. Viajaba con ojos bien abiertos, deleitándose a la vista de los lugares bellos, sensible a su embrujo a pesar de que añoraba a su querida Toscana que tan bien conocía. Aumentó su popularidad el hecho de saber administrar el dinero: vivía humildemente, pero cuando disponía de dinero lo gastaba con generosidad entre sus amigos que sabían cómo vivía en Basilea. Amaba el amor: una joven de Basilea le dio dos hijos.

Eneas Silvio inmortalizó con su excelente pluma los acontecimientos de aquella época; nadie hubiera sospechado de este humanista de espíritu mundano y apartado de los clérigos, que un cuarto de siglo después tomaría como papa romano el nombre de Pío II. Era un espíritu irónico, de alto vuelo, importante miembro de aquella nueva generación de ciudadanos de Italia, que en la figura de secretarios, clérigos, prelados y más aún,

cardenales parecidos también a Capranica, diera tanto colorido al Concilio de Basilea. Eneas Silvio estaba también presente en la sala cuando, entre Cesarini por un lado y por otra parte Prokop Holy y Rockyczana, comenzó la negociación.

Difícilmente se podía imaginar mayor contraste que el prelado italiano de gran cultura, tocado ya por el aliento del humanismo, y el caballero checo que no apreciaba en demasía la profesión de los doctores. Al sentarse uno frente al otro, Prokop Holy se negó a abandonar la lengua de su patria, a pesar de que sabía latín: traducía sus palabras al latín un intérprete checo o, en casos difíciles, el mismo Rockyczana; había que traducir también las palabras de Cesarini porque Prokop apenas entendía el latín italianizado del cardenal.

Al poco tiempo resultó que ni el arzobispo de Praga ni el mismo Prokop, eran los más duros entre los contrincantes checos: surgieron del ala taborana, Nicolás —el obispo de los sectarios— y el caballero Ulrich Znaim, quien desempeñaba el papel de portavoz de los Huérfanos. Cesarini se dio cuenta, con oculta alegría, que existían diferencias en las filas de sus adversarios. Así, que procuró orientarse hacia un acuerdo con Rockyczana

—el miembro más inteligente y más transigente de la delegación— a través de conversaciones personales. Debió de percibir que el antes prelado y ahora arzobispo cismático, estaba atado por miles de hilos a sus recuerdos de la Iglesia de Roma. Su cultura, su elocuencia y sus citas eran todas comunes. ¿Dimitiría el arzobispo Juan Rockyczana de su posición eclesiástica? ¿Volvería a ser un sacerdote vagabundo, con el sello de hereje puesto al rojo en su frente por el Concilio? Si consiguieran llegar a un acuerdo, la primera condición sería que Rockyczana se mantuviera como arzobispo de Praga. Esa condición era difícil de proponer a los padres más severos y a los doctores franceses, quienes todo lo consideraban basándose en la dialéctica de la tesis y la antítesis. Y sin embargo, si él pudiera ganarse a Rockyczana, habría dado un buen paso adelante…

Entre las doctrinas husitas había cuatro puntos que provocaban las discusiones: la comunión bajo dos especies para los laicos, el culto al aire libre, la confesión pública y la liquidación de las riquezas sacerdotales o eclesiásticas. Con respecto a la comunión bajo dos especies, el Concilio

estaba dispuesto a concesiones, con la condición de señalar las iglesias que la practicaran: en algunas podrían comulgar los utraquistas pero en las otras debía prevalecer el rito romano. De la confesión pública nada quiso oír el Concilio: era un sólido rito de siglos, era mellar el arma más fuerte del sacerdote. Destruir el confesionario representaba convertir en pura formalidad el remordimiento y también la penitencia. El culto al aire libre no contenía en sí ningún peligro, puesto que ninguna doctrina prohibía que los siervos de la Iglesia pudiesen predicar el Verbo en los mercados de las ciudades ante los hombres, encaramados a una piedra. Pero la experiencia checa había demostrado que este hábito conducía a que los fieles perdieran la costumbre de acudir a las iglesias; esos cultos husitas se convertían en banquetes de feria donde concurrían a la vez curas y fieles, convirtiéndose en una especie de «baccanalia» la devota función que debería permanecer en el cerrado mundo de las iglesias. Finalmente —por lo que concierne a la confiscación de los bienes— si la diócesis no tiene posesión ni fortuna, ni el cura parroquia ¿cómo podría mantenerse a sí misma la Iglesia y los colegios’ cómo educar a los clérigos del futuro? Era pues, muy poco, lo que podía aceptar el sínodo de las doctrinas de Praga y se necesitó toda la mesura de Cesarini para que las negociaciones no se interrumpieran.

Las discusiones con los checos se llevaron a efecto oficial, mente durante las sesiones públicas, pero los informados esperaban más de las conversaciones privadas que de las apasiona, das ofensivas que estallaban ante el Concilio. Los oradores del Concilio se basaban en la tesis de que los husitas debían romper obedientemente y sin condición con sus pretensiones, disculparse ante la Iglesia y pedir penitencia por sus pecados. No se trataba de conceder permiso dogmático alguno, de un cambio importante del culto divino, acaso tan sólo del principio del perdón, según a quién, en qué forma y de acuerdo con las normas con que se manifestaba. Aquella era la idea dominante en la asamblea inaugural del diez de enero.

Los checos se comportaron, al oponerse a esos principios, como los representantes de un poder victorioso. Los husitas señalaron la estrecha relación que unía a sus sacerdotes con sus devotos, lo que forjaba en nación a las clases y a sus brazos, manteniendo una firme paz interior. No se refirieron siquiera al poder soberano, como si Bohemia no necesitase un rey

capaz de gobernar en la guerra como en la paz. Aquel mutismo en torno a Segismundo fue uno de los puntos dolorosos, pues cada miembro del Concilio sabía que su majestad romana tenía ya sólo un deseo: entrar gloriosamente en Praga.

Rockyczana se mostró como un probado negociador durante la disputa que duró varios días; él también se refirió al peligro turco por lo que los hermanos cristianos deberían unirse, así como la Iglesia Oriental. El pulido discurso de Rockyczana —pronunciado en un brillante latín, por lo menos en su forma— causó buen efecto. Sobre los padres produjo la impresión de que el arzobispo de Praga anhelaba el retorno, dispuesto a terminar con la tozuda negativa a las pequeñas concesiones. Se notó, especialmente, la diferencia, cuando tomó la palabra el obispo taborita Nicolás: si no hubieran tenido el ejemplo del discurso suave, formalmente implacable de Rockyczana, las palabras del fraile convertido en prelado hereje, hubieran vertido aceite hirviendo en la caldera del Concilio.

Segismundo, con su solemne entrada, había señalado ya la omnipotencia imperial flotando sobre todos los mortales. Después de su llegada no quiso participar en las discusiones públicas y durante días se mantuvo en sus aposentos. Así, que no llamó la atención que un hombre mayor, vestido de clérigo, se alejara de los del Concilio y entrara al anochecer en la residencia de su majestad. Por la tarde, fue invitado de la

«Caesarea Maestas» el arzobispo Juan Rockyczana. Después de los breves saludos mutuos, se sentaron como dos viejos y estimados amigos. Entre las buenas cualidades de Segismundo figuraba su capacidad para definir en un segundo a su visitante, su conducta, su manera de ser. Nada más lejos de su carácter, que hacer ostentación de su soberanía estando a solas; antes bien actuó como anfitrión ocupado en atender a su visita, ablandando con pequeñas atenciones la dureza del huésped, su resistencia del comienzo.

Hablaron en checo. Aquella lengua usada en su niñez, se había desgastado durante los años que Segismundo pasó alejado de Bohemia, y en los matices teológicos el emperador debió pasar al latín. Pero Rockyczana tenía que ver al monarca checo en el rey, el que se preocupa por el bien de su pueblo que había pasado tan duras pruebas. Ya, tras las primeras frases, Segismundo intentó ser el árbitro en la querella del Concilio contra los

husitas. No tenía prejuicios; deseaba el bien de ambas partes; se hallaba dispuesto a intervenir y estaba seguro de que con la ayuda del cielo, podría cumplir esa misión. Rockyczana era un polemista probado pero le faltaba el apasionado dogmatismo que poseían los otros husitas. El arzobispo de Praga no había roto sus relaciones con los calixtinos que se inclinaban hacia la paz, y logró hacer notar al rey que esos utraquistas —mayormente nobles o patricios— eran el sostén de la nación checa, aquellos con cuya ayuda podía superarse el cisma checo.

Segismundo presentía que, de poder llegar a un acuerdo con Rockyczana sin forzar fórmulas rígidas, podría desbrozar su camino hacia el trono del Hradschin, con mucha más suerte que imponiendo los conceptos de la Curia.

—¿Cuál es la mayor concesión que podéis prometemos, arzobispo Juan? Tenemos que saberlo, para ajustamos a nuestras propias palabras.

—En las disputas eclesiásticas, también cambia el verbo según el do ut des. Pero aquí se trata de otra cosa, Majestad, no solamente de una tesis: Bohemia es muy pobre, la mayoría de la gente está en armas, principalmente los campesinos, todos han aprendido a manejar las armas de fuego, incluso en los pueblos. Si suben a los carros, en una hora forman un ejército pero durante este tiempo faltan del campo, no se ocupan de escardar, sembrar; más de una vez se ha secado y podrido el centeno en el campo. ¿Qué pasa si hay hambre? Yo no lo diría, pero muchos carros tienen que llevar el trigo a lugares visitados por la indigencia. Esta no es una discusión teórica como las que mantienen los doctores en el Studium Generale, aquí se trata de vida o muerte… Si nos dejamos separar sin un acuerdo, en casa seríamos festejados el primer día pero después se preguntarían: ¿qué pasará en el invierno? Bien sabemos que tarde o temprano se creará un fuerte ejército contra nosotros, frente al cual seremos débiles. Entonces, la sangre inundará Bohemia. Y cuando nosotros no somos los atacantes… sólo nos defendemos.

—¿Tendrías alguna sugerencia, Rockyczana?

—Majestad, nadie contaba con que en Basilea nos abrazaríamos ya, hoy o mañana. Pero sí que de alguna manera, en alguna parte, se hubiera roto el hielo… Ya dialogamos. Creo que f lo mejor sería que al despedirnos de

nuestros anfitriones de Basilea, pidamos a los jefes del Concilio que vayan a Praga. Si allí recorren todo el país, si ven cómo es la Iglesia checa, la que hemos creado con nuestras propias fuerzas, no presentarán esas propuestas como los doctores de París, que predican una sumisión absoluta. No nos conocen, ya escuchasteis, majestad, al obispo de Pécs: somos vecinos, ellos nos ven más de cerca, por eso pedimos al Sínodo que venga y aplique sus incrédulos dedos sobre nuestras llagas…

—Se prepara una guerra contra vosotros, arzobispo Juan.

—Vuestra majestad dijo, al enterarse de la gran derrota de Teuss, que

«sólo el checo puede vencer al checo». Y no creemos que nos puedan obligar a caer de rodillas a fuerza de armas.

También Prokop habló ante los padres del Concilio: «Jamás he matado a un cura». Vestía malla de hierro, traje de guerrero. Tuvo que quitarse el arma según las leyes del Sínodo; el casco quedó a su lado mientras habló.

Rostro lleno de cicatrices, huellas de campañas y batallas. Frente a él, prelados y doctores. Su latín era duro pero fluido, pues antaño había vivido en un monasterio benedictino; de vez en cuando le ayudaba un intérprete, entonces cerraba el puño con los guantes de hierro, impaciente. Se enfrentaban dos mundos cuando en Basilea pidió la palabra Prokop Holy en persona…

La gota horada la roca: la delegación de Basilea —especialmente los clérigos más jóvenes, los teólogos— no volvieron tal y como habían salido de sus casas. En la misma Praga tampoco se abrió un abismo entre los utraquistas y el grueso de las tropas. Pero en cambio, les separaba un profundo foso de los taboritas, los grupos huérfanos, y los adamitas, prohibidos pero latentes. Cuando regresó la delegación del Concilio, preparándose a recibir en la próxima primavera la visita de los de Basilea, empezó, no sólo la efervescencia, sino el terremoto: buena parte de los nobles calixtinos se había hartado de la exagerada libertad de los campesinos y, en muchos sitios, también de sus excesos. Se trataba, en su mayoría, de caballeros ahora hacinados en pequeños alojamientos de Praga, a pesar de que antes dirigían las posesiones de sus dominios. Ahora sus vasallos de antes se habían convertido en gente armada, y principalmente

los jóvenes, perdían la cabeza con las grandes promesas y sin tener en cuenta a sus señores «naturales». El grueso del ejército husita se había formado con los mosqueteros que luchaban en los carros; los jinetes desempeñaban un papel de menor importancia en la estrategia. Los ingresos de los nobles disminuían; los capataces se dispersaban; no había quien cultivara las posesiones. Por todas partes se encontraban señores mayores, educados en otras épocas, que gruñían amargando a los jóvenes. Esa efervescencia no estalló enseguida, pues la situación era delicada; principalmente en Praga aumentaba la tensión entre los habitantes del Barrio Nuevo y el Antiguo. Los calixtinos no se hallaban todavía lo bastante fuertes para luchar contra los taboritas, a quienes nada importaban los acontecimientos del mundo lejano, ni con Basilea ni con el mundo católico que se había vuelto contra ellos: se encerraban en su propio círculo, seguros de que aquella situación se mantendría eternamente.

El foso se fue abriendo: puede que la palabra de Rockyczana también contribuyera a que los utraquistas decidiesen en sus reuniones secretas salir de su aislamiento, atacar y luchar contra los prokopianos. Frente a ellos Prokop era, naturalmente, dueño de su propia gente y del ejército, pero también era su instrumento. Los estratos se fueron separando: quienes observaban los acontecimientos fríamente —como los confidentes de Juliano Cesarini— podían informar que la autoridad de Prokop se iba desmoronando más y más. En invierno, era más dolorosa la pobreza, tanto en la ciudad como en los pueblos: el hambre y la desocupación aumentaban las discrepancias internas. Dos años antes, no pudo vencer a los checos, Federico de Brandeburgo, con su ejército, ahora, esa descomposición interna prometía un mayor éxito. Cesarini había estado allí, como testigo ocular, viendo cómo se descomponía en pánico el ejército cruzado; cómo galopaban los carros checos hacia la infantería germana que huía, que arrojaba sus armas. Si la lenta disgregación continuase, exigiría menos víctimas al pueblo fiel a su fe, sería el giro más afortunado el que los checos se aniquilaran entre sí. Por tanto, Cesarini aconsejó paciencia a los padres de Basilea, al conocer las noticias favorables de Praga.

Por fin, la delegación del Concilio se encaminó a la lejana Bohemia: la compusieron de modo que hubiera en ella clérigos de lengua materna checa y algunos que fueron estudiantes del Carolineum. Después de su llegada establecieron relaciones con los señores calixtinos. Mientras, en apariencia, discutían teóricamente en el seno de la universidad los doctores taburitas con los del Concilio, las conversaciones privadas confirmaban que la mayoría de la nación checa moderada, estaba ya harta de plebeyos turbulentos que nada querían saber de los derechos de los terratenientes, ni de la santidad de la propiedad, ni de los mozos surgidos de la pobreza ciudadana. Las negociaciones —a nivel político— adelantaron tanto, que Segismundo pudo convocar su primera asamblea imperial desde que se había convertido en emperador, en Ulm.

«Al checo sólo le vencería el checo», había afirmado Segismundo, y sus palabras de entonces resultaron proféticas. La fatal batalla ciudadana de Praga continuaba, unas veces latente, otras veces a base de acciones entre los habitantes de los barrios Antiguo y Nuevo. Los alemanes se inclinaban hacia los de la fe antigua, menos los calixtinos, quienes eran en su mayoría nobles y burgueses checos.

Los delegados de Basilea se apoyaban, naturalmente, en los resignados: Rockyczana recibió en el palacio arzobispal y ante sus íntimos más devotos a Filiberto de Constanza, jefe de la delegación. El mismo arzobispo se hizo cargo para explicar a cada miembro de la populosa congregación, cuáles eran los giros de la discusión. Estas disputas públicas sólo servían para que los contrincantes pudieran conocer los argumentos de la otra parte. No obstante, en los intermedios, durante conversaciones confidenciales, a través de medias palabras, de gestos más amistosos, se advertía que los enviados del Concilio, los moderados entre los calixtinos, terminarían gustosos la guerra fratricida. Dificultó la negociación la exigencia de los taboritas para incorporar a las tramitaciones a los prelados de la Iglesia Oriental: ellos también comulgaban bajo dos especies, por lo que los husitas los consideraban como hermanos suyos en la lucha contra la Iglesia romana. Si se sintieron satisfechos o no al enterarse de que Segismundo

había invitado a la asamblea imperial a su «compañero emperador» Juan Paleólogo nada revelaban las crónicas.

La lucha fratricida llegó a su más sangrienta etapa con el asedio de Pilsen. Prokop tenía aún 36.000 hombres. Allí se enfrentaron por primera vez en mayores unidades, los calixtinos y los taboritas. Los instrumentos de guerra, la táctica, la lengua, eran iguales en ambas partes. La caballería de los calixtinos era la más fuerte, pues con ellos estaban los caballeros.

La tropa de Prokop se fue desmoronando poco a poco; su autoridad empezó también a declinar. Cuando retenía las patrullas, los carreteros no podían saquear alimentos en tierra extranjera, así que aumentó la penuria de los habitantes en las tierras sin cultivar, lo que en el barrio Nuevo degeneró en escasez y hambre. La desesperación aumentaba con los emisarios de Basilea que se infiltraban; en su mayoría eran frailes disimulados, pero Segismundo también hizo todo lo posible por ensanchar el abismo entre los checos. Hizo funcionar una cancillería en Ulm y después otra en Ratisbona, donde tenían privilegio los asuntos checos.

En el Imperio volvió la era de los caballeros ladrones, por lo que el nuevo emperador intentó reforzar el orden público en la reunión de los príncipes. Declararon culpables de anatema imperial a los malhechores, gravaron con un impuesto único imperial a los judíos y con validez para todo el Imperio, lo que significaba un importante rescate de bienes.

Prepararon todo para que los continuos esfuerzos del emperador Juan en pro de la unificación de las dos Iglesias no naufragasen por primera vez, por culpa del odio mutuo de los clérigos romanos y griegos.

En aquel denso ambiente llegó la noticia de que en mayo de 1434, se enfrentaron junto al Lippau, los calixtinos con los taboritas. El antecedente directo del sangriento combate fue que el Barrio Antiguo había elegido un concejo municipal, separado y compuesto por calixtinos, a lo que los prokopianos respondieron comenzando por destruir el Barrio Antiguo. Los calixtinos irrumpieron en el Barrio Nuevo, saqueando las provisiones que habían acumulado allí los taboritas con los botines de sus patrullas. Prokop salió del Barrio Nuevo: quería conquistar Pilsen, a cuyos defensores consideraban los taboritas como a enemigos. Prokop, seguramente, cometió

entonces un error, cuando en su cólera avisó a Praga que si volvía, mandaría ejecutar a todos los nobles checos. ¡Había que aplastar de una vez la cabeza de la hidra! Pero cuando la tropa que asediaba a Pilsen, se enteró de que los calixtinos se habían constituido en ejército, el jefe husita abandonó el cerco, volviéndose contra los que consideró como sublevados. Prokop, entonces, ya no contaba más que con diez mil hombres, pero la mayoría de éstos luchaba en carros, con fusiles. La fuerza de los calixtinos se calculó en unos mil jinetes, ocho mil soldados de infantería y seiscientos carros. El jefe de los calixtinos, el caballero Mainhard, resultó ser un excelente táctico. En el combate lucharon dos ejércitos no demasiado numerosos, su relación de fuerzas era casi igual: no obstante, quedaron en la batalla de Lippau —

según las nefastas crónicas— quince mil muertos en el campo de batalla.

Los calixtinos hicieron unos novecientos prisioneros taboritas, a los que los utraquistas vencedores llevaron indistintamente a la hoguera.

Entre los muertos en la batalla de Lippau se encontró el cadáver, cubierto de heridas, de Prokop Holy. La mayoría de los comandantes taboritas compartió su suerte, así como e] subjefe. El grueso de la resistencia husita quedó deshecho en aquella guerra fratricida. El poder quedó en manos de los que deseaban la reconciliación; los calixtinos. No existía ya en Bohemia resistencia que pudiera obstaculizar la paz con Basilea o Ulm, donde se encontraba Segismundo.

Cuando llegaron las primeras noticias a la asamblea imperial, corrió de boca en boca la predicción del emperador: «Al checo sólo le vencerá el checo». Iluminaron la ciudad; los trabajadores, los señores, los príncipes se reunieron ante la catedral. Segismundo se convirtió en el héroe del día por haber profetizado la verdadera victoria. El emperador anunció personalmente «la noticia más dichosa, que informa de la victoria de los nuestros y de la derrota de los taboritas». Este «Conflictum taboritarum»

fue una exclamación de gloria, salvando de la angustia diaria a los habitantes de las ciudades alemanas que temían ver surgir del horizonte las nubes de polvo de los carreteros, preparados siempre los concejales a reclamar indemnizaciones o a una defensa sin esperanzas. No era fácil esperar un éxito contra los checos en esos dos decenios plenos de conflictos.

Sólo diez días después se enteraron en Basilea de la batalla, del aviso de Segismundo. Los padres del Concilio se sintieron partícipes de un nuevo milagro. El cielo había escuchado sus ruegos. En Bohemia estaba todo ya tranquilo…

Pero en Bohemia no todo era tranquilidad, a lo sumo se habían barrido del Barrio Nuevo y con métodos crueles a los taboritas. Al mismo tiempo, el victorioso ejército de Mainhard se volvió contra el monte de Tabor, conquistando así la última ciudad prokopiana, ya muy debilitada, y cayendo en manos de los vencedores un enorme botín.

No obstante, los padres del Concilio se equivocaron al pensar que, a partir de entonces, todo iría por el camino que fijó el Concilio: ninguna otra cosa que la obediente sumisión, con formalidades de una penitencia, con una lista de los absueltos y los condenados. La mayoría de las congregaciones expulsadas de los territorios checos se instalaron cerca de la frontera. Todos los que habían sobrevivido a los peligros querían regresar inmediatamente para empezar la purificación al abrigo del poder armado, en regiones husitas «paganas». Como si hubiera que dispersar en Bohemia (ahora por primera vez), las semillas de la auténtica fe…

El arzobispo Rockyczana se convirtió —inesperadamente para el Sínodo— en el punto crucial de la nueva resistencia. En su persona se asociaba el buen diplomático, el patriota checo y el príncipe eclesiástico adicto a las reformas de la Iglesia. Segismundo conocía lo bastante la opinión de Rockyczana para poder esperar un pacto inmediato. En realidad, hubo una aproximación de las partes negociadoras en Basilea y en Praga; y ahora se trataba de eliminar rápidamente las diferencias, sobre todo al concluir la resistencia de los taboritas contra cualquier tipo de unión.

Después del gran terremoto, todos esperaron la pronta negociación de la paz checa. Segismundo podía hacer su entrada en Praga sin obstáculos y la coronación que antaño no admitía la mayoría de los checos, podía ahora convertirse en realidad.

El emperador se marchó de la asamblea imperial de Ulm a Ratisbona y allí embarcó para volver, después de largos años a Hungría. Quería desembarcar de nuevo en Pozsony, donde había convocado ya al parlamento. Sabía muy bien que el consejo estatal húngaro llevaba los

asuntos del país a través de continuas discusiones. Las noticias que llegaban de su casa no eran esperanzadoras. Guerra de todos contra todos, informaban las noticias.

Los asuntos húngaros se vieron dificultados, especialmente para Segismundo, por el luto de dos muertes: Hermann Cillei falleció ya anciano manteniendo aún su título de ban eslavo. La otra pérdida era la de Nicolás Garai, el palatino de Hungría durante treinta largos años. Fue el contemporáneo y eterno acompañante en la vida de Segismundo y jamás quebrantó su lealtad. Sus ojos, habituados a los horizontes europeos, conocían a todo el mundo cristiano. Acompañó desde Bizancio hasta Londres a su señor; regateó también junto a él, en Perpiñán. No aspiraba obsesionado el poder, no era tan avaro como aquellos oligarcas húngaros a quienes intentó siempre frenar el apetito. ¿Y por qué hubiera tenido que ser codicioso? De todos modos, llegaban a sus manos y en abundancia, las posesiones de las familias extinguidas, de las noblezas caídas en desgracia; ni siquiera hubiera podido sumar los dominios de su familia. Pudo surgir de él un principado menor germánico, si alguna vez hubiera aspirado a separarse de la corona. Pero el «conde de Hungría» no aspiraba a ese principado.

Cuando Hermann murió, todavía le titulaban el «Altgraf» —el conde anciano— en su reducida patria. Su situación de príncipe imperial constaba en el pergamino, pero todavía no pudo ser proclamado en asamblea imperial, debido a la resistencia de los Habsburgos. Como Alberto de Austria llegó a ser yerno de Segismundo y aliado del reino húngaro y después, rey consorte, Segismundo cuidó de no herir su sensibilidad aplazando siempre la proclamación del nombramiento de su suegro. Murió, pues, amargado y hablando de ingratitud, el severo anciano, el tronco de la familia de tres generaciones de los Cillei. Su hijo Federico no llegó a ser ni sombra de él. Aplastado por discordias familiares, se convirtió en un hombre aislado del padre, acusado de uxoricidio y, según los chismes, llorando la muerte de su única amada. Durante su vida no hizo nada que le hubiera colocado a la altura de su progenitor. La heredera de los pecados y virtudes de los Cillei fue Bárbara; y Ulrico Cillei, llegado ya a la edad

adulta, era el representante de la tercera generación, el sobrino de la emperatriz.

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