Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 26 de 44

Páginas del PDF

Poker de Papas

Capítulo 26

LOS FESTEJOS no habían terminado aún; Segismundo, al promediar el carnaval, consagró caballero al burgomaestre de Constanza, premiándole así por el orden ejemplar con que controló e hizo posible el funcionamiento sin alteraciones del Concilio. Luego se celebró un acto solemne en el palacio papal: Segismundo juró fidelidad a Martín V. Dos huéspedes españoles llegaron de lejos —dos antiguos cardenales del papa Benedicto. Lograron escabullirse del castillo roquero y vinieron a rendir tributo al nuevo papa; con lo que aumentó el número de componentes del colegio de cardenales.

Al cabo de unos días y sin esperar a semanas, ya se notó la eficiente labor del nuevo pontífice, la Curia ya pudo ejercer gran parte de sus tareas.

Supo eludir, unos tras otros, los obstáculos más molestos. Juana II de Nápoles se había sometido, Roma estaba —en aquel momento— libre para recibir a su señor.

También llegó una delegación del Este, encabezada por el «otro»

emperador del mundo cristiano: Manuel Paleólogo. La Iglesia ya había destinado al arzobispo Jorge de Kiev, para mantener los lazos de la unión.

Se agregaron a la delegación de Bizancio otras representaciones orientales, además de príncipes extranjeros y el hermano menor del «khan» tártaro.

Sorprendentemente, el emperador griego mantenía cierto parentesco con el nuevo papa: algunos parientes de los Paleólogos habían tenido relaciones familiares con él, a través de la unión de los condes de Monferrato con los Colonna.

Lentamente se fueron desatando los nudos: la unión eclesiástica greco-latina se removía aún en el laberinto de pasadas negociaciones, pero había fundadas esperanzas de llegar a la unidad. En lo que se refiere al otro grave

conflicto —la discusión entre la Orden Teutona y Polonia— por el momento se había logrado prolongar el armisticio entre ambas partes.

Pero la nube del Este de Europa se cernía amenazadora: desde hacía año y medio llegaban noticias cada vez más inquietantes de Praga. El Concilio fijó en sus reuniones la misión de arreglar «la situación», pero en realidad estaban postergando la abierta intervención, hasta que la autoridad del nuevo papa no estuviera bien probada. Los funcionarios del Sínodo y los príncipes occidentales, consideraban «caso enterrado» el movimiento bohemio, con la ejecución de Hus y Jerónimo, pero los que vivían más próximos a ese país (como también Hungría) notaban cómo iba en aumento la tensión, día tras día, evidenciando una agitación que preparaba la guerra.

Cuando a principios de septiembre llegó a Praga la noticia de la muerte en la hoguera de Hus, y después de casi un año, el martirio de Jerónimo, la indignación estalló con fervor desconocido para Europa, extendiéndose a toda Bohemia esa sublevación nacional. El palacio real y el arzobispado se elevaban como dos lúgubres torres sobre el mar de la desesperación. Al principio —antes de la quema de Hus— los próceres checos y buena parte de la nobleza media, contemplaron asombrados e inquietos a los

«universitarios», las violentas agitaciones de los estudiantes; y veían en ellos a unos agitadores que alteraban el orden público. Los nobles, en su mayoría, vivían en sus posesiones, casi no mantenían relación con los habitantes de las ciudades y menos aún con ese círculo intelectual que atraía cada vez más a las gentes de la capital. Pero cuando llegó la noticia de la sentencia de Constanza aumentó el peso del «mártir de la iglesia checa» —

como llamaron desde los púlpitos a Juan Hus— y su figura se agigantó.

El proceso de Jerónimo cautivó el interés público, que asumió entonces la forma de una unidad nacional. Jerónimo pertenecía por su nacimiento a la nobleza; su papel y su lealtad hacia el «magister» Hus, sus duras pruebas en Constanza y después su muerte en la hoguera, aumentaron también la indignación entre los nobles. La lucha se fue incrementando, el arzobispado intentó en vano emplear los recursos de la disciplina eclesiástica, pues se comprobó que no había forma de aplicarla. La Iglesia comenzaba a sentirse incapaz, frente a esa torre de la resistencia en donde dominaba la Universidad. Allí seguían vividos los recuerdos de la presencia de Hus, sus

enseñanzas, pues los estudiantes de entonces la escuchaban todavía a través de otros labios; sus colegas, los otros profesores, habían discutido con él, habían conocido sus pequeñas manías y al terminar las clases le habían acompañado junto a los jóvenes, en regresos llenos de apasionadas discusiones, pese a que el apacible maestro era más propenso al silencio que a las luchas.

La oposición al Concilio de Constanza adquirió forma cuando sesenta nobles y quinientos caballeros firmaron la constitución de una liga. El movimiento comenzó a inflamarse cuando la Liga quiso inducir al rey Wenceslao a que firmara él también el célebre documento. Wenceslao se dirigió con benevolencia a la delegación y hasta les alentó, pero no se dejó persuadir, así que al final se marcharon los checos nobles sin lograr resultado alguno del Hradschin.

Al poco tiempo hizo su entrada en Praga el más impopular de los prelados de Bohemia, el obispo Litomsyl, a quien el Concilio había enviado como legado para apaciguar el espíritu de los más perturbados. A Litomsyl le conocían como íntimo de Wenceslao: por eso el malhumor público se desvió hacia el monarca, mientras los estudiantes y los burgueses se aliaban con la nobleza, en la unidad común de sus sentimientos checos.

«Sub utraque specie» —bajo ambas especies, el pan y el vino—

tomaban la comunión los adictos a Hus. La Iglesia romana autorizaba sólo a los sacerdotes la comunión bajo las dos especies. Los laicos tomaban pan, es decir la Hostia. Las dos especies se convirtieron en el símbolo del reformismo de Hus, y sus partidarios se denominaban en lo sucesivo los

«utraquistas» en el mundo cristiano. Ese concepto volvió a transformarse en los años siguientes; los «utraquistas» formaron la rama más moderada, los derechistas del husismo. Quienes pertenecían a ella se mostraban dispuestos a ponerse de acuerdo, rechazando toda violencia, todas las acciones sangrientas; querían sólo documentar su nacionalidad y su fe bajo los signos simultáneos del pan y del vino. Esta forma de comulgar no se oponía en realidad a ningún dogma, sólo a ciertas tradiciones litúrgicas.

Por el nombre latino del cáliz, también calificaron de «calixtinos» a esa rama moderada de los católicos checos: y el cáliz quedó convertido en el símbolo del movimiento. Pronto se bordaron cálices en las banderas de

guerra y bajo su protección lucharían los ejércitos husitas, mientras esa misma bandera flamearía en el monte Tabor y en las torres de sus ciudades y fortalezas.

Todo estaba aún en período de transición, un estado fluido. Wenceslao esperaba que quizá hubiese la posibilidad de eludir los problemas mientras se apaciguaba el ánimo del público. Pero las tentativas del rey no dieron resultado, sobre todo por culpa de la intransigencia que reinaba en la ciudadela del legado. Litomsyl exigía un arrepentimiento total, una sumisión espectacular para contar con el apoyo de la Iglesia universal, según expresaba la misión por él recibida del Concilio.

Los siguientes acontecimientos no sólo resaltaron alturas y abismos sino que señalaron la gravedad de los cambios. Se inició la confiscación de los bienes de la Iglesia, la ola de la secularización. Los monasterios, junto con sus tierras y ganados, caían en esas acciones desorganizadas que al principio sólo alimentaban las emociones locales. Se sabía la antipatía que sentían Hus y sus adictos contra algunos monasterios. La encolerizada gente expulsó con odio a los frailes de los conventos, matándolos incluso cuando hallaban resistencia. Las secularizaciones las efectuaban los aldeanos, a menudo dirigidos por los que venían de la capital. Estos hechos hallaron en muchos lugares la oposición de los nobles, que temían y con razón, por sus propias posesiones. Se desencadenaron escaramuzas, luchas y puede que estos conflictos provincianos hubieran desembocado en una guerra civil, si el obispo Juan Litomsyl no hubiera recibido órdenes cada vez más duras de Constanza, que exigía ahogar en sangre el movimiento husita. La fórmula eclesiástica, la excomunión, parecía no hacer efecto ni dejar huellas sobre los agitados vecinos de las ciudades. Al lado del documento en latín clavado sobre los portales de las iglesias, aparecía al día siguiente otra hoja de forma parecida, con el anuncio del martirio de Hus, escrito en lengua popular. La muchedumbre era tan numerosa y tan amenazadora, que los alguaciles del obispo Juan no podían ni acceder siquiera a la entrada de las iglesias para arrancar los textos llenos de insultos. El legado tenía que contar principalmente con los estudiantes —los universitarios eran muchos, jóvenes y fuertes, y a veces con armas escondidas en sus togas.

El Concilio perdía cada vez más la paciencia con los checos. Gerson acusó al arzobispo de Praga de blandura, así como al rey Wenceslao. Se mencionaba por todo el país, que el monarca checo había expresado su desaprobación por el suplicio de Hus, lamentando que trataran así al predicador que ocupó durante tanto tiempo el cargo de confesor de la reina.

La sentencia la habían dictado en Constanza, como si al monarca no le incumbiera en absoluto el proceso de su súbdito: todas las sentencias recaídas en un bohemio, debían ser ratificadas por el rey. Así manifestó cruelmente el monarca al legado, cuando el obispo Juan presentó sus quejas a Wenceslao, quien agregó asimismo que todo el proceso de Hus no fue más que un paso dado por su hermano Segismundo contra su hermano mayor, que ya había sido elegido hacía tiempo y legalmente, como rey romanogermánico. Todo eran celos, mala intención… Wenceslao, en sus escasas horas de sobriedad, se mostraba como un hombre de amplia visión, inteligente, de juicio sano, esforzándose por ver las dos caras de la moneda, alejado del fanatismo religioso; y todo su deseo estribaba en reducir al mínimo las preocupaciones causadas por su reinado, para poder entregarse mejor a su vicio.

Como era lógico hasta Constanza llegaron los manifiestos de Praga, las proclamaciones de la Liga, los emocionados libelos de los estudiantes. Por el momento fueron excomulgados 452 miembros nobles de la Liga, se inició un verdadero proceso en Constanza: el acusador era Juan, el patriarca de Constantinopla, conocido por su severidad.

En el Sínodo se iba formando el criterio de que el movimiento bohemio superaba ya en mucho los límites, para reponer normalmente el «statu quo»

con sólo los medios eclesiásticos: excomuniones, anatemas, sanciones locales. Poco a poco iba madurando la idea de tener que librar una cruzada europea contra los husitas, pues de lo contrario, aquel movimiento que quebraba la estabilidad tradicional, se extendería por todo el mundo cristiano. ¿Una guerra santa?, objetaron religiosos y civiles en el corazón de Europa. ¿Y justamente cuando Segismundo planeaba otra alianza militar contra los paganos? En Constanza creían los más severos que el turco no era en aquel momento el peligro inminente: los húngaros defendían bastante

bien sus fronteras… Praga era el peligro: nido de avispas, ataque universal contra los dogmas, contra la disciplina.

Cuando el Concilio se disponía a votar los gastos para la cruzada contra los checos, el rey romano viajaba por Inglaterra, se colocaba alegremente la cinta de la Orden de la Jarretera, bailaba en Londres con las damas de la corte. Al volver a territorio francés se enredaba absurdamente con las desavenencias que desde hacía decenios dividían ambos reinos cristianos.

Justamente entonces, cuando había que disponerse a emprender la lucha contra la voluntad de Wenceslao, a quien poco atemorizaba la excomunión… En Constanza tenían la peor opinión de la fe del Hradschin.

Según los rumores que llegaban de Praga, el pueblo no actuaba en forma unánime: la gran línea divisoria se extendía allí entre el sentimiento alemán, y el checo, en palabras, emociones, formas de vida, en la pequeña rutina diaria. La mayor fuerza checa residía en la pequeña burguesía de Praga, los campesinos y los caballeros y gran parte de los pequeños nobles.

A los alemanes pertenecían los burgueses ricos del Barrio Antiguo y buena parte de los padres de la magistratura. Lo más sorprendente gravitaba en que la mayoría de mineros eran alemanes y estrictamente católicos. Sus sacerdotes —también de habla alemana— incitaban a los mineros de Kutná Hora, que se disponían a arreglar las cosas a su manera en aquellos pueblos checos, a ponerse al lado de los calixtinos, los sacerdotes de espíritu husita.

Comenzó el caos en aquellos lugares y luego una matanza, hasta que los atacados pidieron naturalmente ayuda. Ya era una guerra de verdad la que había estallado entre mineros y campesinos en la que vencieron los últimos.

Pero los campesinos eran muchos y acudían cada vez más en apoyo de los atacados. Las nefastas informaciones llegaron pronto a la cancillería del rey y los mensajes encontraron el camino hacia la mesa del monarca.

Wenceslao demostró poca firmeza en esas semanas: no planeó acción alguna, no dio orden de luchar a las tropas de los nobles. Esperaba: llegó entonces a Praga la carta de Segismundo. En ella reprochaba a su hermano mayor por los últimos acontecimientos de su país; decía a Wenceslao que tenía que elegir entre su hermano y el Concilio aunque, sin dudar un momento, el rey romano se habría inclinado por el Sínodo. Según los círculos del Concilio, la tibieza del monarca checo llevaría tarde o

temprano, a una «reforma hereje». Pero la leal modificación de la Iglesia —

con la que contaba Segismundo dentro del Concilio— sólo se podía realizar, una vez eliminada toda disensión entre la cristiandad.

Las líneas del frente se endurecieron con la elección de Martín V. Ya antes Segismundo consideraba importante el papel de Colonna en el mundo del Sínodo y cuando el cardenal recibió en el Cónclave los votos necesarios, el rey manifestó claramente su satisfacción. Era un secreto a voces que el rey de los romanos apreciaba a Colonna más que a los otros cardenales papables. Así la armonía entre emperador y papa, pareció asegurada desde el primer momento y era evidente que Martín pensaría más tarde en aplastar el inquietante movimiento checo, bajo la dirección de Segismundo. El rey romano tenía fuertes lazos que le unían no sólo con el rey checo sino con todo el país, que le gustaría aprovechar —era un secreto a voces— para sí mismo, una vez producido el fallecimiento de su hermano mayor. La llama de la vida de Wenceslao oscilaba en un continuo parpadeo: cualquier día podía acontecer su muerte. Pero en ese trono vacío seguramente sólo querría sentarse Segismundo cuando se pudiera decir que «en Bohemia todo está tranquilo». En el trono del Hradschin había un rey considerado como débil de voluntad, a pesar de lo cual toda Europa —principalmente el Concilio— esperaba ver de qué lado se inclinaría Wenceslao. El rector de la Universidad de Praga se proclamó utraquista y adepto a la comunión bajo las dos especies: tamaña declaración apenas hubiera podido hacerla sin el consentimiento del rey checo. Al mismo tiempo, Wenceslao amenazaba con aplicar mano dura si no autorizaban el regreso de los sacerdotes leales a la fe católica, arrojados tanto de la capital como de las ciudades. Cuando el Concilio comunicó sus severas órdenes para la liquidación de los husitas, el rey checo no sólo desatendió esas lejanas órdenes, sino que negoció según su propia iniciativa, allanando e intentando detener otros compromisos.

Un obispo checo no tenía categoría de legado papal —ese era el claro criterio de la ciudad del Sínodo. Había que enviar un extranjero de puño fuerte y con más amplios poderes a Praga, para evitar que se enredara en las artimañas locales, capaz de basarse firmemente en los universales criterios de la Iglesia: poda, escardado, extirpación, según la misión recibida. Así, se decidió enviar al cardenal Giovanni Dominici a Praga, para demostrar de lo

que era capaz para sofocar la herejía checa: el príncipe eclesiástico de mano de hierro y con fama de intransigente.

A Praga la invadían panfletos, octavillas; pero esta guerra de las letras sólo parecía librarse entre estudiantes y maestros. La mayoría de los textos se publicaba en latín —el hombre de la calle lo entendía escasamente aun cuando conocía sus letras. No obstante, la lengua muerta poseía la ventaja de ser comprendida por hombres de cualquier nacionalidad y sus frases se propagaban en tierras alemanas o húngaras, donde no hubieran entendido el texto checo. La discrepancia se centraba en la futura suerte de las Iglesias: Wenceslao, en su edicto, devolvió a los sacerdotes ortodoxos las catedrales, donde ya predicaba algún cura utraquista o más atrevido todavía. En todas partes se planteaban luchas, en algunos casos verdaderas batallas sobre todo al hacerse presente el «antiguo» sacerdote y pretender arrojar al nuevo.

Hubo sitios en que se pusieron de acuerdo —hoy por mí, mañana por ti—

pero la mayoría de los feligreses exigía ya la comunión bajo dos especies, y la iglesia quedaba vacía cuando el sacerdote reintegrado con decreto real, oficiaba la misa «de antes». Peor aún fue la situación de las escuelas edificadas junto a los obispados o parroquias: los alumnos luchaban entre sí con fervor juvenil, y buena parte de ellos se unió a los nuevos curas.

Cada vez era más frecuente que la gente no asistiera a las iglesias si en ella oficiaba el sacerdote anterior repuesto. Así también iban cediendo las antiguas doctrinas, rechazándose de continuo mayor número de reglas, dogmas. Feligreses y pastores reincidían en celebrar los cultos a cielo descubierto, sin techos: ésta fue la característica de las comunidades más intransigentes, plenas de espíritu combativo, que se denominarían por toda Europa como «husitas». Por lo general seguían a las misas al aire libre, almuerzos en comunidad: los feligreses se convertían en polémicos combatientes, nadie se apresuraba a volver a sus casas, allí preparaban sus planes, escuchaban las noticias llegadas de la ciudad vecina o de la capital.

Muchas veces se sentaban en el suelo, destruyendo con frecuencia los sembrados. En esos casos el cura invitaba a sus parroquianos a contribuir para compensar los daños causados impensadamente en un alma afín a todos ellos.

En Praga la tensión iba en aumento. Una decisión del rey aseguraba solamente dos iglesias a los husitas, las demás debían de ser devueltas a los

«antiguos», junto con la catedral. Crecía una cólera hostil, podía suceder que la muchedumbre iracunda atacara incluso a la comitiva real en las ocasiones en que Wenceslao se encaminaba a la iglesia de San Apolinario, Surgió así un choque, los heridos clamaban de dolor, el ofendido y enfadado rey declaró a los husitas sus enemigos; de ese modo había que tratarlos en adelante. Se produjo un forzoso cambio de cargos en el Barrio Nuevo, donde la mayoría hablaba la lengua checa: eligieron concejales entre los católicos del círculo interno. Los husitas como respuesta crearon organizaciones armadas: su primer capitán fue el caballero Nicolás de Huss, quien no tenía relación familiar alguna con el «magister», pero su nombre simbolizaba muy oportunamente el espíritu del mártir.

A mediados del verano se efectuó el primer reclutamiento verdadero de husitas. Allí decidieron preparar defensas en el lugar denominado Monte de Tábor, elegido con criterios militares, y se dispusieron a organizarse y a armarse. En la preparación bélica intervenían los caballeros con papel decisivo. A pesar de que bajo el reinado de Wenceslao nunca se produjeron en el país mayores choques, los nobles de las provincias entendían en armas y también en caballos y se presentaron a las conferencias incluso montados a caballo, con armaduras y sirvientes, según las antiguas tradiciones. Y el predicador más popular llegó a ser un fraile venido del Piamonte, a quien la historia anota con el nombre de Juan Zeilivi. En este primer movimiento armado y todavía sin forma, destacó el gran general husita, el incansable dirigente de los husitas militares, el caballero Jan Ziska.

El primer acto violento se produjo en la casa consistorial de la capital: la multitud husita penetró en la ciudadela oficial del Barrio Nuevo, arrojando por las ventanas a diez concejales, además del alcalde. Esta fue la primera y mortal defenestración en Praga… Desde el balcón del Ayuntamiento los husitas llamaron a las armas a los habitantes de Praga: cuando la noticia de la sangrienta demostración llegó hasta el Hradschin, Wenceslao reunió a los concejales más próximos. Los más exaltados propusieron una acción inmediata, puesto que se trataba de una sublevación del «populacho»; bastaría con hacer entrar en acción a los guardias del palacio, a los arqueros

reales: con eso ya se les quitarían las ganas de jaleo a los provocadores. Los más prudentes, especialmente los que tuvieron ocasión de contemplar (aunque de lejos) los acontecimientos, aconsejaron calma y reflexión. En torno al lugar se habían reunido varios millares de hombres, las calles que conducían a la plaza mayor estaban repletas: las gentes se preparaban al asalto del Hradschin, esparciendo clavos y obstáculos en los caminos contra los jinetes, levantando barricadas. No destruían, no saqueaban, se comportaban como compañías regulares, se oían los tambores, y más aún las trompetas. Naturalmente, los estudiantes también se agregaron formando el grueso de las tropas y asimismo se podía ver a los profesores ajustándose los sables.

La gente eligió un nuevo alcalde en la persona de Peter Kus. El recién nombrado cabeza del municipio, era de oficio carnicero; se sabía también que el rey odiaba especialmente a Kus por sus acalorados discursos.

Una enfermedad anterior de Wenceslao fue mantenida en secreto en la corte: sufrió un ligero ataque de apoplejía con trazas de curarse, y se esperaba que pronto el monarca se restableciera. Cuando llegó la noticia de la revuelta en el Ayuntamiento se ensalzó al nuevo alcalde, a Kus. Aquel disgusto no lo soportó el organismo aún débil del rey, minado por la bebida.

Se produjo una segunda apoplejía; y en el clímax del caos, se quebró el único eslabón entre el mundo antiguo y el moderno: el corazón de Wenceslao se detuvo.

Cuando llegó la noticia de la muerte del rey, cayó el luto sobre Praga.

Pese a los acontecimientos, generalmente querían todos a Wenceslao, le sentían checo, había sufrido con ellos las vicisitudes del destino, de la mala suerte, las artimañas de sus familiares. No era mejor que los otros príncipes, pero sus debilidades le hacían mucho más humano que aquellos sobre quienes reinaba. No era cruel y a menudo escuchó a su corazón. Hablaba el lenguaje de los simples, amaba a la gente de Praga, se sentía unido a ella; le gustaba comprobar que los habitantes de la capital también le querían.

Quizá por eso se tomó tan a pechos el ataque de los husitas mientras se dirigía a la iglesia, cuando le gritaron toda clase de groserías. Entonces comenzó a deteriorarse la salud del rey, conduciéndole a la catástrofe, a finales del verano.

El fallecimiento cogió desprevenidos no sólo a la corte, sino a la capital también: Wenceslao no se había ocupado de la sucesión, ni lo hubiera podido arreglar a su deseo. No tenía hijo varón, así que solamente podía regentar el jefe del Consejo de Estado hasta la investidura del nuevo rey, según señalaba la tradición. Las ideas de Sofía no eran bastante claras.

¿Hacia dónde se inclinaría la «Regina»? Corrían algunos rumores en la corte sobre las simpatías de la reina por los rebeldes de Praga. La preocupación se asentó sobre la capital checa como una gran sombra oscura, desde el momento de la muerte. A Wenceslao le quedaba un único heredero —su hermano menor Segismundo— y según la ley del país, el rey de los húngaros sería quien debía de reinar también sobre Bohemia y Moravia.

La noticia de la muerte de su hermano le llegó en Constanza: no eran buenos hermanos. Segismundo había hecho lo que prohibían todas las leyes humanas y terrenas: había mandado detener y encarcelar a su propio hermano. Aparentemente se habían reconciliado. ¿Pero cómo hubiera podido olvidar el mayor, lo que le hizo el más joven? De todas maneras era su hermano, era el mayor, el que su padre había elegido como tutor…

Cuando el caballero de la coraza enlutada, entregó el mensaje de viudez de Sofía, mensaje considerado como fraternal, Segismundo se introdujo en la capilla del monasterio, pasando allí solitario, horas y horas. Era evidente que no pensaba sólo en el difunto, sino en la forma de aumentar con la anexión de la anhelada Bohemia, sus ya enormes riquezas.

Si desde la niñez había suspirado por obtener la herencia de Carlos IV, la hermosa Praga, ¿estaría ya esperando la muerte de Wenceslao? ¿Contaba seguramente con ello al viajar a tan inmensas distancias, a Perpignan o a Dover, para humillarse ante los usureros de los Países Bajos?… Si la noticia hubiese llegado entonces, se hubiera sentido desamparado. Pero cuando el gran proceso de la Iglesia se solucionó, cuando eligieron por fin al nuevo papa, cuando el Concilio estaba ya a punto de disolverse, le llegó la noticia del fallecimiento. ¿Por qué no sofocó Wenceslao el nido de fuego de los husitas y dejó extenderse la sublevación? No quiso meter la mano en el avispero, su propia comodidad también le sugirió no convertir a Praga en campo de batalla, se resistió a que la capital se bañase en arroyos de sangre.

¿En qué creyó Wenceslao durante sus últimos momentos? ¿A quiénes creía?

¿A los curas antiguos, a los predicadores nuevos? ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos? ¿Pensó en la absolución celestial?

Cuando Segismundo abandonó la soledad de la iglesia, tenía más acusadas las sombras alrededor de los ojos, sentía que se aproximaba a una etapa difícil de su vida. ¿No sería suficiente tener a la poderosa Hungría, amenazada por los turcos? ¿Y el Imperio, cuya corona debía recibir de manos de Martín? Como soberano de la paz europea —aún podía reconciliar al francés con el inglés— colocándose a la cabeza de los caballeros del mundo, acaso podría llegar a liberar también a Jerusalén…

Ahora se había detenido. ¿Qué sucedería entonces en Bohemia? ¿Qué podía hacer Segismundo después de la muerte de su hermano? Las noticias de Praga que llegaban esporádicamente en los informes del nuevo legado, o en los relatos de los agentes del rey, no eran demasiado explícitas. Una cosa era segura: el husismo no estaba sofocado ni mucho menos, así fueran llamados utraquistas, calixtinos o taboritas esos salvajes herejes. El legado

—cardenal Dominici— pedía dinero continuamente, aconsejaba equipar todo un ejército imperial para aplastar la rebelión husita. ¿Qué podía pasar en Praga? Todo cuanto asomaba tras las frases del legado eran incertidumbre, miedo, disimulada aceptación del fracaso. ¡Justamente ahora tenía que morir Wenceslao, cuando hubiera podido borrar con mano dura todas las huellas de las enseñanzas de Juan Hus! Y en lugar de esto, el movimiento checo —jamás se había visto algo parecido en el mundo cristiano— haciéndose cada vez más poderoso durante las semanas, y ahora meses, del interregno. Los herejes se estaban armando: los jefes de la rebelión eran caballeros, conocedores de las artes de la guerra. El Monte de Tábor, antes jamás conocido, se convertía casi en la capital de Bohemia, más que Praga, sostenida por escasas tropas reales. ¡Amén, descansa en paz, Wenceslao! ¡Ojalá hubieras podido solucionar los problemas de tu patria, antes de tener que apoderarme del ardiente cetro checo!

OceanofPDF.com