Poker de Papas
Capítulo 14
LOS ADMINISTRADORES de Ladislao, pagaron en el castillo de Nedec a los enviados de Segismundo la cuota final de los 37.000 escudos de plata, con lo que trece ciudades de Sepes pasaron a depender del dominio polaco.
Los nobles y los prelados habían accedido a este traspaso de territorios, a petición del rey. En un suspiro el dinero se esfumó en la guerra contra Venecia, contienda que no tenía casi interés para Hungría. Al mismo tiempo, Pipo llegaba hasta Vicenza, y al regresar —porque el ejército no tenía suficientes provisiones— se apresuró a firmar en Trieste una tregua de cinco años.
Al poco tiempo se anunciaron nuevas agitaciones en los Balcanes. De la operación de las ciudades «empeñadas» de Sepes, se habían salvado algunas fortalezas de Friul y Trieste que seguían en manos de Segismundo.
No obstante, la embajada veneciana al mismo tiempo que negoció la tregua designó al señor consejero Tommaso Mocenigo, quien mantuvo diálogos secretos y personales con el rey húngaro y romano, oficialmente su enemigo. Se trataba de llegar a la terminación del cisma para lo que ofreció el apoyo de la Serenissima, si Segismundo estaba dispuesto a dar los pasos necesarios para solucionar el problema de la Iglesia y de sus tres papas. Era como si conversaran amistosamente dos pacíficas delegaciones, mientras en el campo de batalla croaban todavía los cuervos, volando sobre los cadáveres de miles de soldados.
El inconstante vaivén de los delegados venecianos cambió el rumbo de las barcas reales: como si nunca hubiera amenazado peligro alguno desde Italia, Segismundo se fue del país, marchándose al Tirol, para desde allí viajar a Suiza. Mandó celebrar un gran baile en Innsbruck donde, por deseo de Segismundo, participaron al lado de la nobleza de la ciudad y sus
alrededores, también las familias de los campesinos más acomodados. Si tenían que pagar al tesorero por cada visita real, tenían también derecho a participar en las fiestas. Pero este baile dio ocasión a un amargo episodio: un grupo de enmascarados rodeó a una de las más bellas burguesitas —así informaron a Venecia—, la arrancaron del grupo de su gente y la llevaron a un cuarto sombrío. Con su nombre se alimentó un tiempo la crónica de los escándalos. Sucedió en aquel caso, poco común en esa época, que la señorita de Innsbruck perdió allí su virtud. No se pudo descubrir quién fue culpable del atropello, porque la damita sólo vio a unos encapuchados; después recordó que en la oscuridad sólo hablaban en alemán. De las barbas del violador brotaba un dulce olor a nardos, la joven perdió el conocimiento y ya no recordó más.
Era la hija de un padre muy respetado: hubo un momento en que pareció que la gente de Innsbruck convertiría el baile en un sangriento carnaval. El interés de Segismundo era el de calmar como pudiera a los tiroleses pues necesitaba contar con su ayuda, pedía dinero y soldados, derecho de paso, un apoyo de aliado y amigo. Así que pagó con mucho dolor cuatrocientos ducados de oro como precio por la virtud perdida y devaluada como dote.
Pero jamás se supo lo que ocurrió entre bastidores. Al día siguiente brotó un violento y desagradable diálogo entre Segismundo y el príncipe austríaco: ambos se acusaron de lo sucedido la noche del baile.
Los historiadores supusieron que los sentimientos agresivos para con el príncipe Federico se originaron allí, prolongándose durante los siguientes años, en el juicio de Constanza… De lo que pasó después con la joven, si pudo casarse y con quién, ya que Segismundo debía de proporcionar además un novio digno —según su promesa— nada dice la crónica.
En Innsbruck se comentó también mucho otro episodio: al decir de las gentes, se había pretendido envenenar a Segismundo; su cocinero fue quien dio parte de la frustrada tentativa. Aquí surgían de nuevo como excelentes envenenadores —según criterio de la época— los venecianos. Pero justamente la Serenissima —habiendo firmado el pacto de Trieste— no mantenía disputa alguna con Segismundo, más bien la mayoría de los
«Dux» se inclinaban a favor de la alianza. Pues decían que del rey húngaro
—y así lo experimentaron ellos— se podía comprarlo casi todo con bellas
palabras y bolsas llenas de monedas, así que jamás se supo la verdad de aquel atentado. Como todavía estaban frescos los rumores sobre aquel altercado entre el príncipe austríaco y Segismundo, buscaron allí sus posibles cómplices.
La próxima etapa de Segismundo era Chur, la capital del cantón de los Grisones. Esta pequeña y preciosa ciudad, oculta en el seno de las montañas, se convirtió en el lugar de un célebre hecho: allí fue donde se dieron cita y se encontraron las dos grandes potencias de la cristiandad, aunque ambas con séquito discretamente moderado. Juan XXIII y el rey romano se vieron por primera vez, frente a frente. Debían de tener la misma edad: dos caballeros, de los cuales uno llevaba la corona real y el que fue y volvería a ser Baldassare Cossa, llevaba la tiara con su largo ornato blanco.
De los dos, el mejor estratega era Juan, ya que hacía poco había tenido un triunfo, demasiado sangriento pero definitivo, sobre su mayor enemigo, Gregorio XII y su aliado Ladislao de Nápoles junto a Roccasecca. El papa de Pisa conquistó las banderas de sus enemigos, abatió a sus prisioneros y luego hizo su entrada en la «Urbs», como los antiguos emperadores: organizando una marcha triunfal como en la antigua Roma, arrastrando en el polvo de la Ciudad Eterna las banderas napolitanas.
Pronto cambió la suerte: el enemigo excomulgado, Ladislao, volvió —
mediante un pacto secreto— a la obediencia de Juan abandonando a Gregorio, de quien no podía esperar apoyo contra su nuevo rival, el francés Luis de Anjou. Y como Juan estaba dispuesto a su vez a abandonar a Luis de Anjou, los antes mortales enemigos se aliaron solemnemente. Ladislao prometió convocar un Concilio en Roma y en éste proclamar a Juan XXIII como único y verdadero santo padre. Pero este Concilio no le dio ningún éxito a Baldassare Cossa: pocos fueron los cardenales de las tres obediencias que se presentaron. Este Concilio cojo —y que presintió su propia impotencia— se aplazó prontamente a sí mismo. Era en este momento, con un Juan XXIII perdida la esperanza en el futuro y que sentía tambalearse su poder, que le llegó la llamada de Segismundo: nada podía satisfacerle más y así se mostró dispuesto a encontrarse en territorio suizo con el Emperador.
Había también aspiraciones terrenales —naturalmente— entre los objetivos de Segismundo, principalmente los preparativos para su coronación en Aquisgrán. A pesar de que el título de rey romano-germánico no dependía ya de ninguna ceremonia, la coronación confirmaría su dignidad real sobre todos los soberanos y las ciudades libres del mismo origen alemán. El otro objetivo sólo podía promoverlo Juan XXIII: ahora se trataba de Lombardía. Había que estrechar las relaciones del príncipe Visconti con el Imperio, reanimando los ancestrales lazos longobardos y con los mismos derechos de regir los otros principados. A Segismundo le preocupaba sobre todo terminar ya con el gran Cisma. Invocó el recuerdo de san Ladislao, a quien sólo su pronta muerte le impidió ponerse al frente de las cruzadas unidas. Cuando renaciera la unidad de la Iglesia, Europa podría emprender de nuevo la lucha para la liberación de Jerusalén.
Así pues, Juan y Segismundo se encontraron en Chur. El papa —a pesar de su ropa severa y respetable— no parecía ni un anciano ni un devoto con aspecto de ermitaño. Rodeaba su rostro una barba oscura, sus gestos y ademanes eran los propios del capitán mercenario que había sido, su voz era sonora, su latín sufría por influencia del dialecto boloñés, sobre su amplio pecho se estiraba el blanco peto. Las manos que distribuían las bendiciones, eran tan fuertes que habrían podido romper cadenas y hacer crujir los grilletes.
El emperador y el papa parecían surgidos de una misma cantera del mundo caballeresco, y así se contemplaban. Segismundo era más alto, imponente y lujoso, envuelto en su capa entretejida de oro. Esta reunión de Chur, era por ahora sólo una negociación secreta. Todo se hubiera hecho largo y fastidioso si se hubiera confiado a los inevitables tratamientos entre prelados y cancilleres, expertos diplomáticos y cardenales.
Después de haberse abrazado, el papa eludió el beso de la mano imperial, se sentaron en un cuarto interior del Ayuntamiento de la ciudad suiza, comenzando con las naturales e insignificantes preguntas: la comodidad e incomodidad del viaje, el estado del tiempo, y ambos saboreaban el idioma de cada uno, escogiendo entre lenguas vivas y muertas. Pronto Juan se refirió directamente a lo que le interesaba:
—¿Para qué tuvo que venir él —que en este momento era el triunfador entre los tres papas— hasta las montañas de los Grisones con su séquito, y por qué quería Segismundo encontrarse justamente allí, con él?
—Vuestra Santidad conoce mejor que nadie el tablero de ajedrez que son los campos de batalla italianos. En este caso el mejor «peón» es el lancero suizo, sobre todo porque entiende de armas de fuego. Los Cantones
—según su interés— admiten que también forman parte del Imperio. Pero no están dispuestos a dar soldados y dinero. Por eso tuvimos que venir aquí, para advertir a la Confederación Suiza, que se mantienen los vínculos de los siglos pasados que les unían al Imperio.
—El tablero de Italia es útil en las campañas de guerra… ¿Os estáis preparando a luchar contra Filippo Maria Visconti? Soy de Italia. No me gustan las tropas extranjeras sobre la llanura del Po. Y menos aún los mercenarios de Suiza, que tienen fama de ser peores que el demonio, cuando les dejan actuar libremente.
—La campaña de Nápoles de mi predecesor el rey Luis, que en paz descanse, demostró que con la caballería húngara, tampoco era fácil sitiar a los castillos italianos. Esa caballería es muy adecuada para guerrillas, para batallas abiertas, pero aprenden con mucha dificultad las reglas italianas del arte de la guerra: las largas marchas, la táctica del cerco, la indulgencia para con las tropas enemigas, aun cuando éste sea a menudo el deseo de los comandantes mercenarios.
¿Acaso era ésta una alusión a la antigua profesión de Baldassare Cossa?
¿O es que por azar hallaron justamente aquí, en la comparación de armas y ejércitos, su tema común?
—¿Pudo llegar su majestad a un acuerdo con los suizos? ¿No se aferran demasiado a los antiguos privilegios?
—No ponen reparos para enrolar a mercenarios en los Cantones, pero la Confederación Helvética no aporta soldados. A petición de ellos hemos consultado algunas cartas antiguas de privilegio. En cada una de ellas pueden encontrarse fallos, reservas, excepciones. Pero estarían dispuestos a reforzar los privilegios…
—Con lo que podría reunirse en la tesorería de su majestad, el dinero para la campaña.
—No puedo bajar hacia Roma, santo padre, sin evitar que el príncipe de Milán pueda cortarme el camino de regreso en cualquier momento. Desde que Filippo Maria se convirtió en príncipe de Lombardía, tenemos que contar con un enemigo importante. Su predecesor, Gian Maria Visconti, sólo se erigía en déspota cuando se trataba de enemigos pequeños, con él hubiéramos podido entendernos. Pero a Filippo le gusta definirse a sí mismo como rey de Italia.
—Igual que a Ladislao de Nápoles…
—Pero vuestra santidad ha reconocido de nuevo a Ladislao.
Esta es una de nuestras mayores quejas. El de Durazzo se llama rey de Hungría y tiene gente armada en Dalmacia.
—Los dos habéis tomado el título de rey de Jerusalem vos y Ladislao.
Es un título hueco. La ciudad del Redentor está ocupada por el pagano.
¿Hasta cuándo tardaréis en llegar a un acuerdo vosotros, los poderosos de la tierra?
Las palabras y el tono se hicieron universales, ahora hablaba como
«Servus servorum Dei», el servidor de los siervos de Dios. Segismundo miró a Cossa asombrado. ¿Cree? ¿Cree en su propio Estado papal, actuando como pastor de la Iglesia, cuyos trajes viste, cuyas palabras dice? ¿Era posible hablar con Juan como si no hubiera alcanzado el trono pontificio gracias a la fuerza y a las intrigas; cada vez más cerca del caos, en la incertidumbre, como si no hubiera tenido que intimidar a los cardenales en la elección? ¿Acaso se habría posado sobre él la paloma de la gracia?
¿Acaso este Cossa, con él que hace cinco años ni se hubiera entrevistado el rey húngaro, es ahora el enviado del Espíritu Santo, el que ha de llevar al pueblo de Cristo hasta las torres de Jerusalén?
—Primero hablemos de Lombardía. Cuando el año pasado apuñalaron en la iglesia a Gian María Visconti, Filippo Maria logró atrapar la
«Signoria». Los otros dos Visconti —Astorre y Gian Cario— acamparon contra Filippo en Monza. Vinieron a pedirme ayuda, me ofrecieron el feudo de Milán. Pero yo no me fiaba de ellos… ni de que cumplieran lo prometido si lograban vencer a Filippo: entonces podían arrojarse el uno contra la garganta del otro: son todos unos Visconti. A Filippo le considero —a pesar
de que ahora sea enemigo mío— como el más dotado, no solamente para tomar el poder sino también para hacerlo más grande.
Sin darse cuenta Segismundo había cambiado del plural principesco a las palabras del estadista que medita y argumenta, que trata los asuntos del mundo con otra persona de su propio rango.
—¿Vuestra majestad no recibió aún aviso de Filippo?
—Guardadme el secreto, santo padre: ofreció veinte mil monedas de oro si me decidía por la paz. Yo necesito ese dinero: los suizos son pobres, pagan difícilmente, esperan sus sueldos a cada instante. Son campesinos libres de los que es difícil recaudar los impuestos. El príncipe de Milán —se dice— es uno de los soberanos más ricos, él y el príncipe de Borgoña… el otro Felipe. Ni Astorre ni el tercer Visconti tienen tanto dinero para reclutar mercenarios, por lo menos para la defensa de Monza…
—¿Para qué os metéis en los problemas de Italia, mi Señor?
—Es un nido de avispas. Si yo desciendo hasta Roma para que me coloquéis la corona, no puedo cruzar como si me paseara, el pantano de Lombardía. Si me marchase con sólo algunos centenares de caballeros, que es lo que los venecianos desean, Filippo podría tenderme una trampa… No sería la primera vez, ni en su historia ni en la de los Visconti.
—¿Qué deseáis de mí, majestad?
—Vos también lo sabéis, papa Juan. Proclamad el Concilio general de la Cristiandad. Invitad también a los griegos que ahora, en su precaria situación, acogerían con mayor facilidad la unión total.
—¿Qué pasará con los checos?
—No son malas las noticias que tengo de Praga…
—En Praga todo el mundo es el lobo de todos, majestad. Ya el rey y la reina difieren entre sí en la cuestión del apoyo a prestar. Sofía está al lado de Hus, el nuevo arzobispo de Wenceslao aceptó la obediencia de Gregorio.
Es mi enemigo. ¿Pero puede Hus ser mi amigo? El «magister» es peor que los herejes, niega, no por escrito, pero sí desde el púlpito, el poder apostólico de los sacerdotes… los prelados. Desea una nueva organización… y puede que ni él sepa cómo la quiere. Se están matando en las calles de Praga, decapitan a estudiantes. Hay que terminar también con
el «magister». ¿Qué desea la romana majestad? ¿Que el juicio tenga lugar aquí?
—Como rey alemán, puedo tener intervención en los asuntos checos.
¿Pero, cómo hacerlo cumplir? ¿Contra mi hermano? Toda Praga se levantaría enseguida. Acaso todos los checos. Pero si proclamáis un Concilio, que vengan todos ante el Sínodo. Hus y el arzobispo, los alemanes y los checos, los príncipes del Imperio… los tres papas. ¡Todos!
—¡Luna no vendrá!
—La palabra del Sínodo es más fuerte que el credo de este español. Le destronaremos.
—El Sínodo de Pisa acordó lo mismo; pero Benedicto ni siquiera prestó atención al «Pisanum». ¿Quién le considera como papa? El rey de Castilla y el de Aragón, un conde francés, Escocia. ¿Qué haréis, majestad, si no viene Benedicto al Concilio?
—¿Vendréis vos?
—Si Gregorio también se humilla, sí: yo no tengo ningún rival con un derecho más fuerte que el mío.
—Benedicto es hoy día el único cardenal que recibió su capelo cuando sólo había un papa universal en Avignon. Entonces era joven, hoy ya es un anciano. Pero es él el único santo padre…
—¿Pues entonces por qué le negáis la obediencia? ¿Por qué no os apresuráis a ir a los Pirineos para arrodillaros ante él? ¿Por qué?
—En política sólo podemos avanzar con mucho cuidado, decían los antiguos, acaso Séneca. ¿Qué puedo esperar yo de Benedicto? Sus ojos de anciano no ven más allá del horizonte hispano. Nosotros dos, papa Juan, abarcamos el universo entero.
—¿Y cómo puedo tener yo la seguridad de que os ponéis a mi lado de verdad? ¿De qué el soberano de la cristiandad no reconocerá a otro papa, solamente a mí? ¿No retrocederéis ante la reunión de los cardenales, obispos, doctores, que gritarán «¡Fuera Cossa!» y querrán deponemos a mí, a Gregorio, a Benedicto, para elegir un nuevo papa, según sus propios gustos?
—¡Lo mismo pasó durante el Sínodo de Pisa! ¡Así os convertisteis en vicario de Cristo! ¿Qué sucedería con la Iglesia, si no se reuniesen los
príncipes para negociar, si no trajesen sabios decretos los padres de la Iglesia?
—¡Podemos hacer un trato nosotros, majestad!
—¿Un trato a propósito de qué?
—Os ayudaré a reconciliaros con Filippo Visconti. No os excomulgaré si llegáis a una guerra entre los dos. Organizaré el Concilio general donde queráis, aquí en Suiza. Os daré dinero.
—¿Y a cambio de eso, qué deseáis vos?
—Que me protejáis, que me defendáis. Si los cambios del destino contasen en la edad de un hombre, yo sería más anciano que Benedicto. He visto muchas cosas. No era muy recto el camino hasta la silla de Pedro, pero me gustaría terminar mi peregrinación terrestre en ella… Triunfé sobre las tropas de Gregorio y marché en triunfo a Roma, como antiguamente los emperadores o cónsules. Pero ¿hasta cuándo? Sería suficiente que la agitación que brotó en Praga y en la universidad, envuelva a Europa. En ese caso barrerá a todos los poderosos del mundo, a vos también, mi Señor. Si reunís a todos los díscolos de la federación de pueblos de Cristo, ese
«unísono» podría cortar la acción del Demonio… podríamos decir, cortar la acción de Juan Hus. El mío es el poder espiritual… ¿Me defenderíais, con la espada del poder temporal?
—El emperador no puede someter al Concilio.
—Todavía no sois emperador. La corona sólo yo puedo colocárosla.
—El santo padre reside en Roma, vos tenéis hoy en las manos a la Ciudad Eterna. Pero mañana os podrán expulsar fácilmente de ella, entonces no os podré considerar como el sucesor de los Apóstoles. El objetivo es que haya un solo redil. Sí: incluso junto con los griegos, y en este redil, un pastor único. Creedme, cuando hablamos de la unidad de la
«Ecclesia», del «unísono», no me mueve ninguna pretensión de poder.
Podría quedarme en mi poderosa Hungría, que he dejado por vosotros desde hace años. Puedo llevar con todo derecho el título de rey de los romanos, como mi hermano mayor. ¿Para qué necesitaría también la corona imperial?
Todo sería más sencillo… podría vivir con mi mujer, podría ver a mi hija.
¿Podéis creer que cuando vine a Chur, seguía la intuición que me dio el Señor? «Márchate, inténtalo todo, todo lo que puede llevar a la unidad.
Humíllate, ruega, amenaza, lucha. Haz todo, Segismundo, para que haya un solo redil, con un solo pastor.»
—Tengo que creer lo imposible… Por eso, mirémonos frente a frente, majestad. ¿Será que os creo porque me parece imposible? ¿Me prometéis protegerme si me destrona el Concilio que, acaso, proclamaré por vuestro deseo?
—¿Acaso, Juan? ¿Termina así la negociación de hoy?
—Decid que seguramente, sí, señor. ¿Pero me protegeréis también si alguna vez tengo que abandonar el nombre de Juan XXIII?
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